
Cuelgo a continuación un fragmento de El pabellón nº6 de Anton Chéjov, extraído del libro El pabellón nº6 y otros relatos, Alianza Editorial, Madrid 2006 (Trad. de Ricardo San Vicente), en el que, con su magistral estilo, Chéjov cuenta cómo elaboró su delirio paranoico uno de sus personajes, internado ahora en una institución psiquiátrica. Espeluznante por lo cercano, por lo fácil, por lo casi trivial. Y eso que tengo entendido que, al traducirlo, este gran escritor pierde una cantidad de matices enorme, debido a las sutilezas idiomáticas y culturales del ruso de este autor, imposibles de trasladar a otro idioma. A sudar, amigos.
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Cierta vez, en una mañana de otoño, con el cuello de su abrigo levantado y chapoteando por el barro, avanzaba Iván Dmítrich por callejones y patios hacia la casa de un comerciante para cobrar una ejecutoria que le había escrito. Su estado de ánimo era tenebroso, como siempre por las mañanas. En uno de los callejones se encontró con dos presos encadenados custodiados por cuatro guardias de escolta con fusiles. Iván Dmítrich se había encontrado con presos en otras muchas ocasiones y cada vez su presencia le producía un sentimiento de compasión y desasosiego, pero esta mañana el encuentro le impresionó de modo algo especial, extraño. Sin saber por qué, de repente le pareció que también a él le podían encadenar y llevarle así -andando por el barro- a la cárcel. Después de haber visitado al comerciante y de regreso a casa, se encontró cerca de Correos a un inspector de Policía conocido suyo que le saludó y marchó con él un rato por la calle, y, por algún motivo, el hecho le pareció sospechoso. En casa, durante todo el día, los presos y los soldados con los fusiles no le salían de la cabeza, y una inexplicable inquietud le impedía leer y concentrarse. Por la tarde no encendió las luces y por la noche no durmió pensando constantemente en que le podían detener, atarle con las cadenas y meterlo en la cárcel. No recordaba haber cometido ningún delito y podía responder de sí mismo de que nunca mataría a nadie, no incendiaría, ni robaría, ¿pero acaso es difícil cometer un crimen sin querer, en un descuido?, ¿y no es posible la calumnia y, finalmente, un error judicial? No en vano la secular sabiduría popular enseña que para la miseria y la prisión siempre hay tiempo y ocasión. Y el error judicial, en las circunstancias actuales de la jurisprudencia, es muy posible y no sería como para asombrarse. Las personas que ven con mirada administrativa y oficial el sufrimiento ajeno, por ejemplo, los jueces, los policías, o los médicos, con el paso del tiempo y a fuerza de costumbre, se endurecen hasta tal grado que aunque quisieran ya no podrían tratar a sus clientes de otro modo que no sea el formal, y en este aspecto no se diferencian en nada del muzhik que sacrifica los corderos y terneras en los patios y que ni se da cuenta de la sangre. Porque al tratar de un modo formal e impasible a una persona, para privar a un hombre inocente de todos sus derechos y condenarlo a trabajos forzados, el juez sólo necesita una cosa: tiempo. Sólo el tiempo necesario para cumplir con ciertas formalidades, por las que al juez se le pagan unos honorarios, y después, todo se acabó. ¡Y busca luego la justicia y la defensa en esta pequeña y sucia ciudad a doscientas verstas [medida de longitud rusa equivalente a 1.067 metros] del ferrocarril! Aunque, ¿no resulta ciertamente cómico pararse a reflexionar sobre la justicia, cuando la sociedad ve cualquier acto de violencia como algo necesario, razonable y sensato, y cuando todo acto de misericordia, como, por ejemplo, un veredicto de inocencia, provoca una auténtica explosión de descontento y sentimientos de venganza?
Por la mañana Iván Dmítrich se levantó de la cama lleno de horror, con un sudor frío en la frente, completamente convencido de que le podían arrestar en cualquier momento. Si las penosas ideas de ayer no le habían abandonado durante tanto tiempo, esto quería decir -pensaba- que había en ellas parte de razón. Porque en realidad no le podían haber venido a la cabeza sin razón alguna.
El guardia municipal pasó sin prisas frente a las ventanas: no es casualidad. Y ahora dos personas se han detenido junto a la casa y callan. ¿Por qué están calladas?
Y empezaron para Iván Dmítrich días y noches de tormento. Todo el que pasara junto a las ventanas o que entrara en el patio le parecía que era un espía o un policía. Al mediodía, como de costumbre, el jefe de Policía pasaba en su carruaje de dos caballos; desde su finca de las afueras se dirigía a la comisaría, pero a Iván Dmítrich cada vez le parecía que iba demasiado rápido y con una expresión algo especial en su cara: probablemente tenía prisa en anunciar la presencia de un criminal muy importante en la ciudad. Iván Dmítrich temblaba ante cualquier timbre o golpe en la puerta, se atormentaba cuando con la patrona había alguna persona extraña; al encontrarse con la policía y los gendarmes sonreía y silbaba algo para parecer indiferente. Pasaba todas las noches en blanco esperando el arresto, pero roncaba fuerte y suspiraba como en sueños para que la patrona creyese que dormía; porque si no duerme, esto quiere decir que le carcomen los remordimientos de conciencia -¡qué prueba!-. Los hechos y la sana lógica le convencían de que todos estos temores eran absurdos y psicopáticos, que, si miramos las cosas más tranquilamente, no hay por qué temer en absoluto que lo detengan o lo metan en la cárcel, basta con tener la conciencia tranquila; pero cuanto más lógicas y razonables fueran sus reflexiones, mayor y más atormentada era su angustia. Le ocurría algo parecido a la historia del anacoreta que quería abrirse un claro en la selva virgen y cuanto mayor ahínco ponía en cortar los árboles con su hacha, más espesa y fuerte crecía la selva. Por fin, Iván Dmítrich, al ver que todo era inútil, dejó definitivamente de razonar y se entregó por entero a la desesperación y al terror.
Empezó por encerrarse en su soledad y evitar a la gente. El trabajo, que ya antes le resultaba repugnante, entonces se le hizo insoportable. Tenía miedo de que le gastaran una mala pasada, de que le metieran, sin darse cuenta él, un soborno en el bolsillo y que después le acusaran, o de que él mismo, sin quererlo, cometiera un error en los papeles oficiales que pareciera una falsificación, o de que perdiera un dinero que no fuera suyo. Extrañamente, nunca en otro tiempo su mente fue tan ágil y tan ingeniosa como entonces; cada día inventaba mil razones diferentes para precaverse en defensa de su libertad y de su honor. Pero, en cambio, se debilitó sobremanera su interés por el mundo exterior, en particular por los libros, y le empezó a engañar poderosamente la memoria.
En primavera, cuando se fundió la nieve, cerca del cementerio, en el barranco se encontraron dos cadáveres medio descompuestos -una vieja y un niño- con signos de muerte violenta. En la ciudad sólo se hablaba de los dos cadáveres y de los desconocidos asesinos. Iván Dmítrich, para evitar que pensaran que había sido él, se dedicaba a pasear por las calles y sonreía; al encontrarse con algún conocido palidecía, se sonrojaba y le empezaba a hablar con tono convincente de que no hay delito más ruin que asesinar a unos seres débiles e indefensos. Pero este engaño pronto lo agotó y, después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que en su situación lo mejor era esconderse en la bodega de la patrona. Estuvo en la bodega un día, después la noche y el día siguiente; se quedó helado de frío y, después de esperar el atardecer, furtivamente, como un ladrón, se deslizó hasta su cuarto. Se quedó hasta el amanecer en medio de la habitación, sin moverse y escuchando. Por la mañana temprano, antes de salir el sol, llegaron unos albañiles. Iván Dmítrich sabía muy bien que venían a arreglar la estufa de la cocina, pero el miedo le llevó a pensar que eran policías disfrazados de albañiles. Salió a escondidas de la casa y, arrebatado por el terror, sin gorro y sin chaqueta, echó a correr por la calle. Tras él corrían ladrando los perros; en alguna parte desde atrás gritaba un hombre; en los oídos silbaba el aire y a Iván Dmítrich le pareció que la violencia de todo el mundo se había agolpado tras él y le perseguía.
Le cogieron y le llevaron a casa, enviaron a la patrona a buscar al médico. El doctor Andréi Yefímych, del que se habla más adelante, le recetó unos paños de agua fría para la cabeza y unas gotas, movió tristemente la cabeza y se fue diciéndole a la patrona que ya no vendría más porque no conviene molestar a la gente cuando se vuelve loca. Como en casa no había de qué vivir ni con qué curarse, pronto enviaron a Iván Dmítrich al hospital y lo ingresaron allí en el pabellón de enfermedades venéreas. No dormía por las noches, era caprichoso y molestaba a los enfermos, de modo que a los pocos días, por orden de Andréi Yefímych, le trasladaron al pabellón número 6.
Al cabo de un año, en la ciudad se olvidaron por completo de Iván Dmítrich, y sus libros, que la patrona había amontonado en el trineo bajo el cobertizo, se los fueron llevando los críos. (Págs. 35-39)