De El discurso del método (Alianza Editorial, Madrid 2006, 197 págs., traducción, estudio preliminar y notas de Risieri Frondizi), obra cumbre de René Descartes y punto de inflexión en el pensamiento occidental, os dejo su demostración de la existencia de Dios. Su argumento principal se basa en que, del mismo modo en que la nada no puede producir cosa alguna, lo menos perfecto no puede producir lo más perfecto, y desde luego a mí me parece una argumentación de peso. Eso no quita para que encuentre a Descartes, y lo diré bajito ahora que nadie nos escucha, un plomo de siete suelas. Lo que me anima a traerlo aquí es la paradoja de que, aquellos que han puesto su granito de arena para establecer la visión desencantada del hombre moderno, que vive en un cosmos sin sentido ni finalidad cuando, curiosamente, dentro de sí existe una sed asfixiante de sentido, aquellos que han contribuido decisivamente a crear un ateo en el peor de sus sentidos, eran los más meapilas de su clase: Pico, Ficino, Darwin, Copérnico… Eso siempre me ha dado qué pensar: parece que el mundo ironiza al convertir sus legados filosóficos en la simiente de una visión del mundo que a ellos les repugnaría. Por cierto, he eliminado del texto las notas de Frondizi.
————————————–
Reflexioné después que, puesto que yo dudaba, no era mi ser del todo perfecto, pues advertía claramente que hay mayor perfección en conocer que en dudar, y traté entonces de indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos que tenía acerca de muchas cosas exteriores a mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no me preocupaba mucho el saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que me pareciese superior a mí, podía pensar que si eran verdaderos dependían de mi naturaleza en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran procedían de la nada, es decir, que estaban en mí por lo defectuoso que yo era. Mas no podía suceder lo mismo con la idea de un ser más perfecto que mi ser; pues era cosa manifiestamente imposible que tal idea procediese de la nada, y por ser igualmente repugnante que lo más perfecto sea consecuencia y dependa de lo menos perfecto que pensar que de la nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo. De suerte que era preciso que hubiera sido puesto en mí por una naturaleza que fuera verdaderamente más perfecta que yo y que poseyera todas las perfecciones de las que yo pudiera tener alguna idea, o lo que es igual, para decirlo en una palabra, que fuese Dios. A lo cual añadía que toda vez que yo conocía algunas perfecciones que me faltaban no era yo el único ser que existía (usaré aquí libremente, si parece bien, de los términos de la Escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiere otro ser más perfecto, de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto poseía. Pues si hubiera sido yo solo e independientemente de todo otro, de tal suerte que de mí mismo procediese lo poco que participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo también, por idéntica razón, todo lo demás que sabía que me faltaba, y ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente, poseer, en suma, todas las perfecciones que advertía que existen en Dios. Pues, según los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios, en cuanto la mía era capaz de ello, me bastaba considerar si era o no una perfección poseer las cosas de que en mí hallaba alguna idea, y seguro estaba de que ninguna de las que denotaban alguna imperfección estaba en él, mas sí todas las restantes. Y así notaba que la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas semejantes, no podían estar en Dios, puesto que yo me hubiera alegrado de verme libre de ellas. Tenía yo, además de esto, ideas de muchas cosas sensibles y corporales, pues aun suponiendo que soñaba y que todo lo que veía e imaginaba era falso, no podía negar, sin embargo, que tales ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero habiendo conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal y teniendo en cuenta que toda composición denota dependencia y que la dependencia es manifiestamente un defecto, deduje que no podría ser una perfección en Dios componerse de estas dos naturalezas y que, por tanto, Dios no era compuesto. En cambio, si en el mundo había cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen completamente perfectas, su ser debía depender del poder divino, de manera que sin él no podrían subsistir ni un solo momento.
Quise indagar luego otras verdades, y habiéndome propuesto considerar el objeto de los geómetras, al que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias figuras y tamaños, y ser movidas o traspuestas de muchas maneras, pues los geómetras suponen todo es en su objeto, repasé algunas de sus demostraciones más sencillas, y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a tales demostraciones se funda tan sólo en que se conciben de un modo evidente según la regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me garantizasen la existencia de su objeto; por que, por ejemplo, veía muy bien que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fueran iguales a dos rectos, mas no por eso veía nada que me asegurase que en el mundo hubiera triángulo alguno. En cambio, si volvía a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, hallaba que la existencia estaba comprendida en ella del mismo modo como en la idea de un triángulo se comprende que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o, en la de una esfera, el que todas sus partes sean equidistantes de su centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente, es por lo menos tan cierto que Dios, que es un Ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser cualquier demostración de geometría.
Pero si hay muchos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea Dios, y aun lo que sea el alma, es porque no elevan nunca su espíritu por encima de las cosas sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación, que es un modo de pensar particular para las cosas materiales, que lo que no es imaginable les parece ininteligible. [...]
Finalmente, si aún hay hombres a quienes las razones que he presentado no han convencido de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las demás cosas que acaso crean más seguras -por ejemplo, que tienen un cuerpo, que hay astros y una tierra y otras semejantes- son, sin embargo, menos ciertas. Porque si bien tenemos una seguridad moral de esas cosas tan grande que parece que, a menos de ser un extravagante, no puede nadie ponerlas en duda, sin embargo, cuando se trata de una certidumbre metafísica no se puede negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado que podemos asimismo imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y vemos otros astros y otra tierra sin que ello sea cierto, pues ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren durante el sueño son más falsos que los demás si con frecuencia no son menos vivos y precisos? Y por mucho que lo estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para desvanecer esta duda sin suponer previamente la existencia de Dios. (Págs. 109-113)
