Cabalgando al Tigre

Miércoles, 19 abril, 2006

El suicidio: disponer de la propia vida

Filed under: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 10:08 am

harakiri.jpgsuicidio.jpg El suicidio, que, en todas sus variantes, ha acompañado siempre al hombre por el hecho de serlo, presenta tal multiformidad que me parece un tema especialmente difícil de abordar. En los extremos, las cosas son más o menos fáciles: es evidente el abismo que, por ejemplo, separa la visión con que un samurai contempla el seppuku (o harakiri), suicidio ritual, honorable y “heroico”, de las ideaciones autolíticas de un enfermo mental cuya psique está desestructurada, por mencionar dos desencadenantes del suicidio radicalmente contrapuestos.

Pero las “aplicaciones intermedias” ya son más borrosas. En nuestra cultura, de raíces católicas, el suicidio es considerado ilegítimo, según la tesis de que la vida es un regalo de Dios, o más bien un préstamo, y uno no tiene derecho a decidir cuándo debe terminar. La aproximación, aceptada la tesis, parece consistente, pero los problemas aparecen cuando las ideas pasan a la práctica. ¿Es esto así en cualquier circunstancia? ¿Nada justifica el dar fin a la propia vida? Desde el punto de vista cristiano, parece que no, pero el tema es susceptible de llevarse (y de hecho se hace), por vía de consecuencia, a la conservación de la vida mientras esté en nuestras manos. No ocurre así en otras tradiciones, claro está. Imaginaos un pueblo nómada sujeto a semejante precepto. Es por tanto evidente que, aunque todas las tradiciones coinciden en contemplar la vida como un atributo sagrado y, por tanto, merecedor de una consideración especial, la actitud ante el fin voluntario de la propia sí varía, a veces en medida significativa. Entiendo que, por ejemplo, un tuareg vivenciaría su incapacidad total e irreversible de desplazarse como una “deshumanización”, un estado de indigencia, de indignidad personal que haría su vida indigna de ser vivida, sin sentido ni objeto, pudiendo (¿quizá debiendo?) darle fin sin que ello suponga sanción moral alguna por parte de su tradición. Los individuos de diversos pueblos de tradiciones chamánicas, cuando sienten que su hora ha llegado, se retiran al bosque y se dejan morir. Y desde luego, un samurai excelente, según el bushido, se quitaría la vida ante la muerte, aun por causa natural, de su señor, acto inaceptable para la mentalidad cristiana medieval, por hacer el paralelismo entre sociedades feudales. Con estos ejemplos a vuelapluma pretendo hacer patente que la importancia de la vida en sí misma está muchas veces supeditada a factores que se consideran superiores a ella, como el honor o la dignidad.

Enlazando esto último con la idea de conservar la vida mientras sea posible, se dan con frecuencia situaciones que, desde mi punto de vista, llegan a rozar lo grotesco; la tecnología médica nos capacita para mantener la vida de un individuo incluso más allá de lo que mucha gente imagina, si es que tenemos el incurable optimismo de llamar “vida” a una concatenación de reacciones bioquímicas que mantienen un mínimo de orden y calidad gracias a métodos extrínsecos que remedan aquellos sistemas que fallan. Sería algo así como poner parches de esparto en los rotos de un vestido de seda.  Pues bien, sea, pero… ¿cuántos parches puedes poner para seguir llamándolo legítimamente “vestido de seda”? ¿Puede considerarse una muerte digna la que habitualmente se produce en nuestro entorno, en el que la presencia del entorno afectivo se ve sustituida por la frialdad de una UVI, rodeado de máquinas que introducen sus tentáculos por orificios, ya sean naturales, ya sean artificiales y creados para la ignominiosa ocasión? ¿Subyace detrás de esta tendencia a mantener la vida a toda costa la idea cristiana antes mencionada, quedando reducida a un simple precepto moral en una sociedad ya secularizada como la occidental?

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8 comentarios »

  1. Me da la impresión, Aspirante, de que éste es un tema sobre el que, aparentemente, todo el mundo podrá tener su opinión, pero sobre el que, sin embargo, no es nada fácil hablar. En fin, aquí van unas reflexiones deshilvanadas, por si le sugieren algo a alguien.

    En cuanto a entender la vida como un regalo de Dios, algunos podrán decir que Dios podía dedicarse a obsequiarse a sí mismo y dejar en paz a los demás; que el primer obsequio sería no obligar a nadie a la existencia para satisfacer su narcisismo. Esto puede resultar bastante primario y limitadamente antropomórfico, es verdad, pero tiene, al menos, una cierta justificación según una lógica humana, de la que no sé hasta qué punto podemos prescindir a la hora de pensar. Pues en la problemática generosidad divina está el habernos hecho hombres y no ángeles. En este planteamiento hay algo que no se puede desechar sin más; no sé si un punto de verdad, pero sí, al menos, algo que no sería intelectualmente honrado apartar de la mente, por miedo, alegando que es un planteamiento superficial. Probablemente afrontar la ininteligibilidad radical de la existencia debe de ser condición para poder llegar a aceptarla como Misterio, de la misma forma que aceptar la ininteligibilidad radical de Dios sería condición para no convertirlo en ídolo.

    No creo que tenga sentido opinar sobre cuestiones morales consideradas en sí mismas al margen de sus contextos. La moral se basa en buena parte en criterios convencionales, es decir, contextuales, aunque ahora, en tiempos de universalización forzosa, muchos pueden tener la tentación de fabricar una moral universalmente válida. En tal sentido, la pretensión de valorar moralmente el suicidio «en sí» me parece que sería un abuso. En todo caso, ante la tentación de establecer una valoración moral, no habría que olvidar que, habitualmente, para el suicida, la vida se ha hecho literalmente insoportable. Censurar a alguien por no poder llevar un peso psíquico puede llegar a ser tan injusto como censurarlo por no poder levantar un peso físico.

    La censura incondicional del suicida implica una absolutización del valor de la vida que puede calificarse de auténtica idolatría. La vida física no puede ser un valor absoluto o incondicional desde el momento en que se admite la transcendencia. Por tanto, tampoco el suicidio tiene nada de absoluto. Es más, si hay continuidad, el suicidio tiene algo de acto relativamente irrelevante (y, por otra parte, tal vez de inútil).

    El suicidio del samurai puede tener algo de grandeza moral, sin duda, aunque visto desde otra perspectiva ―con todo su solemne ceremonial y la dramatización que le acompaña―, no deja de participar de la sobrevaloración de la vida y su relatividad, y, por tanto, como casi todos los actos de los códigos «guerreros», tiene algo, en cierto sentido al menos, de afirmación egolátrica. Hay una cierta grandilocuencia en el suicidio dramatizado, que lo hace siempre sospechoso cuando se contempla la vida desde su efímera transitoriedad; pero no por suprimir la vida, sino por la forma en que lo hace.

    En el polo opuesto del suicidio del samurai yo vería la «endura» prácticada por los cátaros: sencillamente dejarse morir por inanición, es decir, no tanto por voluntad (auto)afirmativa de quitarse la vida cuanto por silente indiferencia y sereno desprecio de las exigencias que impone el hecho de vivir.

    Y ¿qué pasa con el suicidio como acto de amor, el que nos proponen, por ejemplo, «Romeo y Julieta» o «Elvira Madigan» (aquella magnífica película de los 60, hoy prácticamente olvidada)? ¿Qué se puede decir del hecho de que dos enamorados, ante la imposibilidad de vivir su amor por los imperativos sociales, decidan sellarlo con la muerte?

    Cordiales saludos.

    Comentario por Agustín — Martes, 25 abril, 2006 @ 11:32 pm |Responder

  2. Desde el punto de vista personal, podría adscribirme a la postura que comentas: efectivamente, uno no sabe si está aquí por la gracia de Dios o porque Dios hizo una gracia. De acuerdo, “Dios podía dedicarse a obsequiarse a sí mismo”, pero es que a lo mejor es exactamente eso mismo lo que hace; en tu acercamiento, que tú mismo tildas (con acierto creo yo) de antropomórfico, subyace una diferencia radical e indisoluble entre el Creador y lo creado, entre Dios y sus criaturas, que serían una suerte de saltimbanquis creados para desarrollar un morboso drama existencial. Esta (odiosa) posibilidad exige, al modo gnóstico, identificar al Creador con un demiurgo malvado, con el principio del mal, con un demonio henchido de orgullo cuya obra resulta un aborto de imperfección. No digo que no sea tentadora la perspectiva (evitaré entrar ahora en las dificultades lógicas y ontológicas que semejante posición plantea), pero habría otro modo de verlo: es Dios mismo el que, sin dejar de ser Él, “juega” a ser múltiple en diversos grados (de ahí que haya ángeles, pero también hombres, animales y demonios), para lo cual necesariamente ha de autolimitarse en grados proporcionales, por decirlo así. Sé que lo que digo merecería un desarrollo mayor, pero me gustaría comentar algunos puntos más y no quiero colgar una entrada muy voluminosa.
    Coincido con tu opinión del abuso que supondría intentar valorar moralmente el suicidio desde un punto de vista universal; no obstante, como ya dije antes, la vida está considerada como sagrada (no digo intocable) por todas las tradiciones, ahí no cabe duda, y es desde esta perspectiva desde la que me atrevería, no a buscar una valoración universal del suicidio, pero sí alguna clave a este respecto, si la hay, que pertenezca a la raíz de la condición humana. Lo que ya no veo tan clara es la analogía que haces entre llevar una carga física y llevar una carga psíquica. Partiendo de la base de que una censura moral tiene siempre algo de ilegítimo (creo que sólo se tienen elementos para juzgar el propio camino, y esto en el mejor de los casos), sí diría que el peso de los acontecimientos de una vida está ajustado a la naturaleza del individuo que lo vivencia: el “Dios aprieta pero no ahoga” del acervo popular. Y esto, ¿en virtud de qué? podrías preguntar. Pues creo yo que en virtud de la correspondencia que existe entre lo interior y lo exterior, siendo el último sólo una materialización del primero. Hay una curiosa continuidad, claramente perceptible, entre los acontecimientos que suceden y los individuos implicados en ellos. Yo diría, parafraseando el “cada uno tiene lo que se merece” (hoy estoy de humor refranero, parece), que “cada uno tiene lo que es”.
    Y luego está el estimulante tema del suicido por amor. Qué interesante… y qué difícil de abordar. Como esta entrada ya tiene más extensión de la que me gustaría, pensaré en ello y ya volveré sobre el tema.

    Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 26 abril, 2006 @ 9:53 am |Responder

  3. Creo que efectivamente la vida en sí es sagrada? (¿intocable?) pero ¿qué Vida? ¿De qué estamos hablando cuando decimos que la vida es sagrada?, supongo que no nos referiremos a la de un hombre hospitalizado unido a la vida por un sin fin de tubos, o si, no lo se, yo no soy capaz de encontrar la grandeza de Dios en ello (esto no quiere decir nada ya que no soy capaz de encontrar la grandeza de Dios en casi nada, pero creo que todos y Maria, je, je, sabéis a lo que me refiero. Toda tu vida es sagrada y yo no veo una sola razón para no ver en determinadas formas de suicidios algo sagrado, como en cualquier acto de la vida; es cierto que tu eres el que se deja morir se mata, pero ese tú no es tu, es EL. No estoy de acuerdo con Agustín cuando dice que:”El suicidio del samurai puede tener algo de grandeza moral, sin duda, aunque visto desde otra perspectiva ―con todo su solemne ceremonial y la dramatización que le acompaña―, no deja de participar de la sobre valoración de la vida y su relatividad, y, por tanto, como casi todos los actos de los códigos «guerreros», tiene algo, en cierto sentido al menos, de afirmación egolátrica. Hay una cierta grandilocuencia en el suicidio dramatizado, que lo hace siempre sospechoso cuando se contempla la vida desde su efímera transitoriedad; pero no por suprimir la vida, sino por la forma en que lo hace. ” . Para mi lo Sagrado siempre ha tenido algo de Noble, (supongo que como no soy capaz de saber qué es eso de “lo sagrado” tiendo a asociarlo con otras formas) y ambos tipos de suicidio me parecen nobles, me parecen una renuncia a la individualidad en favor de un ideal que supera tu propia existencia, en ambos casos y aunque revestidos de manera diferente, creo que se refieren a lo mismo.
    Con respecto al primer punto que comentáis no añado más ya que estoy plenamente de acuerdo con el aspirante “cada uno tiene lo que es”, aun así esto que fácilmente lo puedo ver en mi, me cuesta mucho llevarlo a los demás y entiendo perfectamente todo lo que dice Agustín.
    También estoy de acuerdo con lo que decís de fabricar una moral universal. Y por ultimo me ha gustado mucho la observación hecha por Agustín de la imposibilidad de absolutilizar la vida.
    Besos, abrazos y demás.
    Perdón por mis faltas pero esta vez he pasado el corrector de ortografía.
    Más besos y más abrazos

    Comentario por Israel — Viernes, 28 abril, 2006 @ 5:56 pm |Responder

  4. Se te perdonan tus faltas ortográficas, querido Israel, y por el momento te dejaremos seguir viviendo, pero eso no me impide hacerte una observación al respecto: confiar demasiado en la técnica, incluso en cuestiones de eficacia, no es recomendable. El corrector de Word no sabe (afortunadamente) distinguir entre «tu» y «tú», «se» y «sé» o «mi» y «mí», por poner algunos ejemplos inmediatos. La cosa da para algún comentario, pues igual que cada vez son menos las personas capaces de realizar de memoria una operación aritmética elemental, y cotidianamente podemos ver cómo se recurre a la calculadora para multiplicar por 10 cualquier número de dos cifras, del mismo modo ―digo― dentro de poco nadie va a tener ni idea de ortografía porque de todo eso ya se encarga el corrector de Word… El problema es que, como luego no hay tiempo para nada, no es cuestión de perderlo con esas nimiedades: se prescinde de pasar el corrector (no digamos ya de hacer una lectura detenida y minuciosa) y así vemos textos, incluso impresos y de personas supuestamente cultas, que harían avergonzarse a cualquier chaval de bachillerato de hace unas pocas décadas.

    No me parece que se trate de un asunto menor. El lenguaje es el instrumento esencial del pensamiento y conocer mal el lenguaje implica, pura y simplemente, pensar mal. Siempre me ha sorprendido (hasta un cierto punto) la escasísima atención que se presta al lenguaje en los medios tradicionales, cuando el lenguaje es un elemento absolutamente esencial de cualquier tradición. Y así vemos cómo se puede compartir la dudosa obsesión por una supuesta precisión terminológica (con frecuencia más o menos arbitraria) con una supina ignorancia de las leyes más elementales de la ortografía y la sintaxis (y esto no lo digo por ti, Israel; estoy pensando en ciertas publicaciones tradicionales pasadas o presentes). Y si digo que me sorprende «hasta un cierto punto» ―no más―, es por la conocida idea de que todo lo que no es «metafísica» o «ciencia tradicional» es folklore, es decir, asunto secundario; idea que, por supuesto, no comparto, pero en la que tampoco me voy a extender.

    En cuanto a tu desacuerdo conmigo, Israel, en el tema del suicidio, no acabo de entender a qué te refieres. No sé, tal vez yo me haya expresado mal; desde luego, ni he negado que lo sagrado (término de imprecisos contornos aunque puede servir para apuntar inequívocamente en una cierta dirección) esté siempre ―por definición, podríamos decir― revestido de nobleza, ni he tratado tampoco que quitarle «nobleza» (que no es una cualidad exclusiva de lo sagrado) al suicidio del samurai. El asunto es quizá que no basta con que un acto sea «noble»…

    En cuanto a que «cada uno tiene lo que es», ni lo acabo de entender ni, en la escasa medida en que lo entiendo, lo comparto, pero lo dejo para otra ocasión.

    Cordiales saludos.

    Comentario por Agustín — Domingo, 30 abril, 2006 @ 9:33 am |Responder

  5. Agustín, si entiendes el popular “cada uno tiene lo que se merece”, no veo la dificultad en la reformulación que me he permitido hacer del popular adagio: si, desde cierto punto de vista, no hay diferencia entre lo interno y lo externo, siendo este último un epifenómeno de aquél, parece evidente deducir que uno, necesariamente, tiene (en lo exterior) lo que uno es (en lo interior). Simplemente el dicho popular tiene una carga moral que en el segundo caso desaparece para poner el acento en la “coherencia” entre la naturaleza de un individuo y sus coordenadas vitales.
    (Ay, madre, ya verás la que voy a liar por bocazas…)

    Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 3 mayo, 2006 @ 12:31 pm |Responder

  6. En primer lugar, quiero decirte que tienes razón y que a partir de ahora procurare poner un poco más de atención a lo que escribo (y no me refiero sólo a las faltas de sintaxis o de ortografía) y repasarlo un par de veces antes de apretar en botón de enviar.
    En cuanto a lo a lo de “cada uno tiene lo que es”o el “cada uno tiene lo que merece” , ¿puede ser de otra forma?, ¿puede un individuo ser lo que no es?, ¿puedes tener o obtener algo que no mereces?, ¿puede no existir una correspondencia entre lo interno y lo externo?, ¿puede el medio, lo exterior, ir en contra (si puedo expresarme así) de tus posibilidades de manifestación?. Supongo que no, y además ese medio debe favorecer y ser coherente (esta palabra me parece básica) con aquello que eres. Si esto no fuera así la manifestación no sería un cosmos sino un caos, otra cosa es que esa correspondencia sea fácil de conocer, observar, deducir, etc.
    Os pido perdón, otra vez, ya que no es este tema sino el suicidio lo que nos ha traído hasta aquí.
    Y con respecto al suicidio, querido Agustín, yo entendí de tu texto que el suicidio del Samurai estaba bajo sospecha egótica, y, desconociendo la forma de llevarse a cabo (que era por cierto la base de tu fundamentación) quise decirte que, para mi, no había distinción entre los dos tipos de suicidio ya que, independientemente de las formas, estaban dejando de lado su individualidad a favor de “algo” que supera su propia existencia. Evidentemente, primero, el que para mi ese acto me parezca noble no quiere decir que lo sea, y segundo, la nobleza no es suficiente para que un acto sea sagrado.
    Besos, abrazos para todos (Dr Piedra, Aspirante a domado, Paco y Agustín) y en especial para ella (que haber cuando te arrancas y escribes algo).

    Comentario por israel — Jueves, 4 mayo, 2006 @ 8:47 pm |Responder

  7. Aunque el tema aquí propuesto sea el suicidio, yo creo que este otro asunto, planteado por Aspirante –lo que uno se merece y lo que no se merece– es lo bastante importante como para abrir un paréntesis y no dejarlo de lado.

    La base de vuestro planteamiento (creo que Aspirante e Israel coincidís en todo lo esencial en este caso) está en la «necesidad» de coherencia entre los diversos planos de la realidad. Ahora bien, esa coherencia (lo dice acertadamente Israel) puede no ser fácil de conocer, y no es fácil de conocer porque no es obvia, y no es obvia porque no es una coherencia mecánica, rígida o automática. El mundo, se ha dicho miles de veces, se parece más a un gran organismo que a una gran máquina. Y un organismo tiene unos márgenes de indeterminación en su operatividad de los que la máquina carece. Como consecuencia de ello –volvemos a lo de siempre– pensar el mundo como organismo es mucho más complicado, más difícil, más incómodo, más engorroso, que pensarlo como máquina… pero mucho más real. Las ideas más claras, los esquemas más nítidos, los modelos más armónicos, no son necesariamente los más verdaderos. El mundo, a pesar de Descartes y de todos los cartesianos, no se ajusta a un modelo matemático. Que alguna relación existe entre los órdenes de la creación parece obligado, pero que esa relación tenga que ser rígida, mecánica y aritmética como si estuviera creada y supervisada de continuo por un Dios entre mecánico y contable, eso ya es otra cosa.

    Al parecer, según yo creo entenderos, como Dios es todo, como Dios es absoluto e infinito y como, además, es justo, una justicia y un orden infinitos tienen que reinar (necesidad de coherencia) en todas partes y en todo momento. Así que una justicia eterna y universal reina por doquier en un mundo que (necesidad de coherencia) es la Perfección misma hecha manifestación. Tiene que ser así porque, si no, el esquema chirría. Si hoy ayudo a una ancianita a cruzar la calle, mañana deberá tocarme la lotería, y si me cuelo a la hora de pagar en el supermercado, al salir, pisaré una cáscara de plátano. Si soy espiritualmente puro no estaré enfermo jamás ­pues lo exterior es sólo un reflejo de lo interior­ y si uno es un enfermo crónico sólo se puede deber a su condición de pecador irredento. Muy bien. Pero ¿qué hacemos entonces con el desorden del famoso kali-yuga? ¿Qué significa, entonces, que «en el mundo moderno nada está en su sitio»? ¿A cuento de qué las imprecaciones de Job y las diatribas de los profetas? ¿Merecían los mártires cristianos ser despedazados vivos por los leones o sometidos a las más crueles torturas por afirmar su fe en Jesús? Y quien dice eso, dice la cantidad inconmensurable de sufrimiento experimentada por millones y millones de personas en todo el mundo y en todos los tiempos conocidos y desconocidos, entre los que habrá bastantes indeseables, sin duda, pero también millones de personas íntegras o simplemente inocentes como en el caso de niños, etc. ¿Me diréis tal vez que están expiando anteriores pecados (o «karma» si es que os gusta más por sonar menos «moralista»)? Pero no sé muy bien qué pecado anterior puede estar expiando un niño (¡y supongo que no iréis vosotros a hablarme de vidas pasadas…!)

    Tal vez, querido Israel, no vivamos en un caos sino en un cosmos, pero habría que empeñarse en cerrar los ojos a la realidad para no querer ver que este cosmos es, por lo menos, bastante caótico. Podemos imaginar a Dios absolutamente blanco y al Demonio absolutamente negro, pero todo a nuestro alrededor son grises y aquí nada funciona como una máquina ni tiene la precisión de una ecuación. Y si alguien tiene lo que se merece, supongo que será porque también ésa es una «posibilidad que debe materializarse en el orden de la manifestación»; o por azar probabilístico, o, si se prefiere y como se diría vulgarmente, por pura casualidad.

    Te preguntas, Israel, si un individuo puede ser lo que no es. Pues parece que sí. La lógica cartesiana de la identidad funciona aceptablemente bien para circular por el pasillo de casa y no meterse en la cocina cuando se quiere ir al baño, pero se diría que no sirve para explicar el mundo.

    Tal vez, más allá de nuestra limitada capacidad de comprensión, el desorden se integre en un Orden superior, formando parte de él. Esperemos que así sea… Pero sacar de ahí la conclusión de que cada uno tiene lo que se merece, sería como partir de la identidad suprema del ser individual con el Principio para deducir que yo, Fulanito de Tal, con mi número de carnet de identidad, con mi profesión y mi dirección electrónica, soy Dios. La confusión, estaremos de acuerdo, puede ser peligrosa. En fin, así lo veo yo…

    Un abrazo.

    Comentario por Agustín — Sábado, 6 mayo, 2006 @ 8:30 am |Responder

  8. […] Ya me figuraba que traería cola. Dado el interés del tema en que ha derivado “El suicidio: disponer de la propia vida” (ver comentarios 5, 6 y 7), abramos un nuevo hilo con él. […]

    Pingback por Cabalgando al Tigre » El que a hierro mata, ¿a hierro muere? — Jueves, 18 mayo, 2006 @ 11:43 am |Responder


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