Cabalgando al Tigre

Jueves, 27 septiembre, 2007

Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (I): sobre Dios y el mal

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:42 am

Recuerdos, sueños, pensamientos, de Carl Gustav Jung (Ed. Seix Barral, colección Los Tres Mundos, 2005 Barcelona, 493 págs., trad. de Mª Rosa Borrás), constituye el testamento interior de este relevante personaje. Empecemos por el principio: la edición, en rústica, es correcta en cuanto a la encuadernación, papel y fuentes, pero en cuanto al contenido no se puede decir lo mismo, lamentablemente. Cuajado de errores tipográficos, algunos de bulto, al llegar a treintaisiete dejé de anotarlos por hastío, y qué decir de la traducción: es nefasta, llena de errores sintácticos y pasajes directamente incomprensibles. En fin, un desastre que amarga la tarea del más aguerrido y dispuesto lector. De todos modos, para colgarlos aquí he corregido las faltas de ortografía que he encontrado (excéptico, enzalzase…), para evitar distracciones.

En cuanto al contenido, parece ser que este texto fue más o menos dictado por Jung, cuando ya era un provecto anciano con más de ochenta años, a su discípula Aniela Jaffé, la cual lo editó y recompuso hasta obtener esta obra. A lo largo de sus páginas Jung trata de mostrarnos cómo ve, siente e interpreta el mundo, y creo lo consigue. El libro es por tanto interesante, aunque en ciertos momentos se me ha antojado pesado (y eso que yo como piedras). Como suele ser costumbre últimamente, he extractado algunos fragmentos que me han parecido especialmente evocadores o interesantes. En esta primera entrega os dejo dos que dan muestra de la idea de Dios y el mal en el mundo que Jung fue madurando dentro de él desde muy joven: ambas reflexiones pertenecen al Jung de la época escolar. A ver qué os parece.

———————————

La Iglesia se me convirtió gradualmente en una tortu­ra, pues allí se hablaba abiertamente —casi diría: desver­gonzadamente— de Dios; lo que Él quiere, lo que Él hace. La gente se exhortaba a experimentar aquel sentimiento, a creer en aquel misterio, del cual sabía yo que era la verdad más profunda, la más íntima, la que no existen palabras para expresarla. Sólo podía deducir de ello que aparente­mente nadie conocía este misterio, ni siquiera el sacerdote; pues, de lo contrario, nunca hubiese podido arriesgarse a revelar públicamente el misterio de Dios ni a profanar tan indecible sentimiento con los sentimentalismos de mal gusto. Yo estaba seguro de que éste era un camino equivo­cado para llegar a Dios, pues sabía, por experiencia, que esta gracia sólo es otorgada a quien cumple incondicionalmente la voluntad de Dios. También esto se predicaba cier­tamente en la Iglesia, pero siempre en el supuesto de que la voluntad de Dios fuera conocida por la revelación. Por el contrario, a mí me daba la impresión de ser de lo más desconocido. Me parecía como si en realidad hubiera que averiguar diariamente la voluntad de Dios. No es que yo lo hiciera, pero estaba seguro de que lo haría en cuanto me encontrara en una situación perentoria. La personalidad no me absorbía con demasiada frecuencia. Me parecía, a menudo, como si los preceptos religiosos pudieran susti­tuir la voluntad de Dios que tan inesperada y horrible po­día ser y concretamente con el objetivo de no tener que comprender la voluntad de Dios. Me volví cada vez más escéptico, y los sermones de mi padre y de otros sacerdo­tes me ponían triste. Todos los hombres que conmigo se relacionaban me parecía que aceptaban por descontado toda aquella jerga y la espesa oscuridad que de ella mana­ba y que se tragaban maquinalmente todas las contradic­ciones, como, por ejemplo, que Dios es Omnisciente y que ha previsto naturalmente toda la historia de la humanidad. Ha creado a los hombres de modo que tengan que incurrir en pecado y, no obstante, prohíbe el pecado y lo castiga in­cluso con la condenación eterna y el fuego del infierno. El diablo no desempeñó papel alguno, durante mucho tiempo, en mis pensamientos. Me parecía el mastín malo de un poderoso señor. Nadie más que Dios era responsable del mundo, y Él era, como yo muy bien sabía, temible tam­bién. Me parecía cada vez más problemático e inquietante el que el «buen Dios», el amor de Dios por los hombres y de los hombres por Dios, se ensalzase y recomendase en los vehementes sermones de mi padre [el padre de Jung era pastor luterano]. La duda creció en mí: ¿Sabe él en realidad de qué habla? ¿Podría él degollarme a mí, a su hijo, como sacrificio humano, como Isaac, o entregarse a un tribunal injusto que le hiciese crucificar como a Jesús? No, no podría hacerlo. Así, pues, no podía cumplir, si se diera el caso, la voluntad de Dios que, decididamente, como enseña la Biblia misma, puede ser terrible. —Me re­sultó claro que cuando se exhortaba, entre otras cosas, a prestar más obediencia a Dios que a los hombres, esto se decía superficialmente y sin meditación. Por lo visto, no se conocía en absoluto la voluntad de Dios, pues, de lo con­trario, se hubiera tratado este problema central con sagra­do temor, aunque no fuese más que por su miedo al Dios que puede realizar, con pleno poder, Su terrible voluntad […]. El temor de Dios, que naturalmente se mencio­naba, se tenía por algo anticuado, como algo «judío» y ha­cía mucho tiempo que estaba superado por el mensaje cris­tiano del amor y bondad de Dios. (Págs. 63-65)

Dado que en la biblioteca de mi padre no había libro de ningún filósofo —eran sospechosos, porque pensa­ban—, tuve que servirme del Diccionario general de las ciencias filosóficas de Krug, 2.a edición, 1832. Me abismé in­mediatamente en el artículo sobre Dios. Para mi desencan­to comenzaba con una etimología de la palabra de «Dios» (Gott), que «incuestionablemente» proviene de «bueno» (Gut) y define al ens summus o perfectissimus. No se podía, así continuaba, demostrar la existencia de Dios, ni tampo­co el carácter innato de la idea de Dios. Por último, si no en actu, siquiera en potentia, podía estar desde un princi­pio en el hombre. En todo caso, nuestra «capacidad inte­lectual tenía que desarrollarse hasta un cierto grado antes de ser capaz de formarse una idea tan elevada».

Esta explicación me asombró extraordinariamente. ¿Qué les pasaba a estos «filósofos»?, me preguntaba. Evi­dentemente conocen a Dios sólo de oídas. Con los teólo­gos es completamente distinto; por lo menos están segu­ros de que Dios existe aunque expresen cosas contradicto­rias acerca de Él. Este Krug se expresa evasivamente, pero se ve claro que le gustaría afirmar estar suficientemente convencido de la existencia de Dios. ¿Por qué no lo dice directamente? ¿Por qué hace como si realmente opinara que la idea de Dios «se forma» y que de ello sólo se es ca­paz en un cierto grado evolutivo? Por lo que sé, los salva­jes que vagan desnudos en sus bosques tienen también tal idea. No fueron, pues, los «filósofos» los que se decidieron a «hacerse una idea de Dios». Tampoco yo nunca «me he hecho una idea de Dios». Naturalmente, no se puede de­mostrar a Dios, pues, ¿cómo podría, por ejemplo, una po­lilla que come lana australiana demostrar a las otras que existe Australia? La existencia de Dios no depende de nuestras demostraciones. ¿Cómo llegué yo, pues, a la cer­teza de Dios? Ciertamente se me explicó todo lo posible a este respecto y, sin embargo, pude, en realidad, no haber creído nada. Nada me convenció. No es de allí en absolu­to de donde proviene mi idea. Y no se trata en absoluto de una idea o algo imaginado. No era como si se hubiera pri­mero imaginado y pensado algo y después se hubiera creído en ello. Por ejemplo, la historia del «hêr Jesús» me pareció siempre sospechosa y no la creí nunca realmente. Y sin embargo, me importunaron con ella más que con «Dios», que, como máximo, sólo se mencionaba en se­gundo término. ¿Por qué me resultaba evidente Dios? ¿Por qué estos filósofos hacen como si Dios sea una idea, un tipo de suposición arbitraria que puede «hacerse» o no, cuando se trata de algo tan patente como si le cae a uno un ladrillo en la cabeza?

Entonces me resultó repentinamente claro que Dios, por lo menos para mí, era una de las experiencias más evi­dentes e inmediatas. […].

Llegué a la conclusión de que algo no concordaba en los filósofos, pues tenía la curiosa idea de que Dios, en cierto modo, es una suposición que podría discutirse. También hallé muy insatisfactorio el no descubrir ningu­na opinión sobre las oscuras actividades de Dios, ni ninguna explicación sobre ellas. A mi parecer, éstas serían dignas de la atención y meditación filosóficas. Representa­ban en realidad un problema que, a mi entender, tenía que ser difícil para los teólogos. Tanto mayor era mi desenga­ño de que los filósofos, por lo visto, no supieran nada acerca de ello.

Pasé, pues, al siguiente artículo, concretamente al pá­rrafo sobre el diablo. Si se le concibe, así decía, como ori­ginariamente malo se incurre en palpable contradicción, es decir, se cae en un dualismo. Por ello era mejor admitir que el diablo originariamente había sido creado como un ser bueno y sólo a causa de su orgullo se había corrompi­do. Para mi gran satisfacción indicaba el autor, sin embar­go, que esta afirmación, que intentaba explicar el mal, pre­suponía ya la soberbia. Por lo demás, el origen del mal sería «inexplicado e inexplicable», lo que para mí signifi­caba: como los teólogos, tampoco él quiere pensar acerca de esto. El artículo sobre el mal y su origen resultaba igualmente confuso. (Págs. 80-82)

About these ads

12 comentarios »

  1. Una lástima que la calidad de la edición sea cuestionable…
    Es cierto que Jung no creía en Dios, Jung “sabía que existía un Dios”. Creer en algo sitúa ese “algo” fuera, en terreno externo, ajeno, separado. Es muy distinto de saber que algo “es”. Y quien habla de Dios puede hablar en los mismos términos del diablo (¿la sombra?). Si, en el texto se atisba lo que llegará a ser el Jung maduro.
    Yo escribí un pequeño relato sobre el origen inexplicado e inexplicable del mal…

    Comentario por Filousia — Viernes, 28 septiembre, 2007 @ 8:43 pm |Responder

  2. Bueno, ¿y dónde está ese prometedor relato? ¿Lo tienes colgado en tu blog? Si es así, deja aquí el vínculo, y si no, ¿a qué esperas para colgarlo, allí o aquí? No admitimos excusas, queremos leerlo. Gracias :)

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 1 octubre, 2007 @ 11:10 am |Responder

  3. [...] am Continúo ahora con los sueños y fantasías de Jung (en dos entregas), extraídos de sus Recuerdos, sueños y pensamientos. Empezaremos con su primera fantasía recurrente, a la que seguirán dos significativos sueños: el [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (II): sueños y fantasías, primera parte « Cabalgando al Tigre — Jueves, 4 octubre, 2007 @ 11:22 am |Responder

  4. En Philo Ousia hay una sección llamada Taller literario con algunas tonterías escritas por mi. El cuento se llama Nadie conoce mi nombre y es bastante malo. El que avisa…
    :P

    Comentario por Sonambula — Domingo, 7 octubre, 2007 @ 4:00 pm |Responder

  5. Perdona a mi hermana, siempre está metiéndose donde no la llaman. El mensaje de antes era mío.
    Filousia

    Comentario por Filousia — Domingo, 7 octubre, 2007 @ 4:05 pm |Responder

  6. [...] Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:00 am Continuando con sus Recuerdos… y como prometí en el post anterior, Jung nos habla ahora, entre otros “personajes [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (III): más sueños y fantasías, segunda parte « Cabalgando al Tigre — Jueves, 11 octubre, 2007 @ 9:02 am |Responder

  7. [...] Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:37 am Continuando con los Recuerdos… de Jung, os dejo abajo unos cuantos casos que menciona. Muy interesante la idea de neurosis como [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (IV): Algunos casos psiquiátricos « Cabalgando al Tigre — Miércoles, 24 octubre, 2007 @ 11:39 am |Responder

  8. [...] entrega de los Recuerdos… de Jung; veremos ahora a Freud a través de sus ojos. Las notas entre corchetes son [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (V): Freud a la luz de Jung « Cabalgando al Tigre — Miércoles, 31 octubre, 2007 @ 10:51 am |Responder

  9. [...] en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:53 am Penúltima entrega de los Recuerdos…, en la que Jung nos relata algunas de sus vivencias con los indios americanos. En este texto se [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (VI): indios americanos, vidas cargadas de sentido « Cabalgando al Tigre — Miércoles, 7 noviembre, 2007 @ 8:54 am |Responder

  10. [...] — by Aspirante a domador @ 8:43 am Jung nos relata en esta última entrega de sus Recuerdos… algunas de sus vivencias en África y las reflexiones que le suscitaron, así como el asombro que [...]

    Pingback por Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (y VII): África paradójica « Cabalgando al Tigre — Jueves, 22 noviembre, 2007 @ 8:44 am |Responder

  11. [...] Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (I): sobre Dios y el mal [...]

    Pingback por Georges Hubert: Pablo VI y el diablo « RELACIONES — Lunes, 26 septiembre, 2011 @ 12:53 pm |Responder

  12. Jung… Jung mola. A veces difícil de entender. Lleva tiempo pero vale la pena. Jung me agrada; los jungianos no.

    http://www.flickr.com/photos/pepeinsuiza/

    Comentario por jm — Domingo, 29 enero, 2012 @ 11:52 pm |Responder


RSS feed para los comentarios de esta entrada. TrackBack URI

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El tema Toni. Blog de WordPress.com.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 40 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: