Continuando con ideas extraídas de la Vida líquida, el autor presta ahora atención a la especial disposición de aquellos que poseen una posición económica preeminente en el planeta; éstos viajan a menudo e incluso pasan temporadas en otros países desde que son muy jóvenes, de modo que su cultura es, desde el punto de vista, más difusa, desarraigada y con una coherencia interna inevitablemente menor que la del paisano que ha nacido y vivido en una tierra concreta y sujeto a unos usos dados y constantes. Por supuesto, dicha «liquidez» implica la necesidad de cambio a todos los niveles, como ya se comentó antes: de imagen, de situación, de objetos, de relaciones…Por otro lado, nada mejor que esta «cultura híbrida» para desenvolverse en el mundo líquido, y digo esto para que no dar impresión de que sostengo un maniqueísmo cerrado: es regla universal que lo que se gana por un lado se pierde por otro, y viceversa, y personalmente no demonizo esta tendencia, que veo más como una adaptación al entorno que como una causa del mismo.
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“[...] La imagen de la «cultura híbrida» es un barniz ideológico con el que se recubre la extraterritorialidad adquirida o pretendida. Exenta de la soberanía de unidades políticas circunscritas a un territorio, la «cultura híbrida» —como las redes extraterritoriales pobladas por la élite global— busca su identidad en libertad lejos de las identidades adscritas e inertes, disfrutando de licencia para desafiar e ignorar los marcadores culturales, las etiquetas y los estigmas que circunscriben y limitan los movimientos y las decisiones del resto de mortales ligados a un lugar: los «lugareños».
Quienes practican y disfrutan esa nueva flexibilidad o «no fijación» del yo tienden a denominarla «libertad». Se podría decir, no obstante, que tener una identidad no fijada que está en vigor básicamente «hasta nuevo aviso» no es un estado de libertad, sino una forma de verse obligatoria e interminablemente reclutado para una guerra de liberación que jamás se acaba de ganar: una batalla que se libra día tras día, sin respiro, por librarse de, por acabar con, por olvidar. Fue en el momento en que la «identidad» dejó de ser un legado engorroso (del que era imposible librarse) pero confortable (ya que nadie nos lo podía quitar), y dejó de ser un acto de adquisición de un compromiso permanente con algo previsto y que se esperaba que durase hasta la eternidad, y se convirtió, por contra, en una tarea vitalicia de unos individuos huérfanos (por la pérdida de unos legados inextricables) y privados de remansos de confianza creíbles, cuando debió de transformarse (como así hizo) en un intento siempre inconcluso de lavarse las manos de los compromisos pasados y de escapar a la amenaza de verse enredado en uno nuevo del que los demás estuvieran encantados de desentenderse (y del que, en realidad, lograran desentenderse). La libertad de estos buscadores de identidad guarda una gran afinidad con la de un ciclista: caerse es el castigo por dejar de pedalear y para mantener la posición vertical hay que seguir pedaleando. La necesidad de continuar trabajando sin descanso les pone en una situación apremiante sobre la que no tienen elección: la alternativa es demasiado sobrecogedora como para ser siquiera contemplada.
Yendo a la deriva de un episodio en otro, viviendo sucesivamente cada uno de ellos (ajeno a las consecuencias de éstos y, aún más, al destino al que le llevarán), guiado por el anhelo de borrar la historia pasada más que por el deseo de dibujar el mapa del futuro, la identidad del actor está atrapada para siempre en el presente, negada como le es actualmente su significación duradera como fundamento del futuro. Esa identidad pugna por abarcar aquellas cosas «sin las que uno no puede estar ni puede ser visto» a día de hoy, aunque es plenamente consciente al mismo tiempo de que lo más probable es que esas mismas cosas acaben convirtiéndose en objetos «con los que uno no podrá estar ni podrá ser visto» mañana. El pasado de cada identidad está sembrado de vertederos a los que se han ido arrojando diariamente y uno a uno los objetos anteayer indispensables y ayer convertidos en cargas engorrosas.
El único «núcleo identitario» que, con toda seguridad, surgirá no sólo indemne, sino probablemente también fortalecido, de todo este continuo cambio será el del homo eligens, el «hombre elector» (¡que no el «hombre que realmente ha elegido»!): un yo permanentemente impermanente, completamente incompleto, definidamente indefinido… y auténticamente inauténtico. De la empresa privada moderna líquida, Richard Sennett ha escrito lo siguiente: «Se destruyen o se abandonan negocios perfectamente viables, y se deja marchar a empleados capaces en lugar de recompensarlos, sencillamente porque la organización debe demostrar ante el mercado que es capaz de cambiar».1 Sustituyan «negocios» por «identidades», «empleados capaces» por «bienes y compañeros», y «organización» por «mi yo», y obtendrán un retrato fidedigno de la difícil situación que caracteriza al homo eligens.” (Págs. 48-49)
1 Richard Sennett, The Corrosión of Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism, W. W. Norton, 1998, pág. 51 (trad. cast.: La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000).