Cabalgando al Tigre

Miércoles, 27 junio, 2007

El fuego secreto de los filósofos (y VII): los hombres-dioses, falsos mesías de la cultura occidental

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:55 am

hitler1.jpg

Última entrega de El fuego secreto…, en la que el autor hace un análisis de las personalidades de las que adolecen los grandes tiranos que han dado las culturas monoteístas, que encarnan, en su opinión, falsos mesías. Afinando un poco más yo diría que cada uno de ellos representa la imagen invertida de un avatara (un mensajero o enviado de la Divinidad). Sea como fuere, aquí os dejo el texto, quizá demasiado breve pero sin duda interesante.

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Si los asesinos en serie son una especie de chamanes invertidos, tal vez los grandes tiranos de la cultura occi­dental -Napoleón, Hitler, Stalin- puedan ser descritos como falsos mesías. Mientras Cristo, el Dios-hombre, antepone la importancia del individuo en relación con Dios a todo poder temporal -tanto al poder de la religión (judaísmo) como al del Estado (imperialismo romano)-, el Hombre-dios exalta el poder colectivo del Estado, encarnado en él mismo, por encima de cualquier indivi­duo. Se puede sostener que el Hombre-dios, tal como nosotros lo conocemos, sólo ha sido posible por el mono­teísmo cristiano, que insistía en un único Dios y hacía literal ese mismo Dios en la persona de Cristo. Ha habi­do, y por supuesto hay, tiranos monstruosos en socieda­des no cristianas; pero yo propondría que todos ellos son producto de ese monoteísmo cuya inversión conduce a la monomanía. Incluso en culturas politeístas, como la anti­gua Roma, los Hombres-dioses (Calígula, Nerón) seleccionaron a un solo dios del panteón (Zeus, Apolo) con el que identificarse.

Hitler y Stalin se creían con la misión histórica de redi­mir a su pueblo, sin que importara el coste en sacrificios materiales y humanos. Hitler creía que, como Führer, era «el salvador designado por la Providencia» que «realizaba su papel como figura ritual al servicio de un mito». Stalin tuvo que ocultar ese sentimiento de destino personal debi­do a la desaprobación por parte del Partido Comunista de cualquier culto a la personalidad; pero en el ejemplar de los Pensamientos de Napoleón encontrado en su biblioteca, Stalin había señalado este pasaje:

Fue precisamente aquella noche en Lodi cuando llegué a creer en mí como una persona inusual, y me consumía la ambi­ción de hacer las gestas que hasta entonces no habían sido más que fantasías.

Podemos ver cómo, en cierto sentido, tenían razón en la percepción de su destino. Creían en su invulnerabilidad: Hitler se hizo célebre en las trincheras de la primera Guerra Mundial como alguien que tenía mucha suerte, y cla­ramente era alguien difícil asesinar. Esta invulnerabilidad, como la de Siegfried, es también un signo de su rechazo al sacrificio del ego. Como consecuencia de ello, sufrieron la «inflación» psíquica a que he aludido anteriormente. El ego siente suya la vocación divina y quiere convertirse en un dios. Cuanto más se envanecen los Hombres-dioses con ese sentimiento de divinidad, más difícil se les hace morir a sí mismos y más sienten la presencia amenazante del vacío dejado por el alma a la que han vilipendiado.

Nada puede vivir fuera del ego tiránico; esto es, no se puede permitir que nada tenga autonomía, que tenga su propia alma. El Hombre-dios debe sojuzgar y deshuma­nizar a todo el mundo. Debe evitar continuamente el ani­quilante vacío, o tratar de llenarlo con actos de poder, lo que sólo provoca que el vacío esté cada vez más vacío y más ávido. No se puede llenar con personas porque las personas tienen alma -justo lo que el Hombre-dios no soporta-, y por eso trata de llenarlo con gente sin alma: esclavos y cadáveres. Stalin mataba continuamente y de igual manera tanto a sus rivales como a los llamados ami­gos, como si deseara que todo el mundo salvo él mismo estuviera muerto; Hitler encarceló cada vez más a perso­nas de grupos diversos, incluidos, al final de la guerra, a miles de alemanes arios, como si secretamente deseara que todos excepto él estuvieran en un campo de concentra­ción. «Ser el último hombre que queda vivo es el deseo más profundo de todo verdadero buscador de poder.» La figura mesiánica que no quiere morir a sí misma debe asolar el mundo.

El corolario de la megalomanía es la paranoia. Fue la paranoia lo que despertó inicialmente la conciencia nacio­nalista de Hitler y le metió en política; en efecto, veía a los alemanes sitiados por enemigos, y esta visión era comparti­da por alemanes que también detectaban una conspiración de enemigos invisibles: capitalistas, socialdemócratas, marxistas, bolcheviques, eslavos y judíos. «Una masa de con­versos potenciales a la espera de un mesías que liberara y unificara sus energías.» Esta creencia en su papel mesiáni­co ayudó a Hitler en los primeros días, cuando se sintió invulnerable y su brillante intuición le procuró éxito mili­tar. Pero fue también la hibris la que no le permitió exami­nar lo que realmente estaba sucediendo, y provocó su caída. Fue destruido por su imagen de sí mismo, que le cegó ante cualquier defecto o equivocación.

stalin.jpgStalin fue también un paranoico desde el principio. Su paranoia tomó la forma de «sospecha crónica, ensimisma­miento completo, celos, carácter vengativo, hipersensibilidad, megalomanía», escribe Alan Bullock en Hitler y Stalin: vidas paralelas. No podía soportar crítica ni opo­sición alguna a nada que pudiera alterar su imagen de sí mismo. Cualquiera que le informara de hechos desagrada­bles era acusado de mentira, de perfidia y sabotaje; a quien quería traicionar y matar, lo acusaba siempre de traición. Combinaba delirios de grandeza con la convic­ción de que era víctima de persecución y conspiración.

Por absoluto que pueda ser el poder del Hombre-dios, queda siempre la sospecha de que siguen existiendo pode­res autónomos, personas que todavía no han caído bajo su esclavitud, personas que aún tienen alma, individuos que conspiran contra él. En realidad, paradójicamente, cuanto más poderoso es él, más fuerte es la sospecha. Pero la conspiración es realmente la literalización del murmullo de los dáimones en su alma marchita. Nunca se les puede suprimir del todo, y siempre regresarán a él, demonizados, como enemigos invisibles. Su única defensa es a través de su propio séquito de dáimones igualmente literalizados: los espías que nutren su necesidad de omnisciencia y la policía secreta que promulga su omnipotencia, secues­trándonos como demonios a altas horas de la noche*. (Págs. 405-408)

 

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*Dicen que Stalin, de un carácter impredecible y que podía sentirse ofendido sin un motivo más o menos objetivo (como buen paranoico), tenía por costumbre despedirse de aquellos con los que se reunía o coincidía en algún evento dándoles la mano con una sonrisa. Si esto ocurría, podías marchar tranquilo, pero si no recibías aquel apretón de manos, a partir de ese momento era sabido que tu vida no valía nada.

 

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2 comentarios »

  1. No deja de tener su punto de humor negrísimo el hecho de que tanto Hitler como Stalin imitasen aquello que más aborrecían:
    -el antisemitismo del nazismo no impidió que Hitler se atribuyese una imagen y un discurso de corte mesiánico con cierto tufillo al esperado líder liberador; el pueblo de creyentes verdaderos que son superiores a los no-judíos es sustituido por la “raza” aria; Hitler a menudo hablaba de un dios monoteísta en el que al parecer creía.
    -Stalin, enemigo acérrimo de la religión cristiana como buen marxista de catón, sin embargo copió de forma “mejorada” aspectos del cristianismo católico, como pueden ser el culto al líder en su palacio imponente (el Papa en el Vaticano=el líder del Kremlin); como el POntífice romano, Stalin nunca se equivocaba, era infalile; e igualmente, los esbirros estalinistas soviéticos no eran otra cosa que la inquisicion puesta al día: por acusaciones tontas o por nada, cualquiera podía acabar en el GU.LAG o con un tiro en la nuca.
    ————–
    Muy bueno el libro entero, por cierto, que me he podido sacar por fin de la biblioteca estos días.
    ;-)

    Comentario por bukowsky in love — Viernes, 29 junio, 2007 @ 5:22 pm |Responder

  2. “Pero la conspiración es realmente la literalización del murmullo de los dáimones en su alma marchita.” Buena frase. A los dáimones hay que escucharlos con atención, nos hablan, entre otras miles de cosas, de equilibrios perdidos y de almas marchitas.
    Un saludo,
    F.

    Comentario por filousia — Domingo, 1 julio, 2007 @ 7:58 pm |Responder


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