Cabalgando al Tigre

Sábado, 16 mayo, 2009

La pasión de la mente Occidental (II): la cosmovisión moderna

Archivado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 10:16 pm
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MediA continuación, en La pasión…, Tarnas compara la mentalidad del occidental de la Edad Media con la del hombre moderno, encontrando las raíces de esta “revolución” en el pensamiento griego (cómo no). No es que el autor haga ningún descubrimiento sorprendente, pero el compendio tiene interés: me parece de lo más claro y proporciona una visión de conjunto muy bien estructurada.

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1) En oposición al cosmos cristiano medieval, que no sólo era creado, sino que estaba gobernado, de manera continua y directa, por un Dios personal y activamente omnipotente, el universo moderno era un fenómeno impersonal regido por leyes  naturales regulares y comprensible en términos exclusi­vamente físicos y matemáticos. Dios había sido alejado, como creador y arquitecto, del universo físico, de modo que ya no era tanto un Dios de amor, milagro, redención o intervención histórica, sino inteligencia suprema y causa primera que había establecido el universo material y sus leyes inmutables para luego abstenerse de más actividad directa. Mientras que el cosmos medieval dependía continuamente de Dios, el cosmos moderno era más autónomo, con incremento de su propia realidad ontológica y disminución de cualquier realidad divi­na, trascendente o inmanente. La realidad divina residual no sostenida por la investigación científica del mundo visible acabó desapareciendo del todo. El orden que se encontraba en el mundo natural, otrora atribuido a la voluntad de Dios, que era también su garantía, se entendía ahora como resultado de regularidades mecánicas engendradas por la naturaleza sin finalidad superior alguna. Y mientras que según la visión cris­tiana de la Edad Media, sin la ayuda de la revelación divina a la mente humana le resultaba imposible comprender el orden del universo, que era sobrenatural en última instancia, para la visión moderna la mente humana era capaz, por sus propias facultades racionales, de comprender el orden, íntegramente natural, del universo.

2) El dualismo cristiano que insistía en la supremacía de lo espiritual y trascendente sobre lo material y concreto se había invertido en gran medida, pues el mundo físico se había con­vertido en foco predominante de atención para la actividad humana. La entusiasta acogida a este mundo y a esta vida como escenario en el que se desarrolla el drama humano reemplazó al tradicional menosprecio religioso de la existen­cia mundana como examen desgraciado y temporal en prepa­ración para la vida eterna. El dualismo cristiano entre espíritu y materia, Dios y mundo, dio lugar poco a poco al dualismo moderno de mente y materia, hombre y cosmos: una concien­cia subjetiva y personal frente a un mundo material objetivo e impersonal.

3) La ciencia sustituyó a la religión como principal autori­dad intelectual, como delimitadora, juez y guardiana de la cosmovisión cultural. La razón y la observación empírica humanas sustituyeron la doctrina teológica y la revelación bíblica como medio principal de interpretación del universo. Poco a poco, los dominios de la religión y la metafísica fueron arrinconados y se terminó por verlos teñidos por lo personal, subjetivo y especulativo, fundamentalmente distintos del conocimiento objetivo y público del mundo empírico. La fe y la razón se desgajaban definitivamente la una de la otra. Cada vez más, las concepciones que implicaban una realidad tras­cendente y fuera de la competencia del conocimiento humano eran consideradas meros paliativos de la naturaleza emocional del hombre, creaciones imaginativas estéticamente satisfacto­rias, supuestos heurísticos potencialmente válidos, bastiones necesarios de moralidad o de cohesión social, propaganda politicoeconómica, proyecciones psicológicamente motiva­das, ilusiones empobrecedoras de la vida, supersticiosas, impertinentes o carentes de significado. En lugar de la visión religiosa o metafísica, las dos bases de la epistemología mo­derna (el racionalismo y el empirismo) generaron sus conse­cuencias metafísicas: mientras que el racionalismo moderno sugería y terminaba por afirmar y basarse en la concepción del hombre como inteligencia máxima o última, el empirismo moderno hacía lo mismo respecto del mundo material, que concebía como realidad única y esencial. Humanismo secular y materialismo científico, respectivamente.

4) En comparación con la perspectiva clásica griega, el uni­verso moderno poseía un orden intrínseco, aunque no un orden que emanara de una inteligencia cósmica en la cual la mente humana pudiera participar directamente, sino más bien un orden empíricamente deducible de las regularidades mate­riales de la naturaleza con el mero uso de la mente humana. Tampoco se trataba de un orden que compartieran simultánea e inherentemente la naturaleza y la mente humanas, como lo habían entendido los griegos. El orden del mundo moderno no era un orden trascendente, unitario y ubicuo que informa­ra tanto la mente interna como el mundo exterior de manera tal que el reconocimiento de una de estas instancias significa­ra necesariamente el conocimiento de la otra. Por el contrario, los dos reinos (el de la mente subjetiva y el del mundo objeti­vo) eran fundamentalmente distintos y operaban sobre la base de principios diferentes. Fuera cual fuese el orden que se per­cibiera, sólo era el reconocimiento de las regularidades natu­rales inmanentes (o, después de Kant, un orden fenoménico constituido por las propias categorías de la mente). La mente humana era concebida como separada del resto de la naturale­za y superior a ella. El orden de la naturaleza era exclusiva­mente inconsciente y mecánico. El universo no estaba dotado de inteligencia consciente o de finalidad; sólo el hombre po­seía esas cualidades. La racionalidad potenciaba la capacidad para manipular las fuerzas impersonales; los objetos materia­les de la naturaleza se convertían en paradigma de la relación humana con el mundo.

5)  En contraste con el énfasis implícito de los griegos en una multiplicidad integrada de modos de conocimiento, el orden del cosmos moderno, en principio, sólo era comprensible por la facultad racional y la facultad empírica del hombre, mientras que otros aspectos de la naturaleza humana (emocio­nales, estéticos, éticos, volitivos, relaciónales, imaginativos o epifánicos) se consideraban, en general, como irrelevantes para la comprensión objetiva del mundo o factores de distor­sión. El conocimiento del universo era, ante todo, una cues­tión de sobria investigación científica impersonal, y su éxito (cuando ocurría) no consistía en una experiencia de liberación espiritual (como en el pitagorismo y el platonismo), sino en el poder intelectual y el progreso material.

6) Mientras que la cosmología de la época clásica era geo­céntrica, finita y jerárquica, con los cielos circundantes como lugar de las fuerzas arquetípicas trascendentes que definían la existencia humana e influían en ella de acuerdo con los movi­mientos celestes, y mientras que la cosmología medieval man­tuvo la misma estructura general, sólo que reinterpretada de acuerdo con el simbolismo cristiano, la cosmología moderna postulaba una Tierra planetaria en un espacio infinito neutral, con la total eliminación de la dicotomía tradicional entre lo celeste y lo terrestre. Los cuerpos celestes eran movidos por las mismas fuerzas naturales y mecánicas que los cuerpos terrestres, y estaban compuestos por las mismas sustancias materiales. Con la caída del cosmos geocéntrico y el surgi­miento del paradigma mecánico, la astronomía acabó por separarse de la astrología. En oposición tanto a la cosmovisión antigua como a la medieval, los cuerpos celestes del universo moderno no poseían significado sagrado o simbólico. No existían para el hombre, para iluminar su camino ni para dar sentido a su vida, sino que eran, lisa y llanamente, entes mate­riales cuyo carácter y movimientos se debían por entero a principios mecánicos sin ninguna relación especial con la exis­tencia humana ni con ninguna realidad divina. Todas las cua­lidades específicamente humanas o personales que en otro tiempo se habían atribuido al mundo físico exterior pasaron a considerarse ingenuas proyecciones antropomórficas y que­daron eliminadas de la percepción científica objetiva. De forma análoga, todos los atributos divinos pasaron a ser con­siderados efectos de la superstición primitiva y de la ingenui­dad, por lo cual se los eliminó del discurso científico serio. El universo no era personal, sino impersonal; las leyes de la natu­raleza no eran sobrenaturales, sino naturales. El mundo físico no poseía ninguna clase de significado oculto ni era la expre­sión visible de realidades espirituales, sino pura y opaca mate­rialidad.

7) Con la integración de la teoría de la evolución y la mul­titud de consecuencias que de ella se derivaron en otros cam­pos, la naturaleza y el origen del hombre, así como la dinámi­ca de las transformaciones de la naturaleza, fueron atribuidas exclusivamente a causas naturales y a procesos empíricamen­te observables. Lo que Newton había llevado a cabo en terre­no del cosmos físico, Darwin, basándose en los progresos que se habían producido en geología y biología (y más tarde con la ayuda del trabajo de Mendel en genética), lo realizó en el ámbito de la naturaleza orgánica.’ Así como la teoría newtoniana había establecido la nueva estructura y extensión de la dimensión espacial del universo, la teoría darwiniana estable­ció la nueva estructura y extensión de la dimensión temporal de la naturaleza, tanto en la magnitud de su duración como en su condición de escenario de transformaciones cualitativas en la naturaleza. Así como el movimiento planetario de New­ton se entendía sobre la base de la inercia y se definía en fun­ción de la gravedad, con Darwin la evolución biológica fue entendida a partir de la variación al azar y definida por la selección natural. Así como la Tierra fue desplazada del cen­tro de la creación para convertirla en un planeta más, así se desplazaba ahora al hombre del centro de la creación para convertirlo en un animal más.

Si bien la evolución darwiniana fue una continuación, una aparente reivindicación final del impulso intelectual que se había establecido durante la Revolución Científica, también implicó una quiebra significativa del paradigma clásico de dicha revolución. En efecto, al reconocer en la naturaleza el cambio, la lucha y el desarrollo incesantes e indeterminados, la teoría evolucionista dio pie a un alejamiento fundamental de la armonía regular, ordenada y previsible del mundo cartesiano-newtoniano. Al hacerlo, el darwinismo fomentó las consecuencias secularizadoras de la Revolución Científica y acabó de romper el vínculo de esa revolución con la perspectiva judeocristiana tradicional, pues el descubrimiento cientí­fico de la mutabilidad de las especies contradecía el relato bíblico de una creación estática en cuyo centro, como culmi­nación sagrada, había sido deliberadamente colocado el hom­bre. No era ya tan seguro que el hombre proviniera de Dios como que descendiera de formas inferiores de primates. La mente humana no era una facultad divina, sino un instrumen­to biológico. La estructura y el movimiento de la naturaleza no eran el resultado del designio benevolente y la finalidad de Dios, sino de una lucha amoral, azarosa y brutal por la super­vivencia en la que el éxito no correspondía al virtuoso, sino al adaptado. El origen de las transformaciones de la naturaleza no era ya Dios ni un Intelecto trascendente, sino la naturale­za misma. El proceso de la vida no estaba dominado por las formas teleológicas aristotélicas ni por la Creación finalista de la Biblia, sino por la selección natural y el azar. El primitivo concepto moderno de Creador impersonal que había produ­cido un mundo plenamente formado y eternamente ordenado para dejarlo luego abandonado a sí mismo (es decir, el último pacto de compromiso entre la revelación judeocristiana y la ciencia moderna) retrocedía ante una teoría naturalista y diná­mica del origen de las especies y de todos los otros fenómenos naturales. Seres humanos, animales, plantas, organismos, ro­cas y montañas, planetas y estrellas, galaxias, el universo ente­ro podía entenderse ahora como el resultado de la evolución de procesos completamente naturales.

En estas circunstancias, la creencia en que el universo esta­ba teleológicamente diseñado y regulado por la inteligencia divina, creencia básica tanto de la cosmovisión griega clásica como de la cristiana, resultaba cada vez más cuestionable. La doctrina cristiana de la intervención divina de Cristo en la his­toria humana (la Encarnación del Hijo de Dios, el Segundo Adán, la Inmaculada Concepción, la Resurrección, la segun­da venida) parecía improbable en el contexto de una evolución darwiniana absolutamente orientada a la supervivencia en un vasto cosmos newtoniano. Igualmente improbable era la exis­tencia de un dominio metafísico intemporal de Ideas platóni­cas trascendentes. En la práctica, todas las cosas del mundo empírico parecían explicables sin necesidad de recurrir a una realidad divina. El universo moderno era un fenómeno pura­mente secular. Además, se trataba de un fenómeno secular en permanente cambio y autocreación, no de una finalidad de construcción divina y con una estructura estática, sino de un proceso en despliegue que carecía de meta absoluta y de cual­quier fundamento absoluto distinto de la materia y sus per­mutaciones. Si la naturaleza era la única fuente de dirección evolutiva, y si el hombre era el único ser consciente y racional en la naturaleza, el futuro del hombre estaba en sus propias manos.

8) Por último, en oposición a la cosmovisión medieval, se afirmaba radicalmente la independencia del hombre moderno -intelectual, psicológica, espiritual- en detrimento de toda creencia religiosa o estructura institucional que inhibiera el derecho natural del hombre, su capacidad para llevar una exis­tencia autónoma y su expresión individual. Mientras que para el cristiano medieval el fin del conocimiento era obedecer mejor la voluntad de Dios, para el hombre moderno era el de subordinar la naturaleza a la voluntad humana. Se revisó la doctrina cristiana de la redención espiritual basada en la ma­nifestación histórica de Cristo y su apocalíptica segunda veni­da a fin de hacerla coincidir con el progreso de la civilización humana bajo la providencia divina, que se imponía al mal a través de la razón que Dios había dado al hombre, para luego esta doctrina dejar paso a la creencia en que la razón natural y los logros científicos del hombre harían progresivamente real una utópica era secular marcada por la paz, la sabiduría racio­nal, la prosperidad material y el dominio humano de la natu­raleza. El sentido cristiano del Pecado Original, la Caída y la culpa humana colectiva retrocedían ante una afirmación opti­mista de desarrollo humano y ante el triunfo final de la racio­nalidad y la ciencia sobre la ignorancia, el sufrimiento y los males sociales de los hombres.

Mientras que la cosmovisión griega clásica había puesto el énfasis en que la meta de la actividad intelectual y espiritual del hombre era la unificación esencial (o la reunificación) del hombre con el cosmos y su inteligencia divina, y mientras que la meta cristiana era reunir al hombre y el mundo con Dios, la meta moderna era crear para el hombre la mayor libertad posible, tanto de la naturaleza como de las opresoras estructuras políticas, sociales o económicas, de las restrictivas creencias metafísicas o religiosas, de la Iglesia, del Dios judeocristiano, del estático y finito cosmos aristotélico-cristiano, del escolas­ticismo medieval, de las antiguas autoridades griegas y de todas las concepciones primitivas del mundo. Al dejar atrás la tradición, generalmente en favor del intelecto humano autó­nomo, el hombre moderno se independizó, decidido a descu­brir los principios operativos de su nuevo universo, a explo­rar y expandir más aún sus nuevas dimensiones y a completar su realización secular.

[…]

El pensamiento clásico griego había suministrado a la Europa del Renacimiento la mayor parte del bagaje teórico que necesitaba para producir la Revolución Científica: la intuición griega inicial de un orden racional en el cosmos, las matemáticas pitagóricas, el problema de los planetas tal como lo define el platonismo, la geometría euclidiana, teorías cos­mológicas alternativas que postulaban una Tierra móvil, la exaltación neoplatónica del Sol, el materialismo mecanicista de los atomistas, el esoterismo hermético y el fundamento subyacente de empirismo, naturalismo y racionalismo aristo­télico y presocrático. Sin embargo, el carácter y la dirección de la mentalidad moderna eran tales que esta última negaba cada vez con mayor firmeza a los antiguos la condición de autoridades científicas o filosóficas, al tiempo que menospreciaba la cosmovisión antigua como primitiva e indigna de ser tomada en serio. La dinámica intelectual que provocaba esta discontinuidad era compleja y, a menudo, contradictoria (Págs. 360-368)

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