Cabalgando al Tigre

Jueves, 11 Octubre, 2007

Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (III): más sueños y fantasías, segunda parte

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:00 am

jung-3.jpgContinuando con sus Recuerdos… y como prometí en el post anterior, Jung nos habla ahora, entre otros “personajes interiores”, de Filemón, consejero, gurú y entiendo que, de algún modo, proyección de su “número 2″ (ver Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (II), primera nota al pie), así como de la génesis de sus conceptos “anima” (elaboración del inconsciente de una personalidad autónoma femenina en el interior del hombre) y “animus”, (el equivalente femenino, es decir, la personificación de una naturaleza masculina en el inconsciente de la mujer). Después Jung nos relata dos sueños que le hicieron valorar la posibilidad de que el inconsciente genere la personalidad empírica, es decir que ésta sea una consecuencia del aquél, y no al revés, como se suele dar por supuesto. Cierro las citas con una interesante reflexión acerca del sentido de ser persona. Las notas entre corchetes son mías.

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Poco después de estas imágenes emergió otra figura del inconsciente. Se había originado a partir de la figura de Elías. La llamé Filemón. Filemón era un pagano que apor­taba una influencia egipcio-helenística con matiz gnóstico. Su figura se me apareció por vez primera en un sueño:

El cielo era azul, pero parecía el mar. Estaba cubierto -no por las nubes- por pardos terrones. Parecía como si los terrones se separaran y que entre ellos pudiera verse el agua azul del mar. Pero el agua era el cielo. De pronto vino volando por la derecha un ser alado. Era un anciano con astas de toro. Llevaba un traje con llaves y sostenía una de ellas como si estuviese a punto de abrir la verja de un cas­tillo. Era alado y sus alas eran las del alción con sus colo­res característicos.

Dado que no comprendía la imagen del sueño, la pin­té para hacérmela más comprensible. En los días en que me ocupaba de esto encontré a orillas del lago de mi jar­dín ¡un alción muerto! Me sentí como alcanzado por un rayo. Sólo muy excepcionalmente se encuentran alciones en las cercanías de Zurich [Zúrich]. Por ello me afectó tanto esta coincidencia aparentemente casual. El cadáver era todavía fresco, como máximo de dos o tres días, y no presentaba ninguna herida exterior.

Filemón y otras figuras de la fantasía me llevaron al convencimiento de que existen otras cosas en el alma que no hago yo, sino que ocurren por sí mismas y tienen su propia vida. Filemón representaba una fuerza que no era yo. Tuve con él conversaciones imaginarias y él hablaba de cosas que yo no había imaginado saberlas. Me di cuenta de que era él quien hablaba, y no yo. Él me explicaba que yo me comportaba con mis ideas como si las hubiera creado yo mismo, mientras que, en su opinión, estas ideas poseían su propia vida como los animales en el bosque o los hombres en una habitación, o los pájaros en el aire: «Si ves hombres en una habitación, no se te ocurriría de­cir que los has hecho o que eres responsable de ellos», me explicó. Así iba yo familiarizando paulatinamente con la objetividad psíquica, la «realidad del alma».

A través de las conversaciones con Filemón se me hizo patente la diferencia entre yo y mi objeto ideológico. Tam­bién él se me presentaba objetivamente, por así decirlo, y comprendí que hay algo en mí, que puede expresar cosas que yo no sé, ni sospecho, cosas que, quizás, vayan dirigi­das incluso contra mí.

Desde el punto de vista psicológico, Filemón repre­sentaba una actitud de superioridad. Era para mí una fi­gura misteriosa. A veces se me aparecía de un modo casi real. Me paseaba con él por el jardín, y era para mí lo que los indios definen como gurú.

Cada vez que se perfilaba una nueva personificación experimentaba yo casi un fracaso personal. Ello significa­ba: «¡Y entretanto tampoco sabías tú esto!» y me invadía el miedo de que quizás la serie de tales figuras era infinita y pudiera perderme en los abismos de la ilimitada ignoran­cia. Mi yo se sentía rebajado de valor, a pesar de que los numerosos éxitos externos podían hacerme sentir un «pri­vilegiado». Entonces no deseaba en mis tinieblas (Horridas nostrae mentis purga tenebras, dice la Aurora Consurgens)1 nada mejor que un concreto y verdadero gurú, una sabi­duría y un poder supremos que me desenmarañasen las espontáneas creaciones de mi fantasía. Esta tarea la em­prendió Filemón, a quien, en este aspecto, nolens volens, tuve que reconocer como maestro del alma. De hecho, me transmitió pensamientos inspirados.

Más de quince años después me visitó un viejo y cul­to indio, un amigo de Gandhi y conversamos sobre la en­señanza india, en especial de la relación entre gurú y chelah. Titubeando le pregunté si podía darme quizás infor­mación sobre la naturaleza y carácter de su propio gurú, a lo que respondió en un tono matter-of-fact. «¡Oh, sí, fue shankaracharya!»

«¿No se refiere usted al comentarista de los Vedas? -observé yo-. Éste hace muchos siglos que murió.»

«Sí, a éste me refería», respondió, con gran asombro por mi parte.

«Así, pues, ¿usted se refiere a un espíritu?», pregunté. «Naturalmente, era un espíritu», corroboró él. En este instante recordé a Filemón.

«Existen también gurús espirituales -añadió-. La mayoría tienen por gurú a un hombre viviente. Pero hay siempre quienes tienen por maestro a un espíritu.»

Esta noticia me resultó tan consoladora como aclara­toria. Así pues, yo no me había apartado en modo alguno del mundo de los hombres, sino que simplemente había experimentado lo que les sucede a los hombres que se de­dican a trabajos de este tipo.

Posteriormente Filemón quedó condicionado a otra figura que se presentó y a la que designé por Ka. En el an­tiguo Egipto imperaba el «Ka del rey» como su forma te­rrena, como el alma de la forma. En mi imaginación, el «alma de Ka» provenía de abajo, de la tierra, como de un pozo profundo. Lo pinté en su forma terrena, como una columna de Hermes, cuyo zócalo era de piedra y su capi­tel de bronce. En lo más alto del cuadro aparece un ala de alción, y entre él y la cabeza del Ka se extiende una redon­da y luminosa galaxia. La expresión del Ka tenía algo dia­bólico, podría decirse mefistofélico. En la mano sostenía un objeto, parecido a una pagoda coloreada o un relicario y en la otra una pluma con la que trabajaba, decía de sí mismo: «Yo soy el que sepulta a los dioses en oro y piedras preciosas.»

Filemón tiene un pie paralizado, pero es un espíritu alado, mientras que Ka representa una especie de demonio terrestre o metálico. Filemón es el aspecto espiritual, «el sentido»; Ka, por el contrario, un espíritu de la naturaleza como el antroparion de la alquimia griega, que por cierto entonces no conocía yo todavía.2 Ka es el que realmente lo hace todo, pero que oculta el espíritu del alción, el senti­do, o lo sustituye por la belleza, el «eterno destello».

Con el tiempo pude integrar ambas figuras. A ello me ayudó el sentido de la alquimia.

Mientras anotaba mis fantasías, me pregunté una vez: «¿Qué hago realmente? Seguro que no tiene nada que ver con la ciencia. Entonces, ¿qué es?» Entonces una voz me dijo a mí: «Es arte.» Quedé muy asombrado, pues no se me había ocurrido que mis fantasías tuvieran algo que ver con el arte, pero me dijo: «Quizás mi inconsciente ha adoptado una personalidad que no soy yo y que desea te­ner ocasión de manifestar sus propias oposiciones.» Sabía que la voz provenía de una mujer y reconocí en ella la voz de una paciente, una psicópata muy inteligente que tenía gran confianza en mí. Había llegado a ser una forma vi­viente en mi interior.

Naturalmente que lo que hacía no era ciencia. ¿Pues qué otra cosa podía ser entonces sino arte? ¡En todo el mundo parecían existir sólo estas dos alternativas! Tal es el típico modo de argumentar femenino.

Con firmeza y lleno de reticencia expliqué a la voz que mis fantasías no tenían nada que ver con el arte. Entonces calló ella y yo continué escribiendo. Luego vino el siguien­te ataque; la misma afirmación: «Esto es arte.» Nueva­mente protesté: «No, no lo es. Por el contrario, es natura­leza.» Esperaba nuevas réplicas y discusiones, pero como no ocurrió nada, pensé que la «mujer en mí» no poseía ningún centro del habla y le propuse servirse de mi len­guaje. Aceptó la propuesta y expuso su punto de vista en una larga parrafada.

Me interesaba extraordinariamente que una mujer de mi interior se mezclara en mis ideas. Probablemente, así lo pensé, se trataba del «alma» en el sentido primitivo y me pregunté por qué el alma se define como «ánima». ¿Por qué se representaba como femenina? Posteriormente vi que la figura femenina que yo me representaba se trataba de una figura típica o arquetípica en el inconsciente del hombre, y la definí como «ánima» ["anima": si es un latinajo que hace pareja con "animus", a se acentúan ambas españolizándolas o no se acentúa ninguna, respetando el origen]. La figura respectiva inconsciente de la mujer la llamé «animus».

En un principio era el aspecto negativo del ánima lo que me impresionó. Sentía timidez ante ella, como ante una presencia invisible. Luego intenté relacionarme con ella de otro modo y consideré las manifestaciones de mi fantasía como cartas a ella dirigidas. Escribí, por así decir­lo, a una parte de mí mismo, que mantenía otro punto de vista distinto al de mi consciencia, y obtuve respuestas sor­prendentes e inusitadas. ¡Me sentí como un paciente ana­lizado por un espíritu femenino! Cada noche hacía mis es­quemas, pues, pensaba: si no escribo al ánima no podrá captar mis fantasías. Sin embargo existía otra razón para mi escrupulosidad: lo escrito al ánima no podía variarlo, de ello no podía tramar intriga alguna. En este aspecto se puede establecer una profunda diferencia sobre si se trata de contar algo o si realmente se toma nota de algo. En mis «cartas» intentaba yo ser lo más sincero posible, según el refrán griego: «Despréndete de lo que posees y recibirás.»

Sólo paulatinamente aprendí a distinguir entre mis ideas y los argumentos de la voz. Así, por ejemplo, cuan­do quería desviarme hacia cuestiones banales yo decía: «Esto está bien, ya lo he experimentado y pensado antes. Pero no estoy obligado a estar expuesto a esto hasta el fin de mis días. ¿Para qué esta humillación?»

Lo más importante aquí es la diferenciación entre la consciencia y el contenido del inconsciente. A éste hay que aislarlo, por así decirlo, y ello se logra más fácilmente si se personifica y luego se le pone en contacto con la cons­ciencia. Sólo de este modo se puede arrebatarle el poder, que, de lo contrario, se ejerce sobre la consciencia. Dado que los temas del inconsciente poseen un cierto grado de autonomía, esta técnica no presenta dificultades especia­les. Es algo distinto intimar con el hecho de la autonomía de los temas inconscientes. Y precisamente aquí reside la posibilidad de entrar en relación con el inconsciente.

En realidad la paciente, cuya voz hablaba en mí, ejer­cía una influencia funesta sobre los hombres. Había logra­do persuadir a un colega mío de que era un artista incomprendido. Él así lo había creído y se desanimó por ello. ¿La causa de este fracaso? Este hombre vivía no de su propio reconocimiento, sino del de los demás. Esto es peligroso. Ello le produjo inseguridad y lo dejó a merced de las insi­nuaciones del ánima; pues lo que ella dice posee muchas veces una fuerza tentadora y una astucia profunda.

Si las fantasías del inconsciente las hubiese considerado un arte, las hubiera podido contemplar con mis ojos internos o proyectarlas como una película. No les hubiera sido inherente la fuerza de convicción como a toda per­cepción sensorial, y un deber moral frente a ellas no se me hubiera impuesto. El ánima me hubiera podido convencer también de que era un artista incomprendido y mi soi-disant, vida de artista, me otorgaba el derecho a descuidar la realidad. Si hubiera seguido su voz, lo más probable era que me hubiese dicho un día: «¿Te imaginas quizás que el absurdo a que te dedicas es arte? ¡En absoluto!» La doblez del ánima, altavoz del inconsciente, puede aniquilar com­pletamente a un hombre. Decisiva es siempre en último término la consciencia que comprende las manifestaciones del inconsciente y adopta una postura frente a ellas.

Pero el ánima tiene también un aspecto positivo. Es la que facilita a la consciencia las imágenes del inconsciente y ante todo de ello [?] se trataba en mí. Durante décadas me dirigí siempre al ánima cuando sentía que mi afectividad estaba alterada y me encontraba sumido en la inquietud. Entonces siempre hallaba algo en el inconsciente. En tales instantes preguntaba al ánima: «¿Qué vuelves a tener aho­ra? ¿Qué ves? ¡Quiero saberlo!» Tras ciertas resistencias, me proyectaba ella normalmente la imagen que veía. Tan pronto como emergía la imagen desaparecía la desazón o la opresión. Toda la energía de mis emociones se convertía en interés y curiosidad por su contenido. Entonces habla­ba con el ánima de las imágenes; pues debía comprender lo mejor posible estas imágenes, al igual que los sueños. Hoy ya no necesito más conversar con el ánima, pues ya no experimento tales emociones. Pero si volvieran a presentarse volvería a obrar del mismo modo. Hoy las ideas me son inmediatamente conscientes porque he aprendido a aceptar y comprender los temas del incons­ciente. Sé cómo comportarme frente a las imágenes inter­nas. Puedo interpretar el sentido de las imágenes directa­mente a partir de mis sueños y ya no necesito para ello ninguna intermediaria. (Págs. 217-224)

 

El problema de la relación entre el «hombre intempo­ral», la persona y el hombre terrenal en el espacio y el tiempo plantea cuestiones de lo más difíciles. Dos sueños me aclararon esto.

En un sueño que tuve en octubre de 1958 vi desde mi casa dos discos de forma lenticular y de brillo metálico, que pasaron velozmente, describiendo un estrecho arco, por encima de la casa en dirección al lago. Eran dos OVNIS. Luego pasó otro cuerpo que volaba directamente hacia mí. Era un lente circular, como el objetivo de un te­lescopio. A una distancia de unos cuatrocientos o qui­nientos metros se detuvo un instante y luego volvió a vo­lar. Inmediatamente después llegó otro cuerpo volando por el aire: un objetivo con apliques metálicos, adaptado a una caja: una linterna mágica. A unos sesenta o setenta metros de distancia se detuvo en el aire y se dirigió direc­tamente hacia mí. Me desperté con la sensación de extrañeza. El sueño me rondaba todavía en la cabeza. Nosotros creemos siempre que los OVNIS son proyecciones nues­tras. Pero ahora parecía que nosotros éramos sus proyecciones. Yo era proyectado por la linterna mágica como C. G. Jung. ¿Pero quién manipulaba el aparato?

Soñé una vez sobre el problema de la relación entre la persona y el Yo. En aquel sueño me encontraba en una ex­cursión. Por un pequeño camino atravesé un paisaje acci­dentado, el sol brillaba y yo divisaba un amplio panorama. Entonces llegué a una pequeña ermita. La puerta estaba abierta y entré. Ante mi asombro, en el altar no se encon­traba ninguna imagen de la madre de Dios ni ningún cru­cifijo, sino sólo un adorno de hermosas flores. Pero luego vi que, ante el altar, en el suelo, vuelto hacia mí, estaba un yogui sentado meditando profundamente. Al contemplar­le de cerca vi que tenía mi rostro. Me desperté asustado pensando: ¡Ah!, éste es el que me medita. Ha tenido un sueño que soy yo. Sabía que cuando él despertara yo ya no existiría más.

Este sueño lo tuve después de la enfermedad de 1944. Representa una comparación: mi persona se sume en la meditación, por así decirlo como un yogui y medita mi for­ma terrena. Se podría decir también: adopta forma huma­na para lograr una existencia tridimensional, como cuando alguien se pone un vestido de buzo para realizar una in­mersión en el mar. La persona se entrega a aquella existen­cia en el más allá en una actitud religiosa que indica la ca­pilla en el sueño. En la forma terrena pueden realizarse las experiencias del mundo tridimensional y perfeccionarse mediante mayor consciencia en un fragmento más.

La figura del yogui representaría en cierto aspecto mi totalidad prenatal inconsciente y el lejano oriente, tal como sucede con frecuencia en los sueños, algo que nos es ajeno, un estado psíquico contrapuesto a la consciencia. Al igual que la linterna mágica, «proyecta» también la medi­tación del yogui mi realidad empírica. Generalmente, sin embargo, consideramos esta relación causal a la inversa: descubrimos en los productos del inconsciente símbolos del mándala, es decir, figuras circulares y cuadrangulares, que expresan totalidad; y cuando expresamos totalidad utilizamos tales figuras. Nuestra base es la consciencia de un yo, un campo de luz centrado en el Yo que representa nuestro mundo. A partir de aquí contemplamos un mun­do tenebroso, enigmático y no sabemos hasta qué punto sus huellas tenebrosas están causadas por nuestra cons­ciencia o hasta qué punto poseen realidad. Un análisis superficial se da por satisfecho con la aceptación de la consciencia como causante. Sin embargo, un análisis más exacto muestra que generalmente las imágenes del incons­ciente no son motivadas por la consciencia, sino que po­seen su propia realidad y espontaneidad. Sin embargo, las consideramos simplemente como una especie de fenóme­no marginal.

La tendencia de ambos sueños apunta a la relación de la consciencia del Yo y el Inconsciente considerada a la in­versa, es decir, a representar el inconsciente como genera­dor de la persona empírica. Esta inversión indica que, se­gún la «opinión de la otra parte», nuestra existencia in­consciente es la verdadera y nuestro mundo consciente una ilusión o una aparente realidad, producida con fines determinados, algo así como un sueño que parece tener tanta realidad como si nos encontrásemos en ella. Está cla­ro que este planteo [planteamiento] tiene mucha semejanza con la concep­ción del mundo oriental, en cuanto éste cree en el Maja [la transliteración habitual suele ser "Maya"].3

La totalidad inconsciente me parece por ello como el propio spiritus rector de todo suceso biológico y psíquico. Aspira a realización total, es decir, a devenir completa­mente consciente en el hombre. Devenir consciente es cul­tura en el sentido más amplio y autoconocimiento, es de­cir, esencia y alma de este proceso. El oriente atribuye a la persona un significado «divino», y según la antigua con­cepción cristiana es el autoconocimiento el camino de la cognitio Dei.

La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda re­lación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no pres­to interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de «mi» in­teligencia o «mi» belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuan­do se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infi­nito o no.

El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin em­bargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limita­ción del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia «¡yo no soy más que esto!». Sólo la consciencia de mi es­trecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limi­tado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la po­sibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así.

En una época que está orientada à tout prix a ensan­char el espacio vital, así como al incremento del saber ra­cional, representa uno de los mayores estímulos llegar a tomar consciencia de su peculiaridad y limitación. Sin ello no se da percepción alguna de lo ilimitado -y tampoco ningún devenir consciente- sino meramente una identi­dad con lo mismo que se exterioriza en la embriaguez por las grandes cifras y por el poderío político.

Nuestra época ha insistido a toda costa en desplazar al hombre terrenal y ha contribuido a endemoniar al hombre y su mundo. El fenómeno de los dictadores y toda la miseria que ha causado es debido a que se ha despojado al hombre de su tendencia al más allá por la estrechez de mi­ras de los «omnisapientes». De este modo se ha sacrifica­do también al inconsciente. La tarea del hombre debería consistir precisamente en lo contrario, en llegar a adquirir consciencia de lo que le impulsa desde lo inconsciente, en lugar de permanecer inconsciente o idéntico a ello. En ambos casos crearía consciencia desleal a su destino. En lo que no es posible alcanzar, el único sentido de la existen­cia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser. Incluso hay que suponer que, al igual que lo inconsciente actúa en nosotros, también el incremento de nuestra consciencia influye en el inconsciente. (Págs. 378-382)

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1. Una fórmula alquímica que se atribuye a Tomás de Aquino. Tr: Lim­pia nuestro espíritu de las terribles tinieblas.

2. Antroparion es un «hombrecillo», una especie de homúnculo. En el grupo de los antroparion se encuentran los hombrecillos de la tierra, los daktylen de los antiguos, el homúnculo de los alquimistas. También el Mercurius alquímico era, como espíritu del mercurio, un antroparion. A. J.

3. La inseguridad acerca de a quién o a qué «lugar» hay que atribuir realidad desempeñó una vez en la vida de Jung un papel: cuando niño, senta­do sobre la piedra, meditaba ya sobre si era la piedra la que pensaba o «Yo». Cfr. también el conocido sueño de la mariposa de Dschuang-Dsi. A. J.

Jueves, 4 Octubre, 2007

Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (II): sueños y fantasías, primera parte

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:17 am

jung5.jpgContinúo ahora con los sueños y fantasías de Jung (en dos entregas), extraídos de sus Recuerdos, sueños y pensamientos. Empezaremos con su primera fantasía recurrente, a la que seguirán dos significativos sueños: el primero, tan sugerente como angustioso, supuso un cambio en su percepción del mundo, y el segundo fue nada menos que el detonante de su noción más trascendente: el Inconsciente Colectivo. Por cierto, que en este último fragmento Jung hace referencia a Freud; más adelante os dejaré algunos fragmentos sobre la relación entre ambos y la visión de Jung al respecto. Las notas entre corchetes son mías.

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En esta época precisamen­te sucedió que del choque de antagonismo nació la prime­ra fantasía sistemática de mi vida. Se manifestó fragmen­tariamente y tuvo su origen probablemente hasta donde puede [puedo] recordar con exactitud, en un suceso que me con­movió en lo más íntimo.

Fue un día en que una borrasca del noroeste levantó olas espumosas en el Rin. Mi camino hacia la escuela bor­deaba el río. Repentinamente vi cómo un barco proceden­te del norte con una gran vela cuadrada remontaba el Rin entre la borrasca; un acontecimiento enteramente nuevo para mí: ¡Un barco velero en el Rin! Esto dio alas a mi fan­tasía. ¡Si en lugar de la rápida corriente fuese un lago que cubriera toda la Alsacia! Entonces tendríamos veleros y grandes vapores. Entonces Basilea sería un puerto de mar. ¡Entonces sería como si estuviésemos en el mar! Entonces todo sería distinto y viviríamos en otra época y en otro mundo. No existiría el instituto, ni el largo camino hacia la escuela y yo sería mayor y dispondría de mi propia vida. Del lago se alzaría una colina rocosa unida a tierra firme por un estrecho istmo, cortado por un ancho canal, sobre el cual un puente de madera conduciría a una puerta, flanqueada por torres, que daría acceso a una ciudadela medieval edificada sobre la ladera. Sobre las rocas habría un castillo inexpugnable con un gran donjón [esta palabra no existe en español; supongo que será un galicismo (donjon) para torreón], una atalaya. Esto sería mi casa. En su interior no habría salas ni lujo al­guno. Las habitaciones estarían simplemente entarimadas y serían más bien pequeñas. Habría una sumamente atrac­tiva biblioteca donde se podría hallar todo lo digno de sa­berse. Tendría también un arsenal y los bastiones estarían erizados de pesados cañones. Habría también una guarni­ción de cincuenta oficiales armados en el pequeño castillo. La ciudadela tendría algunos centenares de habitantes y estaría gobernada por un alcalde y un consejo de ancianos. Yo sería el árbitro que raras veces aparece juge de paix y consejero. La ciudadela tendría en tierra firme un puerto en el que estaría mi buque de dos mástiles, armado con al­gunas pequeñas piezas de artillería.

El nervus rerum y a la vez la raison d’étre de toda esta confrontación era el misterio de la atalaya de la cual sólo yo tenía conocimiento. El pensamiento me produjo un shock, pues en la torre se encontraba, bajando desde la azotea hasta la bodega, una columna de cobre o un grue­so sable que en lo alto se descomponía en finísimas ramitas, como la copa de un árbol, o mejor todavía, como un rizoma con todas sus pequeñas raicillas que se elevase en el aire. Expresaba algo inconcebible que fuese llevado a la bodega por la corpulenta columna de cobre [el axis mundi, simbolizado por un árbol invertido cuyas raíces se hunden en el Cielo, origen y sustento de todo]. Allí se en­contraba un inimaginable utillaje, una especie de labora­torio, en el cual yo fabricaba oro a partir de sustancias misteriosas, que eran extraídas del aire por las raíces de cobre. Era realmente un arcano de cuya naturaleza yo no tenía idea o no podía tenerla. Tampoco era posible imagi­narse la naturaleza de la transformación. Acerca de lo que sucedía en el laboratorio, mi fantasía prudentemente pasa­ba por alto, o mejor dicho, con cierta timidez. Era como una prohibición interna: ni siquiera había que fijarse en lo que era extraído del aire. Predominaba por ello una muda perplejidad, como Goethe dice de las «madres»: «Hablar de ellas es verse en un apuro.»

«Espíritu» era para mí naturalmente algo inefable, pero en el fondo no se diferenciaba esencialmente del aire muy enrarecido. Lo que las raíces absorbían y transmitían al tallo era una cierta esencia espiritual que abajo en los sótanos se manifestaba en cabales monedas de oro. Esto no era en absoluto un simple truco mágico, sino un mis­terio de la naturaleza respetable y radical que me había sido confiado, no sé cómo, y del que debía no sólo mante­ner secreto frente al consejo de ancianos sino también, hasta cierto punto, tenía que ocultármelo a mí mismo.

Mi largo y aburrido camino hacia la escuela comenzó a acortarse de un modo oportuno. Apenas salía de la es­cuela me hallaba ya en el castillo donde se emprendían obras de construcción, se celebraban sesiones del consejo, se juzgaban reos, se solventaban litigios y se disparaban los cañones. El velero se preparaba, se desplegaban las velas, el barco salía diligentemente del puerto impulsado por una débil brisa, luego surgiendo detrás de las rocas avanzaba a través de una fuerte borrasca del noroeste. Y yo estaba ya en casa, como si sólo hubieran transcurrido unos minu­tos. Entonces salía yo de mi ensueño como si descendiera de un coche que me hubiese llevado a casa sin esfuerzo. Esta ocupación, sumamente agradable, duró algunos me­ses hasta que le perdí el gusto. Entonces encontré mi fantasía tonta y ridícula. (Págs. 102-104)

 

En esta época tuve un sueño inolvidable que al mismo tiempo me aterrorizó y estimuló. Era de noche en un lu­gar desconocido y sólo penosamente avanzaba yo contra un poderoso huracán. Además se extendía densa niebla. Yo sostenía y protegía con ambas manos una pequeña luz, que amenazaba con apagarse a cada instante. Pero todo dependía de que yo mantuviese viva esta lucecita. De pronto tuve la sensación de que algo me seguía. Miré ha­cia atrás y vi una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. Pero en el mismo momento me di cuenta -pese a mi espanto- de que debía salvar mi pequeña luz, ajeno a todo peligro, a través de la noche y de la tormenta. Cuando me desperté, en seguida lo vi claro: era el «espectro», mi propia sombra sobre la niebla, arremolinándose cansa­do por la pequeña luz que llevaba ante mí. Sabía también que la lucecita era mi conciencia; es la única luz que ten­go. Mi propio conocimiento es el único y el máximo teso­ro que poseo. Cierto que es infinitamente pequeño y frá­gil frente al poder de las tinieblas, pero una luz al fin y al cabo, mi propia luz.

Este sueño significó para mí una gran revelación: aho­ra sabía que la número 1 era la que llevaba la luz, y que la número 2 le seguía como una sombra*. Mi tarea consistía en conservar la luz y no mirar atrás a la vita perada, que evidentemente era un reino prohibido de luz de otro tipo. Yo debía avanzar contra la tormenta que trataba de hacer­me retroceder y entrar en la infinita oscuridad del mundo, donde no se ve nada ni se percibe nada más que la super­ficie de profundos misterios. Como la número 1 debía progresar en la carrera, en las necesidades económicas, en los compromisos, complicaciones, confusiones, errores, humillaciones y fracasos. La tormenta que yo afrontaba era la época que sin cesar desemboca en el pasado que, también constantemente, me pisaba los talones. En un re­molino poderoso que con avidez arrastra consigo a todo cuanto existe y al que sólo se sustrae por algún tiempo quien se esfuerza por avanzar. El pasado es inmensamente real y actual y atrapa a todo aquel que no logra redimirse mediante una respuesta satisfactoria.

Mi concepción del mundo experimentó entonces un giro de 90 grados: supe que mi camino conducía irremisi­blemente a lo externo, a lo limitado, a las tinieblas de la tridimensionalidad. Tuve la impresión que debió tener Adán al abandonar así el paraíso. Éste se le había conver­tido en un espectro y estaba claro que labraría un campo pedregoso con el sudor de su frente. (Págs. 110-111)

 

Tal fue el sueño: Me encontraba en una casa descono­cida para mí que tenía dos plantas. Era «mi casa». Yo me hallaba en la planta superior. Allí había una especie de sala de estar donde se veían bellos muebles antiguos de estilo rococó. De la pared colgaban valiosos cuadros antiguos. Yo me admiraba de que tal casa pudiera ser la mía y pen­sé: ¡no está mal! Pero entonces caí en que todavía no sabía qué aspecto tenía la planta inferior. Descendí las escaleras y entré en la parte baja. Allí todo era mucho más antiguo y vi que esta parte de la casa pertenecía aproximadamente al siglo XV o XVI. El mobiliario era propio de la Edad Me­dia y el pavimento era de ladrillos rojos. Todo estaba algo oscuro. Yo iba de una habitación a otra y pensaba: ¡Ahora debo explorar toda la casa! Llegué a una pesada puerta, que abrí. Tras ella descubrí una escalera de piedra que conducía al sótano. Bajé y me hallé en una bella y above­dada sala muy antigua. Inspeccioné las paredes y descubrí que entre las piedras del muro había capas de ladrillos; la argamasa contenía trozos de ladrillos. Ahora mi interés subió de punto. Observé también el pavimento, que cons­taba de baldosas. En una de ellas descubrí un anillo. Al ti­rar de él se levantó la losa y nuevamente hallé una escale­ra. Era de peldaños de piedra muy estrechos que condu­cían hacia el fondo. Bajé y llegué a una pequeña gruta. En el suelo había mucho polvo, y huesos y vasijas rotas, como restos de una cultura primitiva. Descubrí dos cráneos hu­manos semidestruidos y al parecer muy antiguos. Enton­ces me desperté.

Lo que le interesó particula[r]mente a Freud fueron los dos cráneos. Una y otra vez volvió a hablar de ellos y me insinuó que intentara hallar un deseo en relación con ellos. ¿Qué pensaba yo sobre los cráneos? ¿Y de quién proce­dían? Naturalmente, yo sabía exactamente por dónde iba: que aquí se ocultaban deseos de muerte. Pero ¿qué quiere exactamente?, pensaba yo para mis adentros. ¿A quién debo desearle la muerte? Me opuse tenazmente a tal inter­pretación e incluso llegué a vislumbrar qué significaba realmente este sueño. Pero entonces no confiaba realmen­te en mis opiniones y quería oír la suya. Quería aprender de él. Así pues, me dejé llevar por sus intenciones y dije: «Mi mujer y mi cuñada» -¡pues tenía que nombrar a al­guien a quien valiese la pena desearle la muerte!

Entonces hacía poco que estaba casado y sabía con exactitud que nada en mí indicaba tales deseos. Pero no podía someter a Freud mis propias opiniones sobre la in­terpretación del sueño sin encontrar incomprensión y una tenaz oposición. No me sentía preparado para esto y temía también perder su amistad si persistía en mi punto de vis­ta. Por otra parte, quería saber qué se desprendería de mi respuesta y cómo reaccionaría él, si le llevaba por un ca­mino erróneo, pero sin salirse de su doctrina. Así, pues, le expliqué una mentira.

Era plenamente consciente de que mi proceder no era moralmente irreprochable. Pero no me hubiera sido posi­ble permitirle que se enterase de mi ideología. El abismo entre ésta y la suya era demasiado grande. De hecho, Freud pareció aliviado por mi respuesta. Me di cuenta de que se hallaba indefenso frente a tales sueños y se refugia­ba en su doctrina. Pero a mí me interesaba hallar el verda­dero sentido del sueño.

Me resultaba evidente que la casa representaba un tipo de psiquis, es decir, mi estado de conciencia de entonces con sus complementos hasta entonces ignorados. La consciencia estaba representada por la sala de estar. En el am­biente se notaba que estaba habitada, pese al estilo an­tiguo.

En la planta baja comenzaba ya el inconsciente. Cuanto más descendía yo, tanto más extraño y oscuro se volvía. En la gruta hallé restos de una cultura primitiva, es decir, el mundo de los hombres primitivos en mí, que apenas puede ser ya alcanzado o iluminado por la consciencia. El alma primitiva del hombre linda con la vida del alma ani­mal, como también las cuevas prehistóricas fueron habita­das las más de las veces por animales, antes de que los hombres se las apropiaran.

Me resultó entonces especialmente consciente cuán profundamente sentía yo la diferencia entre la actitud es­piritual de Freud y la mía. Me había educado en la atmós­fera intensamente histórica de Basilea a fines del siglo pa­sado y había adquirido, gracias a la lectura de los filósofos antiguos, una cierta información sobre la historia de la psicología. Cuando meditaba sobre los sueños y el signifi­cado del inconsciente no lo hacía sin establecer una com­paración histórica; en mi época universitaria me había servido siempre del viejo diccionario de filosofía de Krug. Conocía especialmente los autores del siglo XVIII, así como los de principios del siglo XIX. Este mundo constituía la at­mósfera de mi cuarto de estar en el primer piso. Frente a esto tuve la impresión como si la Historia del Espíritu de Freud se enraizase en Büchner, Moleschott, Dubois-Reymond y Darwin**.

A mi estado de conciencia ya reseñado, el sueño aña­día ahora más estratos de consciencia: la planta baja, des­de hacía tiempo deshabitada y de estilo medieval, después el sótano romano y finalmente la gruta prehistórica. Re­presentaban tiempos pasados y estratos de consciencia su­perados.

Muchas cuestiones me habían preocupado vivamente la víspera del sueño: ¿sobre qué premisas se apoya la psi­cología de Freud? ¿A qué categoría del pensamiento hu­mano pertenece? ¿En qué relación se encuentra su casi ex­clusivo personalismo con respecto a las premisas generales históricas? Mi sueño dio la respuesta. En él se retrocedía hasta los fundamentos de la historia de la cultura, de una historia de estados de consciencia sucesivos. Representaba algo así como un diagrama estructural del alma humana, una premisa de naturaleza completamente impersonal. Esta idea dio en el blanco: it clicked, como dicen los ingle­ses; y el sueño se convirtió para mí en una imagen direc­triz que en los próximos años se confirmaría de un modo desconocido por mí. Me dio el primer presentimiento de una psiquis colectiva a priori de la personal que al princi­pio interpreté como huellas de las primitivas funciones. Sólo más tarde, al acrecentar mi experiencia y más pro­fundos mis conocimientos, reconocí en las funciones las formas instintivas, los arquetipos.

No pude nunca darle la razón a Freud de que el sue­ño es una «fachada» tras la cual se oculta su sentido; un sentido que es ya consciente, pero que está implícito en la consciencia, por así decirlo, de modo maligno. Para mí los sueños son naturaleza a la cual no es inherente ninguna tentativa de engaño, sino que expresa algo, lo mejor que puede -como una planta que crece, o un animal que bus­ca su alimento. Así también los ojos no quieren engañar, pero quizás nos engañamos porque los ojos son miopes. O bien oímos mal, porque los oídos son algo sordos, pero no porque ellos quieran engañarnos. Mucho antes de que co­nociera a Freud había considerado lo inconsciente, así como a los sueños, su expresión inmediata, como un pro­ceso natural en el cual no cabe nada arbitrario ni inten­ción engañosa alguna. No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los pro­cesos naturales del inconsciente. Por el contrario, la expe­riencia cotidiana me enseñaba cuan tenazmente se oponía el inconsciente a las tendencias de la consciencia. (Págs. 192-195)

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* Jung distingue dos personalidades dentro de él: la número 1, que sería la personalidad individual, por decirlo en breve, y la número 2, que sería una parte del ser que “vive en los siglos”, el “hombre interior” que conecta al individuo con la trascendencia. En el caso de Jung, esta número 2 acaba de algún modo personalizada y proyectada en su Filemón, de que se habla más adelante. Sería interesante hacer un estudio comparativo entre esta idea, la del ángel cristiano (p.e. en Eugenio d’Ors) y la fravarti persa. [N. del Aspirante]

** A lo largo del libro Jung exhibe un marcado prejuicio evolucionista propio de la época, trazando un paralelismo entre evolución orgánica y evolución psíquica basado en la vieja y hoy abandonada idea incluso por los evolucionistas más recalcitrantes de que ontogenia recapitula filogenia (ver págs. 406-407).

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