Cabalgando al Tigre

Martes, 11 septiembre, 2007

Anton Chéjov (y II): sobre el sentido de la vida

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:10 am

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Otro fragmento de El pabellón nº6, en el que el responsable médico del hospital rural al que pertenece el pabellón nº6, Andréi Yefímych, reflexiona sobre el (sin)sentido de la vida y sobre una inmortalidad material, la única posible para la mentalidad rusa “instruida” de la época. Un bonito ejemplo de la desesperación que es inevitablemente sombra de una visión materialista de la existencia, encerrada en sí misma y sin objeto más allá de la perpetuación de una serie de ciclos mecánicos inconscientes.

———————–

-A menudo sueño con personas y conversaciones inteli­gentes -dice de pronto interrumpiendo a Mijaíl Averiánych-. Mi padre me ha dado una formación estupenda, pero influi­do por las ideas de los sesenta me obligó a hacerme médico. Me parece que si entonces no le hubiera hecho caso, hoy me encontraría en el centro mismo del movimiento intelectual. Probablemente sería miembro de alguna facultad. Claro que la inteligencia tampoco resulta eterna, es como todo, perece­dera, pero ya sabe por qué siento por ella tal inclinación. La vida es una trampa enojosa. Cuando un pensador alcanza su plenitud y llega a la madurez de su conciencia, éste se siente entonces como quien ha caído en una trampa de la que no hay salida. De hecho resulta que, en contra de su voluntad y por cualquiera de las casualidades, se vio llamado del no ser a la vida… ¿Para qué? Quiere saber el sentido y el fin de su exis­tencia y no hay respuesta a esto, y si la hay es un disparate; lla­ma a una puerta y no le abren; llega después la muerte -también en contra de su voluntad-. Y así, del mismo modo que los hombres en la cárcel, unidos en su común desgracia, se sien­ten mejor cuando están juntos, así también en la vida la tram­pa no se nota cuando los hombres inclinados al análisis y a las abstracciones se reúnen y pasan sus ratos intercambiando ideas audaces y libres. En este sentido la inteligencia es un pla­cer insustituible.

-Completamente cierto.

Sin mirar a su compañero, pausada y quedamente, Andréi Yefímych continúa hablando de las personas y de las conver­saciones inteligentes, y Mijaíl Averiánych escucha atentamen­te y asiente: «Completamente cierto».

¿Y usted no cree en la inmortalidad? -pregunta de repen­te el jefe de Correos.

-No, estimado Mijaíl Averiánych, no creo, y no tengo razo­nes para creer.

-He de confesarle que yo también tengo mis dudas. Aun­que, por otro lado, tengo la sensación como si nunca me fue­ra a morir. A veces pienso: «¡Eh, viejo carcamal, ya es hora de morirse!». Pero en mi alma una vocecita me dice: «¡No te creas, no morirás!».

Pasadas las nueve, Mijaíl Averiánych se marcha. Poniéndo­se el abrigo en el recibidor, dice con un suspiro:

-De todos modos, a qué agujero nos ha tirado el destino. Y lo más doloroso es que aquí también nos tendremos que morir. ¡Eh!…

[…]

¡Oh! ¿Por qué el hombre no será inmortal? -piensa-. ¿Para qué los cen­tros cerebrales y las circunvalaciones*, para qué la vista, el ha­bla, el genio, la salud, si todo está condenado a convertirse en polvo y, a fin de cuentas, a enfriarse con la corteza terrestre, para vagar después millones de años y sin sentido alguno con la Tierra alrededor del Sol? Para enfriarse y luego vagar por ahí no hace ninguna falta sacar de su inexistencia al hombre con su inteligencia sublime, casi divina, y después, como una burla, convertirlo en barro.

¡Los ciclos naturales! ¡Pero qué cobardía consolarse con este sucedáneo de la inmortalidad! Los procesos inconscientes que se dan en la naturaleza no son siquiera superiores a la tontería humana, ya que, de todos modos, en la tontería hay una cons­ciencia y una voluntad, y en los procesos no hay nada en abso­luto. Sólo un cobarde, que ante la muerte tiene más pavor que dignidad, puede consolarse con la idea de que su cuerpo con el tiempo vivirá en la hierba, en una piedra, o en un sapo… Verse inmortal en los ciclos naturales es tan extraño como predecir un futuro brillante a un estuche después de que el valioso vio­lín que contenía esté roto y ya no sirva para nada.

* Puesto que se refiere a la morfología cerebral, debería decir “circunvoluciones”. [N. del Aspirante]

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5 comentarios »

  1. ” Sólo un cobarde, que ante la muerte tiene más pavor que dignidad, puede consolarse con la idea de que su cuerpo con el tiempo vivirá en la hierba, en una piedra, o en un sapo…”

    El mitificadísimo marqués de Sade entraría en esa categoría de cobardes, si bien recuerdo en un libro suyo acerca de un debate entre un ateo y un cura, el primero argumentaba esto como “consuelo” ante la mortalidad.
    Buen apunte del ruso, que da un puñetazo en la boca a según qué tópicos de “librepensadores”.

    Comentario por bukowsky in love — Miércoles, 12 septiembre, 2007 @ 6:14 pm |Responder

  2. De Sade sólo he leído “Los 120 días de Sodoma”, si no recuerdo mal el título, y la verdad es que podía habérmelo ahorrado. Y no por un escrúpulo moral, sino porque según avanza el texto se va extremando hasta llegar a cotas de depravación y miseria que se me hacían intolerables: las torturas y asesinatos a que los “señores” acaban sometiendo a sus “invitados” son espeluznantes. Creo que Pasolini quiso llevarla al cine y parió lo que a mi entender es un fétido aborto infumable: “Saló” se llamaba el cimpiés, y es, además de aburrida, desagradable en grado sumo. Parece mentira que quepan ambos epítetos en la misma obra, pero quizá sea éste el mérito de Pasolini. Por cierto que no sé nada de cine, esta es sólo la opinión desautorizada.

    Comentario por Aspirante a domador — Jueves, 13 septiembre, 2007 @ 7:44 am |Responder

  3. A ver que rebusco en la memoria.Me parece que lo que te cuento sobre el “consuelo” del ateo feliz de ‘reencarnarse’ en insectos y demás bichitos es un argumento que usa en una obra titulada algo así como “diálogo entre un cura y un descreído” (que me corrija alguien por favor si me equivoco).
    En cuanto a los 120 días de Sodoma, sólo he visto la película esa que citas, y a mí no me pareció muy desagradable (será que estoy muy embrutecido) aunque sí una mezcla entre pedantería y sordidez bastante infumable.
    Es curiosa la obsesión de la progresía por Sade, un tipo que simplemente llevó los deseos ocultos de la naciente modernidad a los extremos más tremendos, y por tanto no fue muy antisistema (si es que existe algo así realmente).

    Comentario por bukowsky in love — Jueves, 13 septiembre, 2007 @ 10:59 pm |Responder

  4. ”Sólo un cobarde, que ante la muerte tiene más pavor que dignidad, puede consolarse con la idea de que su cuerpo con el tiempo vivirá en la hierba, en una piedra, o en un sapo…” No estoy de acuerdo. Creo que hay que tener mucho valor para “creer” en lo que sea. Nada hay más fácil que el descreimiento. Sin embargo, dudo de que el marqués de Sade fuera uno de estos. Os explico por qué: se afanaba demasiado en martirizar la bondad, masacrar la inocencia y lacerar la moral para no creer en ellas. ¡Ay! Sade… ese hijo lascivo de la Ilustración. Yo leí Justine a escondidas con 12 años… fue una mala idea, desde entonces no soporto a los marqueses.
    ;-)

    Comentario por Filousia — Miércoles, 19 septiembre, 2007 @ 6:22 pm |Responder

  5. ¡Ja, ja, ja, qué bueno, Filousia!

    Comentario por Aspirante a domador — Jueves, 20 septiembre, 2007 @ 9:37 am |Responder


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