Vida líquida (y VI). Progreso y velocidad de cambio: el paraíso que se vuelve infierno
Última entrega de Vida líquida, en la que se observa sagazmente cómo la promesa del bienestar que debía proporcionar el progreso se ha ido tornando en el infierno de una vida de constante inseguridad y amenaza de obsolescencia e inadecuación. Mientras puedas correr, podrás al menos mantenerte, aun con gran esfuerzo, pero cuando tus piernas envejezcan, o aún peor, si tienes un tropiezo… ay de ti.
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“«A falta de comodidad existencial, hoy nos conformamos con la seguridad o con un trasunto de ésta», escriben los editores del Hedge-hog Review en la introducción a un número especial de la revista dedicado al miedo.1
El terreno sobre el que supuestamente descansan nuestras perspectivas de vida es sin duda inestable, como también lo son nuestros empleos y las empresas que los ofrecen, nuestros compañeros/compañeras y nuestras redes de amigos, la situación de la que disfrutamos en la sociedad, y la autoestima y la autoconfianza que se derivan de aquélla. El «progreso», otrora la más extrema manifestación de optimismo radical y promesa de una felicidad universalmente compartida y duradera, se ha desplazado hasta el polo de expectativas opuesto, de tono distópico y fatalista. Ese concepto representa ahora la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y una tensión continuas que harán imposible el más mínimo momento de respiro (algo así como un juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable). En lugar de grandes expectativas y de dulces sueños, el «progreso» evoca un insomnio repleto de pesadillas en las que uno sueña que «se queda rezagado», pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar.
Incapaces de aminorar el vertiginoso ritmo del cambio (para cuánto más de prever y controlar su dirección), nos centramos en aquello sobre lo que podemos (creemos que podemos o se nos asegura que podemos) influir: tratamos de calcular y minimizar el riesgo de que nosotros mismos (o aquellas personas que nos son más cercanas y queridas en el momento actual) seamos personalmente víctimas de los incontables e indefinibles peligros que este mundo impenetrable y su futuro incierto nos deparan. Nos sumergimos en el escudriñamiento de «los siete signos del cáncer» o de «los cinco síntomas de la depresión», o en la exorcización de los fantasmas de la hipertensión arterial y de los niveles elevados de colesterol, el estrés o la obesidad. Buscamos, por así decirlo, blancos hacia los que dirigir nuestro excedente de temores a los que no podemos dar una salida natural y los hallamos tomando elaboradas precauciones contra todo peligro visible o invisible, presente o previsto, conocido o por conocer, difuso aunque omnipresente: nos encerramos entre muros, inundamos los accesos a nuestros domicilios de cámaras de televisión, contratamos vigilantes armados, usamos vehículos blindados (como los famosos todoterrenos), vestimos ropa igualmente blindada (como el «calzado de suela gruesa») o vamos a clases de artes marciales. «El problema», según sugiere David L. Altheide, «es que estas actividades reafirman y contribuyen a producir una sensación de desorden que nuestras acciones no hacen más que precipitar».2 Cada cerradura adicional que colocamos en la puerta de entrada como respuesta a sucesivos rumores de ataques de criminales de aspecto foráneo, cada revisión de la dieta en respuesta a un nuevo «pánico alimentario», hace que el mundo parezca más traicionero y temible, y desencadena más acciones defensivas (que, por desgracia, están condenadas seguramente a desembocar en el mismo resultado). Nuestros miedos se perpetúan y se refuerzan cada vez más a sí mismos. Además, han adquirido ya impulso propio.
De la inseguridad y del temor se puede extraer un gran capital comercial, como, de hecho, se extrae. «Los anunciantes», comenta Stephen Graham, «han explotado deliberadamente los miedos extendidos al terrorismo catastrófico para aumentar las ventas de todoterrenos altamente rentables».3 Estos auténticos monstruos engullidores de gasolina, mal llamados «utilitarios deportivos», se alzan ya con el 45% de todas las ventas de coches en Estados Unidos y se están incorporando a la vida urbana cotidiana como verdaderas «cápsulas defensivas». El todoterreno es un símbolo de seguridad que, como los vecindarios de acceso restringido por los que a menudo circulan, aparece retratado en los anuncios como algo inmune a la arriesgada e impredecible vida urbana exterior [...] Estos vehículos parecen disipar el temor que la clase media urbana siente cuando se desplaza por su ciudad de residencia o se ve obligada a detenerse en algún atasco.” (Págs. 93-95)
1. Hedgehog Review, 5,3, otoño de 2003, págs. 5-7.
2. David L. Altheide, «Mass media, crime, and the discourse of fear», Hedgehog Review, 5,}, otoño de 2003, págs. 9-25.
3. Stephen Graham, «Postmortem city: towards an urban geopolitics», City, 2, 2004, págs. 165-196.