Cabalgando al Tigre

Martes, 29 agosto, 2006

La impostura del psicologismo

Filed under: Pensadores de interés — by Aspirante a domador @ 8:13 am

schuon1.jpegEste interesante artículo pertenece a la tercera parte del libro titulado, “Résumé de Metaphysique Integrale”, dedicado al Mundo del alma, y cuyo autor, siendo una de las figuras más destacables del mundo “tradicional”, no ha asomado todavía por este blog. Se trata de Frithjof Schuon, cuyos escritos, según Nasr, están caracterizados por la esencialidad, universalidad y amplitud”. Añade además que “Schuon posee el don de llegar al corazón mismo del tema tratado, de ir, más allá de las formas, al Centro aformal de éstas, ya sean religiosas, artísticas o ligadas a determinados aspectos o elementos de los órdenes humanos o cósmicos”. Autor, en mi opinión, con una gran intuición, merece sin duda ser leído por su claridad expositiva y su gran capacidad para separa el grano de la paja. Aquí tenéis este breve pero contundente texto sobre uno de los prejuicios más extendidos en el mundo moderno: la tendencia a hacer tabla rasa por abajo de todo fenómeno del alma, a reducirla a sus aspectos más “sensibles”. Vamos con el texto.

Entendemos por el término “psicologismo” aquel prejuicio de reducirlo todo a factores psicológicos y de poner en duda, no sólo lo intelectual y lo espiritual, en el sentido tradicional de los términos, refiriéndose el primero a la verdad y lo segundo a la vida en ella y por ella, sino también al espíritu humano, como tal, luego su capacidad de adecuación y, con toda evidencia, su ilimitación interna o su trascendencia. Esta tendencia empequeñecedora y propiamente subversiva hace estragos por todos los campos que el cientificismo pretende abarcar, pero su más aguda expresión es sin posible discusión el psicoanálisis; éste es a su vez resultado y causa, como es siempre el caso de las ideologías profanas, como el materialismo y el evolucionismo, de los que el psicoanálisis es, en el fondo, una ramificación lógica y fatal y un aliado natural.

El psicoanálisis merece doblemente el calificativo de impostura, primero porque pretende haber descubierto hechos que eran conocidos en todos los tiempos y que no podían no serlo, y, en segundo lugar, y sobre todo, porque se atribuye funciones de hecho espirituales y se erige así prácticamente en religión. Lo que se llama “examen de conciencia” o, entre los musulmanes, “ciencia de los pensamientos” (ilm al-khawâtir), investigación (vishara) entre los hindúes, con pequeños matices, no es más que un análisis objetivo de las causas próximas y lejanas de nuestras maneras de actuar o reaccionar que se repiten automáticamente sin que conozcamos los motivos reales de ello, o sin que discernamos el carácter real de tales motivos. Ocurre que el hombre comete habitual y ciegamente los mismos errores en las mismas circunstancias, y lo hace porque lleva en sí mismo, en su subconsciente, errores basados en el amor propio o traumatismos; ahora bien, para curarse, al hombre, debe detectar estos complejos y traducirlos en fórmulas claras, por lo tanto debe hacerse consciente de los errores subconscientes y neutralizarlos por medio de afirmaciones opuestas[…]. En este sentido Lao Tzé dijo: “Sentir una enfermedad es no tenerla ya”, y la Ley de Manu: “No hay agua lustral comparable al conocimiento”, es decir, a la objetivación por la inteligencia.

Lo que es nuevo en el psicoanálisis y le da su siniestra originalidad, es el prejuicio de reducir todo reflejo o toda disposición del alma a causas mezquinas y excluir los factores espirituales y, de ahí, la tendencia bien notoria a ver salud en lo que es vulgar, y neurosis en lo que es noble y profundo. El hombre no puede escapar aquí debajo de las pruebas y las tentaciones; su alma está, por lo tanto, forzosamente marcada por una cierta tormenta, a menos de ser de una serenidad angélica, lo que ocurre en medios muy religiosos, o, por el contrario, de una inercia a toda prueba, lo que ocurre en todas partes; pero el psicoanálisis en vez de permitir al hombre sacar el mejor partido de su desequilibrio natural, y en cierto sentido providencial, y el mejor partido es el que aprovecha para nuestros fines últimos, tiende por el contrario a reducir al hombre a un equilibrio amorfo, un poco como si se quisiera evitar a un pájaro joven las angustias del aprendizaje cortándole las alas. Analógicamente hablando, cuando un hombre se inquieta por una inundación y busca el medio de escapar de ella, el psicoanálisis suprimirá la inquietud y dejará ahogar al paciente; o todavía más: en lugar de abolir el pecado, abolirá la mala conciencia, lo que le permite ir serenamente al infierno. Esto no significa que no ocurra nunca que un psicoanalista descubra y suprima un complejo peligroso sin por ello desbaratar al paciente; pero de lo que aquí se trata es del principio, cuyos peligros y errores superar infinitamente la aleatorias ventajas y las fragmentarias verdades.

De todo esto resulta que para el psicoanalista medio un complejo es malo porque es un complejo; no se quiere dar cuenta de que hay complejos que honran al hombre o que le son naturales en virtud de su deiformidad y que hay por consiguiente, desequilibrios necesarios y destinados a encontrar su solución por encima de nosotros mismos y no por debajo. Otro error, que en el fondo es el mismo: se admite que un equilibrio es un bien porque es un equilibrio, como si no hubiese equilibrios hechos de insensibilidad o perversión. Nuestro propio estado humano es un desequilibrio, puesto que estamos existencialmente suspendidos entre las contingencias terrestres y la llamada innata de lo Absoluto; no todo consiste en desembarazarse de él. No somos substancias amorfas, sino movimientos en principio ascensionales; nuestro bienestar debe estar proporcionado a nuestra naturaleza total, so pena de reducirlos a la animalidad, lo que precisamente el hombre no soporta sin perderse. Por ello un médico del alma ha de ser un pontifex, luego maestro espiritual en el sentido propio y tradicional de la palabra; un profesional profano no tiene ni la capacidad ni, por consiguiente, el derecho de tocar el alma más allá de dificultades elementales para cuya resolución basta el sentido común.

El crimen espiritual y social del psicoanálisis es, por lo tanto, el usurpar el lugar de la religión o la sabiduría, que es el de Dios, y eliminar de sus procedimientos toda consideración de nuestros fines últimos; es como si, no pudiendo combatir a Dios, la tomara con el alma humana que le pertenece y le está destinada, envileciendo la imagen divina a falta del Prototipo. Como toda solución que esquive lo sobrenatural, el psicoanálisis reemplaza a su manera lo que se ha abolido: el vacío que produce por sus destrucciones voluntarias o involuntarias lo dilata y lo condena a un falso infinito o a la función de pseudoreligión.

El psicoanálisis, a fin de poder salir a la luz, tenía necesidad de un terreno apropiado, no solo desde el punto de vista de las ideas, sino también del de los fenómenos psicológicos; queremos decir que el europeo, que siempre ha sido cerebral, se ha vuelto mucho más cerebral desde hace dos siglos; ahora bien, esta concentración de toda la inteligencia en la cabeza tiene algo de excesivo y anormal, y las hipertrofias que de ello resultan no constituyen una superioridad, a pesar de su eficacia en ciertos campos.

Normalmente, la inteligencia debe asentarse no sólo en la mente sino también en el corazón, y debe repartirse por todo el cuerpo, como es el caso de los llamados hombres “primitivos” (pero muy superiores en ciertos aspectos); sea como sea, a lo que queremos llegar es a que el psicoanálisis, en gran parte, está en función de un desequilibrio mental más o menos generalizado en un mundo donde la máquina dicta al hombre su ritmo de vida e incluso, lo que es más grave, su alma y su espíritu.

El psicoanálisis ha hecho su entrada más o menos oficial en el mundo de los “creyentes”, lo que constituye verdaderamente un signo de los tiempos; resulta de ello la introducción, en la supuesta “espiritualidad”, de un método que es contrario a la dignidad humana, y que se encuentra en contradicción con la pretensión de ser “adulto” o “emancipado”. Se juega a ser semidioses y al mismo tiempo uno se trata a sí mismo como irresponsable; a causa de la menor depresión causada, ya sea por un ambiente demasiado trepidante, ya sea por un género de vida demasiado contrario al buen sentido, se corre al psiquiatra, cuyo trabajo consistirá en inspirarle a uno algún falso optimismo o en aconsejarle algún pecado liberador. No parece sospecharse ni por un momento que sólo hay un equilibrio, el que nos fija en nuestro centro real y en Dios.

Uno de los efectos más odiosos de la adopción del psicoanálisis por los “creyentes” es el desaire al culto de la Santa Virgen; este culto no puede menos que molestar a una mentalidad bárbara que se pretende “adulta” a toda costa y se recrea en lo trivial. Al reproche de “ginecolatría” o de “complejo de Edipo” respondemos que, como cualquier otro argumento psicoanalítico, no ve el problema, puesto que la cuestión que se plantea no es saber cuál puede ser el condicionamiento psicológico de una actitud, sino al contrario, cuál es el resultado. Cuando nos dicen, por ejemplo, que alguien escoge la metafísica a título de “evasión” o “sublimación” y a causa de un “complejo de inferioridad” o de una “represión”, esto no tiene ninguna importancia, ya que ¡bendito sea el “complejo” que constituye la causa ocasional de la aceptación de lo verdadero y del bien! Pero hay esto, además: los modernos, por lo fatigados que están de las dulzuras artificiales que arrastran su cultura y su religiosidad desde la época barroca, trasladan (según su costumbre) su aversión a la noción misma de dulzura y se cierran así, ya sea a toda una dimensión espiritual si son “creyentes”, ya sea incluso a toda humanidad verdadera, como lo demuestras cierto culto infantil a la grosería y al estrépito.

Por lo demás, no basta con preguntar lo que vale determinada devoción en determinadas conciencias, hay que preguntar también por qué cosa se la reemplaza, puesto que el lugar de una devoción suprimida jamás queda vacío.

Conócete a ti mismo” (Helenismo), dice la Tradición, y también, “quien conoce su alma, conoce a su Señor” (Islam). El modelo tradicional de lo que debería ser, o pretende ser, el psicoanálisis, es la ciencia de las virtudes y los vicios, la virtud fundamental es la sinceridad, que coincide con la humildad: aquél que sumerge en el alma la sonda de la verdad y la rectitud, llega a detectar los nudos más sutiles del inconsciente. Es inútil querer curar al alma sin curar el espíritu; lo que importa, pues, en primer lugar, es desembarazar la inteligencia de los errores que la pervierten, y crear así una base en vistas al retorno del alma al equilibrio; no a cualquier equilibrio, sino a aquél del que lleva el principio en sí misma.

Para San Bernardo, el alma pasional es “cosa despreciable” y Meister Eckhart nos conmina a “odiarla”. Lo que significa que el gran remedio a todas nuestras miserias interiores es la objetividad para con nosotros mismos; ahora bien, la fuente o el punto de partida de esta objetividad se sitúa más allá de nosotros mismos, en Dios. Lo que está en Dios se refleja en nuestro centro transpersonal, que es el puro Intelecto; es decir que la Verdad que nos salva forma parte de nuestra substancia más íntima y más real. El error o la impiedad es la negativa a ser lo que se es.

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3 comentarios »

  1. Me parece interesante y bien elegido el texto de Schuon. Es una pena que la traducción no esté cuidada en los aspectos formales, pues Schuon, en general, escribe bien y el estilo brillante de este texto se pierde en gran medida en la versión castellana.

    Yo creo que una de las críticas que se le podría hacer al texto de Schuon es que, ya sea porque quiere subrayar lo que considera principal, ya sea porque no quiere sacrificar la contundencia de su estilo y la frase redonda, ya sea por la tendencia a verlo todo en blanco y negro, tiende a prescindir de matices y a acentuar en exceso los contrastes. Personalmente, estoy de acuerdo en todo lo esencial de su crítica al psicoanálisis, que me parece certera y profunda, pero, en lugar de demonizarlo (ya sabemos que es uno de los blancos preferidos —no digo que sin razón— de los autores de la escuela tradicional) tal vez sería deseable un análisis menos «a la contra» y más atento a los juegos de luces y sombras, que también los hay, y cuyo reconocimiento, aparte de útil, me parece una exigencia de verdad.

    Por ejemplo, me parece que sería digno de señalar que en un mundo que desdeña el pasado como supuestamente ya-no-existente y, por tanto, irreal, el psicoanálisis nos propone que la clave de nuestra vida está precisamente en el pasado y, frente a una visión atomizadora en la que prevalece la importancia exclusiva del instante, el psicoanálisis busca un sentido en la reintegración sintética de toda la existencia. Eso no me parece que sean cosas desdeñables, aunque no pueda estar de acuerdo con las claves de interpretación. También considero de interés la recuperación del mundo de los sueños que en tiempos fue un elemento importante de la experiencia religiosa y que la mentalidad cartesiana había desterrado del panorama de las cosas serias como meras fantasías sin sentido ninguno. Es importante la inversión (pero en este caso no necesariamente negativa) de la interpretación antigua más habitual (o, al menos, de aquella en la que se ha hecho más hincapié): mientras en el mundo religioso antiguo el sueño se entendía —no sólo, pero quizá sí fundamentalmente— en clave adivinatoria, es decir como revelador del futuro, para Freud y sus seguidores el sueño revelará sin embargo no el futuro sino el pasado y, de acuerdo con la tendencia a la subjetivización de los tiempos (tendencia que no interpreto como necesariamente negativa), perderá su valor cósmico-objetivo de antaño para transformarse más bien en elemento de conocimiento de la existencia personal-subjetiva. Igualmente en el caso de los sueños nos encontramos con que las claves de interpretación son inaceptables desde un punto de vista espiritual, pero la recuperación del sueño como elemento de conocimiento no me parece que deba ser infravalorada.

    Si bien yo no voy a negar los «desmanes del psicologismo», certeramente criticados por Schuon, no por ello me siento obligado a estar de acuerdo con lo que me parece una fobia y un prejuicio antipsicológico en la práctica totalidad de los autores de la escuela tradicional, incluido, por supuesto, Schuon. En principio, la psicología es el estudio de la psique igual que la cosmología es el estudio del cosmos, y no veo por qué ésta ha de ser más respetable que aquélla. Creo que está todavía por hacerse un análisis medianamente razonado desde esta perspectiva, sin prejuicios y sin voluntad excomulgatoria apriorística, no ya del psicoanálisis freudiano —que, aparte de lo dicho quizá no tenga mayor interés y del que ya se ha hablado mucho—, pero sí de toda la psicología postfreudiana : Jung, los postjunguianos (como Hillman, Harpur, etc.), la psicología transpersonal (A. Maslow, S. Grof, etc.), las recientes críticas a la visión transpersonal (R. Tarnas, J. Ferrer, etc.), etc. Ni que decir tiene que yo no defendería globalmente todo eso, pero dar por supuesto que todo lo que hay ahí tiene que ser abominable y satánico no me parece intelectualmente aceptable.

    Otro punto que me parece destacable del escrito —punto positivo, yo creo, aunque algunos lo verán como negativo— es la flexibilidad de Schuon con la terminología. Una terminología rigurosa puede ser, sin duda, una ventaja, pero cuando de rigurosa pasa a férrea puede tener más inconvenientes que ventajas, sencillamente por contraria a la propia naturaleza de las cosas; no olvidemos que el lenguaje es una realidad esencialmente «plástica» y flexible. En este contexto, el uso que hace Schuon de los conceptos «alma» y «espíritu», por ejemplo, me parece —aunque sólo sea por compensación— saludablemente «relajado» aunque a algunos quizá les escandalice que se hable de «curar el espíritu» o alguna otra cosa semejante.

    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Viernes, 1 septiembre, 2006 @ 8:36 am |Responder

  2. Me ha gustado mucho lo que dices, las aportaciones que apuntas del psicoanálisis, al que efectivamente yo veo como demoníaco y eso me impide valorarlo con objetividad (alejarme de los prejuicios a la hora de abordar un texto es algo que habitualmente no hago y que debería hacer ya que es el único modo de cuestionarme todo aquello que soy y que pienso que soy).
    Pero bueno siempre me enrollo con historias y lo que quería preguntarte es qué entiendes por curar el espíritu. Yo creo estar de acuerdo contigo en el uso “relajado” del lenguaje a condición de que todos sepamos de lo que estamos hablando, si no fuese así ese uso sería más una desventaja que una ventaja ya que nos impediría saber de qué estamos hablando. Por supuesto que cuando te enfrentas a un texto has de hacer un esfuerzo por comprender lo que nos quiere decir el autor, y el contexto y la experiencia con ese autor puede ayudarte, aún así yo no he conseguido saber qué quiere decir Schuon con ésta afirmación, a no ser que cambiemos el texto y en vez de “curar” pongamos otro verbo como “mirar” o algún otro, pero esto sería cambiar lo que nos quiere decir el autor y por lo tanto no tendría sentido

    Un abrazo gordo para todos
    Israel

    Comentario por Israel — Domingo, 10 septiembre, 2006 @ 11:37 am |Responder

  3. Quiero aclarar que no es que yo sea partidario de la confusión terminológica, ni de utilizar las palabras de cualquier manera. Simplemente creo que frente a ciertas tendencias a una utilización férrea del lenguaje, puede ser útil resaltar las posibilidades que ofrece su ductilidad. También aquí, creo, habría que llegar a un sabio compromiso entre los contrarios. Podríamos decir, en terminología platónica, que en la justa proporción entre lo Mismo y lo Otro está la clave de la sabiduría.
    Dicho esto, la expresión «curar el espíritu» no tendría sentido desde la más estricta y rigurosa concepción de la «escuela tradicional» —de la que el propio Schuon, como sabemos, forma parte—; es obvio que el Espíritu, entendido como Principio Supremo, Absoluto e Infinito, no enferma y ninguna necesidad tiene de ser curado. Yo creo que está claro que Schuon está utilizando aquí el término en otro sentido distinto y, a mi entender, perfectamente legítimo. Cuando dice que no se puede curar el alma sin curar el espíritu está expresando simplemente —según yo lo entiendo— que no se puede ir sólo pasito a pasito desde abajo hacia arriba, como quien sube una escalera, y que la resolución de ciertos desequilibrios en un determinado nivel exige la previa instauración del equilibrio en un nivel superior. Dicho de otro modo, hay conflictos que no admiten solución en su propio plano, que debe ser necesariamente transcendido. Es resumen, «alma» y «espíritu» designarían aquí simplemente niveles de ser menos profundos y más profundos (menos y más «próximos» al Principio, si se quiere) en su mutua relación, contemplados sobre el fondo de una graduación indefinida, pero sin pretensión de designar concretamente unas realidades determinadas (unas «franjas» concretas de esa graduación).
    Yo pienso que éste es quiza un ejemplo revelador de ciertos análisis de Schuon que se plantean las realidades como «procesos» más que como «cosas». Entonces las palabras deben adquirir necesariamente un valor funcional más que descriptivo. Es ésta una de las diferencias que separan a Guénon de Schuon y que determinan dos representaciones distintas de la realidad y, consecuentemente, dos formas distintas de utilizar el lenguaje. Desde la perspectiva guenoniana, Schuon aparecerá entonces como «melifluo»; a la inversa, desde la perspectiva schuoniana, Guénon aparecerá como «rígido».
    Cordiales saludos.

    Comentario por Josephus — Jueves, 14 septiembre, 2006 @ 9:09 am |Responder


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