Cabalgando al Tigre

Viernes, 16 Mayo, 2008

Fausto, de Goethe (y IV): Algunas citas

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Por último, y terminando ya con Fausto, os dejo algunas citas que me han gustado espigadas de aquí y de allá. Confío en que alguna os sirva de soporte para la reflexión o, cuando menos, para que esbocéis una sonrisa.

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FAUSTO

¡Cuánto tarda en disiparse la esperanza en la cabeza de quien se aferra a bagatelas y, escarbando curiosamente en busca de tesoros, se siente feliz si encuentra lombrices! (Pág. 67)

FAUSTO

Misteriosa en pleno día, la naturaleza no se deja quitar el velo, y lo que ella no muestra a tu espíritu no lo puedes forzar tú con palancas y tornillos.  (Pág. 69)

FAUSTO

Lo que se necesita no se sabe, lo que se sabe no se puede usar. (Pág. 79)

MEFISTÓFELES

El sentido de la Medicina es fácil de entender. Ella estudia el mundo grande y el pequeño para, finalmente, dejar que todo vaya como Dios quiera. (Pág. 102)

MEFISTÓFELES [que, contando una historia, pone estas palabras en boca de un cura al que se le ofrecen unos bienes de dudosa procedencia]

La Iglesia tiene buen estómago, ha devorado países enteros y nunca se ha empachado hasta ahora. Sólo la Iglesia, estimadas señoras, puede digerir bienes injustos. (Pág. 131)

FAUSTO

¡Ah, mi preferida! Créeme, lo que se toma por inteligencia suele ser vanidad y tontería. (Pág. 140 )

MEFISTÓFELES

Cuando un imbécil no ve la salida se imagina que todo ha concluido. (Pág. 148 )

OBERÓN

Para que dos se amen, basta con separarlos (Pág. 175)

MEFISTÓFELES

Estos idiotas nunca entenderán cómo van encadenados méritos y suerte. Si tuvieran la piedra filosofal, a la piedra le faltaría el filósofo. (Pág. 203 )

FAUSTO

Por muy caro que le haga pagar el sentimiento el mundo, es en la emoción donde el hombre alcanza a intuir lo inconmensurable. (Pág. 238 )

MEFISTÓFELES

Ésta es la pequeña alma, psique con sus alas, si la priváis de ellas, queda convertida en un mísero gusano. (Pág. 404)

Viernes, 9 Mayo, 2008

Fausto, de Goethe (III): la creación del homúnculo

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:15 am
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Continuando con Fausto, os dejo ahora el magnífico pasaje en el que Wagner, desafiando a la Naturaleza, trata de crear un hombre y obtiene un remedo diabólico. Este fragmento está cargado de misterios y expresiones sugerentes.

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LABORATORIO

(AI estilo de la Edad Media, lleno de enormes y toscos aparatos con fines fantásticos.)

Wagner (Junto al fogón.)

Suena la campana, la terrible, su tañido resuena en los muros llenos de hollín. La incertidumbre no puede durar más tiempo, ya las oscuridades se aclaran; en el fondo de la redoma empieza a estar incandescente el carbón enrojecido, parece el más magnífico de los carbunclos y despide destellos a través de la oscuridad. Aparece una luz clara y blanca. Ah, ¡que no lo pierda otra vez! Oh, Dios, ¿qué produce ese ruido en la puerta?

Mefistófeles (Entrando.)

¡Saludos!, es con buena intención.

Wagner (Con miedo.)

¡Salud a la estrella de esta hora (1)! Pero callad y contened la respiración. Esta a punto de consumarse una gran obra.

Mefistófeles (Más bajo.)

¿Qué esta ocurriendo?

Wagner (Mas bajo aún.)

Se esta dando forma a un ser humano.

Mefistófeles

¿A un hombre? Y ¿a qué pareja de enamorados has metido en el hueco de la chimenea?

Wagner

¡Dios me libre! Declaro que el estilo antiguo de procrear es una vana necedad. El delicado punto del que brotaba la vida, la suave fuerza que surgía del interior, recibía y daba, para darse forma a si misma y asimilarse primero a lo más cercano y luego a lo extraño, esta ya privado de su dignidad. Aunque el animal todavía se solaza con ello, el hombre, mucho mejor dotado, ha de tener en el futuro un origen más no­ble y más elevado. (Volviéndose hacia el fuego del horno.) ¡Ved como brilla!… Ahora sí que se puede confiar en que, por la mezcla de cientos de ingredientes -pues esto es una mezcla-, compondremos la materia humana, la encerraremos herméticamente en un alambique y la destilaremos en su justa medida. Así, serenamente, la obra habrá sido culminada. (Volviéndose hacia el fuego del horno.) ¡Todo va saliendo! La masa se va aclarando, mi convicción se confirma cada vez más. Aquello que se considera secreto en la naturaleza, voy a probarlo de modo racional, con osadía, y lo que ella antes organizaba por su cuenta, ahora lo voy a hacer cristalizar (2).

Mefistófeles

Aquel que ha vivido mucho, ha tenido muchas experiencias. No puede encontrarse con nada nuevo en este mundo. En mis anos de viaje he visto ya muchos pueblos cristalizados.

Wagner (Siempre muy atento a la redoma.)

Esto sube, centellea, se conglomera; en un momento estará hecho. Un gran proyecto siempre parece al principio obra de un demente, pero riámonos del azar, un cerebro que puede pensar bien, creará con el tiempo un pensador. (Observando entusiasmado la redoma.) Una suave fuerza hace que resuene el vidrio; se enturbia, se aclara, por lo tanto tiene que surgir. Ya veo un hombrecito moviéndose graciosamente. ¿Qué más queremos?, ¿que más nos exige el mundo? El misterio ha sido desvelado y está a plena luz. Prestad oídos a este sonido, se va a convertir en voz, se va a hacer lenguaje.

Homúnculo (Dirigiéndose a WAGNER desde la redoma.)

¿Qué tal, papaíto? Ya veo que no ha sido una broma. ¡Ven y abrázame con ternura contra tu pecho!, pero no lo hagas muy fuerte, no sea que se rompa el vidrio. Fijaos en la naturaleza de las cosas: mientras a lo natural ni siquiera parece bastarle el mundo, lo artificial solo requiere un reducido espacio. (A Mefistófeles.) Primo, ¿te ha dado por llegar en el momento justo, eh, sinvergüenza?; te lo agradezco. La buena suerte te ha traído aquí con nosotros. Ya que existo, he de mostrarme ac­tivo. Quiero afanarme enseguida a trabajar. Tú eres capaz de acortarme el camino.

Wagner

¡Sólo una palabra! Hasta hoy tuve que avergonzarme, pues los viejos y los jóvenes me atormentaban con problemas. Por ejemplo, nadie ha podido entender cómo el alma y el cuerpo, compenetrándose tan bien y estando tan estrechamente unidos que al parecer nadie puede separarlos, estén siempre amargándose mutuamente la vida. Además…

Mefistófeles

¡Alto ahí! Yo preferiría preguntar: ¿por qué el marido y la mujer se llevan tan mal? Esto, amigo mío, nunca llegarás a aclararlo. Aquí hay mucho que hacer, y trabajar es precisamente lo que quiere el pequeño. (Págs. 256-258 )

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(1) Aquí Wagner conmina a Mefistófeles a rendir pleitesía a la constelación que en ese momento hay en el cielo y es la propicia para el experimento que esta realizando.

(2) Este extraño uso de «cristalizar» alude a la formación sintética de materia orgánica a partir de la inorgánica.

Viernes, 2 Mayo, 2008

Fausto, de Goethe (II): la angustia del buscador

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:24 pm

Aquí os dejo un breve párrafo de Fausto que describe magistralmente la angustia del buscador: Fausto recuerda cómo su desesperación ante un mundo que se negaba a abrirse ante él, por mucho sacrificio y dedicación que dedicaba a su estudio, es lo que le llevó a entregar su alma al diablo.

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FAUSTO

Podrías ahorrarte esas palabras, pues esto me huele a cocina de bruja, a una época lejana del pasado. ¿No he tenido que entrar en contacto con el mundo? ¿No he tenido que aprender lo que es el vacío y enseñar el vacío? Cuando me parecía hablar razonablemente, la contradicción resonaba con redoblada fuerza; por eso, ante tanta contradicción, tuve que huir hacia la soledad, hacia lo no transitado, y para no estar completamente solo tuve que entregarme al diablo. (Pág. 236)

Domingo, 27 Abril, 2008

Fausto, de Goethe (I): la aparición del papel moneda

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 12:41 am

Bueno, pues en ésta y sucesivas entradas os dejaré algunos fragmentos del Fausto, de Goethe, Ed. Espasa Calpe colección Austral Teatro, Madrid 2007 (5ª edición), 418 págs. De la edición poco que decir: el archiconocido formato de Austral, y en cuanto al contenido… pues qué queréis que os diga, la verdad es que a mí me ha decepcionado: esperaba, permitidme la ambigüedad, “más”. Desde luego, no me refiero al aspecto literario, del que no sabría qué decir, sino a la sensación de que Goethe no le saca todo el partido del que es susceptible la temática en lo que respecta a su profundización en la naturaleza humana. Eso sí, está cuajada de frases agudas, muchas dignas de convertirse en apotegmas. En cualquier caso hay algunos fragmentos que me han parecido magníficos; he aquí la deliciosa e hilarante creación del papel moneda, invento, cómo no, de Mefistófeles. Que lo disfrutéis, amigos.

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Canciller (Que viene avanzando despacio.)

Bastante contento estoy en mi vejez. Oíd y ved este papel fatídico que ha transformado la pena en dicha. (Lee.) «Para todo aquel que le concierna, sépase que este billete tiene valor de mil coronas. Como garantía lleva en prenda un sinfín de tesoros enterrados en territorio imperial. Se ha ordenado, que una vez extraídos, se canjeen por aquel».

Emperador

Presiento que aquí se ha cometido un crimen, una monstruosa farsa. ¿Quién falsificó aquí la firma del Emperador? ¿Ha de quedar impune ese delito?

Tesorero

Recuerda que tú mismo esta noche lo firmaste. Hacías el papel de gran Pan y el Canciller se acerco a ti acompañado de nosotros. «Asegúrate el gran placer de la fiesta, procura el bienestar del pueblo con unos pocos trazos de pluma». Firmaste con claros trazos y esa misma noche los grabadores lo imprimieron a miles. Para que el beneficio llegara a todos por igual, timbramos la serie entera enseguida. Ya tenemos dispuestos los billetes de diez, de treinta, cincuenta y cien. No sabéis el bien que se le ha hecho al pueblo. Recuerda como estaba antes tu ciudad enmohecida por la muerte y ve como, ahora, todo vive y bulle alegremente. Aunque tu nombre ya reportaba alegría a todo el mundo, nunca ha sido hasta hoy mejor considerado. Ahora el alfabeto está de más, con este signo todo el mundo es feliz.

Emperador

¿Y mi gente lo acepta como si fuera oro? ¿A la corte y el ejército les sirve de paga? Aunque me extraña, he de dejar que esto siga adelante.

Senescal

Estos papeles no podrían frenarse; se han diseminado con la rapidez del rayo. Las casas de cambio están abiertas día y no­che y en ellas se hace honor a cada papel con oro y plata, aun­que, es cierto, con descuento. De allí se va entonces al carnicero, al panadero y a la bodega. La mitad del mundo parece solo pensar en festines y el otro medio presume con su traje nuevo. El pañero corta tela, el sastre cose. Al grito de «Viva el Emperador» mana el vino en las bodegas, allí se asa, se cuece y se hace chascar los platos.

Mefistófeles

Quien a solas pasea por las terrazas percibe a la mujer más bella magníficamente ataviada, con uno de sus ojos cubiertos por un soberbio abanico de plumas de pavo real. Nos sonríe y con la vista sigue uno de esos billetes que, con más rapidez que todo ingenio y elocuencia, nos darán los mejores dones del amor. No habrá ya que torturarse acarreando bolsas ni talegas, es fácil llevar un papelito en el pecho y este hace muy buena pareja con los billetes amorosos1. El sacerdote lo lleva en el breviario con piedad, y el soldado, para gastarlo con más presteza, se desabrocha rápido el cinturón prieto a sus riñones. Perdone, su Majestad, si parezco rebajar su obra y presentarla insignificante.

FAUSTO

La abundancia de tesoros que permanecen intactos y enterrados en vuestras tierras, yacen sin utilizarse. El pensamiento de más alcance resulta miserablemente limitado al tratar de concebir tal riqueza. La fantasía en su más alto vuelo se esfuerza y no lo logra nunca. Con todo, los espíritus dignos de contemplar lo profundo confían ilimitadamente en lo ilimitado.

Mefistófeles

Un papel de esos, en lugar del oro y las perlas, es tan cómodo. Con ellos se sabe lo que se tiene. No hacen falta ni regateos ni cambios para embriagarse de vino y de amor. Si se quiere me­tal, siempre hay cambistas. Si éste falta, se cava durante un tiempo. Las copas y las cadenas se ofertan en subasta y el papel se amortiza para vergüenza del escéptico, que se ríe de nosotros. Nada es mejor en cuanto uno se ha acostumbrado. Desde hoy en las tierras del imperio habrá suficientes joyas, oro y papel.

Emperador

Mi imperio te agradece este alto bien. Si es posible, mi premio será de igual valor que tu servicio. Te confío el subsuelo del im­perio; serás un digno custodio de los tesoros. Conoces su riqueza grande y bien guardada y, siempre que se cave, se hará siguiendo tus consejos. Poneos de acuerdo, encargaos de nuestros tesoros, desempeñad con alegría las responsabilidades de vuestro cargo, donde felizmente se unen el mundo superior y el de abajo.

Tesorero

No tendremos entre nosotros ni la más mínima disputa. Me gusta el hechicero de colega. (Sale con Fausto.) (Págs. 230-233)

 

1 No hay que confundir los billetes de curso corriente, cuya recepción en el mundo moderno es magistralmente descrita por Goethe en esta escena del Jardín de recreo, y los billetes, cartas breves de tipo amoroso en las que se comunicaban afectos y por las que se concertaban citas. Aquí el autor se refiere a como los tratos de amor venal resultaran ahora, con el papel moneda, mucho más sencillos.

Viernes, 4 Abril, 2008

Espiritualidad Creativa (IV): tres formas de Perennialismo

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 6:08 pm

perennialismo.jpgAquí os dejo una aclaración que me ha enviado Ferrer sobre su libro: la escribió hace ya años (la primera edición del mismo tiene ya unos diez) para sus alumnos de un seminario de doctorado sobre misticismo comparado. Perdonad que esté en inglés, amigos, pero creo que es interesante dentro del intercambio de ideas suscitado.

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Some Sources of Transpersonal Perennialism

Jorge N. Ferrer

There are many forms of universalism, and not all of them fall into the problems I identified in Revisioning Transpersonal Theory.  We could distinguish among: (1) ancient or primordial universalism; (2) the philosophical synthesis of the Renaissance; and (3) modern religious perennialism.

The first emerged in a “pre-interreligious encounter” era and can be found, for example, in the Hindu intuition of “sanathana dharma” (eternal religion) or the prisca theologia of the Greek pre-Platonics (like Pythagoras, Hermes, or Zoroaster).  To my knowledge, no explicit claim to encompass other religious traditions can be found here. 

The second is the philosophical-religious synthesis of the Renaissance, which attempted to unify Christian doctrine and certain influential trends of Greek philosophy. We can find this attempt in Philo of Alexandria, and later on in Ficino, Leibniz, Steuco, and others. To my knowledge, no explicit claim to encompass other religious traditions can be found here either, but simply a claim to be returning to an original and forgotten Truth thanks to the power of both reason and imagination.

The third-the one that was the focus of my critique-is implicitly or explicitly a meta-reading of competing religious traditions, which hides an apologetic claim for the superiority of one’s own tradition.  To be sure, there are Christian versions of this move-for example, in the Christian claim that the rest of religious practitioners are “anonymous Christians”-but the sources that had a direct or indirect influence on transpersonal perennialism are the following three:

(1) Neo-Hindu, which was inaugurated with Ramohan Roy’s seminal paper, “The Universal Religion” (1823), written as a response to the Christian claim of universalism and superiority. Neo-Hinduism became popular in the West in the hands of Ramakrishna and Swami Vivekananda (who introduced it to Western academic and religious circles in the 1893 World Parliament of Religion).

What characterizes Neo-Hinduism is a reinterpretation of “sanathana dharma” as including and/or anticipating all religions, as well as an emphasis on religious experience (anubhava) as the basis to know the nondual truth of Atman=Brahman. This emphasis did not exist in classic Hinduism, which always emphasized the authority of the Vedas (sruti) and was highly skeptical of the epistemological reliability of spiritual experiences. The many contradictions and hidden intolerance of Neo-Hinduism are well known-for example, in their claim that Buddhism is a degeneration of Hinduism (see Halbfass’s India and Europe and Tradition and Reflection, for some of the most documented analyses of these problems).

In any event, Neo-Hindu thinkers influenced the so-called British Orientalists, such as Isherwood and Huxley, and Huxley’s popularization of perennialist ideas was in turn one of the main sources of transper­sonal perennialism.  The other important Neo-Hindu influence upon transpersonalism (especially upon Wilber) came through Sri Aurobindo, who added an evolutionary twist to Neo-Hindu universalism (the possible perennialism of Chaudhuri is more controversial).

(2) Traditionalist (Sufi-like) is arguably a more sophisticated perennialism than the Neo-Hindu one (especially as defended by Nasr), but prey to similar problems.  In addition to my critique in Revisioning, for a lucid illustration of some of these problems, see the recent paper by Sally King [King, S. B. (2001). The philosophia perennis and the religions of the world. In L. E. Hahn, R. E. Auxier & W. Stone (Eds.), The philosophy of Seyyed Hassein Nasr (pp. 203-20). The Library of Living Philosophers, Vol. XXVIII. Chicago: Open Court.]. This school originated in the writings of Guenon and Coomaraswamy (who, by the way, was a critic of Neo-Hinduism) and was later popularized by Schuon, the intellectual mentor of both Nasr and H. Smith.

We owe to this school the distinction between esoteric and exoteric religion, as well as an emphasis on the Intellect (in contrast to experience, at least according to H. Smith) as the epistemological ground to anchor its universalist claims. Transpersonalists have ignored the intellectualist claim, but the esoteric/exoteric distinction, as well as many other traditionalist claims, tenets, and arguments heavily influenced the writings of transpersonal authors like Grof or Wilber (especially the latter).

(3) Buddhist Modernist, which can be found in the Kyoto School, the neo-vipassana movement, and, especially influential to transpersonalists, in D. T. Suzuki’s reinterpretation of satori as the universal religious experience common to all traditions. As is well known, this reinterpretation influenced Maslow’s equation of the peak-experience with a supposedly universal religious experience-another claim that entered transpersonal assumptions and interpretations.

It is this third, modern type of perennialism (from the above three sources, Neo-Hindu, Traditionalist, and Buddhist Modernist) that was the target of my criticisms in Revisioning.  Essentially, I see modern (and transpersonal) perennialism as a reification of spiritual universalism consistently carried out with the (often hidden, at times perhaps even unconscious) apologetic intention of showing the ultimate superiority of one’s tradition or spiritual choice. Since in Revisioning I was addressing modern forms of perennialism (and transpersonal ones, to be more specific), I overlooked mentioning the fact that there may well be mystics across traditions that hold their universal intuitions in a different way, perhaps like the ancient ones or in the way I attempted to hold them in my book-that is, a way that fully honors the universal intuitions of other traditions without attempting to assimilate or reduce them.

In any event, I can perfectly understand how my strong emphasis on the plurality of spiritual universes and liberations may distract the reader from the fact that I simultaneously hold a “more relaxed” spiritual universalism (as I described on pp. 189-91).  Thus, in a way, I could even be called a crypto-perennialist! Although Wilber and others, arguably due to deep-seated habits of absolutist/objectivist thinking, may see in my position just another system competing for supremacy in a self-contradictory fashion, I personally experience my stance more pragmatically and existentially. That is, not as a system that can be absolutely or objectively posited upon others, but as a way of approaching and engaging the diversity of traditions and religious people which can be perhaps said to be more attuned to the standpoint of Spirit without falling into reifications or self-contradictions.

Sábado, 9 Febrero, 2008

Realidad daimónica (y X): la muerte de Sigfrido o el viaje de un chamán moderno

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 12:23 pm

sigurd.jpg

En la última entrega de la Realidad daimónica, Harpur nos habla (de nuevo) de Jung, al que considera un chamán moderno. Es de considerar el hecho de que Jung, en sus fantasías, siempre viaja “hacia abajo”, nunca se eleva; Harpur dice que ése es el camino de chamán, inverso al del místico, que asciende, aunque esto no me convence. El hecho de que descienda es sin duda una pista simbólica de que sus viajes se realizaban por lo que Guenón denominaba los “bajos fondos” del alma. Aquí, sin disminuir la valentía y valor del (peligrosísimo) camino de Jung, soy más de la opinión de la escuela Tradicional a este respecto: mucho mejor el viaje hacia arriba, aunque es cierto que éste no se puede realizar sin la previa “bajada a los infiernos”, viaje a las profundidades que describe magistralmente Dante en su Divina Comedia, en el que, de nuevo citando a Guenón de memoria, se deben agotar las posibilidades inferiores del individuo de modo que no interfieran en el posterior ascenso. De todos modos, sus fantasías son fascinantes; aquí os dejo dos de las más importantes, con los comentarios de Harpur.

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«Los griegos, según me ha contado cierto estudioso, consideraban que los mitos son las actividades de los Dáimones, y que los Dáimones dan forma a nuestros caracteres y nuestras vidas. A menudo he tenido la fanta­sía de que hay un mito para cada hombre y que, si lo conociéramos, nos permitiría entender todo lo que éste hizo y dijo.»

Puede que donde mejor ejemplificada quede esta observación de Yeats sea en mi último relato de viajes ultramundanos, que describe de manera gráfica el carác­ter intercambiable de la mitología y la psicología profun­das. Nos incumbe en especial porque describe la inicia­ción de un hombre del siglo XX en esa visión más antigua y daimónica que, como he estado insistiendo, es esencial para la correcta comprensión de apariciones y visiones. El hombre en cuestión era científico y médico -muy ins­truido, por ejemplo, en la psicología más novedosa-, aunque también resultó ser el equivalente moderno y europeo de un chamán, a quien habían sucedido aconte­cimientos paranormales desde la infancia. Esto le había llevado a fijarse, cosa poco habitual en un científico, en la realidad daimónica (o, tal como la concebía él, la psique inconsciente) en general y en los sueños en particular.

En octubre de 1913, este chamán moderno, que por entonces contaba treinta y ocho años, estaba viajando solo cuando de pronto se apoderó de él «una visión apa­bullante». Vio una inundación brutal que anegaba las tierras bajas entre el mar del Norte y los Alpes, dejando tras de sí «los escombros flotantes de la civilización» y miles y miles de cuerpos ahogados. Luego, todo el mar se volvió sangre. La visión duró cerca de una hora y lo dejó aturdido, angustiado y avergonzado de su propia debili­dad. Se le ocurrió que la visión podía ser profética y apuntar a algún tipo de trastorno social; pero, dado que no podía imaginarse tal cosa, llegó a la conclusión de que tendría que ver algo con él: la amenaza de una psicosis inminente. El tema apocalíptico de su visión tuvo conti­nuidad en la primavera de 1914, cuando tuvo tres sueños en que un maremoto del ártico helaba las tierras y mata­ba todo lo verde. Al estallar la Primera Guerra Mundial el 1 de agosto, casi se sintió aliviado. Parecía que, después de todo, su visión no tenía que ver tanto con su propio estado como con la situación de Europa.

No obstante, era como si el destino del continente estuviera inextricablemente ligado al de su estado psíqui­co, como si él fuera un pararrayos para esta tormenta. Empezó a verse asediado por un flujo incesante de lo que él llamaba fantasías para referirse a imágenes espontá­neas, autónomas y muy poderosas, surgidas de las pro­fundidades del inconsciente y que se presentaban con claridad visionaria. «Me encontraba impotente ante un mundo ajeno», escribió. «Todo en él parecía diferente e incomprensible. Vivía en un estado de tensión constante (…). Cuando padecía esos asaltos del inconsciente, sentía la extraña convicción de estar obedeciendo a una volun­tad más elevada». A causa de ello, decidió enfrentarse a las fantasías, examinarlas y dejar «que las voces interiores hablaran de nuevo». Pero a veces eran tan apabullantes que su temor a ser engullido por la psicosis se reavivó. Practicaba yoga para mantener las imágenes bajo con­trol…, pero sólo hasta que estaba lo bastante calmado como para hacer frente una vez más a la salva de imáge­nes que brotaban de su psique, pues sencillamente era consciente del peligro de disciplinas orientales como la meditación y el yoga, que pretenden eliminar o trascen­der las emanaciones de la Imaginación, convirtiéndose así en un nuevo tipo de represión al negar la vida de las imágenes.

La tarea que se había impuesto requería algo más que ejercicios espirituales. También exigía una fuerza hercú­lea (él la llamaba «demoníaca»). Sólo mediante un tre­mendo esfuerzo del ego heroico podía contener la marea sangrienta de la locura. Aparte de esta fuerza bruta de voluntad, su otra defensa era la distancia científica. «Desde el principio», escribió, «he concebido mi con­frontación voluntaria con el inconsciente como un expe­rimento científico que yo mismo estaba llevando a cabo y en cuyo resultado estaba interesado de forma vital.» Y añadió: «Hoy podría decir igualmente que se trataba de un experimento que se estaba llevando a cabo sobre mí». Como un abducido, se estaba encontrando con que la persona que consideraba que él era, con sus atributos característicamente modernos de voluntad, fortaleza, integridad del ego y objetividad, había sido apresada y amenazaba con desintegrarse. Sólo a posteriori se dio cuenta de que existen poderes daimónicos a los que está subordinado el ego consciente; poderes, además, que son contradictorios, confusos y amenazadores (al menos desde el punto de vista del ego racional). «Iba anotando fantasías que me asaltaban a menudo como sinsentidos, y ante las que oponía gran resistencia. Pues, mientras no entendamos su significado, esas fantasías son una mezcla diabólica de lo sublime y lo ridículo (…). Sólo mediante un esfuerzo extremo fui capaz finalmente de escapar del laberinto.»

Pero para descubrir el significado de sus fantasías ya no le bastaba con intentar analizarlas mientras simultá­neamente se protegía. Nuestro chamán no tuvo más reme­dio que ceder ante ellas. «Con el fin de capturar las fan­tasías que me estaban empujando “bajo tierra”, sabía que tenía que lanzarme hacia ellas de cabeza, por así decirlo. Ante lo cual no sólo sentía una violenta resistencia, sino también un miedo evidente.» En concreto, temía «perder el dominio de [su] sí-mismo», convertirse en presa de las imágenes de la fantasía y volverse loco. Observemos que el viaje que planea es hacia abajo -el camino del chamán-, y no hacia arriba, como procura el místico. Él elige ir bajo tierra, donde viven los muertos, donde están los dái­mones, absteniéndose de la ascensión espiritual trascen­dente hacia los dioses que están en las alturas.

Jung (se trata de él, por supuesto) no tuvo otra elec­ción que abandonar el ego hercúleo, la objetividad apolí­nea del hombre occidental moderno… y arriesgarse a descender. Si no lo hacía, sus imágenes podrían con él. En segundo lugar, comprendió que no podía esperar de sus pacientes que realizaran el descenso necesario a las profundidades de sus propias almas si él no se había atre­vido a hacer lo mismo. Y es que, como buen chamán, estaba obligado a recuperar almas perdidas o acompañar­las a la manera de un psicopompo -como Hermes- en su descenso al Inframundo; y no estaría cualificado para hacerlo sin haber realizado antes el viaje por sí mismo. De este modo, el 12 de diciembre de 1913 dio el paso decisivo. Fue, según escribió, como morir. Tal vez fuera peor, pues un psiquiatra debe de temer la locura más que la muerte.

«Estaba una vez más sentado en mi despacho, pensan­do en mis miedos. Entonces me dejé caer. De repente fue como si el suelo cediera literalmente bajo mis pies, y me hundí en las simas tenebrosas. No pude evitar una sensa­ción de pánico.» Aterrizó en una masa suave y pegajosa en completa oscuridad. Sus ojos se acostumbraron pron­to a la penumbra, que era más bien como un ocaso pro­fundo. «Ante mí estaba la entrada a una cueva oscura donde aguardaba un enano de piel correosa, como si estu­viera momificado. Lo pasé de largo y me escabullí por la entrada angosta, y vadeé, en un agua helada que me llega­ba a la rodilla, hasta el otro extremo de la cueva, donde, sobre una roca que sobresalía, vi un cristal rojo y res­plandeciente.» Levantó el cristal y vio que corría agua por el hueco que quedaba debajo. Pasó un cadáver flo­tando: un joven con el pelo rubio y una herida en la cabe­za. «Lo siguió un escarabajo negro gigante y después un sol, rojo y recién nacido, que se elevaba surgiendo de las profundidades del agua. Deslumbrado por esa luz, quise volver a colocar la piedra sobre la abertura, pero entonces manó un líquido. Era sangre. Saltaba un grueso chorro y sentí náuseas.» La sangre brotó largo rato antes de cesar. Entonces finalizó la visión, que dejó a Jung aturdido. Enseguida se dio cuenta de que había sido testigo de «un mito heroico y solar, un drama de muerte y renova­ción, el renacimiento simbolizado por el escarabajo egip­cio. Al final, habría seguido la aurora del nuevo día»…, pero en lugar de eso emergió la sangre. Jung recordó su anterior visión de Europa inundada de sangre y abando­nó todo intento de comprender el mito (que quedaría explicado por el posterior estallido de la guerra). No menciona -aún no, al menos- lo que parece bastante obvio: después de adentrarse en la cueva de su propio inconsciente, «levanta la tapa» de la fuente de sus imáge­nes caóticas y de todos sus miedos. Pero no se encuentra observando una psicosis, sino la representación de un mito heroico y solar; su propio mito, de hecho. Sin embargo, éste no está teniendo lugar en un plano perso­nal sino impersonal y colectivo. Jung ha sondeado su propia psique hasta el punto donde su mito coincide con el mito que hay detrás del hombre occidental moderno. Ya no es él mismo, sino el representante de un modelo arquetípico; y el camino que abre es aquel que todos, en mayor o menor grado, debemos seguir. Por eso estoy tra­tando las experiencias de Jung con tanto detalle. Esta lec­tura se ve confirmada por un sueño que tuvo seis días después y al que otorgó una importancia extraordinaria.

«Yo estaba con un hombre desconocido de piel more­na, un salvaje, en un solitario paisaje de rocas. Era antes de la aurora; el cielo del este ya estaba brillante y las estrellas se apagaban. Entonces oí el cuerno de Sigfrido sonando por encima de las montañas y supe que tenía­mos que matarlo. Íbamos armados con rifles y nos tum­bamos a la espera de su llegada en un camino estrecho, sobre las rocas.» En cierto sentido, esto es el preludio a la visión anterior. Sigfrido, el héroe teutónico y solar representativo del ego consciente y racional, se converti­rá en el joven rubio muerto. En otro sentido, el sueño es la secuela de la visión. Aquí tenemos el inicio del brillan­te día que allí faltaba, pues fue reemplazado por una efu­sión de sangre que lo engulliría todo tanto en un nivel individual como colectivo. Ésta simboliza la muerte de la cosmovisión de Jung; es la muerte de la vieja Europa, ahogada en la sangre de la guerra. Pero también es vida, el surgir incontrolable de fuerzas vitales ctónicas manan­do del Inframundo. Barrido por la marea de sangre, Sigfrido no volverá a levantarse. La perspectiva literal e inquebrantable de la luz y la conciencia y el ascenso espi­ritual tienen que morir y dejar paso a la perspectiva metafórica y paradójica de la oscuridad, el inconsciente y el descenso al reino daimónico del alma. El sueño prose­guía.

«Entonces, Sigfrido apareció en lo alto, en la cima de una montaña, con el primer rayo del sol naciente. En un carro hecho con los huesos de los muertos, bajaba a una velocidad vertiginosa por la pendiente escarpada. Al doblar una curva le disparamos y él se desplomó, muer­to.» En el sueño, a Jung le embarga el espanto, el remor­dimiento y la insoportable culpabilidad de haber matado «algo tan grande y hermoso». Se despierta y da vueltas al sueño en su cabeza, pero es incapaz de entenderlo. Está a punto de volverse a dormir cuando oye una voz en su interior que dice: «Debes entender el sueño, y debes hacerlo enseguida… Si no entiendes el sueño, tienes que matarte». Hay una pistola en la cama. Jung empieza a tener miedo. Se pone a reflexionar más profundamente sobre el sueño y, de pronto, su significado se presenta ante él: es «el problema que se está desarrollando en el mundo. Sigfrido, pensé, representa lo que quieren lograr los alemanes: imponer su voluntad heroicamente, salirse con la suya… Yo había deseado hacer lo mismo [la cursi­va es mía (de Harpur)]. Pero ahora ya no era posible. El sueño mos­traba que la actitud encarnada por Sigfrido, el héroe, ya no iba conmigo»; ni con nosotros, cabría añadir. «Por eso tenía que morir.»

La voz de advertencia de lo que sin duda era el dai­mon personal de Jung le dijo que, si no lograba entender el sueño -la metáfora-, podía verse obligado a represen­tarlo literalmente, a sufrir una muerte literal (suicidio) en lugar de una muerte iniciática. Al matar a Sigfrido estaba matando esa parte de sí mismo, ese tipo de ego que ya no resultaba apropiado para su vida, ni para nuestras propias vidas del siglo XXI. Se trata de un momento doloroso. Jung sintió «una compasión apabullante, como si me hubieran disparado a mí mismo: signo de mi identifica­ción secreta con Sigfrido, así como del dolor que siente un hombre cuando se ve obligado a sacrificar (…) sus actitudes conscientes». Pero «existen cosas más elevadas que la voluntad del ego, y uno debe inclinarse ante ellas». Paradójicamente, el comienzo de una alianza con estas cosas más elevadas es una alianza con lo que hasta entonces habíamos considerado más bajo: la parte primitiva y sombría de nosotros mismos, el salvaje que inicia el asesinato.

Estos acontecimientos marcaron un punto de infle­xión en la vida de Jung. En el sentido mundano, fue una inflexión hacia abajo. Se apartó de Freud y de la psicolo­gía respetable. Siguió considerándose un científico, pero su ciencia no era reconocida por los demás. Apuntaba a los hechos irreducibles de la realidad daimónica, en cuya búsqueda Jung se alió con esos otros científicos margina­dos históricamente: los alquimistas. Y se convirtió en un chamán, aprendiendo a controlar sus descensos volunta­rios al reino daimónico, donde obtuvo ayudas daimóni­cas como la de Filemón, que le otorgó, para agradeci­miento de sus pacientes, los dones de la curación y la sabiduría. (Págs. 408-415)

Martes, 29 Enero, 2008

Realidad daimónica (IX): guía al Otro Mundo

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:09 am

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En su Realidad daimónica, Harpur nos da unas claves para enfrentarnos al mundo daimónico.

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Si es correcto -y lo es- leer motivos psicológicos en términos de mitología, también es posible leer mitos psi­cológicamente. (Una conciencia daimónica como la que posee el chamán no distinguiría entre mitología y psico­logía.) Así pues, a modo de ejemplo de cómo puede abor­darse el Otro Mundo de una forma no hercúlea, por ejemplo, me gustaría detenerme en otro de mis mitos predilectos: el de Perseo. Resultaría demasiado extenso ofrecer una lectura completa de su historia, que, aunque no es muy larga, es muy profunda. Además, realmente no es posible ni deseable traducir un mito a términos que no sean los suyos propios. Sin embargo, algunas partes de la historia de Perseo pueden sernos de provecho a la hora de enfrentarnos a lo que es ajeno.

Su tarea es dar muerte a Medusa, una de las tres Gorgonas, y traer su cabeza. Medusa habita en un tipo particular de Inframundo, la tierra occidental de los hiperbóreos, donde vive entre las imágenes erosionadas de hombres y bestias a los que ha convertido en piedra solamente con mirarlos (es su extrema fealdad -serpien­tes en lugar de cabello, grandes colmillos, lengua promi­nente y ojos furiosos- lo que los ha petrificado). Es evi­dente que, aquí, el abordaje directo y literal de Hércules resultaría inapropiado. Su fuerza sólo actuaría en contra de sí mismo, pues se volvería de piedra antes de poder alzar su garrote.

Es difícil saber lo que representa Medusa en el senti­do psicológico. Con ella, todo parece detenerse. Cabría suponer que, cuando estamos profundamente deprimi­dos, «encallados» de forma crónica o, en casos extremos, catatónicos, estamos viendo a Medusa actuar sobre noso­tros. Ella yace en lo más profundo del inconsciente. Es una especie de límite, frío e inamovible, más allá del cual no podemos pasar; y, como tal, está relacionada muy de cerca con Hades, Tánatos, la muerte.

Hace falta mucha deliberación y preparación para enfrentarse a Medusa. Es algo que requiere la ayuda de más de una perspectiva y más de un dios. Sabiamente, Perseo consulta en primer lugar a Atenea, que se lo lleva a Dicterión, en Samos, donde están expuestas unas imá­genes de las Gorgonas, para que así pueda distinguir a Medusa de sus dos hermanas. Así aprende, como si dijé­ramos, a asimilar lo que ya se conoce sobre el inconscien­te y a diferenciarlo de otros contenidos que se le puedan parecer. Atenea también le enseña a no mirar a Medusa directamente, sino sólo su reflejo, y para ello le entrega un escudo extremadamente pulido. Éste puede verse como el primero de los distintos atributos o virtudes que Perseo, como buen chamán, ha de obtener. Nos damos cuenta de que la reflexión, la absorción retroactiva de experiencia e imágenes pasadas, es clave para abordar el Otro Mundo. De Hermes, Perseo obtiene una hoz dia­mantina. Se trata de un arma letal, pero, a diferencia del garrote de Hércules, es afilada, incisiva y no está tan conectada con la guerra, pongamos, como con la siega.

El escudo y la hoz le permitirán llevar a cabo su tarea; pero, para regresar con vida, necesita otras tres cosas: un par de sandalias aladas, como las de Hermes, para volar velozmente, una alforja donde meter la peligrosa cabeza cercenada y el negro casco de la invisibilidad que perte­nece a Hades. Para conseguirlos, tiene que hacer un viaje preliminar al Inframundo, donde se encuentran las ninfas estigias que están a cargo de estos artículos. Pero, para encontrarlas a ellas, primero tiene que visitar a las tres Greas, las únicas que saben dónde pueden hallarse las ninfas estigias. Las Greas son hermanas de las Gorgonas, y Perseo, al estilo hermético, las engaña para que lo orienten. En otras palabras, una escaramuza preliminar con contenidos del inconsciente parecidos a la Gorgona, aunque menos mortales, le permite ubicarse en la pers­pectiva ultramundana.

Una vez ha localizado a Medusa, Perseo se acerca a ella caminando hacia atrás y sosteniendo su escudo puli­do para atrapar su imagen, de modo que no tenga que mirarla directamente. Así es capaz de decapitarla con la hoz hermética. Observemos que su acercamiento es el opuesto al de Orfeo. Éste, al mirar hacia atrás a su espo­sa Eurídice mientras se la lleva fuera del Inframundo, reflexiona (mira hacia atrás) prematuramente, es decir, adopta una perspectiva del ego que es inapropiada para el reino del alma, que lo separa del alma, llevándosela y haciendo que la pierda (como perdió a Eurídice). Perseo, por su parte, muestra otra manera, más daimónica, de usar la reflexión en el Inframundo. En lugar de adoptar la perspectiva racional del ego «normal» de Orfeo, que capta la imagen ultramundana (inconsciente) de frente, invierte herméticamente el procedimiento… avanzando hacia atrás y reflejando hacia delante. Paradójicamente, la perspectiva del ego es guiada hacia delante por la refle­xión de la imagen del alma, imagen que ve reflejada tras de sí. Para enfocar el procedimiento de otra manera, podríamos decir que la Gorgona es una imagen peligrosa cuando se la aborda literalmente (directamente, de fren­te), pero a la que se neutraliza cuando se la trata como imagen de una imagen. Como una negación doble, el reflejo la vuelve positiva en el sentido de que la reconoce como real pero no como literal. La imagen es peligrosa si se la toma literalmente, pero, si se la toma seriamente como una imagen, la Gorgona se vuelve vulnerable, sus­ceptible de que le den muerte.

De pronto, del cadáver de Medusa nacen el caballo alado Pegaso y el guerrero Crisaor, engendrados ambos por el dios del mar Poseidón. Así pues, su muerte no es mera destrucción a la manera de Hércules, sino una libe­ración de nuevas formas de energía vital generadas por el inconsciente oceánico.

Con todo, Perseo aún debe escapar de la cólera de las dos hermanas de la Gorgona, lo que logra hacer cubrién­dose con su casco de invisibilidad y echando a volar con las sandalias aladas. Estos artículos chamánicos son en realidad poderes que ha obtenido. El casco, que perte­nece a Hades, significa la perspectiva de la muerte: la muerte del ego consciente y la adquisición del ego dai­mónico, que al estar en armonía con el reino daimónico es invisible en él. Las sandalias significan la perspectiva de Hermes, que, excepcionalmente, era capaz de volar de un lado a otro entre las alturas del Olimpo, la superficie de la Tierra y las profundidades del Inframundo, adonde se encargaba de conducir a las almas de los muertos. También es Hermes el que ayuda a Perseo a llevar la alforja mágica que contiene la cabeza de la Gorgona. Esto nos dice que, con el fin de hacer conscientes peligrosos contenidos inconscientes, debemos iniciarnos en un espacio dentro de la conciencia que tenga una afinidad estigia con la muerte y, por lo tanto, sea lo bastante fuer­te para albergar esos contenidos. Una vez conteni­dos -asimilados-, los contenidos ya no son antagonistas; al contrario, podemos utilizar su poder como propio, al igual que Perseo utilizó la cabeza de la Gorgona para petrificar a sus enemigos. Observemos que ésta es dema­siado pesada para poderla transportar sin la ayuda de Hermes.

No tengo espacio suficiente para comentar todo lo que el mito de Perseo da de sí. Pero mencionaré sólo uno o dos aspectos de sus aventuras posteriores, en especial su victoria sobre Andrómeda. Ésta se encontraba desnu­da y encadenada a un acantilado como sacrificio a un monstruo marino que estaba devastando el reino de su padre. Su salvación es la parte órfica de la historia de Perseo. El monstruo marino está vinculado con Medusa -otra versión de Medusa, quizá- a través de Poseidón. Sin embargo, esta vez no es Perseo quien mira el reflejo del monstruo, sino que a éste lo distrae la imagen de Perseo reflejada en el agua, permitiéndole a él bajar volando y decapitarlo. Descubrimos así que el modo en que el inconsciente se enfrenta a nuestras imágenes -en que nos imagina- es tan importante como el modo en que nosotros lo imaginamos.

El de Perseo me recuerda al mito inuit (esquimal) sobre la Madre de las Criaturas Marinas de las que depende todo ser vivo. En época de mala pesca, es tarea del chamán de la tribu visitar a esta diosa y persuadirla de que libere a las tan necesarias criaturas. El problema es que, al estilo de Medusa, es una arpía espantosamente fea que huele a pescado y tiene el pelo hecho una mara­ña. Puesto que habita en lo más hondo del mar, el viaje del chamán es especialmente arriesgado: tiene que sumer­girse en un estado de trance o éxtasis durante un tiempo prolongado, y siempre hay riesgo, como en cualquier incursión en el reino daimónico del inconsciente, de «ahogarse». El método que emplea para propiciar a la Madre de las Criaturas Marinas es inesperado. No hay coerción, por ejemplo, y ni hablar de arrastrarla hacia arriba, hacia la conciencia, puesto que ella es el cimiento de todo ser. En lugar de eso, el chamán simplemente ha de superar su propio temor ante el aspecto de la diosa y pei­narla. He aquí, pues, otra lección sobre cómo abordar el Otro Mundo: con valor, respeto y ternura. (Págs. 401-40 8)

Domingo, 20 Enero, 2008

Realidad daimónica (VIII): El error del humanismo

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 12:56 pm

angel.gifDe la Realidad daimónica, una reflexión sobre el aspecto reduccionista (y reductor) del humanismo, así como del carácter eminentemente sentimental de la metalidad norteamericana junto los peligros que entraña en relación al mundo daimónico. Me ha costado, pero creo que he encontrado una imagen a la altura: a ver quién es capaz de encontrar algo más pasteloso. Con lucecitas y todo. Una recomendación: no la miréis mucho rato; tiene un ligero efecto laxante.

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El humanismo nos llevaría a creer que sólo somos humanos. Pero los héroes de antaño eran medio humanos y medio dioses. Vemos aquí una metáfora del empareja­miento del ego con una personificación de lo daimónico o lo divino. Suprimir la segunda mitad de la pareja no es suprimir lo divino -los dioses son inmortales-, sino más bien forzarlo a tratar de hallar expresión a través de la mitad humana, el ego. Esto resulta en la afección psicoló­gica conocida como «inflación»: el ego, habiendo dejado de reconocer y mantener el contacto con lo daimónico, se acaba identificando con ello, como si lo daimónico, al no disponer de ningún otro espacio donde manifestarse, se viera obligado a invadir el mismo reino del que había sido erradicado. El ego, entonces, se infla más allá de sus límites naturales por el influjo daimónico. Empieza a ima­ginar que tiene poderes divinos (así como los humanos nos imaginamos que somos el fin y la razón de todo); o, en casos extremos, se imagina que es Dios (como en los delirios paranoicos). De hecho, nuestra visión humanista contiene, como ya he insinuado, elementos de un estado delirante paranoide. La mayoría de las vías de moda por las que intenta­mos mitigar el sufrimiento de nuestras almas -nuestras psicopatologías- remiten a modelos humanísticos, como las psicoterapias, que lo interpretan todo de una forma personal, o bien a modelos espirituales, con los que tra­tamos de trascender el sufrimiento desarrollando alguna especie de mística «conciencia más elevada». Ambos métodos son hostiles al alma, que no quiere que la huma­nicen y la personalicen (quiere que se reconozcan sus aspectos inhumanos e impersonales), ni quiere tampoco que la trasciendan, la alcen y la ajusten a las perspectivas del espíritu. En realidad, desde el punto de vista del alma, estos métodos y disciplinas no liberan a los dáimones de la represión, como aseguran, sino que infligen una forma de represión distinta y más sutil. Para el alma, son como autoengaños. No es de extrañar, pues, que preten­da contrarrestarlos con engaños propios…, haciendo que confundamos los nuestros con una verdad más profunda.

Las denuncias de abducciones proceden de muchas partes del globo. Pero la mayoría -y, además, casi todas las abducciones de los grises- proceden de Estados Uni­dos. Algunos psicólogos se han preguntado por qué estas pequeñas y siniestras criaturas están especialmente inte­resadas en los norteamericanos. No hay una respuesta a esta pregunta; pero si tuviera que inventarme una, estaría tentado de decir que tiene algo que ver con el énfasis americano, en la cultura popular al menos, sobre el senti­miento. Puede que en ninguna otra parte la gente acuda tan fácilmente a los modelos psicoterapéuticos para lidiar con misterios y problemas que solían ser del dominio de la religión. Y estos modelos están predominantemente orientados hacia el sentimiento. No es que los sentimien­tos sean algo malo. Es evidente que debemos estar en con­tacto con ellos, sentir nuestra ira, pena, alegría y demás; sentirnos bien con nuestro sí-mismo.

Pero, en cierto sentido, esta filosofía resulta simplis­ta, sentimental y susceptible de caer en el mero hedonis­mo. Los alienígenas nos cuentan que ese sentimiento no basta. Ellos no muestran sentimientos, ni les impor­tan un comino los nuestros. Ignoran a los abducidos cuando éstos se quejan de que se están violando sus derechos humanos; nos recuerdan que no existen derechos sin obligaciones, y que las nuestras respecto a los dáimones han sido descuidadas de forma flagrante. Los grises nos desconciertan porque no fomentan nuestra creencia en la primacía de los sentimientos, la calidez, el crecimiento personal, la actitud positiva, la luz y la «conciencia elevada». Por el contrario, parecen impasi­bles, fríos, paralizantes, negativos, oscuros y sin ningún interés en elevar nuestra conciencia. Budd Hopkins piensa que los grises nos necesitan para que les enseñe­mos qué es la emoción y cómo dar cariño a sus hijos; pero, si es así, olvida mencionar qué necesitamos apren­der nosotros a cambio. Debemos aprender que bajo la superficie cálida están las frías profundidades. Los alie­nígenas reflejan, compensan y contramandan nuestras actitudes conscientes, mostrándonos el rostro que les mostramos nosotros y, al mismo tiempo, mostrándonos nuestro otro rostro, desconocido. Nos inician en el Inframundo, nos quitan nuestra perspectiva mundana y nos conectan con lo que está debajo, con lo que está detrás, con la muerte. Y es que: ¿cuál era el ritual iniciático central en Eleusis? Era el mito de Deméter, Core (Perséfone) y Hades, en que el alma (Core) era arrebata­da a la fuerza de una vida cálida de mimos y cuidados (Deméter) para casarse con el alienígena Hades -el rico, frío, inamovible y antinatural-, donde se convertía en Perséfone, «la que trae la destrucción». (Págs. 398-401)

Domingo, 13 Enero, 2008

Realidad daimónica (VII): La búsqueda de John Keel

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:32 pm

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En su Realidad daimónica Harpur comenta el caso de Jonh Keel como ejemplo de buscador, en complementariedad (más que en oposición) al chamán, que recibe su iniciación por medios tradicionales, regulares. Veremos cómo se comporta la realidad daimónica cuando se hace una aproximación demasiado literal a ella; en este fragmento queda clara la ambigüedad propiamente liminal del mundo daimónico.

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Una búsqueda puede imaginarse como una versión extrovertida de la introversión del chamán; tal vez sean el exterior y el interior del mismo camino. A diferencia del chamán, pasivo ante los seres ultramundanos que lo desmiembran, el buscador es activo, resuelto y hasta obsesivo. Para establecer una analogía mitológica, no es tanto Orfeo, el chamán arquetípico, como Ulises, Jasón o Eneas, cuyos viajes se produjeron a través de este mundo, aunque a cada vuelta los acosaban intrusiones proceden­tes del otro. (En términos cristianos, la búsqueda es un peregrinaje, mientras que el viaje del chamán es la ascen­sión mística hacia Dios.) El peligro para el chamán es que puede adentrarse demasiado o ir poco preparado al Otro Mundo y, así, perder su alma; el peligro para el buscador es justo lo contrario: el Otro Mundo está demasiado cerca de él y amenaza con sobrepasarlo y poseerlo. Incluso cuando se aferra a la perspectiva de este mundo, que el chamán se ve obligado a abandonar, lo acribilla lo ultramundano. El canto de las sirenas lo atrae a las rocas donde naufragan las mentes. La paranoia siempre está a la vuelta de la esquina. El buscador es especialmente vulne­rable a esa mezcla de ilusión y revelación que analizaba antes.

Pero quiero dar un ejemplo de búsqueda moderna, emprendida por el pionero investigador de anomalías John A. Keel. Aunque tengo que resumirla de forma con­siderable, de todos modos la citaré más extensamente de lo acostumbrado para proporcionar una idea del matiz que caracteriza a la búsqueda.

«Al cabo de un año de embarcarme en mi campaña a tiempo completo de investigación sobre ovnis en 1966», escribe el señor Keel, «el fenómeno se había focalizado en mí, como había hecho con el editor periodístico britá­nico Arthur Shuttlewood y muchos otros. Al principio mi teléfono estaba como loco, con misteriosos descono­cidos llamando día y noche para dejar mensajes raros “de gente del espacio”. Luego me vi catapultado al onírico y fantasioso mundo de la demonología. Fijé citas con Cadillacs negros en Long Island (Nueva York) y, cuando intentaba perseguirlos, desaparecían de manera imposi­ble en callejones sin salida… Objetos aéreos luminosos parecían seguirme por todas partes como perros falderos. Era como si los objetos supieran adónde iba y dónde había estado. Me registraba en un motel elegido al azar y descubría que alguien había hecho una reserva en mi nombre… Me acosaban coincidencias imposibles, y algu­nos de mis amigos más cercanos de Nueva York (…) empezaron a informarme de experiencias extrañas pro­pias: espíritus que aparecían en sus apartamentos, hedo­res a sulfuro de hidrógeno que los perseguían… Más de una vez me desperté en plena noche y me encontré con que no podía moverme y con una aparición enorme y oscura encima de mí. Durante un tiempo dudé de mi pro­pia cordura…»

El señor Keel, en efecto, estaba cerca de volverse loco. Éste es el aspecto que adopta la realidad daimónica cuan­do nos aproximamos a ella de un modo demasiado racio­nal, demasiado centrado en explicarla, demasiado de este mundo; es decir, cuando nos aproximamos a ella al estilo arquetípico de Apolo. Pero la actitud apolínea, como ya he comentado, invoca a la de su hermano Hermes, patro­no de la realidad daimónica en sí. Como dios de las fron­teras, los caminos y los viajeros, se hace particularmente evidente en las búsquedas; como deidad embaucadora, es especialista en provocarnos hasta lo intolerable, lleván­donos más allá de todo límite racional. Le encanta hosti­gar a la conciencia apolínea produciendo fenómenos psí­quicos que parecen pruebas de la realidad literal de lo daimónico… para luego dejarnos con las manos vacías. Caricaturiza la profecía apolínea enviándonos prediccio­nes que al principio resultan certeras e infalibles. Entonces nos suelta la definitiva -la fecha del fin del mundo es su preferida- y ésta resulta ser falsa.

Aunque, en otro sentido, es verdad: nuestros peque­ños universos se acaban para siempre cuando los engulle la avalancha ultramundana. Keels recibió gran cantidad de mensajes herméticos, no sólo de supuestas entidades ovni, sino a través de médiums en trance y «escritura automática». La asombrosa exactitud de sus predicciones lo persuadió de creer en el súbito aluvión de prediccio­nes, procedentes de varias de estas fuentes, sobre un cata­clismo que iba a destruir la ciudad de Nueva York. Huyó. El desastre no se produjo. Lo habían timado. Empezó a comprender que los mensajes de extraterres­tres y espíritus no debían ser tomados más literalmente que las entidades en sí. De hecho, empezó a darse cuenta de que éstas no eran lo que afirmaban; por ejemplo, no venían de otros planetas, sino de alguna realidad de otro orden inherente a ésta. Los llamó «ultraterrestres» o «elementales». Continúa así: «Desarrollé un elaborado sistema de controles y balances para excluir a los estafa­dores. Personas no relacionadas entre sí y de distintos estados entraron a formar parte de mi cadena secreta hacia ese “otro mundo”. Pasé meses jugando a los travie­sos juegos de los elementales, buscando inexistentes bases de ovnis, intentando hallar el modo de proteger a los testigos de los “hombres de negro”… Allá donde iba parecían estallar manifestaciones de espíritus. Era difícil juzgar si yo estaba creando esas situaciones involuntaria­mente o si eran del todo independientes de mi mente».

Pero éste no es un caso de «si… o…». Y no sólo es difícil juzgar, sino que es imposible. Cualquier intento de encasillar a los dáimones sólo los fortalece, al igual que Anteo extraía fuerza de su madre tierra cada vez que Hércules lo arrojaba al suelo. Si sostenemos que están «sólo dentro de la mente», entonces aparecen fuera de nosotros, apoyados por pruebas aparentemente objeti­vas; si sostenemos que están fuera de nosotros, aparecen como sueños, fantasías y voces en nuestras cabezas. Incluso cuando Keel los persiguió con gran determinación, creyendo en su existencia literal, le devolvieron el reflejo de esa literalidad, adoptando un aspecto literal pero a la vez evaporándose entre sus manos, tomándole el pelo y volviéndole loco hasta que empezó a vislumbrar su ambivalencia.

«Ahora, al mirar atrás, puedo ver lo que estaba ocu­rriendo realmente», continúa Keel. «El fenómeno me estaba introduciendo poco a poco en aspectos que nunca antes había considerado. Me condujo paso a paso desde el escepticismo a la credulidad y -aunque parezca menti­ra- a la incredulidad.» Se refiere, por supuesto, a la incre­dulidad en la existencia literal de sus torturadores. No es que no crea en ellos. Pero ha aprendido que no son como nosotros pensamos, ni como quisiéramos que fueran: fia­bles, espirituales, seres puros que ofrecen una sabiduría más elevada. Y, aun así, «cuando mis pensamientos se torcían y mis conceptos eran erróneos, en realidad el fenómeno me devolvía al camino correcto. Se trataba de un proceso educativo y mis maestros eran muy, muy pacientes. Otras personas que se han visto involucradas en esta situación no han tenido tanta suerte. Se instalaban en un solo marco de referencia y rápidamente los engu­llía el desastre».

Aquí vemos otro aspecto de Hermes-Mercurio, no el embaucador sino el psicopompo o guía de almas. Sus ar­dides no sólo confunden, sino que también nos conducen a la verdad; sus mensajes no sólo inducen a error, sino que también son «mensajes de los dioses», de los que él es mensajero. Y también, recordémoslo, se encarga de los sueños, otra forma de mensaje divino que figura de forma prominente en las búsquedas.

«Proceso educativo» es una manera suave de describir la búsqueda de Keel, pero sirve. Pues la característica que mejor distingue la búsqueda de la iniciación chamánica tal vez sea el acento en el aprendizaje. En el transcurso de sus búsquedas entre islas mágicas y antagonistas sobrena­turales del tipo de los de Keel, tanto Ulises, el héroe de Homero, como Eneas, el de Virgilio, visitaron el Inframundo, donde cabe esperar que recibieran una ini­ciación chamánica. De hecho, fueron allí tan sólo para consultar a los muertos y aprender de ellos. Si todos los buscadores demostraran la misma voluntad de escuchar y aprender, de prestar una honda atención a los fenómenos daimónicos en lugar de combatirlos o tratar de insertar­los en un esquema racional, entonces aprenderían, como Keel, a cruzar el estrecho puente que media entre un tipo de locura y el otro.

El primero es la locura que restringe el Otro Mundo a «un solo marco de referencia», por lo que nos aisla no sólo de la realidad daimónica, sino también de nuestras propias almas, como a ideólogos dogmáticos y superra­cionales. La locura alternativa consiste en perder todos los marcos de referencia y quedar confinado tan sólo al Otro Mundo, como las pobres almas que pasan sus días conversando con espíritus en un manicomio. Keel adqui­rió la cordura de la «doble visión», la capacidad de creer y no creer. Aprendió a reconocer y nombrar a los dáimo­nes por lo que son, en toda su ambigüedad. Si construía marcos de referencia, eran provisionales y relativos, para salvaguardar su razón sin violentar la infinita riqueza y complejidad del reino daimónico. Y, por encima de todo, aprendió que la búsqueda no conduce a una solución definitiva, a una verdad absoluta; ella misma es la verdad. El camino que emprendemos nos transforma, y nos sen­timos a gusto con Hermes en el sendero que no tiene un final en este mundo, ni quizá tampoco en el siguiente. (Págs. 356-361)

Miércoles, 2 Enero, 2008

Realidad daimónica (VI): Muerte y renacimiento

Guardado en: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 1:38 pm

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Otro extracto de la Realidad daimónica, en la que se traza un paralelismo, en algunos momentos yo creo que abusivo, entre los ritos de iniciación y las abducciones. Y digo abusivo porque aunque en algunos aspectos se pueden encontrar elementos comunes en sus naturalezas, como agudamente señala Harpur, desde luego no dan el mismo fruto. Lo que sí es cierto es que lo terrorífico juega un papel destacado en ambos. A ver qué os parece.

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La esencia de la iniciación, tanto para los abducidos como para los chamanes, consiste en la muerte y el rena­cimiento. En los ritos de pubertad, el yo infantil muere para que el yo adulto pueda vivir; el chamán es desmem­brado y resucitado, muriendo su antigua perspectiva cor­pórea y emergiendo de nuevo con una nueva perspectiva daimónica. Muchos pueblos tribales establecen «socieda­des secretas» cuyo propósito es iniciar a los adultos en el misterio de la muerte y el renacimiento mediante ritos que son del mismo tipo, aunque más suaves, que las ini­ciaciones chamánicas. Esta era también la norma en la antigua Grecia, donde cualquier persona mínimamente digna estaba iniciada en los Misterios que tenían lugar en Eleusis. La sabiduría de Sócrates y la filosofía de su dis­cípulo, Platón, no puede entenderse con propiedad sin tener en cuenta su iniciación en los Misterios de Eleusis. Puesto que estaba prohibido hablar de ellos, sabemos poco al respecto; pero, de manera significativa, se creía que giraban alrededor del mito de Deméter-Core-Hades: el mito clásico, en otras palabras, de muerte y rena­cimiento.

En su tratado De anima, Plutarco compara específica­mente la iniciación a los Misterios con la experiencia de muerte. Pues el alma, en la agonía, nos dice, «tiene la misma experiencia que aquellos que están siendo inicia­dos en los grandes misterios». Al principio, uno vaga de aquí para allá en las tinieblas; luego se topa con horrores que causan «escalofríos, temblores, sudor y asombro», hasta que al fin «lo prende una luz maravillosa» y es reci­bido en «prados y regiones puras, con voces y danzas y la majestad de sonidos y formas sagradas».

Proclo nos cuenta que «en el más sagrado de los mis­terios, antes de que el dios aparezca, se presentan ciertos dáimones terrestres [esto es, ctónicos], hay riñas que per­turban a quienes han de ser iniciados, los apartan de bie­nes no profanados y les hacen centrar su atención en la materia». Aquí, los dáimones nos distraen del elevado y simbólico propósito de la iniciación y dirigen de nuevo nuestra atención hacia el mundo físico o, mejor aún, lite­ral. Está claro que estos dáimones se cuentan entre los horrores de Plutarco, pues «los dioses nos exhortan a no mirarlos, hasta que estemos fortalecidos por los poderes que confieren los misterios. Pues así lo dicen: no es apro­piado que los contemples hasta que tu cuerpo no esté ini­ciado».

Acordémonos de que en enero de 1984 Kathie Davis regresó mediante hipnosis al momento en que comenza­ron sus singulares experiencias (y su rememoración de experiencias aún más tempranas): la extraña luz que vio en su caseta de la piscina. Aquel recuerdo que empezaba a aflorar la asustó tanto que tuvieron que sacarla del estado hipnótico; había oído una voz en su cabeza diciéndole que, si recordaba algo más, moriría. Y, en efecto, expli­có que sentía el cuerpo «como si fuera a morir». No dijo que iba a morir ella, sino tan sólo su cuerpo.

El hecho es que, al final, acabó recordando los acon­tecimientos de aquella noche y, por muy temibles que fuesen, su cuerpo no murió. Así pues, quizá podríamos pensar en su sensación de inminente muerte física como la clase de muerte asociada a la iniciación, aquella sensa­ción pasmosa de que a uno le desmiembran y le dan la vuelta a la propia perspectiva corpórea, de que lo arran­can de la realidad literal, de este mundo y de nuestro lazo con él. Ésta puede ser una muerte más dolorosa que la física porque es la muerte de todo aquello que pensamos que somos. También es el principio de un nuevo tipo de yo, un renacimiento.

Como los iniciados a los Misterios (como los abducidos), todos los chamanes hacen hincapié en el horror de la iniciación, incluyendo el encuentro con sus espíritus asistentes o tutelares, que pueden parecer aterradores. Pero, como advirtió un chamán australiano, podemos obtener el poder de los espíritus siempre que no nos inti­miden hasta dejarnos llevar por el pánico. En otras palabras, no hay nada que indique que el miedo y el dolor sean malos o erróneos, como tienden a sugerir las ideologías y psicoterapias modernas y laicas. Los sueños están repletos de miedo y dolor. Igual que los mitos y las religiones. Sólo hay que pensar en la Crucifixión como modelo de muerte iniciática y resurrección: el heroico Dios-hombre ruega que aparten de Él el amargo cáliz. No sucede así. Lo azotan, lo coronan con espinas, lo atra­viesan con clavos y con una lanza en el costado; lo cuel­gan de una cruz y lo dejan morir; desciende al Infierno y, al tercer día, asciende a los cielos, donde se sienta a la derecha de Dios Padre.

En la experiencia de casi muerte del señor Cunningham (el hermano Drythelm), que estableció el patrón para la mayoría de los subsiguientes viajes cristia­nos ultramundanos, recordemos que los demonios le infligían dolor y terror en el reino intermedio del Purgatorio. Aquí, la iniciación se cristianiza en forma de cas­tigo por el pecado, mientras que el renacimiento se tra­duce en conversión. Algo de esta influencia cristiana -de esta influencia demonizante- persiste en los modernos mitos de abducción. El primer informe completo de una abducción por parte de los «grises», que ya nos resultan familiares, es el de la que sufrieron en septiembre de 1961 Betty y Barney Hill, mientras conducían por una carre­tera desierta. Las dos víctimas fueron sometidas a la habitual operación de exploración: mientras que a Barney le colocaron un artilugio con forma de copa en los genitales -que le dejó un anillo de marcas rojas-, Betty recordó (bajo hipnosis) que le habían atravesado el abdomen con una aguja. Se trata, por supuesto, de una tortura tradicional empleada por los demonios en la ico­nografía cristiana; la misma operación puede verse, por ejemplo, en el Kalendrier des Bergiers del siglo XV, donde aparecen demonios torturando a las almas condenadas. Así pues, los cristianos fundamentalistas, especialmente locuaces en los Estados Unidos, no carecen completa­mente de justificación al ver a los grises como poco más que demonios al servicio de Satanás.

Otro enfoque, esta vez laico, que se ha puesto de moda en Norteamérica es tratar a los presuntos abducidos no como a pecadores castigados por demonios, sino como a víctimas. Se determina que sufren un «desorden y estrés post-traumático», y se les contempla con indepen­dencia de toda creencia en el origen de su trauma, del mismo modo que a las víctimas de violaciones o a los supervivientes de guerras. En otras palabras, su experien­cia se considera una cuestión médica y se despoja de su potencial hondo e iniciático, por no decir religioso. (Págs. 344-347)

 

En los viejos tiempos, los sueños se tenían en gran consideración. Hemos tendido a suprimirlos, a mostrar­nos recelosos con ellos, a escudriñarlos en busca de signos de locura. No es extraño que lleguen con dificultad y dis­torsionados. Tal vez nos toque a nosotros abandonar nuestro mundo iluminado y egoísta e ir adonde están ellos, en lo oscuro, aunque haya que hacer lo imposible. Y es que soñar puede ser el único método de iniciación que nos queda: cada noche nos trae una «pequeña muer­te» con que irnos aclimatando al Otro Mundo, ensayan­do el viaje que todas las almas deberán realizar al final. (Pág. 351)

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