Cabalgando al Tigre

Jueves, 28 septiembre, 2006

Contra el mundo moderno: Entrevista a Agustín López Tobajas

Filed under: Pensadores de interés — by Aspirante a domador @ 2:39 pm

 

agustin.jpgAquí os dejo una interesante entrevista realizada a este autor con motivo de la publicación de su libro Manifiesto contra el progreso y publicada por la revista The Ecologist en su último número especial dedicado a la salud. Una crítica al mundo moderno sin ambages ni paños calientes, pero que no adolece del fanatismo que suele reconcentrarse en otras expresiones “anti-sistema”.

Como de costumbre, os pido disculpas por no haber sido capaz de mantener un criterio uniforme en cuanto a espacios entre párrafos y tabulaciones, pero bastante me ha costado ya conseguir un tipo de letra uniforme y que las cursivas aparezcan sólo donde deben; yo lo cambio y él se autoformatea. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

———————————————————————-

 

1. -Creo que, como muy bien dice, los mayores problemas que hoy asuelan a nuestro planeta y a la Humanidad no son la energía nuclear, los alimentos transgénicos, la polución química o un sistema sanitario basado en el fraude de las empresas farmacéuticas, sino los paradigmas que nos han conducido hasta aquí. ¿Cuándo y cómo surge una sociedad que está arrastrando al planeta y a todos sus habitantes a la destrucción?

 

Es difícil responder a esa pregunta de forma muy concreta. Tal vez la historia de la humanidad sea la historia de una continuada decadencia desde sus orígenes hasta la actualidad. Ya sé que esta tesis será inaceptable o ridícula para muchos, pero nuestra visión de la historia puede estar llena de prejuicios, empezando por la generalizada idea de que el nivel de desarrollo tecnológico es una medida del nivel de inteligencia. Acaso sea más bien lo contrario. De cualquier modo, parece claro que el Renacimiento supuso una ruptura con lo que podríamos llamar el «mundo tradicional». El Renacimiento fue una época brillante en ciertos aspectos, pero su «humanismo» llevaba implícita una gran dosis de orgullo y arrogancia, un cierto titanismo que ha marcado decisivamente toda la historia posterior de Occidente. La Ilustración, afirmando los derechos absolutos de la razón, fue un peldaño más en la caída. Otro salto se produciría con la Revolución Industrial; ahí comienza el imperio de la máquina y se consuma un cambio radical en la forma de vida.

Es decir, limitándonos a los últimos siglos, más que un momento decisivo, habría ―yo creo― un hundimiento progresivo con saltos más o menos significativos. Cabría preguntarse por qué la conciencia occidental decidió emprender ese camino frente al resto de civilizaciones y culturas, pero yo, por supuesto, no tengo respuesta para eso… No lo sé.

En todo caso, ni la modernidad es el Mal absoluto, ni las culturas premodernas son el Bien absoluto. Para mí la cuestión es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus «avances». De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo. Ésa es la diferencia.

 

 

2. –En el contexto de lo sanitario, como en tantos otros, parece que el desarrollo económico nos conduce a vivir cada día menos y peor. Se multiplican las pandemias, crece el número de pobres, las hambrunas azotan a los países pobres, la sequía amenaza a miles de millones de personas, somos más estériles, se disparan las tasas de enfermedades degenerativas y las enfermedades mentales devastan a la población. Todos estos problemas tienen un claro origen antropogénico. Usted señala que «hablando en términos generales, la riqueza no genera más que estupidez y perversión». ¿Y decadencia y enfermedad?

 

También, por supuesto. Pero yo no pretendo decir que sólo el ansia de riquezas tenga la culpa de todo; ésa sería una tesis propia de un marxismo moralizante. Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea «perversión», pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La «estupidez» a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres.

 

 

3. –Usted afirma que «la ciencia asume actualmente el papel que antaño desempeñó el aspecto exotérico de las religiones en el campo de las creencias». Es decir, que los dogmas de la Iglesia han sido sustituidos por dogmas tecnocientícos. Y, al fin y al cabo, el pueblo sigue sumergido en el mundo de las supersticiones.

 

Sí, pero hay algo que cambia: al margen de las diferencias en el contenido entre unos dogmas y otros ―asunto en absoluto desdeñable―, los dogmas de la Iglesia eran reconocidos como tales; nadie pretendía que fueran razonables o evidentes. Eso establecía una distancia entre el individuo y el dogma, distancia que garantizaba la libertad interior de cada cual para aceptarlo o no, al margen, claro está, de las posibles imposiciones autoritarias de la Iglesia en el marco social. En la modernidad, esa distancia ha desaparecido, los dogmas científicos se introducen en las conciencias como si de verdades demostradas y evidentes se tratase. Pensemos, por ejemplo, en el evolucionismo. Casi nadie sabe nada de las teorías evolucionistas, pero todo el mundo las acepta con una fe inquebrantable. Al margen de su verdad o falsedad, el evolucionismo es, por encima de todo, una creencia, un dogma del que se ignora su carácter de tal. Podríamos analizar otros muchos. «Científico» se ha convertido en sinónimo de «verdadero», cuando curiosamente las teorías científicas cambian cada dos por tres. La sociedad contemporánea se cree intelectualmente libre, pero en realidad está más imbuida de creencias y prejuicios que cualquier otra sociedad de tiempos pasados.

A la inversa, se consideran supersticiones conocimientos que hoy no son operativos, sin pensar que pudieron serlo en el pasado. Por ejemplo, la utilización de fuerzas sutiles o suprafísicas con fines curativos. Es muy probable que ciertas prácticas terapéuticas que hoy se ven como supersticiones funcionaran realmente en su momento, aunque, debido a eso que René Guénon llamó la «solidificación», es decir, la progresiva insensibilidad de la materia a las energías suprafísicas, puedan ahora no ser eficaces. Y, dicho sea de paso, habría que prevenir contra ciertos embaucadores que pretenden desenterrar prácticas curativas de tiempos pasados o incluso de culturas desaparecidas y se atribuyen poderes de los que carecen por completo. Naturalmente no estoy diciendo que todos los métodos de curación tradicional hayan perdido su antigua eficacia, ni mucho menos, pero no habría que ser tan crédulos como para ponerse en manos del primer «sanador alternativo» que se cruce en el camino.

 

 

4. -¿Cómo el mundo puede vivir tan engañado? Los medios de información vomitan a cada instante cantos de sirena sobre los supuestos avances de la ciencia y la tecnología. Pero la epidemia de cáncer se dispara. Dos de cada tres estadounidenses padecerán cáncer a lo largo de su vida. Y esto es sólo un ejemplo. ¿Es el equivalente a las promesas del faraón de que se habla en el islam?

 

La capacidad de seducción de la técnica es muy fuerte. La modernidad, dando la espalda a la transcendencia, ha creado un gran vacío en el interior de los hombres, un hueco que sentimos la necesidad de llenar como sea y con lo que sea. La ciencia y la técnica ofrecen la ilusión de colmar ese vacío con algo tan inmediatamente constatable como el poder sobre la materia; al margen de sus consecuencias ulteriores, la ciencia y la técnica tienen una eficacia a nivel inmediato: aparentemente «funcionan»; de ahí su poder de convicción. Por ejemplo, es indiscutible que se inventan remedios para ciertas enfermedades; otra cosa es que el sistema que hace posible esos remedios genere continuamente males mucho mayores que los que consigue ir evitando. Pero la relación del sistema con los males que provoca no es nunca tan perceptible como la relación con los remedios que inventa. Los «efectos colaterales» se presentan siempre como anomalías evitables, cuando en realidad son parte ineludible del proceso de producción de los «remedios».

Ahora bien, no habría que deformar las cosas para ajustarlas más fácilmente a nuestro esquema; los métodos de la medicina oficial pueden ser brutales, pero no nos engañemos: a su manera funcionan y, en algunos casos, puede incluso ocurrir que sean los únicos que funcionan, pues el ser humano puede haberse «solidificado» hasta tal punto que sólo responda a estímulos particularmente violentos. Con esto no estoy defendiendo necesariamente la utilización de tales métodos. Por ejemplo, pueden no gustarnos los trasplantes de órganos; de hecho, yo creo que los trasplantes deberían hacer estremecerse a cualquier mente normal al mismo nivel que las prácticas de una tribu de antropófagos, pero, a nivel inmediato y al margen de sus repercusiones a nivel social (mercado de órganos, etc.), funcionan. La cuestión es que no todo lo que «funciona» es legítimo. Hay quienes se empeñan en que sólo los métodos alternativos son eficaces y que los oficiales son ineficaces. Me parece que ésa es una forma de seguir practicando el culto a la eficacia, que es uno de los pilares de la barbarie tecnológica. Hay que entender que hay cosas en la modernidad que son eficaces, pero no por ello son admisibles. La eficacia no puede ser nunca el criterio supremo, ni siquiera en medicina.

Volviendo a la seducción, hay otro hecho importante: la mayor parte de los seres humanos ven lo que la ciencia, la tecnología o el llamado progreso, en general, nos da, sea bueno o malo, pero no pueden ver lo que nos quita. Y no lo ven por la sencilla razón de que lo que se nos ha quitado ya no está ahí, y lo que no está ahí no puede verse; se podría, en todo caso, recordar (con una memoria más ontológica que psicológica), pero los mecanismos sociales, con su permanente tensión hacia el futuro, se ocupan de borrar todo recuerdo que supere el nivel del dato. El pasado está muerto, se nos repite hasta la saciedad, cuando, en realidad, todo lo que somos es pasado.

 

 

5. –Además, la absoluta medicalización de la enfermedad hace que se pierda, en cierto sentido, parte de su razón de ser. De igual manera, la muerte desaparece del mapa. Es como si no existiera. Es como si fuéramos a tener una vida eterna. Pero la enfermedad y la muerte también cumplen una función, al menos desde el punto de vista de la Tradición.

 

Naturalmente. Hay enfermedades que podríamos llamar «artificiales», es decir, que están generadas por las transgresiones del orden cósmico, pero hay otras «naturales», provocadas por el desgaste natural de los organismos o, sencillamente, por el destino de cada ser vivo. Por supuesto, es lógico y natural que si uno está enfermo trate de curarse y de evitar la enfermedad mediante unos métodos proporcionados a nuestra naturaleza; pero tratar de esquivar la enfermedad y la muerte a toda costa, a cualquier precio y por cualquier método, se ha convertido en una obsesión tan delirante como inútil. Nos guste o no, ser hombre implica de forma necesaria la enfermedad y la muerte. Esto es una obviedad, pero a veces parece que se olvida. En consecuencia, tendríamos que aprender a aceptarlas. Hay limitaciones que no podemos superar; se trataría entonces de orientarlas en la dirección adecuada. Hay que recuperar para la enfermedad y la muerte el sentido que la modernidad les ha expropiado.

 

 

6. -Le cito: «Tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un yoga que ignora el hinduismo, un zen que no tiene nada que ver con el budismo o un sufismo escindido radicalmente del islam». El yoga es como gimnasia; el sufismo, poco más que una danza (mal ejecutada); el taoísmo, artes marciales… El tantra se utiliza para incrementar el placer sexual… Pero nadie se detiene a orar, ni se bendicen los alimentos (ni siquiera los ecológicos) y, mientras se utilizan tecnologías solares, nadie agradece al astro rey su luz cada mañana… Es la cultura del sucedáneo…

 

Sí. Socialmente, vivimos en una falsificación perpetua. Y los movimientos alternativos, ecologistas, espiritualistas y similares no están libres de ello. Yo hago bastante hincapié en esto, y tal vez quienes lean mi Manifiesto contra el progreso piensen que la tengo tomada con los ecologistas, pero no es así. Lo que ocurre es que la perversión del «sistema» o la locura de Bush son más o menos evidentes, y, frente a eso, se tiende a pensar que todo lo que en apariencia se opone al sistema es bueno. Pero eso es simplificar las cosas. La espiritualidad New Age es un perfecto ejemplo de falsificación. Y los movimientos «alternativos» de diversa índole lo son también en gran medida, aunque, naturalmente, está claro que hay ecologistas y ecologistas. El caso es que se ha perdido de vista lo esencial y se han absolutizado elementos tal vez importantes pero secundarios. Todo el mundo se preocupa por la salud del cuerpo, y no es que eso esté mal, pero el cuerpo absorbe toda la atención y no queda espacio para la salud del alma. Nos preocupamos por la estricta pureza biológica de lo que comemos y luego alimentamos el espíritu con basuras. Recogiendo lo que usted decía: ¿qué es más sano, comer los productos de cualquier supermercado con una conciencia de humildad y agradecimiento a Dios o comer productos de herbolario, con certificado biológico, con una conciencia meramente «química» de los procesos biológicos de la alimentación? Se podrá responder que las dos cosas juntas. Vale. Pero la cuestión es dónde ponemos el énfasis. Y, en la situación actual, yo pondría el énfasis en lo primero. Buda se alimentaba con lo que las gentes le echaban en su cuenco; no creo que su dieta fuera muy equilibrada. Pero llegó a la iluminación.

De nada sirve cambiar las energías contaminantes por energías limpias si el hombre no empieza por limpiar su alma. Una actitud espiritual correcta da lugar (en términos generales y dentro de ciertos límites) a una relación correcta con el mundo físico, pero no está tan claro que lo inverso sea siempre tan cierto. No me parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno. Habría que tenerlo en cuenta…

 

 

7. –En general, ¿cómo ve la salud y la enfermedad en el mundo de la Tradición? ¿Debería ser vista a la luz de la idea de que lo orgánico y el no visto forman una unidad? Si todo lo orgánico que existe sobre la faz del Universo, forma parte del Templo… no es ético profanarlo, ¿no?

 

Particularmente, no creo que se pueda hablar del «mundo de la Tradición» como una unidad monolítica, aunque muchos así lo pretendan. En consecuencia tampoco la salud y la enfermedad me parece que tengan un significado unívoco en todas las culturas. Supongo que en general se ha buscado un equilibrio entre cuerpo y espíritu, pero eso tendría sus matices y, desde luego, no implica ponerlos en un mismo plano. Piense que también hay tradiciones para las que la materia, y por tanto el cuerpo, no dejan de ser algo más o menos irreal; e incluso otras que lo satanizan. Yo no diría que eso está ni bien ni mal. Cada cultura es un complicado entramado de compensaciones y de sutiles equilibrios, y lo importante es que la resultante global tienda hacia arriba, por decirlo de algún modo. Extraer de ese entramado pautas o actitudes concretas, ya sea respecto a la salud o a cualquier otra cosa, para juzgarlas desde nuestros particulares criterios culturales, me parece un disparate. Ahora bien, sea cual sea la actitud de unas u otras sociedades tradicionales respecto de la salud, todas, sin excepción, parecen haber tenido muy claro algo que ahora se olvida: que hay un orden de prioridades y que la salud física está siempre subordinada a la salud espiritual.

 

 

8. –En Occidente, que, como Oriente, tampoco es una zona geográfica, sino, más bien, un estado mental… hay muchos hospitales y ambulatorios, también muchos asilos y guarderías. Las personas viven cada vez más aisladas. Las familias se descomponen. En la historia de nuestra especie, parece evidente que jamás se vivió una época tan lúgubre. Los psicólogos señalan que divorciarse es reforzar la autoestima. ¿Es la propia sociedad la que está enferma?

En efecto: tenemos muchos hospitales, muchos ambulatorios, muchos asilos, muchas guarderías… tenemos mucho de todo. Y cuanto más tenemos, menos somos. Pensamos que todo se arregla con más medios, más desarrollo, más técnica, más información… «Más» parece la palabra mágica de nuestra cultura, con la que creemos poder hacer todo tipo de milagros. Es el delirio de la acumulación. Pero esa acumulación, aparte de estar construida sobre el expolio y la esquilmación del llamado tercer mundo, es decir, sobre el hambre, la miseria y la muerte de millones de personas, no es fuente de soluciones sino de nuevos problemas. Y, sobre todo, hemos olvidado algo fundamental: que la dignidad humana no se mide por lo que el hombre es capaz de acumular sino, justamente al contrario, por aquello de lo que es capaz de prescindir, por todas las cosas inútiles o superfluas a las que sabe renunciar para poder centrarse en lo esencial. Una sociedad sana sería una sociedad que reduciría al mínimo sus necesidades materiales y, por tanto, sus medios técnicos; sería una sociedad capaz de conformarse con lo estrictamente necesario. Parece que ahora hay mucha preocupación por hacer compatible el equilibrio ecológico con el desarrollo y la riqueza. Yo creo que con lo que habría que hacer compatible el equilibrio natural es con la sencillez y la austeridad; y eso, por cierto, no plantea ningún problema ni exige ningún esfuerzo; no requiere ningún «más»; en realidad, ni siquiera requiere ningún «hacer»: se hace por sí solo. Me parece que estaríamos física, mental y espiritualmente más sanos si, en lugar de plantearnos siempre lo que tenemos que hacer, nos planteáramos también lo que tenemos que dejar de hacer.

 

 

9. –En definitiva, ¿puede haber salud orgánica sin salud espiritual? Y ¿cómo «orientarse» espiritualmente en un mundo en el que han saltado por los aires los cuatro puntos cardinales del alma? ¿Qué necesitamos? ¿Hospitales o, con perdón, verdaderos maestros (nada que ver con los gurus sectarios, of course, de los que ya he conocido algunos, ja ja)?

 

En cuanto a lo primero, supongo que algunos pensarán ―¿tal vez un poco mecánicamente?― que no, que no puede haber salud orgánica sin salud espiritual. Sin embargo, yo no estoy tan seguro de que sea necesariamente así. Ya hablé antes de la posibilidad de que el mundo moderno llegue a crear una sociedad físicamente limpia, aunque espiritualmente muerta. ¿Por qué no? Hay una relación entre el mundo físico y el espiritual, por supuesto, pero si entendemos esa relación como un automatismo rígido corremos el riesgo de entender que una persona espiritualmente sana no puede estar nunca enferma, que un enfermo crónico está destinado al infierno o que un individuo perverso tiene que pasarse la vida en la cama. La ausencia de esa correlación automática es molesta porque dificulta y complica nuestra comprensión de la realidad, pero es así. No podemos negarle a priori a la ciencia y la tecnología la posibilidad de crear un mundo de energías limpias, un mundo saludable e higiénico, en el que todos sean zombis satisfechos contemplando la televisión y saliendo los fines de semana en coches no contaminantes a hacer «turismo verde». ¿Y qué pasa si un mundo espiritualmente muerto es capaz de generar un cierto nivel de salud física? Ése, si se alcanza, será ―yo creo― el más diabólico de los mundos, pues su capacidad de fascinación será máxima. De forma paradójica podríamos decir que, mientras haya contaminación hay esperanza. No estoy diciendo que esté a favor de la contaminación, claro está; estoy diciendo que, peor todavía que un mundo contaminado sería un mundo feliz, higiénico, sin disfuncionalidades, formado por seres «humanos» sin alma, pero cívicos y pulcros, cuyas aspiraciones se reduzcan a lo que el sistema pueda proporcionarles y sin motivo ninguno para lamentarse. Quiero decir, en definitiva, que hay una escala de prioridades y que me parece un error fatídico ―y extremadamente extendido en la actualidad― conceder más importancia a unos pulmones limpios que a un alma limpia. Vivimos ahora una obsesión por la salud que me parece lo menos saludable que pueda imaginarse y que genera actitudes paranoicas, como, por ejemplo, la actual obsesión antitabaquista (y quede claro que yo no fumo). Tampoco me parece que sea muy acertado buscar la salud espiritual para poder tener salud física, porque eso es convertir el fin en medio y el medio en fin. Hay que tener claro qué es lo esencial y qué lo secundario.

En cuanto a cómo orientarse espiritualmente en nuestro mundo, no puedo responder a eso, pues no tengo ni idea. Habría que preguntárselo a un maestro espiritual, supongo. Vivimos en un caos absoluto y nuestra «espiritualidad» es una muestra patente de ello. Entre unas tradiciones espirituales cada vez más entregadas, por un lado, a la modernización y el racionalismo o, por el lado contrario, al integrismo, y una Nueva Era carente del más mínimo discernimiento, vivimos ya una auténtica inversión de la espiritualidad. No podemos esperar que en una sociedad en la que ni siquiera existen «verdaderos discípulos» vayan a surgir «verdaderos maestros». Tal vez sólo quede recurrir a la interioridad de cada uno, pero ahí está el ego perpetuamente al acecho…

 

 

10. –Todo parece indicar que nos encontramos, desde hace tiempo ya, en el Final de los Tiempos. Usted reconoce que escapar de Babilonia es difícil porque, citando a Hölderlin, manifiesta que «cercano y difícil de captar es el dios; pero donde abunda el peligro, crece también aquello que salva». ¿Es nuestra gran oportunidad? ¿La enfermedad del mundo y nuestras enfermedades pueden ser una metáfora para huir de una vez por todas?

 

Para no dar pie a equívocos, aclararé que, como digo en el Manifiesto, no se trata de huir de la realidad, sino de huir a la realidad, pues este mundo es la expresión misma de lo irreal. Parece, ciertamente, que la Providencia no nos abandona del todo y siempre, en alguna parte, crece aquello que salva, como decía Hölderlin. Es verdad. Pero hay que encontrarlo. ¿Dónde? Como afirma el dicho sufí nos empeñamos en buscar fuera de casa lo que hemos perdido dentro porque fuera «hay más luz». A mí me da la impresión de que no hay más lugar de búsqueda que el alma, por oscuro que ahí esté el panorama. El problema de Occidente no es que haya perdido la salud sino que ha perdido su alma. Algunos psicólogos postjunguianos hablan de making soul, literalmente «hacer alma». No es una expresión que me guste, pero creo que apunta a una necesidad muy real: nos hemos convertido en seres desarraigados, que no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos y, lo que es mucho peor, que ni siquiera nos preocupa no saberlo. Ésa es la enfermedad fundamental: hemos perdido el alma, la hemos vendido, como Fausto, al demonio del «progreso» a cambio de un espejismo de felicidad que no nos proporciona más que frustración y desesperanza, vaciedad y depresión. Reintegrar nuestra vida, curar y reconstruir nuestra alma agonizante: ésa es, a mi entender, la única urgencia verdadera; lo demás, con todos los respetos, me parecen poco más que nimiedades.

Miércoles, 20 septiembre, 2006

Sobre el modo de estar en el mundo (II): Iris

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:32 am

blue_flag_iris1.jpg

Insistiendo en la sugerente posibilidad de interpretar la vida como un proceso de rememoración y, en cierto modo, “desaprendizaje” de las categorías que rigen nuestro juicio de la realidad, aquí os dejo el relato Iris, de Hermann Hesse, mencionado en el comentario 21 de Sobre el modo…


IRIS

En la primavera de su infancia, Anselmo correteaba por el verde jardín. Una flor entre las flores que su madre cultivaba y que había recibido el nombre de lirio, le era particularmente grata. Arrimaba sus mejillas a sus hojas altas, de color verde claro, apretaba con cuidado los dedos contra las puntas agudas, y miraba largamente en su interior aspirando su floración grande y maravillosa. Había allí largas ringleras de dedos amarillos que brotaban desde el pálido fondo azulado de la flor: entre las mismas se alejaba una vereda luminosa que, bajando por el cáliz, se adentraba en el remoto misterio azul de la flor. Anselmo la quería mucho, pasaba largo tiempo mirándola por dentro y contemplaba los delicados órganos amarillos que le parecían de oro como el cerco de un jardín real, o como una doble avenida de bellos árboles de ensueño a los que ningún viento movía y entre los que corría límpido, veteado por animadas arterias de suaves transparencias, el secreto camino que llevaba a su interior. Era prodigioso ver cómo se dilataba la bóveda, hacia atrás, el camino infinitamente profundo se perdía, entre árboles dorados, en abismos inconcebibles. Sobre él se curvaba la bóveda
violeta con gesto soberano y arrojaba una tenue sombra encantada
sobre la maravilla inmóvil y a la espera. Anselmo sabía que ésa era la
boca de la flor, que tras la magnificencia de esa planta amarilla, tras su
garganta azul, moraban el corazón y los pensamientos de la flor. Y que
por aquel hermoso, claro, transparente camino estriado entraban y
salían su aliento y sus sueños.
Y al lado de la flor grande existían otras más pequeñas, no abiertas
aún. Sostenidas por pedúnculos firmes y jugosos, dentro de un
pequeño cáliz de una piel verde pardusca, emergería de ellas la flor
recién nacida, tranquila y vigorosa, sólidamente envuelta en lila y
verde claro. De sus finos picos asomaba, enrollado con suave tirantez,
un flamante e intenso violeta. También en estos pétalos nuevos,
todavía firmemente enrollados, había vetas y centenares de dibujos
para observar.
Por las mañanas, cuando Anselmo salía de casa, del sueño y el
ensueño, y regresaba a su extraño mundo, allí estaba el jardín, siempre
nuevo, aguardándolo como de costumbre. Y donde ayer contemplara
con detenimiento un duro botón azul densamente enrollado, ahora,
bajo su verde cubierta, tenue y azul como el aire, un tierno pétalo
pendía, similar a una lengua y a unos labios, buscando a tientas la
forma y la convexidad largo tiempo soñadas; y en la parte interior,
donde proseguía la lucha silenciosa con la envoltura, se adivinaban, ya
dispuestos, las finas florescencias amarillas, los claros caminos
veteados y las remotas y perfumadas cimas del alma. Tal vez al
mediodía, tal vez por la noche, el botón se abriría, desplegaría su
abovedada tienda de campaña de seda azul sobre el dorado bosque de
sueños, y sus primeros ensueños, pensamientos y canciones surgirían
apacibles, alentados por el impulso de aquel abismo mágico.
Llegó un día en que, de entre la hierba, no brotaron más que
campanillas azules. Llegó un día en que, de pronto, hubo una
resonancia nueva, un perfume nuevo en el jardín: sobre el follaje rojizo
y asoleado pendía, blanda y bermeja, la primera rosa de té. Llegó el día
en que desaparecieron los lirios. Se habían ido; ningún sendero entre
cercos dorados bajaba ya suavemente al fragante misterio; era extraño
encontrar esas hojas rígidas, frescas y terminadas en pico. Pero había
bayas maduras en los matorrales, y encima de los narcisos
revoloteaban, libre y juguetonamente, nuevas e inexplicables mariposas
de color pardo rojizo y dorso nacarado, así como esfinges zumbadoras
de alas cristalinas. Anselmo hablaba con las mariposas y con los
guijarros; tenía por amigos al escarabajo y a la lagartija; los pájaros le
contaban historias de pájaros; los helechos le dejaban ver sus pardas y
concentradas semillas escondidas bajo la cubierta de las gigantescas
hojas; trozos de vidrio verde y cristalino apresaban para él los rayos del
sol y se convertían en palacios, jardines y centelleantes cámaras de
tesoros. Los lirios se habían ido, pero en cambio florecían las
capuchinas; si las rosas de té se marchitaban, maduraban las moras;
todas las cosas se desplazaban, aparecían, duraban, se desvanecían y a
su tiempo volvían a aparecer; inclusive esos días temibles y
caprichosos, cuando el viento frío alborotaba entre los abetos y el
follaje marchito crujía macilento y agónico en todo el jardín, traían
también consigo una canción, una experiencia, una historia, hasta que
todo nuevamente declinaba; la nieve caía ante las ventanas y bosques
de palmeras crecían junto a los vidrios; ángeles con campanas de plata
volaban en la noche; el zaguán y el desván olían a frutas desecadas.
Jamás se extinguían la amistad ni la confianza en aquel universo de
bondad. Y si en alguna ocasión, de repente, brillaban las campanillas
blancas entre las negras hojas de la hiedra y volaban los primeros
pájaros por las alturas nuevamente azules, era como si todo hubiera
sido siempre así. Hasta que otro día, inesperadamente, pero siempre en
el instante preciso y deseado, volvía a mirar la primera yema azulada
desde uno de los tallos del lirio.
Todo era lindo para Anselmo, todas las cosas eran familiares y
amistosas, a todas les daba la bienvenida; pero el momento supremo
del milagro y la gracia era, para el muchacho, cada año, el del primer
lirio. En su cáliz -una vez, en sus sueños infantiles más tempranos había
leído por primera vez en el libro de las maravillas; su aroma y su
azul ondulante y múltiple habían significado para él llamada y clave de
la Creación. Así lo acompañó el lirio a través de todos sus años de
inocencia, renovándose cada verano y haciéndose más enigmático y
conmovedor. También otras flores tenían boca, también de otras flores
emanaban fragancia y pensamientos, y otras atraían asimismo abejas y
escarabajos a sus pequeñas y dulces cámaras. Pero el lirio azul era la
flor más importante para el muchacho y aquella a la que amaba más
entre todas: se convirtió en símbolo y ejemplo de todo lo prodigioso y
digno de reflexión. Cuando miraba dentro de su cáliz y seguía
mentalmente absorto aquel diáfano sendero de ensueño por entre los
extraños cogollos amarillos hasta la crepuscular intimidad de la flor,
entonces su alma veía en ese pórtico en el que la apariencia se
convierte en enigma y la visión en presentimiento. Algunas veces, de
noche, soñaba con ese cáliz, lo veía enormemente grande y abierto
ante él, como la puerta abierta de un palacio celestial; ingresaba a
caballo o volando en un cisne; y con él volaba y montaba y se deslizaba
sin ruido el mundo entero, atraído por arte de magia hacia la hermosa
garganta, hacia abajo, donde la espera debía cumplirse y el
presentimiento volverse verdad.
Todo fenómeno sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una
puerta abierta, por la que el alma, si está preparada, puede entrar en la
intimidad del mundo, donde el tú y el yo, el día y la noche, son uno.
Ante cada hombre, alguna vez en su vida, aparece la puerta abierta en
el camino; en cada hombre aletea en una ocasión la idea de que todos
los objetos visibles son símbolos y de que, tras cada símbolo, habitan el
espíritu y la vida eterna. Pocos pasan, es cierto, por esa puerta y
renuncian a las bellas apariencias a cambio de la presentida realidad de
lo íntimo.
Así, el muchacho Anselmo creía que el cáliz de su flor era como una
pregunta abierta y silenciosa que, en medio de vislumbres
borboteantes, instaba a su alma a dar una respuesta feliz. Después
volvía a tironear de él la deliciosa multiplicidad de las cosas: hablaba y
jugaba con la hierba y con las piedras, raíces, arbustos, bichos y todas
las amistades de su mundo. A menudo se sumía en profundas
meditaciones respecto de sí mismo; sentado, examinaba las
peculiaridades de su cuerpo; sentía con los Ojos cerrados al tragar,
cuando cantaba o respiraba, extraños movimientos, sensaciones y
percepciones en la boca y en el cuello; sentía también que allí estaban
el camino y la puerta por los que un alma puede llegar a otra;
observaba con admiración las significativas figuras coloreadas que se le
aparecían con frecuencia desde la purpúrea oscuridad de sus ojos
cerrados; manchas y semicírculos de azul y rojo subido, con claras
líneas cristalinas entrelazadas. Muchas veces advertía Anselmo, con una
emoción entre regocijada y temerosa, las conexiones múltiples y sutiles
entre ojo y oído, olfato y tacto; durante bellos y fugaces instantes
percibía sonidos, acentos, letras vinculadas entre sí y similares al rojo y
al azul, a lo duro y a lo blando; o se admiraba al oler una planta o un
trozo de verde corteza arrancada, o de lo extrañamente próximos que
están el olfato y el gusto, y cuán a menudo uno se cambia en otro o se
convierten en algo único.
Todos los niños tienen esa sensibilidad, si bien no todos la desarrollan
con la misma fuerza y sutil en muchos de ellos pronto desaparece, aun
antes de haber aprendido las primeras letras, como si nunca la
hubiesen tenido. En otros subsiste largo tiempo ese misterio de la
infancia; y llegan a conservar para sí un resto y eco de él hasta la
época de los cabellos blancos y los fatigados días postreros. Todos los
niños, en tanto que están en el secreto, se ocupan de continuo y con
toda el alma del único asunto importante, vale decir, de sí mismos y de
las enigmáticas conexiones existentes entre su propia persona y el
mundo circundante.
Buscadores de la verdad y sabios retornan con los años de madurez a
estas ocupaciones, pero la mayor parte de los hombres olvidan y
abandonan desde temprano este mundo interior de lo verdaderamente
trascendental y vagan a lo largo de su existencia por los laberintos
confusos de las preocupaciones, los deseos y los objetivos, ninguno de
los cuales vive en lo íntimo ni los volverá a conducir a su intimidad y a
su morada.
Los veranos y otoños de la infancia de Anselmo llegaban suavemente y
se marchaban sin ser oídos; una y otra vez florecían y se marchitaban
las campanillas blancas, las violetas, los alelíes amarillos, las
siemprevivas, rosas y lirios, hermosos y abundantes como siempre.
Convivía con ellos; la flor y el pájaro le hablaban; el árbol y la fuente lo
escuchaban; llevó consigo, según la vieja costumbre, las primeras
letras escritas en su cuaderno, los primeros disgustos con sus
amiguitos, el jardín, su madre, el arriate adornado de coloridas
piedras.
Pero una vez llegó cierta primavera que no olía ni sonaba como las
anteriores; el mirlo cantaba, pero no la vieja canción; se abrió el lirio
azul, y por el sendero de su cáliz, flanqueado con cercos de oro, no
entraban ni salían ensueños ni historias legendarias. Reían las frutillas
escondidas en su verde sombra; las mariposas revoloteaban brillantes
sobre las altas umbelas; pero ya no era como antes y otras cosas
empezaban a interesar al muchacho, que ahora discutía mucho con su
madre. Él mismo no sabía qué le pasaba ni la razón de su sufrimiento,
ni la causa de aquellos disgustos continuos. únicamente veía que el
mundo había cambiado, que las amistades de otrora se alejaban y lo
dejaban solo.
Así transcurrió un año, y otro; Anselmo ya no era un niño. Los variados
guijarros que rodeaban el arriate se habían vuelto fastidiosos, y las
flores estúpidas; guardaba los escarabajos clavados con alfileres en una
caja; su alma había iniciado el largo y duro rodeo, y los antiguos
amigos se habían secado y agostado.
Impetuosamente irrumpió el joven en la vida, que sólo ahora creía que
comenzaba. Borracho y olvidado quedó el mundo de las alegorías;
nuevos deseos y caminos le atraían. Aún permanecía suspendida de él
la niñez como una fragancia en la mirada azul y en el cabello suave,
pero no le agradaba que le recordasen esos años. De esta manera se
hizo cortar el pelo al rape y puso en la mirada tanta audacia y
experiencia como le fue posible. Se precipitó con veleidad a través de
aquellos inquietos años de espera, ora como buen estudiante y amigo,
ora solitario y huraño, unas veces enfrascado en los libros, hasta por
las noches, otras indómito y estrepitoso en las primeras orgías
juveniles. Tuvo que abandonar su patria y sólo volvió a verla raras
veces en cortas visitas, cuando, transformado, alto y bien vestido,
visitaba a su madre. Traía consigo amigos, libros, siempre diferentes los
unos y los otros, y cuando cruzaba el viejo jardín, éste parecía pequeño
y callaba ante su mirar distraído. Nunca más volvió a leer historias en
las vetas coloreadas de las piedras y las hojas, no volvió a ver jamás a
Dios y a la eternidad habitando en el misterio floral del iris azul.
Anselmo fue colegial, fue estudiante; volvió a la ciudad natal con una
gorra roja, luego con otra amarilla, con bozo encima de los labios y
luego con barba incipiente. Trajo libros en idiomas extranjeros; una vez
un perro; y en una cartera de cuero que guardaba junto al pecho
llevaba poesías reservadas, o copias que contenían una sabiduría muy
antigua, o retratos y cartas de lindas muchachas. Regresó de nuevo;
había estado lejos en tierras extranjeras y había estado embarcado en
grandes buques surcando los mares. Y otra vez regresó. Ya era un
joven sabio, traía sombrero negro y guantes oscuros; y sus antiguos
vecinos se quitaban el sombrero para saludarlo y le daban el nombre de
profesor, aunque todavía no lo era. Vino otra vez, y esbelto y grave en
su traje negro, caminó tras el lento carruaje que llevaba a su madre
anciana, yacente en un ataúd engalanado. Después volvió en muy
contadas ocasiones.
En la gran ciudad, donde ahora Anselmo enseñaba a los estudiantes y
era considerado como un prestigioso erudito, se paseaba, se sentaba o
se ponía de pie igual que tantos otros individuos en el mundo, con su
elegante traje y su sombrero, serio o afable, con la mirada viva -a
veces un tanto fatigada y era todo un señor, un investigador, tal como
lo había deseado. Ahora le pasaba algo similar a lo que le había pasado
al término de su infancia. Notaba los muchos años que habían ido
deslizándose a lo largo de su vida, y se hallaba extrañamente solo e
insatisfecho en medio de aquel mundo al que siempre aspirara. No
constituía realmente una felicidad ser un señor profesor, no había
verdadero placer en ser saludado respetuosamente por burgueses y por
estudiantes. Todo aquello estaba como marchita y cubierto de polvo y
la felicidad yacía de nuevo lejos, en el futuro, y el camino hacia ella
parecía sofocante, polvoriento y vulgar.
En aquella época Anselmo frecuentaba la casa de un amigo suyo,
atraído por su hermana. Ya no corría fácilmente detrás de un lindo
rostro -también en esto había cambiado-, y sentía que la felicidad
tendría que venir hacia él de una manera particular, que no podía estar
guardada tras cada ventana. La hermana de su amigo le agradaba
mucho, y a menudo creía tener conciencia de que realmente la amaba.
Pero ella era una joven singular: cada- paso y cada palabra suya
estaban coloreados y acunados de un modo propio, y no siempre
resultaba fácil ir con ella y acompañarla al mismo paso. Cuando
Anselmo se paseaba a veces por las noches de un lado a otro en la
soledad de su habitación, y escuchaba pensativo sus propios pasos en
el cuarto, entonces luchaba consigo mismo a causa de su amiga. Ésta
tenía más años de los que él hubiera deseado para su mujer; era muy
especial, y resultaba difícil vivir a su lado y que ella le siguiese en su
ambición de erudito, pues no quería oír hablar de esas cosas. Tampoco
era muy fuerte ni gozaba de buena salud, y por ello difícilmente podría
soportar la vida social de reuniones y fiestas. Ella prefería vivir entre
flores y música y tal vez con algún libro, en una soledad callada;
esperaba que alguien llegara hasta ella y dejaba que el mundo siguiese
su marcha. Era tan tierna y sensible, que muchas veces lo extraño le
producía dolor y rompía en llanto con facilidad, después de lo cual
irradiaba serenidad y delicadeza dentro de su felicidad solitaria. Y quien
presenciaba todo esto, sentía lo difícil que sería dar algo a aquella
hermosa y extraña mujer, y que ese algo fuera importante para ella. En
ocasiones creía Anselmo que ella lo amaba; otras veces le parecía que
no amaba a nadie, que simplemente era tierna y afectuosa con todos, y
que no ansiaba del mundo más que vivir en paz y que la dejaran
tranquila. Pero él pretendía otras cosas de la existencia, y de tener una
esposa, soñaba con una casa donde hubiera vida, sucesos,
hospitalidad.
«Iris», le decía, «querida Iris, ¡si el mundo estuviera organizado de otro
modo! Si no existiese en absoluto nada más que tu bello y tierno
mundo de flores, pensamientos y música, entonces yo no desearía más
que pasar toda la vida a tu lado, escuchar tus relatos y participar en tus
pensamientos. Ya de por sí tu nombre me hace bien; Iris es un nombre
maravilloso, y no sé qué me recuerda.»
«Pero tú sabes», dijo ella, «que los lirios azules y amarillos se llaman
así.»
«Sí», -exclamó él con una sensación opresiva, «lo sé, y ya esa relación
es muy hermosa. Pero siempre que prenuncio tu nombre, quiere
recordarme, además, alguna otra cosa, no sé cuál, como si estuviera
ligado a recuerdos muy profundos, remotos e importantes, y sin
embargo no sé ni caigo en la cuenta de cuáles pueden ser.»
Iris le sonrió, mientras él, perplejo, estaba ante ella y se pasaba la
mano por la frente.
«A mí me sucede eso cada vez que huelo una flor», dijo ella con su
ligera voz de ave. «Entonces mi corazón cree siempre que el aroma
está vinculado a la memoria de algo sumamente preciado y hermoso,
que hace mucho tiempo fue mío y que perdí. Con la música me ocurre
también lo mismo, y a veces también con la poesía… De pronto algo
centellea, y por un instante es como si uno divisara abajo, en el valle, a
sus pies, una patria perdida; luego, súbitamente, vuelve a desaparecer,
volvemos a olvidar. Querido Anselmo, pienso que ése es el sentido de
nuestra presencia en la tierra, esa meditación y búsqueda, ese escuchar
de lejanas melodías perdidas; tras ellas se extiende nuestra verdadera
patria.»
«¡Qué hermoso es eso que acabas de decir», la halagó Anselmo, al
tiempo que sentía en su pecho una conmoción casi dolorosa, como si
una brújula allí oculta señalara su remoto destino irremisible. Pero
aquel destino era totalmente distinto del que había querido dar a su
existencia, y eso dolía. ¿Era digno de él perder el tiempo de su vida en
ensueños ocultos detrás de bonitos cuentos de hadas?
Llegó luego un día en que, habiendo regresado Anselmo de un viaje
solitario, se sintió tan fría y abrumadoramente recibido por su desnuda
habitación de erudito, que corrió a casa de su amigo, dispuesto a
solicitar la mano de la hermosa Iris.
«Iris», le dijo, «no puedo seguir viviendo así. Siempre has sido mi
buena amiga y debo confesártelo todo. Necesito una esposa, de lo
contrario tendría la sensación de llevar una vida vacía y sin sentido. ¿Y
a quién debo desear por esposa, sino a ti, mi amada flor? ¿Quieres,
Iris? Tendrás flores, tantas como pueda haber; tendrás el más bello
jardín. ¿Quieres venir a mi casa?»
Iris lo miró larga y serenamente a los ojos; no sonrió ni se ruborizó. Su
voz fue firme al contestarle:
«Anselmo, tu pregunta no me ha extrañado. Te quiero, aunque nunca
he pensado en convertirme en tu mujer. Pero, querido amigo, exijo
mucho del que haya de ser mi marido; exijo mucho más que la mayoría
de las mujeres. Me has ofrecido flores, y tu intención es buena. Pero yo
puedo vivir sin flores y también sin música; podría prescindir de ésas y
de muchas otras cosas si fuera necesario. Sin embargo, hay una cosa
de la que no puedo ni quiero prescindir; tampoco podría vivir un solo
día sin ella, pues la música de mi corazón es lo esencial para mí. Si he
de convivir con un hombre, debe ser con uno cuya música interior
armonice perfecta y delicadamente con la mía; su única aspiración debe
consistir en que su propia música sea pura y suene de acuerdo con la
mía. ¿Eres capaz de hacerlo, amigo mío.’ Con ello probablemente no te
harás muy célebre ni obtendrás honores; tu casa estará silenciosa y las
arrugas de tu frente, que conozco hace varios años, habrán
desaparecido. ¡Ay Anselmo, esto no marchará. Mira, tú eres de tal
condición que nuevas arrugas vendrán constantemente a surcar tu
frente y te crearás continuamente nuevas preocupaciones; amas, sin
duda, lo que yo pienso y soy y lo encuentras atractivo, pero para ti,
como para los demás, se trata apenas de un juguete delicado. ¡Oh,
escúchame bien! Todo esto que representa para ti un juguete, es para
mí la vida misma y también debería serlo para ti; y todo a lo que tú te
dedicas con esfuerzo y con cuidado, es para mí un juguete y, según mi
juicio, no es digno de que uno viva para ello. Yo ya no cambiaré,
Anselmo, porque vivo de acuerdo a una ley que está dentro de mí.
¿Podrías tú convertirte en otro? Porque sólo de ese modo podría yo
transformarme en tu mujer.»
Anselmo guardó silencio, sorprendido por la voluntad de aquélla que él
había juzgado débil y juguetona. Callaba y en la excitada mano
estrujaba una flor que había tomado de la mesa.
Iris le quitó suavemente la flor de la mano esto le llegó al corazón como
un serio reproche y luego, de improviso, sonrió luminosa y
afectuosamente, como si del modo más inesperado hubiera encontrado
un camino en medio de la oscuridad.
«Tengo una idea», dijo a media voz, y se sonrojó al decirlo. «La
hallarás rara, te parecerá un capricho. Pero no lo es. ¿Quieres
escucharla? ¿Podrás admitirla como algo decisivo entre nosotros?»
Sin comprender, Anselmo miraba a su amiga con la preocupación
reflejada en el pálido semblante. La sonrisa de ella lo subyugó de tal
manera que cobró confianza y asintió.
«Quisiera proponerte una prueba», dijo Iris, y enseguida volvió a
ponerse muy seria.
«Hazlo, estás en tu derecho», se sometió su amigo.
«Se trata de algo serio para mí», dijo ella, «de mi última palabra.
¿Querrás tomar esto corno cosa que me brota del alma, sin regatear,
aunque no lo comprendas en un primer momento?»
Anselmo lo prometió. Entonces ella, mientras se levantaba y le daba la
mano, dijo:
«Muchas veces me has dicho que al pronunciar mi nombre
invariablemente evocabas alguna cosa olvidada que fue importante y
sagrada para ti hace mucho tiempo. Ésta es una señal, Anselmo, y la
misma ha hecho que te sintieras atraído hacia mí todo estos años.
También yo creo que en el fondo de tu alma has perdido y olvidado algo
importante y sacro, que tiene que volver a despertar para que puedas
hallar la felicidad y alcanzar lo que te ha sido destinado. ¡Vete con Dios,
Anselmo! Te doy mi mano y te ruego que partas y trates de recuperar
en tu memoria eso que mi nombre te evoca. El día que lo hayas vuelto
a encontrar, me iré contigo, como tu mujer, a donde quieras y no
tendré otros deseos que los tuyos.»
Estupefacto y confuso, intentó Anselmo replicarle y considerar como un
capricho esa demanda; pero ella le recordó su promesa con una mirada
terminante de advertencia, y él se calló. Col, los ojos bajos tomó la
mano de ella, se la llevó a sus labios y se marchó.
Muchos problemas había tenido que enfrentar en su vida, muchos los
había solucionado; pero ninguno había sido extraño, de tanto peso y a
la vez tan descorazonador como aquél. Días y días se los pasaba dando
vueltas y pensando en él hasta el cansancio, y siempre llegaba un
momento en que, desesperado y furioso, calificaba de maniático
capricho de mujer todo ese asunto y lo alejaba de su mente. Pero más
tarde, algo muy hondo en su interior le decía que no; era como un dolor
muy sutil u oculto, una advertencia suavísima y apenas perceptible…
Aquella delicada voz, que surgía de su propio corazón, le daba la razón
a Iris y hacía la misma recomendación que ella.
Pero aquel problema era demasiado difícil para el sabio. Debía
acordarse de algo olvidado mucho tiempo atrás; de entre la telaraña de
los años sumergidos, debía recuperar una hebra dorada y única; debía
apresar con sus manos alguna cosa y ofrecerla a su amada, fuera un
apagado trino de pájaro, un dejo placentero o triste al escuchar una
melodía, algo acaso más sutil, efímero e incorpóreo que una idea, más
vano que el sueño de una noche, más incierto que la niebla de la
mañana.
En muchas ocasiones, cuando, desanimado, había apartado de su
mente todo eso y lo había abandonado de malhumor, al poco tiempo y
de improviso llegaba a él una especie de soplo, como un aliento de
jardines remotos: murmuraba entonces para sí el nombre de «Iris» diez
y más veces, en voz baja y juguetonamente, como quien busca un tono
en una cuerda tensa. «Iris», susurraba, «Iris»…. y sentía un dolor sutil,
como algo que se moviera en su interior, al igual que cuando en una
casa vieja y abandonada se abre una puerta o rechina un postigo sin
que se sepa la causa. Buceaba en sus recuerdos, que creía tener bien
ordenados, y realizaba descubrimientos tan asombrosos como
desconcertantes. Su riqueza de recuerdos era infinitamente menor de lo
que se había figurado. Cuando intentaba evocarlos, le faltaban años
enteros que quedaban vacíos igual que páginas en blanco. Encontró que
le costaba gran esfuerzo volver a representarse con claridad la imagen
de su madre. Había olvidado totalmente cómo se llamaba una
muchacha a la que, en su juventud, había perseguido con ardientes
peticiones de mano. Se acordó sí de un perro que había comprado por
capricho hacía mucho, cuando estudiante, y que lo había acompañado
una larga temporada, pero necesitó días para volver a recordar el
nombre del perro.
Dolorido, el pobre hombre fue observando con creciente tristeza y
angustia, qué perdida y vacía quedaba detrás de él su vida pasada,
ajena y sin relación con su propia persona, a la manera de algo que se
ha aprendido de memoria en otro tiempo y de lo cual se consiguen
reconstruir con mucho esfuerzo ciertos fragmentos solitarios. Empezó a
escribir; quería fijar por escrito sus vivencias más importantes, año por
año, para tenerlas así otra vez bajo su dominio. Pero, ¿dónde estaban
sus vivencias principales? ¿Que había llegado a ser profesor? ¿Que una
vez hizo el doctorado, que fue colegial, estudiante universitario? ¿0 que
en tiempos pasados le había gustado esta o aquella muchacha por una
temporada? Aterrado alzaba la vista. ¿Era esto la vida? ¿Eso era todo?
Y se golpeaba la frente y reía con violencia.
Entretanto, el tiempo corría, ¡jamás había corrido tan rápida e
inexorablemente! Transcurrió un año, y le parecía que se hallaba
todavía en el mismo punto que cuando se alejara de Iris. Sin embargo,
en ese lapso había cambiado mucho, cosa de la que todo el mundo,
excepto él, se daba cuenta. Había envejecido tanto como había
rejuvenecido. Para sus conocidos se convirtió casi en un extraño; se lo
hallaba distraído, voluble, raro; cobró fama de persona extravagante.
Era una lástima… pero había estado soltero demasiado tiempo. Llegó a
ocurrir que se olvidara de sus obligaciones y que sus alumnos lo
aguardaran en vano. A veces, sumido en cavilaciones, se deslizaba por
las calles arrimado a las casas, y con el abrigo desastrado iba rozando
las molduras y quitándoles el polvo. Algunos creían que había
empezado a beber. Otras veces, empero, se detenía en medio de una
disertación ante sus discípulos, intentaba acordarse de algo, sonreía de
un modo infantil y cordial que nadie le había conocido antes, y
continuaba con un acento cálido y emocionado que a muchos les tocaba
el corazón.
El mucho tiempo de desesperada correría en pos de los perfumes y las
borradas huellas de los años lejanos, le había otorgado un nuevo
sentido, del que él mismo, no obstante, no se daba cuenta. Tenía la
impresión, cada vez más frecuente, de que tras aquello que él había
denominado sus recuerdos, existían otros recuerdos, lo mismo que en
una pared con pinturas antiguas yacen, a veces debajo de las viejas
imágenes, otras más antiguas todavía, que duermen ocultas por la más
reciente. Quería traer a la memoria cualquier cosa, acaso el nombre de
una ciudad en la que había pasado algunos días durante sus viajes, o la
fecha del cumpleaños de un amigo, o cualquier otra cosa; mientras
escarbaba y desenterraba, como si fueran escombros, un pequeño trozo
del pasado, se le aparecía de improviso algo completamente distinto a
lo que buscaba. Lo sorprendía como un hálito, Como el viento de una
mañana de abril, o como un día nebuloso de setiembre; olía su
perfume, gustaba su sabor, experimentaba oscuras y delicadas
sensaciones en alguna parte, en la piel, en los ojos, en el corazón. Y
lentamente empezó a comprender: tuvo que haber existido un día azul,
cálido o frío, gris o comoquiera que fuese, y la esencia de ese día tuvo
que haber penetrado en él, y luego habérsele adherido a modo de un
oscuro recuerdo. En el pasado real no podía reencontrar ese día de
primavera o de invierno que él olía y sentía nítidamente; faltaban
nombres y cifras para ello; tal vez había sido en su época de
estudiante, tal vez mucho antes, en la cuna; pero el aroma estaba allí,
y él sentía vivir dentro de sí algo cuya naturaleza ignoraba y que no
podía nombrar ni definir. A veces le parecía que aquellos recuerdos bien
podían trascender desde el pretérito de una existencia anterior a la
suya, aunque la ocurrencia le provocaba risa.
Muchas cosas encontró Anselmo en su peregrinaje desorientado a
través de los abismos de la memoria. Muchas cosas encontró que lo
enternecieron y conmovieron, y muchas que le produjeron angustia y
terror; pero lo que no encontró fue eso que el nombre «Iris» significaba
para él.
En una ocasión volvió a visitar, en el tormento de su búsqueda
impotente, la vieja patria. Volvió a ver sus bosques y calles, sus
senderos y vallados, estuvo en el jardín de su niñez y sintió una
agitación de olas en su corazón. El pasado lo envolvió como un sueño.
Triste y silencioso regresó de ese lugar. Hizo correr la voz de que
estaba enfermo y despidió a quienes se interesaban por su estado.
Uno, sin embargo, llegó hasta él. Era su amigo, al que no había vuelto a
ver desde su petición de mano a Iris. Llegó y vio a Anselmo desaseado,
sentado en su melancólica reclusión.
«Levántate», le dijo, «y ven conmigo. Iris quiere verte.»
«¿Iris? ¿Qué le ocurre?… ¡Oh, ya lo se, ya lo sé!»
«Sí», dijo el amigo «ven conmigo. Va a morir, está enferma desde hace
mucho tiempo.»
Fueron a casa de Iris, quien, ligera y delgada como un niño, yacía en su
lecho y sonreía luminosamente, con los ojos agrandados. Dio a Anselmo
su leve y blanca mano de niño, que quedó como una flor en la de él, y
su rostro estaba como iluminado.
«Anselmo», dijo. «¿Estás enojado conmigo? Te he impuesto una tarea
difícil y veo que has permanecido fiel a ella. ¡Sigue buscando y ve por
ese camino hasta que llegues a la meta! Creías seguirlo por mi causa,
pero vas en él por tu propia causa. ¿Lo sabías?»
«Lo presentía», dijo Anselmo, «y ahora lo sé. Es un largo camino, Iris,
y habría retrocedido hace mucho tiempo, pero no encuentro el camino
de vuelta. No sé qué va a ser de mí. »
Ella miró sus ojos tristes y sonrió con una sonrisa luminosa y
consoladora; él se inclinó sobre su fina mano y lloró largo tiempo, de
manera que la mano quedó humedecida por sus lágrimas.
«Lo que vaya a ser de ti», dijo ella con una voz que parecía la
evocación de un recuerdo, «lo que vaya a ser de ti, no necesitas
preguntarlo. Has buscado muchas cosas en tu vida. Has buscado
honores, y la felicidad, y la sabiduría, y me has buscado a mí, a tu
pequeña Iris. Todas han sido lindas imágenes, y te abandonaron, lo
mismo que yo tengo que abandonarte ahora. Igual me sucedió a mí.
Siempre he buscado, y siempre se trataba de imágenes bonitas y
placenteras, pero siempre continuamente fueron decayendo y
marchitándose. Ahora no sé de ninguna imagen, no busco nada más;
he regresado y sólo me falta dar un paso pequeño para estar ya en mi
casa. También tú llegarás allí, Anselmo, y entonces no habrá más
arrugas en tu frente.»
Estaba tan pálida que Anselmo, desesperado, exclamó: «¡Oh, espera
todavía, Iris, no te marches aún! ¡Déjame una señal de que no te
perderás para mí definitivamente!»
Ella asintió con la cabeza, y de un vaso que tenía al lado, tomó un lirio
azul recién florecido y se lo dio.
«Ten mi flor, el iris, y no me olvides. Búscame, busca el iris, y después
vendrás a mi casa.»
Llorando tomó Anselmo la flor en sus manos y llorando se despidió. Y
habiéndole más tarde enviado su amigo un aviso, regresó a la casa y
ayudó a adornar con flores el ataúd de Iris y a darle sepultura.
Después, su vida se derrumbó; no le parecía posible seguir hilando
aquella hebra. Lo dejó todo, abandonó la ciudad y el cargo, y se perdió
por el mundo. Fue visto aquí y allá; un día apareció en su tierra y se
apoyó en el cercado del viejo jardín; pero cuando la gente llegó para
hacerle preguntas y recibirlo, se volvió a marchar y desapareció.
Perduró su amor a los lirios. A menudo se inclinaba sobre alguno, y
entonces ella se le hacía siempre visible, y cuando hundía largo tiempo
su mirada en la corola, le parecía que desde las azuladas profundidades
ascendían hasta él el aroma y el presentimiento de todo lo pasado y de
lo venidero, hasta que proseguía triste su camino, porque la
consumación no llegaba. Era como si escuchase junto a una puerta que
se hubiera quedado entreabierta y percibiese tras ella el aliento del
secreto más encantador, y precisamente cuando creía que todo iba a
dársele y cumplírsele en ese momento, la puerta se cerraba de golpe y
el viento del mundo azotaba fríamente su soledad.
En sus sueños le hablaba su madre, cuya figura y rostro veía ahora tan
claros y próximos como nunca en tantos largos años. Iris también le
hablaba, de modo que cuando despertaba permanecía el sonido de sus
palabras, y en ello se detenía a pensar toda la jornada. No tenía
residencia fija; recorría, desconocido, los países; dormía en casas,
dormía en bosques; comía pan o comía bayas; bebía vino o bebía el
rocío de las hojas de los matorrales. De nada se daba cuenta. Para
unos, era un loco; para otros, un mago. Muchos le temían, muchos se
reían de él, muchos lo amaban. Aprendió a estar entre niños, cosa que
nunca había sabido, y a participar en sus extraños Juegos, a dialogar
con una rama desgajada y con una piedrecita. Inviernos y veranos
desfilaron por delante de él; miraba dentro de las corolas de las flores,
en los arroyos y los lagos.
«Alegorías», se decía de vez en cuando, «todo es alegoría.»
Pero en su interior sentía un ser que no era alegoría y detrás del cual
iba; ese ser le hablaba en ocasiones y su voz era la de Iris y la de su
madre, y le traía consuelo y esperanza.
Le sucedían cosas asombrosas y no lo asombraban. Así, una vez, en
invierno, caminaba por tierras cubiertas de nieve, y en su barba se
había formado hielo. Y en la nieve se erguía, puntiagudo y esbelto, un
tallo de un iris, del que había brotado una hermosa flor única. Se inclinó
hacia ella y sonrió, pues entonces cayó en la cuenta de aquello que el
nombre Iris le sugería incesantemente. Recordó su sueño de la infancia,
y vio, entre varas de oro, la estriada ruta azul claro luminosa, que
llevaba al misterio y al corazón de la flor; y supo que allí estaba lo que
él iba buscando; allí estaba el ser que ya no es más imagen.
Y de nuevo le llegaron advertencias; sueños lo conducían. Fue a parar a
una cabaña en la que había niños, y jugó con ellos; le contaron
historias; le contaron que en el bosque, cerca de la cabaña de los
carboneros, había ocurrido un milagro. Allí podía verse abierto el portal
de los espíritus, que sólo se abre cada mil años. Él escuchaba y asentía
con la cabeza a la imagen querida. Y prosiguió su camino; delante de él
iba cantando un pájaro en la aliseda, un pájaro de voz dulce y extraña,
como la voz de la fallecida Iris. Lo siguió; volaba y saltaba más allá, al
otro lado del arroyo y hasta pleno bosque.
Cuando el pájaro calló y ya no se lo veía ni oía, Anselmo se detuvo y
miró en torno. Se hallaba en un profundo valle del bosque; bajo las
verdes y anchas hojas corrían las aguas; todo lo demás estaba
silencioso y en actitud de espera. Pero dentro de su pecho seguía
cantando el pájaro con la voz amada, lo que le dio deseos de avanzar,
hasta encontrarse frente a un muro rocoso en el que crecía el musgo y
en cuyo centro se abría una grieta, la cual llevaba, con dificultad y
estrechez, al interior de la montaña.
Un anciano, que estaba sentado ante la abertura, se levantó al ver
venir a Anselmo, y exclamó:
«¡Atrás, oh mortal, atrás! Ésta es ta puerta de los espíritus. Ninguno de
los que entraron aquí ha regresado.»
Anselmo alzó la vista y contempló el portal rocoso; por allí vio perderse
en las honduras de la montaña un sendero azul, y a los dos costados se
levantaban columnas de oro muy apretadas. El camino se hundía hacia
el interior, descendiendo, como dentro del cáliz de una flor enorme.
El pájaro cantó claramente en su pecho, y Anselmo, pasando cerca del
guardián, penetró por la hendidura y se adelantó entre las columnas
doradas hacia el misterio azul del interior. Era Iris, en cuyo corazón
estaba penetrando, y era el lirio del jardín materno, en cuyo cáliz azul
entraba como flotando. Y mientras iba silenciosamente al encuentro del
crepúsculo de oro, todos los recuerdos y todo el saber concurrieron al
mismo tiempo a él; tocó su propia mano y era pequeña y blanda; en su
oído sonaron, próximas y familiares, voces de amor; sonaban cálidas, y
las doradas columnas resplandecían como en las primaveras de la
infancia.
Y también su sueño estaba de nuevo allí, el que había soñado de niño,
cuando descendía dentro del cáliz y detrás de él se deslizaba y lo
acompañaba el mundo de las imágenes, y él se sumergía en el misterio
que yace detrás de todas las imágenes.
Suavemente comenzó a cantar, y su camino suavemente descendía
hacia la patria.

Lunes, 11 septiembre, 2006

Sobre el mundus imaginalis

Filed under: Tradición Islámica — by Aspirante a domador @ 12:37 pm

imagen38.jpg

Para aquellos que os interesa el mundo intermedio, mundo sutil, mundus imaginalis o mundo del alma, por citar algunos de los nombres con los que se denomina a la dimensión que enlaza lo inteligible y lo sensible, os dejo unos párrafos muy interesantes de dos teósofos (tomad el término en su sentido etimológico) chiítas que, espero, servirán para proporcionar una visión general, y quizás sorprendente, de esta región de la Creación.

El primer párrafo, de Muhsin Fayd Kāšānī, explica sintética y claramente el por qué del mundus imaginalis, así como cuáles son sus características definitorias. Los siguientes párrafos, pertenecientes a uno de los teósofos más importantes no sólo del Islam sino de la historia de la espiritualidad, Ibn Arabī, describen con más detalle qué se puede encontrar en ese mundo imaginal, que nada tiene que ver por cierto con el mundo de la fantasía.

Quizás convenga insistir en esto para aquellos que no estéis familiarizados con la terminología utilizada, así que permitidme alguna aclaración; eso sí, os ruego que lo que digo lo pongáis entre comillas, ya que yo no soy un conocedor fiable del Islam duodecimano (ni de nada) y aquí me toca un (muy modesto, eso sí) ejercicio de exégesis. Por favor, si meto algún remo, decídmelo.

Para estos autores la imaginación activa es un órgano de conocimiento del mundo imaginal. Por tanto, no no utilizan el término de “imaginación” como sinónimo de “fantasía” o “ficción” (aunque hay relaciones entre ambas que no osaré tratar de bosquejar), sino justo lo contrario: aquí hablamos del “ojo del alma”, capaz de percibir un grado de realidad (el mundus imaginalis) que es incluso mayor que el del mundo sensible, al estar aquél menos determinado que éste.

Los textos están sacados de Cuerpo espiritual y Tierra celeste, de Henry Corbin. Ed. Siruela, 1996.

 

 

Extraído de la obra de Muhsin Fayd Kāšānī (muerto en 1091/1680) Kalimāt maknūna (Palabras mantenidas en secreto), capítulo XX-XI, Bombay/Teherán (la obra está escrita en árabe y en persa):

Porque el poder de gobernar los cuerpos se ha confiado a los Espíritus y porque a causa de lo heterogéneo de su esencia es imposible establecer una conexión directa entre los cuerpos y los espíritus, Dios creó el mundo de las Formas imaginales a modo de intermedio (barzaj) que actúa como nexo entre el mundo de los cuerpos y el mundo de los Espíritus. A partir de ese momento queda garantizada la conexión y la articulación de cada uno de estos mundos entre sí.[…]. Este mundo de las Formas imaginales es un universo espiritual. Por una parte se equipara con la sustancia material porque puede ser objeto de percepción [N. del Aspirante: No se refiere aquí a la percepción sensible, obviamente], está dotado de dimensión y puede manifestarse en el tiempo y en el espacio. Por otra parte, se puede equiparar con la pura sustancia inteligible porque está constituido por pura luz y es independiente del espacio y del tiempo. No es pues ni un cuerpo material compuesto ni una pura sustancia inteligible totalmente separada de la materia. Hay que decir más bien que es un universo que ofrece una dualidad de dimensiones, a través de cada una de las cuales se simboliza con el universo al que corresponde. […]. [Es un mundo en el que] los espíritus toman cuerpo y los cuerpos se espiritualizan.”

 

Extraído de la obra de Ibn Arabī (muerto en 638/1240) Kitāb al-Futūhāt al- makkiyya (Las iluminaciones de la Meca), vol. I, capítulo VIII, Ed. de El Cairo):

Y en esta Tierra hay jardines, paraísos, animales, minerales, cuyo número sólo Dios puede conocer. Ahora bien, todo lo que se encuentra en esta Tierra, absolutamente todo, está vivo y habla, tiene una vida similar a la de cualquier ser vivo, dotado de pensamiento y de palabra. Dotados de vida y de palabra, esos seres ofrecen un paralelismo con los que se encuentran aquí abajo, con la diferencia de que en esa Tierra celeste las cosas son permanentes, imperecederas, inmutables; su universo no muere. Esto es así porque esa Tierra no acoge a ninguno de nuestros cuerpos físicos hechos de arcilla humana perecedera; tiene como exigencia peculiar el no admitir más que cuerpos cuya cualidad debe ser homogénea con su propio universo o con el mundo de los Espíritus. Los místicos penetran en ella con su Espíritu, y no con su cuerpo material. Abandonan su habitáculo de carne sobre nuestra Tierra terrenal y se inmaterializan.”

Sobre esta Tierra existen formas y figuras de una raza maravillosa, de un carácter extraordinario. Velan en las entradas de las avenidas que dominan este mundo en el que estamos, Cielo y Tierra, paraíso e infierno. Cuando uno de nosotros busca el camino de acceso a esa Tierra, la de los Iniciados, de la categoría que sea, hombres o genios, Ángeles o habitantes del paraíso, la primera condición que tiene que cumplir es la práctica de la gnosis mística y el abandono fuera del cuerpo material. Entonces encuentra estas Formas que se alzan y velan en las entradas de las avenidas, donde Dios las colocó especialmente para este fin. Una de ellas se dirige al recién llegado, lo cubre con un vestido adecuado a su rango espiritual, lo coge de la mano, pasea con él por esta Tierra y la disfrutan según sus deseos. Se dedica a reflexionar sobre las obras maestras divinas, no pasa cerca de ninguna piedra, de ningún árbol, de ningún pueblo, de cualquier cosa, sin hablarle, si lo desea, igual que un hombre charla con un compañero. Hablan idiomas distintos, desde luego, pero esta Tierra posee como don propio el conferir a cualquiera que entre en ella la capacidad de comprender cualquier lengua. Cuando ha alcanzado su objetivo y piensa en volver a su morada, su compañera camina con él para acompañarle hasta el mismo lugar por el que había entrado. Allí se despide de él, le despoja del vestido con el que le había cubierto y se aleja de él. Entonces éste ha recibido ya un caudal de conocimiento y de indicios, y su conocimiento de Dios ha aumentado con algo de lo que todavía no se había dado cuenta el visionario. No creo que la comprensión pueda penetrar jamás con una profundidad y una rapidez comparables a la que se produce en esta Tierra. También entre nosotros, en nuestro propio mundo y en nuestra existencia presente, algunas manifestaciones corroboran nuestra afirmación.”

Así pues, todo lo que la razón, basada en pruebas, considera imposible entre nosotros, hemos comprobado que en esa Tierra no sólo no es imposible, sino algo posible que de hecho se cumple. “Pues Dios tiene poder sobre todas las cosas” (3:25 y passim). Sabemos que nuestras mentes son limitadas, pero que Dios tiene poder sobre la coincidentia oppositorum: poder para hacer existir un cuerpo en dos lugares distintos, poder para hacer que permanezca el accidente independientemente de su sustancia y transferirlo de una sustancia a otra, poder para hacer que subsista el sentido espiritual a través tan sólo del sentido espiritual (sin soporte exotérico). Todo acontecimiento, todo prodigio y signo que nos llega a nosotros y cuya apariencia real la mente racional se niega a admitir, lo vemos perfectamente realizado como apariencia real en esa Tierra. Todo cuerpo que adopta lo espiritual, ángel o genio, toda forma o figura en la que el hombre se contempla a sí mismo en sueños, todo eso son cuerpos sutiles que perteneces a esa otra Tierra. Cada uno de estos cuerpos ocupa el lugar que le corresponde, con prolongaciones sutiles y tenues que se extiendes por todo el universo. A cada una de estas “sutilezas” la corresponde un personaje de confianza. Cuando éste ve con sus propios ojos a una entidad espiritual determinada entre todas las entidades espirituales, es porque tiene una aptitud especial para una u otra forma específica, la que adopta precisamente ese Espíritu, del mismo modo que el ángel Gabriel adoptó con el Profeta la forma del hermoso adolescente Dahya al-Kalbī. La causa radica en que Dios ha situado esta Tierra en el barzaj, el intermundo, y ha fijado un emplazamiento para estos cuerpos sutiles que adoptan los seres espirituales puros, y hacia los que se transfieren nuestras almas durante el sueño y después de la muerte. Por esta razón nosotros mismos somos una parte de su universo.”

Blog de WordPress.com.