Cabalgando al Tigre

Lunes, 30 octubre, 2006

Sobre la oración hesicasta

Filed under: Tradición Cristiana — by Aspirante a domador @ 10:17 am

foto5a.jpgPermitidme que abra un nuevo tema continuando con la charla suscitada en Gurdjieff a la luz de la tradición. En mi opinión, pensar que el camino del hesicasmo abre alguna puerta (operativa, se entiende) para alguno de nosotros, que somos, queramos o no, occidentales modernos, es una ilusión baladí, por supuesto si negar la posibilidad, por muy remota que sea, de que pueda existir una persona que verdaderamente se identifique con este camino. No hay más que ojear alguno de los tomos de la Filocalia (aquí podéis leer algunos fragmentos colgados hace ya tiempo en este blog) para comprobar el tipo de vida que llevaban los padres del desierto: absolutamente inconcebible e irreconciliable con nuestras posibilidades, me parece. Ya no es sólo la extrema dureza de sus condiciones de vida, en las antípodas de nuestro mundo, sino, y esto es aún más definitivo, su particular estructura psíquica, los convierte en seres de otra pasta en relación a nosotros. A mí esto me parece muy claro: la visión del mundo, los valores por los que se rigen, la interpretación de los acontecimientos, todo en ellos está ligado a una cultura, a una forma de vida y a un entorno que nos son a fortiori absolutamente impenetrables. Por supuesto, esto no quita un ápice de la fuerza y la verdad que destilan sus vidas y sus planteamientos, muy atractivos además por encarnar el extremo opuesto de lo que vivimos; sólo digo que pensar en el hesicasmo como un camino para el “occidental occidentalizado” es, yo creo, algo cándido, prescindiendo además de otras consideraciones problemáticas, pero tan imprescindibles, como sería, por poner un sólo ejemplo y no extenderme, encontrar una comunidad y un maestro hesicasta.

De todos modos, aquí os dejo un texto de lo que parece una de las excepciones. Seguro que os gustará.



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EL METODO DE ORACION HESICASTA
según la enseñanza del padre Serafín del Monte Athos

Cuando X, un joven filósofo, llegó al Monte Athos, había leído ya un cierto número de libros sobre la espiritualidad ortodoxa, particularmente la pequeña filocalia de la oración del corazón en los relatos del peregrino ruso. Estaba seducido sin estar verdaderamente convencido. Una liturgia vivida en su ciudad le había inspirado el deseo de pasar algunos días en el Monte Athos, con ocasión de sus vacaciones en Grecia, para saber un poco más sobre el método de la oración de los hesicastas, esos silenciosos a la búsqueda de “hesychia”, es decir, de paz interior.
Contar con detalle cómo llegó al padre Serafín, que vivía en un eremitorio próximo a San Pantaleón, sería demasiado largo. Digamos únicamente que el joven filósofo estaba un poco cansado. No encontraba a los monjes a la altura de sus libros. Digamos también que, si bien había leído varios libros sobre la meditación y la oración, no había rezado verdaderamente ni practicado una forma particular de meditación y lo que pedía en el fondo no era un discurso más sobre la oración o la meditación sino una “iniciación” que le permitiera vivirlas y conocerlas desde dentro por experiencia y no sólo de “oídas”.
El padre Serafín tenía una reputación ambigua entre los monjes de su entorno. Algunos le acusaban de levitar, otros de que gritaba y gemía, algunos le consideraban como un campesino ignorante, otros como un venerable staretz inspirado por el Espíritu Santo y capaz de dar profundos consejos así como de leer en los corazones.
Cuando se llegaba a la puerta de su eremitorio, el padre Serafín tenía la costumbre de observar al recién llegado de la manera más impertinente: de la cabeza a los pies, durante cinco largos minutos, sin dirigirle ni una palabra. Aquéllos a quienes ese examen no hacía huir, podían escuchar el áspero diagnóstico del monje:
En usted no ha descendido más abajo del mentón.
De usted, no hablemos. Ni siquiera ha entrado.
Usted… no es posible… que maravilla. Ha bajado hasta sus rodillas…
Hablaba del Espíritu Santo y de su descenso más o menos profundo en el hombre. Algunas veces a la cabeza, pero no siempre al corazón ni a las entrañas… Así es como juzgaba la santidad de alguien, según su grado de encarnación del espíritu. El hombre perfecto, el hombre transfigurado era para él, el habitado todo entero por la presencia del Espíritu Santo de la cabeza a los pies. “Esto no lo he visto sino una vez en el staretz Silvano, decía, era verdaderamente un hombre de Dios, lleno de humildad y de majestad”.
El joven filósofo no estaba aún ahí. El Espíritu Santo sólo había encontrado paso en él “hasta el mentón”. Cuando pidió al padre Serafín que le hablase de la oración del corazón y de la oración pura según Evagiro Póntico, el padre Serafín comenzó a gemir. Esto no desanimó al joven, que insistió. Entonces el padre Serafín le dijo: “Antes de hablar de la oración del corazón, aprende primero a meditar como la montaña…”. Y le mostró una enorme roca: “Pregúntale cómo hace para rezar. Después vuelve a verme”.

Meditar como una montaña
Así comenzó para el joven una verdadera iniciación al método de oración hesicasta. La primera meditación que le habían propuesto se refería a la estabilidad, al enraizamiento de un buen cimiento.
En efecto, el primer consejo que se puede dar al que quiere meditar no es de orden espiritual sino físico: siéntate. Sentarse como una montaña quiere decir tomar peso, estar grávido de presencia. Los primeros días al joven le costaba mucho quedarse inmóvil, con las piernas cruzadas, con la pelvis ligeramente más alta que las rodillas. Una mañana sintió realmente lo que quería decir meditar como una montaña. Estaba allí con todo su peso, inmóvil. Formaba una sola cosa con ella, silencioso bajo el sol. Su noción del tiempo había cambiado ligeramente. Las montañas tienen un tiempo distinto, otro ritmo. Estar sentado como una montaña es tener la eternidad delante, es la actitud justa para el que quiere entrar en la meditación: saber que está la eternidad detrás, adentro y delante de sí.
Antes de construir una iglesia es necesario ser piedra y sobre esta piedra (esta solidez imperturbable de la roca) Dios podría construir su Iglesia y hacer del cuerpo del hombre su templo. Así comprendía el sentido de la palabra evangélica: “Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
Se quedó así varias semanas. Lo más duro era pasar varias horas “sin hacer nada”. Era menester volver a aprender a estar, simplemente estar, sin objeto ni motivo. Meditar como una montaña era la meditación misma del Ser, “del simple hecho de Ser”, antes de cualquier pensamiento, cualquier placer o dolor.
El padre Serafín le visitaba cada día, compartía con él sus tomates y algunas aceitunas. A pesar de este régimen tan frugal, el joven parecía haber ganado peso. Su paso era más tranquilo. La montaña parecía haberle entrado en la piel. Sabía acoger su tiempo, acoger las estaciones, estar silencioso y tranquilo, a veces como la tierra árida y dura, otras veces como el flanco de una colina que espera la cosecha.
Meditar como una montaña había modificado igualmente el ritmo de sus pensamientos. Había aprendido a “ver” sin juzgar, como si diese a todo lo que crece en la montaña “el derecho de existir”.
Un día, unos peregrinos, impresionados por la calidad de su presencia, le tomaron por un monje y le pidieron la bendición. Al enterarse de esto, el padre Serafín comenzó a molerle a golpes… El joven empezó a gemir.
“Menos mal, creía que te habías hecho tan estúpido como los guijarros del camino… La meditación hesicasta tiene el enraizamiento, la estabilidad de las montañas, pero su objetivo no es hacer de ti un tocho muerto sino un hombre vivo”.
Tomó al joven del brazo y le condujo hasta el fondo del jardín donde, entre las hierbas salvajes, se podían ver algunas flores.
“Ahora ya no se trata de meditar como una montaña estéril. Aprende a meditar como una amapola, aunque no olvides por eso la montaña”.

Meditar como una amapola
Así fue como el joven aprendió a florecer.
La meditación es ante todo un cimiento y eso es lo que le había enseñado la montaña. Pero la meditación es también una “orientación” y es lo que ahora le enseñaba la amapola: volverse hacia el sol, volverse desde lo más profundo de sí mismo hacia la luz. Hacer de ello la aspiración de toda su sangre, de toda su savia.
Esta orientación hacia lo bello, hacia la luz, le hacía a veces enrojecer como una amapola. Aprendió también que para permanecer bien orientada, la flor debía tener el tallo erguido. Comenzó, pues, a enderezar su columna vertebral.
Esto le planteaba algunas dificultades porque había leído en ciertos textos de la filocalia que el monje debía estar ligeramente curvado, con la mirada vuelta al corazón y las entrañas.
Cuando pidió una explicación al padre Serafín, los ojos del staretz le miraron con malicia. “Eso era para los forzudos de otros tiempos. Estaban llenos de energía y había que recordarles la humildad de la condición humana. Doblarse un poco el tiempo de la meditación no les hacía ningún daño… pero tú más bien tienes necesidad de energía y por tanto, en el tiempo de la meditación, enderézate, estáte vigilante, ponte derecho vuelto hacia la luz, pero sin orgullo… por otro lado, si observas bien la amapola, te enseñará no sólo el enderezamiento del tallo sino además una cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del viento y también una gran humildad”.
En efecto la enseñanza de la amapola consistía también en su fugacidad, en su fragilidad. Había que aprender a florecer pero también a marchitarse. El joven comprendía mejor las palabras del profeta: “Toda carne es como la hierba y su delicadeza es la de la flor de los campos. La hierba se seca, la flor se marchita… Las naciones son como una gota de agua de rocío en el borde de un cubo… Los jueces de la tierra apenas plantados, apenas arraigados…, se secan y la tempestad se los lleva como paja” (Is 40).
La montaña le había enseñado el sentido de la eternidad, la amapola le enseñaba la fragilidad del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fragilidad del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer el tiempo en que se nos ha dado florecer, amar en el tiempo en que se nos ha dado amar, gratuitamente, sin por qué; puesto que ¿por qué florecen las amapolas?
Aprendía así a meditar “sin objeto ni beneficio”, por el placer de ser y de amar la luz. “El amor tiene en sí mismo su propia recompensa”, decía San Bernardo. “La rosa florece porque florece, sin por qué”, decía también Angelus Silesius. La montaña florece en la amapola, pensaba el joven, todo el universo medita en mí. Ojal pueda enrojecer de alegría todo el tiempo que dure mi vida”. Este pensamiento era sin duda excesivo. El padre Serafín comenzó a sacudir a nuestro filósofo y de nuevo le cogió por el brazo.
Lo llevó por un camino abrupto hasta el borde del mar, a una pequeña cala desierta. “Deja ya de rumiar como una vaca el sentido de las amapolas. Adquiere también el corazón marino. Aprende a meditar como el océano.

Meditar como el océano
El joven se acercó al mar. Había adquirido un buen cimiento y una orientación recta; estaba en buena postura. ¿Qué le faltaba? ¿Qué podía enseñarle el chapoteo de las olas?. El viento se levantó. El flujo y reflujo del mar se hizo más profundo y eso despertó en él el recuerdo del océano. En efecto, el viejo monje le había aconsejado meditar “como el océano” y no como el mar. Cómo había adivinado que el joven había pasado largas horas al borde del Atlántico, sobre todo de noche, y que conocía ya el arte de poner de acuerdo su respiración con la gran respiración de las olas. Inspiro, expiro… y luego soy inspirado, soy expirado. Me dejo llevar por el soplo como alguien que se deja llevar por las olas. Hacía el muerto, llevado por el ritmo de las respiraciones del océano. Eso le había conducido a veces al borde de extraños desvanecimientos. Pero la gota de agua, que en otro tiempo “se desvanecía en el mar” guardaba hoy su forma, su consciencia. ¿Era efecto de su postura?, ¿de su enraizamiento en la tierra?. Ya no era el ritmo profundizado de su respiración quién le llevaba. La gota de agua conservaba su identidad y sin embargo sabía “ser una” con el océano. De este modo el joven aprendió que meditar es respirar profundamente, dejar ir el flujo y reflujo del aliento.
Aprendió igualmente que aunque hubiese olas en la superficie, el fondo del océano seguía estando tranquilo. Los pensamientos van y vienen, nos llenan de espuma, pero el fondo del ser permanece inmóvil. Meditar a partir de las olas que somos para perder pie y echar raíces en el fondo del océano. Todo esto se hacía cada día un poco más vivo en él y se acordaba de las palabras de un poeta que le habían impresionado en su adolescencia: “La existencia es un mar lleno de olas que no cesan. De este mar la gente normal sólo percibe las olas. Mira cómo de las profundidades del mar aparecen en la superficie innumerables olas mientras que el mar queda oculto en ellas”.
Hoy el mar le parecía menos “oculto en la olas”, la unidad de las cosas parecía más evidente sin que esto aboliera la multiplicidad. Tenía menos necesidad de oponer el fondo y la forma, lo visible y lo invisible. Todo constituía el océano único de su vida.
En el fondo de su alma, ¿no estaba el ruah, el pneuma, el gran soplo de Dios?
“El que escucha atentamente su respiración, le dijo entonces el monje Serafín, no está lejos de Dios. Escucha quién está ahí, al final de tu expiración, quién está en el origen de tu inspiración”. En efecto, había momentos de silencio más profundos entre el flujo y reflujo de las olas, había allí algo que parecía llevar en sí el océano.

Meditar como un pájaro
Estar sobre un buen cimiento, estar orientado hacia la luz, respirar como un océano no es todavía la meditación hesicasta, le dijo el padre Serafín; ahora debes aprender a meditar como un pájaro. Y le llevó a una pequeña celda cercana a su eremitorio donde vivían dos tórtolas. El arrullo de los dos animalitos le pareció de momento encantador pero no tardó en ponerle nervioso. Parece que escogían el momento en que caía dormido para arrullarse con las palabras más tiernas. Preguntó al viejo monje que significaba todo aquello y si esa comedia iba a durar mucho. La montaña, la amapola, el océano, podían pasar (aunque uno pueda preguntarse qué hay de cristiano en todo ello), pero proponerle ahora este pájaro lánguido como maestro de meditación era demasiado.
El padre Serafín le explico que en el Antiguo Testamento la meditación se expresa con la raíz traducida en general al griego por m‚l‚t‚ -meletan- y en latín por meditari-meditatio. En su forma primitiva la raíz significa “murmurar a media voz”. Igualmente se emplea para designar gritos de animales, por ejemplo el rugido del león (Is 31,4), el piar de la golondrina y el canto de la paloma (Is 38,14), pero también el gruñido del oso.
“En el monte Athos no hay osos. Por eso te he traído junto a una tórtola, pero la enseñanza es la misma. Hay que meditar con la garganta, no sólo para acoger el aliento, sino para murmurar el nombre de Dios día y noche… Cuando eres feliz, casi sin darte cuenta canturreas, murmuras a veces palabras sin significado y ese murmullo hace vibrar todo tu cuerpo con una alegría sencilla y serena. Meditar es murmurar como una tórtola, dejar subir ese canto que viene del corazón, como tú has aprendido a dejar que suba a ti el perfume de la flor… Meditar es respirar cantando. Sin quedarnos mucho en su significado, te propongo que repitas, murmures, canturrees lo que está en el corazón de todos los monjes del monte Athos: “Kyrie eleison, Kyrie eleison… ”
Esto no le gustaba mucho al joven filósofo. En algunas bodas o entierros lo había oído traducido por: “Señor, ten piedad”.
El monje se puso a sonreir: “Sí, es uno de los significados de esta invocación, pero hay otros muchos. Quiere decir también “Señor, envía tu Espíritu”, que tu ternura esté sobre mi y sobre todos”, “que tu nombre sea bendito”, etc, pero no busques demasiado el sentido de la invocación. Ella se te revelar por sí misma. De momento sé sensible y estáte atento a la vibración que despierta en tu cuerpo y en tu corazón. Procura armonizarla apaciblemente con el ritmo de tu respiración. Cuando te atormenten tus pensamientos recurre suavemente a esta invocación, respira más profundamente, manténte erguido y conocerás el comienzo de la hesiquia, la paz que da Dios sin engaño a los que le aman”.
Al cabo de algunos días el “Kyrie eleison” se le hizo más familiar. Le acompañaba como el zumbido acompaña a la abeja cuando hace la miel. No lo repetía siempre con los labios. El zumbido se hacía entonces más interior y su vibración más profunda.
El “Kyrie eleison” cuyo sentido había renunciado a “pensar” le conducía a veces al silencio desconocido y se encontraba en la actitud del apóstol Tomás cuando descubrió a Cristo resucitado: “Kyrie eleison”, mi Señor es mi Dios.
La invocación le llevaba poco a poco a un clima de intenso respeto por todo lo que existe. Pero también de adoración por lo que está oculto en la raíz de toda existencia.
El padre Serafín le dijo entonces: “Ya no estás lejos de meditar como un hombre. Tengo que enseñarte la meditación de Abraham”.

Meditar como Abraham
Hasta aquí la enseñanza del staretz era de orden natural y terapéutico. Según el testimonio de Filón de Alejandría, los antiguos monjes eran “terapeutas”. Más que conducir a la iluminación, su papel consistía en curar la naturaleza; ponerla en las mejores condiciones para que pudiera recibir la gracia, que no contradecía la naturaleza sino que la restauraba y cumplía. Es lo que hacía el monje con el joven filósofo enseñándole un método de meditación que algunos podrían llamar “puramente natural”. La montaña, la amapola, el océano, el pájaro, eran otros tantos elementos de la naturaleza que recuerdan al hombre que debe ir más lejos, recapitular, los diferentes niveles del ser o incluso los diferentes reinos que componen el macrocosmos: el reino mineral, el reino vegetal, el reino animal… A menudo el hombre ha perdido el contacto con el cosmos, con la roca, con los animales y esto ha provocado en él desazones, enfermedades, inseguridades, ansiedad. La persona humana se siente “de más”, extranjera en el mundo. Meditar era comenzar a entrar en la meditación y la alabanza del universo porque, como dicen los Padres, “todas las cosas saben rezar antes que nosotros”. El hombre es el lugar en que la oración del mundo toma consciencia de ella misma; está para nombrar lo que balbucean las criaturas. Con la meditación de Abraham entramos en una consciencia nueva y más alta que se llama fe, es decir, la adhesión de la inteligencia y del corazón en ese “tú” que se transparenta en el tuteo múltiple de todos los seres.
Esa es la experiencia de Abraham: detrás del titilar de las estrellas hay algo más que estrellas, una presencia difícil de nombrar, que nada puede nombrar y que sin embargo posee todos los nombres.
Es algo más que el universo y que sin embargo no puede ser aprehendido fuera del universo. La diferencia que hay entre el azul del cielo y el azul de una mirada, más allá de todos los azules. Abraham iba a la búsqueda de esa mirada.
Después de haber aprendido el cimiento, el enraizamiento, la orientación positiva hacia la luz, la respiración apacible de los océanos, el canto interior, el joven estaba invitado a despertar el corazón. “He aquí que de repente tú eres alguien”. Lo propio del corazón es, en efecto, personalizarlo todo y en este caso, personalizar al Absoluto, la fuente de todo lo que es y respira, nombrarlo, llamarle “mi Dios, mi Creador” e ir en su Presencia. Para Abraham meditar es mantener bajo las apariencias más variadas el contacto con esta Presencia. Esta forma de meditación entra en los detalles concretos de la vida cotidiana. El episodio de la encina de Mambr nos muestra a Abraham “sentado a la entrada de la tienda, en lo más cálido del día”; allí acoger a tres extranjeros que van a revelarse como enviados de Dios. Meditar como Abraham, decía el padre Serafín, es “practicar la hospitalidad: el vaso de agua que das al que tiene sed, no te aleja del silencioso son que te acerca a la fuente. Meditar como Abraham, ya lo entiendes, no sólo despierta en ti paz y luz sino también el amor por todos los hombres”. El padre Serafín leyó al joven el famoso pasaje del libro del Génesis en que se trata de la intercesión de Abraham.
“Abraham estaba delante de Yahvé… se acercó y le dijo: ¿Vas a suprimir al justo con el pecador? ¿Acaso hay cincuenta justos en la ciudad y no perdonarás a la ciudad por los cincuenta justos que hay en su seno…?” Poco a poco Abraham fue reduciendo el número de los justos para que Gomorra no fuera destruida. “Que mi Señor no se irrite y hablaré una vez más: ¿Acaso se encontrarán Diez?” (Gen 18,16)
Meditar como Abraham es interceder por la vida de los hombres, no ignorar su corrupción pero sin embargo no desesperar jamás de la misericordia de Dios.
Este estilo de meditación libera el corazón de cualquier juicio y condena, en todo tiempo y lugar. Aunque sean muchos los horrores que pueda contemplar, llama al perdón y a la bendición.
Meditar como Abraham lleva aún más lejos. Las palabras pugnaban por salir de la garganta del padre Serafín, como si quisiera ahorrar al joven una experiencia por la que él mismo había debido pasar y que despertaba en su memoria un temblor casi sutil… esto puede llevar hasta el sacrificio… y le citó el pasaje del Génesis en que Abraham se muestra dispuesto a sacrificar a su propio hijo Isaac: “Todo es de Dios, murmuró el padre Serafín, Todo es de Él, por Él y para Él. Meditar como Abraham te lleva a una total desposesión de ti mismo y de lo que te es más querido… Busca lo que valoras más, lo que identifica tu yo… para Abraham era su hijo único. Si eres capaz de esta donación, de ese abandono moral, de esa confianza infinita en lo que trasciende toda razón y todo sentido común, todo te será devuelto centuplicado. “Dios proveerá”. Meditar como Abraham es adherirse por la fe a lo que trasciende el universo, es practicar la hospitalidad, interceder por la salvación de todos los hombres. Es olvidarse de uno mismo y romper los lazos más legítimos para descubrirnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos y al universo habitado por la infinita presencia del “Único que es”.

Meditar como Jesús
El padre Serafín se mostraba cada vez más discreto. Notaba los progresos que hacía el joven en su meditación y oración. Varias veces le había sorprendido con el rostro bañado en lágrimas, meditando como Abraham e intercediendo por los hombres: “Dios mío, misericordia. ¿Que será de los pecadores?”. Un Día, el joven fue hacia él y le preguntó: padre ¿por qué no me hablas nunca de Jesús? ¿Cómo era su oración, su forma de meditar?. En la liturgia y en los sermones sólo se habla de él. En la oración del corazón, tal como se describe en la filocalia, hay que invocar su nombre. ¿Por qué no me dices nada de eso?”.
El padre Serafín pareció turbarse; como si el joven le preguntara algo indecente, como si tuviera que revelar su propio secreto. Cuanto más grande es la revelación recibida, más grande debe ser nuestra humildad para transmitirla. Sin duda no se sentía tan humilde: “Eso sólo el Espíritu Santo te lo puede enseñar. “Quién es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 22)”. Tienes que hacerte hijo para rezar como el Hijo y tener con quién él llama su Padre, las mismas relaciones de intimidad que él y esto es obra del Espíritu Santo. El te recordará todo lo que Jesús ha dicho. El evangelio se hará vivo en ti y te enseñará a rezar como hay que hacerlo”.
El joven insistió: “Pero dime algo más”. El viejo sonrió: “Ahora, lo que mejor podría hacer sería gemir, pero tú lo tomarías como un signo de santidad; por lo tanto mejor ser decirte las cosas con sencillez. Meditar como Jesús recapitula todas las formas de meditación que te he transmitido hasta ahora. Jesús es el hombre cósmico… sabía meditar como la montaña, como la amapola, como el océano, como la paloma. Sabía meditar como Abraham. Su corazón no tenía límites, amando hasta a sus enemigos, sus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Practicando la hospitalidad con los que se llamaban enfermos y pecadores, los paralíticos, las prostitutas, los colaboracionistas… Por la noche se retiraba a orar en secreto y allí murmuraba como un niño “abba”, que quiere decir “papá”… Esto puede parecer insignificante, llamar “papá” al Dios transcendente, infinito, innombrable, más allá de todo. El cielo y la tierra se acercan terriblemente. Dios y el hombre se hacen una sola cosa… quizás hace falta que alguien te haya llamado “papá” en la oscuridad para comprenderlo… Pero tal vez hoy estas relaciones íntimas de un padre y una madre con su hijo ya no signifiquen nada. Quizás sea una mala imagen. Por eso yo prefería no decirte nada, no usar imágenes y esperar a que el Espíritu Santo pusiera en ti los sentimientos y el conocimiento de Jesucristo para que ese “abba” no saliera de la punta de los labios sino del fondo de tu corazón. Ese día empezar s a comprender lo que es la oración, la meditación de los hesicastas”.

Ahora vete
El joven se quedó algunos días más en el monte Athos. La oración de Jesús le llevaba a los abismos, a veces al borde de una cierta “locura”. “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”, podía decir con san Pablo. Delirio de humildad, de intercesión, de deseo de que “todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad”. Se hacía amor, se hacía fuego. La zarza ardiente ya no era para él una metáfora sino una realidad: “Ardía pero sin consumirse”. Fenómenos extraños de luz visitaban su cuerpo. Algunos decía que le había visto andar sobre el agua o estar inmóvil a treinta centímetros del suelo…
Esta vez el padre Serafín se puso a gemir: “¡­Ya está bien! Ahora vete”. Y le pidió que dejara Athos, que volviera a su casa y que viese allí lo que quedaba de esas bellas meditaciones hesicastas.
El joven se fué. Volvió a su país. Lo encontraron más delgado y no vieron nada espiritual en su barba más bien sucia ni en su aspecto más bien descuidado… Pero la vista de su ciudad no le hizo olvidar la enseñanza de su staretz.
Cuando estaba muy agobiado, sin nada de tiempo, se sentaba como una montaña en la terraza del café.
Cuando sentía en él orgullo o vanidad, se acordaba de la amapola (“toda flor se marchita”) y de nuevo su corazón se volvía hacia la luz que no pasa nunca.
Cuando la tristeza, la cólera, el disgusto, invadía su alma, respiraba profundamente, como un océano, volvía a tomar aliento en el soplo de Dios, invocaba su nombre y murmuraba: “Kyrie Eleison”.
Cuando veía el sufrimiento de los seres humanos, su maldad y su impotencia para cambiar nada, se acordaba de la meditación de Abraham.
Cuando le calumniaban, cuando decían de él todo tipo de infamias, era feliz meditando con Cristo…
Exteriormente era un hombre como los demás. No intentaba tener “aire de santo”…
Había olvidado incluso que practicaba el método de oración hesicasta; simplemente intentaba amar a Dios cada momento y caminar en su presencia.

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6 comentarios »

  1. Hola, ¿qué tal?. Gracias por colgar este texto al hilo de la conversación surgida. Lo he leído con detenimiento y me ha parecido muy bonito. A veces hasta me identifiqué con el joven, pues hace años, cuando uno se adentró un poco en la obra Philokalia, pensé en la posibilidad de visitar temporalmente el Monte Athos.

    Llama la atención una cosa: los grados naturales de meditación (montaña, amapola, océano) que propone el Staretz al joven, se identifican con la meditación budista, sobre todo en su variante zen (taoístas y budistas parecen más amantes de un cierto impersonalismo y piedad natural).
    Incluso la meditación de los “pájaros” no deja de ser una suerte de mantra, aunque muy completo. Por experiencia puedo decir que la oración del Señor, bien efectuada, no sólo induce a la concentración, sino que despierta la consciencia justa de uno mismo y el recto remordimiento, la captación cotidiana de los comportamientos impropios.

    En cuanto a los demás grados (meditar como Abraham, como Jesús), cada cual incorporando al anterior, reflejan el mundo del personalismo espiritual, más propio de las religiones del libro. Visto así, parece que la meditación hesicasta incorpora los modos de meditación extremo-orientales e hindúes, y añade los suyos. ¿No es así?

    Veo también una relación de este texto con el comentario de “Tradicionalista” (en G. a la luz de la tradición) acerca del posible intento de Jesús de revivir “el espíritu de la letra” del Judaísmo, y con ello, el esoterismo vinculado a él. Lo digo por las hermosas interpretaciones del sacrificio de Abraham, la zarza ardiendo etc, que aparecen en el texto. Si entendemos que el esoterismo judío es el conocimiento profundo del hombre y su relación con Dios y el Mundo, entonces, la enseñanza de Jesús sí puede ser tenida por una suerte de afloramiento de ese espíritu de la letra, aunque en su caso la verdad se muestra con otros ropajes; a culturas y épocas diferentes, enseñanzas distintas.

    “Aspirante a domador” también lleva razón al decir que el camino hesicasta se muestra, en principio, muy alejado de los occidentales. Ya no sólo por la extrema dureza del mismo, derivada del retiro y aislamiento radical, sino por la situación actual en el Monte Athos. Baste decir que los visitantes han de conseguir un permiso especial para entrar en el monte, y sólo se les permite estar cuatro días. Ahora, ha habido gente que entró de visitante y se quedó un tiempo. No creo que le detengan a uno por estar más de lo debido, no van a subir a buscarte. Aquello debe ser precioso, con el mar, la montaña…

    De todos modos piensa uno que no es necesario vivir en el Monte Athos, ni ser seguidor de un gurú para profundizar en el conocimiento de uno mismo e ir con paso firme a buen puerto. Aunque sean necesarias cierta acciones y el abandono del caos infernal en que vivimos, no hay que olvidar palabras de Chuang Tzu: “el hombre perfecto deber saber ir y venir como el común de los mortales”.

    Comentario por Nando — Lunes, 30 octubre, 2006 @ 8:55 pm |Responder

  2. pero gurdjieff nunca propuso semejante cosa, al contrario, jusstamente por eso es su camino un camino para occidente.

    Comentario por virtual — Sábado, 3 febrero, 2007 @ 3:14 am |Responder

  3. Ya que han sacado el tema del sabio griego-armenio trataremos de hacer ver que la fuente principal de su enseñanza puede ser la profunda psicología del Hesycasmo. Lo veremos al hablar de St.Teófano el Recluso, la oración y otras joyas.
    Pero antes que nada, ¿qué cosa no propuso Gurdjieff? ¿el retirarse temporalmente al Monte Athos? ¿el hacerse un asceta al modo de los Padres del Desierto? ¿el cristianismo esotérico del Hesycasmo?

    Claro está que Gurdjieff propuso un modo de “trabajo integral” para Occidente, como alternativa al camino del monasticismo y la áscesis. Una dinámica que “integrase” los caminos del faquir (cuerpo), del monje (emoción) y del Gnana yogui (Intelecto Superior). “Integrarlos”, no condenarlos, ni anularlos, ni deformarlos…Servirse de sus particularidades en la vida cotidiana, salvando los posibles ropajes culturales, yendo a lo esencial, a lo universal. He ahí el gran aporte del sabio armenio.

    El hecho de integrarlos tampoco implicaría una “mezcolanza aleatoria” de los mismos. De hecho –y para hilar con el tema del Cristianismo ortodoxo– la enseñanza de Gurdjieff tenía una íntima relación con el Cristianismo auténtico, hasta el punto de que recomendó a alumnos suyos estudiar Philokalia, como se desprende de los comentarios de Ouspensky (ver libro Psicología de la posible evolución del hombre). Curiosamente, el discípulo de Ouspensky, Gerald Palmer, fue el primer traductor inglés de fragmentos de Philokalia. Y la co-traductora, Madame Kadlouvobsky, secretaria de Ouspensky. También se ve la relación en las ideas de Gurdjieff acerca de la oración hesycasta, las técnicas espirituales monásticas, la liturgia ortodoxa etc. Leer “atentamente” los libros aclara muchas cosas, pero casi nadie lo hace. Ademas, véase la cita siguiente:

    “–¿Qué relación hay entre la enseñanza que usted expone y el cristianismo tal como nosotros lo conocemos?, preguntó alguien (un alumno).
    –No sé lo que ustedes saben sobre el cristianismo, contestó Gurdjieff, poniendo énfasis en esas palabras. Sería necesario hablar durante mucho tiempo a fin de aclarar lo que ustedes entienden por ese término. Pero para los que ya saben diré, que éste es “el cristianismo esotérico”. Hablaremos a su debido tiempo del significado de esas palabras”. (Fragmentos de una enseñanza desconocida, Ouspensky, Ed.Ganesha, p.163).

    El Cristianismo esotéricco. Ahí es nada. Más claro que el agua. Sobre las lúcidas observaciones que G. desarrolló sobre el Cristianismo podría hablarse largo y tendido. Con todo, nos limitaremos a perfilar un par de detallitos, no vaya a ser que alguien tome el asunto por un desvarío.

    Los que han estudiado la enseñanza de Gurdjieff, tanto práctica como intelectualmente (con los escritos de Ouspensky, Maurice Nicoll, J.G.Bennett…), saben de la importancia del trabajo espiritual “simultáneo” de mente, cuerpo y emoción, y conocen la explicación de Gurdjieff de la oración hesycasta del Señor etc (Fragmentos p.438-439). Pues bien, veremos que todo eso ya lo reflejó en sus obras St.Teófano el Recluso (1815-1894), uno de los más grandes Staretz y máxima autoridad espiritual de la Iglesia ortodoxa de la época. Casualmente escribió con profusión durante el mismo período (del 1879 al 1984) en que el entonces joven Gurdjieff se hallaba estudiando con el Padre Evlissi (Bogatchevsky) y el Padre Evlámpias, monjes ortodoxos. No olvidemos tampoco que Gurdjieff anduvo preparándose para el seminario. Informaciones éstas que él mismo relata en su Segunda Serie de escritos más o menos autobiográficos. Ahí dice cosas como: “Visitaba diferentes monasterios. Interrogaba a hombres reputados por la fuerza de su sometimiento religioso. Leí las Santas Escrituras, la vida de los Santos. Hasta por tres meses fui el sirviente del célebre Padre Eulámpias en el monasterio de Sanaine, y me dirigí en peregrinaje a casi todos los “lugares santos” de diversas creencias, tan numerosos en Transcaucasia. (Gurdjieff, Encuentros con hombres notables, Ed.Ganesha, p.104).

    Pero vayamos a ver al amigo St.Teófano, autor de dos auténticas joyas de la literatura espiritual cristiana: La Vida Espiritual y cómo ser fiel a ella y el El Sendero hacia la Salvación. En http://www.orthodoxinfo.com/praxis hay fragmentos de las mismas en inglés. St.Teófano manifestó en The Path to Salvation:

    “En el alma hallamos tres poderes: el intelecto, la voluntad y el corazón, o como dicen los Santo Padres, lo intelectual, lo desiderativo y el poder ardiente purificador, a cada uno de los cuales los santos ascetas asignan ejercicios curativos particulares”. Algo muy próximo a la idea gurdjieffiana de la trinidad creativa. Aún más afín, si cabe, es lo que sigue.

    Al hablar en esa obra del ejercicio de la oración, propio del poder del corazón (fuego emocional), St.Teófano describe 14 consejos para la oración, y llama la atención esto:

    “11. Existen grados de oración. La primera etapa es la oración del cuerpo, mediante la lectura, vida erguida y prosternaciones…La segunda es la oración atenta: la mente se recoge en sí misma al orar, y pronuncia todo en estado de alerta, sin distraerse…Esto es oración activa. La tercera etapa es la oración del sentimiento –la atención calienta el corazón, y lo que fue pensado con atención se siente ahora en el corazón [emocionalmente]…Quienquiera que haya alcanzado el sentimiento ora sin palabras…La oración del sentimiento viene a ti en la Iglesia o en casa…Éste es el consejo común de los santos –no abandones tu atención: cuando el sentimiento está presente, suspende las demás actividades y permanece en él. (…) 13. Cuando el sentimiento de oración se torna incesante, entonces comienza la oración espiritual, cual don del Espíritu de Dios que ora por nosotros. Esta es la última etapa realizable de oración. Pero se dice que hay también una oración que es incomprensible a la mente, o sobrepasa los límites de la conciencia ordinaria (como es descrito por St.Isaac el Sirio)” http://www.orthodoxinfo.com/praxis/soul_powers.aspx.

    St.Teófano va incorporando cada uno de los grados de oración (corporal o sensitiva, mental o atencional, y emocional), y destaca que es precisamente el sentimiento lo que “neutraliza” el conflicto entre la mente parlanchina y el cuerpo perezoso, estableciendo una armonía trinitaria esencial, el equilibrio cristiano de Cuerpo, Alma y Espíritu. Orar no significa sólo recitar palabras. Vivir con atención alerta es el supremo modo de oración, es la oración del silencio. Y para ello “hay que aprender a sentir más, y pensar menos” (Gurdjieff).

    Este texto sirve de complemento al relato que colgó Aspirante en esta sección. Y además es útil para comprender que la conexión entre la psicología del cuarto camino y la del Hesycasmo es evidente; aunque tal vez no sea éste el lugar apropiado para mostrarlo con todo lujo de detalles. Es necesario, empero, destacar la coincidencia de ideas en lo que ataña a la interacción de los centros principales (cuerpo, mente y emoción) en el ejercicio espiritual, y el papel esencial que juega el sentimiento, que es –como indicaba Gurdjieff– el “factor neutralizante” entre el intelecto (lo activo) y el cuerpo (lo pasivo). La Ley de Tres o Santa Trinidad –central en su enseñanza, en el Cristianismo e Hinduismo– nos dice que sólo hay progreso, creación o manifestación de algo nuevo cuando las tres fuerzas actúan a la vez: la Activa, la Pasiva y la Neutralizante. La dualidad, por sí misma, es conflictiva. Ha de haber equilibrio, ha de haber Tao. Pese a que en el equilibrio se produce “fricción”, “fuego purificador”, “vida”. En ese orden de cosas, G. decía que sólo comenzamos a “despertar” cuando vivimos con los tres centros, mente, cuerpo y emoción, equilibrados, cada uno desempeñando su papel. El genuino estado de alerta al que aluden los grandes maestros implica ser Inteligentes, Sensibles y Receptivos.

    La psicología de la religión de G., explicada muy bien por Ouspensky y el psicólogo Maurice Nicoll, nos habla de dos centros anímicos superiores “siempre presentes y activos” (el Centro Emocional Superior y el Centro Intelectual Superior), a los que sólo se accede cuando los centros inferiores (cuerpo, mente y emoción) funcionan armónicamente. Lo superior siempre llama a la puerta, pero insistimos en mantenerla cerrada con nuestro embotamiento. Esos centros se relacionan, sin duda, con “la oración incomprensible a la mente, que sobrepasa los límites de la conciencia ordinaria”, de la que habla St.Teófano. Especialmente con el Centro Intelectual Superior, relacionado con la Luz divina, el silencio en “la nube del no saber” o “noche del alma”. El CES, en cambio, funciona a base de imágenes o iconos arquetípicos, como el Mundus Imaginalis de Corbin. Esos dos Centros Superiores de Conocimiento se corresponden “respectivamente” con el Noûs (Intelecto o Mente superior) y la Psyche plotinianos, el Dharmakaya y Sambhogakaya del Budismo Mahayana etc. Adviértanse igualmente las referencias de Clemente de Alejandría y otros Padres de la Iglesia al Noûs, Logos etc. Hay que tener en cuenta que existen diversos tipos de experiencias meditativas y místicas, y que cada cada una de ellas va ligada a diversos estadíos de consciencia y realidad. Los esquemas de Gurdjieff son muy valiosos a la hora de estudiar estas dimensiones fenomenológicas, por eso han influido tanto en pensadores destacados contemporáneos como Ken Wilber, Charles Tart etc.

    Hay muchas más citas de Teófano el Recluso y de Philokalia que reflejan claramente la psicología mística de Gurdjieff, pero dado que estamos en el apartado de oración hesycasta nos circunscribiremos a ella. Pero por hoy es suficiente. Otro día mostraré las palabras de Gurdjieff acerca de la oración hasycasta y algún otro texto de interés.

    Comentario por Nando — Lunes, 2 julio, 2007 @ 7:59 pm |Responder

  4. Excelente comentario, sería entonces complementario el camino de la iglesia ortodoxa con la enseñanza de Gurdjieff, o en todo caso desde su perspectiva puedo tomar el camino de G sin ser ortodoxo?
    Gracias

    Comentario por virtual — Viernes, 20 julio, 2007 @ 5:51 pm |Responder

  5. Hola de nuevo.
    Que la enseñanza de Gurdjieff y el Cristianismo reflejado en los Evangelios o los escritos de los místicos hesycastas son complementarios es algo que se muestra con claridad al realizar un serio estudio comparativo. De hecho Gurdjieff habló más del Cristianismo y de lo que significa ser un auténtico cristiano que de cualquier otra religión, aunque aconsejó respetar a todas, por ser portadoras de mensajes de Verdad.

    De todas maneras, salvando el hecho de que la enseñanza original cristiana se conservó mejor en la vertiente eclesiástica oriental, no hay que olvidar que la Iglesia ortodoxa también degeneró, desarrollando manifestaciones contrarias a la enseñanza de Jesús. Los grandes maestros hesycastas serían la excepción, claro está, pero la Iglesia ya no está dirigida por hesycastas como St.Teófano; de ser así, otro gallo habría cantado. En este orden de cosas cabe citar unas irónicas palabras que Gurdjieff escribe al hablar de la progresiva degeneración de las religiones: “los adeptos de esa gran enseñanza religiosa [el Cristianismo], … se dividieron en varias sectas a causa de detalles exteriores de poca importancia y dejaron de llamarse simplemente “cristianos”, como se llamaban a sí mismos los primeros seguidores de tal enseñanza, pasando en su lugar a llamarse “ortodoxos”, “zebrodoxos”, “ypsilodoxos”, “jamilodoxos” y otros nombres terminados en doxo”. (Relatos de Belcebú, Cap.38, La Religión). Ese tipo de neologismos, muy típicos de Gurdjieff, tienen en muchas ocasiones un tono sarcástico. En el fondo viene a decir que la genuina espiritualidad exige poner énfasis en el espíritu de las enseñanzas (que es universal) y no en las etiquetas sectarias y los detalles superficiales. Por ello me parece un error seguir atribuyendo tanto valor a conceptos como “ortodoxia”. Muchas veces la ortodoxia es sinónimo de estancamiento o muerte, y no necesariamente de conservación de la esencia. Tampoco merece la pena seguir enfatizando el concepto de “escuela del cuarto camino”, cuando sabemos que hoy es una etiqueta que alude a una serie muy heterogénea de grupos que mezclan retazos de aquí y de allá, considerándose depositarios de una supuesta línea original “ortodoxa”. Es un cuento que se repite también en las religiones y sus sectas o grupos escindidos (secta viene de sectum, corte). En la tercera serie de escritos, La vida es Real sólo cuando Yo Soy, Gurdjieff se anticipa aludiendo al fenómeno de la división y divergencia entre los grupos del cuarto camino; él previó se iba a armar la gorda tras su muerte.

    A mí me gusta ver su enseñanza como una magnífica cartografía de los diversos aspectos sutiles de la mística y la religión, sin perder de vista sus ideas originales, como la visión de que es posible y necesario trabajar en medio de circunstancias adversas, algo enfatizado constantemente por Gurdjieff. Sus ideas, tal vez más antiguas de lo que se piensa, son un gran complemento para muchos sadhanas, y en ciertos casos podrían ser útiles para forjar un aunténtico grupo de trabajo. En este sentido no veo por qué no iban a ser complementarias las ideas de Gurdjieff con el llamado Cristianismo “ortodoxo” (luego hablaremos de éste). Es más, Gurdjieff propuso visiones que ayudan a reconstruir tanto el sentido original del Cristianismo, y sus argumentos al respecto son impecables, su lógica es aplastante. Señalaba, por ejemplo, que ser cristiano implica muchas cosas, entre ellas “ser capaz” de amar conscientemente a todo el mundo y con independencia de las circunstancias, voluntariamente: “¿Puede usted amar a pedido?” -decía- (Perspectivas desde el mundo real, p.138, Ed.Ganesha). ¿Cuántos son capaces de hacer eso? De ahí que muchos de los que se consideran cristianos deberían aprender primero a medir sus palabras, ya que no basta querer ser cristiano. Pocos maestros han sido tan francos y certeros como G. en estas cuestiones. Tal vez por ello lo maldigan tanto. Atacar la verdad se ha convertido en una norma.

    Asimismo es necesario precisar al máximo cuando se habla de “camino de la Iglesia ortodoxa”. Tal vez sería mejor hablar de Hesycasmo, que parece circunscribir el asunto al campo más profundo del Cristianismo que aquí nos interesa. Bien es cierto que el Cristianismo primitivo no implicaba llevar una vida monástica, o ascética, como la de los hesycastas, ni mucho menos; posiblemente funcionaba abiertamente, inmerso o mezclado con la vida corriente; pero el Hesycasmo, que se remonta como mínimo al S.IV d.C, conserva técnicas antiguas que tampoco son del todo incompatibles con la vida occidental. La prueba está en que Gurdjieff las tomó para aplicarlas dentro del caos existencial de Occidente. Aunque sí es cierto que para saborear mejor el auténtico Cristianismo deberíamos aprender a vivir más en contacto con la naturaleza, ser más comprensivos con los demás, recordar la impermanencia en medio de un autobús repleto o un atasco, saber manejar con sosiego e inteligencia la negatividad de nuestra frenética sociedad etc. Ya dijo G. que eso es lo más difícil, aunque es la vía más rápida hacia el despertar. Y un asceta, quiéralo o no, se verá privado de cierto tipo de experiencias molestas que son necesarias para crecer interiormente. Una de las grandes ideas de Gurdjieff es que el sufrimiento y los inconvenientes desempeñan un papel esencial en la evolución consciente, lo cual se desprende también de lo dicho por Jesús, quien supo vivir entre víboras y cargar con su cruz hasta el último momento.

    En otros lugares de los Relatos Gurdjieff afirma que la profunda enseñanza de Jesucristo fue deformada una y otra vez, llegando a convertirse en algo así como un “cuento de hadas”. Aunque aseguró que la hermandad de los Esenios conservó la enseñanza original de manera intacta hasta nuestros días (algo análogo dijo del Islam, señalando a los derviches como depositarios de la enseñanza original del Profeta). También afirmó haber hallado fragmentos de Gran Conocimiento en la liturgia ortodoxa. Ouspensky relató:
    “G. nos dio algunas explicaciones muy interesantes sobre las diversas partes de la liturgia ortodoxa (…) La idea era que la liturgia evoca desde las primeras palabras, por así decirlo, todo el proceso cosmogónico, repitiendo todas las etapas y todas las fases de la creación. Me sorprendió particularmente el constatar hasta qué punto, según las explicaciones de G., todo había sido conservado bajo su forma pura (…) Gracias a sus explicaciones pude ver que tomamos por alegorías muchas cosas donde no existe alegoría alguna y que, al contrario, deben ser comprendidas mucho más simple y psicológicamente (…)
    Todos los ritos y ceremonias tienen valor cuando se ejecutan sin ninguna alteración, dijo G.. Una ceremonia es un libro donde están escritas mil cosas. Quienquiera que comprenda podrá leerlo. A menudo un solo rito tiene más contenido que mil libros. Al precisar lo que se ha conservado hasta nuestros días, G. indicaba al mismo tiempo lo que se había perdido y olvidado. Hablaba de las danzas sagradas que acompañaban a los servicios en los “templos de repeticiones”, y que hoy día están excluidas del culto cristiano. Hablaba también de diversos ejercicios y posturas que corresponden especialmente a las diferentes oraciones, es decir a las diferentes formas de meditación; explicaba cómo se podía adquirir control sobre la respiración e insistía en la necesidad de ser capaz de tensar o de relajar a voluntad cualquier grupo de músculos…en fin, enseñó muchas cosas relacionadas, por así decirlo, con la “técnica” de la religión” (Fragmentos, p.440, Ed.Ganesha).

    Eso es sólo una pequeña muestra de la cantidad de relaciones que podrían establecerse entre lo enseñado por Gurdjieff y el Cristianismo. Así pues, saque cada cual sus propias conclusiones y no se dejen engañar por las frágiles opiniones fruto de esta sociedad de la des-información en que vivimos. Es muy fácil difundir ideas erróneas sacando las cosas de contexto y sin citar una sola referencia o alusión a los escritos. Muchas veces todo se reduce al “tengo un amigo que dice”…”Menganito cuenta que”…”a mí me parece”…Y así no se va a ninguna parte. Queda pendiente el texto de Gurdjieff acerca de la oración hesycasta. Hasta la próxima.

    Comentario por Nando — Martes, 31 julio, 2007 @ 12:47 am |Responder

  6. Excelente artículo y blog.
    Manuel.

    Comentario por Manuel — Domingo, 8 junio, 2008 @ 11:52 pm |Responder


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