Cabalgando al Tigre

Miércoles, 20 septiembre, 2006

Sobre el modo de estar en el mundo (II): Iris

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Insistiendo en la sugerente posibilidad de interpretar la vida como un proceso de rememoración y, en cierto modo, “desaprendizaje” de las categorías que rigen nuestro juicio de la realidad, aquí os dejo el relato Iris, de Hermann Hesse, mencionado en el comentario 21 de Sobre el modo…


IRIS

En la primavera de su infancia, Anselmo correteaba por el verde jardín. Una flor entre las flores que su madre cultivaba y que había recibido el nombre de lirio, le era particularmente grata. Arrimaba sus mejillas a sus hojas altas, de color verde claro, apretaba con cuidado los dedos contra las puntas agudas, y miraba largamente en su interior aspirando su floración grande y maravillosa. Había allí largas ringleras de dedos amarillos que brotaban desde el pálido fondo azulado de la flor: entre las mismas se alejaba una vereda luminosa que, bajando por el cáliz, se adentraba en el remoto misterio azul de la flor. Anselmo la quería mucho, pasaba largo tiempo mirándola por dentro y contemplaba los delicados órganos amarillos que le parecían de oro como el cerco de un jardín real, o como una doble avenida de bellos árboles de ensueño a los que ningún viento movía y entre los que corría límpido, veteado por animadas arterias de suaves transparencias, el secreto camino que llevaba a su interior. Era prodigioso ver cómo se dilataba la bóveda, hacia atrás, el camino infinitamente profundo se perdía, entre árboles dorados, en abismos inconcebibles. Sobre él se curvaba la bóveda
violeta con gesto soberano y arrojaba una tenue sombra encantada
sobre la maravilla inmóvil y a la espera. Anselmo sabía que ésa era la
boca de la flor, que tras la magnificencia de esa planta amarilla, tras su
garganta azul, moraban el corazón y los pensamientos de la flor. Y que
por aquel hermoso, claro, transparente camino estriado entraban y
salían su aliento y sus sueños.
Y al lado de la flor grande existían otras más pequeñas, no abiertas
aún. Sostenidas por pedúnculos firmes y jugosos, dentro de un
pequeño cáliz de una piel verde pardusca, emergería de ellas la flor
recién nacida, tranquila y vigorosa, sólidamente envuelta en lila y
verde claro. De sus finos picos asomaba, enrollado con suave tirantez,
un flamante e intenso violeta. También en estos pétalos nuevos,
todavía firmemente enrollados, había vetas y centenares de dibujos
para observar.
Por las mañanas, cuando Anselmo salía de casa, del sueño y el
ensueño, y regresaba a su extraño mundo, allí estaba el jardín, siempre
nuevo, aguardándolo como de costumbre. Y donde ayer contemplara
con detenimiento un duro botón azul densamente enrollado, ahora,
bajo su verde cubierta, tenue y azul como el aire, un tierno pétalo
pendía, similar a una lengua y a unos labios, buscando a tientas la
forma y la convexidad largo tiempo soñadas; y en la parte interior,
donde proseguía la lucha silenciosa con la envoltura, se adivinaban, ya
dispuestos, las finas florescencias amarillas, los claros caminos
veteados y las remotas y perfumadas cimas del alma. Tal vez al
mediodía, tal vez por la noche, el botón se abriría, desplegaría su
abovedada tienda de campaña de seda azul sobre el dorado bosque de
sueños, y sus primeros ensueños, pensamientos y canciones surgirían
apacibles, alentados por el impulso de aquel abismo mágico.
Llegó un día en que, de entre la hierba, no brotaron más que
campanillas azules. Llegó un día en que, de pronto, hubo una
resonancia nueva, un perfume nuevo en el jardín: sobre el follaje rojizo
y asoleado pendía, blanda y bermeja, la primera rosa de té. Llegó el día
en que desaparecieron los lirios. Se habían ido; ningún sendero entre
cercos dorados bajaba ya suavemente al fragante misterio; era extraño
encontrar esas hojas rígidas, frescas y terminadas en pico. Pero había
bayas maduras en los matorrales, y encima de los narcisos
revoloteaban, libre y juguetonamente, nuevas e inexplicables mariposas
de color pardo rojizo y dorso nacarado, así como esfinges zumbadoras
de alas cristalinas. Anselmo hablaba con las mariposas y con los
guijarros; tenía por amigos al escarabajo y a la lagartija; los pájaros le
contaban historias de pájaros; los helechos le dejaban ver sus pardas y
concentradas semillas escondidas bajo la cubierta de las gigantescas
hojas; trozos de vidrio verde y cristalino apresaban para él los rayos del
sol y se convertían en palacios, jardines y centelleantes cámaras de
tesoros. Los lirios se habían ido, pero en cambio florecían las
capuchinas; si las rosas de té se marchitaban, maduraban las moras;
todas las cosas se desplazaban, aparecían, duraban, se desvanecían y a
su tiempo volvían a aparecer; inclusive esos días temibles y
caprichosos, cuando el viento frío alborotaba entre los abetos y el
follaje marchito crujía macilento y agónico en todo el jardín, traían
también consigo una canción, una experiencia, una historia, hasta que
todo nuevamente declinaba; la nieve caía ante las ventanas y bosques
de palmeras crecían junto a los vidrios; ángeles con campanas de plata
volaban en la noche; el zaguán y el desván olían a frutas desecadas.
Jamás se extinguían la amistad ni la confianza en aquel universo de
bondad. Y si en alguna ocasión, de repente, brillaban las campanillas
blancas entre las negras hojas de la hiedra y volaban los primeros
pájaros por las alturas nuevamente azules, era como si todo hubiera
sido siempre así. Hasta que otro día, inesperadamente, pero siempre en
el instante preciso y deseado, volvía a mirar la primera yema azulada
desde uno de los tallos del lirio.
Todo era lindo para Anselmo, todas las cosas eran familiares y
amistosas, a todas les daba la bienvenida; pero el momento supremo
del milagro y la gracia era, para el muchacho, cada año, el del primer
lirio. En su cáliz -una vez, en sus sueños infantiles más tempranos había
leído por primera vez en el libro de las maravillas; su aroma y su
azul ondulante y múltiple habían significado para él llamada y clave de
la Creación. Así lo acompañó el lirio a través de todos sus años de
inocencia, renovándose cada verano y haciéndose más enigmático y
conmovedor. También otras flores tenían boca, también de otras flores
emanaban fragancia y pensamientos, y otras atraían asimismo abejas y
escarabajos a sus pequeñas y dulces cámaras. Pero el lirio azul era la
flor más importante para el muchacho y aquella a la que amaba más
entre todas: se convirtió en símbolo y ejemplo de todo lo prodigioso y
digno de reflexión. Cuando miraba dentro de su cáliz y seguía
mentalmente absorto aquel diáfano sendero de ensueño por entre los
extraños cogollos amarillos hasta la crepuscular intimidad de la flor,
entonces su alma veía en ese pórtico en el que la apariencia se
convierte en enigma y la visión en presentimiento. Algunas veces, de
noche, soñaba con ese cáliz, lo veía enormemente grande y abierto
ante él, como la puerta abierta de un palacio celestial; ingresaba a
caballo o volando en un cisne; y con él volaba y montaba y se deslizaba
sin ruido el mundo entero, atraído por arte de magia hacia la hermosa
garganta, hacia abajo, donde la espera debía cumplirse y el
presentimiento volverse verdad.
Todo fenómeno sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una
puerta abierta, por la que el alma, si está preparada, puede entrar en la
intimidad del mundo, donde el tú y el yo, el día y la noche, son uno.
Ante cada hombre, alguna vez en su vida, aparece la puerta abierta en
el camino; en cada hombre aletea en una ocasión la idea de que todos
los objetos visibles son símbolos y de que, tras cada símbolo, habitan el
espíritu y la vida eterna. Pocos pasan, es cierto, por esa puerta y
renuncian a las bellas apariencias a cambio de la presentida realidad de
lo íntimo.
Así, el muchacho Anselmo creía que el cáliz de su flor era como una
pregunta abierta y silenciosa que, en medio de vislumbres
borboteantes, instaba a su alma a dar una respuesta feliz. Después
volvía a tironear de él la deliciosa multiplicidad de las cosas: hablaba y
jugaba con la hierba y con las piedras, raíces, arbustos, bichos y todas
las amistades de su mundo. A menudo se sumía en profundas
meditaciones respecto de sí mismo; sentado, examinaba las
peculiaridades de su cuerpo; sentía con los Ojos cerrados al tragar,
cuando cantaba o respiraba, extraños movimientos, sensaciones y
percepciones en la boca y en el cuello; sentía también que allí estaban
el camino y la puerta por los que un alma puede llegar a otra;
observaba con admiración las significativas figuras coloreadas que se le
aparecían con frecuencia desde la purpúrea oscuridad de sus ojos
cerrados; manchas y semicírculos de azul y rojo subido, con claras
líneas cristalinas entrelazadas. Muchas veces advertía Anselmo, con una
emoción entre regocijada y temerosa, las conexiones múltiples y sutiles
entre ojo y oído, olfato y tacto; durante bellos y fugaces instantes
percibía sonidos, acentos, letras vinculadas entre sí y similares al rojo y
al azul, a lo duro y a lo blando; o se admiraba al oler una planta o un
trozo de verde corteza arrancada, o de lo extrañamente próximos que
están el olfato y el gusto, y cuán a menudo uno se cambia en otro o se
convierten en algo único.
Todos los niños tienen esa sensibilidad, si bien no todos la desarrollan
con la misma fuerza y sutil en muchos de ellos pronto desaparece, aun
antes de haber aprendido las primeras letras, como si nunca la
hubiesen tenido. En otros subsiste largo tiempo ese misterio de la
infancia; y llegan a conservar para sí un resto y eco de él hasta la
época de los cabellos blancos y los fatigados días postreros. Todos los
niños, en tanto que están en el secreto, se ocupan de continuo y con
toda el alma del único asunto importante, vale decir, de sí mismos y de
las enigmáticas conexiones existentes entre su propia persona y el
mundo circundante.
Buscadores de la verdad y sabios retornan con los años de madurez a
estas ocupaciones, pero la mayor parte de los hombres olvidan y
abandonan desde temprano este mundo interior de lo verdaderamente
trascendental y vagan a lo largo de su existencia por los laberintos
confusos de las preocupaciones, los deseos y los objetivos, ninguno de
los cuales vive en lo íntimo ni los volverá a conducir a su intimidad y a
su morada.
Los veranos y otoños de la infancia de Anselmo llegaban suavemente y
se marchaban sin ser oídos; una y otra vez florecían y se marchitaban
las campanillas blancas, las violetas, los alelíes amarillos, las
siemprevivas, rosas y lirios, hermosos y abundantes como siempre.
Convivía con ellos; la flor y el pájaro le hablaban; el árbol y la fuente lo
escuchaban; llevó consigo, según la vieja costumbre, las primeras
letras escritas en su cuaderno, los primeros disgustos con sus
amiguitos, el jardín, su madre, el arriate adornado de coloridas
piedras.
Pero una vez llegó cierta primavera que no olía ni sonaba como las
anteriores; el mirlo cantaba, pero no la vieja canción; se abrió el lirio
azul, y por el sendero de su cáliz, flanqueado con cercos de oro, no
entraban ni salían ensueños ni historias legendarias. Reían las frutillas
escondidas en su verde sombra; las mariposas revoloteaban brillantes
sobre las altas umbelas; pero ya no era como antes y otras cosas
empezaban a interesar al muchacho, que ahora discutía mucho con su
madre. Él mismo no sabía qué le pasaba ni la razón de su sufrimiento,
ni la causa de aquellos disgustos continuos. únicamente veía que el
mundo había cambiado, que las amistades de otrora se alejaban y lo
dejaban solo.
Así transcurrió un año, y otro; Anselmo ya no era un niño. Los variados
guijarros que rodeaban el arriate se habían vuelto fastidiosos, y las
flores estúpidas; guardaba los escarabajos clavados con alfileres en una
caja; su alma había iniciado el largo y duro rodeo, y los antiguos
amigos se habían secado y agostado.
Impetuosamente irrumpió el joven en la vida, que sólo ahora creía que
comenzaba. Borracho y olvidado quedó el mundo de las alegorías;
nuevos deseos y caminos le atraían. Aún permanecía suspendida de él
la niñez como una fragancia en la mirada azul y en el cabello suave,
pero no le agradaba que le recordasen esos años. De esta manera se
hizo cortar el pelo al rape y puso en la mirada tanta audacia y
experiencia como le fue posible. Se precipitó con veleidad a través de
aquellos inquietos años de espera, ora como buen estudiante y amigo,
ora solitario y huraño, unas veces enfrascado en los libros, hasta por
las noches, otras indómito y estrepitoso en las primeras orgías
juveniles. Tuvo que abandonar su patria y sólo volvió a verla raras
veces en cortas visitas, cuando, transformado, alto y bien vestido,
visitaba a su madre. Traía consigo amigos, libros, siempre diferentes los
unos y los otros, y cuando cruzaba el viejo jardín, éste parecía pequeño
y callaba ante su mirar distraído. Nunca más volvió a leer historias en
las vetas coloreadas de las piedras y las hojas, no volvió a ver jamás a
Dios y a la eternidad habitando en el misterio floral del iris azul.
Anselmo fue colegial, fue estudiante; volvió a la ciudad natal con una
gorra roja, luego con otra amarilla, con bozo encima de los labios y
luego con barba incipiente. Trajo libros en idiomas extranjeros; una vez
un perro; y en una cartera de cuero que guardaba junto al pecho
llevaba poesías reservadas, o copias que contenían una sabiduría muy
antigua, o retratos y cartas de lindas muchachas. Regresó de nuevo;
había estado lejos en tierras extranjeras y había estado embarcado en
grandes buques surcando los mares. Y otra vez regresó. Ya era un
joven sabio, traía sombrero negro y guantes oscuros; y sus antiguos
vecinos se quitaban el sombrero para saludarlo y le daban el nombre de
profesor, aunque todavía no lo era. Vino otra vez, y esbelto y grave en
su traje negro, caminó tras el lento carruaje que llevaba a su madre
anciana, yacente en un ataúd engalanado. Después volvió en muy
contadas ocasiones.
En la gran ciudad, donde ahora Anselmo enseñaba a los estudiantes y
era considerado como un prestigioso erudito, se paseaba, se sentaba o
se ponía de pie igual que tantos otros individuos en el mundo, con su
elegante traje y su sombrero, serio o afable, con la mirada viva -a
veces un tanto fatigada y era todo un señor, un investigador, tal como
lo había deseado. Ahora le pasaba algo similar a lo que le había pasado
al término de su infancia. Notaba los muchos años que habían ido
deslizándose a lo largo de su vida, y se hallaba extrañamente solo e
insatisfecho en medio de aquel mundo al que siempre aspirara. No
constituía realmente una felicidad ser un señor profesor, no había
verdadero placer en ser saludado respetuosamente por burgueses y por
estudiantes. Todo aquello estaba como marchita y cubierto de polvo y
la felicidad yacía de nuevo lejos, en el futuro, y el camino hacia ella
parecía sofocante, polvoriento y vulgar.
En aquella época Anselmo frecuentaba la casa de un amigo suyo,
atraído por su hermana. Ya no corría fácilmente detrás de un lindo
rostro -también en esto había cambiado-, y sentía que la felicidad
tendría que venir hacia él de una manera particular, que no podía estar
guardada tras cada ventana. La hermana de su amigo le agradaba
mucho, y a menudo creía tener conciencia de que realmente la amaba.
Pero ella era una joven singular: cada- paso y cada palabra suya
estaban coloreados y acunados de un modo propio, y no siempre
resultaba fácil ir con ella y acompañarla al mismo paso. Cuando
Anselmo se paseaba a veces por las noches de un lado a otro en la
soledad de su habitación, y escuchaba pensativo sus propios pasos en
el cuarto, entonces luchaba consigo mismo a causa de su amiga. Ésta
tenía más años de los que él hubiera deseado para su mujer; era muy
especial, y resultaba difícil vivir a su lado y que ella le siguiese en su
ambición de erudito, pues no quería oír hablar de esas cosas. Tampoco
era muy fuerte ni gozaba de buena salud, y por ello difícilmente podría
soportar la vida social de reuniones y fiestas. Ella prefería vivir entre
flores y música y tal vez con algún libro, en una soledad callada;
esperaba que alguien llegara hasta ella y dejaba que el mundo siguiese
su marcha. Era tan tierna y sensible, que muchas veces lo extraño le
producía dolor y rompía en llanto con facilidad, después de lo cual
irradiaba serenidad y delicadeza dentro de su felicidad solitaria. Y quien
presenciaba todo esto, sentía lo difícil que sería dar algo a aquella
hermosa y extraña mujer, y que ese algo fuera importante para ella. En
ocasiones creía Anselmo que ella lo amaba; otras veces le parecía que
no amaba a nadie, que simplemente era tierna y afectuosa con todos, y
que no ansiaba del mundo más que vivir en paz y que la dejaran
tranquila. Pero él pretendía otras cosas de la existencia, y de tener una
esposa, soñaba con una casa donde hubiera vida, sucesos,
hospitalidad.
«Iris», le decía, «querida Iris, ¡si el mundo estuviera organizado de otro
modo! Si no existiese en absoluto nada más que tu bello y tierno
mundo de flores, pensamientos y música, entonces yo no desearía más
que pasar toda la vida a tu lado, escuchar tus relatos y participar en tus
pensamientos. Ya de por sí tu nombre me hace bien; Iris es un nombre
maravilloso, y no sé qué me recuerda.»
«Pero tú sabes», dijo ella, «que los lirios azules y amarillos se llaman
así.»
«Sí», -exclamó él con una sensación opresiva, «lo sé, y ya esa relación
es muy hermosa. Pero siempre que prenuncio tu nombre, quiere
recordarme, además, alguna otra cosa, no sé cuál, como si estuviera
ligado a recuerdos muy profundos, remotos e importantes, y sin
embargo no sé ni caigo en la cuenta de cuáles pueden ser.»
Iris le sonrió, mientras él, perplejo, estaba ante ella y se pasaba la
mano por la frente.
«A mí me sucede eso cada vez que huelo una flor», dijo ella con su
ligera voz de ave. «Entonces mi corazón cree siempre que el aroma
está vinculado a la memoria de algo sumamente preciado y hermoso,
que hace mucho tiempo fue mío y que perdí. Con la música me ocurre
también lo mismo, y a veces también con la poesía… De pronto algo
centellea, y por un instante es como si uno divisara abajo, en el valle, a
sus pies, una patria perdida; luego, súbitamente, vuelve a desaparecer,
volvemos a olvidar. Querido Anselmo, pienso que ése es el sentido de
nuestra presencia en la tierra, esa meditación y búsqueda, ese escuchar
de lejanas melodías perdidas; tras ellas se extiende nuestra verdadera
patria.»
«¡Qué hermoso es eso que acabas de decir», la halagó Anselmo, al
tiempo que sentía en su pecho una conmoción casi dolorosa, como si
una brújula allí oculta señalara su remoto destino irremisible. Pero
aquel destino era totalmente distinto del que había querido dar a su
existencia, y eso dolía. ¿Era digno de él perder el tiempo de su vida en
ensueños ocultos detrás de bonitos cuentos de hadas?
Llegó luego un día en que, habiendo regresado Anselmo de un viaje
solitario, se sintió tan fría y abrumadoramente recibido por su desnuda
habitación de erudito, que corrió a casa de su amigo, dispuesto a
solicitar la mano de la hermosa Iris.
«Iris», le dijo, «no puedo seguir viviendo así. Siempre has sido mi
buena amiga y debo confesártelo todo. Necesito una esposa, de lo
contrario tendría la sensación de llevar una vida vacía y sin sentido. ¿Y
a quién debo desear por esposa, sino a ti, mi amada flor? ¿Quieres,
Iris? Tendrás flores, tantas como pueda haber; tendrás el más bello
jardín. ¿Quieres venir a mi casa?»
Iris lo miró larga y serenamente a los ojos; no sonrió ni se ruborizó. Su
voz fue firme al contestarle:
«Anselmo, tu pregunta no me ha extrañado. Te quiero, aunque nunca
he pensado en convertirme en tu mujer. Pero, querido amigo, exijo
mucho del que haya de ser mi marido; exijo mucho más que la mayoría
de las mujeres. Me has ofrecido flores, y tu intención es buena. Pero yo
puedo vivir sin flores y también sin música; podría prescindir de ésas y
de muchas otras cosas si fuera necesario. Sin embargo, hay una cosa
de la que no puedo ni quiero prescindir; tampoco podría vivir un solo
día sin ella, pues la música de mi corazón es lo esencial para mí. Si he
de convivir con un hombre, debe ser con uno cuya música interior
armonice perfecta y delicadamente con la mía; su única aspiración debe
consistir en que su propia música sea pura y suene de acuerdo con la
mía. ¿Eres capaz de hacerlo, amigo mío.’ Con ello probablemente no te
harás muy célebre ni obtendrás honores; tu casa estará silenciosa y las
arrugas de tu frente, que conozco hace varios años, habrán
desaparecido. ¡Ay Anselmo, esto no marchará. Mira, tú eres de tal
condición que nuevas arrugas vendrán constantemente a surcar tu
frente y te crearás continuamente nuevas preocupaciones; amas, sin
duda, lo que yo pienso y soy y lo encuentras atractivo, pero para ti,
como para los demás, se trata apenas de un juguete delicado. ¡Oh,
escúchame bien! Todo esto que representa para ti un juguete, es para
mí la vida misma y también debería serlo para ti; y todo a lo que tú te
dedicas con esfuerzo y con cuidado, es para mí un juguete y, según mi
juicio, no es digno de que uno viva para ello. Yo ya no cambiaré,
Anselmo, porque vivo de acuerdo a una ley que está dentro de mí.
¿Podrías tú convertirte en otro? Porque sólo de ese modo podría yo
transformarme en tu mujer.»
Anselmo guardó silencio, sorprendido por la voluntad de aquélla que él
había juzgado débil y juguetona. Callaba y en la excitada mano
estrujaba una flor que había tomado de la mesa.
Iris le quitó suavemente la flor de la mano esto le llegó al corazón como
un serio reproche y luego, de improviso, sonrió luminosa y
afectuosamente, como si del modo más inesperado hubiera encontrado
un camino en medio de la oscuridad.
«Tengo una idea», dijo a media voz, y se sonrojó al decirlo. «La
hallarás rara, te parecerá un capricho. Pero no lo es. ¿Quieres
escucharla? ¿Podrás admitirla como algo decisivo entre nosotros?»
Sin comprender, Anselmo miraba a su amiga con la preocupación
reflejada en el pálido semblante. La sonrisa de ella lo subyugó de tal
manera que cobró confianza y asintió.
«Quisiera proponerte una prueba», dijo Iris, y enseguida volvió a
ponerse muy seria.
«Hazlo, estás en tu derecho», se sometió su amigo.
«Se trata de algo serio para mí», dijo ella, «de mi última palabra.
¿Querrás tomar esto corno cosa que me brota del alma, sin regatear,
aunque no lo comprendas en un primer momento?»
Anselmo lo prometió. Entonces ella, mientras se levantaba y le daba la
mano, dijo:
«Muchas veces me has dicho que al pronunciar mi nombre
invariablemente evocabas alguna cosa olvidada que fue importante y
sagrada para ti hace mucho tiempo. Ésta es una señal, Anselmo, y la
misma ha hecho que te sintieras atraído hacia mí todo estos años.
También yo creo que en el fondo de tu alma has perdido y olvidado algo
importante y sacro, que tiene que volver a despertar para que puedas
hallar la felicidad y alcanzar lo que te ha sido destinado. ¡Vete con Dios,
Anselmo! Te doy mi mano y te ruego que partas y trates de recuperar
en tu memoria eso que mi nombre te evoca. El día que lo hayas vuelto
a encontrar, me iré contigo, como tu mujer, a donde quieras y no
tendré otros deseos que los tuyos.»
Estupefacto y confuso, intentó Anselmo replicarle y considerar como un
capricho esa demanda; pero ella le recordó su promesa con una mirada
terminante de advertencia, y él se calló. Col, los ojos bajos tomó la
mano de ella, se la llevó a sus labios y se marchó.
Muchos problemas había tenido que enfrentar en su vida, muchos los
había solucionado; pero ninguno había sido extraño, de tanto peso y a
la vez tan descorazonador como aquél. Días y días se los pasaba dando
vueltas y pensando en él hasta el cansancio, y siempre llegaba un
momento en que, desesperado y furioso, calificaba de maniático
capricho de mujer todo ese asunto y lo alejaba de su mente. Pero más
tarde, algo muy hondo en su interior le decía que no; era como un dolor
muy sutil u oculto, una advertencia suavísima y apenas perceptible…
Aquella delicada voz, que surgía de su propio corazón, le daba la razón
a Iris y hacía la misma recomendación que ella.
Pero aquel problema era demasiado difícil para el sabio. Debía
acordarse de algo olvidado mucho tiempo atrás; de entre la telaraña de
los años sumergidos, debía recuperar una hebra dorada y única; debía
apresar con sus manos alguna cosa y ofrecerla a su amada, fuera un
apagado trino de pájaro, un dejo placentero o triste al escuchar una
melodía, algo acaso más sutil, efímero e incorpóreo que una idea, más
vano que el sueño de una noche, más incierto que la niebla de la
mañana.
En muchas ocasiones, cuando, desanimado, había apartado de su
mente todo eso y lo había abandonado de malhumor, al poco tiempo y
de improviso llegaba a él una especie de soplo, como un aliento de
jardines remotos: murmuraba entonces para sí el nombre de «Iris» diez
y más veces, en voz baja y juguetonamente, como quien busca un tono
en una cuerda tensa. «Iris», susurraba, «Iris»…. y sentía un dolor sutil,
como algo que se moviera en su interior, al igual que cuando en una
casa vieja y abandonada se abre una puerta o rechina un postigo sin
que se sepa la causa. Buceaba en sus recuerdos, que creía tener bien
ordenados, y realizaba descubrimientos tan asombrosos como
desconcertantes. Su riqueza de recuerdos era infinitamente menor de lo
que se había figurado. Cuando intentaba evocarlos, le faltaban años
enteros que quedaban vacíos igual que páginas en blanco. Encontró que
le costaba gran esfuerzo volver a representarse con claridad la imagen
de su madre. Había olvidado totalmente cómo se llamaba una
muchacha a la que, en su juventud, había perseguido con ardientes
peticiones de mano. Se acordó sí de un perro que había comprado por
capricho hacía mucho, cuando estudiante, y que lo había acompañado
una larga temporada, pero necesitó días para volver a recordar el
nombre del perro.
Dolorido, el pobre hombre fue observando con creciente tristeza y
angustia, qué perdida y vacía quedaba detrás de él su vida pasada,
ajena y sin relación con su propia persona, a la manera de algo que se
ha aprendido de memoria en otro tiempo y de lo cual se consiguen
reconstruir con mucho esfuerzo ciertos fragmentos solitarios. Empezó a
escribir; quería fijar por escrito sus vivencias más importantes, año por
año, para tenerlas así otra vez bajo su dominio. Pero, ¿dónde estaban
sus vivencias principales? ¿Que había llegado a ser profesor? ¿Que una
vez hizo el doctorado, que fue colegial, estudiante universitario? ¿0 que
en tiempos pasados le había gustado esta o aquella muchacha por una
temporada? Aterrado alzaba la vista. ¿Era esto la vida? ¿Eso era todo?
Y se golpeaba la frente y reía con violencia.
Entretanto, el tiempo corría, ¡jamás había corrido tan rápida e
inexorablemente! Transcurrió un año, y le parecía que se hallaba
todavía en el mismo punto que cuando se alejara de Iris. Sin embargo,
en ese lapso había cambiado mucho, cosa de la que todo el mundo,
excepto él, se daba cuenta. Había envejecido tanto como había
rejuvenecido. Para sus conocidos se convirtió casi en un extraño; se lo
hallaba distraído, voluble, raro; cobró fama de persona extravagante.
Era una lástima… pero había estado soltero demasiado tiempo. Llegó a
ocurrir que se olvidara de sus obligaciones y que sus alumnos lo
aguardaran en vano. A veces, sumido en cavilaciones, se deslizaba por
las calles arrimado a las casas, y con el abrigo desastrado iba rozando
las molduras y quitándoles el polvo. Algunos creían que había
empezado a beber. Otras veces, empero, se detenía en medio de una
disertación ante sus discípulos, intentaba acordarse de algo, sonreía de
un modo infantil y cordial que nadie le había conocido antes, y
continuaba con un acento cálido y emocionado que a muchos les tocaba
el corazón.
El mucho tiempo de desesperada correría en pos de los perfumes y las
borradas huellas de los años lejanos, le había otorgado un nuevo
sentido, del que él mismo, no obstante, no se daba cuenta. Tenía la
impresión, cada vez más frecuente, de que tras aquello que él había
denominado sus recuerdos, existían otros recuerdos, lo mismo que en
una pared con pinturas antiguas yacen, a veces debajo de las viejas
imágenes, otras más antiguas todavía, que duermen ocultas por la más
reciente. Quería traer a la memoria cualquier cosa, acaso el nombre de
una ciudad en la que había pasado algunos días durante sus viajes, o la
fecha del cumpleaños de un amigo, o cualquier otra cosa; mientras
escarbaba y desenterraba, como si fueran escombros, un pequeño trozo
del pasado, se le aparecía de improviso algo completamente distinto a
lo que buscaba. Lo sorprendía como un hálito, Como el viento de una
mañana de abril, o como un día nebuloso de setiembre; olía su
perfume, gustaba su sabor, experimentaba oscuras y delicadas
sensaciones en alguna parte, en la piel, en los ojos, en el corazón. Y
lentamente empezó a comprender: tuvo que haber existido un día azul,
cálido o frío, gris o comoquiera que fuese, y la esencia de ese día tuvo
que haber penetrado en él, y luego habérsele adherido a modo de un
oscuro recuerdo. En el pasado real no podía reencontrar ese día de
primavera o de invierno que él olía y sentía nítidamente; faltaban
nombres y cifras para ello; tal vez había sido en su época de
estudiante, tal vez mucho antes, en la cuna; pero el aroma estaba allí,
y él sentía vivir dentro de sí algo cuya naturaleza ignoraba y que no
podía nombrar ni definir. A veces le parecía que aquellos recuerdos bien
podían trascender desde el pretérito de una existencia anterior a la
suya, aunque la ocurrencia le provocaba risa.
Muchas cosas encontró Anselmo en su peregrinaje desorientado a
través de los abismos de la memoria. Muchas cosas encontró que lo
enternecieron y conmovieron, y muchas que le produjeron angustia y
terror; pero lo que no encontró fue eso que el nombre «Iris» significaba
para él.
En una ocasión volvió a visitar, en el tormento de su búsqueda
impotente, la vieja patria. Volvió a ver sus bosques y calles, sus
senderos y vallados, estuvo en el jardín de su niñez y sintió una
agitación de olas en su corazón. El pasado lo envolvió como un sueño.
Triste y silencioso regresó de ese lugar. Hizo correr la voz de que
estaba enfermo y despidió a quienes se interesaban por su estado.
Uno, sin embargo, llegó hasta él. Era su amigo, al que no había vuelto a
ver desde su petición de mano a Iris. Llegó y vio a Anselmo desaseado,
sentado en su melancólica reclusión.
«Levántate», le dijo, «y ven conmigo. Iris quiere verte.»
«¿Iris? ¿Qué le ocurre?… ¡Oh, ya lo se, ya lo sé!»
«Sí», dijo el amigo «ven conmigo. Va a morir, está enferma desde hace
mucho tiempo.»
Fueron a casa de Iris, quien, ligera y delgada como un niño, yacía en su
lecho y sonreía luminosamente, con los ojos agrandados. Dio a Anselmo
su leve y blanca mano de niño, que quedó como una flor en la de él, y
su rostro estaba como iluminado.
«Anselmo», dijo. «¿Estás enojado conmigo? Te he impuesto una tarea
difícil y veo que has permanecido fiel a ella. ¡Sigue buscando y ve por
ese camino hasta que llegues a la meta! Creías seguirlo por mi causa,
pero vas en él por tu propia causa. ¿Lo sabías?»
«Lo presentía», dijo Anselmo, «y ahora lo sé. Es un largo camino, Iris,
y habría retrocedido hace mucho tiempo, pero no encuentro el camino
de vuelta. No sé qué va a ser de mí. »
Ella miró sus ojos tristes y sonrió con una sonrisa luminosa y
consoladora; él se inclinó sobre su fina mano y lloró largo tiempo, de
manera que la mano quedó humedecida por sus lágrimas.
«Lo que vaya a ser de ti», dijo ella con una voz que parecía la
evocación de un recuerdo, «lo que vaya a ser de ti, no necesitas
preguntarlo. Has buscado muchas cosas en tu vida. Has buscado
honores, y la felicidad, y la sabiduría, y me has buscado a mí, a tu
pequeña Iris. Todas han sido lindas imágenes, y te abandonaron, lo
mismo que yo tengo que abandonarte ahora. Igual me sucedió a mí.
Siempre he buscado, y siempre se trataba de imágenes bonitas y
placenteras, pero siempre continuamente fueron decayendo y
marchitándose. Ahora no sé de ninguna imagen, no busco nada más;
he regresado y sólo me falta dar un paso pequeño para estar ya en mi
casa. También tú llegarás allí, Anselmo, y entonces no habrá más
arrugas en tu frente.»
Estaba tan pálida que Anselmo, desesperado, exclamó: «¡Oh, espera
todavía, Iris, no te marches aún! ¡Déjame una señal de que no te
perderás para mí definitivamente!»
Ella asintió con la cabeza, y de un vaso que tenía al lado, tomó un lirio
azul recién florecido y se lo dio.
«Ten mi flor, el iris, y no me olvides. Búscame, busca el iris, y después
vendrás a mi casa.»
Llorando tomó Anselmo la flor en sus manos y llorando se despidió. Y
habiéndole más tarde enviado su amigo un aviso, regresó a la casa y
ayudó a adornar con flores el ataúd de Iris y a darle sepultura.
Después, su vida se derrumbó; no le parecía posible seguir hilando
aquella hebra. Lo dejó todo, abandonó la ciudad y el cargo, y se perdió
por el mundo. Fue visto aquí y allá; un día apareció en su tierra y se
apoyó en el cercado del viejo jardín; pero cuando la gente llegó para
hacerle preguntas y recibirlo, se volvió a marchar y desapareció.
Perduró su amor a los lirios. A menudo se inclinaba sobre alguno, y
entonces ella se le hacía siempre visible, y cuando hundía largo tiempo
su mirada en la corola, le parecía que desde las azuladas profundidades
ascendían hasta él el aroma y el presentimiento de todo lo pasado y de
lo venidero, hasta que proseguía triste su camino, porque la
consumación no llegaba. Era como si escuchase junto a una puerta que
se hubiera quedado entreabierta y percibiese tras ella el aliento del
secreto más encantador, y precisamente cuando creía que todo iba a
dársele y cumplírsele en ese momento, la puerta se cerraba de golpe y
el viento del mundo azotaba fríamente su soledad.
En sus sueños le hablaba su madre, cuya figura y rostro veía ahora tan
claros y próximos como nunca en tantos largos años. Iris también le
hablaba, de modo que cuando despertaba permanecía el sonido de sus
palabras, y en ello se detenía a pensar toda la jornada. No tenía
residencia fija; recorría, desconocido, los países; dormía en casas,
dormía en bosques; comía pan o comía bayas; bebía vino o bebía el
rocío de las hojas de los matorrales. De nada se daba cuenta. Para
unos, era un loco; para otros, un mago. Muchos le temían, muchos se
reían de él, muchos lo amaban. Aprendió a estar entre niños, cosa que
nunca había sabido, y a participar en sus extraños Juegos, a dialogar
con una rama desgajada y con una piedrecita. Inviernos y veranos
desfilaron por delante de él; miraba dentro de las corolas de las flores,
en los arroyos y los lagos.
«Alegorías», se decía de vez en cuando, «todo es alegoría.»
Pero en su interior sentía un ser que no era alegoría y detrás del cual
iba; ese ser le hablaba en ocasiones y su voz era la de Iris y la de su
madre, y le traía consuelo y esperanza.
Le sucedían cosas asombrosas y no lo asombraban. Así, una vez, en
invierno, caminaba por tierras cubiertas de nieve, y en su barba se
había formado hielo. Y en la nieve se erguía, puntiagudo y esbelto, un
tallo de un iris, del que había brotado una hermosa flor única. Se inclinó
hacia ella y sonrió, pues entonces cayó en la cuenta de aquello que el
nombre Iris le sugería incesantemente. Recordó su sueño de la infancia,
y vio, entre varas de oro, la estriada ruta azul claro luminosa, que
llevaba al misterio y al corazón de la flor; y supo que allí estaba lo que
él iba buscando; allí estaba el ser que ya no es más imagen.
Y de nuevo le llegaron advertencias; sueños lo conducían. Fue a parar a
una cabaña en la que había niños, y jugó con ellos; le contaron
historias; le contaron que en el bosque, cerca de la cabaña de los
carboneros, había ocurrido un milagro. Allí podía verse abierto el portal
de los espíritus, que sólo se abre cada mil años. Él escuchaba y asentía
con la cabeza a la imagen querida. Y prosiguió su camino; delante de él
iba cantando un pájaro en la aliseda, un pájaro de voz dulce y extraña,
como la voz de la fallecida Iris. Lo siguió; volaba y saltaba más allá, al
otro lado del arroyo y hasta pleno bosque.
Cuando el pájaro calló y ya no se lo veía ni oía, Anselmo se detuvo y
miró en torno. Se hallaba en un profundo valle del bosque; bajo las
verdes y anchas hojas corrían las aguas; todo lo demás estaba
silencioso y en actitud de espera. Pero dentro de su pecho seguía
cantando el pájaro con la voz amada, lo que le dio deseos de avanzar,
hasta encontrarse frente a un muro rocoso en el que crecía el musgo y
en cuyo centro se abría una grieta, la cual llevaba, con dificultad y
estrechez, al interior de la montaña.
Un anciano, que estaba sentado ante la abertura, se levantó al ver
venir a Anselmo, y exclamó:
«¡Atrás, oh mortal, atrás! Ésta es ta puerta de los espíritus. Ninguno de
los que entraron aquí ha regresado.»
Anselmo alzó la vista y contempló el portal rocoso; por allí vio perderse
en las honduras de la montaña un sendero azul, y a los dos costados se
levantaban columnas de oro muy apretadas. El camino se hundía hacia
el interior, descendiendo, como dentro del cáliz de una flor enorme.
El pájaro cantó claramente en su pecho, y Anselmo, pasando cerca del
guardián, penetró por la hendidura y se adelantó entre las columnas
doradas hacia el misterio azul del interior. Era Iris, en cuyo corazón
estaba penetrando, y era el lirio del jardín materno, en cuyo cáliz azul
entraba como flotando. Y mientras iba silenciosamente al encuentro del
crepúsculo de oro, todos los recuerdos y todo el saber concurrieron al
mismo tiempo a él; tocó su propia mano y era pequeña y blanda; en su
oído sonaron, próximas y familiares, voces de amor; sonaban cálidas, y
las doradas columnas resplandecían como en las primaveras de la
infancia.
Y también su sueño estaba de nuevo allí, el que había soñado de niño,
cuando descendía dentro del cáliz y detrás de él se deslizaba y lo
acompañaba el mundo de las imágenes, y él se sumergía en el misterio
que yace detrás de todas las imágenes.
Suavemente comenzó a cantar, y su camino suavemente descendía
hacia la patria.

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