Tercera hidrólisis del Amor líquido. Como en la anterior entrega, los epígrafes son míos, pero las negritas son del autor.
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Sexo con desconocidos
Anticipándose al esquema que habría de prevalecer en nuestros tiempos, Erich Fromm intentó explicar la atracción por el “sexo en sí mismo” (el sexo “por derecho propio”, la práctica del sexo separada de sus funciones ortodoxas), caracterizándolo como una respuesta (equívoca) al siempre humano “anhelo de fusión completa” a través de una “ilusión de unión”.1
Unión, ya que eso es exactamente lo que hombres y mujeres buscan denodadamente en su intento por escapar de la soledad que sienten o temen sentir. Ilusión, ya que la unión alcanzada durante el breve instante del orgasmo “deja a los desconocidos tan alejados como lo estaban antes” de modo tal que “sienten su extrañamiento aún más profundamente que antes”. Al cumplir ese rol, el orgasmo sexual “cumple una función no demasiado diferente del alcoholismo o la adicción a las drogas”. Como ellos, es intenso, pero “transitorio y periódico”.2
La unión es ilusoria y la experiencia está condenada finalmente a la frustración, dice Fromm, porque esa unión está separada del amor (separada, permítanme explicarlo, de una relación de tipo fürsein, de una relación que se pretende como un compromiso indefinido y duradero con respecto al bienestar del otro). Según esta visión de Fromm, el sexo sólo puede ser un instrumento de fusión genuina -y no una impresión efímera, artera y en definitiva autodestructiva de fusión— en conjunción con el amor. Toda capacidad generadora de unión que el sexo pueda tener se desprende de su conjunción con el amor.
Desde la época en que Fromm escribió sus textos, el sexo se ha aislado progresivamente de los otros aspectos de la vida como nunca antes.
Hoy el sexo es el epítome mismo, y quizás el arquetipo secreto y silencioso, de la “relación pura” (sin lugar a duda un oxímoron, ya que las relaciones humanas tienden a llenar, contaminar y modificar hasta el último rincón, por remoto que sea, de la Lebenwelt, y por lo tanto no son precisamente “puras”) que, como sugiere Anthony Giddens, se ha convertido en el modelo predominante, en la meta ideal de las relaciones humanas. Actualmente se espera que el sexo sea autosuficiente y autónomo, que se “sostenga sobre sus propios pies”, y es sólo valuable en razón de la gratificación que aporta por sí mismo (si bien por lo general no alcanza a colmar las expectativas de satisfacción que nos prometen los medios). No es raro, entonces, que su capacidad para generar frustración y para exacerbar esa misma sensación de extrañamiento que supuestamente debía sanar haya crecido enormemente. La victoria del sexo en la gran guerra de la independencia ha sido, a lo sumo, una victoria pírrica. La pócima maravillosa parece estar produciendo dolores y sufrimientos no menos numerosos y probablemente más agudos que aquellos que prometía remediar.
La orfandad y el desconsuelo fueron celebrados brevemente en cuanto liberación definitiva del sexo de la prisión en que la sociedad patriarcal, puritana, aguafiestas, pacata, hipócrita y rígidamente victoriana lo habían encerrado.
Por fin había una relación pura de toda pureza, un encuentro que no servía a otro propósito que el del placer y el goce. Un sueño de felicidad sin ataduras, una felicidad sin temor a efectos secundarios y alegremente despreocupada de sus consecuencias, una felicidad de tipo “si no está completamente satisfecho, devuelva el producto y su dinero le será reembolsado”: la encarnación misma de la libertad, tal como lo han definido la sabiduría popular y las prácticas de la sociedad de consumo.
Está bien, y quizás sea incluso excitante y maravilloso, que el sexo se haya liberado hasta tal punto. El problema es cómo sostenerlo en su lugar una vez que hemos arrojado el contrapeso por la borda, cómo hacer que no se desmadre cuando ya no existen marcos disponibles. Volar liviano produce alegría, volar a la deriva es angustiante. El cambio es embriagador, la volatilidad es preocupante. ¿La insoportable levedad del sexo?
Volkmar Sigusch practica la psicología: atiende a diario a víctimas del “sexo puro”. Lleva un registro de sus quejas, y la lista de heridos que acuden en busca de la ayuda de expertos no deja de crecer. El resumen de sus hallazgos es sobrio y sombrío.
Todas las formas de relaciones íntimas en boga llevan la misma máscara de falsa felicidad que en otro tiempo llevó el amor marital y luego el amor libre… A medida que nos acercamos para observar y retiramos la máscara, nos encontramos con anhelos insatisfechos, nervios destrozados, amores desengañados, heridas, miedos, soledad, hipocresía, egoísmo y repetición compulsiva… El rendimiento ha reemplazado al éxtasis, lo físico está de moda, lo metafísico no… Abstinencia, monogamia y promiscuidad están alejadas por igual de la libre vida de la sensualidad que ninguno de nosotros conoce. 3
Las consideraciones técnicas no se llevan bien con las emociones. Preocuparse por el rendimiento no deja ni lugar ni tiempo para el éxtasis. El camino de lo físico no conduce hacia la metafísica. El poder seductor del sexo solía emanar de la emoción, el éxtasis y la metafísica, tal y como lo haría hoy, pero el misterio ha desaparecido y, por lo tanto, los anhelos sólo pueden quedar insatisfechos…
Cuando el sexo significa un evento fisiológico del cuerpo y la “sensualidad” no evoca más que una sensación corporal placentera, el sexo no se libera de sus cargas supernumerarias, superfluas, inútiles y agobiantes. Muy por el contrario, se sobrecarga. Se desborda sin ninguna expectativa que no sea la de simplemente cumplir.
Las íntimas conexiones del sexo con el amor, la seguridad, la permanencia, la inmortalidad gracias a la continuación del linaje, no eran al fin y al cabo tan inútiles y restrictivas como se creía, se sentía y se alegaba. Esas viejas y supuestamente anticuadas compañeras del sexo eran quizás sus apoyos necesarios (necesarios no en cuanto a la perfección técnica del rendimiento, sino por su potencial de gratificación). Quizás las contradicciones que la sexualidad entraña endémicamente no sean más fáciles de resolver (mitigar, diluir, neutralizar) en ausencia de sus “ataduras”. Quizás esas ataduras no eran pruebas del malentendido o el fracaso cultural, sino logros del ingenio cultural. (Pág. 67-70)
Swingers
Los parisinos son famosos justamente por esto, por esforzarse más que nadie y con recursos más ingeniosos. En París, el échangisme (un novedoso término y, dada la nueva igualdad entre los sexos, más políticamente correcto para denominar el concepto bastante más viejo y con cierto resabio patriarcal de “intercambio de esposas”) parece haberse puesto de moda, convirtiéndose en el juego en boga y en tema favorito de conversación de todos.
Les échangistes matan dos pájaros de un tiro. Para empezar, aflojan un poco el cepo del compromiso marital gracias a un acuerdo que hace de las consecuencias algo menos relevante y, por lo tanto, de la incertidumbre generada por su oscuridad endémica, algo menos temible. En segundo lugar, hallan cómplices confiables en sus esfuerzos por esquivar las acechantes y, por lo tanto, potencialmente molestas consecuencias de un encuentro sexual, ya que todos los interesados, habiendo participado del evento, unen sus esfuerzos por evitar que el episodio se desborde de su marco.
Como estrategia para luchar contra el espectro de la incertidumbre que todo episodio sexual entraña, el échagisme ostenta una ventaja distintiva por sobre las “camas de una noche” y otros encuentros ocasionales y de corta vida por el estilo. Aquí, la protección contra las consecuencias indeseables es responsabilidad y preocupación de otra persona, y en el peor de los casos no es una empresa solitaria, sino una tarea compartida con aliados poderosos y comprometidos. La ventaja del échangisme por sobre el simple “adulterio extramatrimonial” es notoriamente ostensible. Ninguno de los échangistes es traicionado, los intereses de nadie se ven amenazados, y según el modelo ideal de “comunicación no distorsionada” de Habermas, todos son participantes. El ménàge à quatre (o six, huit, etc., cuantos más sean mejor) está a salvo de todas las pestes y deficiencias que, como sabemos, son la ruina del ménage à trois.
Tal como podría esperarse cuando una empresa se propone ahuyentar el fantasma de la inseguridad, el échangisme busca el amparo de las instituciones contractuales y el apoyo de la ley. Uno se convierte en échangiste uniéndose a un club, firmando un formulario, prometiendo obedecer las reglas (con la esperanza de que todos los demás hayan hecho lo mismo) y obteniendo un carné de membresía que franquea la entrada y asegura que quienes están adentro son jugadores y juego a la vez. Como probablemente todos los que se encuentran en el interior están al tanto del objetivo de ese club y de sus reglas, y se han comprometido a seguirlas, toda discusión o uso de la fuerza, toda búsqueda de consentimiento, los azares de la seducción y demás torpezas y precariedades preliminares de resultado incierto se vuelven redundantes.
O así lo parece, por lo menos durante un tiempo. Las convenciones del échangisme, como lo prometían en una época las tarjetas de crédito, pueden facilitar el deseo sin demora. Al igual que las más recientes innovaciones tecnológicas, acortan la distancia entre las ganas y su satisfacción, y aceleran y facilitan el pasaje de una a otra. Pueden también impedir que uno de los miembros reclame beneficios que excedan los de un encuentro episódico.
¿Pueden sin embargo defender al homo sexualis de sí mismo? Los anhelos insatisfechos, las frustraciones amorosas, el temor a la soledad y a ser herido, la hipocresía y la culpa, ¿pueden dejarse atrás después de haber visitado este club? ¿Pueden encontrarse allí intimidad, alegría, ternura, afecto y amor propio? Bueno, uno de los miembros podría decir y de buena fe: “esto es sexo, estúpido, aquí nada de todo eso importa”. Pero si él o ella tienen razón, ¿acaso el sexo importa? O más bien, y citando a Sigusch, si la esencia de la actividad sexual es producir placer instantáneo, “entonces, ya no es importante lo que se hace, sino simplemente que suceda”.
(…)
La indefinición, incompletud y revocabilidad de la identidad sexual (así como de todos los otros aspectos de la identidad en un moderno entorno líquido) son a la vez el veneno y su antídoto combinados en una superpoderosa droga antitranquilizante.
La conciencia de esta ambivalencia es enervante y entraña ansiedades sin límite: es la madre de una incertidumbre que sólo puede ser apaciguada temporalmente pero nunca extinguida por completo. Toda condición elegida/alcanzada se ve corroída por dudas acerca de su pertinencia o sensatez. Pero a la vez protege contra la humillación de la mediocridad y el fracaso. Si la felicidad prevista no llega a materializarse, siempre está la posibilidad de echarle la culpa a una elección equivocada antes que a nuestra incapacidad para vivir a la altura de las oportunidades que se nos ofrecen. Siempre está la posibilidad de salirse del camino antes escogido para alcanzar la dicha y volver a empezar, incluso desde cero, si el pronóstico nos parece favorable.
El efecto combinado de veneno y antídoto mantiene al homo sexualis en perpetuo movimiento, empujándolo (“este tipo de sexualidad no logró llevarme al clímax de la experiencia que supuestamente debía alcanzar”) y tirando de él (“he oído hablar de otros tipos de sexualidad, y están al alcance de la mano; sólo es cuestión de decidirse y tener ganas”).
El homo sexualis no es un estado y menos aún un estado permanente e inmutable, sino un proceso, minado de ensayos y errores, de azarosos viajes de descubrimiento y hallazgos ocasionales, salpicado de incontables traspiés, de duelos por las oportunidades desperdiciadas y de la alegría anticipada de los suculentos platos por venir.
(…)
Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio. (Págs. 76-80)
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1 Erich Fromm, The Art of Loving (1957), Londres, Thorsons, 1995 [trad. esp.: El arte de amar, Buenos Aires, Paidós, 2000].
2 Ibid.,pp. 41-43; 9-11.
3 Volkmar Sigusch, “The neosexual revolution”, en Archives of Sexual Behavior,4, 1989.

A mí la verdad, el intercambio siempre me ha parecido burgués, bajo su aspecto “rompedor”. Una especie de orgía jibarizada y sometida al final a normas no tan diferentes en el fondo de otras instituciones como el noviazgo a la antigua usanza. Cambia, eso sí, que el personal conoce más gente aparte de su pareja…
Posdata: ¿Os suena un libro llamado “la tiranía del placer”?
Comentario por bukowsky in love — Viernes, 3 Agosto, 2007 @ 6:54 pm |
De nada; ¿podrías darnos algún dato más del libro y de tus impresiones, si lo has leído?
Comentario por Aspirante a domador — Domingo, 5 Agosto, 2007 @ 12:28 pm |
También está relacionado con la hipersexualidad de hoy en día, pero se constatan dos tendencias en apariencia contrarias, que se refuerzan: el mito de la permisividad y el del neopuritanismo.
El autor: Jean Claude Guilleaud.
Editorial Andrés Bello, 2000 (edición española, la original francesa es 2 años anterior).
El estilo es bastante historicista, pone ejemplos históricos para desmitificar la supuesta homosexualidad de los griegos o la imaginaria represión medieval.
Lo que viene a decir es que nunca en la historia se habían permitido tantas actividades sexuales o hablar de sexo, y nunca las leyes y el moralismo han sido tan severos (un ejemplo: cuidado con irse con jovencitas sin antes preguntarles si tienen los sagrados 18 años, paranoia con la pederastia, etc).
Lo que me ha llamado la atención es esta frase de vuestro texto:
“El rendimiento ha reemplazado al éxtasis”. Y esa idea del sexo como algo produictivo, mensurable y sujeto a la “ciencia de la sexología”, aparece también en “la tiranía del placer”. En concreto, cuando se llega al siglo XX, los famosos estudios de Kinsey permitieron tratar el sexo como algo científico, la gente empezó a hablar de ello. Pero Guillebaud constata que entonces la actividad sexual se cuantifica, se deshumaniza o se reduce a sociología arata: tanta población folla, tanta se masturba, tantas mujeres fingen orgasmos, etc. Eso cala en el público vía sexólogos (nuevos curas que definen qué da placer y cómo dar placer), y al final todo se reduce al rendimiento. Que sea con una persona o con otra es cuestión de las circunstancias.
Ese asunto del rendimiento es lo que me ha movido a recordar ese libro.
Saludos y gracias por aguantar el sermoncete.:-)
Comentario por bukowsky in loive — Domingo, 5 Agosto, 2007 @ 6:14 pm |
Coincido contigo en tus apreciaciones; en el fondo de toda esta actitud mental hacia el sexo subyace la visión cartesiana del hombre como máquina, y una máquina es mejor cuanto más rinde… cuantitativamente. El problema está en que a) el hombre tiene alma y ésta no tiene medida alguna en común con una máquina: quizá incluso sea su antítesis, y b) la cantidad, más allá de un punto, necesita el espacio de la calidad para crecer. Gracias por la referencia bibliográfica.
Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 6 Agosto, 2007 @ 10:11 am |