Continuando con El pensamiento del corazón, prestemos ahora atención a los efectos positivos de desarrollar una visión estética y la influencia que esto tendría, según Hillman, en nuestro mundo.
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El hecho de cultivar la respuesta estética influirá en algunos de los aspectos de la civilización que más nos interesan en la actualidad, los cuales se han resistido en gran medida a cualquier interpretación psicológica. En primer lugar, una respuesta estética a los detalles haría considerablemente más lento nuestro trabajo. La necesidad de prestar atención a cada suceso nos quitaría nuestra hambre de sucesos, y esa misma ralentización del consumo afectaría a la inflación, al crecimiento desmesurado, a las defensas maniáticas y al expansionismo de la civilización. Tal vez los sucesos se aceleran más cuanto menos se los aprecia; tal vez los sucesos alcanzan dimensiones e intensidades tanto más catastróficas cuanto menos atención se les presta. Tal vez, a medida que los sentidos se refinan, se produce una reducción proporcional del gigantismo y del titanismo: gigantes y titanes, los eternos y míticos enemigos de la cultura.
La atención prestada a las cualidades de las cosas resucita el antiguo concepto de notitia como actividad primaria del alma. El término notitia hace referencia a la capacidad de formar conceptos verdaderos de las cosas mediante una atenta observación. De esta plena familiaridad depende el conocimiento. En la psicología profunda la notitia ha estado limitada por nuestra visión subjetiva de la realidad psíquica, de manera que la atención se ha refinado sobre todo en relación con los estados subjetivos. Esto se observa en el lenguaje que empleamos habitualmente para describir algo. Por ejemplo, cuando me preguntan «¿Cómo fue el trayecto en autobús?», yo respondo: «Espantoso, horrible, desesperante». Pero estas palabras me describen a mí, describen mis sentimientos, mi experiencia, no el viaje en autobús, que fue una sucesión de baches, volantazos, empujones y largas esperas en un ambiente tórrido y asfixiante. Aunque me haya fijado en el autobús y en el viaje, mi lenguaje traslada esta atención a una serie de nociones relativas a mí. El «yo» hace desaparecer el autobús, y mi conocimiento del mundo exterior se convierte en un resumen subjetivo de mis sentimientos.
Una respuesta estética requiere estos sentimientos pero no puede limitarse a ellos; debe regresar a la imagen. Y el camino de regreso al viaje en autobús requiere palabras que destaquen sus cualidades.
Desde la Ilustración, nuestros adjetivos han pasado de calificar el mundo a describir el yo: fascinante, interesante, aburrido, apasionante, deprimente; estas palabras desatienden las cosas que evocan estados subjetivos, e incluso esos estados han perdido la precisión de la imagen, de la metáfora y del símil. Para restituir el alma al mundo hay que conocer las cosas en ese sentido de notitia: relación íntima, conocimiento carnal. (Págs. 1669-169)