
En la última entrega de la Realidad daimónica, Harpur nos habla (de nuevo) de Jung, al que considera un chamán moderno. Es de considerar el hecho de que Jung, en sus fantasías, siempre viaja “hacia abajo”, nunca se eleva; Harpur dice que ése es el camino de chamán, inverso al del místico, que asciende, aunque esto no me convence. El hecho de que descienda es sin duda una pista simbólica de que sus viajes se realizaban por lo que Guenón denominaba los “bajos fondos” del alma. Aquí, sin disminuir la valentía y valor del (peligrosísimo) camino de Jung, soy más de la opinión de la escuela Tradicional a este respecto: mucho mejor el viaje hacia arriba, aunque es cierto que éste no se puede realizar sin la previa “bajada a los infiernos”, viaje a las profundidades que describe magistralmente Dante en su Divina Comedia, en el que, de nuevo citando a Guenón de memoria, se deben agotar las posibilidades inferiores del individuo de modo que no interfieran en el posterior ascenso. De todos modos, sus fantasías son fascinantes; aquí os dejo dos de las más importantes, con los comentarios de Harpur.
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«Los griegos, según me ha contado cierto estudioso, consideraban que los mitos son las actividades de los Dáimones, y que los Dáimones dan forma a nuestros caracteres y nuestras vidas. A menudo he tenido la fantasía de que hay un mito para cada hombre y que, si lo conociéramos, nos permitiría entender todo lo que éste hizo y dijo.»
Puede que donde mejor ejemplificada quede esta observación de Yeats sea en mi último relato de viajes ultramundanos, que describe de manera gráfica el carácter intercambiable de la mitología y la psicología profundas. Nos incumbe en especial porque describe la iniciación de un hombre del siglo XX en esa visión más antigua y daimónica que, como he estado insistiendo, es esencial para la correcta comprensión de apariciones y visiones. El hombre en cuestión era científico y médico -muy instruido, por ejemplo, en la psicología más novedosa-, aunque también resultó ser el equivalente moderno y europeo de un chamán, a quien habían sucedido acontecimientos paranormales desde la infancia. Esto le había llevado a fijarse, cosa poco habitual en un científico, en la realidad daimónica (o, tal como la concebía él, la psique inconsciente) en general y en los sueños en particular.
En octubre de 1913, este chamán moderno, que por entonces contaba treinta y ocho años, estaba viajando solo cuando de pronto se apoderó de él «una visión apabullante». Vio una inundación brutal que anegaba las tierras bajas entre el mar del Norte y los Alpes, dejando tras de sí «los escombros flotantes de la civilización» y miles y miles de cuerpos ahogados. Luego, todo el mar se volvió sangre. La visión duró cerca de una hora y lo dejó aturdido, angustiado y avergonzado de su propia debilidad. Se le ocurrió que la visión podía ser profética y apuntar a algún tipo de trastorno social; pero, dado que no podía imaginarse tal cosa, llegó a la conclusión de que tendría que ver algo con él: la amenaza de una psicosis inminente. El tema apocalíptico de su visión tuvo continuidad en la primavera de 1914, cuando tuvo tres sueños en que un maremoto del ártico helaba las tierras y mataba todo lo verde. Al estallar la Primera Guerra Mundial el 1 de agosto, casi se sintió aliviado. Parecía que, después de todo, su visión no tenía que ver tanto con su propio estado como con la situación de Europa.
No obstante, era como si el destino del continente estuviera inextricablemente ligado al de su estado psíquico, como si él fuera un pararrayos para esta tormenta. Empezó a verse asediado por un flujo incesante de lo que él llamaba fantasías para referirse a imágenes espontáneas, autónomas y muy poderosas, surgidas de las profundidades del inconsciente y que se presentaban con claridad visionaria. «Me encontraba impotente ante un mundo ajeno», escribió. «Todo en él parecía diferente e incomprensible. Vivía en un estado de tensión constante (…). Cuando padecía esos asaltos del inconsciente, sentía la extraña convicción de estar obedeciendo a una voluntad más elevada». A causa de ello, decidió enfrentarse a las fantasías, examinarlas y dejar «que las voces interiores hablaran de nuevo». Pero a veces eran tan apabullantes que su temor a ser engullido por la psicosis se reavivó. Practicaba yoga para mantener las imágenes bajo control…, pero sólo hasta que estaba lo bastante calmado como para hacer frente una vez más a la salva de imágenes que brotaban de su psique, pues sencillamente era consciente del peligro de disciplinas orientales como la meditación y el yoga, que pretenden eliminar o trascender las emanaciones de la Imaginación, convirtiéndose así en un nuevo tipo de represión al negar la vida de las imágenes.
La tarea que se había impuesto requería algo más que ejercicios espirituales. También exigía una fuerza hercúlea (él la llamaba «demoníaca»). Sólo mediante un tremendo esfuerzo del ego heroico podía contener la marea sangrienta de la locura. Aparte de esta fuerza bruta de voluntad, su otra defensa era la distancia científica. «Desde el principio», escribió, «he concebido mi confrontación voluntaria con el inconsciente como un experimento científico que yo mismo estaba llevando a cabo y en cuyo resultado estaba interesado de forma vital.» Y añadió: «Hoy podría decir igualmente que se trataba de un experimento que se estaba llevando a cabo sobre mí». Como un abducido, se estaba encontrando con que la persona que consideraba que él era, con sus atributos característicamente modernos de voluntad, fortaleza, integridad del ego y objetividad, había sido apresada y amenazaba con desintegrarse. Sólo a posteriori se dio cuenta de que existen poderes daimónicos a los que está subordinado el ego consciente; poderes, además, que son contradictorios, confusos y amenazadores (al menos desde el punto de vista del ego racional). «Iba anotando fantasías que me asaltaban a menudo como sinsentidos, y ante las que oponía gran resistencia. Pues, mientras no entendamos su significado, esas fantasías son una mezcla diabólica de lo sublime y lo ridículo (…). Sólo mediante un esfuerzo extremo fui capaz finalmente de escapar del laberinto.»
Pero para descubrir el significado de sus fantasías ya no le bastaba con intentar analizarlas mientras simultáneamente se protegía. Nuestro chamán no tuvo más remedio que ceder ante ellas. «Con el fin de capturar las fantasías que me estaban empujando “bajo tierra”, sabía que tenía que lanzarme hacia ellas de cabeza, por así decirlo. Ante lo cual no sólo sentía una violenta resistencia, sino también un miedo evidente.» En concreto, temía «perder el dominio de [su] sí-mismo», convertirse en presa de las imágenes de la fantasía y volverse loco. Observemos que el viaje que planea es hacia abajo -el camino del chamán-, y no hacia arriba, como procura el místico. Él elige ir bajo tierra, donde viven los muertos, donde están los dáimones, absteniéndose de la ascensión espiritual trascendente hacia los dioses que están en las alturas.
Jung (se trata de él, por supuesto) no tuvo otra elección que abandonar el ego hercúleo, la objetividad apolínea del hombre occidental moderno… y arriesgarse a descender. Si no lo hacía, sus imágenes podrían con él. En segundo lugar, comprendió que no podía esperar de sus pacientes que realizaran el descenso necesario a las profundidades de sus propias almas si él no se había atrevido a hacer lo mismo. Y es que, como buen chamán, estaba obligado a recuperar almas perdidas o acompañarlas a la manera de un psicopompo -como Hermes- en su descenso al Inframundo; y no estaría cualificado para hacerlo sin haber realizado antes el viaje por sí mismo. De este modo, el 12 de diciembre de 1913 dio el paso decisivo. Fue, según escribió, como morir. Tal vez fuera peor, pues un psiquiatra debe de temer la locura más que la muerte.
«Estaba una vez más sentado en mi despacho, pensando en mis miedos. Entonces me dejé caer. De repente fue como si el suelo cediera literalmente bajo mis pies, y me hundí en las simas tenebrosas. No pude evitar una sensación de pánico.» Aterrizó en una masa suave y pegajosa en completa oscuridad. Sus ojos se acostumbraron pronto a la penumbra, que era más bien como un ocaso profundo. «Ante mí estaba la entrada a una cueva oscura donde aguardaba un enano de piel correosa, como si estuviera momificado. Lo pasé de largo y me escabullí por la entrada angosta, y vadeé, en un agua helada que me llegaba a la rodilla, hasta el otro extremo de la cueva, donde, sobre una roca que sobresalía, vi un cristal rojo y resplandeciente.» Levantó el cristal y vio que corría agua por el hueco que quedaba debajo. Pasó un cadáver flotando: un joven con el pelo rubio y una herida en la cabeza. «Lo siguió un escarabajo negro gigante y después un sol, rojo y recién nacido, que se elevaba surgiendo de las profundidades del agua. Deslumbrado por esa luz, quise volver a colocar la piedra sobre la abertura, pero entonces manó un líquido. Era sangre. Saltaba un grueso chorro y sentí náuseas.» La sangre brotó largo rato antes de cesar. Entonces finalizó la visión, que dejó a Jung aturdido. Enseguida se dio cuenta de que había sido testigo de «un mito heroico y solar, un drama de muerte y renovación, el renacimiento simbolizado por el escarabajo egipcio. Al final, habría seguido la aurora del nuevo día»…, pero en lugar de eso emergió la sangre. Jung recordó su anterior visión de Europa inundada de sangre y abandonó todo intento de comprender el mito (que quedaría explicado por el posterior estallido de la guerra). No menciona -aún no, al menos- lo que parece bastante obvio: después de adentrarse en la cueva de su propio inconsciente, «levanta la tapa» de la fuente de sus imágenes caóticas y de todos sus miedos. Pero no se encuentra observando una psicosis, sino la representación de un mito heroico y solar; su propio mito, de hecho. Sin embargo, éste no está teniendo lugar en un plano personal sino impersonal y colectivo. Jung ha sondeado su propia psique hasta el punto donde su mito coincide con el mito que hay detrás del hombre occidental moderno. Ya no es él mismo, sino el representante de un modelo arquetípico; y el camino que abre es aquel que todos, en mayor o menor grado, debemos seguir. Por eso estoy tratando las experiencias de Jung con tanto detalle. Esta lectura se ve confirmada por un sueño que tuvo seis días después y al que otorgó una importancia extraordinaria.
«Yo estaba con un hombre desconocido de piel morena, un salvaje, en un solitario paisaje de rocas. Era antes de la aurora; el cielo del este ya estaba brillante y las estrellas se apagaban. Entonces oí el cuerno de Sigfrido sonando por encima de las montañas y supe que teníamos que matarlo. Íbamos armados con rifles y nos tumbamos a la espera de su llegada en un camino estrecho, sobre las rocas.» En cierto sentido, esto es el preludio a la visión anterior. Sigfrido, el héroe teutónico y solar representativo del ego consciente y racional, se convertirá en el joven rubio muerto. En otro sentido, el sueño es la secuela de la visión. Aquí tenemos el inicio del brillante día que allí faltaba, pues fue reemplazado por una efusión de sangre que lo engulliría todo tanto en un nivel individual como colectivo. Ésta simboliza la muerte de la cosmovisión de Jung; es la muerte de la vieja Europa, ahogada en la sangre de la guerra. Pero también es vida, el surgir incontrolable de fuerzas vitales ctónicas manando del Inframundo. Barrido por la marea de sangre, Sigfrido no volverá a levantarse. La perspectiva literal e inquebrantable de la luz y la conciencia y el ascenso espiritual tienen que morir y dejar paso a la perspectiva metafórica y paradójica de la oscuridad, el inconsciente y el descenso al reino daimónico del alma. El sueño proseguía.
«Entonces, Sigfrido apareció en lo alto, en la cima de una montaña, con el primer rayo del sol naciente. En un carro hecho con los huesos de los muertos, bajaba a una velocidad vertiginosa por la pendiente escarpada. Al doblar una curva le disparamos y él se desplomó, muerto.» En el sueño, a Jung le embarga el espanto, el remordimiento y la insoportable culpabilidad de haber matado «algo tan grande y hermoso». Se despierta y da vueltas al sueño en su cabeza, pero es incapaz de entenderlo. Está a punto de volverse a dormir cuando oye una voz en su interior que dice: «Debes entender el sueño, y debes hacerlo enseguida… Si no entiendes el sueño, tienes que matarte». Hay una pistola en la cama. Jung empieza a tener miedo. Se pone a reflexionar más profundamente sobre el sueño y, de pronto, su significado se presenta ante él: es «el problema que se está desarrollando en el mundo. Sigfrido, pensé, representa lo que quieren lograr los alemanes: imponer su voluntad heroicamente, salirse con la suya… Yo había deseado hacer lo mismo [la cursiva es mía (de Harpur)]. Pero ahora ya no era posible. El sueño mostraba que la actitud encarnada por Sigfrido, el héroe, ya no iba conmigo»; ni con nosotros, cabría añadir. «Por eso tenía que morir.»
La voz de advertencia de lo que sin duda era el daimon personal de Jung le dijo que, si no lograba entender el sueño -la metáfora-, podía verse obligado a representarlo literalmente, a sufrir una muerte literal (suicidio) en lugar de una muerte iniciática. Al matar a Sigfrido estaba matando esa parte de sí mismo, ese tipo de ego que ya no resultaba apropiado para su vida, ni para nuestras propias vidas del siglo XXI. Se trata de un momento doloroso. Jung sintió «una compasión apabullante, como si me hubieran disparado a mí mismo: signo de mi identificación secreta con Sigfrido, así como del dolor que siente un hombre cuando se ve obligado a sacrificar (…) sus actitudes conscientes». Pero «existen cosas más elevadas que la voluntad del ego, y uno debe inclinarse ante ellas». Paradójicamente, el comienzo de una alianza con estas cosas más elevadas es una alianza con lo que hasta entonces habíamos considerado más bajo: la parte primitiva y sombría de nosotros mismos, el salvaje que inicia el asesinato.
Estos acontecimientos marcaron un punto de inflexión en la vida de Jung. En el sentido mundano, fue una inflexión hacia abajo. Se apartó de Freud y de la psicología respetable. Siguió considerándose un científico, pero su ciencia no era reconocida por los demás. Apuntaba a los hechos irreducibles de la realidad daimónica, en cuya búsqueda Jung se alió con esos otros científicos marginados históricamente: los alquimistas. Y se convirtió en un chamán, aprendiendo a controlar sus descensos voluntarios al reino daimónico, donde obtuvo ayudas daimónicas como la de Filemón, que le otorgó, para agradecimiento de sus pacientes, los dones de la curación y la sabiduría. (Págs. 408-415)