Cabalgando al Tigre

Viernes, 22 junio, 2007

El fuego secreto de los filósofos (VI): sobre el asesino en serie

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:20 am

chikatilo.jpg

Aquí Harpur, en su Fuego secreto…, se aproxima a la psique del asesino en serie. Muy interesante y sugerente. Os dejo un par de fotos de uno de ellos, el ucraniano Andrei Chikatilo, ejecutado en Moscú en 1994.

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Como el sexo, la violencia y la enfermedad, la locura es parte de la psique. Esto es lo que nos cuentan los mitos, y lo mismo hacen los sueños que se deleitan en enloque­cer nuestro mundo diario (los estudios de los sueños ponen de manifiesto que la mayor parte de ellos son pesa­dillas). La imaginación informa al alma, deformando y transformando, generando monstruos. Amamos a los monstruos tanto como los tememos. Como se nos ha enseñado menos sobre el mito, donde moran monstruos, nos sentimos proporcionalmente más fascinados por monstruos humanos. Por ejemplo, al final del siglo XX, los asesinos en serie aparecieron de manera significativa, tanto en la ficción como en la realidad.

No son como los asesinos ordinarios, que matan sólo una vez, habitualmente a alguien que conocen y por moti­vos comprensibles como ira, codicia o miedo. Los asesi­nos en serie, por definición, matan muchas veces, habi­tualmente a personas que no conocen y por razones que no son fácilmente comprensibles (si es que alguna vez lo son). Nos fascinan tal vez porque parecen tener una dimensión mítica, como si estuvieran actualizando algu­na pauta arquetípica más allá de sí mismos, haciendo rea­les la sexualidad y la violencia que deberían permanecer en el reino de la imaginación. Si éste es el caso, asesinan a extraños porque no están matando a personas, sino imá­genes, o, más bien, una única imagen en muchas personas. Puede ser la imagen de la Madre, la Niña, la Prostituta, la Condición de Mujer o lo que sea; pero, en última instan­cia, es de las imágenes del alma de lo que los asesinos en serie ansían ser liberados, como Heracles.

El alma exige del asesino en serie lo que nos exige a todos nosotros, que mate metafóricamente su ego para que ella pueda vivir. En lugar de hacerlo, él opta por matar lite­ralmente su alma para que su ego pueda vivir. Ahora bien, no se puede matar el alma. No sólo es inmortal, sino que también es la raíz misma de la que ha surgido el ego. Cualquier intento de desenraizar el alma sólo consigue que regrese a nosotros en forma distorsionada, como imagen demoníaca que debe ser asesinada una y otra vez.

Así como los desórdenes obsesivos y las conductas compulsivas, como el lavado de manos de Lady Macbeth, son actualizaciones literales de rituales recurrentes a modo de ceremonias de purificación, así los repetidos crímenes del asesino en serie a menudo se ajustan a algún patrón, igual que las monstruosas sombras de las decorosas repeticiones de un ritual. Como no puede trasladarse a otro nivel meta­fórico, como no puede transformar su actuación en una actuación teatral, ni su enajenación en locura divina, sólo puede seguir incesantemente haciendo lo mismo. Un ase­sino en serie nunca se detiene voluntariamente.

Ningún intento de explicación puramente «secular» -malos padres, traumas infantiles, taras hereditarias, con­dicionamiento social- puede describir la sensación que tiene el asesino en serie de estar poseído. Por ejemplo, pese a la oración ferviente, Joseph Bartsch, de catorce años, tenía la sensación «de no tener ya ningún control sobre lo que hacía»; y siguió torturando y matando a niños pequeños. Jeffrey Dahmer, que comía la carne de sus vícti­mas, decidió ir a juicio en lugar de declararse culpable por­que «quería descubrirchikatil.jpg lo que me había llevado a ser tan malo y depravado». Andrei Chikatilo*, el asesino ruso de unos cincuenta adolescentes, dijo que «era como si algo me dirigiera, algo fuera de mí, algo sobrenatural».

Al oír hablar de la espantosa actividad laceradora y destripadora de los asesinos en serie fue cuando me acor­dé de la terrible iniciación de tantos chamanes. Empecé a preguntarme si los asesinos en serie no serían personas que tienen una vocación chamánica pero que, por alguna razón, han dado la espalda a esta llamada. Atormentados por los dáimones, que realizarían el imaginario desmem­bramiento que su vocación requiere, sólo pueden acallar­los (y sólo temporalmente) desmembrando literalmente a una víctima tras otra.

Llamado por los dáimones, el asesino en serie sojuzga este impulso divino bajo un ego que, según la ley de la energía psíquica, se ha inflado con delirios de su propia divinidad en exacta proporción a la fuerza con la que ha negado su llamada. Incapaz de relacionarse con los dái­mones, se siente poseído por un demonio. La voz divina que le llama a ejercer de chamán es distorsionada por esas «voces» que ordenan a los asesinos en serie cometer atro­cidades, y a las que son extrañamente incapaces de deso­bedecer.

Con frecuencia se piensa que el componente sexual es la causa de la actividad de los asesinos en serie. Pero puede ser solamente el síntoma de una tara más profunda. Las caricias de Dennis Nielsen a los niños que había matado, el hecho de que Dahmer se comiera la carne de sus víctimas, tal vez sean la única forma de relación huma­na que puedan tener. Mientras que sus asesinatos son actos brutales de una voluntad egoísta, su conducta poste­rior hacia los cuerpos puede ser expresión de un desespe­rado intento del alma por relacionarse. ¿No están también distorsionadas nuestras propias expresiones anímicas? Por ejemplo, ¿no se fuerza frecuentemente al amor a seguir caminos tortuosos, de modo que sólo puede aparecer como rencor, odio o perversión, esfuerzos todos, por más devastadores que resulten, para relacionarse con los demás? ¿Acaso no podemos imaginar el cero absoluto de frialdad en que debe vivir el asesino en serie, para que aca­riciar un cadáver resulte ser lo más próximo a que puede llegar a una cálida relación humana?

El sacrificio de Isaac

Un asesino podría afirmar que actuaba por orden de Dios. Desde fuera, podría parecerse al patriarca Abraham, al que Jehová le ordenó matar a su único hijo, Isaac, el hi­jo amado de su ancianidad. En realidad, Abraham debería parecer peor que un asesino, pues el asesinato de un hi­jo propio era considerado por su sociedad como el más odioso de los crímenes. Aunque alegara, como hacen con frecuencia los asesinos, que Dios le había ordenado matar a su hijo Isaac, no habría aumentado sus posibilidades de clemencia, sino que probablemente se habría enfrentado a una acusación adicional de blasfemia.

Esta situación se invierte por completo cuando se considera desde dentro. Lo que la sociedad llama asesina­to, Abraham lo llama sacrificio. Su decisión, libremente elegida, de matar a Isaac por mandato de Dios es una expresión de su relación íntima y personal con Dios. Esta relación, que comprende muchos factores, incluidos el amor y la duda, se denomina fe; y Abraham es conocido con justicia como «el padre de la fe». (Dios intervino para salvar la vida de Isaac en el momento en que Abra­ham estaba a punto de bajar el cuchillo.)

Análogamente, el autosacrificio se asemeja al suicidio. Pero mientras que el primero es un acto de amor realiza­do por alguien que ha matado a su ego o que está dispues­to a morir, el segundo es un acto de desesperación de alguien que no quiere matar a su ego, y por eso, atrapado en un mundo egoico cada vez más estrecho, no ve más salida que la extinción física. (Págs. 401-405)

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* Os recomiendo una excelente película sobre este personaje: Ciudadano X.

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4 comentarios »

  1. Magnífica web, que no conocía. James Hillman desarrolla también la idea de la vocación daimónica del asesino en serie en “El código del alma”, en el capítulo “La mala semilla”. Disfruté mucho leyendo la obra de Patrick Harpur que citas. La de Hillman, en cambio, me pareció floja (aunque bien intencionada), y a años luz de otras que exploran la idea del daimon y que ya no se recuerdan, como “Introducción a la vida angélica”, de Eugenio D’Ors. Visitaré el blog a menudo.

    Comentario por Monsieur Tiffauges — Lunes, 25 junio, 2007 @ 11:08 am |Responder

  2. Permíteme, Monsieur Tiffauges, que añada tu curioso blog a mi <em>blogroll</em>. Hillman, a mi entender y en lo poco que he leído de él, resulta siempre muy prometedor y poco cumplidor. Al final te deja siempre con hambre. Me apunto la obra de D’Ors que citas y que no conocía, muchas gracias. En cuanto al nuevo libro de Atalanta, Pam y la pesadilla, del que hablas en tu último hilo, ya está en mi librería esperando turno, aunque tardará bastante en aparecer en este blog, ya que tiene delante varios textos preparados para ser colgados. Un cordial saludo.

    Comentario por Aspirante a domador — Martes, 26 junio, 2007 @ 9:28 am |Responder

  3. Ciudadano X en efecto es una terrorífica película, que no tiene que ver con las andanzas de tipos enmascarados que descuartizan jovencitas. El tal Chikatilo deja a Aníbal Lecter al nivel de un comeflores cursi.
    Lo más horrible del filme es que refleja la realidad de un asesino en serie que estuvo impune mucho tiempo, porque la ideología soviética no podía aceptar la existencia de asesinos en serie (esto es, del mal en la sociedad moderna por antonomasia) fuera del “malvado y decadente bloque occidental-burgués-capitalista”. Y el tipo tenía carnet del PCUS.

    Comentario por bukowsky in love — Jueves, 28 junio, 2007 @ 5:51 pm |Responder

  4. […] Cabalgando al tigre | Sobre el asesino en serie […]

    Pingback por Andrei Chikatilo y las consecuencias del comunismo Soviético | LA PLEGARIA DE UN PAGANO — Lunes, 23 junio, 2014 @ 6:24 pm |Responder


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