Cabalgando al Tigre

Jueves, 3 agosto, 2006

Sobre el modo de estar en el mundo

Filed under: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 12:21 pm

gato-suplicando.jpgTaslado parte del comentario 68 de Josephus en La filosofía islámica y el problema del ser a este nuevo hilo, pues el tema, a mi juicio, merece ser tratado con especial interés.

——————————————————–

[…] tratemos de acercarnos un poco más al tema que planteaba Aspirante [se refiere al último párrafo del comentario 59 de La filosofía islámica… sobre la idea de que quizá “las convicciones tengan menos importancia que la orientación en que nos coloca la visión del mundo que nace a partir de ellas”]. Se podría afirmar que la idea que nos hagamos de Dios no es independiente de la idea que nos hacemos de nosotros mismos, y que, por tanto, es decisivo para nuestra vida el asumir una u otra idea en el ámbito de la metafísica. A mí me parece que eso es verdad… hasta cierto punto: tal vez entre quien se tome literalmente la idea del Dios de la Torá y el seguidor del budismo zen habrá probablemente diferencias patentes e importantes, en su forma de ser y en su conducta. Pero, al mismo tiempo, es verdad sólo hasta cierto punto, pues la relación entre los dos ámbitos —el metafísico y el personal— no es rígidamente mecánica, y, salvo casos extremos, no es unívoca ni decisiva. No creo que una «pieza» particular de una construcción metafísica determine necesariamente una determinada visión del universo y de uno mismo y sólo ésa. En la realidad, las cosas son, en la realidad, bastante más elásticas y me cuesta creer que el hecho de identificarse más con los presupuestos de la metafísica akbariana que con los de la metafísica de Mullâ Sadrâ, o al revés, resulte decisivo para la realización espiritual, que es, en definitiva, lo único que importa. Con esto no pretendo decir que dé lo mismo identificarse con un planteamiento metafísico o con otro, sino simplemente que ése no es un factor ni único ni absolutamente determinante en la orientación espiritual de cada cual.Puesto que el llamado «pensamiento tradicional» está siempre latente en este blog como una posible clave de interpretación importante, y también yo me siento, a mi manera y en alguna medida, vinculado con él, no voy a eludir referirme explícitamente a él aunque ello pueda desencadenar algún ciclón, ya sea local o ultramarino, pues me parece que aquí esa referencia puede ser pertinente y clarificadora.

No deja de ser significativo que el mayor énfasis en la unidad doctrinal (me refiero ahora a la tendencia que, sin ánimo de precisión sino de forma meramente descriptiva y aproximada, puedan representar personajes como Valsân, Reyor, Gillis, Geay, etc., por citar algunos casos típicos, es decir, los continuadores puros y duros de la línea más estrictamente guenoniana) coincida con un manifiesto desdén por otras expresiones tradicionales, a mi entender esenciales, como puedan ser, en primer lugar, las relacionadas con la belleza y más en particular con el arte en la vida espiritual; en segundo lugar, con un desdén, también, por las manifestaciones culturales de la vida tradicional, despreciadas como mero «folclore»; en tercer lugar, desdén por la relación del ser humano con la naturaleza y con todo su entorno «cósmico»; desdén, en cuarto lugar, por la forma de vida y todo lo que constituye la experiencia inmediata y cotidiana de los seres humanos, incluyendo la relación con sus semejantes. No digo que todos los «tradicionalistas» (me parece justificado utilizar este término a sabiendas del rechazo que en algunos suscita) incurran en estas actitudes, pero sí una parte significativa de ellos.

Como parte de la reducción de la Tradición a lo que en ese contexto se suele denominar los «principios metafísicos», todos los elementos citados en el párrafo anterior son en la práctica excluidos de una cierta idea de Tradición (que no es la única idea de Tradición posible), frente a lo único que parece tener importancia: los contenidos doctrinales que forman el cuerpo dogmático de cada tradición en relación con la hermenéutica simbólica.

[Aquí se impone una nota que exigiría un mayor desarrollo pero que limito a este párrafo entre corchetes. No hay que olvidar que una cosa es interpretar simbólicamente la realidad y otra distinta analizar con más o menos fortuna los contenidos conceptuales presentes en los símbolos sagrados. Sería una diferencia análoga a la del artista y el crítico de arte].

En mi opinión, los elementos excluidos arriba señalados, y otros que se podrían añadir, son por lo menos tan esenciales y determinantes en la vida humana, si no más, que los contenidos doctrinales. La actitud ante todos esos elementos y otros muchos que configuran la existencia es lo que determina el verdadero posicionamiento de cada ser humano ante la Tradición o, más en general, ante la realidad espiritual. ¿Qué sentido tendría adoptar esos supuestos «principios metafísicos» —con iniciación incluida, si se quiere—, si luego se está cautivado por cualquiera de las infinitas posibilidades de enajenación que ofrece el mundo moderno, si la vida propia no difiere en su realidad práctica e inmediata de la de aquellos cuyas miras existenciales no van más allá de la acumulación de dinero, que pasan su vida entre el fútbol y la televisión, entre la música rock y la informática, y que jamás ha oído hablar de Guénon o de Schuon? Ciertamente, todo el mundo tiene sus debilidades, pero eso no las hace dejar de ser lo que son.

Es ésta pérdida más o menos completa del sentido integral de la existencia lo que, a mi entender, provoca esa chocante situación de tantos «tradicionalistas» en busca de una iniciación a la que apuntarse y su desazón al no encontrarla como si ello les dejara impotentes y les privara de toda posibilidad de hacer cualquier cosa en relación con la vida espiritual. Como si cada momento de la existencia no demandara, al margen de afiliaciones, ritos y creencias, una respuesta concreta que nos acerca o nos aleja de Dios. «Toda la vida es yoga», decía Aurobindo, frase que debería entenderse de forma absolutamente literal. El propio Schuon ha insistido muchas veces en esto, hablando de la importancia de un estilo de vida «aristocrático», lo que, obviamente, nada tiene que ver con ninguna clase social, sino con una actitud hecha, según yo lo entiendo, de serenidad, distancia, caridad, dignidad, elegancia en la conducta…

Lo que quizás deberían pensar —y perdóneseme si hay una cierta presunción por mi parte al decir esto— quienes tanta importancia conceden a los «principios», es si por ese camino no se llega a una experiencia espiritual radicalmente mutilada. Cuando uno es capaz de sentirse conmocionado hasta las lágrimas por la belleza de una iglesia románica, por una misa de Palestrina, por las iluminaciones de los textos medievales, por el encanto de un lugar retirado en la naturaleza virgen, por la serenidad y la atemporalidad que emana de cierta imágenes que nos evocan la vida cotidiana en un mundo tradicional (por referirme exclusivamente al aspecto de la belleza), creo que la importancia de la doctrina se contempla desde otra perspectiva. En definitiva, creo que la experiencia de la belleza —a la que renuncia una gran parte de los «tradicionalistas»— es decisiva en la vida espiritual y el contrapeso necesario a la posible «aridez» del pensamiento cuando se abandona a sí mismo. Desde esa experiencia más integradora, las contradicciones doctrinales pierden —yo creo— una gran parte de su problematicidad y, lejos de paralizar, se pueden integrar como un estímulo más en el progreso espiritual.

Mis disculpas si me he extendido en exceso. Cordiales saludos.

Anuncios

32 comentarios »

  1. Con referencia al mensaje 68 de “Josephus” (ahora trasladado aquí), y podría decirse que “por alusiones”, me voy a referir a la segunda parte del mismo, aquella que supuestamente trata del “pensamiento tradicional”.

    De entrada cabe decir que no se me podrá achacar a mí el provocar “un ciclón” ( en este caso local) sino que, en todo caso, la causa habrá que buscarla, más bien, en las provocaciones descaradas que el propio (o la propia) “Josephus” escribe, por lo demás con plena conciencia de ello (sino a qué viene el preaviso), en su mensaje.

    Está uno ya más que harto de observar que el único modo que sus supuestos contradictores tienen de intentar poner en entredicho de alguna forma el discurso de los llamados escritores “guénonianos” cuando no el del mismo Guénon, sea bien el de insultarlos directamente o bien el de atribuirles cosas que en realidad jamás han dicho o escrito (que no es sino otro modo más taimado de insulto), haciéndolas (o intentando hacerlas) pasar por verdaderas por el mero hecho de enunciarlas como tales. Es esa para mí, precisamente, la más clara y resplandeciente evidencia de la falta de argumentos de peso que los citados pseudo-contradictores demuestran y es a eso, una vez más en este blog, a lo que se dedica en este caso “Josephus”, lamentablemente, porque quizá forma también parte de los que no saben o no pueden hacer otra cosa.

    ¿Cuándo llegará el día en que podamos leer una crítica exhaustiva, pausada, desapasionada y punto por punto de las tesis de Guénon y sus seguidores, en vez de una retahíla inconexa de descalificaciones de diversos pelajes que en algunos casos (no digo que sea el presente) llegan hasta lo personal?. Por lo visto, ese día aún no ha amanecido y muy probablemente no amanecerá. Es mucho más sencillo y más barato dedicarse a la falacia.

    Igual que “Josephus” se permite el lujo de calificarlos de “tradicionalistas” (sólo le ha faltado decir …. y de las JONS) aún a sabiendas de que eso es, precisamente, una descarada y muy malintencionada tergiversación, a mí me parece que los auténticos “tradicionalistas” o más bien “pseudotradicionalistas” (porque ni a “tradicionalistas” llegan) son aquellos que no saben explicar lo que es la tradición, cuáles son sus fundamentos últimos, si esos son o no son suprahumanos y lo que quiere decir eso, y la quieren por el contrario identificar a una impresión estética, cultural o “ecológica”, por muy respetables que éstas puedan ser en sí mismas. Esos sí que es un maravilloso ejemplo de “reducción de la tradición” a algo, en el mejor de los casos, meramente humano.

    Diré también, por otro lado, que los “principios metafísicos”, tan aludidos como incomprendidos (al menos por parte de “Josephus” y de los que como él/ella piensan y se manifiestan), no pueden ni podrán formar nunca, por propia definición, ningún “cuerpo dogmático” y son ellos, por lo demás, los que en todo caso, confieren carácter sagrado y tradicional a cualquier tipo de manifestación artística o de cualquier otra índole, sea la que sea, las cuales de otro modo, no serían, como se demuestra palmariamente en el arte y en el desorden general moderno, sino una manifestación del caos individual de sus supuestos “creadores”. Por lo tanto, una perspectiva basada en “principios metafísicos” es del todo punto imposible que sea “excluyente” o que “ignore” o “manifieste desdén” por nada en absoluto. En todo caso, lo que hará será situar a cada cosa en el lugar y el sitio que le corresponde, desde luego, y nunca en un “totum revolutum” por muy “tradicional” que el mismo se quiera autocalificar, llegado el caso.

    Para terminar ya, y no extenderme en demasía, sólo señalaré como colofón que me parece de todo punto delirante, por decirlo suavemente, que se califique de “experiencia espiritual radicalmente mutilada”, la que puedan tener aquellos que “tanta importancia conceden a los “principios””…. supongo que esa frase sólo cabe tomarla como lo que es: un claro ejemplo de “caridad” hacia quienes, en efecto, basamos nuestra perspectiva espiritual y nuestra búsqueda, en intentar alcanzar y realizar el conocimiento de esos tan denostados por “Josephus” et alter “principios metafísicos”.

    Es evidente, querid@ “Josephus”, que no sabes lo que haces y que, por eso mismo, mereces ser perdonad@.

    Cordiales saludos a todos.

    Comentario por Dr. Piedra — Jueves, 3 agosto, 2006 @ 12:47 pm |Responder

  2. Estimado Sr. Aspirante:

    Frecuento las cátedras de troncoso y de P.Germanus y mi especialidad es justamente la Hikmat de Molla Sadrâ y pronto les llegaré una información especial sobre el mismo que estoy preparando para ustedes y para C.A.Segovia.

    He seguido con atención los hilos de las notas sucesivas. A mi entender el debate es interesante. Aunque déjeme decirle (con verdadero respeto), que me cuesta seguirlo a Usted en su texto (es todo muy ambiguo). Permitame decirle también que está malplanteando la cuestión de una forma contradictoria por demás palmaria. Creo que no lo ha comprendido bien al Sr. Practicus Germanus quien creo asume la misma postura (o similar) ortodoxa de René Guénon. Justo después de él, decir que la Metafísica (de cualquier forma que sea) depende de la Filolsofía es (un desconocimiento del tema tradicional o una audacia de su parte) y tampoco se puede confundir forma con esencia como usted hace y ponerlas en igualdad de términos. Hay que decirlo y no se enoje; es un lamentable y gran absurdo de su parte. Eso es lo que de varias maneras, e incluyendo la lógica tradicional, le está tratando de decir P.Germanus.

    Reciba saludos

    Comentario por Dr. Murta... — Jueves, 3 agosto, 2006 @ 11:30 pm |Responder

  3. Muy en contra de la opinión del Dr. Piedra, yo no veo en el comentario de Josephus un ataque ni a Guénon ni a sus continuadores. Considero que simplemente pone el acento en aspectos que, efectivamente, son habitualmente ignorados (o dejados de lado) en la inmensa mayoría de los trabajos que se escriben al respecto, haciendo más hincapié en consideraciones doctrinales. Por otro lado, coincido con Josephus en que la belleza es fundamental en la experiencia espiritual y que ayuda a “contrapesar” lo que de “excesivamente abstracto” (permitidme la inapropiada expresión) tienen las ideas desconectadas de la experiencia. Por supuesto, y como no puede ser de otra manera, esto aplica exclusivamente a mí; no quiero decir que otras personas no hayan borrado la línea que , en mi caso, separa las “ideas que explican el mundo” de la experiencia.

    Josephus, dices no creer que “una «pieza» particular de una construcción metafísica determine necesariamente una determinada visión del universo y de uno mismo y sólo ésa.” De acuerdo, pero no es una “pieza” la que determina el “sabor” que tiene el mundo para cada uno; como mucho esa “pieza” contribuirá al “sabor” final, y lo que sí me parece claro es que éste está indisolublemente ligado a la visión del mundo. Además, me parece que cualquiera puede comprobarlo empíricamente mirando su propia vida, y cómo ese “sabor” se ha ido modificando a lo largo del trayecto vital a la par que la propia visión del mundo.

    Lamento, por último, que surjan enfrentamientos entre posturas que se parecen considerablemente en lo esencial y que son, a mi parecer, más fruto de categorías del lenguaje usado y de susceptibilidades personales que de una verdadera oposición en las ideas que expresan. Qué le vamos a hacer.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 4 agosto, 2006 @ 11:19 am |Responder

  4. Querido Aspirante:

    En efecto, qué le vamos a hacer si no comprendes o no quieres comprender que el uso que “Josephus” hace en su mensaje del término “tradicionalista” no es inocuo, inocente, aséptico o neutro sino todo lo contrario, es un ataque directo, un misil guiado con láser, en contra de los autores a los que lo dirige, a las ideas que expresan en sus obras, y en consecuencia, a quienes las compartimos en mayor o menor medida, precisamente porque lo utiliza sabiendo lo que significa en el contexto de la obra de Guénon y sus continuadores (de ahí el preaviso de posible “ciclón”). Si te tomas la molestia de repasar dicho significado y la forma que se tiene de aplicarlo verás lo que quiero decir.

    Por otro lado, todo el resto del mensaje de “Josephus” es un puro delirio, dando a entender que su perspectiva es la única “integradora” porque se preocupa más de la “Belleza” y el “arte” (cosa que, además, los demás ignoran, desdeñan o son incapaces de contemplar) que de los “principios metafísicos” (que Josephus confunde con “cuerpos dogmáticos”), con lo cual su “experiencia espiritual” (sea lo que sea lo que se quiera decir con semejante expresión) no podrá estar “radicalmente mutilada” como la de los demás pobres diablos a los que pretende criticar…

    ¡¡Por favor!!, no se pueden decir más disparates en menos espacio… ¡¡muy integrador!!, ¡¡qué gran ejemplo de “serenidad, distancia, caridad, dignidad, elegancia en la conducta…” y consideración en “la relación con sus semejantes”!!… ¡¡un modelo de “aristocracia espiritual” absolutamente paradigmático!!.

    Mira Aspirante, no te equivoques, a ver si te queda claro de una vez que no se trata de una cuestión de “susceptibilidades personales” sino que se trata de una cuestión de ideas y de la forma de defenderlas. Quien tiene al parecer herida su susceptibilidad es, en todo caso, “Josephus” et alter con respecto a la obra de Guénon y la de los autores que le siguen… su sola existencia parece irritarles tanto que no encuentran otra manera de intentar criticarla que tergiversándola…

    Si a tí te parece que debes defenderlos siempre digan lo que digan por que son amigos y eso te impide ponderar con exactitud el peso y el alcance de sus palabras, allá tú, pero por mi parte considero que, por muy amigos que sean, si sostienen falacias, las sostienen y hay que decirlo, y no pasa nada, porque no implica en absoluto que no respete su persona y/o sus puntos de vista.

    Allá cada cual con lo que dice o piensa, yo sólo demando por mi parte que quienes pretendan realizar críticas lo hagan, si saben y pueden, con fundamento, y no que se dediquen a sostener falsedades y tergiversaciones como único sucedáneo de lo que debería ser un argumento plausible.

    En fin, espero haberme explicado con claridad.

    Comentario por Dr. Piedra — Viernes, 4 agosto, 2006 @ 12:54 pm |Responder

  5. Simplemente no veo lo que tú ves, Dr. Piedra, no lo interpreto como tú lo haces, eso es todo. Aceptemos como hipótesis de trabajo que yo esté ciego; aun así, el modo con el que te expresas está muy lejos de ser desapasionado, como correspondería a alguien que defiende una idea sin implicar en ello su esfera sentimental. Desde luego que, si uno considera que algo es una falacia, hace muy bien en decirlo, pero ¿hace falta esa agresividad desmedida?
    De igual modo, la manera en la que te diriges a mí, creo que debo decírtelo, me parece hiriente (y además, viniendo de ti, alcanza su meta).

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 4 agosto, 2006 @ 2:00 pm |Responder

  6. No intentaré dialogar con quien no quiere hacerlo. El diálogo exige una mínima dosis de sosiego y de buenas maneras y es sencillamente imposible con quien manifiesta una actitud exaltada y agresiva porque los demás no comparten sus ideas; imposible, también, con quien se atrinchera en sus posiciones y sólo puede ver «errores», o algo peor, en todo lo que no se ajusta a sus esquemas mentales. Dialogaré gustosamente con quien comparta o discrepe serenamente de mis puntos de vista —y si discrepa mejor que si los comparte, pues mayor podrá ser la riqueza del debate—, pero reitero mi decisión de ignorar, en la medida que crea oportuna, aquellos mensajes que, a mi entender, no cumplan esos requisitos mínimos.

    Quisiera hacer ahora una ampliación respecto a una cuestión acerca de la cual me quedé con ganas de extenderme en mi anterior comentario, cosa que no hice para no alargar en exceso mi mensaje. Me refiero a la utilización del término «tradicionalista», que yo utilizaba sin la menor intención de ofender a nadie, y, por extensión, al tema del lenguaje, que me interesa de forma especial.

    La gramática española, y dentro de ella la formación de las palabras derivadas, tiene sus criterios y sus leyes, y éstas no se pueden cambiar de forma caprichosa en función de las ideas de cada cual. De acuerdo con las normas de formación de los adjetivos, aquel que es partidario, defensor, o como queramos decirlo, de la Tradición no admite más denominación que «tradicionalista». Hay palabras que, de forma más o menos forzada, pueden admitir varias formas adjetivas. No es éste el caso de «tradición». Obviamente, ni «tradicionalero» ni «tradicionaliano» son términos admisibles. Y está claro que «tradicional» tendría otro sentido distinto, al designar, entre otras cosas, al individuo que está inmerso y participa de una sociedad tradicional.

    ¿Qué razón podría aducirse, entonces, para no admitir «tradicionalista»? Al parecer, el uso fundamentalmente político que de esta palabra se ha hecho históricamente. Ahora bien, ¿no ocurre exactamente lo mismo y en idéntica medida con la palabra «tradición»? O no se admite ninguna o se admiten las dos, pero, si el argumento es el citado, no tiene ningún sentido, me parece a mí, admitir el sustantivo y rechazar el adjetivo. Por otra parte, ¿no ha sido acaso mal utilizada hasta la saciedad —hablando desde la perspectiva más estrictamente guenoniana— la tan respetada palabra «metafísica»?

    El principio guenoniano (que, en general, comparto) según el cual basta restituir su sentido primero a las palabras que han pertenecido inicialmente a una terminología tradicional para tener el derecho de utilizarlas (Véase «Initiation et Réalisation spirituelle», Ed. Traditionnelles, París, 1967, p. 23, n. 1) puede aplicarse de forma perfectamente ajustada a los términos «tradición», «tradicionalista» o «tradicionalismo», así como también, dicho sea de paso, al injustamente denostado término «filosofía» («amor a la sabiduría», hermosa expresión). Por el contrario, al que no podría aplicarse de ningún modo es al término «metafísica», puesto que esta palabra carece, en realidad, de toda tradición en Occidente y no tiene paralelo ninguno en lenguas de Oriente. De hecho, su origen, en relación con los libros de Aristóteles, es bien conocido. No es que estas puntualizaciones, relativas a unos términos u otros me parezcan, en sí mismas y tomadas de forma aislada, particularmente importantes, pues una coherencia absoluta en materia de lenguaje es, por razones que aquí no vamos a analizar, punto menos que imposible. Ahora bien, quienes tan prestos están a desautorizar de forma intransigente a quienes no comparten sus claves terminológicas, deberían, al menos, ser conscientes de sus contradicciones y sus limitaciones. Por otra parte, volviendo a «tradicionalismo/tradicionalista», dice Guénon también en otro lugar (lamento no recordar dónde, pero quienes conozcan su obra más a fondo que yo sin duda lo recordarán: ¿tal vez en la «Introducción general…»?), y lo dice con toda razón, que si tuviéramos que prescindir de las palabras mal utilizadas nos quedaríamos sin vocabulario.

    Como dato adicional —y aunque éste sea un elemento secundario—, si se echa mano al diccionario, tal vez alguno se sorprenda al ver que el sentido «oficial» de «tradicionalista» y «tradicionalismo» no anda tan descaminado, con alusión a la «revelación» incluida. Teniendo en cuenta que la RAE no es precisamente una institución tradicionalista, tampoco está tan mal…

    Por último, y por si lo anterior no fuera suficiente, quiero recordar que los tradicionalistas anglófonos (consúltense publicaciones como «Sophia», la desaparecida «Studies in Comparative Religion», etc.), y de forma especial los americanos, con Ananda K. Coomaraswamy a la cabeza (como podrán constatar quienes lo hayan leído en inglés), utilizan y han utilizado siempre los términos «traditionalist» y «traditionalism» (aunque sus equivalentes rigurosos hayan sido evitados por algunos traductores españoles) sin el menor problema para referirse a sí mismos, términos que no admiten más equivalentes que «tradicionalista» y «tradicionalismo».

    En definitiva, y a resultas de todo lo anterior, concluyo que «tradicionalista» y «tradicionalismo» son términos perfectamente correctos y apropiados (desde luego, tanto y exactamente en la misma medida en que pueda serlo el término «tradición»), en absoluto ofensivos, y pienso seguir utilizándolos siempre que vengan a cuento.

    Tratando de ampliar el marco de visión más allá de determinados casos particulares, sólo me queda decir que el desdén por la correcta utilización del lenguaje es un elemento más (y de los más importantes) que habría que añadir a los señalados en mi mensaje anterior como factores de reducción de la idea de «Tradición» operada por algunos tradicionalistas (no por todos, desde luego). En efecto, el lenguaje desaliñado y regido por criterios meramente funcionalistas y de urgencia —es decir, típicamente moderno, cuando no sencillamente ininteligible (en este blog hay unos cuantos ejemplos)—, es una perfecta muestra de lo que no debería ser jamás el lenguaje en una sociedad tradicional. Cada cual escribe como puede, es verdad, y a veces con condicionamientos diversos (tiempo, etc.). Por eso mismo, a nadie censuraría yo su forma de escribir, si no es a aquellos que unen a sus limitaciones manifiestas en este terreno las pretensiones de dar clases de lengua a los demás.

    Contestaré a lo que me plantea Aspirante en mi próximo comentario.

    Cordiales saludos.

    Nota: Espero la anunciada traducción de Practicus Germanus, sin «errores conceptuales y formales», del texto de Nasr.

    Comentario por Josephus — Sábado, 5 agosto, 2006 @ 7:26 pm |Responder

  7. Queridos Aspirante y Josephus:

    Me vais a permitir que niegue la mayor, sobre todo cuando me decís que tengo una “actitud exaltada y agresiva” o que empleo una “agresividad desmedida” debido, sin duda, claro está, a la implicación de mi “esfera sentimental”. Supongo que queréis decir que tengo el gran defecto de ser un tipo muy “temperamental” y que vosotros no lo sois en absoluto, como es de pura evidencia por lo que decís y escribís.

    Al respecto debo informaros, lamentablemente, que ése vuestro tan querido “argumento” está sumamente marchito ya por muy usado contra mí en este blog para intentar descalificarme o desautorizarme, sobre todo cuando no se tiene otra cosa mejor que decir, porque llamo a las cosas por su nombre y empleo el mismo tono que otros antes que yo, siempre antes que yo, han empleado y/o emplean. Parece que los que, además de vosotros, así tildan o han tildado mis mensajes porque en alguna medida se sienten o han sentido “agredidos” en ellos no se han leído primeramente los suyos propios o, cuando menos, no los miden con el mismo rasero con que miden los míos, cosa que dice mucho de su tan autosupuesta como escasa ecuanimidad y neutralidad. Al respecto sería quizá bueno traer a colación aquella parábola que hablaba de una paja, un ojo y una viga.

    Por lo demás resulta curiosa también esa especie de “angelismo verbal” que también siempre se han autoadjudicado mis contradictores al contestarme, como si los demás lectores fuésemos incapaces de comprender lo que es un mensaje subliminal, que por otro lado, no es tampoco demasiado necesario porque sus palabras denotan claramente el objetivo que buscan, aparte de que olvidan o no tienen en cuenta si hieren o no hieren con su florido verbo a quienes las dirigen pero, eso sí, se quejan mucho, muchísimo, cuando se sienten heridos.

    Sea como fuere, que aquellos que así hablan se tomen la molestia de repasar todas mis intervenciones y se darán cuenta de que no he hecho más que tomar una actitud defensiva y, en todo caso, contraatacar, nunca atacar el primero. Y es más, lo único que he hecho ha sido señalar las falacias, tergiversaciones y mentiras que aquí se han dicho (fundamentalmente sobre o contra la obra de Guénon) las haya dicho quien las haya dicho, independientemente de que fuera “amigo” o “enemigo”. Y además de los ademases, de lo único que me he quejado siempre es de que no se emplean (y de que sistemáticamente sigan sin emplearse) argumentos críticos de peso sino, precisamente, insultos contra ella, en mayor o menor medida metafóricamente camuflados en cada caso, insultos que en algunos momentos han sobrepasado dicha medida y, dejando a un lado las máscaras tras los que se ocultaban, han llegado al nivel de lo personal, cosa que, desde luego, aparte de que sea sumamente irritante y lamentable, la he atribuido siempre al “acaloramiento” del debate y no la tengo ni la he tenido en cuenta, sobre todo si quien los ha proferido es “amigo”.

    En estas circunstancias, me parece bastante risible que en todo momento no hayáis aplicado y/o recomendado el mismo rasero, el mismo “sosiego” y “desapasionamiento”, tanto ahora como a quienes anteriormente atacaron y emplearon contra mis posturas la más diamantina de las durezas, y de nuevo me lo exijáis a mí, en un momento además en que me da la impresión de que no he sido en absoluto demasiado duro (en todo caso he empleado igual dureza en mis palabras que la de los argumentos contrarios) cuando he expresado de nuevo mi hastío y mi sorpresa por ver repetirse otra vez la misma cantinela.

    Por otro lado, resulta también bastante gracioso y manido aquello de que en mis mensajes se ataca “a quienes no comparten mis ideas” (por cierto, ¡qué novedad en un debate!); recuerdo incluso que se me ha llegado a tildar directamente de “inquisidor” por ello (como hace de nuevo Josephus, aun sin “adjetivarlo” tan obviamente)… mientras tanto, simultáneamente, no dejaban de lanzarme antorchas encendidas, supongo que a ver si prendía la pira, claro.

    Y no olvidemos tampoco que a renglón seguido casi siempre se añade que, a causa de ello, se abandona el (supuesto) diálogo por imposible. Aparte de ser una estratagema evasiva de lo más burdo y absurdo (sobre todo viniendo de un “meteorólogo” tan avezado como Josephus a la hora de prevenir “ciclones”) a la par que otro disparate a añadir a la lista, es una falacia más, puesto que, como ya he dicho y repetido hasta la saciedad, nunca ha habido debate posible porque, cuando sale la obra de Guénon a colación, lo único que son capaces de hacer sus supuestos contradictores es dedicarle infundios tanto a él como a los que la comparten, y sobre eso es imposible debatir nada, como no sea el denunciarlo contundentemente e intentar indagar porqué razones (si es que existen en cuanto tales y no se trata, pura y simplemente, de simples reacciones de impotencia, luego emotivas en grado máximo y, por lo tanto, pertenecientes de pleno derecho a la “esfera sentimental”) es ese el único “argumento” que sabe emplearse lo cual, dicho sea de paso, queda absolutamente evidenciado por la “retirada estratégica” con la que se cuidan siempre de acompañarlo, por si acaso.

    En este sentido, pues, y para demostrar que en esta ocasión estoy completamente equivocado y que no es así en absoluto, quedo a la espera, con tremenda curiosidad y avidez, de los textos de Guénon et alter donde quede palmariamente demostrado todo aquello que dice Josephus que dicen…. a ver si esta vez es posible de verdad un auténtico y genuino debate de ideas, con los textos encima de la mesa.

    Por último, y en cuanto a la lección de semántica y gramática que Josephus me/nos dedica con respecto a la palabra “tradicionalista”/”tradicionalismo”, tildándonos de paso de intencionados deformadores del idioma (a lo que cabe añadir calificativos sumamente cariñosos y en absoluto hirientes, exaltados o agresivos, tipo “intransigente”, “pretencioso” y “limitado”, vale decir, “incompetente”), quisiera recordar y recordarle que tan importante es el texto como el contexto en una frase y que, sacada de contexto, una frase puede querer decir lo que se desee. En este sentido, calificar de “tradicionalistas” a Guénon y sus seguidores por parte de alguien que supuestamente conoce su obra (no sé si toda, pero al menos la que cita), o que al menos la ha leído en alguna ocasión, con mayor o menor profundidad (eso ya se verá, si Dios quiere), no es hacer un uso inocuo del término, independientemente de que sea formalmente correcto en alguna de sus acepciones en castellano. En todo caso, si no suponía un ataque (lo cual queda por demostrar) merecía cuando menos una inmediata matización, sobre todo teniendo en cuenta que el propio autor/autores a los que se dirige, jamás la aceptarían como calificativo válido para determinar el alcance de su perspectiva espiritual. Quizá la corriente seguidora de Schuon en América sí la admite y eso mismo ya la autocalifica (¿no dijo Schuon de sí mismo en cierta ocasión que era un “filósofo”?), incluso también Coomaraswamy (aunque habría que ver exactamente de qué modo y en qué época y/o texto/contexto), pero en absoluto Guénon, Reyor, Vâlsan, Geay, etc, etc…que, por lo demás, no pertenecen a la misma “familia”, por mucho que desde fuera se los quiera mezclar, vaya Vd. a saber con qué fines o intenciones.

    Así que para terminar, simplemente dejémoslo en que, efectivamente, “no veo las cosas como vosotros las véis”.

    Pues nada, hombres, un abrazo y hasta pronto.

    Comentario por Dr. Piedra — Lunes, 7 agosto, 2006 @ 1:34 pm |Responder

  8. Hola Josefhus

    Con respeto y consideración

    Ya ves que me dirijo personalmente a ti. Eso se llama “respeto y consideración”.

    No deberías enojarte de ese modo ni despotricar tanto. Por el contrario, creo que tendrías que agradecer por el hecho de que alguien señale tus errores y que tengas una oportunidad de enmendarlos (aunque no creeríamos en ello). De parte nuestra no hay problemas en que desacuerdes o nos critiques como quieras (aunque no creeríamos en ello).

    Te diré que nos ha parecido un tanto singular tu versión (A2, 1º párrafo) de lo que debería ser el “diálogo” y toda la demás monserga que acompañas. No deberías ser tan exaltado. Un poco de piedad y de tolerancia hacia el prójimo quizás pueda beneficiarte para pensar con algún grado de objetividad.

    Quizás, también, podría ayudarte a reflexionar, sobre esto mismo, aquel famoso “diálogo” sobre el “diálogo” entre un sabio de la escuela advaíta y un sofista de la escuela samkya (que proponía, entre otras cosas, cuestiones similares a lo expuesto por Uds. respecto a la Unidad y la multiplicidad, la trascendencia y la inmanencia, etc., con mayor propiedad y conocimiento por supuesto) quien reconvenía al sabio por su contundente estilo sin eufemismos en la refutación.

    Fíjate tú:

    Sofista: “el rechazar las opiniones de otros es inútil, porque es un sistema que no trae más que enemistad con los demás”

    Sabio: “es útil, a pesar de lo que dices, porque sirve de ejemplo a las personas de poca inteligencia que aceptan, como medios al conocimiento, teorías como la samkya y similares, por lo que tenemos que esforzarnos en demostrar que intrínsecamente no valen, sus interpretaciones son erróneas y vamos a rechazar sus argumentos” (Sacred Books of the East, Gambhirananda. BS. 2ºP.S1).

    Como verás esto es tan viejo como la viña. Así que, serénate un poco hombre!, disfruta el momento y deja de ser tan fundamentalista y exclusivista con tus limitaciones mentales y prejuicios.

    Esto del samkya es interesante porque demuestra que cualquier punto de vista que actúe al margen del principio es falso (por favor esmérate un poco y no interpretes el término como sustantivo, ni siquiera en cuanto sujeto). Pero, como para evitar impropias contestaciones meramente imaginadas y/o librescas digamos que aquí no estamos cuestionando la supuesta validez de algunas ramas del samkya donde se demuestra que el razonamiento lógico tradicional es asumido como un conocimiento verdadero relativo a la visión limitada que termina siempre siendo un añadido o una manera ilusoria de ver, aunque pueda llegar, en una aplicación correcta por reducción al absurdo y por despojamiento a la conciencia de lo Absoluto (por favor, insisto, tal como sueles hacer con todos los demás, no entiendas a este término en cuanto sujeto) por lo cual se hace comprensible aquello que decíamos respecto a la vinculación con el principio que siempre es único y realizable de una sola manera (cosa compleja y harto difícil de concebir para conciencias desviadas y fragmentadas como la tuya) y aún muy fácil para bebés, inocentes y primitivos.

    Respecto al término “Tradición” al que te refieres (A2, 2º, 3º y 4º párrafos) es verdaderamente colosal la confusión que te haces con el. Aquí somos nosotros los que agradecemos, por el hecho de seguir dándonos la oportunidad de aprender de tu diletantismo y comprobar un buen ejemplo de acumular enormes errores de comprensión (Aa); ya no sólo de concepto (Ab), además de expresión (Ca), de gramática (Cc) y de sintaxis (Cd) los cuales terminan por hacer el discurso completamente ininteligible, a esta altura rayano en lo ridículo. Además, lo que afirmas de la gramática española, “sus criterios y sus leyes” y “que no pueden cambiar de manera caprichosa en función de las ideas de cada cual” verdaderamente no tiene desperdicio, puesto que la realidad es exactamente al revés de lo que tú predicas (V. Hjelmslev, último de Saussure y Ling. De Copenhague); y últimamente ya, con cambios vertiginosos y en cantidad como es el caso de “glogear” entre los 1.597 ejemplos de lo que va en el año. Sinceramente, eres todo un caso y no deberías parlotear tanto sobre cosas que desconoces.

    Pero, vayamos al término “Tradición” con el cual has hecho un “lío” que sólo tú lo entiendes. Clarifiquemos la cosa y observemos de cerca el mecanismo reduccionista y facilista con el cual procedes y te mueves: Has tomado el DRAE y has verificado que “tradicional” y ”tradicionalista” son adjetivos; el primero “perteneciente o relativo a la tradición” + ítems (elemental pero medianamente aceptable). El segundo: “De tradicional” + ítems (sólo vulgar y corrientemente aceptado, pero del todo inaceptable tanto lingüística, semántica, morfémica y significativamente hablando. Ni que hablar de su aspecto “cognoscitivo”).

    Claro, si hubieras estado informado que el sufijo o la desinencia “ista” es considerado (inclusive por los medios académicos) como una anomalía más o menos recientemente reglamentada por convención de usos modernos jamás te hubieras atrevido a lanzar semejante barbaridad al poner “tradicionalista” como sinónimo o en igualdad de términos con “tradicional”, que sí es de antigua estirpe. Dicha desinencia es la que, lingüísticamente, equivale a la marca intelectual trazada por Guénon sobre los mismos términos en su estricta diferencia. En dos palabras: “tradicional” es el término legítimo que deriva natural y normalmente de “Tradición”. En cambio, “tradicionalista“, es una anomalía; una desviación lingüística que se corresponde exactamente con una desviación intelectual tal como magistralmente ha sido advertido y demostrado por Guénon según te señalábamos.

    Además, comparando notas vemos que, reiterativamente, lo dicho una vez, es contradicho sin miramientos en la siguiente oportunidad. Hasta casi se adivina que, luego de algunos señalamientos, vas corriendo a leer o releer a fin de poder hallar algún recurso verbal para quedar mas o menos en pie dentro de tu imaginario mundillo construido a base de palabras huecas sin contenido cognoscitivo real. Hasta el momento, no sólo no has refutado ninguna de las ideas fundamentales que hemos indicado como ejemplos esenciales que se erigen totalmente alejadas de tu vaciado palabrerío, ni siquiera las aludes, sólo te remites a merodearlas con tu estilo fraccionado*:

    * Se dice “fraccionado” al conjunto de signos verbales que, como formulae y dictaminis, conforman un determinado discurso, dentro del cual, se reemplaza a un significado único y evidente por varios falsos significantes:

    Antecedente:
    a) Falla en la comprensión
    b) Falla en el concepto
    Consecuente:
    a) Error en la expresión
    b) Error en la gramática (contextual)
    c) Error en la sintaxis (contextual)

    Lógicamente, ello siempre es producto de aquellos vicios subjetivos que siempre acompañan al ego desorbitado y a la miopía intelectual tan comunes en esta época que nos ha tocado vivir, ampliamente dominada por los más obscuros e ignorantes sofistas (un título que quizás te quede grande) de la historia humana (hasta podríamos decir: sofistas eran los de antes!).

    No querríamos usar palabras que excedan un duro debate, ya que no nos consideramos groseros. Pero, de que manera entonces podríamos calificar tu discurso cuando, por ejemplo, a tus confusos agregados de semantemas y morfemas acompañas reiteradamente la apelación de desconocimiento e ignorancia propia?

    Por nuestra parte, en cambio, sólo hablamos de lo que sabemos y de lo que no sabemos no hablamos, ya que el evidente plagio mal efectuado sobre el pensamiento ajeno, más el histrionismo verbal, siempre lograrán poner en evidencia a la ignorancia atrevida y parlanchina que puede llegar, como en esta, tu nota (6) hasta al colmo de la inconsciencia (tradicional) cuando, sin vergüenzas, nos vienes hacer la apología de la Glosemática , según el cual, un diccionario de la lengua moderno “no está tan mal” y “la correcta utilización del lenguaje (moderno) es un elemento de los mas importantes” (A2 último párrafo).

    Que podríamos decir de semejante corruptio lingua? Desde la óptica tradicional podríamos decir mucho, sin dudas. Pero, seamos caritativos y consideremos como atenuante a tu favor que tu falta de calificación (por lo expuesto) tu pseudo formación libresca y tu mentalidad no se encuentran en aptitud de abordar con garantías serias la terminología tradicional, por lo cual el citado exabrupto, es una consecuencia lógica de la ostentación profana y moderna de tu síndrome de “inmanencia” que tanto pretendes florearnos; y hasta el punto de afirmar que tus confusas maneras (residuales) de pensar, hablar, traducir y escribir sobre temas tradicionales son legítimos y normales

    Sólo te recordamos que esta ausencia de preparación, orientación y hábitos tradicionales (sin necesidad de recurrir a Guénon que ha sido contundente sobre esto mismo) que tan bien reflejas es uno de los males de nuestra época donde cualquiera puede decir cualquier cosa y pasar por entendido o “leído”.

    El ejemplo mayor de sofistería ya lo has demostrado en tu malversada traducción de Nasr de la que te agarras como “náufrago en la marea” intentando invertir la carga de la prueba a fines de banalizar el discurso para esquivar y disimular esos increíbles como tremendos errores de concepto y de argumento cuando confundías una supuesta “unidad formal” (existente sólo en tu imaginación) con la unidad metafísica, luego sugiriendo (por lógica de error) que habría “varias metafísicas”. Nos gustaría que sigas ampliando esos argumentos con relación a las frases que has “mayusculizado”, ya que consideramos que quedaron aún algunas relaciones a resaltar. Quedo a la espera de ello.

    Además, en base a tu próxima nota, y por añadidura a lo expuesto, te mostraré algunos de los errores de sintaxis que repites con alarmante frecuencia demostrando que lo tuyo, evidentemente, y no porque lo digamos nosotros, es pura glosemática imitativa sin conocimiento alguno de la sustancia lingüística, lo cual, digamos, no te hace muy apto como para abordar idóneamente los temas tradicionales. Esto, con la sola intención que te sea útil de alguna manera (aunque no la vislumbremos).

    Con todo respeto y consideración

    Practicus Germanus

    Comentario por Antifachista — Lunes, 7 agosto, 2006 @ 7:24 pm |Responder

  9. Mis muy queridos amigos, no entiendo nada y no me refiero a lo que aquí se trata (que tampoco entiendo) sino al cómo se trata, debo ser un ingenuo, pero yo creía que era posible el debate entre nosotros y cada vez se hace más difícil.
    Habrá que pensar qué es lo que hace cada uno de nosotros para que esto esté sucediendo.
    Creo que es legitimo el pedir explicaciones, aclaraciones, de lo que se dice e incluso es legitimo, a mi entender, responder con una cierta ironía (eso hace el debate mas acalorado e incluso más divertido) pero de eso a lo que pasa hay un abismo.
    Dos ejemplos de vuestra actitud:
    La practica totalidad de vosotros empleáis como justificación a vuestros desaires el que antes de vosotros ya hayan sido empleados otros desaires (¿?), ¿Esto lo justifica?, a mi se me ocurren otras formas de respuesta.
    La practica totalidad de vosotros mostráis una sorprendente miopía a la hora de juzgar el tono de vuestras intervenciones y sobredimensionáis el tono de los otros, me fascina y me asombra esa diferencia.
    En fin, me da la impresión que más que un debate de ideas es un debate centrado casi exclusivamente en lo personal (la facilidad de heriros con una critica es inquietante), atribuyendo intenciones maliciosas e incluso diabólicas a los demás, insultando y menospreciando a quien lo dice, enfatizando los errores tipográficos y en definitiva centrándonos en lo guapo o guapa que es esa persona más que en las ideas que expone.
    A mi me parece que lo que falta es un poco de consciencia de la ignorancia propia y de lo que uno cree saber, CUALQUIER critica es interesante, en principio, (ya sea a nuestros autores o a nuestras tesis) luego la desecharemos o la tendremos en cuenta pero es una oportunidad para mostrarnos nuestras carencias y abrir nuevos caminos antes ciegos.
    Muchos besos para todos y todas

    Comentario por Israel — Lunes, 7 agosto, 2006 @ 7:57 pm |Responder

  10. Querido Aspirante, contesto a lo que me planteabas en tu mensaje 3. Me parece que entre lo que tú dices y lo que yo pienso, no hay realmente —si te he entendido bien— mayor contradicción. Posiblemente yo quise decir muchas cosas en poco espacio y no me expliqué con la suficiente claridad. Está claro que todas las ideas con las que uno se identifica o que hace suyas contribuyen en una u otra medida a dar su «sabor» peculiar a cada existencia. En modo alguno pretendo yo infravalorar la importancia del pensamiento en ese sentido. Si bien es cierto que el hecho de identificarse con unas u otras ideas también está condicionado por ese «sabor» previo que, en mi opinión, no es otra cosa que el «alma» y sus particulares tendencias originarias.

    Lo que yo he querido subrayar es que la particular «orientación» de la vida de cada cual está determinada por todo un conjunto de factores muy diversos, entrelazados de forma harto compleja y, ahí, el pensamiento nunca tiene un valor puro, lo que relativiza en mayor o menor medida su importancia.

    En última instancia, yo diría incluso que uno puede sufrir un cambio ideológico y teórico de carácter radical, que, sin embargo, no afecte lo más mínimo a su realidad más profunda. Un militante político estalinista, por ejemplo, puede convertirse al tradicionalismo metafísico, cambiar de arriba abajo todos los puntos de referencia de su discurso teórico y no variar un ápice en cuanto a las estructuras subyacentes de su pensamiento y de su ser. Su discurso verbal ha podido cambiar radicalmente, pero su realidad interior se ha podido mantener rigurosamente invariable. Simplemente se ha pintado la fachada de otro color. En este punto, el discurso estructuralista, aplicado con discernimiento, no carece de utilidad. Naturalmente, no se trata de decir que dos personajes son idénticos simplemente porque hayamos descubierto en ellos ciertas estructuras subyacentes comparables, desdeñando los contenidos que «informan» esas estructuras; pero tampoco hay que suponer apresuradamente que las peculiaridades del discurso (digamos, la formulación de las ideas) determina al ser humano más decisivamente que las estructuras profundas, ocultas, que constituyen su armazón, por decirlo de algún modo.

    Un fanático de la causa metafísica (que los hay) no tiene por qué diferenciarse en nada esencial de un fanático de cualquier causa política de extrema derecha, de extrema izquierda o de extremo centro. La esencia del fundamentalismo viene dada por una serie de factores como la intransigencia agresiva y otros; en definitiva, por una negativa a ejercer la inteligencia, no por adscribirse a ideas de un signo o de otro y, en tal sentido, no será probablemente una simplificación decir que todos los fundamentalismos (al margen de la utilización que de ellos hace la mentalidad democrática) son esencialmente idénticos, invoquen las ideas o los personajes que invoquen. Análogamente, pero a la inversa, dos personas pueden apelar a ideas, nombres o categorías similares y, sin embargo, situarse en perspectivas existenciales muy distintas. De ahí que me parezca absolutamente errado valorar que las personas están más cerca o más lejos en función de las ideas que profesan.

    Así pues, puede ser que (excepcionalmente) un cambio radical a nivel teórico provoque un cambio global y radical de la perspectiva existencial. Pero puede ocurrir también (y yo creo que esto es mucho menos excepcional) que no lo provoque en absoluto, o incluso que el cambio teórico aparente venga sólo a reforzar las actitudes previas. Y también puede ser, naturalmente (y tal vez podría decirse que esto sería lo «normal»), que haya un proceso de evolución en el que los sucesivos cambios de perspectiva teórica influyan en un cambio de perspectiva existencial y viceversa.

    Y eso es así porque no somos seres únicamente «pensantes», y de ahí la importancia que yo atribuía a tratar de contemplar, en la práctica, la Tradición no sólo como un conjunto de «principios metafísicos» que, una vez pasados por el discurso, no son otra cosa (con toda la importancia que por ello mismo tienen) que «principios filosóficos», sino como un hecho integral, que implica toda una forma de vivir y de situarse ante la existencia, y que abarca una realidad compleja y multiforme de la que las ideas son parte integrante pero no exclusiva. Recordemos que la Verdad era uno de los transcendentales de Platón, pero a su lado estaban el Bien y la Belleza.

    En mi opinión, y como ya manifesté (ninguna «retirada estratégica», Dr. Piedra), Guénon y una buena parte de la escuela tradicional son responsables de una visión reduccionista de la Tradición que pretende limitarla, de hecho, a poco más que sus contenidos doctrinales; identificado como estoy —a mi manera, desde luego— con la idea de Tradición, me parece esencial potenciar otra visión de la Tradición menos monolítica, menos doctrinal, menos racionalista, y más abierta a toda una serie contenidos relacionados con esos aspectos del Bien y la Belleza a que me vengo refiriendo. En tal sentido, me parece que sería importante, por ejemplo, tomarse mucho más en serio el Romaticismo, al que Luc Olivier d’Algange (un tradicionalista independiente plenamente consciente de esa carencia y que tiene magníficos textos sobre el tema) calificaba de «el último afloramiento en Occidente de la Tradición Primordial». Me parece lamentable que un movimiento tan próximo a nuestra sensibilidad (de algunos, al menos) y que tanto tiene que ofrecer sea repetidamente despreciado desde instancias tradicionales por una serie de prejuicios, tópicos y frases vacías (subjetivismo, individualismo, decadencia…), mientras se pretende revivir a organizaciones supuestamente iniciáticas, fantasmales y delirantes, integradas por banqueros, presidentes de gobierno y similares.

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Martes, 8 agosto, 2006 @ 12:10 am |Responder

  11. Tan solo mencionar a Antifachista que se puede decir lo mismo que dices en tu anterior mensaje (argumentos y contra argumentos) sin los innumerables insultos y descalificaciones que le ofreces a Josephus, que lo único que hacen es entorpecer el dialogo y llevar la conversación hacia lo personal. Parece que es más importante para ti el despreciar y juzgar a la persona que rebatir lo que dice. Me sorprende
    Como he dicho antes habrá que pensar qué estamos haciendo cada uno de nosotros para que el debate sea como es.
    Un abrazo para ti y para el resto de los contertulios
    Israel

    Comentario por Israel — Martes, 8 agosto, 2006 @ 9:31 am |Responder

  12. Por tanto, Josephus, y en referencia al comentario 10, identificas ese “sabor” vital con “el alma y sus particulares tendencias originarias”. Eso es interesante, aunque plantea para mí alguna dificultad; por ejemplo, esas “tendencias originarias” parecen referirse (así lo entiendo, aunque quizá lo malinterpreto) a algo, digamos, estructural, más o menos invariable y que nos acompaña, al menos, durante nuestra vida humana. Creo que es cierto que hay un núcleo en la personalidad que, en general, nos acompaña durante el trayecto vital sin modificarse (dejando a un lado enfermedades, traumatismos, etc. que también serían a mi juicio tema para un interesante intercambio), pero ¿se mantiene también ese “sabor”dentro de ciertos parámetros, dependiendo de la idiosincrasia personal? No sé qué pensar al respecto, y como se trata de algo inefable y absolutamente subjetivo, el único terreno de investigación posible (al menos para mí, no niego que pueda haber otros) es comparame conmigo mismo. Así, veo cómo la vida me “sabe” diferente, de hecho muy diferente, a como me “sabía” cuando era un niño. ¿Significa esto que ha cambiado algo central en mi “alma”? Por supuesto, hay elementos en común con el niño que fui (esa “núcleo de la personalidad” al que me refería), pero ¿es uno de ellos el “sabor” vital? Me resulta difícil contestarme a esta pregunta, porque me es imposible objetivar ese “sabor” al no poder compararlo con el de otra persona, aunque, si tuviese que aventurar una hipótesis, diría que esta percepción subjetiva va de la mano con ese núcleo de la personalidad, y que se modifica, está claro, pero siempre dentro de unos parámetros que, quizá, coincidan de algún modo con la propia “personalidad nuclear”.
    Espero no resultar muy ininteligible, y perdonadme por no precisar más los términos que utilizo, pero cuando el significado de los mismos es intuitivo y fácil de captar, la dificultad para definirlos exhaustivamente y el riesgo de inducir a confusión al hacerlo son mayores (creo recordar que esto lo dice Guenón en algún sitio, por cierto bastante mejor).

    Israel, me alegro de verte por aquí otra vez. Un abrazo.

    Comentario por Aspirante a domador — Martes, 8 agosto, 2006 @ 12:40 pm |Responder

  13. Querido Josephus:

    En mi opinión, la visión reduccionista y espiritualmente mutilante (son tus palabras, no las mías) de la Tradición, de la que según tú “es responsable Guénon y una buena parte de la escuela tradicional” (por cierto, gracias por no volver a llamarles “tradicionalistas”), es por el contrario la tuya, puesto que considerar por encima de todo al Principio Supremo y después a sus atributos y posibilidades es, precisamente, no sólo no-reduccionista sino, antes bien, el punto de vista más universal posible, mira por dónde.

    Por otra parte, ¿no es acaso la realización efectiva del Sachhidananda (por emplear términos orientales, en cierta medida “homeomórficos” a los occidentales que tú utilizas) lo que se persigue? ¿Y qué significan, precisamente, esas tres palabras entrelazadas?….. ¿crees tú que eso es reduccionismo, y ¿de qué calibre?, ¿no se trata acaso de la “dilatación absoluta del ser llevada más allá de todo límite” (cf. El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. XIX)?

    Quizá Guénon no ha escrito nunca un tratado específicamente dedicado al Arte tradicional, es cierto, pero decir que no ha contemplado la Belleza o el Bien en el conjunto de su obra como algo esencial y consustancial con el camino de iniciación y realización espiritual es, una de dos, faltar a la verdad descaradamente o haber leído sus libros con gafas de sol.

    Por otra parte, y por si fuera poco, cabe recordar aquí todo lo que escribió (que no es moco de pavo) sobre simbolismo sagrado, que constituye, de más está decirlo, el núcleo sustentador de toda forma artística, en todo lugar y en todo tiempo, que merezca tal nombre. ¿O no?.

    Querido Israel:

    Dices que “habrá que pensar qué es lo que hace cada uno de nosotros para que esto esté sucediendo”. Estoy de acuerdo.

    Bien, pues empezaré diciéndote que no soy consciente de haber insultado a nadie, antes al contrario, no creo que sea insultar a alguien decirle que miente (y/o que miente conscientemente porque sabe muy bien lo que está diciendo) o que se dedica a insultar y menospreciar a los demás y que, por ello, ejerce una actividad ciertamente menospreciable a su vez. Eso no es insultar a nadie, eso es decir la verdad, querido Isra.

    Tampoco creo que sea menospreciar a nadie, por ejemplo, el decirle que no trata con la misma ecuanimidad los mensajes de unos y otros. Quizá también es un error contestar con cierto desdén al desdén, ya sea liminal o subliminal. Eso es decir las cosas sin tapujos, querido Isra.

    Para más INRI, tampoco me dedico a llamar a nadie (ni siquiera a insinuarlo), por ejemplo, “inquisidor” porque no piensa como yo o no dice las cosas que quiero escuchar. Yo jamás quemaría a nadie en una hoguera por eso (ni por nada), pero si alguien tiene la santa desfachatez de espetármelo a la cara, por muy amigo que sea, no me callaré y le diré que está equivocado y/o que además deforma la realidad descaradamente a su propia conveniencia, entre otras lindezas que se me ocurran y empleando, cuando menos, el mismo nivel de contundencia que a su vez haya empleado conmigo. Eso es legítima defensa, querido Isra.

    Insisto, repásate cronológicamente todas mis intervenciones en el blog y verás que no he comenzado yo arrojando piedras al respetable para luego intentar esconder la mano a base de, pongo por caso, proponer reglas para el debate que previamente ya han sido violadas por el mismo que las propone (lo digo por poner un ejemplo de cosas que se han dicho aquí, por nada más).

    Así que, sintiéndolo mucho, no me vale que coloques a todo el mundo en el mismo saco. Lo siento, pero no te lo acepto, pura y simplemente porque no es verdad.

    No obstante, es ciertamente evidente que me he permitido contestar a todas las pedradas recibidas (algunas muy dolorosas, porqué no decirlo). Si eso tú lo consideras injustificado o negativo, pues vale. Quizá no debería haberlo hecho, es una opción, no digo que no, pero en todo caso, yo no respondo o contraataco a la persona (no hay nada “personal” en lo que digo, porque si lo hubiera sería como para “partir peras” definitivamente et per secula seculorum) sino al discurso (o más bien, al pseudo-discurso), a lo que dice, al cómo lo dice, y al fundamento en el cual se basa lo que dice, si es que lo tiene. Eso, creo yo, es precisamente lo interesante de mantener un debate, si ello fuera posible, claro, cosa que, hasta el momento, apenas ha ocurrido (tan sólo en el caso de C.A.S.).

    Un abrazo, un beso y un achuchón intercostal.

    Comentario por Dr. Piedra — Martes, 8 agosto, 2006 @ 1:32 pm |Responder

  14. Querido Dr Piedra, El mensaje que escribí no estaba destinado específicamente a ti, sino a todos los que escriben en este blog, invitándoles a reflexionar sobre lo que estaba sucediendo. Y aunque no quiero alargar este tema, me gustaría puntualizar dos cosas:
    Primero, cuando dices “ Bien, pues empezaré diciéndote que no soy consciente de haber insultado a nadie, antes al contrario, no creo que sea insultar a alguien decirle que miente (y/o que miente conscientemente porque sabe muy bien lo que está diciendo)” , estás atribuyendo una intención maliciosa en aquel al que te refieres y esto condiciona tus respuestas, como no puede ser de otra manera. A mi juicio está opinión es una apreciación tuya pero en ningún caso una verdad, y el que lo veas así, como una verdad (como algo incuestionable), también condiciona tus respuestas y el tono de las mismas, aumenta la dificultad del dialogo y contribuye a subir el tono del blog.
    El segundo aspecto que quiero comentarte es que yo no he dicho que debes callarte ante las pedradas sino que existen otras formas de respuesta a esa pedrada que otra pedrada y que me sorprende que la justificación, de prácticamente la totalidad de vosotros, a esa nueva pedrada, es que el otro ha empezado.
    Pues nada otro beso para ti y otro más fuerte para la Dra Piedra a la que también das un achuchón y otro más para todos los demás.
    Israel

    Comentario por Israel — Miércoles, 9 agosto, 2006 @ 10:29 am |Responder

  15. Querido Isra:

    Parece que quieras decir que la verdad o la mentira dependen del punto de vista de cada cual y no de hechos objetivos… pues estamos arreglados.

    Vamos a ver: cuando digo que no empecé yo tirando piedras (a pesar de mi nick) no es una verdad “subjetiva”, simplemente puede constatarse fehacientemente, es un hecho que no depende del punto de vista de nadie, sino que ha quedado escrito en el archivo de este blog. Sólo hay que consultarlo. Los demás no sé porqué lo dirán, si lo dicen, allá ellos, pero en mi caso, lo digo, lo mantengo y puede demostrarse.

    Otra cosa es que tú consideres que mi procedimiento retórico de defensa es injusto con el oponente, aun cuando el oponente en cuestión se dedique a atacarme en lo personal y no en el plano de las ideas. Bueno, según tú, entonces ¿cómo debería haber procedido?. Ponme un ejemplo.

    En cuanto a decirle a alguien que miente cuando afirma algo que es mentira, tiene fácil comprobación: que demuestre con textos que lo que él dice o critica es la verdad. Sino, es su palabra contra la mía y así no se resuelve nada. Eso es lo que no se ha hecho hasta la fecha y es lo que yo he propuesto siempre, que se demuestren las apreciaciones de cada cual con hechos, con textos, y si hay críticas ponderadas y razonadas serán discutidas y aceptadas (o no). Lo demás es palabrería vana y pretenciosa, cuyo “grado de verdad” será asignado por cada cual dependiendo de la simpatía personal por quien lo dice… pero eso no es objetivable, no tiene ningún valor, eso sí pertenece a la “esfera sentimental”, que no tiene nada que ver en todo esto, al menos en lo que a mí respecta.

    Tus achuchones para la Dra Piedra serán transmitidos, como no podía ser menos.

    Hasta pronto.

    Comentario por Dr. Piedra — Miércoles, 9 agosto, 2006 @ 2:06 pm |Responder

  16. Hola amigos

    Epero con vuestros comentarios que no se aluda indirectamente a mi persona. Está fuera de mi intención esgrimir cualquier actitud insultante o despreciativa hacia nadie. Respeto a todas y a cada una de las personas del blog. Quizás algunas palabras suenen algo duras pero no van hacia las personas. Quizás con el tiempo alguien pueda llegar a comprenderlo.

    Practicus Germanus

    Comentario por Antifachista — Miércoles, 9 agosto, 2006 @ 8:57 pm |Responder

  17. Querido Dr Piedra, no quisiera que mi comentario se personalizase exclusivamente en ti ya que, como dije, se dirigía a la practica totalidad de los que escriben en este blog. Bien, en primer lugar no está en mi intención decir que la verdad depende del punto de vista de cada uno, aunque la INTENCIÓN con la que cada uno escribe si está sujeta a opiniones, sobre todo si tu no eres el que escribe esas criticas, además en un foro como este es más difícil de medir esa intención ya que la palabra escrita es nuestro único instrumento para medir la mal intencionalidad ajena, es decir, las aclaraciones se demoran mucho en el tiempo y se dan después de una respuesta a dicha “percepción mal intencionada” generalmente agresiva.
    Tampoco quiero decir que no sea una opción de respuesta legitima (la respuesta que utiliza un tono violento), lo que digo es que no es la única respuesta y que existen más formas de responder a un agravio que otro agravio. También digo que el tono de las respuestas que nos ofrecemos condiciona el tipo de blog y dificulta o facilita el dialogo.
    Después invito a todos los que participamos a preguntarnos sobre qué es lo que hacemos cada uno de nosotros para que, y esto si que no es una opinión, bastantes mensajes se dediquen a juzgar a la persona, insultar, jalear a los/as que insultan, menospreciar, y a defenderse de esos insultos.
    En cuanto a lo ultimo que dices estoy plenamente de acuerdo contigo aunque hay veces que la justificación con textos es difícil de dar ya que unas veces ni siquiera estas seguro de lo que dices y estás probando hasta donde llegan esas ideas/cuestionamientos.
    De verdad que no quiero darle mucha bola a esto ya que no es lo principal del blog, pero me parecía que era un buen momento para dedicar 5 minutos a pensar sobre lo que estamos construyendo.
    Un beso a todos y especialmente a todas
    Israel
    PD ¿se puede ser más hortera a la hora de elegir fotos para los distintos post (no se si se llaman asi)?, lo de los gatitos y el abejorro es de traca. ¿puedes abrir un nuevo hilo con en el que debatamos este punto?

    Comentario por Israel — Jueves, 10 agosto, 2006 @ 11:46 am |Responder

  18. Ah… pero ¿estábamos construyendo algo?

    Muy buena tu Posdata, Isra. Sobre todo como aleccionadora síntesis y epítome del contenido de tus últimos mensajes. Por lo que veo no te has enterado de que cuando, por elemental respeto a la verdad, hay que decirle a alguien que es hortera, gilipollas, cretino, farsante, estúpido, terrorista o cualquier otra valoración objetiva y científica acerca de su personalidad, una elemental norma de educación y convivencia aconseja acompañarlo de la expresión «con respeto y consideración», aclarando inmediatamente que no se trata de nada personal, sino de una ayuda desinteresada para que el imbécil en cuestión pueda salir de su situación.

    Un fuerte abrazo

    Comentario por Agustín — Jueves, 10 agosto, 2006 @ 4:15 pm |Responder

  19. por supuesto que siiiií, Israel, en cuanto encuentre, para ilustrar el nuevo post, esa foto tuya que tengo por ahí, disfrazado de personaje de Star Wars, o Star Trek, o de Star Prick, no me acuerdo muy bien. Ya verás qué guapo estabas, mañana la busco.

    Comentario por Aspirante a domador — Jueves, 10 agosto, 2006 @ 4:21 pm |Responder

  20. […] Como te había prometido en el comentario 19 de “Sobre el modo…”, aquí está el nuevo hilo que solicitaste para que opinéis sobre lo horteras que son las fotos con las que se ilustran los posts; espero, eso sí, que si habéis de insultarme, sea “con respeto y consideración”, al práctico estilo germano). Pero no quería abrirlo sin cumplir la segunda parte de mi promesa: colgar tu foto disfrazado de friki de saga intergaláctica. […]

    Pingback por Cabalgando al Tigre » Lo prometido, Israel — Viernes, 11 agosto, 2006 @ 8:56 am |Responder

  21. Recojo la cuestión que planteaba Aspirante en su mensaje 12 para formular alguna idea al respecto; pero antes, una advertencia previa: por supuesto, sé que hay quienes no aceptan un principio espiritual individual, y que para éstos el «alma» es poco más —si es que es algo más—, que aquello de lo que se ocupa la psicología; no lo comparto, pero ésa es, obviamente, otra discusión; para mí se trata de dos puntos de vista distintos, aunque supongo que para algunos el mío será simple error y confusión. En todo caso, dudo que, desde esa perspectiva pueda entenderse algo de lo que voy a decir a continuación.

    De entrada, cabría preguntar, quizá, qué tiene que ver el alma con los recuerdos de la infancia. Bien, personalmente pienso que la relación es muy estrecha, o, al menos, puede serlo; pues esos recuerdos, en la medida en que no son sólo recuerdos de acontecimientos, sino reminiscencias de un estado, son probablemente una de las entradas más accesibles al mundo del alma.

    Se supone que venimos a este mundo con un alma y que estamos aquí precisamente para intensificarla. Se ha hablado en este blog de la ley de la «intensificación de las formas», en relación con Mullâ Sadrâ. Esto nos proporciona una primera imagen «visual» que me parece válida como aproximación analógica: es como si el paso por el mundo de la materia dejara al alma como algo relativamente desvaído y difuso, que debe ser intensificado y precisado en su colorido y en sus límites; los perfiles no pueden cambiar esencialmente, pero el conjunto puede adquirir nitidez, brillantez, color, intensidad. Es decir, puede ocurrir eso o puede ocurrir lo contrario: la acentuación del desvanecimiento.

    En la infancia el alma no está recubierta de todo el ropaje cultural, psicológico, etc., con que lo estará más tarde, y tiene una relación más directa con el mundo. Parece claro que hay una inocencia primera que pronto nos abandona como precio que se paga por venir a este mundo. Parece que, casi inevitablemente, al final de la infancia se produce una caída más o menos brusca en el olvido del alma. Un olvido que puede durar años o toda la vida.

    Hay un novelista contemporáneo, Herman Hesse, el autor de «El lobo estepario», «El juego de abolorios», etc., que tiene varios cuentos con este tema, para él recurrente: la vida en la infancia desde el centro del alma, el olvido más o menos repentino que aparece con el final de ese período, y la posibilidad, a partir de un recuerdo concreto, de una recuperación del centro una vez que la juventud ha pasado. No soy un incondicional de Hesse, ni mucho menos, pero varios de los cuentos que tiene con este tema merecen ser leídos; recuerdo en particular uno, titulado «Iris» que creo recomendable. También José Antonio Antón ha tocado el tema en varios de los relatos breves de su libro «Prosa de cámara».

    Si la experiencia del alma fue originalmente lo bastante intensa, puede ir abriéndose paso en la memoria y dejar oír sus ecos lejanos susceptibles de ser oídos y atendidos. En la medida en que se escuchen y se sea capaz de recordar (no tanto de recordar hechos con la memoria exterior, cuanto de reactualizar estados con la memoria profunda, aunque la memoria psicológica también juegue ahí un importante papel, en tanto que «soporte») habrá una intensificación progresiva del alma (al margen de que esa intensificación sea posible desde otras experiencias). Esta labor de intensificación es, a la vez, una reintegración por parte del alma de toda su historia, puesto que el alma se sitúa propiamente en la metahistoria, e intensificarla es tanto como devolverle esa dimensión (o devolverla a esa dimensión) en la que, en el límite, pasado y presente se superponen, en la que toda la historia se condensa en el instante intemporal, en el que, por decirlo así, toda la existencia se vive a la vez. El proceso obviamente se retroalimenta, y la recuperación progresiva de su metahistoria es a la vez causa y consecuencia de la intensificación del alma.

    Nada, pues, de traslación al pasado, sino arrancamiento a la dimensión temporal, reactualización del pasado que deja de ser pasado para devenir pura actualidad. Por eso ahí la infancia deja de ser un recuerdo de algo muerto para convertirse en puerta de entrada al mundo intemporal del alma. Tampoco se trata probablemente de recuperar simplemente lo que se tuvo y se olvidó; es decir, no se trataría de un retorno a la infancia, sino de recuperar toda la vida pasada desde una nueva perspectiva que puede colocar al alma en un nivel superior como un paso más en su existencia que se extiende, por supuesto, más allá de la vida presente. Esto es lo que yo llamaría “reintegración”.

    Éste es, claro está, un proceso de conocimiento: el «conócete a ti mismo…» tantas veces repetido, que el hadith prolonga con «…y conocerás a tu Señor». Conocimiento que no es, obviamente, el de la psicología común, pero tampoco el «conocimiento» impersonal de un indiferenciado espíritu universal en el que fundirse, sino conocimiento de algo concreto, del principio espiritual individual, es decir del rostro que Dios ofrece a cada hombre. Conocimiento, podría decirse, del mito personal de cada uno.

    Esta posibilidad de la memoria como medio de conocimiento, y del recuerdo como conocimiento (¡y también de los sueños!, terreno lamentablemente abandonado al psicoanálisis), me parece insuperablemente expresada en la película de Ingmar Bergman «Fresas salvajes», cuya penúltima escena, el recuerdo de sus padres por parte del protagonista, condensa en dos planos (primer plano del protagonista e imagen de los padres a la orilla del río) todo lo que aquí estoy tratando de expresar.

    Hay quienes, una vez olvidada el alma, no sienten despertar nunca más ese recuerdo y lo pierden definitivamente en su juventud, lo que no significa que esas personas no puedan interesarse por la vida espiritual y alcanzar el grado de realización que sea. Desde ahí se puede criticar esta búsqueda del alma como una «actitud psicologista»; pero, en mi opinión, lo único que eso demuestra es que no han intuido esa realidad metahistórica de forma concreta y personal o, dicho de otro modo, no han despertado del olvido del alma y desconocen esa experiencia. Me inclino a creer que quienes critican el mundo imaginal como un mundo inferior, peligroso o, en todo caso, desdeñable, sencillamente no han tenido ninguna experiencia de la realidad de la que se está hablando, o, si la han tenido, no son capaces de reconocerla. (Sé, por supuesto —y lo tengo en cuenta como posibilidad— que a esto se me puede responder que, por mi ignorancia de una experiencia impersonal del Espíritu, no estoy en condiciones de valorar con justeza esa otra experiencia «personal» del alma, que tendería a sobrevalorar.)

    Ese proceso de conocimiento, de reintegración y reactualización de toda la vida en el presente me parece estrictamente análogo, en otro nivel, al de la re-actualización permanente de la Tradición, proceso paralelo, necesario para que la Tradición no se convierta en un cortejo fúnebre. Esto sólo es posible entenderlo así si la Tradición se contempla como realidad esencialmente metahistórica (tema del que ya se habló algo en este blog), y desde esa perspectiva podríamos decir que hay una analogía rigurosa de ambos procesos que permite descubrir algo así como la Tradición en el interior de uno mismo; condición obvia para ello es transcender la visión de la Tradición como realidad meramente histórica, como mero mecanismo fáctico de transmisión en el tiempo, pues esta visión, por muy «metafísica» que pueda pretenderse, mutila a la Tradición de su dimensión esencial, y es sencillamente la otra cara del olvido del alma, la destrucción del mundo del alma, que se corresponde con la destrucción del Alma del mundo.

    Si la vida, según planteas, Aspirante, sabe «muy diferente» cuando se es adulto, yo imagino que no será porque cambie «algo central en el alma», pues supongo que el alma no cambia, lo que cambia es sencillamente su grado de luminosidad o intensificación y los recubrimientos que la velan y que nos hacen percibirla de forma distinta.

    Me parece que nuestra experiencia pasada nos envía con más o menos frecuencia mensajes que habitualmente no oímos o que, si oímos, no escuchamos. Cuando se escuchan, acaece la experiencia que inmortalizó Proust en su novela «A la búsqueda del tiempo perdido», en la que el protagonista, ante el olor de la magdalena mojada en el té, se siente trasladado a su infancia y puede realizar una experiencia de rememoración y reintegración de toda su existencia (o la del protagonista de la película citada, en el lugar en que crecen las fresas silvestres [supuestamente «salvajes»: tal vez el título lo tradujo algún conocido]). En tal sentido, incluso los actos en apariencia más banales de la vida cotidiana son puertas al mundo del alma. Otra cuestión distinta es que esa puertas precisan una cierta transparencia y los objetos, las experiencias, todo lo que envuelve nuestra vida en la actualidad, es cada vez menos transparente. La modernidad se caracteriza fundamentalmente por su opacidad. (Sería importante un análisis, desde esta perspectiva, de los juegos que hoy en día ocupan a los niños con relación a los que nos ocuparon a los que nacimos hace más de medio siglo). Y por aquí volveríamos otra vez, a la importancia de la forma de vida y del entorno del que uno se rodea, de la belleza, que no es mero placer estético superficial, sino posibilidad de entrada en el mundo del alma. Esa actitud de estar a la escucha de los ecos del alma, que incluye el descubrimiento de la sacralidad en lo que nos rodea, es, en mi opinión (mera experiencia personal), más importante que todo tipo de afiliaciones, doctrinas y rituales; aunque, evidentemente, cada uno lo ve a su manera…

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Sábado, 12 agosto, 2006 @ 9:11 am |Responder

  22. Muy interesante tu comentario 21, Josephus.

    Estoy de acuerdo en la importancia de esas vivencias infantiles que todos tenemos y que, de algún modo, cuando se rememoran (en mi caso sólo ocurren espontáneamente, soy incapaz de provocarlas), son capaces de recordarnos otro “sabor vital”, mucho más espontáneo, directo y “completo”, a la vez que mucho más simple. En mi experiencia es como un fogonazo inaprensible, pero muy evocador, y puede ser despertado por la cosa más insospechada, aunque en mi caso ocurre preferentemente a partir de un olor o de una cierta cualidad de la luz. Tiendo a relacionar estas vivencias con el consejo tradicional de “volver a ser como niños”, que lo entiendo como una recuperación de la inocencia; pero no en su sentido moral ni psicológico, sino más bien vivencial, en la que la percepción del mundo no está constreñida por los prejuicios acumulados a partir de la experiencia material.

    Iré más lejos incluso a riesgo de ser ininteligible, pues ni siquiera estoy muy seguro que lo que voy a decir sea exacto: creo que esas vivencias que rememoro no presentaron en su momento “histórico” siquiera esa cualidad que ahora me evocan, pues aparecían teñidas ya por categorías y prejuicios que, aunque más rudimentarios que los de ahora (si cabe), empañaban en cierto modo el alma, haciéndola perder intensidad; es la rememoración la que, de algún misterioso modo, despoja la vivencia de aquellos prejuicios y la intensifica (o borra lo que la vela). El por qué ocurre con algunas vivencias (que además no parecen especialmente significativas) y no con otras más “importantes” o incluso con todas, no alcanzo a imaginarlo.

    En cuanto a la importancia de la belleza como puerta de acceso al alma, a mí no me cabe la menor duda: imagino que consideramos bello aquello que reproduce más fielmente su arquetipo celestial, recordándonos el “hogar”. Ahora, creo que conviene dejar claro que esa belleza no puede reducirse a las formas espaciales, sino que incluye además todo el contenido del alma: sentimientos, intenciones, actos, pensamientos, etc..

    ¿Alguien más dispuesto a mojarse hablando de su experiencia personal, amigos?

    Comentario por Aspirante a domador — Jueves, 17 agosto, 2006 @ 12:48 pm |Responder

  23. Queridos todos, y en especial Josephus, lo primero disculparme ya que como siempre llego tarde y las preguntas y aclaraciones que te pido te harán volver a un texto y a unas reflexiones ya pasadas. Bien me refiero a tu primer comentario, con el que se abre este hilo y a tu tercer comentario, décimo del hilo.
    En ellos, me ha parecido que haces una distinción entre la doctrina y la forma de estar en el mundo (relación con la naturaleza, manifestaciones culturales, belleza, arte…), estableciendo una relación entre ellas aunque dicha relación no sea determinante la una de la otra. Y aquí viene mi pregunta ¿no crees que exista una relación entre todas ellas?, es decir un Conocimiento metafísico no te permitirá una mayor contemplación de la belleza?. En este primer texto si queme parece que exista una relación entre todas ellas pero en el segundo al que me refiero parece que haces una escisión entre ambas (doctrina/manera de estar en el mundo), dices: “Un fanático de la causa metafísica (que los hay) no tiene por qué diferenciarse en nada esencial de un fanático de cualquier causa política de extrema derecha, de extrema izquierda o de extremo centro. La esencia del fundamentalismo viene dada por una serie de factores como la intransigencia agresiva y otros; en definitiva, por una negativa a ejercer la inteligencia, no por adscribirse a ideas de un signo o de otro…”. Yo no creo que de igual, es cierto que se puede desvirtuar cualquier ideología y convertirla en un instrumento de destrucción pero es la utilización de esta ideología y no la ideología la que estamos juzgando, es decir no da igual el Conocer (lo pongo con mayúsculas para distinguirlo del conocimiento superficial e incluso inverso de cualquier doctrina) la doctrina cristiana que el Marxismo, la doctrina/metafisica si es importante y yo creo que es determinante, otra cosa es que sólo pongas atención a esta doctrina olvidándote de otros aspectos que , para mi, están muy relacionados unos con otros, es decir forman una unidad en la que el conocimiento de uno te ofrecerá el conocimiento del otro.
    Lo que quiero preguntarte es ¿no crees que están estrechamente relacionados unos aspectos con otros (doctrina, belleza, arte, manifestaciones culturales…,) que no son independientes?¿y para ti esa relación no es jerárquica?
    Una beso muy grande
    Israel

    Comentario por Israel — Viernes, 18 agosto, 2006 @ 11:35 am |Responder

  24. Con respecto a los últimos comentarios de Josephus y Aspirante, entre otras cosas sumamente vagas y un pelín sentimentales (a mi modo de ver), se ha hablado de “puerta de acceso al alma”, de “contenido del alma” o se ha identificado al “alma” con un “principio espiritual individual”.

    ¿No sería más interesante preguntarse qué es el alma o a qué nos referimos exactamente con el término “alma” y qué relación tiene con el “espíritu” y con el “cuerpo”?.

    Comentario por Dr. Piedra — Viernes, 18 agosto, 2006 @ 1:46 pm |Responder

  25. En cuanto al comentario 22 de Aspirante (párrafo 2) me parece muy interesante lo que comentas acerca del «valor añadido» que incorpora la rememoriación en sí misma. En realidad a esto me refería yo también, sin nombrarlo de este modo, cuando decía que no se trataba propiamente de un «retorno a la infancia». Esto plantea el papel que el tiempo desempeña en ese proceso y, si me apuras, hasta el problema de la naturaleza misma del tiempo, problema harto complicado del que yo no me atrevo a hablar y que podría traer a colación incluso ciertos mitos o ciertas doctrinas acerca del tiempo.

    Me preguntas, Israel, si doctrina, belleza, arte, manifestaciones culturales no están muy estrechamente relacionados. Por supuesto que sí. Pero esa relación se puede actualizar o no en la mente de cada cual. La mente humana tiene una gran capacidad de parcialización y, en especial, la conciencia occidental parece mucho más dada al análisis que a la síntesis; de ahí el delirio de la especialización a que ha llegado nuestra cultura. Esa especialización es posible en todos los órdenes y no sólo en el de los conocimientos «técnicos». Es evidente que se puede estar perfectamente especializado en doctrinas metafísicas (yo no sé qué significa esta expresión en singular, como tú la empleas), ignorando absolutamente el ámbito, por ejemplo, de la estética; o, dicho de otro modo, se puede privilegiar la inteligencia pensante a expensas de la sensibilidad. Puede haber personas con una gran sensibilidad para la belleza y ningún conocimiento metafísico, y personas con grandes conocimientos metafísicos absolutamente insensibles para la belleza. Un conocimiento metafísico, en principio, puede contribuir a una mejor apreciación de la belleza, sin duda, pero de ningún modo la produce per se.

    No creo haber dicho que sea lo mismo conocer la metafísica cristiana que el marxismo, más bien he expresado explícitamente lo contrario. Sí he dicho, y lo reitero —ahora desde otra formulación análoga—, que me parece sustancialmente igual el esoterismo cartesiano y el cientifismo cartesiano, pues el polo «cartesianismo» es mucho más determinante que lo que podamos asociarle, e iguala, en lo esencial, esoterismo y cientifismo. En definitiva, que lo que podríamos llamar la «actitud metodológica» puede imponerse decisivamente a los contenidos conceptuales modificándolos de forma substancial.

    Preguntas también si esa relación entre los distintos órdenes no es jerárquica. Pero ¿qué quieres decir exactamente con eso? ¿Que hay alguna especie de superioridad o prioridad de la verdad sobre la belleza, de la metafísica sobre la estética? Pero ¿en qué sentido o desde qué punto de vista y por qué? ¿Quieres decir que la Inteligencia de Dios está más cerca de su centro que su Belleza? Yo no lo sé (ni siquiera sé si tiene mucho sentido plantearlo así), pero, aunque así fuera, eso no supondría necesariamente que debamos ocuparnos más de la doctrina que del arte. Históricamente comprobamos que los principios religiosos o espirituales no determinan necesariamente una forma de vida y parecen, de hecho, perfectamente compatibles con las aberraciones de la modernidad; por el contrario no sabemos de la existencia de una sola comunidad con una forma de vida tradicional que no haya tenido una visión espiritual de la existencia, lo que tal vez podría llevarnos a revisar qué es lo principal y qué es lo secundario, y a no hacer apresuradas traslaciones, que pueden resultar cómodas pero que pueden ser más bien mecánicas, de la ontología a la epistemología.

    En cuanto a lo que dice el Dr. Piedra en el comentario 24, que a él le parezca vago y sentimental lo que yo digo es tan normal como que a mí me parezca estrecha y racionalista la perspectiva asumida por él, desde la que percibe la vaguedad y el sentimentalismo. No rechazo ningún diálogo, pero dudo que sobre eso podamos llegar a algo más que a constatar las diferencias de perspectiva.

    En cuanto a si no sería preferible hablar de qué sea el alma, en mi opinión es precisa y exactamente de eso de lo que estábamos hablando o, al menos, de lo que yo he intentado hablar. En todo caso, está claro que cada cual puede abordar el tema desde la perspectiva que crea oportuna…

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Lunes, 21 agosto, 2006 @ 9:32 am |Responder

  26. Estimado Dr. Piedra, coincido contigo en la vaguedad de mis últimos comentarios, pero me considero incapaz de precisarlos más dado que hacen referencia a experiencias, y están por tanto teñidas de sentimientos, los cuales son per se difíciles de comunicar. Así, también estoy de acuerdo en el carácter sentimental que además les atribuyes, sin ver en ello problema alguno; a ver si ahora va a ser ilegítimo dicho modo de referirse al mundo. No digo que no tenga sus limitaciones (que las tiene), pero puesto que el hombre posee una esfera sentimental, sin la cual por cierto no podría llamarse propiamente tal, no comparto el apriorismo de considerar inadecuada, irrelevante o indigna de ser tenida en cuenta cualquier manifestación que incluya valencias afectivas. En conclusión: no entiendo la esfera sentimental como un escollo en el camino de autoconocimento, sino como una herramienta cuyo resultado en el uso dependerá del talento del artesano; mutatis mutandis, lo mismo que la razón.

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 21 agosto, 2006 @ 2:01 pm |Responder

  27. Me encanta la facilidad de adjetivación que tiene Josephus: “esoterismo cartesiano”… es absolutamente fascinante. Por otro lado, es una lástima que confundas siempre conocimiento metafísico con conocimiento racional. No tienen nada que ver. Supongo que ya lo sabías, pero lo recuerdo porque me viene pareciendo que todo vale para intentar descalificar y despreciar lo que dicen los demás.

    Pues bien, a riesgo de seguir siendo tildado de cartesiano, cientificista, mecanicista, racionalista, etc, etc, etc…. simplemente por querer encontrar un poco de orden, claridad y precisión en los discursos que se leen aquí, ¿alguien me puede explicar qué es un “principio espiritual individual”? ¿es el “alma” eso? ¿es el “alma” “espiritual”?, ¿qué significa “espiritual”, entonces?.

    En cuanto a lo que dice Aspirante, pues muy bien, no hace falta que te lo tomes así hombre. Ahora, una cosa son los sentimientos (contra los que nada tengo que objetar) y otra el sentimentalismo, vamos, me parece a mí. Al menos es eso lo que quería decir, aunque últimamente parece que no se entiende nada de lo que digo. Por cierto, ¿tú támbién compartes la opinión de Josephus acerca de la ecuación conocimiento metafísico = conocimiento racional?. ¿No es lícito establecer una jerarquía entre ambos, y entre ellos y la “esfera sentimental”?.

    Para finalizar, y hablando de la licitud de establecer jerarquías, no creo que Israel intentase establecer una entre Bien, Verdad y Belleza Divinas, sino más bien entre las facultades que posibilitan su conocimiento. Pero claro, es más sencillo tergiversar tendenciosamente a conveniencia lo que nuestro amigo quería decir, para llegar así a una especie de “anarquismo espiritual” (yo también sé inventarme nombrecitos efectistas).

    Pues nada, saludos cordiales a tod@s.

    Comentario por Dr. Piedra — Martes, 22 agosto, 2006 @ 2:13 pm |Responder

  28. Dr. Piedra, no pensé que utilizases la palabra “sentimental” refiriéndote al sentimentalismo, sino a la esfera del sentimiento en general. La verdad es que no veo sentimentalismo alguno (es decir, exceso de sentimiento) en mis previos comentarios, pero quizá sí que lo haya y no sepa verlo; ¿podrías precisar un poco más dónde aparece ese sentimentalismo?

    En cuanto a la ecuación “conocimiento metafísico = conocimiento racional” que le atribuyes a Josephus, así formulada me parece un contrasentido, si se entiende el concepto “metafísica” en la acepción guenoniana (y que a mí me parece la más acertada), pues la metafísica y el raciocinio pertenecen, entiendo, a planos diferentes. Pero eso en lo que a los principios metafísicos en sí se refiere, y que sólo se pueden “poseer”, “hacer propios” (si se me permite lo inapropiado del término, je), a través de la realización: el problema es que al articularlos racionalmente, caen ya inevitablemente en el dominio de la razón, y por tanto su formulación (que no los propios principios) adolece de todas las limitaciones inherentes a ella. Por tanto y contestando a tu pregunta, sí creo lícito establecer una jerarquía entre los principios metafísicos y la razón, pero quizá no tanto entre las formulaciones (inevitablemente racionales) de esos mismos principios y la propia razón, que es la herramienta con la que se manejan en el discurso.

    En cuanto a establecer también una jerarquía entre razón y sentimiento, en principio tendería a decir que sí, pues resulta muy cómodo para mí, ya que me permite estructurar la realidad y descomponerla en compartimentos más o menos estancos, lo que facilita su manejo; pero tengo la convicción de que ambos fenómenos, sentimiento y razón, están tan imbricados en el alma humana que ese esquema no resulta suficiente. Intentaré ser menos vago (pero no prometo nada): seguro que la razón, en su sentido de discurso lógico-aristotélico, es independiente de la esfera afectiva. Vale. Ahora bien, en cuanto vamos al terreno de la experiencia, las cosas ya no funcionan. Intentar tan sólo interpretar el más nimio aspecto de la realidad obliga a afrontar una indefinida cantidad de variables, que hay que mensurar cualitativa y cuantitativamente. La respuesta o interpretación “razonada” o “razonable” variará de un individuo a otro sin posibilidad alguna, además, de acuerdo entre ellos, y sin necesidad de que ninguno haya roto las leyes de la lógica. Simplemente se valoran distintas variables en proporciones diferentes, ya que nuestros raciocinios son inextricables de sus convicciones, sentimientos, deseos, etc., es decir, de su dimensión afectiva. Así al menos lo veo yo. Por supuesto, esto sólo aplica a los seres humanos sometidos a los condicionamientos de este estado: dejo de lado a los jivan mukta-s, los despiertos, los iluminados o como queramos referirnos a ellos.

    Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 23 agosto, 2006 @ 10:00 am |Responder

  29. Después de enviar mi último mensaje me di cuenta de que había cometido un cierto error al interpretar el de Israel. Creo, Israel, que planteabas la posibilidad de que un conocimiento suprarracional aporte «ipso facto» una capacidad para conocer la belleza. Desde luego, si tu pregunta iba por ahí, yo, evidentemente, no puedo responderla, primero, porque lo ignoro y, segundo, porque no creo que el conocimiento racional y el conocimiento suprarracional sean algo así como dos peldaños, uno arriba y otro abajo, cada uno en su sitio y perfectamente diferenciados; me inclinaría a creer más bien en la profundización en una pluralidad de niveles hermenéuticos, que, de hecho, formarían un continuum y que sólo serían precisables a efectos de esquematización.

    En todo caso, me parece claro que el ser humano puede albergar desequilibrios descomunales, y aunque cabe razonablemente suponer que tales desequilibrios vayan disminuyendo a medida que aumenta la profundización en la conciencia, tal vez no sea fácil desembarazarse por completo de ellos por muy «arriba» que se esté. Un conocimiento suprarracional no tiene por qué producir, por ejemplo, ningún tipo de conocimiento «técnico». No está muy claro, entonces, por qué habría de procurar el conocimiento de la belleza, aunque ésta, claro está, se sitúe en un orden distinto. Me parece que no habría que descartar a priori la posibilidad de que una «realización» notable en un determinado aspecto pueda convivir con limitaciones graves en otros. Esto —una vez más— es algo un poco «molesto», pues no encaja muy bien en ciertos esquemas mecanicistas de la realidad, pero da la impresión de que podría ser así… En cualquier caso, supongo que el ser humano tiene la obligación de «trabajarse a sí mismo» en todas las dimensiones de su ser, y que la especialización en materia espiritual —por necesaria que sea en ciertos aspectos y en cierta medida— puede resultar peligrosa o que, al menos, tiene sus inconvenientes, ¿no?

    En cuanto al Dr. Piedra:

    1. Si yo hablaba de «conocimiento metafísico», me estaba refiriendo —era obvio por el contexto— al conocimiento de lo que comúnmente se llaman «doctrinas metafísicas», es decir, al conocimiento de la metafísica como parte de la filosofía. Y eso, por supuesto, me parece un conocimiento racional. Otra cosa distinta es el uso moderno por parte de Guénon y otros autores tradicionalistas del substantivo «metafísica» con sentido distinto al que viene siendo común desde Aristóteles (punto sobre el que ya me expresé en el comentario 6) para designar una supuesta doctrina universal, y del adjetivo «metafísico/a» que, aplicado al conocimiento, se utilizaría (de forma discutible, a mi entender) como sinónimo de «conocimiento suprarracional». En todo caso, yo admito, obviamente, un conocimiento suprarracional, al que sencillamente no llamo «metafísico» porque no me parece el término más apropiado (aunque no me parezca especialmente importante la forma en que lo bauticemos). Ahora bien, no atino a discernir qué relación pueda tener todo esto con la idea de que «todo vale para intentar descalificar y despreciar lo que dicen los demás» (?). Si alguien me lo puede aclarar, se lo agradeceré.

    2. El Dr. Piedra se cree con todo el derecho (que lo tiene y no pasa absolutamente nada porque lo ejerza) a decir que mi discurso es «vago» y «sentimental». Me parece una opinión perfectamente respetable, que está lejos de causar mi indignación, aunque —comprensiblemente— no esté de acuerdo con ella. Ahora bien, si yo, en respuesta, utilizo términos rigurosamente paralelos para referirme al suyo («estrecho» y «racionalista»), eso parece que es una ofensa de todo punto inadmisible. Curioso.

    3. Cuando una frase empieza con el signo “¿” y termina con el signo “?”, es lo que se llama una oración interrogativa, utilizada para expresar lo que habitualmente se entiende por «pregunta». Ejemplo (tomado de mi respuesta a Israel del mensaje 25): «Pero ¿qué quieres decir exactamente con eso? ¿Que hay alguna especie de superioridad o prioridad de la verdad sobre la belleza, de la metafísica sobre la estética?» Estas oraciones corresponden, pues, a preguntas, no a afirmaciones ni interpretaciones de ningún tipo, ni benévolas ni sutil y diabólicamente tergiversadoras. El Dr. Piedra deberá buscar, pues, otra argumentación un poco más sólida para cimentar su política de alianzas. Ésta me parece que no cuela. De paso, le sugiero la posibilidad de renunciar al papel —que ya empieza a resultar un poco plasta— de víctima ofendida por cuenta propia o ajena, y emplear sus energías en poner alguna que otra idea encima de la mesa.

    4. En cuanto a su insistencia en la «claridad, orden y precisión» y en la petición de una definición clara y distinta para el «alma», me parece que el Dr. Piedra debería hacer un esfuerzo por entender que «definir» y «definición» no significa para todos lo mismo, y que hay quien piensa que el modelo cartesiano de definición que aprendimos en el colegio al estudiar matemáticas elementales puede ser absolutamente inoperante y carente de interés para un conocimiento real. Yo creo que aquí se han expresado algunos elementos de cierto interés para acercarnos a la realidad del alma, y que esa definición que al Dr. Piedra le gustaría, no nos haría comprender, por el contrario, absolutamente nada, de la misma forma que para entender lo que es la poesía es mucho más eficaz un buen poema que cualquier «definición» de poesía.

    Es verdad, no lo niego, que delimitar en cierta medida, y de forma provisional, los conceptos es metodológicamente necesario para que la conversación no se disperse estérilmente. Pero sería un craso error pensar que, por dar una definición clara y distinta del alma, sabremos qué es el alma. En cualquier caso, definiciones de alma se pueden dar muchas: ahí está la historia de la teología y de la filosofía, con definiciones muy diversas. Ahora bien, me temo que el tipo de definición que satisfaría al Dr. Piedra a mí no me interesa demasiado. Yo hablaba concretamente en el mensaje 21 del alma como de «el rostro que Dios ofrece a cada ser humano». Me parece una buena definición de alma (la frase no es mía, es de Corbin que la aplica al «ángel», que, en definitiva, no es otra cosa que el alma), entre otras muchas posibles. Se podría completar, quizá, diciendo que es también la percepción que el ser humano tiene del rostro de Dios, pues, como sabemos, «el ojo por el que yo veo a Dios es el mismo ojo por el que Dios me ve». Ese ojo es también el alma.

    Pero no sé si esta definición le va a servir de mucho al Dr. Piedra. Me parece que él quiere una definición clara y distinta de alma como pueda darse de una «cosa» que está «ahí» y puede ser «objetivamente conocida». Pero el alma ni es una «cosa», ni está «ahí», ni —me temo— puede ser «objetivamente conocida»; el alma es más una relación que una «cosa». Es esto, yo creo, lo primero que habría que entender. Pero esto exige interpretar no sólo el alma, sino toda realidad suprafísica en términos de «relaciones» más que de «cosas», renunciando a todo objetivismo primario. Las «cosas» tienen su realidad en el nivel físico, pero no podemos entender las realidades suprafísicas pensando que en ese nivel seguimos tratando con «cosas», por muy «espirituales» que las supongamos. Esa idea probablemente sea sólo una herencia del pensamiento cartesiano-kantiano del que es deudora la mentalidad moderna y de la que, por supuesto, participa todo el pensamiento teosófico europeo (utilizo la palabra en su sentido más amplio) de finales del XIX y del XX. Lo que podríamos llamar el «modelo artefacto» de la Realidad, en virtud del cual ésta se compone de partes que son «cosas» materiales o espirituales, perfectamente objetivas y delimitadas, que se relacionan entre sí como las piezas de una gran maquinaria perfectamente estructurada, es extremadamente cómodo y puede proporcionar provisionalmente una gran sensación de claridad, pero eso no significa que sea el modelo más apropiado de la Realidad que podamos encontrar.

    Por eso, porque creo que en este momento es necesario encontrar otro camino entre el absolutismo objetivista y dogmático, por un lado, y el relativismo autocontradictorio y disolvente, por el otro, pienso seguir criticando —por mucho que eso pueda ofender al Dr. Piedra— todo aquello que me parezca digno de crítica, lo haya dicho Guénon, Schuon o san Pedro bendito.

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Jueves, 24 agosto, 2006 @ 8:24 am |Responder

  30. Dice Josephus:

    “pienso seguir criticando —por mucho que eso pueda ofender al Dr. Piedra— todo aquello que me parezca digno de crítica, lo haya dicho Guénon, Schuon o san Pedro bendito”

    Estupendo, ya sería hora. Es más, yo mismo no defiendo otra cosa, e incluso lo he dejado escrito en alguna ocasión, sólo hay que buscarlo. Pero hasta el momento no he visto por tu parte ni una sola crítica que merezca tal nombre, tan solo un montón de opiniones, unas muy respetables, otras en absoluto, pero sin ningún fundamento. Cuando critiques algo que haya dicho Guénon, Schuon o san Pedro bendito (supongo que te referirás al NT), sería de agradecer que indicases a qué textos te refieres, o que los citases, para que podamos contrastar tu crítica y podamos aceptarla o criticarla a su vez. Es así como se hace una crítica seria, no lanzando infundios o frasecitas ingeniosas sin ton ni son. Por lo demás, es dificil que una crítica me pueda ofender, tan sólo me ofende la falta de criterio y el descaro con que se quiere camuflar de otra cosa.

    En cuanto a los juicios de valor “a priori” del estilo:

    “me temo que el tipo de definición que satisfaría al Dr. Piedra a mí no me interesa demasiado”…

    “esa definición que al Dr. Piedra le gustaría, no nos haría comprender, por el contrario, absolutamente nada”…

    “Pero no sé si esta definición le va a servir de mucho al Dr. Piedra. Me parece que él quiere una definición clara y distinta de alma como pueda darse de una «cosa» que está «ahí» y puede ser «objetivamente conocida»”…

    solamente sirven como estrategema defensiva bastante pobre. ¿Qué sabras tú lo que a mí me gustaría o me dejaría de gustar?. Te recomiendo que abandones este tipo de patético discurso, que sólo pone en evidencia tus propias limitaciones y te dediques a contestar a las preguntas concretas que se te plantean sobre frases o “definiciones” que tú has escrito (v.gr.: alma = principio espiritual individual); y si eso no es posible, mejor que guardes silencio, que es mucho más elegante y “aristocrático”, más al presunto estilo schuoniano que parece que admiras bastante.

    En cuanto al resto del mensaje 29, ni siquiera merece un comentario más que el de lamentable.

    Es una pena.

    Comentario por Dr. Piedra — Jueves, 24 agosto, 2006 @ 11:36 am |Responder

  31. Me pide Israel que me disculpe en su nombre: tiene problemas informáticos y no podrá intervenir hasta dentro de 4 ó 5 días. Pronto nos honrará otra vez con su presencia.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 25 agosto, 2006 @ 2:05 pm |Responder

  32. Agradezco al Dr. Piedra su razonada crítica a mi último mensaje, modelo de desapasionamiento y ausencia de sentimentalismo. De todos modos, lamento comunicarle que no tengo intención de guardar silencio, como de forma tan amable me sugiere. Lejos de ello, me referiré in extenso a su pretensión, varias veces expresada, de que cualquier crítica a Guénon debe ir apoyada en citas textuales. Pido disculpas por la extensión de mi mensaje, pero hay cosas que conviene aclarar con detenimiento. Veamos.

    1. Un blog tiene una estructura determinada y unas limitaciones patentes: se supone que los mensajes deben ser relativamente breves, no hay ni siquiera posibilidad de introducir notas a pie de página, se presume una cierta rapidez en las respuestas, etc. En definitiva, parece obvio que un blog no está pensado para análisis exegéticos detallados y minuciosos, e incluso es absurdo imaginarlo así. Para eso hay otros medios, por ejemplo, los libros o los artículos. Un blog —de este modo al menos lo entiendo yo— cumple o puede cumplir otra función, menor, sin duda, pero no desdeñable: expresar opiniones, sugerir ideas, plantear posibilidades, proponer intuiciones, consultar dudas, compartir reflexiones… en suma, hacer posible una conversación «retardada», más pausada y meditada que una conversación directa, pero bastante más «suelta» y espontánea que cualquier trabajo de investigación y, por tanto, jamás le serán aplicables los criterios académicos propios de una tesis doctoral que, por naturaleza, le vienen sencillamente anchos. A partir de estas consideraciones —que creo generalmente admitidas—, toda exigencia desaforada de rigor metodológico me parece que está sencillamente fuera de lugar.

    2. El Dr. Piedra pretende que las críticas a Guénon deben ser «demostradas» y que lo que no puede ser «demostrado» es falso o no merece consideración alguna (com. 7, párr. 8; 15, 4, etc.)

    Llama la atención que el Dr. Piedra comparta la difundida idea —propia de las ciencias analíticas y su metodología— de que una cosa es verdadera cuando puede ser demostrada, cuando, en realidad, prácticamente todo lo importante es sencillamente indemostrable. En efecto: ¿Se puede demostrar que Dios existe? ¿Se puede demostrar que la música de Bach es bella? ¿Se puede demostrar que la obra de un artista, o de un escritor, o de un filósofo, está influida por la de otro? Si yo digo que en un pensador hay ciertas influencias ajenas (por apelar a uno de los temas que aquí se han planteado), eso no es «demostrable» mediante textos concretos, porque estoy hablando de algo que se manifiesta de forma difusa y subyacente en toda una obra, en el conjunto de un pensamiento, y no en una frase que se pueda diseccionar gramaticalmente comparándola con otra. Estoy hablando de algo que, aunque no se pueda pesar ni medir, y no pueda quedar reflejado específicamente en una oración particular, puede sin embargo existir como algo perfectamente real. Más allá de la razón analítica y diseccionante, y sin necesidad de llegar a niveles suprarracionales ni nada semejante, está lo que podríamos llamar la «razón intuitiva», que la mayor parte de las personas poseemos y que sirve precisamente para eso. Si no se tiene, o no se quiere activar, no se irá más allá de una primaria lógica aritmética, por mucho que se hable de metafísica, de principios suprahumanos o de todas las entidades celestiales juntas.

    Naturalmente, si yo digo —con razón o sin ella: eso ahora no viene a cuento— que Guénon está más o menos influido en su concepción del esoterismo por el ocultismo del siglo XIX, como en su momento planteé, puedo extenderme en la idea y explicar las razones que me han llevado a pensar tal cosa; lo puedo hacer en el momento mismo de enunciar la idea o —dada la naturaleza dialógica del blog— lo puedo hacer progresivamente en mensajes sucesivos (y me hubiera gustado hacerlo si la efusión de sentimientos que la idea despertó no me lo hubiera impedido); pero esa explicación nunca podrá ser una «demostración» concluyente en el sentido en que se puede demostrar, por ejemplo, el teorema de Pitágoras, y será siempre insuficiente para quien tiene una decisión tomada a priori y no está dispuesto a revisarla; tales explicaciones nunca «demostrarán» lo que, por naturaleza, puede ser mostrado pero no demostrado.

    3. El Dr. Piedra pretende que la única forma de discutir con rigor sobre un tema es hacerlo «sobre la base de los textos», y que eso equivale a aportar citas textuales con comillas y número de página (com. 7, párr. 7; 15, 4, etc.)

    En mi opinión, el Dr. Piedra no tiene en cuenta que se puede comprender en profundidad una construcción intelectual de cualquier tipo (filosófica, artística, etc.) y hablar con sensatez sobre ella, es decir, proponer ideas que pueden ser sugerentes, interesantes y útiles, o incluso hondas, penetrantes y brillantes, sin necesidad de tener fijado un discurso plenamente desarrollado, sistemático y minucioso sobre dicha obra, y sin necesidad de ser «exhaustivo» (como pedía él en com. 1, párr. 4) ni presentar un análisis de sus detalles. A la hora de escribir un libro de filosofía, tal meticulosidad puede ser, tal vez, importante; a la hora de intercambiar ideas con media docena de personas en un blog, no. Muy al contrario: precisamente si tiene sentido intercambiar ideas y opiniones en un medio como éste, es precisamente, y entre otras cosas, para delimitar pensamientos no completamente perfilados.

    Personalmente, creo tener un conocimiento suficiente de la obra de Guénon como para poder conversar acerca de ella con cierto fundamento. Ahora bien, no me he dedicado a estudiarla, no la conozco al dedillo, y localizar en cada caso las citas adecuadas me llevaría un esfuerzo y un tiempo que ni puedo ni quiero dedicarle. ¿Significa eso que no tengo derecho a expresar críticas a Guénon? Así, en efecto, parece sostenerlo el Dr. Piedra, que pretende que cada manifestación de desacuerdo con Guénon debe ir acompañada con todo un aparato crítico que la «justifique». A semejante pretensión se le podría responder que se atenga él mismo a lo que espera de los demás y que no vuelva a expresar una idea sin justificarla de idéntica forma, pues lo que conviene a Guénon convendrá, naturalmente, a cualquier otro autor o, en general, a cualquier tema.

    Pero no; yo no le voy a pedir al Dr. Piedra ni a nadie que justifique de esa forma cada una de sus opiniones; primero, porque no me considero con derecho a ello, y, segundo, porque eso me parece, de manera obvia —y no creo que haya que explicarlo más—, un completo sinsentido. Dos preguntas me permitiría formularle al Dr. Piedra: a) ¿Pedirá el mismo conocimiento pormenorizado, el mismo rigor analítico y el mismo aparato crítico, si de lo que se trata es de formular comentarios elogiosos a Guénon? b) ¿Lo pedirá si lo que se critica es la obra de otros autores que parecen caerle menos simpáticos, como puedan ser, por ejemplo, Schuon o Corbin? En este blog se ha podido constatar que no es así, y ese distinto tratamiento puede revelar el quid de nuestras discrepancias: una cosa es buscar la verdad y otra —incompatible con la anterior— tratar de defender a capa y espada un autor o una ideología cualquiera.

    4. Están, además, las cosas que no pueden discutirse sobre los textos por la sencilla razón de que tales textos no existen. Si yo afirmo que Guénon tiene una idea reduccionista de la Tradición y que ha excluido de ella elementos esenciales, ¿cómo puedo demostrarlo —sea verdad o no— «sobre la base de los textos», cuando precisamente lo que estoy criticando se manifiesta, entre otras cosas, en la inexistencia de esos textos? ¿Cómo puedo demostrar el desdén de Guénon por el arte «sobre la base de los textos», si Guénon no escribió una línea sobre arte? ¿Cómo puedo demostrar «sobre la base de los textos» que Guénon ignoraba por completo el neoplatonismo, el gnosticismo, el cristianismo ortodoxo (Borella y muchos otros suprimirían la palabra «ortodoxo»), el budismo tibetano (o el budismo, a secas), toda la filosofía occidental (salvo, tal vez, Leibniz)… si jamás escribió una línea sobre todo ello? ¿Tendré que colgar aquí los 26 libros y las varias docenas de artículos de Guénon para decir a los lectores: «Léanlo ustedes, comprueben que aquí no hay nada de todo eso, y cuando hayan terminado, seguiremos…»? ¿Cómo voy a demostrar «sobre la base de los textos» que la famosa Tradición Unánime (en el sentido en que la entiende Guénon) es una creación suya, si no hay un solo texto tradicional que hable de ella? ¿Tendré que colgar aquí todos los textos sagrados de todas las tradiciones para demostrar que ni en uno sólo se menciona el asunto?

    Se me podrá decir que Guénon no tenía ninguna obligación de escribir sobre todo ni de conocerlo todo, lo que es completamente cierto, aunque cierto es, igualmente, que entonces habría debido renunciar a presentarse como depositario de un saber universal y absoluto. En todo caso, no es la ausencia de escritos sobre unos temas u otros lo que aquí se critica: afirmo, únicamente, que esa ausencia de textos —aparte de su valor sintomático— impide por principio fundamentar la discusión en unas citas textuales sencillamente inexistentes.

    5. En resumen, esa pertinaz insistencia en que cualquier afirmación debe estar explícitamente avalada por citas textuales me parece una exigencia falsamente rigurosa, que, aparte de carecer aquí de sentido por razones «técnicas», refleja una concepción academicista y reduccionista del pensar. Valorar más el análisis quirúrgico de una frase descontextualizada (y por tanto fácilmente manipulable) que la percepción integradora de unidades más amplias de sentido no es un requisito de la inteligencia —como parece pensar, por su insistencia, el Dr. Piedra—, ni siquiera de la razón, sino la mera opción de un positivismo metodológico que, particularmente, no me interesa ni mucho ni poco. Lo que, obviamente, no es licencia para despreciar la letra, sino simple reconocimiento de su subordinación al espíritu.

    Un discurso interesante o válido sobre Guénon, o sobre cualquier tema, no es el que abunda en citas (pretensión típicamente universitaria, por cierto), sino el que es capaz de hablar con profundidad —a favor o en contra, da exactamente igual—, el que sabe desarrollar ideas, abrir posibilidades, establecer relaciones, imaginar lo todavía germinal, proyectar pensamientos a otros ámbitos, en suma, el que sabe pensar creativamente sobre el tema en cuestión. O se hace eso —que nada tiene que ver, claro está, con la especulación fantasiosa—, o la Tradición no será otra cosa que «un cortejo fúnebre».

    6. Por lo demás, esa reiterada exigencia de citas textuales resulta cuando menos chocante entre discípulos de alguien que jamás citó sus fuentes, que tiene 26 libros en su bibliografía y docenas de artículos hablando sobre todas las tradiciones (pontificando, más bien: «No hay, que sepamos, nadie que haya expuesto en Occidente ideas orientales auténticas salvo nosotros mismos» [“Oriente y Occidente”. La cita, bien conocida, es literal, pero no puedo dar la página en este momento]), haciendo afirmaciones no precisamente de orden menor, sin referirse, salvo contadísimas excepciones, a ningún texto tradicional.

    Sería, pues, deseable que se nos explicase por qué las críticas a Guénon deben estar textualmente ultrajustificadas con pelos y señales, pero las ideas de Guénon no precisan, sin embargo, de justificación textual ninguna. Por ejemplo, se considera a Guénon y su particular visión del cristianismo como la máxima autoridad en la materia (curioso, esto de que un musulmán tenga la última palabra en doctrina cristiana), cuando todo el bagaje bibliográfico que Guénon puede aportar al tema es, aparte de algunos artículos tangenciales, un único librito de cien páginas (“Aperçus sur l’ésotérisme chrétien”) en el que, por cierto, no se cita ni en una sola ocasión el Antiguo Testamento ni ninguna fuente patrística (!). Pero eso no es óbice para que se me pida a mí que aporte todo un aparato crítico exhaustivo si quiero dar, en una conversación poco menos que privada, mi particular opinión —que nunca ha pretendido ser nada más que eso— sobre ciertos aspectos de la obra de Guénon… A veces dudo si estaremos hablando en serio.

    Y toda esta incoherencia se monta sobre el fondo de la ecuación Tradición = Guénon que todo el mundo —a lo que parece— tendría la obligación de acatar. Y al Dr. Piedra, que tan preocupado está por los textos, le podríamos preguntar: ¿Se puede saber sobre qué textos está fundamentada esta ecuación? ¿Dónde están —para empezar— los textos tradicionales que hablan de esa fantasmagórica Tradición universal? ¿Dónde, los que justifican esos hipotéticos «principios metafísicos» que compartirían todas las tradiciones? ¿Qué cadena iniciática —que tan imprescindible parece para los demás— justifica la vinculación de Guénon con esa Tradición Unánime (no hablo aquí de su adscripción al sufismo)? ¿Quién ha otorgado a Guénon el derecho a presentarse como su portavoz y único representante legítimo? ¿Qué textos justifican su enigmática vinculación con un Centro Supremo (que huele a distancia a ocultismo teosofista, dicho sea de paso) y sus misteriosos enviados de Oriente?

    La respuesta a todas estas preguntas nos la dio el propio Guénon que, como se observará, no se cortaba un pelo: «No tenemos por qué informar al público de nuestras verdaderas fuentes, que, por otra parte, no implican referencias» (“Comptes Rendus”, París, 1973, p. 130).

    Fastuoso: nadie puede decir una palabra digna de ser tomada en serio si no viene avalada por todo un aparato crítico y si antes no ha presentado su carnet iniciático de identidad con la especificación rigurosa de toda la cadena de transmisores, pero Guénon (única excepción, sin hipérbole ninguna, en la historia de la humanidad) está eximido de ello y no tiene por qué informar de sus fuentes, ni dar referencias, ni explicar quiénes eran los personajes que se supone le transmitieron todo ese saber que debemos hacer nuestro.

    Puestos a pedir textos, Dr. Piedra, si alguien tiene que presentar textos me parece, pues, que deberían ser los seguidores de Guénon: textos que demuestren, para empezar, de dónde sale la idea guenoniana de la Tradición Unánime (o como se la quiera denominar), y textos que demuestren la legitimidad tradicional de Guénon como su portavoz y depositario.

    7. Pero como yo no creo que la Tradición sea un asunto burocrático de archivos, documentos y registros, me importa poco que esos textos no puedan presentarse (aunque creo que sí debería importarle, y mucho, a los guenonianos) y no volveré a mencionar este argumento, cuya utilización me resulta demasiado fácil para ser atractiva, y que si he traído a colación ha sido sólo por la reiterada insistencia del Dr. Piedra en el asunto de los textos. Me resultan indiferentes los avales que pueda presentar Guénon, me da exactamente igual que los tenga o que no los tenga y si llevan o no el sello de la oficina central del reino subterráneo del Agartha. Se trate de Guénon o de cualquier otro autor, me interesa ahondar sentidos y no diseccionar citas con microscopios gramaticales; me interesa discutir sobre ideas, no sobre datos ni sobre certificados; y me es por completo indiferente la firma que esté detrás de cada idea.

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Lunes, 28 agosto, 2006 @ 8:56 am |Responder


RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: