Cabalgando al Tigre

Martes, 29 Agosto, 2006

La impostura del psicologismo

Guardado en: Pensadores de interés — by Aspirante a domador @ 8:13 am

schuon1.jpegEste interesante artículo pertenece a la tercera parte del libro titulado, “Résumé de Metaphysique Integrale”, dedicado al Mundo del alma, y cuyo autor, siendo una de las figuras más destacables del mundo “tradicional”, no ha asomado todavía por este blog. Se trata de Frithjof Schuon, cuyos escritos, según Nasr, están caracterizados por la esencialidad, universalidad y amplitud”. Añade además que “Schuon posee el don de llegar al corazón mismo del tema tratado, de ir, más allá de las formas, al Centro aformal de éstas, ya sean religiosas, artísticas o ligadas a determinados aspectos o elementos de los órdenes humanos o cósmicos”. Autor, en mi opinión, con una gran intuición, merece sin duda ser leído por su claridad expositiva y su gran capacidad para separa el grano de la paja. Aquí tenéis este breve pero contundente texto sobre uno de los prejuicios más extendidos en el mundo moderno: la tendencia a hacer tabla rasa por abajo de todo fenómeno del alma, a reducirla a sus aspectos más “sensibles”. Vamos con el texto.

Entendemos por el término “psicologismo” aquel prejuicio de reducirlo todo a factores psicológicos y de poner en duda, no sólo lo intelectual y lo espiritual, en el sentido tradicional de los términos, refiriéndose el primero a la verdad y lo segundo a la vida en ella y por ella, sino también al espíritu humano, como tal, luego su capacidad de adecuación y, con toda evidencia, su ilimitación interna o su trascendencia. Esta tendencia empequeñecedora y propiamente subversiva hace estragos por todos los campos que el cientificismo pretende abarcar, pero su más aguda expresión es sin posible discusión el psicoanálisis; éste es a su vez resultado y causa, como es siempre el caso de las ideologías profanas, como el materialismo y el evolucionismo, de los que el psicoanálisis es, en el fondo, una ramificación lógica y fatal y un aliado natural.

El psicoanálisis merece doblemente el calificativo de impostura, primero porque pretende haber descubierto hechos que eran conocidos en todos los tiempos y que no podían no serlo, y, en segundo lugar, y sobre todo, porque se atribuye funciones de hecho espirituales y se erige así prácticamente en religión. Lo que se llama “examen de conciencia” o, entre los musulmanes, “ciencia de los pensamientos” (ilm al-khawâtir), investigación (vishara) entre los hindúes, con pequeños matices, no es más que un análisis objetivo de las causas próximas y lejanas de nuestras maneras de actuar o reaccionar que se repiten automáticamente sin que conozcamos los motivos reales de ello, o sin que discernamos el carácter real de tales motivos. Ocurre que el hombre comete habitual y ciegamente los mismos errores en las mismas circunstancias, y lo hace porque lleva en sí mismo, en su subconsciente, errores basados en el amor propio o traumatismos; ahora bien, para curarse, al hombre, debe detectar estos complejos y traducirlos en fórmulas claras, por lo tanto debe hacerse consciente de los errores subconscientes y neutralizarlos por medio de afirmaciones opuestas[...]. En este sentido Lao Tzé dijo: “Sentir una enfermedad es no tenerla ya”, y la Ley de Manu: “No hay agua lustral comparable al conocimiento”, es decir, a la objetivación por la inteligencia.

Lo que es nuevo en el psicoanálisis y le da su siniestra originalidad, es el prejuicio de reducir todo reflejo o toda disposición del alma a causas mezquinas y excluir los factores espirituales y, de ahí, la tendencia bien notoria a ver salud en lo que es vulgar, y neurosis en lo que es noble y profundo. El hombre no puede escapar aquí debajo de las pruebas y las tentaciones; su alma está, por lo tanto, forzosamente marcada por una cierta tormenta, a menos de ser de una serenidad angélica, lo que ocurre en medios muy religiosos, o, por el contrario, de una inercia a toda prueba, lo que ocurre en todas partes; pero el psicoanálisis en vez de permitir al hombre sacar el mejor partido de su desequilibrio natural, y en cierto sentido providencial, y el mejor partido es el que aprovecha para nuestros fines últimos, tiende por el contrario a reducir al hombre a un equilibrio amorfo, un poco como si se quisiera evitar a un pájaro joven las angustias del aprendizaje cortándole las alas. Analógicamente hablando, cuando un hombre se inquieta por una inundación y busca el medio de escapar de ella, el psicoanálisis suprimirá la inquietud y dejará ahogar al paciente; o todavía más: en lugar de abolir el pecado, abolirá la mala conciencia, lo que le permite ir serenamente al infierno. Esto no significa que no ocurra nunca que un psicoanalista descubra y suprima un complejo peligroso sin por ello desbaratar al paciente; pero de lo que aquí se trata es del principio, cuyos peligros y errores superar infinitamente la aleatorias ventajas y las fragmentarias verdades.

De todo esto resulta que para el psicoanalista medio un complejo es malo porque es un complejo; no se quiere dar cuenta de que hay complejos que honran al hombre o que le son naturales en virtud de su deiformidad y que hay por consiguiente, desequilibrios necesarios y destinados a encontrar su solución por encima de nosotros mismos y no por debajo. Otro error, que en el fondo es el mismo: se admite que un equilibrio es un bien porque es un equilibrio, como si no hubiese equilibrios hechos de insensibilidad o perversión. Nuestro propio estado humano es un desequilibrio, puesto que estamos existencialmente suspendidos entre las contingencias terrestres y la llamada innata de lo Absoluto; no todo consiste en desembarazarse de él. No somos substancias amorfas, sino movimientos en principio ascensionales; nuestro bienestar debe estar proporcionado a nuestra naturaleza total, so pena de reducirlos a la animalidad, lo que precisamente el hombre no soporta sin perderse. Por ello un médico del alma ha de ser un pontifex, luego maestro espiritual en el sentido propio y tradicional de la palabra; un profesional profano no tiene ni la capacidad ni, por consiguiente, el derecho de tocar el alma más allá de dificultades elementales para cuya resolución basta el sentido común.

El crimen espiritual y social del psicoanálisis es, por lo tanto, el usurpar el lugar de la religión o la sabiduría, que es el de Dios, y eliminar de sus procedimientos toda consideración de nuestros fines últimos; es como si, no pudiendo combatir a Dios, la tomara con el alma humana que le pertenece y le está destinada, envileciendo la imagen divina a falta del Prototipo. Como toda solución que esquive lo sobrenatural, el psicoanálisis reemplaza a su manera lo que se ha abolido: el vacío que produce por sus destrucciones voluntarias o involuntarias lo dilata y lo condena a un falso infinito o a la función de pseudoreligión.

El psicoanálisis, a fin de poder salir a la luz, tenía necesidad de un terreno apropiado, no solo desde el punto de vista de las ideas, sino también del de los fenómenos psicológicos; queremos decir que el europeo, que siempre ha sido cerebral, se ha vuelto mucho más cerebral desde hace dos siglos; ahora bien, esta concentración de toda la inteligencia en la cabeza tiene algo de excesivo y anormal, y las hipertrofias que de ello resultan no constituyen una superioridad, a pesar de su eficacia en ciertos campos.

Normalmente, la inteligencia debe asentarse no sólo en la mente sino también en el corazón, y debe repartirse por todo el cuerpo, como es el caso de los llamados hombres “primitivos” (pero muy superiores en ciertos aspectos); sea como sea, a lo que queremos llegar es a que el psicoanálisis, en gran parte, está en función de un desequilibrio mental más o menos generalizado en un mundo donde la máquina dicta al hombre su ritmo de vida e incluso, lo que es más grave, su alma y su espíritu.

El psicoanálisis ha hecho su entrada más o menos oficial en el mundo de los “creyentes”, lo que constituye verdaderamente un signo de los tiempos; resulta de ello la introducción, en la supuesta “espiritualidad”, de un método que es contrario a la dignidad humana, y que se encuentra en contradicción con la pretensión de ser “adulto” o “emancipado”. Se juega a ser semidioses y al mismo tiempo uno se trata a sí mismo como irresponsable; a causa de la menor depresión causada, ya sea por un ambiente demasiado trepidante, ya sea por un género de vida demasiado contrario al buen sentido, se corre al psiquiatra, cuyo trabajo consistirá en inspirarle a uno algún falso optimismo o en aconsejarle algún pecado liberador. No parece sospecharse ni por un momento que sólo hay un equilibrio, el que nos fija en nuestro centro real y en Dios.

Uno de los efectos más odiosos de la adopción del psicoanálisis por los “creyentes” es el desaire al culto de la Santa Virgen; este culto no puede menos que molestar a una mentalidad bárbara que se pretende “adulta” a toda costa y se recrea en lo trivial. Al reproche de “ginecolatría” o de “complejo de Edipo” respondemos que, como cualquier otro argumento psicoanalítico, no ve el problema, puesto que la cuestión que se plantea no es saber cuál puede ser el condicionamiento psicológico de una actitud, sino al contrario, cuál es el resultado. Cuando nos dicen, por ejemplo, que alguien escoge la metafísica a título de “evasión” o “sublimación” y a causa de un “complejo de inferioridad” o de una “represión”, esto no tiene ninguna importancia, ya que ¡bendito sea el “complejo” que constituye la causa ocasional de la aceptación de lo verdadero y del bien! Pero hay esto, además: los modernos, por lo fatigados que están de las dulzuras artificiales que arrastran su cultura y su religiosidad desde la época barroca, trasladan (según su costumbre) su aversión a la noción misma de dulzura y se cierran así, ya sea a toda una dimensión espiritual si son “creyentes”, ya sea incluso a toda humanidad verdadera, como lo demuestras cierto culto infantil a la grosería y al estrépito.

Por lo demás, no basta con preguntar lo que vale determinada devoción en determinadas conciencias, hay que preguntar también por qué cosa se la reemplaza, puesto que el lugar de una devoción suprimida jamás queda vacío.

Conócete a ti mismo” (Helenismo), dice la Tradición, y también, “quien conoce su alma, conoce a su Señor” (Islam). El modelo tradicional de lo que debería ser, o pretende ser, el psicoanálisis, es la ciencia de las virtudes y los vicios, la virtud fundamental es la sinceridad, que coincide con la humildad: aquél que sumerge en el alma la sonda de la verdad y la rectitud, llega a detectar los nudos más sutiles del inconsciente. Es inútil querer curar al alma sin curar el espíritu; lo que importa, pues, en primer lugar, es desembarazar la inteligencia de los errores que la pervierten, y crear así una base en vistas al retorno del alma al equilibrio; no a cualquier equilibrio, sino a aquél del que lleva el principio en sí misma.

Para San Bernardo, el alma pasional es “cosa despreciable” y Meister Eckhart nos conmina a “odiarla”. Lo que significa que el gran remedio a todas nuestras miserias interiores es la objetividad para con nosotros mismos; ahora bien, la fuente o el punto de partida de esta objetividad se sitúa más allá de nosotros mismos, en Dios. Lo que está en Dios se refleja en nuestro centro transpersonal, que es el puro Intelecto; es decir que la Verdad que nos salva forma parte de nuestra substancia más íntima y más real. El error o la impiedad es la negativa a ser lo que se es.

Viernes, 18 Agosto, 2006

Gurdjieff a la luz de la tradición

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 10:56 am

gurdjieff.jpg
Acabo de leer una de las últimas publicaciones de Olañeta: Gurdjieff a la luz de la tradición, de Whitall N. Perry y traducido del original (escrito en 1980 en francés) por Francesc Gutiérrez.

Dado que lo desconocía casi todo con respecto a este personaje, lo he encontrado muy interesante, amén de haberme ayudado a casar algunas piezas del puzzle New Age y a entender un poco más de dónde vienen ciertas cosas que he ido oyendo aquí y allí. Es una pena que la primera parte del libro (el cual, por cierto, carece de índice y está lamentablemente lleno de errores tipográficos, aunque incluye una fe de erratas al final del texto), denominada “Los antecedentes”, sea una biografía costosa de seguir: es difícil aclararse con la cronología de los acontecimientos, pues parece ir de delante a atrás sin aparente razón, con la subsiguiente confusión, que se acentúa aún más cuando ciertos hechos son clave para hacerse una idea más o menos clara del trayecto vital del personaje. La segunda parte, titulada “La enseñanza”, da una visión general de sus “doctrinas” (por llamarlas de alguna manera) y de sus “hazañas”, porque lo que parece indudable es que Gurdjieff, del que Guenón dijo que había que huir “como de la peste”, poseía un carisma y una serie de habilidades psíquicas que le permitían influenciar extraordinariamente a otros. El texto es breve pero bien documentado, y su lectura resulta amena, por lo que os lo recomiendo a aquellos que tengáis interés en un personaje sin duda relevante en el panorama pseudo-espiritual del siglo XX. Os dejo a continuación algunos fragmentos:

Pág. 31-32: [Sobre una “sala de estudios” construida en un hangar, en 1922, y situada en los jardines del Château de Prieuré, durante mucho años sede de las enseñanzas de Gurdjieff.] Para de Harttmann, aquella sala daba “la sensación de una mezquita”, pero en vez de las inscripciones coránicas, el tejido del techo estaba lleno de aforismos de Gurdjieff pintados y bordados en una escritura especial de su invención, que se leía verticalmente y sugería un batiburrillo de alfabetos orientales de trazado vago como un sueño. Los discípulos estaban obligados a aprender esa forma de escribir y meditar tan misteriosas trivialidades, como: Me gusta aquel al que le gusta el trabajo – El mejor medio para obtener la felicidad en esta vida es poder considerar las cosas exteriormente, nunca interiormente (sic) – Toma el conocimiento de Oriente y el saber de Occidente, y luego busca – La mayor realización del hombre es ser capaz de HACER; y así todo.

Pág. 41-42, nota 12: [...] según el testimonio del científico francés Jacques Bergier, a uno de los “Buscadores de Verdad” que acompañaron a Gurdjieff durante sus primeros viajes a Asia, Louis Pauwels lo identifica con Karl Haushofer, célebre oficial y geógrafo alemán, que no fue sólo consejero político de Hitler, sino que también fue el fundador de la Orden de Tule, sociedad secreta a la que pertenecían Hitler y otros personajes nazis de primera fila. Las ideas filosóficas de esta orden estaban inspiradas en el manuscrito tibetano de Dzian. Se asegura que Gurdjieff estaba en contacto regular con Haushofer, a quien propuso, además, el emblema de la swástika invertida. Nota del Aspirante: recuerdo (espero que no me falle la memoria, pero si lo hace ya me lo haréis saber) haber leído a Guenón pronunciarse al respecto de la presunta inversión de la swástika, sosteniendo que la tradición hindú, de la que procede el símbolo, no distingue en cuanto a la orientación de las aspas, siendo ambas posibilidades de este símbolo solar equivalentes y con idéntico significado; luego no parece que, según esto, aplique el término “invertida”.

Pág. 55: Gurdjieff hablaba a veces de esos tres tipos [somatotónico, viscerotónico y cerebrotónico] evocando al faquir, al monje y al yogui, los cuales – contrariamente al europeo cultivado, que, con su “ciencia exacta” y su fe en el progreso y la cultura, no progresa nunca - , pese a sus maneras rústicas y torpes, están al menos en la vía de evolución. Los que actúan de manera más tosca son los faquires, o sea, los que, luchando para adquirir el dominio del cuerpo, se someten a sufrimientos y torturas terribles para obtener débiles resultados adquiridos a ciegas; el monje sabe un poco más lo que quiere; y, con el sentimiento de que sus esfuerzos y sacrificios “complacen a Dios”, puede obtener en una semana lo que el faquir obtiene en un mes; el yogui es el más evolucionado de los tres, pues sabe muy bien lo que quiere y cómo obtenerlo; en un día puede hacer lo que el monje en una semana. Pero estas tres vías exigen la ruptura de toda relación con el mundo y no ofrecen a cambio más que resultados muy parciales; a fin de cuentas, no son satisfactorias. Así, de un golpe vemos eliminados a hombres como Rûmî, San Francisco de Asís y Shankarâchârya – a menos que se replique que fueron en secreto adeptas a la Cuarta Vía.

Esta Cuarta Vía, que es la más difícil de descubrir porque es muy poco conocida y ha de encontrarse más o menos fortuitamente, es al propio tiempo la más fácil de seguir, puesto que dispensa del fardo de la religión y de todo lo “superfluo” conservado por la “tradición”; no exige retiro al desierto e incluso puede desarrollarse simultáneamente en las tres direcciones mencionadas simplemente con la preparación y absorción de “una pildorita que contiene todas las sustancias requeridas”. Por este motivo, “se llama a veces la vía del hombre astuto. ¿Cómo aprendió el “hombre astuto” ese secreto? Se ignora. Tal vez lo ha descubierto en viejos libros, acaso lo ha heredado, quizá lo ha comprado, quizá lo ha robado a alguien. Da igual. El “hombre astuto” conoce el secreto y éste le permite superar al faquir, al monje y al yogui.”

Pág. 56-57: Para Gurdjieff [...] “todo es material en el Universo”: “Lo Absoluto es tan material, ponderable y mensurable como la luna o el hombre. Si el Absoluto es Dios, eso significa que Dios puede ser pesado y medido, resuelto en sus elementos constituyentes, “calculado” y formulado… Por consiguiente, el Gran Conocimiento es más materialista que el materialismo… Lo repito: todo en el Universo es material.”

Pág. 61: [...], el símbolo favorito de Gurdjieff era el eneagrama [...]. Era para él un “símbolo universal” del “movimiento perpetuo”, al que podía vincular todos sus cosmos, octavas, centros e “hidrógenos” en todas las yuxtaposiciones y variaciones concebibles. Es cierto que Gurdjieff toma elementos de doctrinas tradicionales para sus construcciones personales [...], pero sus enseñanzas caen exclusivamente en el campo del guna tamas, puesto que todo se interpreta en una perspectiva cuantitativa, materialista y no trascendente. La Tabla de Esmeralda [“Lo que está arriba es como lo que está abajo”], en él, se convierte en “Lo que está abajo es como lo que está por debajo”, dado que él solamente deja el suelo para descender al subconsciente. Dicho de otro modo, los únicos “mundos” abiertos a su conciencia son el ámbito corporal y los bajos fondos del psiquismo.

Pág. 86: Gurdjieff hace observaciones reveladoras sobre otro tema: “La magia negra no significa en modo alguno magia maléfica… Nadie hace nunca nada por amor al mal, o en interés del mal. Todo el mundo actúa siempre en interés del bien como él lo entiende… La magia negra puede ser altruista, puede perseguir el bien de la humanidad… Pero lo que merece llamarse magia negra tiene siempre una característica bien definida. Este carácter es la tendencia a utilizar a la gente para algún fin, incluso el mejor de los fines, sin su conocimiento y sin que lo entiendan, ya sea suscitando en ellos la fe y el encaprichamiento, sea actuando en ellos por el miedo.”

Pág. 98: Pero ahora llega Gurdjieff con una nueva fórmula sobrecogedora: EL HOMBRE ES UNA MÁQUINA. Ahí está lo que toca la fibra sensible en las mentes modernas, proclamado, además, por un “filósofo científico” abiertamente materialista y escéptico – o sea, “realista”-. Y nos propone una vía basada en “ciencias” sumamente antiguas, perdidas para todos excepto él, para resolver el dilema yendo al fondo de las cosas sin tener que recurrir para nada a todas las molestias de una religión. [...] el Instituto [para el Desarrollo Armónico] y sus ramificaciones siempre atrajeron preferentemente artistas, escritores, músicos y gente de profesiones liberales, los que tienen gran sensibilidad y una autosatisfacción no menos grande – gente mundana y complicada, aunque idealista, fuerte aunque vulnerable, con el innato deseo humano de dominar y trascender las tragedias del ego indisciplinado. [...]. Ha de reconocerse, no obstante, que Gurdjieff, con un brío consumado, daba a sus investigaciones en lo “milagroso” la apariencia bastante seductora de una búsqueda fría y nada sentimental, combinándola con un gran sentido práctico y un tosco sentido común, y al propio tiempo, una sagacidad que a veces podía pasar por sabiduría.

Pág. 100-101: Ha llegado el momento de preguntarse cuál era el fin de Gurdjieff, o del “Poder”, “Gran Fuente”, “Fraternidad Sarmân”, o no se sabe muy bien qué, de quien recibió su investidura. La respuesta es tan simple como devastadora: el trastorno total del orden del mundo. Ello no quiere decir que se hubiera puesto ya a trabajar completamente en ello, sino que era su intención.

Viernes, 11 Agosto, 2006

Lo prometido, Israel

Guardado en: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 8:48 am

pic00491.jpgComo te había prometido en el comentario 19 de “Sobre el modo…”, aquí está el nuevo hilo que solicitaste para que opinéis sobre lo horteras que son las fotos con las que se ilustran los posts; espero, eso sí, que si habéis de insultarme, sea “con respeto y consideración”, al práctico estilo germano. Pero no quería abrirlo sin cumplir la segunda parte de mi promesa: colgar tu foto disfrazado de friki de saga intergaláctica.

¿Recuerdas cuando te la hice? Ibas al estreno de “The Invasion of the Dickheads”, y estabas tan nervioso que ensuciaste los pantaloncitos y hubo que darles la vuelta. ¡Qué rico estabas, mira qué carita!

De nada, hombre.

Lunes, 7 Agosto, 2006

La abeja y los zánganos

Guardado en: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 2:18 pm

abeja.jpgOs dejo esta edificante fábula de Tomás de Iriarte que me llega a través de la lista Esoterismo Tradicional (gracias). Espero que os guste.

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LA ABEJA Y LOS ZÁNGANOS

A tratar de un gravísimo negocio

se juntaron los zánganos un día.

Cada cual varios medios discurría

para disimular su inútil ocio;

y por librarse de tan fea nota

a vista de los otros animales,

aun el más perezoso y más idiota

quería, bien o mal, hacer panales.

Mas como el trabajar les era duro,

y el enjambre inexperto

no estaba muy seguro

de rematar la empresa con acierto,

intentaron salir de aquel apuro

con acudir a una colmena vieja

y sacar el cadáver de una abeja

muy hábil en su tiempo y laboriosa:

hacerla con la pompa más honrosa

unas grandes exequias funerales,

y susurrar elogios inmortales

de lo ingeniosa que era

en labrar dulce miel y blanca cera.

Con esto se alababan tan ufanos,que una abeja les dijo por despique:

«¿No trabajáis más que eso? Pues hermanos,

jamás equivaldrá vuestro zumbido

a una gota de miel que yo fabrique.»

¡Cuántos pasar por sabios han querido,

con citar a los muertos que lo han sido!

¡Y qué pomposamente que los citan!

Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

Jueves, 3 Agosto, 2006

Sobre el modo de estar en el mundo

Guardado en: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 12:21 pm

gato-suplicando.jpgTaslado parte del comentario 68 de Josephus en La filosofía islámica y el problema del ser a este nuevo hilo, pues el tema, a mi juicio, merece ser tratado con especial interés.

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[...] tratemos de acercarnos un poco más al tema que planteaba Aspirante [se refiere al último párrafo del comentario 59 de La filosofía islámica... sobre la idea de que quizá "las convicciones tengan menos importancia que la orientación en que nos coloca la visión del mundo que nace a partir de ellas"]. Se podría afirmar que la idea que nos hagamos de Dios no es independiente de la idea que nos hacemos de nosotros mismos, y que, por tanto, es decisivo para nuestra vida el asumir una u otra idea en el ámbito de la metafísica. A mí me parece que eso es verdad… hasta cierto punto: tal vez entre quien se tome literalmente la idea del Dios de la Torá y el seguidor del budismo zen habrá probablemente diferencias patentes e importantes, en su forma de ser y en su conducta. Pero, al mismo tiempo, es verdad sólo hasta cierto punto, pues la relación entre los dos ámbitos —el metafísico y el personal— no es rígidamente mecánica, y, salvo casos extremos, no es unívoca ni decisiva. No creo que una «pieza» particular de una construcción metafísica determine necesariamente una determinada visión del universo y de uno mismo y sólo ésa. En la realidad, las cosas son, en la realidad, bastante más elásticas y me cuesta creer que el hecho de identificarse más con los presupuestos de la metafísica akbariana que con los de la metafísica de Mullâ Sadrâ, o al revés, resulte decisivo para la realización espiritual, que es, en definitiva, lo único que importa. Con esto no pretendo decir que dé lo mismo identificarse con un planteamiento metafísico o con otro, sino simplemente que ése no es un factor ni único ni absolutamente determinante en la orientación espiritual de cada cual.Puesto que el llamado «pensamiento tradicional» está siempre latente en este blog como una posible clave de interpretación importante, y también yo me siento, a mi manera y en alguna medida, vinculado con él, no voy a eludir referirme explícitamente a él aunque ello pueda desencadenar algún ciclón, ya sea local o ultramarino, pues me parece que aquí esa referencia puede ser pertinente y clarificadora.

No deja de ser significativo que el mayor énfasis en la unidad doctrinal (me refiero ahora a la tendencia que, sin ánimo de precisión sino de forma meramente descriptiva y aproximada, puedan representar personajes como Valsân, Reyor, Gillis, Geay, etc., por citar algunos casos típicos, es decir, los continuadores puros y duros de la línea más estrictamente guenoniana) coincida con un manifiesto desdén por otras expresiones tradicionales, a mi entender esenciales, como puedan ser, en primer lugar, las relacionadas con la belleza y más en particular con el arte en la vida espiritual; en segundo lugar, con un desdén, también, por las manifestaciones culturales de la vida tradicional, despreciadas como mero «folclore»; en tercer lugar, desdén por la relación del ser humano con la naturaleza y con todo su entorno «cósmico»; desdén, en cuarto lugar, por la forma de vida y todo lo que constituye la experiencia inmediata y cotidiana de los seres humanos, incluyendo la relación con sus semejantes. No digo que todos los «tradicionalistas» (me parece justificado utilizar este término a sabiendas del rechazo que en algunos suscita) incurran en estas actitudes, pero sí una parte significativa de ellos.

Como parte de la reducción de la Tradición a lo que en ese contexto se suele denominar los «principios metafísicos», todos los elementos citados en el párrafo anterior son en la práctica excluidos de una cierta idea de Tradición (que no es la única idea de Tradición posible), frente a lo único que parece tener importancia: los contenidos doctrinales que forman el cuerpo dogmático de cada tradición en relación con la hermenéutica simbólica.

[Aquí se impone una nota que exigiría un mayor desarrollo pero que limito a este párrafo entre corchetes. No hay que olvidar que una cosa es interpretar simbólicamente la realidad y otra distinta analizar con más o menos fortuna los contenidos conceptuales presentes en los símbolos sagrados. Sería una diferencia análoga a la del artista y el crítico de arte].

En mi opinión, los elementos excluidos arriba señalados, y otros que se podrían añadir, son por lo menos tan esenciales y determinantes en la vida humana, si no más, que los contenidos doctrinales. La actitud ante todos esos elementos y otros muchos que configuran la existencia es lo que determina el verdadero posicionamiento de cada ser humano ante la Tradición o, más en general, ante la realidad espiritual. ¿Qué sentido tendría adoptar esos supuestos «principios metafísicos» —con iniciación incluida, si se quiere—, si luego se está cautivado por cualquiera de las infinitas posibilidades de enajenación que ofrece el mundo moderno, si la vida propia no difiere en su realidad práctica e inmediata de la de aquellos cuyas miras existenciales no van más allá de la acumulación de dinero, que pasan su vida entre el fútbol y la televisión, entre la música rock y la informática, y que jamás ha oído hablar de Guénon o de Schuon? Ciertamente, todo el mundo tiene sus debilidades, pero eso no las hace dejar de ser lo que son.

Es ésta pérdida más o menos completa del sentido integral de la existencia lo que, a mi entender, provoca esa chocante situación de tantos «tradicionalistas» en busca de una iniciación a la que apuntarse y su desazón al no encontrarla como si ello les dejara impotentes y les privara de toda posibilidad de hacer cualquier cosa en relación con la vida espiritual. Como si cada momento de la existencia no demandara, al margen de afiliaciones, ritos y creencias, una respuesta concreta que nos acerca o nos aleja de Dios. «Toda la vida es yoga», decía Aurobindo, frase que debería entenderse de forma absolutamente literal. El propio Schuon ha insistido muchas veces en esto, hablando de la importancia de un estilo de vida «aristocrático», lo que, obviamente, nada tiene que ver con ninguna clase social, sino con una actitud hecha, según yo lo entiendo, de serenidad, distancia, caridad, dignidad, elegancia en la conducta…

Lo que quizás deberían pensar —y perdóneseme si hay una cierta presunción por mi parte al decir esto— quienes tanta importancia conceden a los «principios», es si por ese camino no se llega a una experiencia espiritual radicalmente mutilada. Cuando uno es capaz de sentirse conmocionado hasta las lágrimas por la belleza de una iglesia románica, por una misa de Palestrina, por las iluminaciones de los textos medievales, por el encanto de un lugar retirado en la naturaleza virgen, por la serenidad y la atemporalidad que emana de cierta imágenes que nos evocan la vida cotidiana en un mundo tradicional (por referirme exclusivamente al aspecto de la belleza), creo que la importancia de la doctrina se contempla desde otra perspectiva. En definitiva, creo que la experiencia de la belleza —a la que renuncia una gran parte de los «tradicionalistas»— es decisiva en la vida espiritual y el contrapeso necesario a la posible «aridez» del pensamiento cuando se abandona a sí mismo. Desde esa experiencia más integradora, las contradicciones doctrinales pierden —yo creo— una gran parte de su problematicidad y, lejos de paralizar, se pueden integrar como un estímulo más en el progreso espiritual.

Mis disculpas si me he extendido en exceso. Cordiales saludos.

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