Cabalgando al Tigre

Viernes, 28 marzo, 2008

Espiritualidad Creativa (III): deconstrucción del perennialismo tradicional

Filed under: Pensadores de interés — by Aspirante a domador @ 9:56 am

la-pesadilla-de-fuseli.jpg

Aquí os dejo la incendiaria tercera parte de la Espiritualidad Creativa de Ferrer. Los que, como yo, os encontréis cómodos dentro del marco Tradicional, encontraréis aquí una crítica bien fundamentada que de algún modo obliga a replantearse ciertas aproximaciones. No quiere esto decir, por supuesto, que a la luz de dicha crítica el perennialismo perezca, si se me permite el abuso, sino que aporta una perspectiva desde la cual se presentan debilidades argumentales en su aproximación. Repito: desde mi punto de vista, esto no disminuye su pertinencia, pero sí da un baño de humildad a esta postura al cuestionarla. Si no tenéis tiempo o/y ganas de leerlo todo pero estáis interesados en el tema, id directamente al epígrafe final “Resumen y conclusiones”.

—————————————————-

Brevemente quiero destacar que el perennialismo: 1) es una postura fi­losófica apriorística, 2) favorece una metafísica monista no dual, 3) está orientado hacia una epistemología objetivista, 4) se inclina hacia el esencialismo y, por consiguiente, 5) tiende a caer en el dogmatismo religioso y en la intolerancia a pesar de su alegada postura inclusivista.

El perennialismo es una postura filosófica apriorística

Lo que aquí quiero sugerir es que el núcleo común de la espiritualidad respaldado por la filosofía perenne no es el resultado de la investigación intercultural o del diálogo interreligioso, sino una inferencia deducida de la premisa de que existe una unidad trascendente de la realidad, un único Absoluto subyacente a la multiplicidad fenoménica y hacia el cual se en­caminan todas las tradiciones espirituales.

La evidencia que proporcionan los perennialistas para apoyar su idea de una meta común para todas las tradiciones espirituales es tan sorpren­dente como reveladora. Los perennialistas suelen afirmar que la unidad trascendente de todas las religiones sólo puede ser aprehendida intuitiva­mente y confirmada mediante un órgano o facultad conocida como el In­telecto (denominado también Ojo del Corazón u Ojo del Alma). Según los pensadores perennialistas, el Intelecto participa de la realidad Divina y, por lo tanto, al ser universal y no estar afectado por limitaciones históricas, es capaz de ver objetivamente las “cosas tal como realmente son” a través de la intuición metafísica directa (gnosis) (véase, por ejemplo, Cutsinger, 1997; Schuon, 1997; H. Smith, 1987, 1993). No cabe duda de que a los pe­rennialistas se les debería reconocer haber dado el atrevido y saludable paso de postular formas intuitivas de conocimiento que trascienden las es­tructuras ordinarias de la razón centrada en el sujeto y la razón comunica­tiva. Sin embargo, decir que este conocimiento intuitivo necesariamente revela una metafísica perennialista es una maniobra interesada que no pue­de escapar de su propia circularidad. Para ser genuinas, nos dicen, las in­tuiciones metafísicas han de ser universales. Y ello es así, nos aseguran, porque la universalidad es la marca distintiva de lo que es Verdad. En pa­labras de Schuon (1984a): «Ninguna escuela o persona tiene la exclusiva de las verdades [perennes] que acabamos de expresar; de ser así no serían verdades, pues éstas no se pueden inventar, sino que necesariamente han de ser conocidas en todas las civilizaciones tradicionales integrales» (pág. xxxiii). A esto añade: «La Inteligencia es o individual o universal; o razón o Intelecto» (pág. 152). Pero entonces, el discurso perennialista se reduce a decir que o tu intuición metafísica confirma la Verdad Primordial o es falsa, parcial o pertenece a un nivel inferior de percepción espiritual. La filosofía perenne, a través de su propia lógica circular, se ha hecho in­vulnerable a toda crítica (cf. Dean, 1984).

En vista de tanta circularidad, una explicación más convincente para la intuición de la unidad trascendente de las religiones es que ésta se origina en un compromiso a priori con la verdad perenne, un compromiso que, tras años de estudio y de práctica espiritual orientados de manera tradicio­nal, se transforma gradualmente en una intuición metafísica directa que concede al creyente un sentimiento de certeza incuestionable. Según Nasr (1996), por ejemplo, la meta de la hermenéutica perennialista no es estu­diar lo que dicen las diversas tradiciones espirituales respecto a ellas mis­mas, sino «ver más allá del velo de la multiplicidad [...] esa unidad que es el origen de todas las formas sagradas» (pág. 18) y descubrir «la verdad que brilla dentro de cada universo religioso auténtico manifestando lo Absoluto» (pág. 18). Esta tarea sólo se puede llevar a cabo, afirma Nasr (1996), centrándose en la dimensión esotérica de las tradiciones religio­sas, la jerarquía de los niveles de la realidad, la distinción entre fenómeno y noúmeno y otros postulados perennialistas. En otras palabras, la herme­néutica perennialista asume lo que se supone que ha de descubrir y probar. Esta circularidad es evidente en la descripción de Quinn (1997) de la her­menéutica de la tradición: «Por ende, para Guénon y Coomaraswamy, era un requisito indispensable y absoluto creer en una doctrina o principio profundamente religioso o metafísico para comprenderlo» (pág. 25). Ésta quizás sea la razón por la que los pensadores perennialistas suelen califi­car la fe como una facultad situada ontológicamente entre la razón ordina­ria y el Intelecto (por ejemplo, Schuon, 1984b). Ni que decir tiene que para los pensadores perennialistas «la fe es un “sí” Profundo y total al Uno, que es absoluto e infinito, trascendente e inmanente» (Schuon, 1981, pág. 238).

[...]

El perennialismo favorece una metafísica monista no dual

Como ya hemos visto, los modelos perennialistas suelen dar por su­puesta la existencia de una realidad espiritual universal que es el Funda­mento de todo lo que existe y del cual las tradiciones contemplativas son una expresión. A pesar de su insistencia en la inefable e incalificable natu­raleza de este Fundamento, los autores perennialistas la caracterizan por sistema como No dual, lo Uno, o lo Absoluto. El Fundamento del Ser pe­rennialista se asemeja sorprendentemente a la Divinidad neoplatónica o al Brahmán advaita. Tal como afirma Schuon (1981) «la perspectiva de Sankara es una de las expresiones más adecuadas posibles de la philosophia perennis o del esoterismo sapiencial» (pág. 21). En otras palabras, lo Ab­soluto de la filosofía perenne, lejos de ser un fundamento neutral y verda­deramente incalificable, es representado como secundando una metafísica monista no dual.

En los estudios transpersonales, la defensa de Grof y de Wilber de una filosofía perenne sigue de cerca esta tendencia. Mientras que Wilber (1995, 1996c, 1997a) sitúa sistemáticamente un fundamento no dual im­personal como el cenit de la evolución espiritual, Grof (1998) describe el epicentro común de todas las tradiciones religiosas como una Conciencia absoluta que, siendo idéntica en esencia a la conciencia humana indivi­dual, crea a través de un proceso involutivo un mundo material que en úl­tima instancia es ilusorio. Para ambos autores, este reconocimiento confir­ma la verdad del mensaje esencial de los Upanishads hinduistas: “Tat twam asi” o “Tú eres eso”, es decir, la unidad esencial entre el alma indi­vidual y lo divino.

Aparte del ya mencionado intuicionismo exclusivista, los argumentos que ofrecen los pensadores perennialistas para justificar este Absoluto único son apriorísticos y circulares. Por ejemplo, los perennialistas suelen afirmar que, puesto que la multiplicidad implica relatividad, una plurali­dad de absolutos es un absurdo lógico y metafísico: «Lo absoluto ha de ser necesariamente Uno y, de hecho, el Uno, tal como han afirmado tantos metafísicos en todas las épocas» (Nasr, 1996, pág. 19). Este compromiso con una metafísica monista está íntimamente relacionado con la defensa perennialista de la universalidad del misticismo. Tal como lo expone el fi­lósofo perennialista Perovich (1985a): «La razón de que [los perennialis­tas] insistieran en la identidad de las experiencias místicas fue, al fin y al cabo, apoyar la reivindicación de que los más diversos místicos han esta­blecido contacto con “la verdad última y única”» (pág. 75).

El perennialismo tiende hacia una epistemología objetivista

Hay que reconocer que acusar a la filosofía perenne de objetivista pue­de resultar de entrada un tanto sorprendente. A fin de cuentas, ciertas doc­trinas perennialistas representan un serio desafío para muchos supuestos objetivistas, y los escritores perennialistas a menudo han criticado el pun­to de vista científico del conocimiento válido como basado en una racio­nalidad objetiva y desapegada. Por una parte, la afirmación de una identi­dad fundamental entre la más profunda subjetividad humana y la naturaleza última de la realidad objetiva representa una formidable obje­ción al cartesianismo de la ciencia natural. Por otra parte, los perennialis­tas han enfatizado repetidas veces no sólo la existencia del acto de conoci­miento intuitivo (el Ojo del Corazón), sino también la importancia de las dimensiones morales y afectivas del conocimiento. La mayoría de estos retos planteados al cientificismo están bien fundados y a los filósofos pe­rennialistas se les debería reconocer el mérito de haberlos anticipado in­cluso décadas antes de que el objetivismo fuera desahuciado de las princi­pales corrientes de la ciencia y de la filosofía.

No obstante, la visión perennialista cae de nuevo en el objetivismo con su insistencia en que hay una realidad última pre-dada que el Intelecto hu­mano puede conocer de forma objetiva (conocimiento intuitivo). Tal como afirma Schuon (1981): «La prerrogativa del estado humano es la objetivi­dad, cuyo contenido esencial es lo Absoluto» (pág. 15). Aunque la objeti­vidad no debe entenderse como limitada a lo empírico y externo, Schuon (1981) nos dice que «el conocimiento es “objetivo” cuando es capaz de captar el objeto tal como es y no como puede que haya sido distorsionado por el sujeto» (pág. 15).

Por supuesto, estas suposiciones hacen que la filosofía perenne esté su­jeta a todas las ansiedades y aporías de la conciencia cartesiana, como las falsas dicotomías entre el absolutismo y el relativismo, o entre el objeti­vismo y el subjetivismo. Esta recaída conduce a los perennialistas a de­monizar y a combatir lo que ahora, a sus ojos, se ha convertido en los ho­rrores del relativismo y el subjetivismo (por ejemplo, Schuon, 1984b; H. Smith, 1989). En la introducción a una antología perennialista contem­poránea, Stoddart (1994) escribe: «El único antídoto para lo relativo y lo subjetivo es lo absoluto y lo objetivo, y éstos son justamente los conteni­dos de la filosofía tradicional o de la “sabiduría perenne” (Sophia perennis)» (pág. 11). O en palabras de Schuon (1984b):

Hemos de elegir: o bien es posible el conocimiento objetivo, absoluto en su propio orden, con lo cual resulta que el existencialismo [subjetivis­mo] es falso, o bien el existencialismo es cierto, pero entonces su propia promulgación es imposible, puesto que en el universo existencialista no hay lugar para intelección alguna que sea objetiva y estable (pág. 10).

Paradójicamente, estas rígidas dicotomías entre lo absoluto y lo relati­vo, entre lo objetivo y lo subjetivo, sólo pueden emerger en el contexto de la propia epistemología cartesiana puesta en tela de juico por la visión pe­renne.

Con estas premisas, los perennialistas reivindican que el camino espi­ritual conduce simultáneamente al conocimiento objetivo de las “cosas tal como realmente son” y a la realización de la naturaleza esencial y verda­dera de la humanidad. Sobre un trasfondo de supuestos objetivistas, consi­deran el camino espiritual como un proceso de deconstrucción o descon­dicionamiento de ciertos esquemas conceptuales, funciones cognitivas y estructuras psicológicas que constituyen una visión engañosa de la identi­dad personal y de la realidad, una ilusión que es a su vez la causa primor­dial de la alienación humana. Las palabras clave del discurso perennialis­ta son, pues, realización, conciencia o reconocimiento de lo que “ya está allí”, o sea, la naturaleza esencial y objetiva de la realidad y de los seres humanos.

El perennialismo tiende hacia el esencialismo

La atribución perennialista de un mayor poder explicativo o valor on­tológico a lo que es común entre las tradiciones religiosas es problemáti­ca. La naturaleza de este problema se puede ilustrar a través de la popular historia de la mujer que, al observar cómo su vecino entraba en un estado alterado de conciencia durante tres días consecutivos, primero con ron y agua, luego a través de una respiración rápida y agua, y por último con óxido nitroso y agua, llega a la conclusión de que la razón de su extraña conducta es la ingestión de agua. La moraleja de la historia es, por su­puesto, que lo esencial o más explicativo en una serie de fenómenos no es necesariamente lo más obviamente común a los mismos.

Además, incluso aunque pudiéramos hallar un substrato esencial a los diferentes tipos de conciencia mística (por ejemplo, la experiencia pura, la “talidad”, o “un sabor”), no necesariamente se ha de deducir que este fun­damento común tenga que ser la meta de todas las tradiciones, el objetivo más valioso espiritualmente, o el cénit de nuestros esfuerzos espirituales. Aunque sea posible hallar paralelismos entre las tradiciones religiosas, la clave del poder espiritualmente transformador de una tradición puede encontrarse en sus propias prácticas y visiones distintivas. A pesar de las li­mitaciones de la siguiente imagen, la agenda perennialista se podría com­parar al deseo de una persona que entra en una rústica panadería parisina y al ver la variedad de deliciosos croissants, baguettes y pastas de té, insiste en que quiere probar lo esencial y común a todos ellos, es decir, la harina. Sin embargo, al igual que los muchos sabores suculentos que podemos de­gustar en una panadería francesa, el valor espiritual y la belleza funda­mental de las distintas tradiciones podría proceder precisamente de la sin­gular solución creativa para la transformación de la condición humana que cada una de ellas ofrece. Tal como lo expone Wittgenstein (1968), para sa­borear la verdadera alcachofa no necesitamos despojarla de sus hojas.

El perennialismo tiende hacia el dogmatismo y la intolerancia

Estas suposiciones universalistas y objetivistas suelen conducir a los fi­lósofos perennialistas hacia el dogmatismo y a la intolerancia frente a dife­rentes visiones espirituales del mundo. Tal como hemos visto, la filosofía perenne concibe las distintas tradiciones religiosas como caminos que con­ducen a una única realidad absoluta. A pesar de los distintos universos me­tafísicos propugnados por las tradiciones contemplativas, los perennialistas insisten en que «sólo existe una metafísica, pero que hay muchos lenguajes tradicionales a través de los cuales se expresa» (Nasr, 1985, pág. 89).

Pero, ¿qué hay de las tradiciones espirituales que no plantean un Abso­luto metafísico o una Realidad última trascendente? ¿Qué pasa con las tra­diciones espirituales que se resisten a encajar en el esquema perennialista? La solución perennialista para las tradiciones espirituales en conflicto con sus premisas es bien conocida: las doctrinas y tradiciones religiosas que no aceptan la visión perenne no son auténticas, son meramente exotéricas o evidencian niveles inferiores de agudeza intuitiva en una jerarquía de revelaciones espirituales cuya culminación es la Verdad perenne (cf. Hanegraaff, 1998). Por ejemplo, Schuon (1984b) suele distinguir entre lo Abso­luto en sí mismo, que trasciende toda forma, y lo absoluto relativo pro­mulgado por cada una de las religiones. En este esquema, los diferentes fundamentos espirituales últimos, aunque absolutos dentro de su propio universo religioso específico, son meramente relativos en relación con el Absoluto único que defienden los perennialistas.

Y puesto que este Absoluto único, lejos de ser neutral o incalificable, está mejor representado por una metafísica monista no dual, los perennia­listas suelen considerar como inferiores las tradiciones que no se adaptan al no dualismo o al monismo impersonal: el no dualismo impersonal de Sankara está más cerca de lo Absoluto que Ramanuja y los monoteísmos personalistas semíticos (Schuon, 1981); las tradiciones no duales están más próximas que las teístas (Wilber, 1995) y así sucesivamente.

[...]

La afirmación esoterista de que los místicos de todas las épocas y luga­res convergen en lo que a asuntos metafísicos se refiere es un dogma que la evidencia no puede mantener. A diferencia de la visión perennialista, lo que indica la historia espiritual de la humanidad es que las doctrinas e in­tuiciones espirituales se influyeron, modelaron y transformaron entre ellas, y que esta influencia mutua condujo al despliegue de una variedad de mundos metafísicos en lugar de a una sola metafísica y diferentes len­guajes.

Uno de los problemas principales, con el rígido universalismo de la fi­losofía perenne es que, cuando uno se cree en posesión de una imagen de “las cosas tal como realmente son”, el diálogo con tradiciones que tienen diferentes visiones espirituales a menudo se convierte en un monólogo aburrido y estéril. En el peor de los casos, los puntos de vista conflictivos se consideran como poco evolucionados, incoherentes o sencillamente fal­sos. En el mejor de los casos, los retos que se presentan son asimilados dentro del esquema perennialista globalizador. En ambos casos, el filóso­fo perennialista no parece ser capaz de escuchar lo que las otras personas tienen que decir, porque toda la información nueva o conflictiva es pasada por la criba, procesada o asimilada en términos del marco perennialista. Por consiguiente, no es muy probable que se produzca un encuentro ge­nuino y simétrico con el otro donde visiones espirituales opuestas se con­sideren como opciones reales.

En nombre del ecumenismo y de la armonía universal, los perennialis­tas pasan por alto el mensaje esencial y la solución soteriológica única que ofrecen las distintas tradiciones espirituales. Al equiparar todas las metas espirituales con una no dualidad al estilo del advaita, la multiplicidad de revelaciones se vuelve accidental y la riqueza creativa de cada vía de sal­vación se considera un artefacto cultural e histórico. Aunque hay que re­conocer que los perennialistas rechazan tanto el exclusivismo de los creyentes exotéricos como el inclusivismo del ecumenismo sentimentalista (Cutsinger, 1997), su compromiso con una metafísica monista no dual que se supone Absoluta, universal y paradigmática para todas las tradiciones es en último término un retorno al exclusivismo dogmático y a la intole­rancia. En el fondo de este exclusivismo está la reivindicación de que la Verdad perenne es superior (es decir, la única capaz de incluir a todas las demás). La intolerancia asociada a esta perspectiva no reside en la creen­cia de los perennialistas de que las otras visiones, como la pluralista y la teísta, sean incorrectas, sino en su convicción de que son menos correctas. Hanegraaff (1998), un historiador de las religiones, expone elocuentemen­te este problema cuando habla del perennialismo contemporáneo:

El “perennialismo” de la Nueva Era sufre el mismo conflicto interno que en general aqueja a los esquemas universalistas. Se supone que es to­lerante e inclusivo porque abarca todas las tradiciones religiosas, diciendo que todas ellas contienen al menos una parte de verdad; pero califica la ac­tual diversidad de credos señalando que, digan lo que digan los creyentes, sólo existe una verdad espiritual fundamental. Sólo esas expresiones reli­giosas que aceptan las premisas perennialistas se pueden considerar “genuinas”. Todo esto se puede reducir a dos formulaciones breves y paradó­jicas: el “perennialismo” de la Nueva Era (al igual que el perennialismo en general) no puede tolerar la intolerancia religiosa y excluye con dureza todo exclusivismo de su propia espiritualidad [...]. La tolerancia religiosa que se apoya sobre una base relativista y acepta otras perspectivas religio­sas en toda su “otredad” es inaceptable porque sacrifica la propia idea de que existe una “verdad” fundamental (pág. 329-330). (Págs. 124-132)

Resumen y conclusiones

Los orígenes humanistas de la teoría transpersonal, con el impulso uni­versalista que proporcionó la obra de Maslow, junto con el espíritu ecu­ménico de los años sesenta y setenta, fueron un buen campo de cultivo para la propagación de las ideas perennialistas en círculos transpersonales. Tal como hemos visto, enfrentados a la pluralidad de visiones espirituales del mundo por una parte, y seducidos por encantos objetivistas por la otra, los transpersonalistas defendieron la unidad espiritual de la humanidad en la forma de un perennialismo experiencial o estructuralista. Para que las afirmaciones transpersonales y espirituales se pudieran reconocer como válidas y científicas, los transpersonalistas creían que se tenía que demos­trar que son universales y este consenso espiritual sólo se podría hallar en una experiencia religiosa central construida artificialmente (a lo Maslow) o en estructuras profundas abstractas y anónimas (a lo Wilber). En otras palabras, ciertos supuestos objetivistas hicieron que la legitimación de la psicología transpersonal dependiera de la verdad de la filosofía perenne.

En este capítulo, sin embargo, hemos visto que la visión perenne pade­ce varias tensiones y defectos básicos. Entre éstos se incluyen un compro­miso a priori con una metafísica monista no dual, y una visión objetivista y esencialista en sus reivindicaciones de conocimiento sobre la realidad úl­tima. También hemos observado que la versión estructuralista de Wilber de la filosofía perenne está sujeta a una serie de problemas y puntos débiles, como el elevacionismo y el esencialismo, la falta de validez estructuralis­ta, una “mala” hermenéutica y la arbitrariedad en su clasificación jerárqui­ca de las tradiciones. En conjunto, estas afirmaciones y presuposiciones no sólo predisponen hacia formas sutiles de exclusivismo religioso y de into­lerancia, sino que también dificultan la investigación espiritual y limitan la gama de opciones espirituales fértiles y válidas, a través de las cuales po­demos participar creativamente en el Misterio del cual surge todo.

Por estas razones sugiero que el compromiso exclusivo de la teoría transpersonal con la filosofía perenne podría ser perjudicial para su conti­nua vitalidad creativa. Dicho de un modo un tanto dramático, el perennia­lismo fue durante algún tiempo un hogar confortable para la teoría trans­personal, pero este hogar se ha convertido en una prisión y muchos de sus prisioneros son agorafóbicos. Puede que haya llegado el momento de que la teoría transpersonal se vuelva autocrítica y explore visiones alternativas a la filosofía perenne para contemplar la naturaleza de la espiritualidad humana y de las relaciones interreligiosas.

Antes de finalizar este capítulo me gustaría señalar que no ha sido mi intención refutar la filosofía perenne. Más bien, mi propósito principal ha sido destacar el compromiso tácito de la teoría transpersonal con la filoso­fía perenne y sugerir las limitaciones potenciales de esta adherencia des­cribiendo los supuestos y los riesgos fundamentales del perennialismo. Espero que la exposición y ventilación de las presuposiciones del peren­nialismo ayuden a crear un espacio abierto donde la teoría transpersonal no necesite subordinar perspectivas alternativas, sino que pueda entrar en una relación genuina y en un diálogo fértil con ellas.

No obstante, quiero hacer hincapié en que, personalmente, creo que la búsqueda ecuménica de un fundamento común no sólo es una empresa im­portante y valiosa, sino también que algunas reivindicaciones perennialis­tas son plausibles y que pueden resultar ser válidas. Al menos, tengo la convicción de que es posible identificar ciertos elementos comunes a la mayoría de las tradiciones contemplativas (alguna forma de entrenamiento de la atención, ciertas directrices éticas, un intento intencionado de alejarse del egocentrismo, un sentido de lo sagrado, etc.).

A pesar de todo, también creo que asumir la unidad esencial del misti­cismo paradójicamente puede traicionar el mensaje verdaderamente esen­cial de las diferentes tradiciones espirituales. Quizás la ansiada unidad es­piritual de la humanidad sólo pueda hallarse en la multiplicidad de sus voces. Si existe una filosofía perenne, ésta tiene que establecerse sobre una base de investigación y de diálogo interreligioso, en lugar de ser plan­teada como un axioma irrefutable del cual ha de partir la indagación y al que ha de conducir el diálogo. Y si no hay filosofía perenne, no hay razón para desesperarse. Como veremos en la segunda parte de este libro, una vez abandonamos los supuestos cartesianos de la visión experiencial, emergen de forma natural alternativas al perennialismo que nos permiten ver el proyecto transpersonal con ojos nuevos: unos ojos que disciernen que la teoría transpersonal no necesita la filosofía perenne como marco metafísico fundamental; ojos que aprecian y respetan la multiplicidad de formas en que se puede no sólo conceptualizar el sentido de lo sagrado, sino también intencionalmente cultivarlo, encarnarlo y vivirlo; ojos que, en resumen, reconocen que lo sagrado no necesita ser unívocamente uni­versal para ser sagrado. (Págs. 148-150)

About these ads

15 comentarios »

  1. El texto me ha parecido muy interesante y si esa crítica no había sido hecha con anterioridad, también me parece muy apropiado. En realidad,como el autor bien explica, no se está haciendo una crítica tanto al propio perennalismo, como a su utilización como marco irrefutable de la psicología transpersonal. Todo acercamiento científico a una cuestión debe tener la menor cantidad de esquemas rígidos posible y aquellos de los que no pueda prescindir para poder avanzar, han de ser entendidos no como verdades cerradas, sino como modelos con los que funcionar hasta encontrar marcos más apropiados. De no ser así se parte de un supuesto para acabar llegando a él, cosa que en realidad ocurre la mayor parte de los casos, condicionando absolutamente lo que los estudiosos son capaces de concebir. El acercamiento científico a cualquier cuestión debe estar alejado de creer a priori en una verdad fundamental irrefutable, y debe considerar sus esquemas como una forma de aproximarse a la realidad de valor relativo, siempre susceptible de crítica y variación.
    Pero los científicos son personas y pecan de querer demostrar sin refutación sus propias creencias.

    Hace tiempo leí en un libro de historia de la psicología (siento no poder citarlo porque no me acuerdo ni de su título ni de a quién se lo presté!) que hay dos clases de científicos: los erizos y los zorros. Los primeros son aquellos de profunda convicción en el esquema conceptual con el que trabajan, capaces de luchar por él, mantenerlo contra viento y marea y tendentes a creer en la verdad de lo que están tratando, mientras que un zorro, es todo aquel que busca siempre la debilidad en la teoría, entiende que no se sostiene en ninguna verdad irrefutable -incluso disfruta con ello- y puede vivir un cambio de paradigma sin que se tambaleen los cimientos de su psique. Desde mi punto de vista los zorros son absolutamente necesarios, pues impiden la autocomplaciencia que llega a anegar algunas ramas del saber.

    Por cierto Aspirante, que sepas que tú me parece que tienes alma de zorro… ;-)

    Un saludo.

    Comentario por Pola — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 12:56 pm |Responder

  2. Bueno, Pola, hay división de opiniones al respecto: unos pensáis que tengo alma de zorro y otros piensan que tengo alma de zorra ;)
    De todos modos, y ahora ya más en serio, el peligro del zorro es, en mi opinión, caer en la acedía que puede suponer no tener convicciones fuertes, leños a los que se agarra la psique en el naufragio que supone vivir en el mundo, exiliado de un yo-no-sé-qué que podría llamarse “hogar”.
    Quizá esos leños salven a la psique de ahogarse y perecer disgregada en el mar de la manifestación. Quizá un logro esencial sea aprender a vivir con leños provisionales, pero entonces falta la “fuerza de la psicopatía” que genera poseer una(s) idea(s) inatacable(s), incuestionable(s), inasequible(s) a la duda. Qué dulce sería, ¿no?

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 10:17 pm |Responder

  3. Yo diría que definitivamente eres un zorro; de hecho un zorro que se cuestiona hasta los pormenores que supone ser un zorro.

    Y la verdad, no veo ningún problema en defender con vehemencia y fuerza “psicopática” los leños provisionales. No tienen porque ser troncos que flotan a la deriva, muchas veces tienen raíces y no precisamente débiles. Simplemente que eres capaz de concebir el tener otros algún día. Y no es porque estos no te satisfagan. No sé si puedo explicar bien esto, pero es que para mí lo verdadero no necesita certidumbre. Y lo dulce es precisamente esto.

    Comentario por Pola — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 11:00 pm |Responder

  4. Desde luego que debe ser dulce. Me confieso incapaz de semejante flexibilidad. Una vez intenté hacer el pino-puente y todavía me duelen las cuadernas. Happy you.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 11:52 pm |Responder

  5. Perdona, no trataba de dar lecciones de nada en absoluto. Sólo me intentaba explicar.

    Comentario por Pola — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 12:08 am |Responder

  6. Hombre, Pola, eso se sobreentiende; yo lo dije con admiración y sin sombra de acritud, sólo faltaba. Disculpa si no fui lo suficientemente claro, pero a veces el medio escrito tiene este tipo de inconvenientes; habrá que usar más los emoticonos :)

    Comentario por Aspirante a domador — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 10:47 am |Responder

  7. Muy cierto lo del medio escrito.
    Disculpa, creo que anoche tenía demasiado sueño para captar sutilezas; pensé: -¡zorro malo!- ;-)

    Un saludo.

    Comentario por Pola — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 12:28 pm |Responder

  8. Por meter las narices, Pola y Aspirante, en vuestro diálogo zoológico (y sin pretender olvidar el texto de Ferrer, que es lo importante), yo diría que, además de zorros y erizos, existen también los zorrizos y los erizorros, es decir, aquellos que parecen una cosa pero en realidad son otra (o que parecen otra pero son una). Éstos, a su vez, dan origen a otras variedades interesantes, los erizorrizos y los zorrerizorros, y así ad infinitum, con unas denominaciones que os ahorro para ganar espacio. Naturalmente, a mayor complejidad, mayor dificultad para encontrar la identidad original. Esto no es una broma, sino la expresión muy real de que los seres humanos nos pasamos la vida jugando peligrosamente con nuestra imagen —como en aquel memorable plano de «Ciudadano Kane»— entre dos espejos enfrentados.

    ¡Dios, qué vida…!

    Perdona, Aspirante. La próxima prometo referirme al texto que nos ocupa.

    Saludos

    Comentario por Agustín — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 8:12 pm |Responder

  9. Ja, ja, muy cierto, Agustín. A mí también me ha parecido muy sugerente el símil zoológico que Pola ha citado.
    En cuanto a esa complejidad de la vida que resumes con la interjección… en fin, si en lugar de ser un zorrierizorri-lo-que-me-toque fuera un lobo, me pondría a aullar de desesperación, no te digo más.

    Comentario por Aspirante a domador — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 10:19 pm |Responder

  10. Ciertamente a la ciencia hoy habría que adjetivarla, en función de la diversidad de corrientes y pensamientos que permean ahora a través de ella, varios de los cuales son decididamente anticonformistas con respecto a aquellos postulados del positivismo y el materialismo más recalcitrante, o bien al “relativismo” y al “cientifismo” de ayer.

    Según nuestra interpretación, desde el punto de vista tradicional, no es que se le niegue a la ciencia moderna, en la medida que corresponde todavía a la realidad material y corpórea, su valor propio como conocimiento – y la capacidad, en ciertos medios científicos, de emitir verdades inobjetables- sino desde el momento en que esta ciencia ha dejado de ponerse en relación con los principios, dicho conocimiento, al decir de Guénon “se encuentra reducido a casi nada”. Naturalmente esa “casi nada” lo es “casi todo” para el hombre moderno. Y sin dejar de ser eficaz en el terreno práctico ello no indica que sea necesariamente “verídica” a todos lo efectos. Su “verdad”, obvia, está suficientemente demostrada por el despliegue titánico, en el tiempo y en el espacio, del desarrollo tecnológico material. Incluso se trata, hoy, para dicha ciencia, de su época, de su tiempo y de su momento. Las aplicaciones de esas verdades parciales, todos lo sabemos, se han convertido en una especie de “mal necesario” [o de un “bienestar antes nunca visto” al decir de los más optimistas], en el sentido de que la supresión del mismo, hoy por hoy, equivaldría a la explosión de terribles crisis económico-materiales [ya vislumbradas, por otro lado, precisamente por los hombres de ciencia].

    Un problema adicional de estas indiscutibles verdades emitidas por los hombres de ciencia, llamémosles, outsider, o alternativos, es que hay que estarlas rastreando [aquí encajaría muy bien el “instinto” de los “zorros” indicado por el amigo Pola] y para reconocerlas se precisa de un ojo sagaz que sepa distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Pensamos que esto podría evitarse, si se reconociera que dichas verdades podrían encontrarse en un estado más puro, por así expresarlo, y sin las [a veces, no siempre] enojosas “introducciones” o intermediaciones academicistas que implican la tarea de efectuar laboriosos tamizados para llegar a una conclusión muy simple de reconocer, en cambio, en Castaneda, Lao Tse o Giamblico [sólo por poner algún ejemplo]. Nos ahorraríamos, como ya lo comento el Dr. Piedra, de “farragosos” volúmenes: ahorro en tiempo y espacio [que por cierto son dos valiosísimas condiciones que nos “roba” el devenir actual].

    Por lo demás, sin más ánimo que enriquecer nuestra conversación, citaremos las palabras de Agustín: “La ciencia se equivoca, sin duda, pero los aviones vuelan. Un naturalista podrá ser ateo y darwinista, pero sus observaciones sobre el funcionamiento del aparato digestivo de los escarabajos —pongamos por caso— pueden ser plenamente acertadas.” Ahora bien. Los aviones vuelan, si, y es una “verdad” aplicada, indiscutible, pero que parte de la extrinsecación de un poder insito en el hombre mismo: ya que los hombres de la tradición literal y directamente volaban [y no necesariamente con psicotrópicos, para desilusión de algunos]. Por lo que respecta al naturalista, amén de que su poderosa inteligencia está desproporcionada [y "libremente" desperdiciada]respecto al objeto de estudio, su “verdad”, retomando las palabras de Agustín: “parte de un inadmisible reduccionismo fundamental”; y lo más grave es que muchas de estas conclusiones luego se quieren “generalizar” y aplicar al mundo de los humanos, introduciendo todas esas teorías que, en alianza con la pedagogía, la sociología, la psicología de masas y la arquitectura [por citar las más notorias profesiones involucradas en el "constructivismo" actual] fomentan la “colectivización” y la “insectificación” de lo humano. Y si los jóvenes [y no tan jóvenes] profesionistas de hoy aplican dichas premisas reduccionistas al mundo “real” es precisamente porque se verificaron como “plenamente acertadas” [para los escarabajos naturalmente].

    Ahora bien, en materia de psicología, se trata de un terreno mucho más resbaladizo y pantanoso, particularmente por el aspecto práctico-terapéutico implícito en dicha “ciencia” [perdón, pero no podemos evitar el entrecomillarla, sin ánimo de minimizarla]. Y también es muy patente la ligadura con las “aperturas psíquicas” a que da lugar. Si el transpersonalismo ha buscado nuevas bases y nuevos horizontes en el así llamado “perennialismo”, es porque en sí misma, la psicología moderna, sin ser “falsa” del todo, si carecía de fundamentos [así como las observaciones del aparato digestivo de los escarabajos hechas por el naturalista, el psicoanálisis hizo sus respectivas observaciones acerca de la sicopatología del ser humano escindido] de orden supra-psicológico. Ni que decir que el darwinismo y/o ateísmo de muchos, dejando por un momento aparte de las cuestiones de verdadero o falso, han conducido a callejones sin salida, si no de ellos, si de los que se han atenido al pie de la letra a sus conclusiones científicas.

    Por otro lado, es difícil sostener que Ferrer, como pensador y filósofo, piense seriamente que los argumentos “revisionistas” del perennialismo por él expuestos sean de peso. Él mismo aclara: “Antes de finalizar este capítulo me gustaría señalar que no ha sido mi intención refutar la filosofía perenne. Más bien, mi propósito principal ha sido destacar el compromiso tácito de la teoría transpersonal con la filosofía perenne y sugerir las limitaciones potenciales de esta adherencia describiendo los supuestos y los riesgos fundamentales del perennialismo”.

    Queremos decir con ello que estos “pre-supuestos” aducidos por Ferrer, uno a uno, son perfectamente refutables, ya no solo por un pensador perennialista, sino inclusive por un filósofo serio que conozca de metafísica. Pero aquí no es el caso extendernos en ello. Lo que vemos en la intención de fondo de Ferrer – de vasto alcance – es un planteamiento sintético de la revisión perennialista más bien con fines propedéuticos que críticos: para darla a conocer a un público más vasto. Los “riesgos fundamentales del perennialismo” [de las variantes por él revisadas] no constituyen sino una especie de prevención hacia lo que se puede llegar tras una “mala lectura” y defectuosa asimilación del pensamiento y de la sophia perennis, es decir, Ferre advierte acerca de los mismos reduccionismos de los que se puede partir, (y que criticamos en la ciencia moderna) potencial y actualmente presentes en ambos campos. Este es, sin duda, un mérito exponencial de Ferrer. Si los transpersonalistas extraen de ello, o no, las debidas consecuencias, queda indeterminado.

    Finalmente agregaremos que, por otra parte, sin considerarnos nosotros en ningún momento unos “puristas de la tradición” [además de que todos vivimos en el kali-yuga…] percibimos en los argumentos que se inclinan a favor de los transpersonalistas –como a favor de los hombres de ciencia en general- esa preocupación más o menos reciente de salvar la “tolerancia” a cualquier precio, porque como contraparte se asume, apriorísticamente también, que los hombres de la tradición son considerados “autoritarios”, “intolerantes”, “testarudos”, “rígidos”, etcétera, (por mencionar un tópico recurrente en las últimas generaciones). De nuevo, aquí, la indispensable matización de los argumentos en escena, comentada por Agustín, nos parece bastante pertinente.

    Un saludo cordial

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Lunes, 31 marzo, 2008 @ 8:58 am |Responder

  11. En primer lugar, quería advertir sobre otro posible fallo en la traducción: en el apartado encabezado por el epígrafe «El perennialismo es una postura filosófica apriorística», tercer párrafo («En vista de tanta circularidad…»), podemos leer: «…la hermenéutica perennialista asume lo que se supone que ha de descubrir y probar». La frase queda poco clara, debido a la probable utilización del verbo inglés «to assume», «asumir», pero también «suponer» o «dar por sentado». Una traducción más correcta sería, yo creo: «…la hermenéutica perennialista da por sentado lo que se supone que ha de descubrir y probar».
    Estoy de acuerdo con Alejandro Ochoa sobre la cuestión de la ciencia. En realidad, no decimos cosas diferentes. Yo digo: «La ciencia se equivoca pero los aviones vuelan», y él dice: «Los aviones vuelan, pero la ciencia se equivoca». De hecho, en un contexto en el que prevaleciera la idea de que «los aviones vuelan», yo me apresuraría a precisar «sí, pero la ciencia se equivoca»; si aquí he hecho lo contrario, ha sido sólo porque temía que en esta conversación tal vez pudiera enfatizarse exclusivamente la idea de que «la ciencia se equivoca», lo que —aún siendo, de las dos, la afirmación fundamental— podría dar lugar a deducciones dudosas.
    No estaría tan de acuerdo en cuanto al significado que Alejandro (y me pareció que Pola antes que él, III,1) atribuían a la crítica de Ferrer al perennialismo. Es cierto que su objetivo fundamental no es criticar al perennialismo, pero eso no le quita rotundidad a la crítica, que, según yo la entiendo, va bastante más allá de la simple actitud de prevención contra una «mala lectura» del perennialismo. Su crítica, por ejemplo, a la existencia misma de algo semejante a una filosofía perenne, ¿es sólo la crítica a una «mala lectura» del perennialismo? A mí me parece que no: creo que es la crítica a una cuestión esencial de ese planteamiento; lo que Ferrer viene a decir, en definitiva, es que la «unidad transcendente de las religiones» (o la expresión que se quiera utilizar) sólo existe en la cabeza de los perennialistas, y eso no parece precisamente una cuestión menor.
    Centrándome, pues, en este tema (no renuncio a comentar las otras objeciones de Ferrer al perennialismo, pero las dejo para otro día), yo creo que esta idea se enfrenta, de entrada, a un grave problema: paradójicamente, sólo surje con la modernidad. Si bien la expresión «philosophia perennis» no fue acuñada hasta el Renacimiento, ni siquiera entonces tuvo el contenido que le da el perennialismo; la «prisca philosophia» de Ficino, Pico y compañía no iba más allá de las religiones de la cuenca mediterránea, lo mismo que la «philosophia perennis» propiamente dicha de Agostinho Steuco, que acuñó el término ya bien entrado el siglo XVI. En los siglos XVII y XVIII, quienes la utilizaron tendían a identificar esa expresión más bien con la tradición alquímica y con una ecléctica amalgama de cristianismo, paganismo griego y diversas corrientes más o menos herméticas (seguimos en el Mediterráneo). De hecho, hay que esperar hasta el Romanticismo para que la idea adopte un alcance realmente global, y, más concretamente, a Fabre d’Olivet, al ocultismo de Eliphas Levi y sus seguidores, y después a la Sociedad Teosófica, para encontrar la idea de una tradición universal a partir de una revelación primordial en el origen de la humanidad, con el corolario de una unidad doctrinal fundamental entre tradiciones tan distintas como las abrahámicas, el taoísmo, el hinduismo, el budismo, etc.
    Se podrá decir que estos datos no son decisivos y que la no aparición explícita del concepto hasta ese momento no demuestra su no presencia implícita en tiempos anteriores. Es posible; no pretendo «demostrar» nada; pero no se podrá negar que el hecho de que lo que se supone un planteamiento esencial, perenne y universal, sólo se haya puesto de manifiesto hace menos de dos siglos y no sólo no tenga prácticamente ningún reflejo en las tradiciones a las que se supone sirve de fundamento, sino que, más bien al contrario, como señala Ferrer, encontremos abundantes muestras de rechazo explícito de esa idea en todas las tradiciones, da que pensar y parece exigir alguna justificación sólida por parte de sus defensores.
    Otra cosa sería entender el concepto en términos mucho más vagos: puesto que todos los seres humanos comparten una misma condición y si se acepta que Dios es Uno —idea que haría protestar a Ferrer—, todos los caminos que llevan del hombre a Dios deben tener algo en común, deben compartir un mismo «espíritu», si se quiere, pero eso tiene poco que ver, yo creo, con la idea de una filosofía perenne, especialmente tal como la formula Guénon, que insiste, más que otros de sus colegas perennialistas, en una comunidad de planteamientos doctrinales, en una sola «Metafísica».
    Por otra parte, hay que precisar que, en realidad, el perennialismo tradicionalista (ignoro cómo se contempla esto en otras formas de perennialismo) no defiende tanto «la unidad transcendente de las religiones» cuanto la «unidad transcendente de ciertas religiones», precisamente de aquellas que se supone son «ortodoxas», pues tradiciones que cuentan con milenios de antigüedad, como el jainismo, el shinto, etc., quedarían excluidas de esa comunidad. El planteamiento de Schuon a este respecto es menos excluyente (o más incluyente) que el de Guénon (compárense sus distintas posiciones respecto del chiísmo, el protestantismo o el chamanismo, por ejemplo), pero tampoco deja de ser selectivo, sin que se vea muy claro (yo, al menos, no lo veo) cuál es el criterio de selección, es decir, qué es lo que separa la «ortodoxia» de la «heterodoxia».
    De momento, lo dejaremos ahí. Saludos

    Comentario por Agustín — Lunes, 31 marzo, 2008 @ 11:29 pm |Responder

  12. El Perennialismo, no sólo defiende la diversidad de formas, si no que ataca todo intento de ecumenismo exotérico. Tan sólo habla de Unidad en lo Transcendente, en lo Incondicionado, En lo absoluto, en lo ésotérico. Jamás en lo contingente, en lo condicionado, en lo relativo, en lo manifestado, en la vía a seguir. Hasta hablan del sentido en cuanto a la negación de unas vías a otras. Espero que ello os sirva de aclaración si vuestra confusión no es malintencionada. Un abrazo.

    Comentario por lolololololo — Miércoles, 20 agosto, 2008 @ 9:03 pm |Responder

  13. Cuando un artículo no presenta el nombre del autor, a mi conocimiento, no es válido, ni aceptable.

    Comentario por Luis Díaz — Martes, 23 septiembre, 2008 @ 3:31 am |Responder

  14. Luis, no sé qué quieres decir con tu comentario; ¿me lo podrías aclarar? Gracias.

    Comentario por Aspirante a domador — Domingo, 28 septiembre, 2008 @ 8:41 pm |Responder

  15. Neris Olivero, Rep. Dom.
    Bueno estoy altamente sorprendida; ignoro si en estos tiempos ”modernos” otra corriente filosofica despierta unas exposiciones tan extremas y a la vez con algunos puntos bastantes logicos.

    Comentario por Neris Olivero G. — Miércoles, 27 febrero, 2013 @ 10:54 pm |Responder


RSS feed para los comentarios de esta entrada. TrackBack URI

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El tema Toni. Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 40 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: