Cabalgando al Tigre

Jueves, 9 Octubre, 2008

El Discurso del Método (I): pruebas de la existencia de Dios

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De El discurso del método (Alianza Editorial, Madrid 2006, 197 págs., traducción, estudio preliminar y notas de Risieri Frondizi), obra cumbre de René Descartes y punto de inflexión en el pensamiento occidental, os dejo su demostración de la existencia de Dios. Su argumento principal se basa en que, del mismo modo en que la nada no puede producir cosa al­guna, lo menos perfecto no puede producir lo más perfecto, y desde luego a mí me parece una argumentación de peso. Eso no quita para que encuentre a Descartes, y lo diré bajito ahora que nadie nos escucha, un plomo de siete suelas. Lo que me anima a traerlo aquí es la paradoja de que, aquellos que han puesto su granito de arena para establecer la visión desencantada del hombre moderno, que vive en un cosmos sin sentido ni finalidad cuando, curiosamente, dentro de sí existe una sed asfixiante de sentido, aquellos que han contribuido decisivamente a crear un ateo en el peor de sus sentidos, eran los más meapilas de su clase: Pico, Ficino, Darwin, Copérnico… Eso siempre me ha dado qué pensar: parece que el mundo ironiza al convertir sus legados filosóficos en la simiente de una visión del mundo que a ellos les repugnaría. Por cierto, he eliminado del texto las notas de Frondizi.

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Reflexioné después que, puesto que yo dudaba, no era mi ser del todo perfecto, pues advertía claramente que hay mayor perfección en conocer que en dudar, y tra­té entonces de indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidente­mente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta. En lo que se refiere a los pen­samientos que tenía acerca de muchas cosas exteriores a mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no me preocupaba mucho el saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que me pareciese superior a mí, podía pensar que si eran verda­deros dependían de mi naturaleza en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran procedían de la nada, es decir, que estaban en mí por lo defectuoso que yo era. Mas no podía suceder lo mismo con la idea de un ser más perfecto que mi ser; pues era cosa manifiesta­mente imposible que tal idea procediese de la nada, y por ser igualmente repugnante que lo más perfecto sea consecuencia y dependa de lo menos perfecto que pensar que de la nada provenga algo, no podía tampoco proce­der de mí mismo. De suerte que era preciso que hubiera sido puesto en mí por una naturaleza que fuera verda­deramente más perfecta que yo y que poseyera todas las perfecciones de las que yo pudiera tener alguna idea, o lo que es igual, para decirlo en una palabra, que fuese Dios. A lo cual añadía que toda vez que yo conocía algu­nas perfecciones que me faltaban no era yo el único ser que existía (usaré aquí libremente, si parece bien, de los términos de la Escuela), sino que era absolutamente ne­cesario que hubiere otro ser más perfecto, de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto poseía. Pues si hubiera sido yo solo e independientemen­te de todo otro, de tal suerte que de mí mismo procediese lo poco que participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo también, por idéntica razón, todo lo demás que sabía que me faltaba, y ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente, poseer, en suma, todas las perfecciones que advertía que existen en Dios. Pues, según los razonamientos que acabo de ha­cer, para conocer la naturaleza de Dios, en cuanto la mía era capaz de ello, me bastaba considerar si era o no una perfección poseer las cosas de que en mí hallaba alguna idea, y seguro estaba de que ninguna de las que denota­ban alguna imperfección estaba en él, mas sí todas las res­tantes. Y así notaba que la duda, la inconstancia, la triste­za y otras cosas semejantes, no podían estar en Dios, puesto que yo me hubiera alegrado de verme libre de ellas. Tenía yo, además de esto, ideas de muchas cosas sensibles y corporales, pues aun suponiendo que soñaba y que todo lo que veía e imaginaba era falso, no podía ne­gar, sin embargo, que tales ideas estuvieran verdadera­mente en mi pensamiento. Pero habiendo conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es dis­tinta de la corporal y teniendo en cuenta que toda com­posición denota dependencia y que la dependencia es manifiestamente un defecto, deduje que no podría ser una perfección en Dios componerse de estas dos naturalezas y que, por tanto, Dios no era compuesto. En cambio, si en el mundo había cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen completamente perfectas, su ser debía depender del poder divino, de manera que sin él no podrían subsistir ni un solo momento.

Quise indagar luego otras verdades, y habiéndome propuesto considerar el objeto de los geómetras, al que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias figuras y tamaños, y ser movidas o traspuestas de muchas maneras, pues los geómetras suponen todo es en su objeto, repasé algunas de sus demostraciones más sencillas, y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a tales demostraciones se funda tan sólo en que se conciben de un modo evidente según la regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me garantizasen la existencia de su objeto; por que, por ejemplo, veía muy bien que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fueran iguales a dos rectos, mas no por eso veía nada que me asegu­rase que en el mundo hubiera triángulo alguno. En cam­bio, si volvía a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, hallaba que la existencia estaba comprendida en ella del mismo modo como en la idea de un triángulo se comprende que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o, en la de una esfera, el que todas sus partes sean equidis­tantes de su centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente, es por lo menos tan cierto que Dios, que es un Ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser cualquier demostración de geometría.                        

Pero si hay muchos que están persuadidos de que es difí­cil conocer lo que sea Dios, y aun lo que sea el alma, es por­que no elevan nunca su espíritu por encima de las cosas sen­sibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación, que es un modo de pensar particular para las cosas materiales, que lo que no es imaginable les parece ininteligible. [...]

Finalmente, si aún hay hombres a quienes las razones que he presentado no han convencido de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las demás co­sas que acaso crean más seguras -por ejemplo, que tienen un cuerpo, que hay astros y una tierra y otras semejan­tes- son, sin embargo, menos ciertas. Porque si bien te­nemos una seguridad moral de esas cosas tan grande que parece que, a menos de ser un extravagante, no puede nadie ponerlas en duda, sin embargo, cuando se trata de una certidumbre metafísica no se puede negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado que podemos asimismo imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y vemos otros astros y otra tierra sin que ello sea cierto, pues ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren durante el sueño son más falsos que los demás si con frecuencia no son menos vivos y precisos? Y por mu­cho que lo estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para desvanecer esta duda sin suponer previamente la existencia de Dios. (Págs. 109-113)

Viernes, 3 Octubre, 2008

El arte de callar

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A continuación os dejo lo único que me ha parecido interesante de El arte de callar, del abate Dinouart, Biblioteca de Ensayo Siruela (trad. del francés de Mauro Armiño), Madrid 2007, 120 págs.: una serie de máximas que no por conocidas dejan de ser útiles. El resto es, en mi opinión, muy prescindible, quizá porque me esperaba otra orientación al tratar el tema.

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1.  Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio.

2.  Hay un tiempo para callar, igual que hay un tiempo para hablar.

3.  El tiempo de callar debe ser el primero cro­nológicamente; y nunca se sabrá hablar bien, si an­tes no se ha aprendido a callar.

4. No hay menos debilidad o imprudencia en ca­llar cuando uno está obligado a hablar que ligereza e indiscreción en hablar cuando se debe callar.

5. Es cierto que, en líneas generales, se arriesga menos callando que hablando.

6.  El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio: cuando habla parece, por así decir, de­rramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás.

7.  Cuando se tiene algo importante que decir, debe prestársele una atención particular: hay que decírsela a uno mismo, y, tras esta precaución, re­petírsela, no vaya a ser que haya motivo para arre­pentirse cuando uno ya no sea dueño de retener lo que ha declarado.

8.  Si se trata de guardar un secreto, nunca calla uno bastante; el silencio es entonces una de esas co­sas en las que de ordinario no hay exceso que te­mer.

9.  La reserva necesaria para guardar bien silen­cio en la conducta ordinaria de la vida no es una vir­tud menor que la habilidad y el cuidado en hablar bien; y no hay más mérito en explicar lo que uno sa­be que en callar bien sobre lo que se ignora. A ve­ces el silencio del prudente vale más que el razona­miento del filósofo; el silencio del primero es una lección para los impertinentes y una corrección pa­ra los culpables.

10. A veces el silencio hace las veces de sabiduría en un hombre limitado, y de capacidad en un ignorante.

11. Por naturaleza nos inclinamos a creer que un hombre que habla muy poco no es un  gran genio, y que otro que habla demasiado es un hombre atur­dido o un loco. Más vale pasar por no ser un genio de primer orden, permaneciendo a menudo en si­lencio, que por un loco, dejándose arrastrar por el prurito de hablar demasiado.

12.  Es propio de un hombre valiente hablar po­co y realizar grandes hechos. Es de un hombre de sentido común hablar poco y decir siempre cosas razonables.

13.  Por más inclinación que tengamos al silen­cio, siempre hay que desconfiar de uno mismo; y, si tuviésemos demasiado deseo de decir algo, a me­nudo eso mismo sería motivo suficiente para deci­dirse a no decirlo.

14. El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocul­tar algunas verdades, sin cubrirlas de mentiras.

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