Cabalgando al Tigre

Lunes, 12 Marzo, 2007

El pozo y la estrella

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:28 am

pozo11.jpgNo es habitual, en los tiempos que corren, encontrar un poeta que no lo reduzca todo a la dimensión sensible y la relación entre sus elementos. Este breve texto, El pozo y la estrella, de José Antonio Antón Pacheco (EH Editores, Jerez 2006), es una honrosa excepción. Antón sostiene que “filosofía, poesía y vivencia religiosa se identifican”, y esto queda bellamente plasmado en las surrealistas pinceladas de sus poemas, cargados de simbolismo (en su sentido fuerte) y de gran poder evocador. Os dejo un par de poemas para abrir boca.

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SUMERIOS

Cuando Súmer fue destruida (si por agua, fuego o dura guerra, eso lo ignoro) consiguió sobrevivir al funesto hecho un grupo, escaso en número, de sumerios, quienes huyendo fueron a buscar morada lejos de su ya fenecida patria. Estos pocos sumerios encontraron tierras que les acogiesen, pero allí donde iban ellos, derramaban lágrimas y la tristeza ensombrecía sus miradas, pues recordaban Súmer, la para siempre perdida. Y por eso nosotros a veces derramamos lágrimas y se nos ensombrece la mirada, porque tenemos algo de sumerios. A Súmer todavía la recordamos, oscuramente. Todos somos sumerios.

EN UN LUGAR SAGRADO

En un lugar sagrado

se cruzan los caminos, se unen los ríos

y se separan los espacios.

En un lugar sagrado

los cipos señalan las travesías

y en las dehesas pacen los rebaños

y las ruedas marcan las sendas de los carros y las besanas los surcos de los arados.

Entre un rumor de luces

Abundan pisadas y huellas en los claros.

Acude a las encrucijadas.

Verás una piedra que signa con palabras un alto:

“detente, lee, recuerda.

Éste es un lugar sagrado”.

Martes, 6 Marzo, 2007

Vida líquida (y VI). Progreso y velocidad de cambio: el paraíso que se vuelve infierno

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:46 am

falling_runner.jpgÚltima entrega de Vida líquida, en la que se observa sagazmente cómo la promesa del bienestar que debía proporcionar el progreso se ha ido tornando en el infierno de una vida de constante inseguridad y amenaza de obsolescencia e inadecuación. Mientras puedas correr, podrás al menos mantenerte, aun con gran esfuerzo, pero cuando tus piernas envejezcan, o aún peor, si tienes un tropiezo… ay de ti.

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«A falta de comodidad existencial, hoy nos conformamos con la seguridad o con un trasunto de ésta», escriben los editores del Hedge-hog Review en la introducción a un número especial de la revista de­dicado al miedo.1
El terreno sobre el que supuestamente descansan nuestras pers­pectivas de vida es sin duda inestable, como también lo son nuestros empleos y las empresas que los ofrecen, nuestros compañeros/compa­ñeras y nuestras redes de amigos, la situación de la que disfrutamos en la sociedad, y la autoestima y la autoconfianza que se derivan de aqué­lla. El «progreso», otrora la más extrema manifestación de optimismo radical y promesa de una felicidad universalmente compartida y dura­dera, se ha desplazado hasta el polo de expectativas opuesto, de tono distópico y fatalista. Ese concepto representa ahora la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y una tensión continuas que harán imposible el más mínimo momento de respiro (algo así como un juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irrever­sible y una exclusión inapelable). En lugar de grandes expectativas y de dulces sueños, el «progreso» evoca un insomnio repleto de pesadi­llas en las que uno sueña que «se queda rezagado», pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar.

surprise.jpg Incapaces de aminorar el vertiginoso ritmo del cambio (para cuán­to más de prever y controlar su dirección), nos centramos en aquello sobre lo que podemos (creemos que podemos o se nos asegura que po­demos) influir: tratamos de calcular y minimizar el riesgo de que noso­tros mismos (o aquellas personas que nos son más cercanas y queridas en el momento actual) seamos personalmente víctimas de los incontables e indefinibles peligros que este mundo impenetrable y su futuro incierto nos deparan. Nos sumergimos en el escudriñamiento de «los siete signos del cáncer» o de «los cinco síntomas de la depresión», o en la exorcización de los fantasmas de la hipertensión arterial y de los ni­veles elevados de colesterol, el estrés o la obesidad. Buscamos, por así decirlo, blancos hacia los que dirigir nuestro excedente de temores a los que no podemos dar una salida natural y los hallamos tomando ela­boradas precauciones contra todo peligro visible o invisible, presente o previsto, conocido o por conocer, difuso aunque omnipresente: nos encerramos entre muros, inundamos los accesos a nuestros domicilios de cámaras de televisión, contratamos vigilantes armados, usamos ve­hículos blindados (como los famosos todoterrenos), vestimos ropa igualmente blindada (como el «calzado de suela gruesa») o vamos a clases de artes marciales. «El problema», según sugiere David L. Altheide, «es que estas actividades reafirman y contribuyen a producir una sensación de desorden que nuestras acciones no hacen más que precipitar».2 Cada cerradura adicional que colocamos en la puerta de entrada como respuesta a sucesivos rumores de ataques de criminales de aspecto foráneo, cada revisión de la dieta en respuesta a un nuevo «pánico alimentario», hace que el mundo parezca más traicionero y temible, y desencadena más acciones defensivas (que, por desgracia, están condenadas seguramente a desembocar en el mismo resultado). Nuestros miedos se perpetúan y se refuerzan cada vez más a sí mismos. Además, han adquirido ya impulso propio.
De la inseguridad y del temor se puede extraer un gran capital co­mercial, como, de hecho, se extrae. «Los anunciantes», comenta Stephen Graham, «han explotado deliberadamente los miedos extendidos al terrorismo catastrófico para aumentar las ventas de todoterrenos al­tamente rentables».3 Estos auténticos monstruos engullidores de ga­solina, mal llamados «utilitarios deportivos», se alzan ya con el 45% de todas las ventas de coches en Estados Unidos y se están incorpo­rando a la vida urbana cotidiana como verdaderas «cápsulas defensi­vas». El todoterreno es un símbolo de seguridad que, como los vecindarios de acceso restrin­gido por los que a menudo circulan, aparece retratado en los anuncios como algo inmune a la arriesgada e impredecible vida urbana exterior [...] Estos vehículos parecen disipar el temor que la clase media urba­na siente cuando se desplaza por su ciudad de residencia o se ve obli­gada a detenerse en algún atasco.” (Págs. 93-95)

1. Hedgehog Review, 5,3, otoño de 2003, págs. 5-7.
2. David L. Altheide, «Mass media, crime, and the discourse of fear», Hedgehog Review, 5,}, otoño de 2003, págs. 9-25.
3.
Stephen Graham, «Postmortem city: towards an urban geopolitics», City, 2, 2004, págs. 165-196.

Viernes, 2 Marzo, 2007

Vida líquida (V). La nueva disposición de los “privilegiados”: la «cultura híbrida»

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:34 am

v1.jpgContinuando con ideas extraídas de la Vida líquida, el autor presta ahora atención a la especial disposición de aquellos que poseen una posición económica preeminente en el planeta; éstos viajan a menudo e incluso pasan temporadas en otros países desde que son muy jóvenes, de modo que su cultura es, desde el punto de vista, más difusa, desarraigada y con una coherencia interna inevitablemente menor que la del paisano que ha nacido y vivido en una tierra concreta y sujeto a unos usos dados y constantes. Por supuesto, dicha «liquidez» implica la necesidad de cambio a todos los niveles, como ya se comentó antes: de imagen, de situación, de objetos, de relaciones…Por otro lado, nada mejor que esta «cultura híbrida» para desenvolverse en el mundo líquido, y digo esto para que no dar impresión de que sostengo un maniqueísmo cerrado: es regla universal que lo que se gana por un lado se pierde por otro, y viceversa, y personalmente no demonizo esta tendencia, que veo más como una adaptación al entorno que como una causa del mismo.

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“[...] La imagen de la «cultura híbrida» es un barniz ideológico con el que se recubre la extraterritorialidad adquirida o pretendida. Exenta de la soberanía de unidades políticas circunscritas a un terri­torio, la «cultura híbrida» —como las redes extraterritoriales pobla­das por la élite global— busca su identidad en libertad lejos de las identidades adscritas e inertes, disfrutando de licencia para desafiar e ignorar los marcadores culturales, las etiquetas y los estigmas que cir­cunscriben y limitan los movimientos y las decisiones del resto de mortales ligados a un lugar: los «lugareños».

Quienes practican y disfrutan esa nueva flexibilidad o «no fija­ción» del yo tienden a denominarla «libertad». Se podría decir, no obstante, que tener una identidad no fijada que está en vigor básica­mente «hasta nuevo aviso» no es un estado de libertad, sino una for­ma de verse obligatoria e interminablemente reclutado para una gue­rra de liberación que jamás se acaba de ganar: una batalla que se libra día tras día, sin respiro, por librarse de, por acabar con, por olvidar. Fue en el momento en que la «identidad» dejó de ser un legado en­gorroso (del que era imposible librarse) pero confortable (ya que na­die nos lo podía quitar), y dejó de ser un acto de adquisición de un compromiso permanente con algo previsto y que se esperaba que du­rase hasta la eternidad, y se convirtió, por contra, en una tarea vitali­cia de unos individuos huérfanos (por la pérdida de unos legados inextricables) y privados de remansos de confianza creíbles, cuando debió de transformarse (como así hizo) en un intento siempre incon­cluso de lavarse las manos de los compromisos pasados y de escapar a la amenaza de verse enredado en uno nuevo del que los demás estu­vieran encantados de desentenderse (y del que, en realidad, lograran desentenderse). La libertad de estos buscadores de identidad guarda una gran afinidad con la de un ciclista: caerse es el castigo por dejar de pedalear y para mantener la posición vertical hay que seguir peda­leando. La necesidad de continuar trabajando sin descanso les pone en una situación apremiante sobre la que no tienen elección: la alter­nativa es demasiado sobrecogedora como para ser siquiera contem­plada.

Yendo a la deriva de un episodio en otro, viviendo sucesivamente cada uno de ellos (ajeno a las consecuencias de éstos y, aún más, al destino al que le llevarán), guiado por el anhelo de borrar la historia pasada más que por el deseo de dibujar el mapa del futuro, la identidad del actor está atrapada para siempre en el presente, negada como le es actualmente su significación duradera como fundamento del fu­turo. Esa identidad pugna por abarcar aquellas cosas «sin las que uno no puede estar ni puede ser visto» a día de hoy, aunque es plenamen­te consciente al mismo tiempo de que lo más probable es que esas mis­mas cosas acaben convirtiéndose en objetos «con los que uno no po­drá estar ni podrá ser visto» mañana. El pasado de cada identidad está sembrado de vertederos a los que se han ido arrojando diariamente y uno a uno los objetos anteayer indispensables y ayer convertidos en cargas engorrosas.

El único «núcleo identitario» que, con toda seguridad, surgirá no sólo indemne, sino probablemente también fortalecido, de todo este continuo cambio será el del homo eligens, el «hombre elector» (¡que no el «hombre que realmente ha elegido»!): un yo permanentemente impermanente, completamente incompleto, definidamente indefinido… y auténticamente inauténtico. De la empresa privada moderna líquida, Richard Sennett ha escrito lo siguiente: «Se destruyen o se abandonan negocios perfectamente viables, y se deja marchar a empleados capaces en lugar de recompensarlos, sencillamente porque la organización debe demostrar ante el mercado que es capaz de cambiar».1 Sustituyan «negocios» por «identidades», «empleados capaces» por «bienes y compañeros», y «organización» por «mi yo», y obtendrán un retrato fidedigno de la difícil situación que caracteriza al homo eligens.” (Págs. 48-49)

1 Richard Sennett, The Corrosión of Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism, W. W. Norton, 1998, pág. 51 (trad. cast.: La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Barcelo­na, Anagrama, 2000).

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