Cabalgando al Tigre

Martes, 7 agosto, 2007

Amor líquido (y IV): vínculos líquidos

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:25 am

liquidsculpture116850.jpgÚltima hidrólisis de Amor líquido; un pequeño totum revolutum sobre la forma y el significado que los vínculos han adquirido en el mundo moderno a través de tres fenómenos: Internet, los suplementos dominicales y los hijos como objeto de consumo emocional. De nuevo, los epígrafes son míos, no así las negritas, que pertenecen (como todo lo demás) al original.

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Internet como remedo telepático

Todo ese unirse y separarse posibilita percibir la existencia simul­tánea del impulso hacia la libertad y el anhelo de pertenencia, y encubre, si es que no altera completamente, la disminución y pri­vación de esos anhelos.

Ambos impulsos se funden y mezclan en la absorbente y consumi­dora tarea de “crear una red de conexiones” y “navegar en la red”. El ideal de “conexión” se debate por aprehender la difícil y descon­certante dialéctica entre dos impulsos irreconciliables. Promete una navegación segura (al menos no fatal) entre los arrecifes de la sole­dad y del compromiso, entre el flagelo de la exclusión y la férrea garra de los lazos asfixiantes, entre el irreparable aislamiento y la atadura irrevocable.

Chateamos y tenemos “compinches” con quienes chatear. Los compinches, como bien lo sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguno en línea para ahogar el silencio con “mensajes”. En la relación de “compinches”, el ir y venir de los mensajes, la circulación de mensajes, es el mensaje, sin que importe el contenido. Tenemos pertenencia… al cons­tante flujo de palabras y oraciones inconclusas (abreviadas, por cierto, truncadas para acelerar la circulación). Pertenecemos al ha­bla, no a aquello de lo cual se habla.

No hay que confundir la obsesión actual con las confesiones compulsivas y el derroche de confidencias que preocupaban a Sennett treinta años atrás. El objetivo de emitir sonidos y enviar men­sajes ya no es someter las entrañas de la propia alma a la inspección y aprobación de la pareja. Las palabras, pronunciadas o tipiadas ya no luchan por consignar el viaje de descubrimiento espiritual. Tal como lo expresó admirablemente Chris Moss (en el Guardian Weekend) ,11 por medio de “el chat por Internet, los teléfonos móviles, los mensajes de texto”, “la introspección es reemplazada por una interacción frenética y frívola que expone nuestros secretos más profundos al lado de nuestra lista de compras”. Quiero comentar que, sin embargo, esa interacción, a pesar de ser frenética, tal vez no parezca tan frívola cuando uno advierte y recuerda que su obje­to -su único objeto- es mantener vivo el chateo. Los proveedores de acceso a Internet no son sacerdotes que santifican la inviolabili­dad de las uniones. Las uniones no tienen en qué apoyarse salvo en el chateo y los mensajes de texto; la unión sólo se mantiene gracias a nuestra charla, nuestro llamado telefónico, nuestros mensajes de texto. El que deja de hablar queda fuera. El silencio es igual a la ex­clusión. II n’y a pas dehors du texte, por cierto —no hay nada fuera del texto-, aunque no en el sentido en que lo dijo Derrida…

Un suplemento dominical cualquiera

OM,* la revista ilustrada de uno de los más venerables, respeta­dos y amados periódicos dominicales está dirigida a y es ávidamente leída por las clases más sofisticadas de Bloomsbury o Chelsea y el resto, o casi, de las clases que envían y reciben men­sajes…

Tomemos, al azar, el ejemplar del 16 de junio de 2002, aunque en este caso la fecha no importa mucho porque los contenidos, con variaciones menores, son inmunes a las convulsiones, saltos o giros de la gran historia en proceso y a todas las políticas, con excepción de la política de vida. Las aceleraciones o disminuciones de veloci­dad de las grandes políticas de la época le pasan desapercibidas…

Aproximadamente, la mitad de la revista OM está ocupada por una sección llamada “Vida”. La sección tiene subsecciones: prime­ro está “Moda”, que informa acerca de las pruebas y tribulaciones que implica “ponerse maquillaje”, con otra subsección, “Moda-ella”, que exhorta a las lectoras a “recorrer distancia extra para en­contrar el par de zapatos correcto”. Sigue la subsección “Interio­res”, con un breve interludio sobre “casas de muñecas”. Después viene “Jardines”, que aconseja cómo “cuidar las apariencias” e “im­presionar a los invitados”, a pesar de la irritante verdad de que “la tarea de un jardinero no termina nunca”. Sigue la subsección “Co­mida”, seguida de inmediato por la de “Restaurantes”, que aconseja dónde encontrar buena comida cuando se sale a cenar, y la de “Vi­nos”, que sugiere dónde encontrar buen vino cuando se come en casa. Al llegar a este punto, el lector está bien preparado para leer detenidamente las tres páginas de la subsección “Cotidiana”, que desarrolla los temas “amor, sexo, familia, amigos”.

En este ejemplar, la subsección “Cotidiana” está dedicada a las PSA,”parejas semiadosadas”, “revolucionarias de las relaciones” que “han hecho estallar la sofocante ‘burbuja de la pareja'” y que “ha­cen las cosas a su gusto”. Se trata de parejas de tiempo parcial. Aborrecen la idea de compartir la casa y prefieren conservar separa­das las viviendas, las cuentas bancarias y los círculos de amigos, y compartir su tiempo y espacio cuando tienen ganas, pero no en ca­so contrario. Así como el viejo empleo se ha dividido actualmente en una sucesión de tiempos flexibles, empleos variados o proyectos a corto plazo, y el viejo estilo de comprar o alquilar propiedades tiende a ser reemplazado por el sistema de “tiempo compartido” y los paquetes turísticos, el viejo estilo de matrimonio “hasta que la muerte nos separe” —ya desplazado por la reconocidamente tempo­raria cohabitación del tipo “veremos cómo funciona”— es reempla­zado ahora por una “reunión” de tiempo parcial y flexible.

Los expertos —como muy bien imaginan los lectores, ya que es un hábito famoso de los expertos- están divididos. Sus opiniones oscilan entre dar una cálida bienvenida al modelo de las PSA, califi­cándolas del tan buscado nirvana (ya que consiguen la cuadratura del círculo con respecto al tema de dar y tomar genuinamente sin recibir retribución por la pérdida de independencia que eso impli­ca), y condenar a los practicantes del nuevo modelo, a los que se acusa de cobardía por su falta de disposición a enfrentar las prue­bas y penurias que necesariamente se presentan cuando uno se aboca a crear y perpetuar una relación plena y completa. Se consignan minuciosamente todos los pro y los contra, se sopesan escrupulosamente, aunque en las hojas de balance no aparecen (algo cu­rioso, considerando la sensibilidad ecológica que cunde en nuestro tiempo) los efectos del estilo de vida PSA sobre el entorno humano de las PSA.

Cuando uno ha terminado la subsección “Cotidiana”, ¿qué resta de la sección “Vida”? Las subsecciones llamadas “Salud”, “Bienes­tar”, “Nutrición” (nota: aparte de “Comida”, “Restaurantes” y “Vi­no”) y “Estilos” (repleta de avisos publicitarios de mobiliarios). La sección se completa con el “Horóscopo”, en el que, según la fecha de nacimiento, se aconseja a algunos lectores: “basta de arrastrarse, la movilidad es esencial ahora. Tiene que desplazarse, hablar por su celular y cerrar tratos”; mientras que otros reciben este consejo: “es justo su momento, nuevos asuntos lo rodean y ya no le quedan muchas cosas viejas que puedan deprimirlo o pesar sobre su espíri­tu eternamente optimista”. (Págs. 54-57)

Otro aspecto del consumismo: los hijos

En nuestra época, los hijos son, ante todo y fundamentalmente, un objeto de consumo emocional.

Los objetos de consumo sirven para satisfacer una necesidad, un deseo o las ganas del consumidor. Los hijos también. Los hijos son deseados por las alegrías del placer paternal que se espera que brinden, un tipo de alegría que ningún otro objeto de consumo, por ingenioso y sofisticado que sea, puede ofrecer. Para desconsue­lo de los practicantes del consumo, el mercado de bienes y servicios no es capaz de ofrecer sustitutos válidos, si bien ese desconsuelo se ve al menos compensado por la incesante expansión que el mundo del comercio gana con la producción y mantenimiento de los hijos en sí.

Cuando se trata de objetos de consumo, la satisfacción esperada tiende a ser medida en función del costo: se busca la relación “costo-beneficio”.

Los hijos son una de las compras más onerosas que un consumidor promedio puede permitirse en el transcurso de toda su vida. En términos puramente monetarios, los hijos cuestan más que un lu­joso automóvil último modelo, un crucero alrededor del mundo e, incluso, más que una mansión de la que uno pueda jactarse. Lo que es peor, el costo total probablemente aumente a lo largo de los años y su alcance no puede ser fijado de antemano ni estimado con el menor grado de certeza. En un mundo que ya no es capaz de ofrecer caminos profesionales confiables ni empleos fijos, con gen­te que salta de un proyecto a otro y se gana la vida a medida que va cambiando, firmar una hipoteca con cuotas de valor desconocido y a perpetuidad implica exponerse a un nivel de riesgo atípicamente elevado y a una prolífica fuente de miedos y ansiedades. Uno tien­de a pensarlo dos veces antes de firmar, y cuanto más se piensa, más evidentes se hacen los riegos que implica, y no hay delibera­ción interna ni indagación espiritual que logre disipar esa sombra de duda que está condenada a contaminar cualquier alegría futura. Por otra parte, en nuestros tiempos, tener hijos es una decisión, y no un accidente, circunstancia que suma ansiedad a la situación. Tener o no tener hijos es probablemente la decisión con más con­secuencias y de mayor alcance que pueda existir, y por lo tanto es la decisión más estresante y generadora de tensiones a la que uno pueda enfrentarse en el transcurso de su vida.

Es más, no todos los costos son económicos, y aquellos que no lo son directamente no pueden ser evaluados o calculados en abso­luto. Ponen en jaque todas las capacidades e inclinaciones de esta especie de operadores racionales que estamos entrenados para ser y nos esforzamos por ser. “Armar una familia” es como arrojarse de cabeza en aguas inexploradas de profundidad impredecible. Tener que renunciar o posponer otros seductores placeres consumibles de un atractivo aún no experimentado, un sacrificio en franca contra­dicción con los hábitos de un prudente consumidor, no es su única consecuencia posible.

Tener hijos implica sopesar el bienestar de otro, más débil y de­pendiente, implica ir en contra de la propia comodidad. La auto­nomía de nuestras propias preferencias se ve comprometida una y otra vez, año tras año, diariamente. Uno podría volverse, horror de los horrores, alguien “dependiente”. Tener hijos puede significar te­ner que reducir nuestras ambiciones profesionales, “sacrificar nues­tra carrera”, ya que los encargados de juzgar nuestro rendimiento profesional nos mirarían con recelo ante el menor signo de lealta­des divididas. Lo que es más doloroso aún, tener hijos implica aceptar esa dependencia de lealtades divididas por un período de tiempo indefinido, y comprometerse irrevocablemente y con final abierto sin cláusula de “hasta nuevo aviso”, un tipo de obligación que va en contra del germen mismo de la moderna política de vida líquida y que la mayoría de las personas evitan celosamente en to­do otro aspecto de sus vidas. Despertar a ese compromiso puede ser una experiencia traumática. La depresión posnatal y las crisis maritales (o de pareja) posparto parecen ser dolencias “líquidas modernas” específicas, así como la anorexia, la bulimia e innume­rables formas de alergia.

Las alegrías de la paternidad vienen en un solo y mismo paquete con los sinsabores del autosacrificio y el temor a peligros desco­nocidos.

El cálculo frío y confiable de las pérdidas y ganancias permanece con obstinación y contumacia fuera del alcance y comprensión de los futuros padres.

Toda adquisición realizada por un consumidor implica riesgos, pero los vendedores de otros bienes de consumo, y en particular de aquellos mal llamados “durables”, se desviven por asegurar a los posibles clientes que los riesgos que están corriendo han sido redu­cidos al mínimo. Ofrecen garantías, garantías ampliadas (aun cuando muy pocos de ellos puedan dar fe de que la empresa que las ofrece sobrevivirá al plazo de la garantía en cuestión, y práctica­mente ninguno de ellos sea capaz de asegurar a los clientes que el atractivo que ofrece hoy el producto adquirido, y que evita que ter­mine en una bolsa de residuos, no se desvanecerá antes de que esa misma garantía expire), garantías de reembolso y promesas de re­paraciones a perpetuidad. Por creíbles y confiables que esas garan­tías puedan ser, ninguna es válida cuando se trata del nacimiento de un hijo.

No es extraño, entonces, que los institutos de investigación mé­dica y las clínicas de fertilidad desborden de dinero como las em­presas comerciales. La demanda de seguridades que ofrezcan redu­cir los riesgos endémicos propios del nacimiento de todo hijo a niveles al menos comparables con los de cualquier otro producto de venta en mostrador es potencialmente infinita. Las compañías que ofrecen la posibilidad de “elegir un hijo de un catálogo de atractivos donantes” y las clínicas que realizan a pedido de sus clientes el mapa genético de un niño que todavía no ha nacido no deben preocuparse ni por la falta de clientes interesados ni por la escasez de negocios lucrativos.

Resumiendo: la archiconocida brecha que separa al sexo de la re­producción cuenta con la asistencia del poder. Es un subproducto de la condición líquida de la vida moderna y del consumismo co­mo única y exclusiva estrategia disponible para “procurarse solucio­nes biográficas para problemas producidos socialmente” (Ulrich Beck). Como resultado de la combinación de estos dos factores, el tema de la reproducción y el nacimiento de los hijos se aleja de la cuestión del sexo e ingresa en una esfera totalmente diferente, que opera según una lógica y un conjunto de reglas por completo di­ferente de las que rigen la actividad sexual. El desconsuelo del homo sexualis está predeterminado. (Pág. 63-66)

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11Guardian Weekend, 6 de abril de 2002.

* La revista dominical de The Observer [N. de T.]

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