Cabalgando al Tigre

Martes, 14 febrero, 2006

A vueltas con la Tradición

Filed under: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 9:13 am

Imagen20.jpgPara evitar que el tema quede entrerrado en las profundidades del blog, continúo aquí con la conversación suscitada en el post “A propósito de la “Naturaleza” de la Tradición”.

Lo primero es decirte, Agustín, que tu matiz me parece del todo pertinente; es cierto que en su posicionamiento teórico Guenón subraya la preeminencia de la dimensión metahistórica de la Tradición, mientras que en su posicionamiento efectivo carga todo el énfasis sobre su dimensión histórica. Y aunque a Corbin lo conozco muy epidérmicamente, parece sostener la posición opuesta (o complementaria), y tu observación me lo confirma ya sin duda. Tampoco tengo nada que decir al respecto de la importancia que otorgas a ambas dimensiones en tu tercer párrafo, cada una en su aplicación respectiva, la histórica al aspecto social y la metahistórica al personal. Pero sí hay un par de cosas en las que voy a insistir.

Cuestionas que tenga sentido preguntarse, como yo hacía, cuál de ambas posturas al respecto de la Tradición, la de Guenón o la de Corbin, se acerca más a la realidad. Dices: “¿Es la verdad un dato del que se pueda estar siempre a distancias mensurables y comparables? ¿No implica eso una idea de la verdad espiritual más propia de las «verdades matemáticas»? La idea de que la realidad es algo semejante a un sistema matemático de ecuaciones precisas y exactas con una solución única y válida me parece una de las consecuencias más negativas que se deducen de la perspectiva guenoniana. Esto no implica que todo valga ni que haya que aceptar un relativismo absoluto; implica simplemente que la verdad espiritual es tan distinta de la verdad matemática como la unidad metafísica lo es respecto de la unidad aritmética.”

Quizá no fuese el mejor planteamiento el que hice, y ya en el momento de exponerlo tenía mis reticencias, consciente del posible empobrecimiento que un punto de vista tan “binario” podría tener sobre el asunto, pero lo mantuve porque, si dejamos de lado la “rigidez” formal de mi pregunta, no creo que en el fondo tenga nada de inadecuado: efectivamente, lo que dices está muy bien, en especial la analogía de la última frase, pero aunque la “distancia” a la verdad no sea cuantificable, seguro que es al menos “cualificable”. Me explico; si las dos perspectivas se oponen en el terreno de la lógica, o bien una está más en lo cierto que la otra o bien hay que asumir que ninguna de las dos posibilidades tiene suficiente grado de “realidad”; sencillamente habría que reformularlas.

Como esto último no parece fácil, la pregunta sigue en pie, al menos en su espíritu: ¿necesita el individuo como tal de su participación en una Tradición, en su sentido histórico, para acceder a su dimensión profunda (por decirlo rápido) y, sobre todo, para no perderse ahí y no confundir lo infra con lo supra y viceversa? Guenón contesta afirmativamente sin ambages, y Corbin negativamente. ¿Pueden conciliarse ambas posturas?

En cuanto a lo qué entiendo por tradición islámica, la cosa sé que es peliaguda. Aun así, asumiré el riesgo de definir lo que entiendo por Tradición, consciente de que la aproximación será parcial e inexacta, pero espero que suficiente. Entiendo ésta como un conjunto coherente y operativo que abarca todos los ámbitos de la condición humana y con capacidad para orientar hacia su centro tanto a la colectividad (exoterismo) como al mismo individuo (esoterismo). No hace falta decir que dentro de la Tradición islámica, tal y como la entiendo, estaría cualquier Tradición que se desarrollase en torno a la revelación coránica. Así que de nuevo lanzo la pregunta: ¿es imprescindible la adhesión a una tariqat para poder considerarse un “iniciado” musulmán o existen otras vías iniciáticas tradicionalmente operativas?

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6 comentarios »

  1. Así pues, me parece que tus dos preguntas básicas son:

    1) ¿Exige la realización espiritual la adscripción formal a una tradición espiritual determinada?
    2) ¿Es imprescindible la adhesión a una tariqah para ser considerado un iniciado en el contexto islámico?

    Pero las dos preguntas exigirían ser matizadas, especialmente la segunda, pues una objeción obvia respecto a esa segunda pregunta es: «para ser considerado»… ¿por quién? Si es por Guénon y sus seguidores, la respuesta es rotunda: sí. Si es por la tradición islámica… pues depende; para unos sí y para otros no. La «tradición islámica», como cualquier tradición, es algo de límites menos precisos y reglamentados de lo que algunos pretenden. (Nos encontramos aquí con los problemáticos conceptos de «ortodoxia» y «heterodoxia», directamente relacionados con el fondo de la materia que tratamos, que podrían dar lugar a otro interesante debate.) Propondría, pues, formular esa pregunta de otra forma menos particular:

    2) ¿Es imprescindible la adhesión a una tariqah para una realización espiritual plena en el contexto de la tradición islámica?

    1) EN CUANTO A LA PREGUNTA 1. Sabemos que Guénon afirmó tajantemente que no es posible la realización espiritual al margen de ciertas vías institucionalmente establecidas. En realidad, tal aseveración no es más que la generalización a un contexto tradicional global de lo que la célebre frase «fuera de la Iglesia no hay salvación» refería a un contexto confesional específico. Ahora bien, está negativa ¿no es pretender imponer reglas al Espíritu? ¿No es negar radicalmente la posibilidad de que «el Espíritu sople donde quiera»? Naturalmente, está claro que a muchos les puede resultar más fácil la realización espiritual a través de una institución; pero no es eso lo que se está discutiendo; lo que se discute aquí es la necesidad ineludible de tal vinculación. Ahora bien, si se trata realmente de una condición sine qua non, lo será porque hay algo que la dimensión institucional de una tradición espiritual aporta al individuo que éste no puede encontrar en sí mismo o por sí mismo. ¿Qué es ese «algo»? Habría que dar una respuesta a esa pregunta y, en función de ello, se podría seguir con el análisis.

    Tal vez podría ayudarnos el formular también la pregunta exactamente al revés: ¿por qué un individuo que no estuviera adscrito a una forma institucionalizada de una tradición espiritual no podría acceder a la realización? Si no se da alguna razón decisiva, se podría lógicamente pensar que, si bien la adscripción religiosa (pues, en definitiva, se trata de eso) puede ser de utilidad a ciertas personas, no hay por qué descartar que a otras pueda resultarles innecesaria, o incluso perniciosa en tanto que tal vez pueda aportar más inconvenientes que ventajas. (Aparte de aquellos a quienes esa adscripción resulta simplemente imposible, por ausencia de identificación interior. En contra de lo que algunos parecen creer, no se elige una tradición como se elige una camisa.)

    Me permito dos consideraciones adicionales relativas al asunto:

    A) Desde mi punto de vista, está implícito ―y con frecuencia explícito― en todas las tradiciones que Dios (por utilizar un lenguaje teológico) deposita en el alma humana todo lo que ésta necesita para su realización espiritual. Pensar lo contrario y afirmar que una forma institucional ―que, teniendo necesariamente también una «dimensión humana», está sometida a una posibilidad histórica de corrupción― es mediación imprescindible para la realización espiritual del individuo es colocar el destino del hombre en manos de la historia y caer, en definitiva, en un determinismo histórico, cuyas consecuencias e implicaciones habría que calibrar detenidamente.

    B) En mi opinión, tienen toda la razón quienes plantean la necesidad social de las estructuras religiosas tradicionales, puesto que su desaparición supone el desmoronamiento espiritual, y muy probablemente moral, de la sociedad correspondiente. En tal sentido podría decirse que una sociedad no puede aspirar a un cierto grado de realización espiritual (o, tal vez, simplemente a la supervivencia) si carece de tales estructuras. Ahora bien, de esa necesidad social no puede deducirse automáticamente la necesidad individual y no puede presentarse esa deducción como si fuera algo obvio, pues estamos ante dos realidades diferentes, con diferentes necesidades y diferentes posibilidades. Esa extrapolación necesitaría ser justificada.

    2) EN CUANTO A LA PREGUNTA 2. La pregunta 2 no hace sino referir específicamente al ámbito esotérico de una tradición determinada lo que la pregunta 1 refería de forma mucho más general a la «realización espiritual» al margen de toda tradición concreta.

    Hossein Nasr nos decía inequívocamente en el texto que reproducía en mi anterior comentario que, históricamente, en Persia no se ha dado una respuesta afirmativa a esta pregunta. Tenemos por otra parte, múltiples ejemplos, como el citado de Sohravardî, que nunca perteneció a una tariqah y, sin embargo, está más o menos unánimemente considerado entre los musulmanes iraníes como una de las cumbres de la espiritualidad persa. Naturalmente, podemos oponer a Nasr y a la tradición espiritual del pueblo iraní la opinión de Guénon. En cuanto a esta oposición de las respectivas opiniones de Nasr y Guénon, cada cual puede dar a la opinión de cada uno de ellos el valor que quiera aunque, en lo que atañe al conocimiento del desarrollo histórico del islam iraní, a mí no me cabe la menor duda de que Nasr lo conoce bastante mejor de lo que lo conocía Guénon (a las respectivas bibliografías me remito). Un poco más complicado me parece pretender desautorizar el sentimiento tradicional de todo un pueblo a lo largo de catorce siglos en función de la opinión de un señor que, con todos mis respetos, apenas pinta nada en el mundo islámico. No olvidemos que Guénon podrá ser una autoridad para unos grupos minoritarios de esoteristas occidentales, pero en el contexto de la tradición islámica carece de cualquier relevancia, lo que, yo creo, se olvida con frecuencia.

    Por otra parte, no podemos olvidar la figura ―citada por Nasr en su texto― de los uwaysíes (que obtienen su realización espiritual al margen de las estructuras regulares) vigente en todo el mundo islámico. ¿Qué hacemos, entonces, con esta figura? ¿La descartamos como «herética» llevando la contraria a la misma tradición islámica? Por otra parte, puesto que no soy ningún experto en la tradición islámica (ni en nada, dicho sea de paso), preguntaría (no de forma desafiante, sino, muy al contrario, por si alguien puede sacarme de mi ignorancia), en qué fuentes tradicionales islámicas se refleja la necesidad de afiliación a una tariqah como condición ineludible para acceder a la realización espiritual.

    Y, naturalmente, vuelvo a hacer aquí la misma pregunta que hacía para la pregunta 1: ¿Qué aporta la pertenencia a una tariqah que el individuo no pueda obtener de sí mismo o por sí mismo? No estoy diciendo que no aporte nada; estoy, simplemente, preguntando, para pasar luego a un posterior análisis de si esa aportación es, o no, determinante o imprescindible.

    Saludos.

    Comentario por Agustín — Martes, 21 febrero, 2006 @ 10:29 am |Responder

  2. Estimados “bloguistas”:

    Creo que sería bueno recordar lo que Guénon escribió en Iniciación y Realización Espiritual, caps. 28 y 29 (véase también el apéndice al cap. 28, aunque no es de Guénon), con respecto a lo que son los Malamatiyah y con respecto a la posibilidad de recibir una iniciación al margen de las vías “regulares” (lease Turuq en el Islam). Por lo tanto, no es cierto que no considerase esa posibilidad (de la cual también pone a Jackob Boehme como ejemplo “occidental”), aunque es, desde luego, más excepcional que otra cosa.

    Por otro lado, habría que preguntarse qué significan las palabras “realización espiritual” en la particular perspectiva en la que Agustín parece situarse (por cierto, ¿cuál es exactamente?). En el contexto del Islam y de otras formas tradicionales (tanto orientales como occidentales) está bastante claro: el hombre “ordinario” se encuentra en un estado “caído” (expulsión/pérdida del Paraíso o de la Edad de Oro) y debe y puede recuperar su estado “normal” (hombre verdadero o primordial, el-insanul –qadim) e incluso ir más allá, hasta alcanzar la Identidad Suprema o la Liberación (Moksha). Que les pregunten a todos los sheijs, gurus, y/o maestros espirituales en general que en el mundo han sido si tenían los problemas que tiene Agustín para entender lo que eso puede significar, y por qué razones es necesaria la adscripción a una cadena de transmisión iniciática regular para emprender el camino de realización espiritual. Al hilo de lo dicho sólo subrayar que una “institución” y una “organización iniciática” nada tienen que ver y su confusión es una clara muestra de “deslizamiento semántico”, plenamente consciente, por lo demás, en quien ha traducido a Guénon, o, en otro caso, inconsciente en quien no lo ha entendido a pesar de haberlo traducido (existen diversos casos que se podrían mencionar, pero no creo que este sea el caso de Agustín).

    Respecto al texto de Nasr citado, los casos 1 y 2 entran en lo que Guénon llamaría una iniciación por una vía regular y el caso 3 en el de una iniciación por vía “excepcional” (que no “irregular”, puesto que semejante caso no puede existir más que cuando se trata de “pseudo-iniciación”). No veo ningún misterio en todo esto. Otra cosa es saber en qué caso se situaba Shoravardi (si es que se situaba en alguno de esos tres) y si Corbin entendía o no entendía todo este asunto (por volver al origen de la presente polémica).

    La Verdad (que es Una) es sumamente tozuda y las formas tradicionales tienen las vías que tienen no porque Guénon se haya emperrado en ello sino porque son una pura muestra de la Misericordia Divina. Otra cosa es que eso se quiera entender o bien que uno se quiera fabricar su propia “camisa” a la carta (disfrácenla Vds. como quieran).

    Saludos cordiales.

    Comentario por Dr. Piedra — Martes, 21 febrero, 2006 @ 12:53 pm |Responder

  3. Estimados bloguistas:

    Intentaré responder un poco más profundamente a las preguntas que se plantea “aspirante” y que ha reformulado Agustín. No obstante, he de decir de entrada que me parece un tanto extravagante, no que se las plantee “aspirante”, puesto que él mismo reconoce que está empezando en estos asuntos, sino que se las planteen en serio otros más o menos bregados en las lides “tradicionales”, o al menos esa impresión tenía. Ciertamente sorprendente, pero bueno. Vamos allá:

    1) ¿Exige la realización espiritual la adscripción formal a una tradición espiritual determinada?

    Valga la redundancia, la pregunta parece una tautología. ¿Acaso puede alguien plantearse seriamente una “realización espiritual” fuera de una “tradición espiritual”?. Dice Agustín, prácticamente sin despeinarse (y cito): “Sabemos que Guénon afirmó tajantemente que no es posible la realización espiritual al margen de ciertas vías institucionalmente establecidas”………..Vamos a ver, estimados, seamos serios. En primer lugar lo que dice Guénon se refiere a la necesaria adscripción a una tradición sagrada en una determinada forma tradicional (con todas las dimensiones que pueda tener) y no a “ciertas vías institucionalmente establecidas”; y en segundo, ¿acaso es esta una afirmación que Guénon se haya sacado de la manga, o es quizá tan solo una constatación de lo que afirman universalmente todas las tradiciones que en el mundo han sido?. ¿Se tratará acaso de un complot mundial transhistórico de las fuerzas institucionales reunidas o una realidad como la copa de un pino, le pese a quien le pese?.

    Y se pregunta Agustín: “¿no es eso pretender imponer reglas al Espíritu?”; pero yo por mi parte me pregunto: ¿no será acaso el Espíritu mismo el que ha impuesto esas “reglas” o, mejor dicho, el que ha fundado y el que mantiene esas vías? o sino, ¿quién ha enviado a los Profetas y a los fundadores de Religiones?, ¿o es que se levantaron un buen día por la mañana sin nada mejor que hacer y se dijeron, “vamos a fundar una tradición nueva”?. Por otro lado, ¿alguien conoce a algún maestro espiritual (realmente merecedor de tal epíteto, claro) que no haya pertenecido real y efectivamente (y no sólo idealmente) a una tradición determinada?. O se está en la perspectiva de Eckhart, Shankara, Ibn Arabi, Chuang tzu y tantos otros, o se está en la de Krishnamurti, Osho, Blavatsky o el Palmar de Troya, sin olvidar, claro está, la perspectiva investigadora “independiente” y “neutral” tipo JJ Benitez o el últimamente famoso Iker Jiménez. En definitiva, me parece que en la pregunta que se hace Agustín subyace la perspectiva siguiente: ¿no serán las religiones meras instituciones de origen humano?. Si son eso, entonces uno se sitúa en el punto de vista del tío Karl, esto es, las religiones son meramente “opio para el pueblo”. Pero si no son eso, entonces no pueden ser otra cosa que depositarias de ese “algo” por el que se pregunta el propio Agustín un poco más abajo, lo cual no quiere decir, desde luego, que a pesar de eso no puedan degenerar. Que cada uno elija el “point of view” que le parezca mejor.

    Cabe comentar otra contraposición sumamente curiosa en el texto de Agustín: si la vinculación a una forma tradicional “se trata realmente de una condición sine qua non, lo será porque hay algo que la dimensión institucional de una tradición espiritual aporta al individuo que éste no puede encontrar en sí mismo o por sí mismo. ¿Qué es es “algo”?.”. Querido Gorgias: no es la “dimensión institucional de una tradición espiritual” la que aporta al individuo el famoso “algo”. Si no existiese eso que tú llamas “dimensión institucional”, la tradición espiritual (valga el pleonasmo) seguiría siendo igualmente válida; el fundamento, la base, el principio, es el depósito suprahumano (el “elemento no humano” en palabras de tu “admirado” Guénon) no el envoltorio, más o menos espectacular o complejo que lo pueda envolver.
    Ahora bien, si lo que se quiere saber es qué es ese “algo”, como si ese “algo” fuese una cosa, un objeto, entonces ciertamente la pregunta no tiene respuesta, porque está mal planteada. Lo que se transmite no es un “algo”, una “cosa”, un “objeto” del cual se pueda decir “es esto”. Lo que se transmite no tiene forma, no es tangible, no es perceptible por los sentidos corporales, lo cual no quiere decir que no pueda apoyarse sobre una forma determinada o que no pueda producir efectos tanto en el orden anímico como en el corporal. Pero en sí mismo no es fenoménico ni, por lo tanto, psíquico ni corporal.

    ¿Desde cuando el Espíritu es una cosa?. Por ejemplo: ¿el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo están hechos de pan y vino o son el pan y el vino, convenientemente situados en determinadas condiciones, los vehiculos de transmisión del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo?. ¿La Barakah depende del bastón con el que el Sheij la transmite o es el Sheij y su bastón el vehiculo transmisor de la Barakah y, por lo tanto, el que depende completamente de ella?.

    Vamos a ver si nos entendemos: la tradición espiritual no es igual a la mal llamada “forma institucionalizada” sino que, en todo caso, es la “forma institucionalizada” la depositaria o la que procede y está en relación o participación más o menos directa e íntima con la tradición espiritual, esto es, con la transmisión del “elemento no humano”. Eso es más fácil de ver si uno se remite a los comienzos de una forma tradicional determinada, en la que generalmente los “envoltorios” son prácticamente inexistentes. Pero aunque su complejidad haya aumentado con el tiempo y/o por epidérmicos que puedan ser con respecto al núcleo, está claro que su función procede de éste y si no procediese de éste, esto es, si fuese un invento meramente humano, entonces sería completamente prescindible, puesto que no cumpliría en absoluto ninguna función simbólica o ritual en el verdadero sentido de ambos términos.

    ¿Puede el individuo “encontrar en sí mismo o por sí mismo” ese “algo”?. Bueno, aquí hay dos preguntas: ¿lo puede encontrar “en sí mismo”? y ¿lo puede encontrar “por sí mismo”?. Para dilucidar esto entraríamos en otra discusión bastante compleja, porque primero habría que saber exactamente qué entendemos por “individuo” y si el individuo se considera como un “todo cerrado”. Pero bueno, sea como fuere y resumiendo: acaso el individuo sea portador de algo que en sí mismo no es individual y que se encuentra como dormido o a lo que ordinariamente no tiene acceso (otra buena pregunta sería saber porqué no tiene acceso, pero ese es otro tema). Eckhart se refiere a ello como la chispa o la punta de alma, el abismo, el urgrund, etc. Y para llegar a entrar en ese abismo, en ese desierto donde no hay nada de “mí mismo” en tanto fulanito de tal ¿qué propone?. ¿Qué propone Shankara como medios para llegar a conocer al Uno sin segundo?. ¿Qué propone Ibn Arabi? ¿Qué proponen Chuang Tse o Lao Tse?. ¿Se dedican a la mera instropección psicológica por cuenta propia o recomiendan otra cosa?. ¿Puede uno bajar a los Infiernos y subir a los Cielos sin ninguna guía o es mejor buscar la ayuda de un Virgilio, de una Beatriz y de un San Bernardo, imitando al buen Dante?. ¿Puede uno pasar del “sofing” a escalar el Everest sin entrenamiento o vale más que empiece contactando con el centro excursionista de su barrio para luego con el tiempo y una caña viajar al Nepal?.

    (À suivre)

    Saludos cordiales

    Comentario por Dr. Piedra — Jueves, 23 febrero, 2006 @ 1:31 pm |Responder

  4. Se me agolpan los cometarios en el caletre, pues el que estaba preparando ha quedado desfasado por la nueva entrada del Dr. Piedra. Intentaré ser conciso, casi esquemático (aunque ya sé que no lo lograré).
    Al respecto de la frase de Agustín de querer “imponer reglas al espíritu”, mi cometario iba a ser parecido, aunque considerablemente menos agudo, que el del Dr., así que no insistiré; simplemente mostrar mi acuerdo con él.
    Sin embargo, hay otros aspectos que ya no veo tan claros. Yo no saco la conclusión, a cuenta de lo escrito, de que Agustín se plantee el posible origen humano de las religiones: según yo lo entiendo, sólo se pregunta, a instancias mías, si hay otras alternativas, y yo me lo sigo preguntando. Es decir, las religiones, ¿agotan las vías de realización o existen posibilidades paralelas? Y no me digas, Dr. Piedra, que Guénon contempla esa posibilidad, que bien lo sé, pero también sabes tú que a la “iniciación Mariana” (si no recuerdo mal así la llama) la consideraba tan excepcional y anecdótica que, desde el punto de vista del buscador, resulta irrelevante.
    En cuanto a ese “algo” por lo que pregunta Agustín y de lo que el Dr. Piedra se esfuerza en dejar clara su naturaleza supra-corporal e incluso “supra-sutil”, es lo que Guénon denomina “influencia espiritual”. Por cierto, que me parece innecesario insistir, Dr. Piedra, en la importancia de no cosificar ese “algo”; yo ni en broma sería capaz de deducir esa tendencia en lo que Agustín ha escrito. En cualquier caso, me parece que la dificultad aparece a la hora de explicarse con más precisión qué es este “algo” y todo lo relativo a su transmisión/adquisición/actualización. Pero no voy a entrar, para evitar que se abra mucho el tiro, en este tema en favor de una cuestión que os propongo. Voy a comenzar un hilo nuevo, Ortodoxia y heterodoxia, con ella. Nos vemos ahí.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 24 febrero, 2006 @ 3:36 pm |Responder

  5. Ya en otra ocasión, me referí a cuestiones de método. Me permito volver sobre el asunto.

    Mantener una conversación es, según yo lo entiendo, plantearse una posibilidad conjunta de ahondar en el conocimiento; abrirse al descubrimiento de lo desconocido, adentrarse por un camino cuyo final se ignora, enriquecerse con aportaciones ajenas, no pensadas, tal vez ni siquiera vislumbradas: posibilidad de reconstruir una y otra vez la propia conciencia, en ese proceso destructor de idolatrías que Henry Corbin definía como «hermenéutica permanente».

    Eso exige ir en busca de la verdad con humildad, esforzándonos con el mayor rigor metodológico de que seamos capaces, aceptando el reto, hermoso y esencial para quien busca el conocimiento, de «pensar contra uno mismo» ―como decía Cioran― y sin miedo de que se nos puedan venir abajo las ideas una a una. Este reto, que desconocen absolutamente todos los fundamentalistas ―sean tradicionalistas o progresistas, esotéricos o exotéricos―, exige haber entendido que el enemigo, como todo lo importante, está más dentro que fuera, que el adversario no es el que sustenta una visión distinta a la nuestra, sino el fabricante de ídolos que cada uno lleva en su interior, que no ceja en su elaboración de estólidas certezas, por más ropajes metafísicos con que se las quiera revestir, tranquilizadoras por inexploradas.

    Pero esta actitud no es fácil de asumir, de modo que, con frecuencia, la conversación fluida se ve petrificada con la aparición en el escenario de supuestas verdades absolutas que Dios ha dictado, al parecer, al oído de sus hijos más dilectos. El debate se convierte así en catequesis y adoctrinamiento ―más o menos histérico o paternalista, según los casos―, propaganda de una «verdad» que, como la de los científicos, se justifica a sí misma al desechar a priori cuanto podría cuestionarla. Las opiniones propias son autopromovidas, como por arte de magia, al nivel de «criterio metafísico», mientras que las ajenas se hacen emanar, por el mismo sistema, de la sofística y la heurística. Se manipulan y deforman a voluntad las palabras ajenas y, si el oponente es especialmente recalcitrante, se clama al cielo escandalizándose ante tanta ignorancia (recurso muy efectivo si se maneja con destreza) y se levanta la sospecha sobre sus torvas motivaciones.

    Aquí las ideas ya no tienen nada que ver con la verdad, sino con la utilidad. Fijadas las conclusiones de antemano, se trata, a continuación, de montar los «argumentos» que las apuntalen en función de la dirección por la que se anuncie la amenaza. Y así, de la conclusión hacia las premisas, se construye la inversión exacta del proceso del conocer, inversión en la que la pretendida elevación de los contenidos confiere al docto simulacro su dimensión más siniestra, pues ―dándole la vuelta a la frase del maestro Eckhart (que no al maestro Eckhart)― «cuanto más alaban a Dios, más blasfeman».

    Me retiro de lo que tenía todos los visos de convertirse en una discusión sin sentido con el «Dr. Piedra», pero no renuncio, por el momento, a participar en otras secciones de este blog, y quisiera, por tanto, plantear un decálogo sobre ciertas condiciones a las que, particularmente, intentaré atenerme llegado el caso. Si no lo consigo, agradeceré que se me recuerde en su momento. Las expongo por si a alguno le sirven de algo.

    1. No entender el debate como una batalla que hay que ganar.
    2. No entender el debate como una reunión de principiantes a los que hay que adoctrinar o de descarriados a los que hay que excomulgar.
    3. Tener voluntad de entender las tesis ajenas.
    4. No deformar ni manipular las palabras ajenas infiriendo presupuestos que no necesariamente subyacen en ellas.
    5. No deformar ni manipular las palabras ajenas deduciendo conclusiones a las que no necesariamente conducen.
    6. Contemplar con idéntica objetividad las limitaciones de la argumentación ajena y de la propia.
    7. No promover disquisiciones terminológicas innecesarias como si todos estuvieran obligados a utilizar el lenguaje que uno utiliza.
    8. Prescindir de ironías y sarcasmos que no aporten elementos de conocimiento.
    9. Renunciar a toda demagogia y a cualquier argumentación que se sepa tramposa o carente de rigor.
    10. Evitar las referencias personales y toda elucubración sobre las motivaciones ajenas.

    Saludos.

    Comentario por Agustín — Jueves, 2 marzo, 2006 @ 8:47 am |Responder

  6. Me permito solamente una cosa, como contestación rápida al “decálogo” que nos envía Agustín:

    Te recuerdo, querido Agustín, que aquí el primero que ha empezado con un tono guerrero entendiendo el debate como una batalla o como un adoctrinamiento de descarriados, con una voluntad nula de entender las tesis ajenas, con deformación y manipulación de las palabras ajenas, no contemplando con objetividad las limitaciones propias y las ajenas, no promoviendo disquisiciones terminológicas innecesarias, el primero que no ha prescindido de ironías y sarcasmos, que no ha renunciado a toda demagogia o al empleo de argumentaciones tramposas o carentes de rigor y no ha evitado las referencias personales y toda elucubración sobre ellas….. el primero que ha hecho todo eso, querido Agustín, has sido tú mismo, sobre todo en tu primer mensaje y después, en los demás también, aunque bien es cierto que de forma más atenuada, con un contínuo desprecio (no ya argumentación en contra, como era de esperar) de las posiciones que no compartes.

    De modo que es muy fácil tirar piedras y luego exigir a los demás que no apedreen, y es muy bonito y queda muy bien ir estableciendo códigos de “buenas maneras” que ni tú mismo respetas.

    Al menos los demás no nos escandalizamos de nada ni ponemos reglas que nosotros mismos no cumplimos. Dejamos que los intercambios de opiniones fluyan como a cada uno le parezca mejor. Y, sobre todo, procuramos no tratar mal a nadie, pero tampoco nos amedrentamos ni renunciamos a establecer una defensa, cuando menos con las mismas “armas” o las mismas “técnicas” que se nos aplican sin comerlo ni beberlo y sin venir a cuento.

    Querido Agustín: menos decálogos y más argumentos de peso.

    Saludos a tod@s.

    Comentario por Dr. Piedra — Jueves, 2 marzo, 2006 @ 2:13 pm |Responder


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