Cabalgando al Tigre

Martes, 7 noviembre, 2006

El instinto de la muerte

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:28 am

cezannepyramid-skulls.jpgOs dejo a continuación algunos fragmentos del libro El instinto de la muerte, escrito por el Dr. R. Nóvoa Santos y publicado por Javier Morata Editor, Madrid 1927. Aún no siendo estrictamente la obra de un pensador, su profesión, que le enfrentaba al dolor y a la muerte constantemente, en combinación con su formación, le habilitan para dar opiniones interesantes sobre estos aspectos de la existencia, por más que no comparta algunas de su consideraciones.

“Otra de las fuentes que alimenta el temor a la muerte, es la creencia de que nuestra extinción resulta físicamente dolorosa. Ningún dolor experimenta el hombre cuando un brusco accidente le anubla la consciencia, o cunado se consume en el lento y suave agotamiento de la vejez. Aun en el caso de que la agonía tenga la apariencia de una lucha aterradora, parece tratarse más bien de un cuadro engañoso que sobrecoge al espectador, pero que respeta a la víctima próxima a abatirse. Algunos de los que se han encontrado en el trance de morir, y luego volvieron a la plena posesión de la vida sana, han revelado que en la proximidad del momento decisivo se experimenta un indefinible sentimiento de bienestar, una ventura sin límites y una exaltación dulce y serena del espíritu.[…]. Ni aun parece sufrir el hombre en la agonía más aparatosamente cruel. Las muecas de dolor, la inquietud, las contorsiones que sacuden el cuerpo, el extravío de la mirada… todo, en suma, lo que parece traducir un sufrimiento real del moribundo, son gestos que se desatan al margen de todo dolor, en virtud de mecanismos fisiológicos que no irrumpen en la consciencia, ya muerta, del agonizante. Trágica en la forma, en el gesto, pero suave, mansa y dulce como una novia, nos recoge la muerte.” (Págs. 22-25)

“He aquí la triada sobre la que culmina el temor a la muerte: dolor por lo que dejamos en esta vida; cobardía ante la perspectiva del póstumo sufrimiento, y miedo de lo desconocido e incognoscible de ultratumba. Ante este tríptico debemos confortar el corazón, si no con aquella leopardina gentileza del morir, con la dulzura de naufragar en el océano de lo Infinito,
Il naufragar m’é dolce in questo mare,
según cantó el afligido poeta, por lo menos, con la serena resignación del que sabe ver lo inevitable. Es seguro, no obstante, que muchas personas abandonan la vida sin la menor amargura, y que otras la ofrendan, henchidas de contento, a sus dioses o a sus ideales profanos. Como un sol que se levanta, alumbra el «deseo de morir» en el alma del místico, del amante, del desesperado y del que siente saciedad de la vida; deseo que se torna a veces consecución, trepando por pasos tortuosos o caminando por vías rectas y claras. En la Historia hay ejemplos de estos virtuosos de la muerte: Erasístrato, Zenón, Séneca, Cornelio Rufo, Sócrates, el filósofo indio Calano, Cleopatra, Aníbal… Pero no son sólo mártires, y filósofos, y enamorados, y guerreros, quienes ofrendan voluntariamente sus vidas. Si éstos son como estrellas magnas que dejaron prendida su luz en las páginas de la Historia, hay también una espléndida nebulosa insoluble de gente humilde, desconocida y olvidada, por lo común miserable, que marcha sin protesta ni disgusto camino de la muerte, o que va hacia ella con el contentamiento de que realiza su destino. Salvajes de tribus africanas y de indios americanos marchan tranquilos y sonrientes al patíbulo, al igual que muchos malhechores de nuestros pueblos civilizados. Gimnosofistas de la religión de Brahma, que se dan muerte voluntaria, para regalo de su dios; y meriahs indostánicos que, por motivos rituales, se sacrifican en honor de la divinidad, acostándose sobre los leños de la pira, o entregándose para ser descuartizados. Hay, pues, además del temor a la muerte, otro sentimiento antagónico, que se define como «deseo y placer de morir», y, para algunos casos, como «absoluta indiferencia ante la muerte». Nosotros hemos de aspirar a librarnos del horror que todavía nos causa el pensamiento de la muerte, y hemos de pensar que la alegría del pensamiento postrero sólo estará a nuestro alcance cuando sepamos sentir a tiempo la saciedad de la vida, o, en otros términos, cuando cultivemos el instinto, hoy adormecido o reprimido, de la muerte.” (Pág. 28-30)

“Nuestro empeño debe tender a morir a tiempo, cultivando para ello el sentimiento de saciedad de la vida. Para quien sucumbe sin haber experimentado hartura de vivir, es la vida la que está saciada de él. ¡O saciados nosotros de vivir, o saciada la vida de nosotros! Siempre se muere a tiempo, si no a tiempo para ellos, a tiempo para la Vida; pues hay que contar en todo momento con la fuerza selectiva de un designio desconocido, para el cual todo ocurre en el instante preciso. […]. Hay una aparente antagonía entre el instinto de la muerte y la voluntad de vivir. Eclipsado por la pasión de vivir, el instinto de la muerte no nos sacude tan impetuosamente como el instinto de la vida, y, sin embargo, se alimentan ambos de la misma savia y representan dos aspectos de una misma fuerza creadora. […]. No creo que se haya expresado con mayor sencillez el papel de estas dos fuerzas, antagónicas en apariencia, pero convergentes en el fondo, que en estas palabras del filósofo Heráclito: «El mundo no es más que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto de vivir».” (Págs. 40-44)

“Otro aspecto está en discriminar si es lícita la práctica del «homicidio misericordioso», siempre que un enfermo incurable o un herido letalmente mutilado solicitan les sea abreviada la existencia para librarse del dolor. ¡Claman que se les remate, por misericordia! […]. Quienes condenan este sagrado derecho a disponer de la propia existencia, echan en cara la falta de valor personal que representa la voluntaria renunciación a la vida. Si renuncian a vivir para sustraerse al dolor físico, o a la ruina moral, o al castigo merecido, o al tedio de la vida, es porque les falta valor para soportar una cualesquiera de estas graves cargas. Tanto el suicidio como el homicidio misericordioso son pecados de cobardía. Pero ¿hemos de ser todos igualmente valerosos? Además, quien haya oído expresarse a algún enfermo o a algún amigo infeliz con estas palabras: «Me falta valor para privarme de la vida», convendrá en que todos, advocadores e impugnadores, están en lo cierto, pues no se trata de un acto de valor ni de cobardía, sino de una «anticipación», que tiene siempre una sólida base endospectiva. Filósofos y poetas han defendido el libre renunciamiento a la vida. Entre los poetas, ninguno cantó tan repetidamente el suicidio como Leopardi, que experimentaba un «ardiente deseo de vindicarme sobre mí mismo, y con mi vida, de la necesaria infelicidad inseparable de la existencia mía». El dolor físico, la pavura moral, la infelicidad, justifican la renunciación a la vida, y, sobre todos, el amor, que es, juntamente con la muerte, las «dos bellas cosas que tiene el mundo»:
Hasta la indolente plebe,
el hombre de la villa, ignorante
de toda virtud que de saber deriva;
hasta la doncella tímida y esquiva
que ya de la muerte al nombre
sintió erizarse sus cabellos,
atrévese en la tumba, en los fúnebres velos,
a detener la mirada de constancia plena,
atrévese el hierro y el veneno
a meditar largamente.
Y en su indocta mente
la nobleza de morir comprende.
[…]. El combatiente que marcha seguro de entregar su vida en el campo de batalla, es un héroe, voluntario o forzado, convencido o sin fe el la causa que defiende; pero el hombre que la rinde a su propia voluntad es un cobarde, o un miserable, o un impío. ¡Oh, lenguaje engañoso y falacia humana! ¡Consolémonos, amigos! Porque la única verdad que todos alcanzamos, aun los más humildes e indoctos, a despecho de las contiendas que sostienen doctores y filósofos, es que todos tenemos el sentimiento del deber de morir, y que todos, igualmente, sentimos en la profundidad de nuestro corazón el derecho que tenemos a disponer de nuestra vida, prenda siempre nuestra, hasta el momento de recogernos en el sosiego de la muerte.” (Págs. 141-145)

“[El dolor,] para el fervoroso creyente, es el resorte que le empuja a la gloria, y para otros, [es] flecha que, al disparase, justifica la renunciación voluntaria de la vida ¿Hay que amarlo, y, si no amarlo y solicitarlo, hay que rendirse ante él; o, por el contrario, hay que despreciarlo y repulsarlo, desviándose de sus acometidas? Ciertamente, es el dolor uno de los móviles de todo progreso, y es seguro que la máxima capacidad para sentir el dolor es signo de superación en el orden de nuestra jerarquía espiritual. Ya el pesimismo schopenhauriano hizo notar que la capacidad dolorífica es el precio de nuestra cultura y de la perfección de nuestra alma. El ser primitivo, rudo, desgajado de una de lar remas de la animalidad, se hizo hombre gracias al dolor. […]. Todas la maravillas logradas después de tantos siglos de lucha – ¡todas las obras del espíritu, y el espíritu mismo!- no representan otra cosa que el botín alcanzado en la lucha contra el dolor eterno. […]. Ahora ya no podemos creer que la flagelación y el martirio voluntarios, y el sufrimiento con que el azar nos sorprende a cada paso, sean uno de los medios para elevar el espíritu. […]. Una cuidadosa serie de observaciones nos ha hecho ver que la capacidad dolorífica está en paralelo con la finura del alma. Las razas salvajes están dotadas de una grosera sensibilidad álgica, y entre nosotros, la gente poco cultivada, los parias y los estúpidos, son mucho más obtusos al dolor que los individuos de superior jerarquía espiritual. La mayor capacidad para sentir el dolor va de la mano con la mayor capacidad para el disfrute de todos los sanos y nobles y refinados placeres. […]. Como el dolor sentido es la expresión de que estamos sometidos a excitaciones desorganizadoras; y como, de otra parte, los organismos tienden automáticamente a conservar su organización, no se puede oponer argumento biológico alguno a las prácticas físicas y morales destinadas a excluir el dolor. Paralelamente a la «eubiasia», a la vida placentera, hemos de considerar la «eutanasia», la buena muerte, la dulce despedida. No son sólo motivos piadosos, sino también móviles biológicos, los que nos mueven a ello. Cada uno es dueño de escoger el método moral o el procedimiento físico que crea más conveniente para aislarse del dolor, pues es seguro que la vía más eficaz para elevarnos, es decir, para purificarnos y superarnos, consiste, no en sufrir, sino en procurar que no nos alcance el sufrimiento.[…]. Al argumento de que al agonizante sometido a la eutanasia artificial se le priva de la necesaria lucidez para alcanzar el favor de la gracia y para disponer de su última voluntad, debemos replicar que los medios de que disponen los médicos permiten aminorar o excluir el dolor y las desagradables sensaciones agónicas, sin cegar por ello la luz de la consciencia. De otra parte, no es bajo la presión del dolor o del la congoja de última hora como mejor se puede orientar la atención y la voluntad del moribundo hacia el objeto perseguido. La postrera oración será más eficaz cuanto mayor sea el sosiego, es decir, cuando el dolor deje libre el camino al recogimiento. Además, «ayudar a bien morir» fue siempre obra misericordiosa.” (Págs. 152-159)

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