Cabalgando al Tigre

Lunes, 30 julio, 2007

Amor líquido (III): acerca del sexo

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 8:57 am

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Tercera hidrólisis del Amor líquido. Como en la anterior entrega, los epígrafes son míos, pero las negritas son del autor.

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Sexo con desconocidos

Anticipándose al esquema que habría de prevalecer en nuestros tiempos, Erich Fromm intentó explicar la atracción por el “sexo en sí mismo” (el sexo “por derecho propio”, la práctica del sexo sepa­rada de sus funciones ortodoxas), caracterizándolo como una res­puesta (equívoca) al siempre humano “anhelo de fusión completa” a través de una “ilusión de unión”.1

Unión, ya que eso es exactamente lo que hombres y mujeres bus­can denodadamente en su intento por escapar de la soledad que sienten o temen sentir. Ilusión, ya que la unión alcanzada durante el breve instante del orgasmo “deja a los desconocidos tan alejados como lo estaban antes” de modo tal que “sienten su extrañamiento aún más profundamente que antes”. Al cumplir ese rol, el orgasmo sexual “cumple una función no demasiado diferente del alcoholis­mo o la adicción a las drogas”. Como ellos, es intenso, pero “tran­sitorio y periódico”.2

La unión es ilusoria y la experiencia está condenada finalmente a la frustración, dice Fromm, porque esa unión está separada del amor (separada, permítanme explicarlo, de una relación de tipo fürsein, de una relación que se pretende como un compromiso in­definido y duradero con respecto al bienestar del otro). Según esta visión de Fromm, el sexo sólo puede ser un instrumento de fusión genuina -y no una impresión efímera, artera y en definitiva autodestructiva de fusión— en conjunción con el amor. Toda capacidad generadora de unión que el sexo pueda tener se desprende de su conjunción con el amor.

Desde la época en que Fromm escribió sus textos, el sexo se ha ais­lado progresivamente de los otros aspectos de la vida como nunca antes.

Hoy el sexo es el epítome mismo, y quizás el arquetipo secreto y si­lencioso, de la “relación pura” (sin lugar a duda un oxímoron, ya que las relaciones humanas tienden a llenar, contaminar y modificar hasta el último rincón, por remoto que sea, de la Lebenwelt, y por lo tanto no son precisamente “puras”) que, como sugiere Anthony Giddens, se ha convertido en el modelo predominante, en la meta ideal de las relaciones humanas. Actualmente se espera que el sexo sea autosuficiente y autónomo, que se “sostenga sobre sus propios pies”, y es sólo valuable en razón de la gratificación que aporta por sí mismo (si bien por lo general no alcanza a colmar las expectati­vas de satisfacción que nos prometen los medios). No es raro, en­tonces, que su capacidad para generar frustración y para exacerbar esa misma sensación de extrañamiento que supuestamente debía sanar haya crecido enormemente. La victoria del sexo en la gran guerra de la independencia ha sido, a lo sumo, una victoria pírrica. La pócima maravillosa parece estar produciendo dolores y sufri­mientos no menos numerosos y probablemente más agudos que aquellos que prometía remediar.

La orfandad y el desconsuelo fueron celebrados brevemente en cuanto liberación definitiva del sexo de la prisión en que la socie­dad patriarcal, puritana, aguafiestas, pacata, hipócrita y rígida­mente victoriana lo habían encerrado.

Por fin había una relación pura de toda pureza, un encuentro que no servía a otro propósito que el del placer y el goce. Un sueño de felicidad sin ataduras, una felicidad sin temor a efectos secundarios y alegremente despreocupada de sus consecuencias, una felicidad de tipo “si no está completamente satisfecho, devuelva el producto y su dinero le será reembolsado”: la encarnación misma de la liber­tad, tal como lo han definido la sabiduría popular y las prácticas de la sociedad de consumo.

Está bien, y quizás sea incluso excitante y maravilloso, que el se­xo se haya liberado hasta tal punto. El problema es cómo sostener­lo en su lugar una vez que hemos arrojado el contrapeso por la borda, cómo hacer que no se desmadre cuando ya no existen mar­cos disponibles. Volar liviano produce alegría, volar a la deriva es angustiante. El cambio es embriagador, la volatilidad es preocu­pante. ¿La insoportable levedad del sexo?

Volkmar Sigusch practica la psicología: atiende a diario a vícti­mas del “sexo puro”. Lleva un registro de sus quejas, y la lista de heridos que acuden en busca de la ayuda de expertos no deja de cre­cer. El resumen de sus hallazgos es sobrio y sombrío.

Todas las formas de relaciones íntimas en boga llevan la misma másca­ra de falsa felicidad que en otro tiempo llevó el amor marital y luego el amor libre… A medida que nos acercamos para observar y retiramos la máscara, nos encontramos con anhelos insatisfechos, nervios destroza­dos, amores desengañados, heridas, miedos, soledad, hipocresía, egoís­mo y repetición compulsiva… El rendimiento ha reemplazado al éxta­sis, lo físico está de moda, lo metafísico no… Abstinencia, monogamia y promiscuidad están alejadas por igual de la libre vida de la sensuali­dad que ninguno de nosotros conoce. 3

Las consideraciones técnicas no se llevan bien con las emociones. Preocuparse por el rendimiento no deja ni lugar ni tiempo para el éxtasis. El camino de lo físico no conduce hacia la metafísica. El poder seductor del sexo solía emanar de la emoción, el éxtasis y la metafísica, tal y como lo haría hoy, pero el misterio ha desa­parecido y, por lo tanto, los anhelos sólo pueden quedar insatis­fechos…

Cuando el sexo significa un evento fisiológico del cuerpo y la “sensualidad” no evoca más que una sensación corporal placentera, el sexo no se libera de sus cargas supernumerarias, superfluas, inú­tiles y agobiantes. Muy por el contrario, se sobrecarga. Se desborda sin ninguna expectativa que no sea la de simplemente cumplir.

Las íntimas conexiones del sexo con el amor, la seguridad, la permanencia, la inmortalidad gracias a la continuación del linaje, no eran al fin y al cabo tan inútiles y restrictivas como se creía, se sentía y se alegaba. Esas viejas y supuestamente anticuadas compañeras del sexo eran quizás sus apoyos necesarios (necesarios no en cuanto a la perfección técnica del rendimiento, sino por su potencial de gratificación). Quizás las contradicciones que la sexualidad entraña endémicamente no sean más fáciles de resolver (mitigar, diluir, neutralizar) en ausencia de sus “ataduras”. Quizás esas ataduras no eran pruebas del malentendido o el fracaso cultural, sino logros del ingenio cultural. (Pág. 67-70)

Swingers

Los parisinos son famosos justamente por esto, por esforzarse más que nadie y con recursos más ingeniosos. En París, el échangisme (un novedoso término y, dada la nueva igualdad entre los sexos, más políticamente correcto para denominar el concepto bastante más viejo y con cierto resabio patriarcal de “intercambio de espo­sas”) parece haberse puesto de moda, convirtiéndose en el juego en boga y en tema favorito de conversación de todos.

Les échangistes matan dos pájaros de un tiro. Para empezar, aflo­jan un poco el cepo del compromiso marital gracias a un acuerdo que hace de las consecuencias algo menos relevante y, por lo tanto, de la incertidumbre generada por su oscuridad endémica, algo me­nos temible. En segundo lugar, hallan cómplices confiables en sus esfuerzos por esquivar las acechantes y, por lo tanto, potencialmente molestas consecuencias de un encuentro sexual, ya que todos los interesados, habiendo participado del evento, unen sus esfuerzos por evitar que el episodio se desborde de su marco.

Como estrategia para luchar contra el espectro de la incertidum­bre que todo episodio sexual entraña, el échagisme ostenta una ven­taja distintiva por sobre las “camas de una noche” y otros encuen­tros ocasionales y de corta vida por el estilo. Aquí, la protección contra las consecuencias indeseables es responsabilidad y preocupa­ción de otra persona, y en el peor de los casos no es una empresa solitaria, sino una tarea compartida con aliados poderosos y com­prometidos. La ventaja del échangisme por sobre el simple “adulte­rio extramatrimonial” es notoriamente ostensible. Ninguno de los échangistes es traicionado, los intereses de nadie se ven amenazados, y según el modelo ideal de “comunicación no distorsionada” de Habermas, todos son participantes. El ménàge à quatre (o six, huit, etc., cuantos más sean mejor) está a salvo de todas las pestes y defi­ciencias que, como sabemos, son la ruina del ménage à trois.

Tal como podría esperarse cuando una empresa se propone ahu­yentar el fantasma de la inseguridad, el échangisme busca el amparo de las instituciones contractuales y el apoyo de la ley. Uno se con­vierte en échangiste uniéndose a un club, firmando un formulario, prometiendo obedecer las reglas (con la esperanza de que todos los demás hayan hecho lo mismo) y obteniendo un carné de membresía que franquea la entrada y asegura que quienes están adentro son jugadores y juego a la vez. Como probablemente todos los que se encuentran en el interior están al tanto del objetivo de ese club y de sus reglas, y se han comprometido a seguirlas, toda discusión o uso de la fuerza, toda búsqueda de consentimiento, los azares de la seducción y demás torpezas y precariedades preliminares de resul­tado incierto se vuelven redundantes.

O así lo parece, por lo menos durante un tiempo. Las conven­ciones del échangisme, como lo prometían en una época las tarjetas de crédito, pueden facilitar el deseo sin demora. Al igual que las más recientes innovaciones tecnológicas, acortan la distancia entre las ganas y su satisfacción, y aceleran y facilitan el pasaje de una a otra. Pueden también impedir que uno de los miembros reclame beneficios que excedan los de un encuentro episódico.

¿Pueden sin embargo defender al homo sexualis de sí mismo? Los anhelos insatisfechos, las frustraciones amorosas, el temor a la sole­dad y a ser herido, la hipocresía y la culpa, ¿pueden dejarse atrás después de haber visitado este club? ¿Pueden encontrarse allí inti­midad, alegría, ternura, afecto y amor propio? Bueno, uno de los miembros podría decir y de buena fe: “esto es sexo, estúpido, aquí nada de todo eso importa”. Pero si él o ella tienen razón, ¿acaso el sexo importa? O más bien, y citando a Sigusch, si la esencia de la actividad sexual es producir placer instantáneo, “entonces, ya no es importante lo que se hace, sino simplemente que suceda”.

(…)

La indefinición, incompletud y revocabilidad de la identidad se­xual (así como de todos los otros aspectos de la identidad en un moderno entorno líquido) son a la vez el veneno y su antídoto combinados en una superpoderosa droga antitranquilizante.

La conciencia de esta ambivalencia es enervante y entraña ansiedades sin límite: es la madre de una incertidumbre que sólo puede ser apa­ciguada temporalmente pero nunca extinguida por completo. Toda condición elegida/alcanzada se ve corroída por dudas acerca de su pertinencia o sensatez. Pero a la vez protege contra la humillación de la mediocridad y el fracaso. Si la felicidad prevista no llega a materia­lizarse, siempre está la posibilidad de echarle la culpa a una elección equivocada antes que a nuestra incapacidad para vivir a la altura de las oportunidades que se nos ofrecen. Siempre está la posibilidad de salirse del camino antes escogido para alcanzar la dicha y volver a empezar, incluso desde cero, si el pronóstico nos parece favorable.

El efecto combinado de veneno y antídoto mantiene al homo sexualis en perpetuo movimiento, empujándolo (“este tipo de sexuali­dad no logró llevarme al clímax de la experiencia que supuestamente debía alcanzar”) y tirando de él (“he oído hablar de otros tipos de se­xualidad, y están al alcance de la mano; sólo es cuestión de decidirse y tener ganas”).

El homo sexualis no es un estado y menos aún un estado perma­nente e inmutable, sino un proceso, minado de ensayos y errores, de azarosos viajes de descubrimiento y hallazgos ocasionales, salpicado de incontables traspiés, de duelos por las oportunidades desperdicia­das y de la alegría anticipada de los suculentos platos por venir.

(…)

Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la can­tidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la ra­pidez del cambio. (Págs. 76-80)

——————————–

1 Erich Fromm, The Art of Loving (1957), Londres, Thorsons, 1995 [trad. esp.: El arte de amar, Buenos Aires, Paidós, 2000].

2 Ibid.,pp. 41-43; 9-11.

3 Volkmar Sigusch, “The neosexual revolution”, en Archives of Sexual Behavior,4, 1989.

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4 comentarios »

  1. A mí la verdad, el intercambio siempre me ha parecido burgués, bajo su aspecto “rompedor”. Una especie de orgía jibarizada y sometida al final a normas no tan diferentes en el fondo de otras instituciones como el noviazgo a la antigua usanza. Cambia, eso sí, que el personal conoce más gente aparte de su pareja…
    Posdata: ¿Os suena un libro llamado “la tiranía del placer”?

    Comentario por bukowsky in love — Viernes, 3 agosto, 2007 @ 6:54 pm |Responder

  2. De nada; ¿podrías darnos algún dato más del libro y de tus impresiones, si lo has leído?

    Comentario por Aspirante a domador — Domingo, 5 agosto, 2007 @ 12:28 pm |Responder

  3. También está relacionado con la hipersexualidad de hoy en día, pero se constatan dos tendencias en apariencia contrarias, que se refuerzan: el mito de la permisividad y el del neopuritanismo.
    El autor: Jean Claude Guilleaud.

    Editorial Andrés Bello, 2000 (edición española, la original francesa es 2 años anterior).

    El estilo es bastante historicista, pone ejemplos históricos para desmitificar la supuesta homosexualidad de los griegos o la imaginaria represión medieval.
    Lo que viene a decir es que nunca en la historia se habían permitido tantas actividades sexuales o hablar de sexo, y nunca las leyes y el moralismo han sido tan severos (un ejemplo: cuidado con irse con jovencitas sin antes preguntarles si tienen los sagrados 18 años, paranoia con la pederastia, etc).
    Lo que me ha llamado la atención es esta frase de vuestro texto:
    “El rendimiento ha reemplazado al éxta­sis”. Y esa idea del sexo como algo produictivo, mensurable y sujeto a la “ciencia de la sexología”, aparece también en “la tiranía del placer”. En concreto, cuando se llega al siglo XX, los famosos estudios de Kinsey permitieron tratar el sexo como algo científico, la gente empezó a hablar de ello. Pero Guillebaud constata que entonces la actividad sexual se cuantifica, se deshumaniza o se reduce a sociología arata: tanta población folla, tanta se masturba, tantas mujeres fingen orgasmos, etc. Eso cala en el público vía sexólogos (nuevos curas que definen qué da placer y cómo dar placer), y al final todo se reduce al rendimiento. Que sea con una persona o con otra es cuestión de las circunstancias.
    Ese asunto del rendimiento es lo que me ha movido a recordar ese libro.
    Saludos y gracias por aguantar el sermoncete.:-)

    Comentario por bukowsky in loive — Domingo, 5 agosto, 2007 @ 6:14 pm |Responder

  4. Coincido contigo en tus apreciaciones; en el fondo de toda esta actitud mental hacia el sexo subyace la visión cartesiana del hombre como máquina, y una máquina es mejor cuanto más rinde… cuantitativamente. El problema está en que a) el hombre tiene alma y ésta no tiene medida alguna en común con una máquina: quizá incluso sea su antítesis, y b) la cantidad, más allá de un punto, necesita el espacio de la calidad para crecer. Gracias por la referencia bibliográfica.

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 6 agosto, 2007 @ 10:11 am |Responder


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