Cabalgando al Tigre

Viernes, 11 mayo, 2007

Entrevista a Jacobo Siruela

Filed under: Entrevistas — by Aspirante a domador @ 8:40 am

jacobo.jpgA continuación os dejo unos fragmentos de una interesante entrevista a Jacobo Siruela, con motivo de la creación de su (en aquel momento) nueva editorial, Atalanta, que he encontrado por casualidad, publicada en octubre de 2005 en elpais.com en la sección de “tecnología” (no sé porqué) y que podéis leer completa pinchando aquí.

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“Conocí a Borges y a Calvino durante un curso sobre literatura fantástica que organicé con Carlos Maier para la Universidad Menéndez Pelayo de Sevilla, en 1983. Recuerdo a Borges rechazando a las palomas del parque como si fueran la peste, mientras que recitaba en alemán unos versos en los que sólo pude reconocer la palabra vampir. Con Calvino tuve una relación más próxima; digamos que nació una especie de amistad, que se truncó desgraciadamente con su muerte tan prematura, pero que ha continuado con su viuda, Chichita, hasta el día de hoy. Sin embargo, cuando le conocí por primera vez, la cosa fue complicada. Había perdido las maletas y no abrió la boca en toda la cena, ni siquiera cuando se le hacían preguntas directas. Yo tenía 29 años y estaba aterrado. Pero no es que fuera antipático, sino una persona muy tímida y reconcentrada, como pude ver después. Cuando acabó su conferencia y le llevé a nuestra casa familiar en Sevilla, el palacio de las Dueñas, y entró en ese maravilloso patio mozárabe, con la fuente en medio, las palmeras y las flores, se emocionó y empezó a hablar por los codos. Recuerdo que se habló sobre las diferencias culturales entre Italia y España, y él dijo, proféticamente: ‘La diferencia entre nuestros dos países es que si en España alguien roba, lo hace con sentimiento de culpa, mientras que en Italia se roba sin ninguna culpa. Tal vez, dentro de unos años seamos iguales’. Durante esa semana murió Paquirri, y Calvino asistió a su emotivo entierro. Iba en medio de una muchedumbre que gritaba fuera de sí ‘¡torero, torero, torero!’. Sí, allí iba entre ellos, el más silencioso de los escritores que he conocido, gritando también ‘¡torero, torero!’ entre esa desgarrada y vociferante masa humana.

 

Es verdad que estuve un tiempo en Tánger, entre otros sitios, donde conocí a gente interesantísima. Paul Bowles, por ejemplo. Solía recibir en su casa a las ocho de la tarde, y acudía todo tipo de gente. Ofrecía té marroquí a todo el mundo, y solía tener puesta una música extraña, entre chinesca y vanguardista, compuesta por él. El ambiente de esa casa era único. La mayoría de las personas eran musulmanes que venían desde Damasco, Beirut o Marraquech y contaban sus experiencias. No se bebía alcohol ni se fumaba hachís. Pregunté por qué. Un marroquí me contestó que había que fumar quif, pero ‘no hachís, demasiada música en la cabeza’. Además, eso había que fumarlo a partir de los 30 años, me dijo, y en ocasiones especiales. Así que todos fumábamos en pipa quif y contábamos historias. De pronto se abrió la puerta y apareció un individuo muy vivaz y simpático con dos putas despampanantes y arrabaleras cogidas a cada uno de sus brazos. Era Mohammed Mrabet, un personaje que se comprende que fascinara a Bowles, que fue su amante durante muchos años.

Si tuviera que buscar un maestro en mi vida alguien al que he seguido siendo fiel a lo largo de los años, éste sería Borges. De él aprendí que la cultura no se limita a un siglo o a unos pocos países limítrofes, sino a todo el mundo en todas sus épocas. Esto ha producido en mí la circunstancia poco compartida de que solamente me encuentro cómodo andando todos los meses por 25 siglos. Esto me ha costado muchos años de lectura, de hábito, pero ahora esta visión no la cambio por nada, pues limitarse solamente a los dos últimos siglos es como ver la imagen de la cultura o la literatura en dos dimensiones. En cuanto uno va añadiendo diferentes perspectivas surgidas de tiempos y culturas diferentes, esa misma imagen, al menos para mí, va cobrando más profundidad, más relieves, más matices…, hasta volverse tridimensional.

Cioran vivía en un ático, en París, al que había que subir andando, muy cerca del cementerio de Montparnasse. Le visitaba mucha gente desesperada que le decía que querían suicidarse. Él los escuchaba atentamente, y les sugería que bajasen al cementerio y que se sentaran allí durante una hora, y que después volvieran a subir otra vez. Lo curioso, decía, es que nadie después de eso quería suicidarse. Al principio se interesó por mí –me lo confesó más tarde– porque le encantaba charlar con gente de la aristocracia. Sobre todo con mujeres ya de cierta edad, pues había descubierto que sus vidas eran de lo más profundas y filosóficas que había podido encontrar, por una razón esencial: todas ellas conocían mejor que nadie el tédium vitae, es decir, la dimensión más sutilmente terrible de la existencia humana. Cada vez que iba a París, le llamaba y le decía: monsieur Cioran, siento decirle que no podrá evitar en los próximos días la visita de un editor en su casa… Y a partir de ahí nos lo pasábamos en grande.

Deseo intervenir en todos los procesos de elaboración de los libros. Reunirme de un buenísimo equipo e intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, vindicando la buena labor artesanal por encima de todo. Quiero tener un excelente taller artesanal de este nuevo siglo. He dicho que Atalanta se basa en una investigación cultural. Pero ¿en qué se basa ésta? De alguna manera, Atalanta reacciona contra el provincianismo secular que ahoga nuestra cultura. Desde que la cultura se dirige desde los medios de comunicación, y sigue los dictados del mercado, todo lo que no es noticia o consumo tiende a ser apartado de las vías públicas. De ahí que estemos viviendo un olvido que puede llegar a ser aterrador. La memoria tendría que ser uno de los valores para el siglo XXI. Aún vivimos bajo el tic de la innovación, que fue la bandera del siglo pasado, sin darnos cuenta de que las cosas ya no son nuevas, como quieren aparentar, sino terriblemente viejas. Todo nuestro arte es puro manierismo. Necesitamos hacer una reflexión, es decir, un buen ejercicio de memoria. Sólo de ahí volverá a surgir lo nuevo. Por eso me interesa la investigación cultural, y por eso he elegido esta luminosa frase del escritor checo Gustav Meyrink para definir la filosofía de Atalanta, en la que dice que quiere aprender a maravillarse de nuevo y ‘aprender a ver las formas viejas con ojos nuevos, en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con ojos viejos’, porque tal vez de esta manera ‘adquieran la juventud eterna’.

 

El triunfo con letras mayúsculas es, en muchas ocasiones, irónicamente, una forma de fracaso, pues comporta demasiadas obligaciones añadidas, demasiados comportamientos artificiales a tu alrededor y, lo peor de todo, demasiados odios sordos y gratuitos que pueden acabar machacándote.

 

Siempre es posible una nueva vuelta de tuerca, un paso más en cualquier dirección. La fidelidad al tamaño y a la filosofía del negocio, y más si, como explica, se lo encuentra uno casualmente en un viaje, nos remite directamente a citar a otro clásico vivo: Rafael Azcona, quien cuenta que en los años cincuenta se pararon en una venta entre Madrid y Zaragoza por indicación de uno de los viajeros: “Aquí hacen y venden unas magdalenas extraordinarias”. Y efectivamente, al parecer eran extraordinarias. Años más tarde, y alardeando de conocimientos gastronómicos, el guionista y escritor recomendó a sus nuevos acompañantes que pararan en dicha venta para comprar las muy recomendables magdalenas. “Pues no tenemos. Ya no las fabricamos”, les contestó el ventero. Su explicación ante la insistencia de los clientes por conocer los detalles fue impecable e implacable: “Las pedían mucho”.

 

Lo único estimulante hoy es tener la suficiente libertad como para hacer todo lo contrario de lo que marcan los hábitos y pautas editoriales del último cuarto del siglo pasado. Es decir:

– Hacer pocos libros en lugar de muchos. Se trata de elegir, no de abarcar.

– Dedicar todo el tiempo que requiera cada uno de los libros en su realización, en lugar del menos posible ‘porque es más rentable’.

– No seguir las pautas del mercado, sino intentar adecuar al mercado tus propias propuestas.

– No buscar nada nuevo ni ‘original’ en el diseño, sino algo auténtico y perdurable. Lo nuevo es lo que antes envejece.

– Tratar de buscar belleza –es decir, armonía de formas y colores– frente al relativismo (un poco gregario) de las estéticas instantáneas.

– ¡Guerra al plástico! Es un material anticuado y desagradable. Las encuadernaciones plastificadas son una rémora del siglo pasado. El plástico representa el triunfo de lo funcional frente a lo sensual. Y la sensualidad es el mejor acompañante de lo intelectual.

– Revindicar la encuadernación en papel, un material más acorde con el sentido del tacto. Estudiar a fondo todos los problemas que esto puede producir para la durabilidad del libro.

– Estudiar que el libro pueda abrirse perfectamente en las manos. (Lo contrario es una descortesía elemental con el lector).

– Cuidar al máximo las tipografías, interlineados, espacios blancos para los dedos, tamaño de la letra, etcétera. Son los fundamentos para un buen uso del diseño.

Soy un gran defensor de Internet. Creo que es lo único verdaderamente nuevo que ha sucedido en los últimos 20 años. Sin Internet, Atalanta no existiría como es. Esto es una prueba contundente de que la tecnología es lo que hoy transforma nuestras vidas y no la cultura humanista. De esto no me alegro, por supuesto, pero es así, y no hay espacio para lloriqueos. Quizá es mejor ver su parte positiva, que la tecnología es un medio y, como tal, algo también fundamental para el desarrollo de la cultura. Pienso que la alta cultura no será definitivamente engullida por la cultura de masas gracias a la existencia de dos mundos antitéticos: por un lado, los buenos libreros que seleccionan y mantienen la calidad de la oferta editorial, y por otro lado, Internet, que permite a cada usuario informarse adecuadamente desde su casa de los libros que le apetece comprar. Lo novedoso de Internet es que todos los libros, desde Píndaro hasta Zafón, se encuentran en el mismo nivel. No hay mesas de novedades, y cualquiera de estos dos libros tienen la misma facilidad o dificultad para encontrarse. Amazon, Abebooks, Chapitre son hoy día las mejores librerías del mundo, y esto da que pensar. Las pequeñas editoriales independientes necesitan tanto de los libreros, de los buenos libreros, como de Internet para su supervivencia. Por eso, la página web es fundamental. Espero recibir muchas visitas, entre otras cosas porque, aunque es una editorial completamente campestre, también es profundamente cibernética”.

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2 comentarios »

  1. Siendo, como soy, un amante de los libros, coincido totalmente con Siruela en cada uno de los puntos respecto a la edición de libros… la mayoría de las veces, por no decir siempre, las editoriales tienen más presente la “vendibilidad” de sus productos que al lector mismo… y aquello que se dice aquí de la falta de respeto hacia el lector, es totalmente cierto. Lo he sentido muchas veces.

    He visitado la página de Atalanta en la red, y aunque por ahora tienen pocas publicaciones, promete mucho!

    Interesante post! como siempre

    M.

    Comentario por Mahatma — Martes, 15 mayo, 2007 @ 2:21 pm |Responder

  2. […] atrevidos e interesantes que he leído en los últimos tiempos. Atalanta, la nueva editorial de Jacobo Siruela, hereda en lo que a características de edición respecta tanto las virtudes como los defectos de […]

    Pingback por El fuego secreto de los filósofos (I): Sobre el Alma del Mundo « Cabalgando al Tigre — Lunes, 21 mayo, 2007 @ 8:01 am |Responder


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