Cabalgando al Tigre

Miércoles, 21 marzo, 2007

Contra el progreso y otras ilusiones (II): Las nuevas religiones

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 3:31 pm

gray.jpgEn la segunda entrega de Contra el progreso…, Gray pone de manifiesto hasta qué punto la fe, lejos de haber desaparecido en una sociedad presuntamente laicizada como la occidental, hunde sus raíces en doctrinas que parecen estrictamente seculares, y cómo éstas han arrastrado a la humanidad a situaciones atroces. Aquí, la ciencia, “institución” tan vaga como digna de precaución, promueve nuevos dogmas intocables que, paradójicamente, ella misma remplaza cada poco tiempo sin por ello levantar sospechas (vale, esto no lo dice él, pero aplica, ¿no?). Y es que cada cosa tiene su ámbito, y cuando se pretende que algo se extienda más allá del mismo y se le atribuyen capacidades que por su propia naturaleza le están vedadas, el resultado no puede ser menos que grotesco.

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“De todas las falsas ilusiones modernas, nada hay más alejado de la realidad que creer que vivimos en una era secular. En buena par­te del mundo, la religión prospera con una vitalidad nada propensa a decrecer. Allí donde los creyentes son minoría, como en la Gran Bretaña actual, las fes tradicionales han sido reemplazadas por el humanismo liberal, establecido hoy en día como el credo incons­ciente de los pensadores conscientes. Pero el humanismo liberal es, por sí mismo y de manera muy obvia, una religión, una mala réplica de la fe cristiana, sensiblemente más irracional que el original y, en los últimos tiempos, más dañina. Si tanto cuesta admitirlo, es porque se ha reprimido la religión hasta apartarla de la conciencia del mismo modo que se reprimió la sexualidad en la época victoriana. Ahora, como entonces, el resultado no ha sido la desapari­ción de la necesidad, sino la de su manifestación a través de formas estrambóticas y perversas.” (Pág. 51)

“La influencia del pensamiento humanista en la formación de los peores regímenes del siglo pasado es fácil de demostrar, pero suele pasar inadvertida o ser incluso negada por quienes, sin embargo, insisten machaconamente en los crímenes de la religión. Pero los asesinatos en masa del siglo XX no fueron perpetrados por una San­ta Inquisición puesta al día, sino por regímenes ateos al servicio de los ideales ilustrados del progreso. Stalin y Mao no creían en el pe­cado original. Incluso Hitler, quien despreciaba los valores ilustra­dos de la igualdad y la libertad, compartía la fe de la Ilustración en la capacidad de la voluntad humana para crear un mundo nuevo. Cada uno de esos tiranos imaginaba que el uso de la ciencia podría transformar la condición humana. […].

Hoy en día, resulta ya tópico afirmar que la ciencia ha despla­zado a la religión. En lo que no se repara tan habitualmente, sin embargo, es en que la ciencia se ha convertido en vehículo de cier­tas necesidades que son indiscutiblemente religiosas. Como ante­riormente la religión —aunque de un modo menos eficaz—, la ciencia ofrece actualmente sentido y esperanza. En política, las mejoras son fragmentarias y reversibles; en ciencia, el crecimiento del saber es acumulativo y, en el momento presente, aparentemente imparable. La ciencia transmite una sensación de progreso que la política no puede ofrecer. Es una sensación ilusoria, pero eso no disminuye un ápice de su poder. Puede que vivamos en una cultura poscristiana, pero la idea de la providencia no ha desaparecido: las personas siguen necesitando creer que, entre el caos de los acontecimientos, es posible atisbar una cierta pauta benigna.

La necesidad de religión parece ser consustancial al animal hu­mano. El comportamiento de los humanistas laicos corrobora, sin lugar a dudas, esa hipótesis. Los ateos suelen mostrarse tan fer­vientemente comprometidos como los creyentes y, en muchos ca­sos, son más rígidos en el terreno intelectual. Dialogando con los pensadores religiosos de la Gran Bretaña actual, uno no puede por menos que apreciar que son, en su conjunto, más inteligentes, edu­cados y (sorprendentemente) librepensadores que los no creyentes (por utilizar el apelativo con el que los ateos evangélicos continúan describiéndose incongruentemente a sí mismos). Obviamente, esta situación se debe a numerosos motivos, pero sospecho que la re­presión del impulso religioso es la que mejor explica la rigidez ob­sesiva del pensamiento secular.” (Págs. 54-55)

“La vacuidad de estas esperanzas es la que condena a los medios a propagar fantasías. Nuestros problemas carecen de solución, pero ésa es una verdad muy poco comercial. Si otrora la religión nos per­mitía tolerar esa incómoda realidad, hoy en día se ha tornado prác­ticamente innombrable. Apartado de la política a fuerza de repe­tidos desastres, el sueño de la perfección se ha trasladado a la tecnología. Las películas de Matrix constituyen asombrosos prodi­gios de la técnica. Ahora bien, si algún mensaje hay que extraer de ellas, ése es el de que la tecnología no es magia: no puede variar las realidades de la vida humana.” (Pág. 65)

“Desde que se iniciara en Gran Bretaña hace doscientos cin­cuenta años, la industrialización ha barrido el mundo y ha traído consigo una más prolongada longevidad y unos mayores niveles de vida. ¿Por qué no iba a proseguir ese crecimiento indefinidamen­te? Si se presentan problemas, podrán solucionarse. No parece ha­ber motivo alguno para que nuestro actual modo de vida no dure indefinidamente y se extienda al conjunto de la humanidad.

La creencia de que nuestro estilo de vida puede ser reproduci­do en todo el mundo es hoy aceptada prácticamente por todos. Es una parte intrínseca de la fe en el progreso que ha reemplazado a la religión en las sociedades industriales avanzadas y la base de los programas de desarrollo implantados en todo el mundo. Sin em­bargo, se trata de un sueño no más realizable que las fantasías del socialista utópico de principios del siglo XIX Charles Fourier, quien tuvo una vez la ocurrencia (que ha sido objeto de sobrada burla posterior) de creer que, algún día, los océanos se transformarían en mares de limonada.” (Pág. 68)

 

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2 comentarios »

  1. Muy (im)pertinente la segunda parte de la selección de GRay, aunque a decir verdad tampoco ha descubierto América al afirmar que los humanistas más ateos son en el fondo crédulos y hasta fanáticos en cuanto les tocas su mitología propia.
    En los años 70 cierto ensayista francés (pintoresca mezcla de anarco-marxista y cristiano) ya hablaba de la persistencia de la religión en los regímenes políticos modernos y en la tecnociencia…

    Aquí van los datos (no sé si habrá edición actual del título en español; “Los nuevos poseídos”).

    Ellul, Jacques.

    Les nouveaux possédés. Paris: Arthème Fayard, 1973.

    The New Demons. Trans. C. Edward Hopkin. New York: Seabury, 1975. London: Mowbrays, 1975.
    ——
    Ciao.

    Comentario por BUKOWSKI IN LOVE — Sábado, 24 marzo, 2007 @ 6:23 pm |Responder

  2. No conozco a este autor; gracias por la referencia, le echaré un vistazo. Un saludo.

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 26 marzo, 2007 @ 7:42 am |Responder


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