Bergson y su risa (IV): La vanidad
Otro fragmento extraído de La risa. Sin palabras, simplemente genial.
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“Veamos ahora, después de lo dicho, qué habrá que hacer para crear una preparación del carácter idealmente cómica, cómica en sí misma, cómica en sus orígenes, cómica en todas sus manifestaciones. Tendrá que ser superficial, para que no rebase el tono de comedia, un sentimiento duradero. Y tendrá que ser también superficial, para que no rebase el tono de la comedia. Igualmente ha de ser invisible para quien la posee (lo cómico es siempre algo inconsciente) y, visible para el resto del mundo, para que arranque una risa universal. Tendrá que estar llena de indulgencia para consigo misma, a fin de que se muestre sin escrúpulo, y habrá de ser molesta para los otros, a fin de que la repriman. Susceptible de una corrección inmediata, para que la risa no resulte inútil; segura de renacer bajo nuevos aspectos, para que tenga siempre sobre qué actuar. Inseparable de la vida social y capaz, en fin, de tomar la mayor variedad de formas y de sumarse a todos los vicios y aun a algunas virtudes.
He ahí una serie de elementos que hay que fundir en un todo. El alquimista del alma al cual se encomendase esta delicada preparación, sufriría algún desencanto al vaciar su retorta. Se encontraría con que se había tomado un gran trabajo para obtener una mezcla que podía adquirir a cualquier precio ya hecha, pues abunda en la humanidad como el aire en el campo.
Esta mezcla es sencillamente la vanidad. No creo que haya defecto más superficial y a la vez más profundo.
Las heridas que se le infieren no son graves nunca, y sin embargo no se curan. Los servicios que se le hacen son los más ficticios de todos, y a pesar de esto son los que dejan tras sí una gratitud más duradera. Apenas sí es un vicio, y no obstante, gravitan alrededor de ella todos los vicios, y éstos, al refinarse, tienden a convertirse exclusivamente en medios de satisfacerla. Hija de la vida social, no es otra cosa que una admiración de sí misma, fundada en la admiración que cree inspirar a los demás. Es más natural, más universalmente innata que el mismo egoísmo, pues de éste suele triunfar la Naturaleza, al paso que sólo por la reflexión podemos vencer la vanidad. No creo que nadie sea modesto de nacimiento, a menos que se quiera llamar modestia a una cierta timidez completamente física y que se halla más cerca del orgullo de lo que a primera vista parece. La verdadera modestia no puede ser otra cosa sino una reflexión sobre la vanidad. Nace del espectáculo de las ilusiones ajenas y del temor al propio extravío. Viene a ser como una circunspección científica de lo que acerca de uno pensarán los otros. Está formada de correcciones y retoques. Es, en resumen, una virtud adquirida.
Es muy difícil señalar en qué punto el cuidado de ser modesto se aparta del temor a parecer ridículo. Este temor y aquel cuidado se confunden seguramente en su origen. Un estudio completo de las ilusiones que llevan consigo el ridículo y la vanidad, arrojaría una gran luz sobre la teoría de la risa. Veríamos por él cómo la risa cumple con regularidad matemática una de sus funciones principales, la de despertar al amor propio atrayéndole a su plena conciencia y haciendo que los caracteres lleguen al mayor grado posible de sociabilidad. Veríamos también cómo la vanidad, producto ingénito de la vida social, constituye, no obstante, un estorbo para la sociedad, al modo de ciertos venenos que está segregando constantemente nuestro organismo y que concluirían por intoxicarle si no viniesen otras secreciones a neutralizar sus efectos. La risa realiza sin interrupción un trabajo de esta índole. Por eso se podría decir que el remedio específico de la vanidad es la risa y que el defecto esencialmente risible es la vanidad. Al estudiar lo cómico de las formas y del movimiento, probamos que una imagen risible por sí misma podía insinuarse en otras más complejas e infundirles algo de su virtud cómica. Así es como las formas más elevadas de lo cómico pueden a veces explicarse por las más inferiores. Pero acaso sea más frecuente la operación inversa, pues hay efectos cómicos muy groseros que arrancan del rebajamiento de un cómico sutilísimo. Por eso la vanidad, forma superior de lo cómico, es el elemento que tendemos a buscar inconscientemente en todas las manifestaciones de la actividad humana. La buscamos, aunque sólo sea por reírnos de ella. Y frecuentemente la vemos con la imaginación allí donde no está. Creo que el mismo origen se podría asignar a esa clase de cómico grosero que los psicólogos han explicado muy insuficientemente atribuyéndolo al contraste. Un hombre pequeño que se encorva para pasar por una puerta grande; dos personas, la una muy alta, la otra muy pequeña, que caminan gravemente cogidos del brazo, etc. Contemplando esta última imagen me parece que la más pequeña de esas dos personas se esfuerza por levantarse a la altura de la otra, como aquella rana que quiso hacerse tan grande como el buey.” (Págs. 128-131)