Cabalgando al Tigre

Viernes, 5 enero, 2007

Sexo: el andrógino escindido

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 1:09 pm

asito-hermafrodita.jpgA continuación he seleccionado unos párrafos extraídos de El mito del andrógino de Jean Libis, (Ed. Siruela, 2001, trad. de M. Tabuyo y A. López) relacionados con el misterio del dimorfismo sexual, es decir, de la división del ser humano en dos sexos. La disminución ontológica que supone pasar de la relativa (en relación al Absoluto) completitud de la androginia primordial a la irreducible división que presenta el ser humano precipitado al mundo (escindido irremediablemente en dos: hombre y mujer), implica una angustia basal que es inherente a la condición humana. La posibilidad del intercambio sexual se presenta bajo este prisma como un lenitivo del dolor del desarraigo, un remedo de recuperación de la unidad y por tanto del equilibrio, un olvido del sí que, durante un breve lapso, prefigura (o más bien rememora) un grado de perfección que parece radicalmente inalcanzable dentro de la condición humana.
Espero que esta selección os resulte tan sugerente como a mí; el próximo post, que temo será más extenso, consistirá también en algunos párrafos de la misma obra orientados al intento de dilucidar en alguna medida la naturaleza del deseo sexual: casi nada.

———————————————————————————————

“La separación de los sexos constituye una minoración del ser, y la relación de los sexos aparece como un medio al que se recurre a falta de algo mejor: es el ridículo intento de reconstrucción de una autarcía desaparecida. El mito nos muestra que la atracción sexual es una conducta nostálgica.” (Pág. 85)

“Lo que fundamenta la plenitud beatífica de ese Adán andrógino [del que habla Böhme], antes de la caída, no es solamente el hecho de que su naturaleza sea completa y esté en armonía con sus propias partes, sino también que esté, si se puede decir así, «inmerso» en el amor infinito de Dios, de manera que la necesidad de amor de Adán debe estar satisfecha. Aquí, el tema específicamente böhmiano de un deseo que lleva en sí y exige el infinito -es decir, en el fondo, de una deidad inmanente al espíritu humano- viene a combinarse con el tema, fundamental en el cristianismo, del agape, es decir, de un amor generalizado del que Dios es a la vez el centro, la fuente y el fundamento. Si consideramos, por supuesto antes de la caída, al hombre «envuelto» por el agape divino, ¿se podría entender de manera distinta a Böhme, que ve en él un andrógino perfectamente realizado? Pues, al contrario, el hombre de después de la Caída es el ser sexuado, sometido esta vez a los imperativos de Eros y extraviado por no tener la plenitud del agape. La «conducta» erótica es la conducta de la carencia, y todo el discurso platónico, especialmente, ilustra a su manera esta idea. Es al mismo tiempo una conducta de sustitución, pero que reposa sobre una ilusión: a saber, que en lo divino que nos une al ser-otro -sea un hermoso cuerpo o un hermoso espíritu- podemos encontrar la restauración de una beatitud original. Según el lenguaje de la teología, la ilusión suprema consiste en confundir Eros con Ágape, y en enredarse en la aporía interminable de la pasión amorosa. En otras palabras, Eros es desdichado y está condenado a serlo, porque, nostálgico del Ágape, tiene como fin oscuro la reconstitución del imposible Andrógino.” (Pág. 135)

“Así, en Franz von Baader, la restauración de nuestra naturaleza, originalmente andrógina, es una tarea tan esencial como ineluctable. Tendrá lugar al término de la epopeya humana. Pero desde esta vida se puede y se debe preparar y tal vez incluso acelerar su llegada. En este sentido, el amor compartido de hombre y mujer es una verdadera clave, una iniciación a la salvación. Aunque es preciso que el amor evite una doble tentación malsana: la de la pasión egoísta (por la que se ratifica y acentúa la diferencia hombre/mujer) y la de una sensualidad desenfrenada que se tomaría a sí misma como fin; con esta condición, el abrazo físico no es sólo lícito1, sino que su vocación es con toda evidencia «meta-física». «El amor es, en esta tierra, el medio de obtener la redención, pero ese amor debe tener por esencia al ser andrógino, a fin de recuperar la androginia primordial. El amor sólo es verdadero si en hombre y la mujer no son interiormente ni hombre ni mujer. El hombre, en tanto que alma, busca para su imagen masculina devenir imagen femenina. Y la mujer, en tanto que alma, busca para su imagen femenina devenir imagen masculina.» 2” (Págs. 140-141)

“En la fábula de Aristófanes se recuerda la inquietud furiosa de las criaturas mutiladas tras el castigo, es decir, la división [del ser humano en dos sexos] […]: «Cuando el cuerpo hubo sido dividido de esta manera, cada uno, sintiendo la pérdida de su mitad, iba hacia ella; y abrazándose y enlazándose unos con otros con el deseo de fundirse, los hombres morían de hambre y de inanición, pues no querían hacer nada los unos sin los otros» 3. […]. Aquí, el andrógino perdido, y definitivamente perdido, relegado como reminiscencia de lo fue la naturaleza humana, significa que la vida hic et nunc, enredada en una sexualidad aporética, no merece ser vivida. […] La división de los sexos […] es ya, por sí misma, un estado de desintegración y un comienzo de muerte […]. El texto precisa un poco más adelante que cuando Zeus, «apiadado», realiza una intervención que deberá permitir la unión de las mitades separadas, al menos de forma provisional en el momento de la unión sexual, en realidad los dos amantes aspiran, sin saberlo claramente, a algo más que al goce de sus cuerpos. Y sobre ese «algo», la alegoría de Hefesto nos hace saber que lo que los dos amantes desean es fundirse entre sí, morir a su individualidad […]. Quizá sea así porque la experiencia erótica nos da, más que ninguna otra, la impresión, y sin duda la ilusión, de que podemos salir de nuestros límites, escapar de esta envoltura que nos aprisiona. El fantasma del aniquilamiento, la tendencia al sueño postcoital son aquí fenómenos sintomáticos. La unión sexual imita a la muerte, es como su propedéutica iniciática. Si por añadidura está complicada por los mecanismos de la pasión, entonces entrarán en juego procesos efectivamente destructores cuando la pasión sea contrariada: «La posesión del ser amado no significa la muerte, al contrario, pero la muerte está implicada en su búsqueda. Si el amante no puede poseer al ser amado, piensa a veces en matarlo: a menudo preferiría matarlo que perderlo. En otros casos, desea su propia muerte»4. […], el fantasma de la fusión con el otro viene a desencadenarse contra el límite de la propia imposibilidad. «Lo que está en juego en esta furia es el sentimiento de una continuidad posible percibida en el ser amado. Le parece al amante que sólo el ser amado… puede realizar en este mundo lo que prohíben nuestros límites, la plena confusión de los dos seres, la continuidad de dos seres discontinuos. La pasión nos introduce así en el sufrimiento, puesto que, en el fondo, es la búsqueda de un imposible y, superficialmente, siempre la de un acuerdo dependiente de condiciones aleatorias.»5” (Págs. 241-244)

“El amor, cuyo objeto es finalmente él mismo, y no ya una persona, una especie de exigencia absoluta siempre rechazada al límite, no puede encontrar su satisfacción el el marco real de la condición humana, moldeada por una sexualidad equívoca y engastada en instituciones lenitivas. Hipostasiar el deseo amoroso en una figura definitiva es una ilusión que Tristán e Isolda acarician sin asumir; crean obstáculos (poco importa que estos obstáculos estén ligados aparentemente a circunstancias extrínsecas) a fin de diferir el plazo que disipará la ilusión.” (Pág. 245)

“Es necesario, o bien resignarse a vivir el amor humano según la prosa del mundo, o bien, aceptando el paradigma andrógino, correr entonces riesgos inauditos.” (Pág. 255)

——————————————-

1 A diferencia, por ejemplo, de lo que piensa Gichtel, discípulo de Böhme. En la comunidad mixta que había fundado y donde se ensalzaba el ideal andrógino, el ascetismo sexual era teóricamente obligado (cf. S. Hutin, Les disciples de Jacob Böhme, cit., pág. 19).

2 F. von Baader, citado por C. Beaune, Les hermaphrodites, J. C. Simoën, París 1978, pág. 87)

3 Platón, El Banquete, 191b.

4 G. Bataille, La littérature et le mal, Gallimard, París 1957 [La literatura y el mal, trad. de J. Vila Selma, Taurus, Madrid 1959, 1981]

5 Ibid.

Anuncios

2 comentarios »

  1. reconfortante en cierto modo, sobre todo si obviamos la resaca pasional. Una teoria que corrobora con la filosofia del Ying y el Yang y que nos deja con un buen sabor de boca, especialmente teniendo en cuenta la insalubre e insconciente represion catolica…
    Aun asi no deja de quedarse corta, sobre todo al imaginarme aquellos matrimonios obsoletos a partir del quinto año. Lo mejor del articulo, tu ultima cita en la cual y al referirse a “los riesgos inauditos”, nos abre caminos alternativos al de la sexualidad como busqueda de la perfeción, del ser completo, de la unidad.

    Comentario por Pilar — Sábado, 13 enero, 2007 @ 3:31 pm |Responder

  2. Bueno, Pilar, precisamente la pregunta fundamental que yo me hago, y a la que el autor parece contestar negativamente, es: ¿Se puede, a través de la unión sexual, alcanzar esa “unidad” o “completitud” que se vislumbra durante el raptus amoroso?
    En breve colgaré otro post relacionado que tratará del deseo sexual como tragedia.

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 15 enero, 2007 @ 10:36 am |Responder


RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: