Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (IV): Algunos casos psiquiátricos
Continuando con los Recuerdos… de Jung, os dejo abajo unos cuantos casos que menciona. Muy interesante la idea de neurosis como desacuerdo con uno mismo. Las notas entre corchetes son mías.
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Recuerdo muy bien la paciente en cuya historia logré ver claro el trasfondo psicológico de la psicosis y principalmente de las «absurdas ideas fijas». Comprendí en este caso por vez primera el lenguaje de los esquizofrénicos, hasta entonces tenido por absurdo. Se trataba de Babette S., cuya historia he publicado. En 1908 di una conferencia en el Ayuntamiento de Zurich [Zúrich] sobre este caso.
La paciente procedía de los barrios antiguos de la ciudad de Zurich [Zúrich], de los estrechos y sucios callejones, donde nació y creció en míseras condiciones. La hermana era una prostituta, el padre un bebedor. Enfermó a los treinta y nueve años en forma paranoica de demencia precoz con la típica megalomanía. Cuando la conocí, hacía ya veinte años que estaba internada. Varios centenares de estudiantes de medicina pudieron observar con este caso el cuadro del trágico proceso de la desintegración psíquica. Constituía uno de los clásicos casos demostrativos en clínica. Babette estaba completamente loca y decía cosas que no podían comprenderse en absoluto. Pacientemente emprendí el intento de comprender el contenido de las abstrusas manifestaciones. Por ejemplo ella decía: «Soy la Loreley» y ciertamente porque [?] el médico, cuando intentaba explicárselo, decía: «No sé lo que esto significa.» O profería exclamaciones como: «Soy la personificación de Sócrates», lo que debía significar, como deduje: «Soy acusada tan injustamente como Sócrates.» Necias expresiones como: «Soy el doble politécnico insustituible», «Soy pasteles de ciruela elaborados con harina de maíz», «Soy Germania y Helvetia de sólo mantequilla dulce», «Nápoles y yo debemos proveer al mundo de fideos», significaban plusvalías, es decir, compensaciones de un sentimiento de inferioridad. El ocuparme de Babette y de otros casos semejantes me convenció de que mucho de lo que había considerado absurdo en los enfermos mentales no era en modo alguno tan «loco» como parecía. Me di cuenta más de una vez que en tales pacientes se oculta en el trasfondo una «persona» que debe definirse como normal y que en cierta medida es testigo. En ciertas ocasiones esta personalidad oculta -la mayoría de las veces a través de voces o sueños- puede también hacer objeciones y observaciones enteramente racionales y puede incluso suceder que vuelva al primer plano, por ejemplo a causa de una enfermedad física, y el paciente se muestre casi normal.
Tuve que tratar una vez una antigua esquizofrenia en la cual vi muy claramente la persona «normal» oculta. No era un caso a curar, sino sólo a cuidar. Como todo médico, tenía yo también pacientes que hay que acompañar hasta la muerte sin esperanzas de curación. Esta mujer oía voces que se repartían por todo el cuerpo, y una voz que se hallaba en el centro del tórax era la «voz de Dios». «Nosotros deberíamos confiar en ella», le dije yo y quedó asombrada de mi propio valor. Por regla general esta voz hacía observaciones muy razonadas y con su ayuda me entendí bien con la paciente. Una vez la voz dijo: «Él te escuchará si lees la Biblia.» Trajo una vieja y gastada Biblia y cada vez tenía que indicarle un capítulo que ella tenía que leer. La próxima vez debía yo preguntarle sobre ello. Al principio me sentía algo extraño por cierto en este papel, pero al cabo de cierto tiempo comprendí lo que significaba el ejercicio: de este modo se mantenía despierta la atención de la paciente y así no caía más profundamente en el sueño desgarrador del inconsciente. El resultado fue que al cabo de seis años, aproximadamente, las diversas voces, repartidas por todo el cuerpo, se centraron exactamente y de modo exclusivo en la mitad izquierda del cuerpo. La intensidad del fenómeno no se había duplicado en el costado izquierdo, sino que era igual que antes. Se podía decir que la paciente estaba por lo menos «unilateralmente curada». Esto constituyó un éxito inesperado, pues no me había imaginado que nuestras lecturas de la Biblia pudieran actuar terapéuticamente.
Al ocuparme de la paciente vi claro que las ideas de persecución y las alucinaciones contenían un núcleo racional. Vi que detrás se hallaba una personalidad, una historia humana, una esperanza y un deseo. La culpa es sólo nuestra si no sabemos comprenderlo. Me resultó claro por vez primera que en la psicosis se oculta una psicología general de la personalidad, que aquí recae nuevamente en los viejos conflictos de la humanidad. Incluso en los pacientes que actúan de modo apático, estúpido o imbécil ocurren más cosas y más razonables de lo que parecen. En el fondo no descubrimos nada nuevo o desconocido en los enfermos mentales, sino que hallamos el fondo de nuestra propia esencia. Este conocimiento fue entonces para mí una formidable experiencia sensible.
(Págs. 155-157)
Recuerdo muy bien el caso de una judía que había perdido la fe. Comenzó con un sueño que tuve en el que se me presentaba una muchacha desconocida. Me expuso su caso y mientras hablaba pensé: no comprendo nada de lo que ella me dice. ¡No comprendo de qué se trata! Pero de repente comprendí que ella tenía un extraño complejo paterno. Tal fue el sueño.
Al día siguiente en mi agenda constaba: consulta, a las cuatro. Apareció una muchacha. Una judía, hija de un rico banquero, bonita, elegante y muy inteligente. Se había sometido ya a un análisis, pero el médico se sintió atraído por ella y le rogó finalmente que no le visitara más, de lo contrario peligraba su matrimonio.
La muchacha padecía desde hacía tiempo una grave neurosis de angustia que después de esta experiencia, naturalmente, se agravó. Comencé la anamnesia [anamnesis], pero no logré descubrir nada especial. Era una judía adaptada al occidente, profundamente instruida. Al principio no logré entender su caso. De repente recordé mi sueño y pensé: ¡Dios mío, es la misma persona! Pero puesto que no podía comprobar en ella ninguna huella de complejo de padre le pregunté, como acostumbro a hacer en tales casos, por su abuelo. Entonces vi cómo cerró los ojos por un instante y supe inmediatamente: ¡Ahí está! Le rogué, pues, que me hablara de su abuelo y me enteré de que era un rabino que perteneció a una secta judía. Pregunté nuevamente: «Si era un rabino, ¿era quizás un zaddiquim?» «Sí, se dice que fue una especie de santo y que poseía el don de la segunda visión. ¡Pero todo esto no son más que estupideces! Tal cosa no existe.»
Con ello concluí la anamnesia [anamnesis] y comprendí la historia de su neurosis, que le expliqué: «Ahora voy a decirle algo que quizás usted no pueda aceptar. Su abuelo fue un zaddiquim. Su padre renegó de la fe judaica. Traicionó el secreto y olvidó a Dios. Y usted tiene esta neurosis porque siente temor de Dios.» ¡Quedó como fulminada por el rayo!
La noche siguiente tuve otro sueño. En mi casa se daba una fiesta y he aquí que la muchacha estaba también presente. Vino hacia mí y me preguntó: «¿Tiene usted un paraguas? ¡Llueve tanto!» Encontré efectivamente un paraguas, lo hice girar para abrirlo y quise dárselo. ¿Pero qué sucedió en lugar de esto? Se lo entregué de rodillas como si fuera una divinidad.
Le expliqué el sueño y a los ocho días la neurosis había desaparecido. El sueño me había mostrado que ella no era una persona superficial, sino que tras ella se ocultaba una santa. Pero ella no tenía una imaginación mitológica y por ello lo esencial no encontraba en ella expresión alguna. Todas sus intenciones giraban en torno a coqueteos, vestidos y «sexualidad» porque no conocía nada más que esto. No conocía sino el intelecto y su vida era un absurdo. En realidad era una criatura de Dios que debía cumplir sus secretos designios. Tuve que despertar en ella ideas mitológicas y religiosas, pues pertenecía al tipo de personas a las que se exige una dedicación a las cosas del espíritu. ¡Gracias a ello su vida adquirió sentido y perdió todo rastro de neurosis!
En este caso no empleé ningún «método», sino que vi la presencia del Numen. Se lo expliqué a la paciente y ello determinó la curación. Aquí no existió método alguno; aquí imperó el temor de Dios.
He visto con mucha frecuencia que los hombres se vuelven neuróticos cuando se conforman con respuestas insatisfactorias o falsas a las cuestiones de la vida. Buscan una buena situación, matrimonio, reputación y éxitos externos y dinero, y permanecen desgraciados y neuróticos, incluso cuando han conseguido lo que buscaban. Tales hombres se sumen las más de las veces en una excesiva estrechez espiritual. Su vida no tiene contenido satisfactorio alguno, ningún sentido. Cuando pueden desarrollar una más amplia personalidad, deja de existir la neurosis en la mayoría de los casos. Es por ello que para mí, desde un principio, fueron de suma importancia las ideas de desarrollo.
[...]
Entre los pacientes de nuestros días denominados neuróticos existen no pocos que en épocas más antiguas no se hubieran vuelto neuróticos, es decir, en desacuerdo consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un ambiente en el que el hombre estaba vinculado a través del mito con el mundo del misterio, y por éste con la naturaleza viva y no meramente contemplada desde fuera, se hubieran ahorrado la desavenencia consigo mismos. Se trata de hombres que no soportan la pérdida del mito y no hallan el camino a un mundo meramente externo, es decir, a la concepción de las ciencias, de la naturaleza, ni puede satisfacerles el fantástico juego de palabras intelectual que no tiene que ver lo más mínimo con la sabiduría.
[...]
A los pacientes más difíciles y desagradecidos pertenecen, según mi experiencia, junto a los habituales mentirosos, los denominados intelectuales, pues en ello una mano ignora lo que hace la otra. Cultivan una psicología à compartiments. Con un intelecto no controlado por sentimiento alguno, todo se puede solucionar y, sin embargo, se tiene una neurosis. (Págs. 170-177)
Leer historias clínicas de enfermos mentales siempre me ha fascinado. Es ver el funcionamiento de la mente sin las ataduras del pensamiento racional. Por otra parte, sigo pensando que Jung era un gran tipo, lleno de bondad. Buscaba la lógica donde aparentemente solo había caos, y se ingenió un método de ·transcripción’ mediante el lenguaje mítico. Por cierto, hace unos días escribí un cuento sobre un tipo que tenía alucinaciones…

me voy tengo que “proveer al mundo de fideos”
Comentario por Filousia — Martes, 30 Octubre, 2007 @ 9:20 pm
A mí también, sobre todo por la posibilidad que brindan de intuir patrones del alma comunes a todos; esto ayuda a entenderse mejor uno mismo. Jung debía tener en la cabeza una caja de bombas, y debió ser un tipo muy peculiar y de trato no muy sencillo, según el mismo cuenta en el texto del que extraigo estos fragmentos. En unos minutos voy a colgar el fragmento que te prometí sobre su relación con Freud. Que los fideos te acompañen.
Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 31 Octubre, 2007 @ 10:47 am