Cabalgando al Tigre

Lunes, 9 abril, 2007

Evolucionismo (I): Los animales que miraron fijamente a Darwin

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:00 am

 

darwin4.jpgComo prometí en el comentario 3 del anterior post, os dejo a continuación un texto que me ha parecido muy interesante. Corresponde al capítulo 12 del libro El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur, Ed. Atalanta, Girona, 2006 (trad. de F. Almansa Salomó). En el futuro hablaré un poco más sobre esta interesante obra y os dejaré algunos textos más, pero ahora voy a centrarme en el evolucionismo, paradigma que, aunque está en crisis, sigue sustentando la visión del mundo mecanicista y materialista característica de la cultura occidental de los últimos siglos. En el próximo post os dejaré otro fragmento complementario.

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“Cuando Charles Darwin se embarcó, a finales de 1831, en un viaje al Nuevo Mundo que iba a durar cinco años a bordo del Beagle, era un científico en ciernes que sostenía la visión racionalista de la naturaleza propia de la Ilustra­ción, es decir, que ésta era una máquina, tan precisa como un reloj, que un Dios trascendente había puesto en movi­miento dejando que siguiera su propio curso. Al mismo tiempo, no había olvidado en absoluto la reacción román­tica, que veía la naturaleza más poéticamente, a veces de manera panteísta, como un reino de manifestación divina.

Darwin era un hombre imaginativo amante de la poe­sía (El paraíso perdido de Milton era su constante compa­ñía), y su primer encuentro con la naturaleza tropical fue esencialmente romántico, similar a una epifanía. La «exu­berancia salvaje» de la jungla, dice, es como «las glorias de otro mundo»;1 contemplarla es una visión nueva y arro­lladora, «como dar ojos a un ciego».2 El recorrido por la lluviosa selva brasileña le resulta fascinante y profunda­mente conmovedor. Siente una «devoción sublime por el Dios de la naturaleza».3 ¿Cómo podría Darwin expresar tal encantamiento?

Podría haber respondido poéticamente a esa visión y convertirse en una especie de Wordworsth, pero odiaba escribir. Podría haber pasado sus días alabando al Crea­dor de tanta belleza, si hubiera sido el clérigo que estaba destinado a ser. Pero era, y siguió siendo, un científico. Su trabajo no era permanecer abierto a la naturaleza de for­ma imaginativa, sino desglosarla en hechos individuales. Encuentra difícil hacerlo, porque realmente no subscribe la visión ilustrada de la naturaleza como máquina diseña­da por un Dios protestante. Piensa en ella como en un poder creador, fuente de toda forma de vida: «a través de su prodigiosa fertilidad, su poder de variación espontánea y su poder de selección, podría hacer todo» lo que Dios hizo.4 En otras palabras, Darwin imagina a la naturaleza como una especie de diosa. Apenas es consciente de ello, desde luego, pero deja algún indicio, porque en sus escri­tos se disculpa ante los lectores por hablar tan a menudo de la selección natural como si fuera un poder inteligente: «También yo he personificado la palabra naturaleza; pues me ha sido difícil evitar esta ambigüedad».5

Se empieza a notar la disparidad entre su éxtasis inicial y su deber profesional. Su diario cambia de tono. La belleza constante empieza a «desconcertar la mente»; el bombardeo de imágenes, el «caos de deleite», se hace «fa­tigoso»;6 como «un sultán en el serrallo», «se acostumbra a la belleza».7 Peor aún, cada vez le da más vértigo, y fi­nalmente es presa del pánico: «los animales me miran fija­mente a la cara, sin etiquetas ni epitafios científicos». Es un momento decisivo: el momento en que Darwin aban­dona el intento de abrazar a la naturaleza en su totalidad, con sus maravillas y su fecundidad; entonces, desde el temor al «caos», empieza a armarse contra ella con clasi­ficaciones y datos.

Éste, recordemos, es el problema con la Madre Na­turaleza. No es la entidad fija que los científicos, que la ven a través de sus lentes literalistas, querrían hacernos creer. Es un mar de metáforas que nos devuelve reflejado el rostro que le mostramos. La describimos, según la pers­pectiva con la que la observamos, como un enemigo implacable, por ejemplo, o un ritmo inmenso y armonio­so; como una criatura salvaje que debemos domesticar, una ninfa que debe ser respetada o un violento animal con garras y dientes ensangrentados. En la medida en que Darwin se acobarda ante una naturaleza desconcertante y la rechaza, en la misma medida ella vuelve a él, hostil y escalofriante. Hacia los cincuenta años, escribirá sorpren­dentemente: «La visión de una pluma en la cola de un pavo real me pone enfermo cada vez que la miro».8

La náusea de Darwin

El primer encuentro de Darwin con la náusea fue a bordo del Beagle. Estuvo horrible, angustiosamente ma­reado durante cinco años. Nunca se adaptó, nunca se sintió a gusto en el mar, pero, de un modo heroico, ni abandonó ni se volvió a casa, a pesar de que lo deseaba ardientemente, pues sufría también de una nostalgia para­lizante que le impidió percibir la riqueza y variedad de sus últimas escalas, de Tahití a Mauricio. Luchó contra la náusea cumpliendo su deber de naturalista, reuniendo y catalogando tenazmente muestras, anhelando estar en ca­sa y maldiciendo el mar, ese «monstruo furioso» al que toda su vida «odió y aborreció».9


El mareo físico de Darwin es claramente un síntoma de una náusea más existencial. Odiaba el mar porque nunca dejaba de fluir, de moverse, sacudiéndole hasta los cimien­tos. Se puede ver como una metáfora de su propia vida inconsciente y especialmente de sus movimientos, las emociones. Lo sabemos porque, en cuanto llegó a casa, se instaló en la campiña de Kent y apenas se volvió a mover. Cualquier viaje, incluso un viaje de un día a Londres, le hacía marearse de sólo pensarlo, le provocaba violentas náuseas y trataba de retrasarlo tanto como podía.10 Pero el movimiento físico no le afectaba tanto como el movimien­to emocional. Un desacuerdo trivial con un colega le deja­ba postrado con náuseas; el pensamiento de lo que la críti­ca pudiera decir sobre sus libros le hacía vomitar durante horas. Su enfermedad, nunca diagnosticada de manera satisfactoria, que se declaraba cada vez que se movía o era obligado a moverse, hizo que su vida llegara a veces a ser insoportable. «Una tercera parte de su vida laboral la pasó doblado, temblando, vomitando y remojándose con agua helada».11 No sorprende, pues, que la naturaleza, turbu­lenta y caótica como el aborrecido mar, le produjera náu­seas. Cuanto más hermosa era -una pluma de pavo real-, más conmoción y más repugnancia le producía.

La madrastra imbécil

En presencia de la selva virgen, «templos llenos de las variadas producciones del Dios de la naturaleza», el joven Charles no podía evitar sentir que «hay en el hombre algo más que el mero aliento de su cuerpo».12 Éstos eran los templos que él esperaba adorar científicamente. Pero an­tes de que se cumplieran tres años de su vuelta a Inglaterra ya se había convertido en un materialista encubierto. Tuvo que ocultar su creencia porque, aunque el materialismo era corriente en las escuelas médicas más radicales y entre los que se proclamaban ateos, era todavía anatema para la ortodoxia anglicana imperante, y por lo tanto para la res­petabilidad que Darwin temía perder.13

No es que él abrazara el ateísmo, entonces o más tarde. Era ambivalente en la cuestión de Dios, agnóstico, aunque podamos ver cómo, en el transcurso de su vida, el senti­miento religioso de su juventud simplemente se iba desva­neciendo. Era como si ya no le interesara. Cada vez que se le importunaba preguntándole por sus creencias religiosas, daba rodeos o se contradecía.14 Entretanto, su materialismo le decía que no había «nada más en el hombre»: la mente podía ser reducida a materia, a átomos vivos que se orga­nizan a sí mismos; y el pensamiento era meramente una secreción del cerebro, como la bilis que el hígado secre­ta.15 Como he tratado de indicar, es la gran atracción de la «madre» escondida en el materialismo, que conecta todos los acontecimientos psíquicos con los materiales y con­vierte todas las metáforas en mera materia. Tomando literal­mente la metáfora de la «mera materia», Darwin esperaba neutralizar el poder perturbador de la Madre Naturaleza y fijarla en una unidad de significado que le diera la estabili­dad que tanto anhelaba.

Pero la naturaleza no se estabilizaba ni se movía unifor­memente, como la máquina que se suponía quevomit1.jpg era. Cada vez que Darwin la contempla, le hace estremecerse. Pien­sa en ella como una especie de madrastra malvada, aunque imbécil: «desmañada, derrochadora, torpe, grosera y horriblemente cruel».16 No puede soportar la vida, dice, sin la ciencia, su único baluarte contra el mareo y la repugnancia. Lucha por alcanzar el adecuado desapego científico, pero no puede mirar por la ventana de su estu­dio sin acordarse de «la espantosa aunque silenciosa gue­rra de seres orgánicos que se desarrolla en los pacíficos bosques y los amables campos».17

Pero, en realidad, la guerra continúa en otro sitio. Detrás de la sonriente cara pública de Charles, por debajo de la pacífica rutina doméstica, el materialista racional es socavado por una profunda angustia y se siente atormen­tado por los sentimientos nauseabundos del amante de la poesía. Tragándoselos como podía, le eran devueltos como naturaleza demonizada, más vengativa por haberle sido negado el reconocimiento consciente. Sabe que la natura­leza es despiadada porque mató con una de sus enfermeda­des a Annie, su hija pequeña, a la que lloró todos los días de su vida. Cualquier otro se habría vuelto hacia Dios, o le habría echado la culpa. Pero, para Darwin, Dios está demasiado lejos, y los fortuitos actos de brutalidad de la naturaleza son inmediatos. La única manera de habérselas con ella es definirla y confinarla científicamente en una ley. Él la denomina ley de la «selección natural», que será aceptada como el mecanismo de la evolución. Pero hay algo más que un poco de la visión distorsionada de Darwin en esa «ley» que él y sus sucesores afirmaron como una verdad objetiva.

La supervivencia del más apto

La teoría moderna de la evolución afirma que las espe­cies evolucionan hacia otras especies por selección natu­ral. Muy ocasionalmente, una mutación fortuita en la estructura genética de un miembro de una especie favore­cerá su supervivencia. Ese individuo y su descendencia son por ello seleccionados naturalmente para prosperar sobre otros miembros de su especie.

El ejemplo de selección natural que me convenció de su veracidad es el caso de las polillas de Manchester. En el siglo XIX, las chimeneas de las fábricas de los alrededo­res de Manchester vomitaban tanto humo que los árboles se teñían de negro. Una polilla de color gris claro (Biston betularia) permaneció en su corteza y se valió de su camuflaje para evitar ser devorada por los predadores. A medida que los árboles se iban volviendo más oscuros, las mariposas iban «evolucionando» hacia una coloración progresivamente más oscura.18

Imagínense cuál fue mi decepción cuando descubrí que no se trataba de una prueba de selección natural. Lo que en realidad sucedía era lo siguiente: originalmente ha­bía una gran cantidad de polillas grises y unas pocas más oscuras de la misma especie. Las de color más claro eran devoradas porque su camuflaje ya no servía, mientras que las más oscuras prosperaron. No había ningún cambio evolutivo, ni tampoco selección natural, sólo un cambio de población; algo así como si una enfermedad exterminara a los blancos y no afectara a los negros. Aunque esta histo­ria evolucionista fuera verdad, sólo representaría una pequeñísima alteración en una única especie; no habría nada remotamente parecido al cambio de una especie en otra.19

Los darwinistas pueden protestar diciendo que ellos nunca afirmarían que la historia de las polillas es una evi­dencia de la selección natural. Sin embargo, la historia está todavía en libros de texto y enciclopedias; y, aunque no fuera así, los darwinistas de a pie siguen contando orgullosamente el cuento de la polilla. Es un tipo de leyenda que no se preocupan de corregir aquellos que tienen más conocimientos. Más aún que una leyenda: esta era la teoría oficial al menos hasta 1970, cuando el A Handbook of Evolution20 del Museo Británico de Histo­ria Natural describía la «melanosis industrial» de las polillas como «el cambio evolutivo más sorprendente realmente presenciado» y como «prueba de la selección natural».21 Mi opinión es que muchas «pruebas» darwinistas se si­túan en ese nivel; dicho de otro modo, parecen ser una especie de folclore.

Darwin modificó el énfasis de la «selección natural» cuando adoptó la expresión «supervivencia del más apto», de Herbert Spencer (que también acuñó el término «evolu­ción»). Esta expresión es más apropiada a su concepción de la vida como una amarga lucha. Pues lo que sucede, decía Darwin, es que aquellos animales que son más aptos para su entorno son los que tienen más éxito y los que tienen más descendencia. ¿Cómo medimos la aptitud de cual­quier animal? Por su capacidad de supervivencia, dicen los darwinistas. Por eso los más aptos sobreviven, y aque­llos que sobreviven son los más aptos. Es dudoso que una simple tautología -que los supervivientes sobreviven- pueda ser nunca una ley significativa.

Aunque no fuera tautológica, la supervivencia de los más aptos seguiría siendo dudosa. Es una noción comple­tamente individualista que excluye la cooperación, el amor y el altruismo que caracterizan a muchas especies sumamente prósperas, incluida la nuestra. La competición sanguinaria que Darwin imaginó como la característica distintiva de la naturaleza pocas veces se encuentra en la práctica. La abrumadora mayoría de las más de 22.000 es­pecies de peces, reptiles, anfibios, aves y mamíferos no luchan ni matan por comida ni compiten agresivamente por el espacio.22 Además, en el éxito influye gran cantidad de factores, y la suerte no es el menor; de hecho, la idea de que un entorno competitivo elimina a los débiles y ase­gura la supervivencia del más apto ya no es, para ser justo con los darwinistas, ampliamente suscrita. «Más aptos» ha tendido a ser reemplazado discretamente por «adap­tados».

Las teorías de la selección natural, o la «supervivencia de los más aptos», no clarifican cómo evolucionan las cria­turas. Es sólo otra manera de decir que algunos animales viven y se reproducen, mientras otros desaparecen. No es una «ley», ni siquiera una descripción especialmente pre­cisa de la naturaleza. De ser algo, es algo más parecido a un síntoma de la visión enferma de Darwin que otra cosa: su rechazo a reconocer los múltiples rostros de la naturaleza y su insistencia en un solo rostro, que le devolvía su mira­da fija como una máscara cruel.

Como la naturaleza le asaltaba con oleadas de náuseas, Charles construía frenéticamente diques de hábitos y «ru­tinas puntuales, con sus días iguales como “dos guisan­tes”»,23 y se esforzaba por proteger su vida emocional. Pero, por supuesto, los muros que levantó para mantener a raya a la naturaleza se convirtieron en su prisión. «He perdido, para mi desdicha, todo interés en cualquier tipo de poesía», escribía con tristeza. Desaparecido el amado Milton de su juventud, perdido su Paraíso, incluso lo intentó desesperadamente con algo más fuerte: Shakes­peare, a quien había amado siempre. Pero «lo encontré tan absolutamente monótono que me produjo náuseas».24 ¿Monótono, de verdad?. Su único placer radicaba en pequeños experimentos con sus queridas lombrices de tierra y las flores diminutas que reprendía y alababa;25 y esto era admisible sólo porque podía pasar clandestina­mente bajo el manto de la ciencia. Sin embargo, los gusanos no podían salvarle. «Mi mente se ha convertido en una especie de máquina para procesar leyes a partir de numerosas colecciones de hechos».26 Pobre Charles, un hombre bueno y amable, que se había pasado la vida negándole a la naturaleza su alma y que, a resultas de ello, perdió la suya; la máquina en que quería convertirla acabó siendo aquello en lo que él mismo se convirtió.”

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1. Desmond, Adrian y James Moore, Darwin, Londres 1992, p. 188

2.Wilson, Jason, “Darwin’s nausea”, en Harvest, vol. 34, 1988-1989, p. 132-141: The Journal for Jungian Studies, Karnac Books, 58 Glocester Rd., Londres SW7 4QY, p. 122

3. Desmond y Moore, p. 122

4. Sheldrake, Rupert, The Rebirth of Nature, Londres 1990 p. 55-56. [El renacimiento de la naturaleza, trad. de J. Piatigorsky, Paidós Ibérica, Barcelona 1994]

5. Ibid.

6. Desmond y Moore, p. 119

7. Wilson, p. 136

8. Ibid., p. 141

9. Wilson, p. 134. Desmond y Moore, p. 187

10. Wilson, p. 135

11. Desmond y Moore, p. XVI

12. Ibid., p. 191

13. Ibid., p. 261

14. Ibid., p. 635-636

15. Ibid., p. 251

16. Wilson, p. 139

17. Desmond y Moore, p. 283

18. Milton, Richard, The Facts of Life, Londres 1994.

19. Ibid.

20. De Sir Gavin de Beer

21. Citado en Milton, p. 156

22. Milton, p. 159

23. Desmond y Moore, p. XIX

24. Wilson, p. 133

25. Desmond y Moore, p. 631

26. Wilson, p. 132

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6 comentarios »

  1. Un texto lo suficientmente aleccionador sobre la mente un tanto desquiciada de uno de los bueyes sagrados de la modernidad; si bien core uno el peligro de explicarlo todo desde un punto de vista demasiado psicologista…
    A propósito de Darwin un par de anécdotas sobre él(confirmar o refutar si es necesario, las conozco de oídas). La primera, que Darwin (icono del progresismo liberal y de muchos izquierdistas) veía con tolerancia -por no decir complacencia- el exterminio de pueblos indígenas primitivos, porque eran menos aptos que la raza blanca. La segunda,que Carlos Marx le envió un ejemplar de “El Capital”, deseando hacer buenas migas con el que creía camarada en su lucha contra la teología y la metafísica…Parece ser que Darwin recibió el librote pero nunca contestó al judío alemán ni quiso entrar en contacto con Marx (quizás debido a que temía que le subiesen al carro de los ateos y subversivos de la época).

    Comentario por BUKOWSKI IN LOVE — Martes, 10 abril, 2007 @ 6:42 pm |Responder

  2. De la segunda anécdota no puedo decir mucho, pero la primera es más que refutable. Espero que nadie me censure por acudir a la Wikipedia, pero es la salida más rápida. Sobre el darwinismo social:

    “En pleno auge de la teoría, y tras las controversias iniciales, una versión simple de la selección natural fue, poco a poco, ganando terreno en la aplicación de la selección natural a las sociedades humanas (política, economía, etc.). La más famosa de estas doctrinas es el Darwinismo social, donde la ley del más fuerte y su prevalencia se utilizaban para justificar la diferenciación de las clases sociales o diferencias entre los diferentes grupos raciales. Darwin nunca favoreció tal visión de la sociedad, y consideraba este tipo de aplicaciones de la selección natural como una aberración. Como puede verse en sus diarios, Darwin mostraba gran simpatía por las gentes esclavizadas u oprimidas[1]. Sin embargo, el darwinismo social constituyó la base inicial de movimientos de tipo eugenésicos iniciados en 1883 por Francis Galton.”

    http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Darwin#Darwinismo_social

    En cuanto al libro de Harpur, es espléndido. Atalanta anuncia ya una especie de continuación titulada “Realidad Daimónica”. Espero que sea tan audaz, sugerente e inteligente como el anterior.

    Comentario por johnnylingam — Martes, 10 abril, 2007 @ 9:40 pm |Responder

  3. […] el anterior post con el capítulo 13 del libro El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur, titulado “La […]

    Pingback por Evolucionismo (II): La transmutación de las especies « Cabalgando al Tigre — Viernes, 13 abril, 2007 @ 7:35 am |Responder

  4. Llegará un día, por cierto, no muy distante, que de aquí allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas / … / y entonces la laguna será aún más considerable, porque no existirán eslabones intermedios entre la raza humana que prepondera en civilización, a saber: la raza caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo, el papión; en tanto que en la actualidad la laguna sólo existe entre el negro y el gorila. (Sobre el origen del hombre, pag. 225).

    Comentario por Lector de Darwin — Viernes, 13 abril, 2007 @ 10:30 am |Responder

  5. Lo anterior…sin comentarios. :-O

    Comentario por BUKOWSKI IN LOVE — Viernes, 13 abril, 2007 @ 7:21 pm |Responder

  6. […] su ataque a la Ley de la Selección Natural de Darwin (a quien le quede tiempo y ganas que disparé aquí y luego aquí), y la forma en que Harpur concibe el funcionamiento de las mitologías: permutando […]

    Pingback por FANTASTIC PLASTIC MAGAZINE — Martes, 11 enero, 2011 @ 11:12 am |Responder


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