Cabalgando al Tigre

viernes, 13 abril, 2007

Evolucionismo (II): La transmutación de las especies

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:31 am

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Completo el anterior post con el capítulo 13 del libro El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur, titulado “La transmutación de las especies”, y que pone de relieve hasta qué punto el evolucionismo es un mito de Creación, que con un disfraz adaptado a nuestra época, nos tragamos sin empacho y con la sensación de estar claramente por encima de las supersticiones de nuestros ingenuos antepasados. Es decir, sin plumas y cacareando. La única diferencia con los mitos de creación de antaño es que el evolucionismo trata, incorrectamente, de literalizar el mito convirtiéndolo en historia; al final, es una forma de idolatría, “no porque ado­ren imágenes falsas, sino porque falsamente adoran una sola imagen, fijando la riqueza de las metáforas de la naturaleza en un modo único y rígido y obstruyendo así el fluido y oceánico juego de la imaginación (…), tan esencial para la salud del alma.”

Conviene, antes de la lectura que sigue, intentar aclarar un término que utiliza Harpur en este texto y que puede dificultar su comprensión: se trata de “daimon”; no es fácil definirlo exhaustivamente (pues pertenece al alma y comparte su naturaleza resbaladiza y ambivalente), si es que fura posible, pero tampoco pretenderé más que esbozarlo: un “daimon” es un ser intermedio entre dioses y los hombres, un mediador a través del cual un ser humano entra en contacto con los dioses, y viceversa, una “imagen personalizada” (pág. 425), pero a la vez es un locus, un mundo. Por tanto es de la naturaleza del alma, mediadora entre cuerpo y espíritu, es la imaginación creadora del sufismo iranio, es el terreno en el que los cuerpos se espiritualizan y los espíritus se corporizan, es el mundo intermedio, personal e impersonal al mismo tiempo. Sí, es paradójico… como todo lo que afecta a este intermundo, que al tratar de abarcarlo con la lógica racional y formularlo adquiere inevitablemente este aspecto.

Una vez “aproximado” el concepto, vamos con el interesante texto de Harpur.

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Los hechos de la vida

Un número sorprendente de personas cree que los seres humanos descienden de hombres del espacio que aterrizaron en la tierra y que, como los misteriosos nefilim del Génesis, «se unieron a las hijas de los hombres». Podemos sonreír ante este mito, pero no es especialmen­te ridículo. Todas las culturas tradicionales creen que son descendientes de dioses, humanos divinos como los ante­pasados o animales divinos, muchos de los cuales vinieron del cielo. Naturalmente, no comprendemos a los clanes que reclaman descender de un leopardo o de un oso, porque pensamos que ellos creen en una descendencia biológica literal, lo que no es cierto. Son los occidentales quienes toman literalmente sus mitos de procedencia, de manera que, cuando dejamos de creer que descendemos literal­mente de Adán y Eva, que fueron creados según el arzo­bispo Ussher de Armagh en el año 4004 a. c, sin demasia­do esfuerzo pasamos a creer que descendemos del mono. Los pueblos tribales entenderían por ello antepasados monos divinos, pero ¿monos reales…? Serían ellos los que sonreirían. La última risa superior es la nuestra, desde luego, porque, a diferencia de los ingenuos pueblos triba­les y los chiflados que hablan de extraterrestres, nosotros tenemos una teoría científica sobre nuestros orígenes: la evolución.

En 1992, un escritor científico llamado Richard Milton publicó un libro, The Facts of Life, que cuestionaba la validez científica de la teoría de la evolución. Cuando leí una reseña de Richard Dawkins, que describía el libro co­mo «disparatado», «estúpido» y «baboso», y a su autor como alguien que «precisa asistencia psiquiátrica»,1 me sentí naturalmente agradecido hacia Dawkins por llamar mi atención, a través de su crítica cuidadosamente razona­da, hacia una obra que de otra manera me podría haber pasado inadvertida. Mr. Milton resultó estar desconcer­tantemente sano. Escribió su libro como un padre preo­cupado porque a su hija le habían enseñando una teoría como si fuera la verdad del Evangelio.2 No hay, dice, pruebas suficientes para establecer que la teoría de la evo­lución sea una realidad.

La teoría, como todo el mundo sabe, afirma que todos los organismos del planeta han evolucionado por «muta­ción fortuita». De vez en cuando, un miembro de una especie nace por accidente con alguna característica que le da una ventaja sobre sus vecinos, como un cuello ligera­mente más largo que le permite comer follaje de una parte más alta del árbol. La selección natural hace el resto, y la evolución produce una jirafa. Por eso, en el curso de millones de años hay lo que en la época de Darwin se lla­maba una gradual «transmutación de las especies»,3 por medio de la cual todo lo que ahora está vivo evolucionó de algún antepasado común, como un sencillo organismo del mar. Muchas especies no sobrevivieron, sino que fueron eliminadas por la selección natural (así lo cuenta el cuento); y conservamos sus restos fósiles -todos los dino­saurios, por ejemplo- para probarlo.

Un hecho crucial es que la teoría predice inmensas can­tidades de fósiles, como invertebrados con rudimentarias espinas dorsales, peces con patas, reptiles con alas medio formadas, es decir, fósiles de todas las especies de transi­ción que relacionan los peces con los reptiles, y a los rep­tiles con las aves y los mamíferos. Predice aún más fósiles de todas las especies intermedias entre los primeros mamí­feros conocidos (posiblemente un pequeño roedor) y no­sotros mismos. Así mismo, predice más fósiles de todas aquellas especies intermedias que no sobrevivieron, los monstruos que fortuitamente experimentaron un cambio sin salida. Sin embargo, no tenemos ni uno solo de tales fósiles (bien, tal vez haya uno, y ya hablaré de ello).

La falta de fósiles desconcertó a Darwin y a sus cole­gas, pero supusieron que finalmente aparecerían las prue­bas. Hemos estado buscando en todos los lugares posibles durante más de cien años y todavía no hemos encontrado ningún fósil correspondiente a esas especies de transición (salvo, quizá, uno). Ni se tiene noticia de ninguna especie de transición viva en la actualidad. ¿Cuándo dejaremos de promulgar la evolución como un hecho probado?, pre­gunta Milton, al que también molesta con toda razón el fervor religioso con que se promueve la teoría y la mane­ra en que cualquier disidente es desautorizado, o se le niega el acceso a las publicaciones científicas. Él mismo no pretende saber cómo apareció la vida que conocemos. Categóricamente, no es un creacionista (un creyente en la verdad literal del relato bíblico de la creación). Sin duda quedaría espantado por mi propia glosa del evolucionis­mo. Simplemente, deplora «hasta qué punto el darwinismo ideológico ha reemplazado al darwinismo científico en nuestro sistema educativo».4

El fervor de una ideología puede a veces llevar a sus partidarios a decir verdades a medias, e incluso a tratar de hacer juegos de manos con las pruebas. Los evolucionistas están naturalmente dispuestos a mostrarnos una «secuen­cia evolutiva». Pero la única con un número decente de «pasos» -es la prueba clásica- muestra unos caballos evo­lucionando en línea recta. Fue construida apresuradamen­te y, a medida que fueron apareciendo más fósiles, resultó que la evolución no había sido en absoluto lineal ni ascen­dente, sino que (con referencia al tamaño solamente) los caballos habían sido más altos en un principio, pero luego eran de nuevo más bajos con el paso del tiempo. Además, aunque existen similitudes entre, digamos, los dos prime­ros caballos de la «secuencia», Eohippus y Mesohippus, las diferencias son todavía mayores; y no hay pruebas de nin­guna especie que los conecte. La sugerencia de que for­man una cadena evolutiva «no es una teoría científica, es un acto de fe».5 Felizmente, hay un «eslabón perdido» en el que descansa en gran parte la teoría de la evolución: el Archaeopteryx.

En 1861, unos canteros de Solnhofen, en Baviera -zona conocida por sus fósiles-, partieron una piedra que contenía un Compsognathus fosilizado, un dinosaurio del tamaño de una paloma. Sorprendentemente, tenía plumas. O, al menos, tenía plumas cuando fue vendido al Museo Británico…

Llamado Archaeopteryx, el fósil era tal vez la prueba no sólo de una especie de transición, sino también del momento en que los reptiles se transformaron en aves. Sus características de reptil incluían garras «rudimenta­rias», dientes y una cola ósea. Sus características aviares eran las «plumas y alas verdaderas», y posiblemente su espoleta, análoga a la clavícula de los mamíferos, que no tienen los dinosaurios. Sin embargo, no poseía los pode­rosos músculos pectorales necesarios para volar, así que debía de haber sido un planeador o, si no, algo que se parecía un poco a un pollo.6 En resumen, podía ser un dinosaurio con alas o un ave dentada de cola ósea, depen­diendo de cómo lo miremos, aunque el supuesto pájaro hacia el que evolucionó (Protoavis) ha sido descubierto en Texas en lechos considerados setenta y cinco millones de años más antiguos que aquellos en los que se encontró el Archaeopteryx .7 Por último, se debe recordar que el Archaeopteryx es un «eslabón perdido» sólo conjeturalmente. Como el resto de las especies, está aislado en el registro de fósiles, sin ninguna huella de antepasados o descendientes inmediatos.

El Archaeopteryx es ambiguo, elude la interpretación, cambia de forma entre ave y reptil según el observador. Visto desde la fe neodarwinista, es un ser intermedio entre ave y reptil. En otras palabras, cumple todas las funciones de un daimon, igual que hacen todos los eslabones perdi­dos. Son intrínsecamente borrosos, abiertos a diferentes lecturas interpretativas. Son incluso turbios, como el esla­bón perdido entre los humanos y los monos que se en­contró en un pozo de grava en Sussex en 1912. Un frag­mento de caja de cráneo humano y una quijada de mono proporcionaron la base para una «reconstrucción» del Hombre de Piltdown. Cuando cuarenta años más tarde se demostró que era un engaño, se puso claramente de mani­fiesto que los científicos pueden ser tan crédulos como cualquiera. Cuando aparecen pruebas para su ideología, ven lo que esperan y desean ver.fraude.jpg

Si, por ejemplo, se mira el Archaeopteryx a través de los ojos de los profesores antidarwinistas Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe, se ve de inmediato que es un fraude.8 Las plumas son totalmente modernas y quedan impecablemente alineadas en un plano, mientras que la roca en la que está el fósil ha sido partida con tan improbable pre­cisión por el centro de las plumas, que el dibujo de las den­dritas en la roca natural está únicamente ausente en las zonas emplumadas. Las plumas no están siquiera arraigadas en la cola, sino meramente a su alrededor. El Archaeopteryx es un auténtico Compsognathus fósil, afirman los profesores, al que se han añadido las marcas de las plumas, tarea sencilla si se imprime un poco de pasta y piedra pulverizada.9

El primer Archaeopteryx fue conseguido por Karl Haberlein y vendido al Museo Británico por una gran suma de dinero dos años después de la publicación de El origen de las especies de Darwin. Fue una singular casua­lidad, pues el principal propagandista de Darwin, T. H. Huxley, acababa de reflexionar sobre que las aves debían de descender de los reptiles y que un día aparecería un reptil emplumado. Y apareció, casi idéntico a la descrip­ción de Huxley. Desgraciadamente, la cabeza de este primer Archaeopteryx estaba destrozada, de manera que era imposible llegar a una conclusión sobre la cuestión crucial de la presencia o ausencia de dientes. Por suerte, como para colocar el asunto decisivamente a favor de los darwinistas, dieciséis años más tarde apareció otro Archaeop­teryx. Fue descubierto por Ernst Haberlein, hijo de Karl, que también consiguió una gran cantidad de dinero por él. ¿Suerte? ¿Coincidencia? ¿O el caso de un padre que transmite sus habilidades, algunas de ellas arqueológicas, al hijo?

Hay otros pocos Archaeopteryx, pero son o bien «reclasificaciones» de Compsognathus fósiles o bien exi­guos restos igualmente interpretados por el ojo de la fe.10

Los recientes descubrimientos en China, en la década de 1990, de dos reptiles del tamaño de un pavo, emplumados pero incapaces de volar, denominados respectivamente Protoarchaeopteryx robusta (pues se cree que es un ante­cesor del Archaeopteryx) y Caudipteryx (debido a las plumas de la cola) han sido recibidos como nuevas prue­bas de que las aves descienden de los dinosaurios. Pero en realidad sólo hay pruebas de que algunos dinosaurios pequeños, incluido tal vez el Archaeopteryx, tenían plu­mas, pero no para volar, sino posiblemente como aislante, camuflaje, o tal vez como una broma, y sin necesidad de estar relacionados con las aves.11

Evolución e involución

¿Por qué los evolucionistas creen en su teoría contra todas las pruebas? En parte, supongo, porque no existe ninguna historia alternativa creíble; sobre todo, porque es un poderoso mito de creación que exige ser creído implí­citamente.

El análisis estructural ya ha demostrado cómo mitos que pueden parecer muy diferentes en la superficie son en realidad variantes del mismo mito. Simplemente, son transformados según ciertas reglas arquetípicas. Esto es cierto en los mitos de evolución e involución.

Tradicionalmente, los mitos de creación son involutivos. Describen cómo descendemos de dioses o de antepa­sados divinos, y nuestro estado presente es una caída, una regresión desde la perfección del pasado. Somos inferio­res a nuestros antepasados. Nuestra misión es recrear las condiciones del Edén o de la Arcadia, el estado de la armonía pasada.

Sólo nuestro mito científico occidental es evolutivo. Describe cómo hemos ascendido desde los animales hasta nuestro presente estado avanzado, progresando desde la imperfección del pasado. Somos superiores a nuestros an­cestros. Nuestra tarea es crear las condiciones de la Nueva Jerusalén o Utopía, el estado de la armonía futura.

Observamos que los dos mitos son, como ocurre muy a menudo, simétricos pero invertidos. Así, mientras el mito evolutivo pretende que no es un mito en absoluto, sino his­toria, que reemplaza a todos los demás mitos, vemos que en realidad es una variante del mito involutivo, una variante excéntrica que quiere que se la tome literalmente.

El evolucionismo coloca a los humanos en la copa del árbol, posición que con anterioridad ocupaban los dioses. También nos dota de los poderes divinos de razón, etc. Pero afirma, al mismo tiempo, que somos sólo animales, un producto meramente biológico. En otras palabras, hemos «ascendido» para convertirnos en los «animales divinos» de los que tantas culturas tradicionales dicen descender.

El lugar en que realmente se produce la «transmuta­ción de las especies» no es la naturaleza, sino el mito. Es­pecies de dioses y dáimones siempre se están apareciendo a los seres humanos en forma animal. Brujas y chamanes asumen forma de animales, y algunos animales se quitan la piel para asumir forma humana. El intercambio de humanos y animales es una metáfora de la relación recí­proca entre este mundo y el Otro, de la manera en que cada uno fluye en el otro. Antiguamente, creíamos en hombres lobo; las tribus africanas todavía creen rutinaria­mente en hombres leopardo o en hombres cocodrilo. Actualmente, nosotros creemos en hombres mono. El mito no plantea ninguna objeción a la transformación de un mono en un hombre, o viceversa; pero sólo a los evolucionistas se les ocurriría entender esto literalmente; la transmutación de las especies es una literalización del cambio de forma daimónico.

Las especies de transición abundan en el mito, donde no sólo tenemos hombres-animal, sino también centau­ros, sátiros, faunos, sirenas, etc.; pero están ausentes en la realidad. La evolución actúa imaginativamente, pero no literalmente. La búsqueda del mágico hombre mono, o «eslabón perdido» que transformará el mito en historia, tiende a seguir la misma secuencia de acontecimientos: se encuentra un diente o un hueso y se saluda con excitación como prueba del eslabón perdido. Pasa el tiempo y se lo reclasifica a regañadientes como de hombre o de mono.

Eslabones perdidos

La búsqueda de «eslabones perdidos» en la cadena evolutiva se puede remontar hasta la doctrina escolástica -axiomática durante más de mil años- de que «la natura­leza no da saltos». Esto a su vez repetía el principio filo­sófico de continuidad, que afirmaba que no hay ninguna transición abrupta de un orden de realidad a otro. A su vez, este principio era idéntico a la ley del término medio formulada por el filósofo neoplatónico Jámblico, que sos­tenía que «dos términos disímiles deben estar unidos por otro intermedio que tenga algo en común con cada uno de ellos».12 Cita como ejemplo el papel de los dáimones que median entre dioses y hombres, e igualmente el papel del alma, mediadora entre la eternidad y el tiempo, y entre el mundo sensible y el inteligible.13 Oculta en la teoría de la evolución hay, por tanto, una doctrina de los dáimones que debe más a la tradición que al empirismo.

Pero aparte de esta especie de precedente filosófico de los «eslabones perdidos», lo que parece suceder es sim­plemente que la necesidad de continuidad ejerce tanta fas­cinación arquetípica sobre la imaginación como pueda ejercer la idea del cambio de forma. Construimos siempre una serie de vínculos entre nosotros y los dioses (o lo que pensemos que es el fondo de nuestro ser), como las ema­naciones neoplatónicas, la Cadena del Ser medieval o los santos, los ángeles y la Santísima Virgen del catolicismo romano.

Cuando el protestantismo y, más tarde, el deísmo del siglo XVIII suprimieron los vínculos entre nosotros y Dios, fue más fácil dejar de creer en Él; pero también quedó un vacío que clamaba por ser llenado con alguna nueva cadena del ser, y la teoría de la evolución cumplía exactamente los requisitos. El modelo de la cadena evolu­tiva no era sin embargo teológico ni filosófico. Era la ima­gen especular de esa cadena involutiva que en las socieda­des tradicionales proporcionan las genealogías. Cuando remontamos hacia atrás, hacia nuestros orígenes, hasta los dioses o los antepasados, derivamos de un modo correcto la historia del mito, que por tradición siempre es anterior. El evolucionismo trata, incorrectamente, de literalizar el mito convirtiéndolo en historia.

En la época de Darwin la genealogía era, por decirlo así, la visión ortodoxa normal de la evolución: todos éra­mos descendientes de Adán y Eva. En vez de desliteralizar esta versión involutiva fundamentalista de los aconte­cimientos devolviéndola al mito, el evolucionismo se fue al polo opuesto, igualmente literal, insistiendo en una ver­sión evolutiva fundamentalista. El atolladero continúa hasta hoy, con los darwinistas llevándose a matar con los creacionistas, a los que no hay forma de hacer desaparecer. En octubre de 1999, el Consejo de Escuelas de Kansas votó la eliminación de la enseñanza de la teoría de la evo­lución del currículum escolar.

El sacerdocio científico

¿Pero a qué nos une la cadena evolutiva, si no es a Adán y Eva? La respuesta darwinista, por supuesto, es que nos une a un antepasado simiesco en primera instan­cia, y finalmente a moléculas de proteínas en el océano primitivo. La respuesta psicológica es que nos vincula a una versión simétrica pero invertida del Dios trascenden­te que ha sido abolido: es decir, nos vincula a una diosa inmanente. Los darwinistas no son conscientes de ella, pero está presente en la visión de Darwin de la naturaleza como un poder cruel, que sus sucesores han heredado. Todavía hoy ven la naturaleza a la luz romántica, sin ser conscientes de ello, como la fuente incontenible de todas las formas de vida («por medio de su fertilidad prodigio­sa, sus poderes de variación espontánea y sus poderes de selección»,14 puede hacer todo lo que Dios hizo). Cuando Jacques Monod escribió sobre los «inagotables recursos del pozo del azar»,15 estaba utilizando una metáfora que tradicionalmente pertenece a la Creadora, en su manifes­tación como Alma del Mundo.

La diosa está particularmente presente en cualquier ideología que enfatice el crecimiento y el desarrollo. Como James Hillman ha observado, «los términos evolutivos de la biología darwinista […] se armonizan con la persona del arquetipo de la madre».16 Es su perspectiva la que «aparece en las hipótesis sobre los orígenes de la vida hu­mana, la naturaleza de la materia y la generación del mundo».17 Si ella era el arquetipo que estaba detrás del modelo de evolución en forma de arbusto planteado por Darwin, «una rica radiación de formas variadas»,18 fue otro arque­tipo -el apolíneo- el que cambió este modelo en algo que Darwin nunca pretendió. La evolución llegó a identificar­se no sólo con el crecimiento, sino con el crecimiento ascendente, una «escalera mecánica» hacia una mejora cada vez mayor. Parecía ofrecer así la prueba biológica de la cre­encia ilustrada de que el género humano sigue el mismo modelo de crecimiento que el individuo. De este modo, los discípulos de Darwin vieron claramente una progre­sión desde las infantiles culturas nativas a las más maduras culturas occidentales, hasta llegar a la más madura cultura occidental -la británica-, y a los individuos más desarrolla­dos en esa cultura, a saber, los científicos británicos, que, por una feliz coincidencia, resultaron ser ellos mismos.

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De esta manera, los científicos se convirtieron en una nueva clase de sacerdocio del que fluía toda autoridad. Ellos mismos fueron muy explícitos sobre este punto, promoviendo sin ironía la teoría de la evolución como un nuevo «evangelio».19 Seguidores de Darwin, como Hooker, Tyndall, Spencer y Huxley, se integraron en un enclave secreto -el club X- con la deliberada intención de tomar el poder en la Royal Society, comprometiéndose a «colocar un sacerdocio intelectual a la cabeza de la cultu­ra inglesa».20 Las religiones no necesitan una prueba cien­tífica, y la suya tampoco: la verdad de la evolución era realmente una revelación de la diosa por la que habían sido apresados de modo inconsciente.

Y esa revelación es verdadera, aunque sólo sea porque todas las historias, incluso las más sorprendentes, encar­nan una verdad imaginativa. «Todo lo que puede ser creí­do -afirmó Blake- es una imagen de la verdad.»21 Los evolucionistas son culpables de idolatría, no porque ado­ren imágenes falsas, sino porque falsamente adoran una sola imagen, fijando la riqueza de las metáforas de la naturaleza en un modo único y rígido y obstruyendo así el fluido y oceánico juego de la imaginación, tan espan­tosa para Darwin y, sin embargo, tan esencial para la salud del alma.

Genes como dáimones

Según Platón, al nacer se nos asigna al azar un daimon que determina nuestro destino.22 Representa, en otras pa­labras, esa combinación de azar y necesidad que Jacques Monod, en el influyente libro del mismo título, atribuye a los mecanismos clave de la evolución (mutación genéti­ca fortuita = azar; selección natural = necesidad). Monod parece pensar que se trata de principios científicos neutra­les, libres de cualquier valoración, pero, desde luego, no lo son: son la «diosa» habitual en dos de sus apariencias más antiguas. El azar es la ciega diosa Fortuna, a la que los científicos reconocen inconscientemente cuando, como hacen a menudo, califican el azar de «ciego», lo que nin­gún principio abstracto podría ser. Además, el azar es precisamente de lo que se supone que nos salva una hipótesis científica.23 Al menos debería ser tratado como una hipó­tesis que hay que establecer. En lugar de eso, el azar se da acientíficamente por supuesto, como trasfondo sobre el que se desarrolla cualquier investigación. En pocas pala­bras, es una creencia.24

La necesidad es a veces la todopoderosa diosa Ananke, a veces las tres Moiras que hilan, enrollan y cortan el hilo de nuestra vida. Son ellas quienes nos dan nuestros dáimones bajo el aspecto de azar y necesidad. Pero los dáimones encarnan también aspectos opuestos: telos, o propósito, opuesto a azar, y libertad, opuesta a necesidad.

El daimon es nuestro esquema imaginativo. Impone el mito personal que representamos en el curso de nuestra vida; es la voz que nos llama a nuestra vocación. Todos los hombres y mujeres daimónicos son conscientes de sus dáimones personales y de sus paradojas. Yeats y Jung decían tener dáimones que les conducían despiadadamen­te hacia la autorrealización -a menudo, les parecía, contra su voluntad-, y que daban libertad a cambio de un duro servicio.25 El mismo lenguaje de conducción despiadada y necesidad brutal, pero sin el sentido y la libertad conco­mitantes, es utilizado por los biólogos para describir los genes.

Los genes son dáimones tomados literalmente. Por supuesto, no estoy afirmando que no existan; pero estoy lejos de ser el único que dice que su función y significado no son tan bien comprendidos como pretenden los sociobiólogos. Son entidades oscuras, fronterizas, evasivas, ambiguas -a juzgar por los grandes desacuerdos que existen sobre ellas- y, como tales, satisfacen los criterios daimónicos.

Preocupan poderosamente a Richard Dawkins, un defensor eminente del evolucionismo. En un lenguaje notable por su antropomorfismo primitivo, afirma que los genes «crean la forma», «moldean la materia», «esco­gen» e incluso emprenden «carreras de armamentos evo­lutivas».26 Como los demonios, los genes «egoístas» «nos poseen».27 Ellos son «los inmortales».28 Nosotros somos «torpes robots» cuyos genes «nos crearon en cuerpo y alma».29 Sin duda, esto parece más un sermón que una explicación científica. Ciertamente, demuestra la ubicui­dad de los dáimones, incluso (especialmente) cuando la literalización les impide ser reconocidos como tales. Tradicionalmente, nuestro cuerpo ha sido considerado el vehículo de nuestro daimon personal, nuestra alma o «sí superior». Ahora, por una divertida inversión, se nos pide que creamos que nuestros atributos más preciados están simplemente al servicio de los genes: «Son realmente nuestros genes los que se propagan a través de nosotros. Nosotros sólo somos sus instrumentos, sus vehículos pro­visionales…».30 A partir de esta ideología extremista, no resulta sorprendente que los sociobiólogos quieran creer que la ingeniería genética lo resolverá todo, desde el cán­cer hasta la adicción a las drogas y el paro. Pero, como señala el genetista de Harvard R. C. Lewontin, no sólo esta ideología es irreal, sino que todas sus «explicaciones de la evolución de la conducta humana son como las his­torias de Rudyard Kipling en Just so, acerca de cómo el camello consiguió su joroba».31

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1. En New Statesman and Society, 28 de agosto de 1992.

2. Milton, Richard, The Facts of Life, Londres 1994, p. 15.

3. Por ejemplo, Desmond, Adrián y James Moore, Darwin, Londres 1992, pp. 40, 186.

4. Milton, Richard, The Facts of Life, Londres 1994, p. 297.

5. Ibid., p. 123-124.

6. Ibid., p. 128.

7. Ibid., p. 130.

8. Michell, John, “When Feathers Fly: A Case of Fossil Forgery?”, en Fortean Times 52 (1989), p. 47.

9. Ibid.

10. Ibid., p. 49.

11. Cf. Milton, Richard, The Facts of Life, Londres 1994, p. 130.

12. Wallis, R. T., Neoplatonism, Londres 1972, p. 131.

13. Por ejemplo, en el Timeo de Platón, 35A.

14. Sheldrake, Rupert, The Rebirth of Nature, Londres 1990, p. 55. [El renacimiento de la naturaleza, trad, de J. Piatigorsky, Paidós Ibérica, Barcelona 1994.]

15. Citado ibid., p. 56-57.

16. Hillman, James, Revisioning Psychology, Nueva York 1975, p. 124. [Re-imaginar la psicología, trad, de F. Borrajo, Siruela, Madrid 1999.]

17. Ibid.

18. Midgley, Mary, Evolution as a Religión: Strange Hopes and Stranger Fears, Londres y Nueva York 1985, p. 6.

19. Desmond, Adrián y James Moore, Darwin, Londres 1992, p. 378.

20. Ibid., p. 526.

21. “The Marriage of Heaven and Hell”, en Blake, William, Complete Writings, ed. de Geoffrey Keynes, Oxford 1966. [No hay una edición de las obras completas de Blake en castellano, aunque sí varias ediciones parciales; por ejemplo: Poesía completa, trad, de P. Mané Garzón, Ediciones 29, Barcelona 1998; Prosa escogida, trad, de Bel Atreides, DVD, Barcelona 2002; Poemas proféticos y prosas, trad, de C. Serra, Barral, Barcelona 1971.]

22. Platón, The Republic, Londres 1970, II, 3.

23. Barfield, Owen, Saving the Appearances; A Study in Idolatry, Londres 1957; Wesleyan University Press, 1988, p. 64.

24. Midgley, Mary, Wisdom, Information, and Wonder, Londres y Nueva York 1991, p. 202.

25. Para un análisis detallado, véase Harpur, Patrick, Daimonic Reality: A Field Guide to the Otherworld, Londres y Nueva York 1994, p. 40-43.

26. Citado en Sheldrake, Rupert, The Rebirth of Nature, Londres 1990, p. 80. [El renacimiento de la naturaleza, trad, de J. Piatigorsky, Paidós Ibérica, Barcelona 1994.]

27. Citado en Midgley, Mary, Evolution as a Religión: Strange Hopes and Stranger Fears, Londres y Nueva York 1985, p. 123.

28. Citado ibid.

29. Citado en Lewontin, R. C, The Doctrine of DNA: Biology as Ideology, Londres 1993, p. 13.

30. Ibid.

31. Ibid., p. 100.

lunes, 9 abril, 2007

Evolucionismo (I): Los animales que miraron fijamente a Darwin

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:00 am

 

darwin4.jpgComo prometí en el comentario 3 del anterior post, os dejo a continuación un texto que me ha parecido muy interesante. Corresponde al capítulo 12 del libro El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur, Ed. Atalanta, Girona, 2006 (trad. de F. Almansa Salomó). En el futuro hablaré un poco más sobre esta interesante obra y os dejaré algunos textos más, pero ahora voy a centrarme en el evolucionismo, paradigma que, aunque está en crisis, sigue sustentando la visión del mundo mecanicista y materialista característica de la cultura occidental de los últimos siglos. En el próximo post os dejaré otro fragmento complementario.

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“Cuando Charles Darwin se embarcó, a finales de 1831, en un viaje al Nuevo Mundo que iba a durar cinco años a bordo del Beagle, era un científico en ciernes que sostenía la visión racionalista de la naturaleza propia de la Ilustra­ción, es decir, que ésta era una máquina, tan precisa como un reloj, que un Dios trascendente había puesto en movi­miento dejando que siguiera su propio curso. Al mismo tiempo, no había olvidado en absoluto la reacción román­tica, que veía la naturaleza más poéticamente, a veces de manera panteísta, como un reino de manifestación divina.

Darwin era un hombre imaginativo amante de la poe­sía (El paraíso perdido de Milton era su constante compa­ñía), y su primer encuentro con la naturaleza tropical fue esencialmente romántico, similar a una epifanía. La «exu­berancia salvaje» de la jungla, dice, es como «las glorias de otro mundo»;1 contemplarla es una visión nueva y arro­lladora, «como dar ojos a un ciego».2 El recorrido por la lluviosa selva brasileña le resulta fascinante y profunda­mente conmovedor. Siente una «devoción sublime por el Dios de la naturaleza».3 ¿Cómo podría Darwin expresar tal encantamiento?

Podría haber respondido poéticamente a esa visión y convertirse en una especie de Wordworsth, pero odiaba escribir. Podría haber pasado sus días alabando al Crea­dor de tanta belleza, si hubiera sido el clérigo que estaba destinado a ser. Pero era, y siguió siendo, un científico. Su trabajo no era permanecer abierto a la naturaleza de for­ma imaginativa, sino desglosarla en hechos individuales. Encuentra difícil hacerlo, porque realmente no subscribe la visión ilustrada de la naturaleza como máquina diseña­da por un Dios protestante. Piensa en ella como en un poder creador, fuente de toda forma de vida: «a través de su prodigiosa fertilidad, su poder de variación espontánea y su poder de selección, podría hacer todo» lo que Dios hizo.4 En otras palabras, Darwin imagina a la naturaleza como una especie de diosa. Apenas es consciente de ello, desde luego, pero deja algún indicio, porque en sus escri­tos se disculpa ante los lectores por hablar tan a menudo de la selección natural como si fuera un poder inteligente: «También yo he personificado la palabra naturaleza; pues me ha sido difícil evitar esta ambigüedad».5

Se empieza a notar la disparidad entre su éxtasis inicial y su deber profesional. Su diario cambia de tono. La belleza constante empieza a «desconcertar la mente»; el bombardeo de imágenes, el «caos de deleite», se hace «fa­tigoso»;6 como «un sultán en el serrallo», «se acostumbra a la belleza».7 Peor aún, cada vez le da más vértigo, y fi­nalmente es presa del pánico: «los animales me miran fija­mente a la cara, sin etiquetas ni epitafios científicos». Es un momento decisivo: el momento en que Darwin aban­dona el intento de abrazar a la naturaleza en su totalidad, con sus maravillas y su fecundidad; entonces, desde el temor al «caos», empieza a armarse contra ella con clasi­ficaciones y datos.

Éste, recordemos, es el problema con la Madre Na­turaleza. No es la entidad fija que los científicos, que la ven a través de sus lentes literalistas, querrían hacernos creer. Es un mar de metáforas que nos devuelve reflejado el rostro que le mostramos. La describimos, según la pers­pectiva con la que la observamos, como un enemigo implacable, por ejemplo, o un ritmo inmenso y armonio­so; como una criatura salvaje que debemos domesticar, una ninfa que debe ser respetada o un violento animal con garras y dientes ensangrentados. En la medida en que Darwin se acobarda ante una naturaleza desconcertante y la rechaza, en la misma medida ella vuelve a él, hostil y escalofriante. Hacia los cincuenta años, escribirá sorpren­dentemente: «La visión de una pluma en la cola de un pavo real me pone enfermo cada vez que la miro».8

La náusea de Darwin

El primer encuentro de Darwin con la náusea fue a bordo del Beagle. Estuvo horrible, angustiosamente ma­reado durante cinco años. Nunca se adaptó, nunca se sintió a gusto en el mar, pero, de un modo heroico, ni abandonó ni se volvió a casa, a pesar de que lo deseaba ardientemente, pues sufría también de una nostalgia para­lizante que le impidió percibir la riqueza y variedad de sus últimas escalas, de Tahití a Mauricio. Luchó contra la náusea cumpliendo su deber de naturalista, reuniendo y catalogando tenazmente muestras, anhelando estar en ca­sa y maldiciendo el mar, ese «monstruo furioso» al que toda su vida «odió y aborreció».9


El mareo físico de Darwin es claramente un síntoma de una náusea más existencial. Odiaba el mar porque nunca dejaba de fluir, de moverse, sacudiéndole hasta los cimien­tos. Se puede ver como una metáfora de su propia vida inconsciente y especialmente de sus movimientos, las emociones. Lo sabemos porque, en cuanto llegó a casa, se instaló en la campiña de Kent y apenas se volvió a mover. Cualquier viaje, incluso un viaje de un día a Londres, le hacía marearse de sólo pensarlo, le provocaba violentas náuseas y trataba de retrasarlo tanto como podía.10 Pero el movimiento físico no le afectaba tanto como el movimien­to emocional. Un desacuerdo trivial con un colega le deja­ba postrado con náuseas; el pensamiento de lo que la críti­ca pudiera decir sobre sus libros le hacía vomitar durante horas. Su enfermedad, nunca diagnosticada de manera satisfactoria, que se declaraba cada vez que se movía o era obligado a moverse, hizo que su vida llegara a veces a ser insoportable. «Una tercera parte de su vida laboral la pasó doblado, temblando, vomitando y remojándose con agua helada».11 No sorprende, pues, que la naturaleza, turbu­lenta y caótica como el aborrecido mar, le produjera náu­seas. Cuanto más hermosa era -una pluma de pavo real-, más conmoción y más repugnancia le producía.

La madrastra imbécil

En presencia de la selva virgen, «templos llenos de las variadas producciones del Dios de la naturaleza», el joven Charles no podía evitar sentir que «hay en el hombre algo más que el mero aliento de su cuerpo».12 Éstos eran los templos que él esperaba adorar científicamente. Pero an­tes de que se cumplieran tres años de su vuelta a Inglaterra ya se había convertido en un materialista encubierto. Tuvo que ocultar su creencia porque, aunque el materialismo era corriente en las escuelas médicas más radicales y entre los que se proclamaban ateos, era todavía anatema para la ortodoxia anglicana imperante, y por lo tanto para la res­petabilidad que Darwin temía perder.13

No es que él abrazara el ateísmo, entonces o más tarde. Era ambivalente en la cuestión de Dios, agnóstico, aunque podamos ver cómo, en el transcurso de su vida, el senti­miento religioso de su juventud simplemente se iba desva­neciendo. Era como si ya no le interesara. Cada vez que se le importunaba preguntándole por sus creencias religiosas, daba rodeos o se contradecía.14 Entretanto, su materialismo le decía que no había «nada más en el hombre»: la mente podía ser reducida a materia, a átomos vivos que se orga­nizan a sí mismos; y el pensamiento era meramente una secreción del cerebro, como la bilis que el hígado secre­ta.15 Como he tratado de indicar, es la gran atracción de la «madre» escondida en el materialismo, que conecta todos los acontecimientos psíquicos con los materiales y con­vierte todas las metáforas en mera materia. Tomando literal­mente la metáfora de la «mera materia», Darwin esperaba neutralizar el poder perturbador de la Madre Naturaleza y fijarla en una unidad de significado que le diera la estabili­dad que tanto anhelaba.

Pero la naturaleza no se estabilizaba ni se movía unifor­memente, como la máquina que se suponía quevomit1.jpg era. Cada vez que Darwin la contempla, le hace estremecerse. Pien­sa en ella como una especie de madrastra malvada, aunque imbécil: «desmañada, derrochadora, torpe, grosera y horriblemente cruel».16 No puede soportar la vida, dice, sin la ciencia, su único baluarte contra el mareo y la repugnancia. Lucha por alcanzar el adecuado desapego científico, pero no puede mirar por la ventana de su estu­dio sin acordarse de «la espantosa aunque silenciosa gue­rra de seres orgánicos que se desarrolla en los pacíficos bosques y los amables campos».17

Pero, en realidad, la guerra continúa en otro sitio. Detrás de la sonriente cara pública de Charles, por debajo de la pacífica rutina doméstica, el materialista racional es socavado por una profunda angustia y se siente atormen­tado por los sentimientos nauseabundos del amante de la poesía. Tragándoselos como podía, le eran devueltos como naturaleza demonizada, más vengativa por haberle sido negado el reconocimiento consciente. Sabe que la natura­leza es despiadada porque mató con una de sus enfermeda­des a Annie, su hija pequeña, a la que lloró todos los días de su vida. Cualquier otro se habría vuelto hacia Dios, o le habría echado la culpa. Pero, para Darwin, Dios está demasiado lejos, y los fortuitos actos de brutalidad de la naturaleza son inmediatos. La única manera de habérselas con ella es definirla y confinarla científicamente en una ley. Él la denomina ley de la «selección natural», que será aceptada como el mecanismo de la evolución. Pero hay algo más que un poco de la visión distorsionada de Darwin en esa «ley» que él y sus sucesores afirmaron como una verdad objetiva.

La supervivencia del más apto

La teoría moderna de la evolución afirma que las espe­cies evolucionan hacia otras especies por selección natu­ral. Muy ocasionalmente, una mutación fortuita en la estructura genética de un miembro de una especie favore­cerá su supervivencia. Ese individuo y su descendencia son por ello seleccionados naturalmente para prosperar sobre otros miembros de su especie.

El ejemplo de selección natural que me convenció de su veracidad es el caso de las polillas de Manchester. En el siglo XIX, las chimeneas de las fábricas de los alrededo­res de Manchester vomitaban tanto humo que los árboles se teñían de negro. Una polilla de color gris claro (Biston betularia) permaneció en su corteza y se valió de su camuflaje para evitar ser devorada por los predadores. A medida que los árboles se iban volviendo más oscuros, las mariposas iban «evolucionando» hacia una coloración progresivamente más oscura.18

Imagínense cuál fue mi decepción cuando descubrí que no se trataba de una prueba de selección natural. Lo que en realidad sucedía era lo siguiente: originalmente ha­bía una gran cantidad de polillas grises y unas pocas más oscuras de la misma especie. Las de color más claro eran devoradas porque su camuflaje ya no servía, mientras que las más oscuras prosperaron. No había ningún cambio evolutivo, ni tampoco selección natural, sólo un cambio de población; algo así como si una enfermedad exterminara a los blancos y no afectara a los negros. Aunque esta histo­ria evolucionista fuera verdad, sólo representaría una pequeñísima alteración en una única especie; no habría nada remotamente parecido al cambio de una especie en otra.19

Los darwinistas pueden protestar diciendo que ellos nunca afirmarían que la historia de las polillas es una evi­dencia de la selección natural. Sin embargo, la historia está todavía en libros de texto y enciclopedias; y, aunque no fuera así, los darwinistas de a pie siguen contando orgullosamente el cuento de la polilla. Es un tipo de leyenda que no se preocupan de corregir aquellos que tienen más conocimientos. Más aún que una leyenda: esta era la teoría oficial al menos hasta 1970, cuando el A Handbook of Evolution20 del Museo Británico de Histo­ria Natural describía la «melanosis industrial» de las polillas como «el cambio evolutivo más sorprendente realmente presenciado» y como «prueba de la selección natural».21 Mi opinión es que muchas «pruebas» darwinistas se si­túan en ese nivel; dicho de otro modo, parecen ser una especie de folclore.

Darwin modificó el énfasis de la «selección natural» cuando adoptó la expresión «supervivencia del más apto», de Herbert Spencer (que también acuñó el término «evolu­ción»). Esta expresión es más apropiada a su concepción de la vida como una amarga lucha. Pues lo que sucede, decía Darwin, es que aquellos animales que son más aptos para su entorno son los que tienen más éxito y los que tienen más descendencia. ¿Cómo medimos la aptitud de cual­quier animal? Por su capacidad de supervivencia, dicen los darwinistas. Por eso los más aptos sobreviven, y aque­llos que sobreviven son los más aptos. Es dudoso que una simple tautología -que los supervivientes sobreviven- pueda ser nunca una ley significativa.

Aunque no fuera tautológica, la supervivencia de los más aptos seguiría siendo dudosa. Es una noción comple­tamente individualista que excluye la cooperación, el amor y el altruismo que caracterizan a muchas especies sumamente prósperas, incluida la nuestra. La competición sanguinaria que Darwin imaginó como la característica distintiva de la naturaleza pocas veces se encuentra en la práctica. La abrumadora mayoría de las más de 22.000 es­pecies de peces, reptiles, anfibios, aves y mamíferos no luchan ni matan por comida ni compiten agresivamente por el espacio.22 Además, en el éxito influye gran cantidad de factores, y la suerte no es el menor; de hecho, la idea de que un entorno competitivo elimina a los débiles y ase­gura la supervivencia del más apto ya no es, para ser justo con los darwinistas, ampliamente suscrita. «Más aptos» ha tendido a ser reemplazado discretamente por «adap­tados».

Las teorías de la selección natural, o la «supervivencia de los más aptos», no clarifican cómo evolucionan las cria­turas. Es sólo otra manera de decir que algunos animales viven y se reproducen, mientras otros desaparecen. No es una «ley», ni siquiera una descripción especialmente pre­cisa de la naturaleza. De ser algo, es algo más parecido a un síntoma de la visión enferma de Darwin que otra cosa: su rechazo a reconocer los múltiples rostros de la naturaleza y su insistencia en un solo rostro, que le devolvía su mira­da fija como una máscara cruel.

Como la naturaleza le asaltaba con oleadas de náuseas, Charles construía frenéticamente diques de hábitos y «ru­tinas puntuales, con sus días iguales como «dos guisan­tes»»,23 y se esforzaba por proteger su vida emocional. Pero, por supuesto, los muros que levantó para mantener a raya a la naturaleza se convirtieron en su prisión. «He perdido, para mi desdicha, todo interés en cualquier tipo de poesía», escribía con tristeza. Desaparecido el amado Milton de su juventud, perdido su Paraíso, incluso lo intentó desesperadamente con algo más fuerte: Shakes­peare, a quien había amado siempre. Pero «lo encontré tan absolutamente monótono que me produjo náuseas».24 ¿Monótono, de verdad?. Su único placer radicaba en pequeños experimentos con sus queridas lombrices de tierra y las flores diminutas que reprendía y alababa;25 y esto era admisible sólo porque podía pasar clandestina­mente bajo el manto de la ciencia. Sin embargo, los gusanos no podían salvarle. «Mi mente se ha convertido en una especie de máquina para procesar leyes a partir de numerosas colecciones de hechos».26 Pobre Charles, un hombre bueno y amable, que se había pasado la vida negándole a la naturaleza su alma y que, a resultas de ello, perdió la suya; la máquina en que quería convertirla acabó siendo aquello en lo que él mismo se convirtió.”

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1. Desmond, Adrian y James Moore, Darwin, Londres 1992, p. 188

2.Wilson, Jason, “Darwin’s nausea”, en Harvest, vol. 34, 1988-1989, p. 132-141: The Journal for Jungian Studies, Karnac Books, 58 Glocester Rd., Londres SW7 4QY, p. 122

3. Desmond y Moore, p. 122

4. Sheldrake, Rupert, The Rebirth of Nature, Londres 1990 p. 55-56. [El renacimiento de la naturaleza, trad. de J. Piatigorsky, Paidós Ibérica, Barcelona 1994]

5. Ibid.

6. Desmond y Moore, p. 119

7. Wilson, p. 136

8. Ibid., p. 141

9. Wilson, p. 134. Desmond y Moore, p. 187

10. Wilson, p. 135

11. Desmond y Moore, p. XVI

12. Ibid., p. 191

13. Ibid., p. 261

14. Ibid., p. 635-636

15. Ibid., p. 251

16. Wilson, p. 139

17. Desmond y Moore, p. 283

18. Milton, Richard, The Facts of Life, Londres 1994.

19. Ibid.

20. De Sir Gavin de Beer

21. Citado en Milton, p. 156

22. Milton, p. 159

23. Desmond y Moore, p. XIX

24. Wilson, p. 133

25. Desmond y Moore, p. 631

26. Wilson, p. 132

lunes, 2 abril, 2007

Contra el progreso y otras ilusiones (y IV): Evolucionismo, Darwinismo y progresismo

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 12:26 pm

darwin.jpgEn esta última entrega de Contra el progreso… no voy a hacer un comentario introductorio, sino una crítica que desarrollaré al final del texto, con el que estoy en franco desacuerdo.

 

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“[Resulta] sorprendente […] cómo ha sido utilizado el darwinismo para fortalecer la fe en el progreso. No hay nada en la teoría de Darwin que indique que los resultados de la selección natural sean buenos o malos. En ella se describe simplemente el funcionamiento de un mecanismo biológico. Así pues, por lo que al darwinismo respecta, el mundo no tiene ninguna tendencia intrínseca a mejorar. La selección natural de mutaciones genéticas puede conducir a formas de vida más complejas, pero, de la misma manera, puede también erradicarlas. Una visión tan austera como ésa no puede ser popular. Las esperanzas legadas por el cris­tianismo son demasiado profundas y están demasiado extendidas en la cultura como para que se pueda aceptar sin más esa imagen de cambio carente de sentido. De ahí que se le haya dado la vuelta a la teoría de Darwin y haya sido utilizada para reafirmar las nocio­nes de progreso dominantes.

Los ejemplos más familiares de ello son las diversas variantes del darwinismo social. A finales del siglo XIX, varias versiones erró­neas de la teoría de la evolución fueron utilizadas para respaldar el capitalismo de laissez-faire y el imperialismo europeo. A finales del siglo XX, en la derecha estadounidense se volvió a dar vida a una forma particular de darwinismo social con el que se pretendía ofre­cer una explicación espuria en relación con las marcadas desigual­dades raciales de aquella nación. Tanto el uno como el otro son ca­sos de una burda utilización de la ciencia con propósitos políticos en la que tan pésima es la ciencia así creada como los fines perse­guidos con ella. Más interesantes resultan, sin embargo, los inten­tos recientes de recurrir al darwinismo para conferir una base cien­tífica a la idea del progreso humano.

La teoría de los memes de Richard Dawkins es una explicación neodarwiniana de la difusión de ideas. Como Dawkins deja claro en su libro El gen egoísta (1976 [fecha de publicación original]), dentro de la categoría de los memes se incluyen tanto las canciones y las frases hechas, como la forma de hacer vasijas o de construir ar­cos, o las ideas políticas y las teorías científicas. La teoría de Daw­kins afirma que, del mismo modo que los genes se propagan mo­viéndose de un cuerpo a otro a través de los espermatozoides o de los óvulos, los memes también se expanden moviéndose de un ce­rebro a otro. Lo cierto es que no está muy claro si estamos realmente ante una teoría o ante una analogía bastante torpe, y es que, aunque el autor menciona sin excesivo rigor que la propagación de los memes se produce mediante un proceso de imitación, nunca especifica un mecanismo definido para la transmisión de las ideas. Tampoco es de extrañar, puesto que ese mecanismo no existe. Hace mucho que se sabe que las ideas pueden difundirse por una especie de contagio, pero en la historia de las ideas no hay nada que se asemeje siquiera a la selección natural de las mutaciones ge­néticas en biología. Las persecuciones y las guerras, el poder de la riqueza y la capacidad de los gobiernos para influir en la elabora­ción de la información son sólo algunos de los factores que expli­can por qué se difunden algunas ideas y otras no. Puede que la imi­tación desempeñe algún papel en todo este complicado proceso, pero difícilmente puede explicarlo.

[…]. Pero ¿qué exige mayor fe: aceptar que la humanidad ha bebido del árbol del conocimiento y debe arrostrar las consecuencias, o creer que la ciencia puede liberar a la humanidad de sí misma?” (Págs. 78-81)

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evolucion.jpgEs curioso que a Gray, en su discurso bien hilado y más o menos monolítico en contra de la idea de progreso, se le escape algo esencial para el mantenimiento de esta enorme ilusión: el evolucionismo (y en particular el Darwinismo), que interpreta como independiente de la mentalidad progresista cuando, desde mi punto de vista, constituye uno de sus puntales básicos.

Dice, por ejemplo, que “no hay nada en la teoría de Darwin que indique que los resultados de la selección natural sean buenos o malos. En ella se describe simplemente el funcionamiento de un mecanismo biológico. Así pues, por lo que al darwinismo respecta, el mundo no tiene ninguna tendencia intrínseca a mejorar”. Primero, para valorar una teoría, y más aún si ésta es más filosófica que científica (en el sentido de comprobable empíricamente), no se puede separar a su autor de sus circunstancias: Darwin fue, en su juventud, un meapilas de marca mayor que incluso estuvo a punto de hacerse ministro de la iglesia anglicana, lo cual ya da una pista importante de cuál era su aproximación al problema de la evolución: los mecanismos que describió con innegable ingenio, para él no representaban más que los mimbres con los que Dios hacía el cesto de la Creación.

Por tanto, en la teoría de Darwin sí está implícito que los resultados son “buenos”, y sí pone de manifiesto la tendencia a la “mejora”: de la evolución (= progreso) de un organismo unicelular se llega a los mamíferos: el aumento en complejidad fisiológica y estructural es indiscutible, y de ello se deduce, y más en la mentalidad de un cristiano como Darwin, que hay una dirección, una finalidad de la evolución, que está por supuesto al servicio de Dios.

En consecuencia, para Darwin, repito, la evolución sería la herramienta que Dios usa para crear seres sobre la Tierra. Por tanto, su diferencia con los creacionistas era tan sólo de “método”, mientras que entre los Neodarwinistas y los creacionistas hoy en día las diferencias son de calado ontológico.

Resumiendo a partir de la primera frase de la cita “[Resulta] sorprendente […] cómo ha sido utilizado el darwinismo para fortalecer la fe en el progreso”: No sólo no sorprende, sino que el Darwinismo es el perfecto complemento de la mentalidad progresista, pues, para él, la creación progresa gracias a la evolución. Creo que sería interesante que Gray revisase su aproximación a este tema que, además, redunda en la tesis general de su obra, que considera la idea de progreso como el producto de una época, como un prejuicio más, sin otro valor que el de ser el predominante en la mentalidad moderna, cosa que sí comparto sin ambages.

En lo que respecta a su crítica a la teoría de la transmisión de los memes de Dawkins, tan cara a ciertas mentalidades extremo-mecanicistas (si me permitís la redundancia de este neologismo), estoy básicamente de acuerdo, así como con la última frase de la cita, que me parece muy aguda.

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