Cabalgando al Tigre

Jueves, 4 octubre, 2007

Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (II): sueños y fantasías, primera parte

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:17 am

jung5.jpgContinúo ahora con los sueños y fantasías de Jung (en dos entregas), extraídos de sus Recuerdos, sueños y pensamientos. Empezaremos con su primera fantasía recurrente, a la que seguirán dos significativos sueños: el primero, tan sugerente como angustioso, supuso un cambio en su percepción del mundo, y el segundo fue nada menos que el detonante de su noción más trascendente: el Inconsciente Colectivo. Por cierto, que en este último fragmento Jung hace referencia a Freud; más adelante os dejaré algunos fragmentos sobre la relación entre ambos y la visión de Jung al respecto. Las notas entre corchetes son mías.

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En esta época precisamen­te sucedió que del choque de antagonismo nació la prime­ra fantasía sistemática de mi vida. Se manifestó fragmen­tariamente y tuvo su origen probablemente hasta donde puede [puedo] recordar con exactitud, en un suceso que me con­movió en lo más íntimo.

Fue un día en que una borrasca del noroeste levantó olas espumosas en el Rin. Mi camino hacia la escuela bor­deaba el río. Repentinamente vi cómo un barco proceden­te del norte con una gran vela cuadrada remontaba el Rin entre la borrasca; un acontecimiento enteramente nuevo para mí: ¡Un barco velero en el Rin! Esto dio alas a mi fan­tasía. ¡Si en lugar de la rápida corriente fuese un lago que cubriera toda la Alsacia! Entonces tendríamos veleros y grandes vapores. Entonces Basilea sería un puerto de mar. ¡Entonces sería como si estuviésemos en el mar! Entonces todo sería distinto y viviríamos en otra época y en otro mundo. No existiría el instituto, ni el largo camino hacia la escuela y yo sería mayor y dispondría de mi propia vida. Del lago se alzaría una colina rocosa unida a tierra firme por un estrecho istmo, cortado por un ancho canal, sobre el cual un puente de madera conduciría a una puerta, flanqueada por torres, que daría acceso a una ciudadela medieval edificada sobre la ladera. Sobre las rocas habría un castillo inexpugnable con un gran donjón [esta palabra no existe en español; supongo que será un galicismo (donjon) para torreón], una atalaya. Esto sería mi casa. En su interior no habría salas ni lujo al­guno. Las habitaciones estarían simplemente entarimadas y serían más bien pequeñas. Habría una sumamente atrac­tiva biblioteca donde se podría hallar todo lo digno de sa­berse. Tendría también un arsenal y los bastiones estarían erizados de pesados cañones. Habría también una guarni­ción de cincuenta oficiales armados en el pequeño castillo. La ciudadela tendría algunos centenares de habitantes y estaría gobernada por un alcalde y un consejo de ancianos. Yo sería el árbitro que raras veces aparece juge de paix y consejero. La ciudadela tendría en tierra firme un puerto en el que estaría mi buque de dos mástiles, armado con al­gunas pequeñas piezas de artillería.

El nervus rerum y a la vez la raison d’étre de toda esta confrontación era el misterio de la atalaya de la cual sólo yo tenía conocimiento. El pensamiento me produjo un shock, pues en la torre se encontraba, bajando desde la azotea hasta la bodega, una columna de cobre o un grue­so sable que en lo alto se descomponía en finísimas ramitas, como la copa de un árbol, o mejor todavía, como un rizoma con todas sus pequeñas raicillas que se elevase en el aire. Expresaba algo inconcebible que fuese llevado a la bodega por la corpulenta columna de cobre [el axis mundi, simbolizado por un árbol invertido cuyas raíces se hunden en el Cielo, origen y sustento de todo]. Allí se en­contraba un inimaginable utillaje, una especie de labora­torio, en el cual yo fabricaba oro a partir de sustancias misteriosas, que eran extraídas del aire por las raíces de cobre. Era realmente un arcano de cuya naturaleza yo no tenía idea o no podía tenerla. Tampoco era posible imagi­narse la naturaleza de la transformación. Acerca de lo que sucedía en el laboratorio, mi fantasía prudentemente pasa­ba por alto, o mejor dicho, con cierta timidez. Era como una prohibición interna: ni siquiera había que fijarse en lo que era extraído del aire. Predominaba por ello una muda perplejidad, como Goethe dice de las «madres»: «Hablar de ellas es verse en un apuro.»

«Espíritu» era para mí naturalmente algo inefable, pero en el fondo no se diferenciaba esencialmente del aire muy enrarecido. Lo que las raíces absorbían y transmitían al tallo era una cierta esencia espiritual que abajo en los sótanos se manifestaba en cabales monedas de oro. Esto no era en absoluto un simple truco mágico, sino un mis­terio de la naturaleza respetable y radical que me había sido confiado, no sé cómo, y del que debía no sólo mante­ner secreto frente al consejo de ancianos sino también, hasta cierto punto, tenía que ocultármelo a mí mismo.

Mi largo y aburrido camino hacia la escuela comenzó a acortarse de un modo oportuno. Apenas salía de la es­cuela me hallaba ya en el castillo donde se emprendían obras de construcción, se celebraban sesiones del consejo, se juzgaban reos, se solventaban litigios y se disparaban los cañones. El velero se preparaba, se desplegaban las velas, el barco salía diligentemente del puerto impulsado por una débil brisa, luego surgiendo detrás de las rocas avanzaba a través de una fuerte borrasca del noroeste. Y yo estaba ya en casa, como si sólo hubieran transcurrido unos minu­tos. Entonces salía yo de mi ensueño como si descendiera de un coche que me hubiese llevado a casa sin esfuerzo. Esta ocupación, sumamente agradable, duró algunos me­ses hasta que le perdí el gusto. Entonces encontré mi fantasía tonta y ridícula. (Págs. 102-104)

 

En esta época tuve un sueño inolvidable que al mismo tiempo me aterrorizó y estimuló. Era de noche en un lu­gar desconocido y sólo penosamente avanzaba yo contra un poderoso huracán. Además se extendía densa niebla. Yo sostenía y protegía con ambas manos una pequeña luz, que amenazaba con apagarse a cada instante. Pero todo dependía de que yo mantuviese viva esta lucecita. De pronto tuve la sensación de que algo me seguía. Miré ha­cia atrás y vi una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. Pero en el mismo momento me di cuenta -pese a mi espanto- de que debía salvar mi pequeña luz, ajeno a todo peligro, a través de la noche y de la tormenta. Cuando me desperté, en seguida lo vi claro: era el «espectro», mi propia sombra sobre la niebla, arremolinándose cansa­do por la pequeña luz que llevaba ante mí. Sabía también que la lucecita era mi conciencia; es la única luz que ten­go. Mi propio conocimiento es el único y el máximo teso­ro que poseo. Cierto que es infinitamente pequeño y frá­gil frente al poder de las tinieblas, pero una luz al fin y al cabo, mi propia luz.

Este sueño significó para mí una gran revelación: aho­ra sabía que la número 1 era la que llevaba la luz, y que la número 2 le seguía como una sombra*. Mi tarea consistía en conservar la luz y no mirar atrás a la vita perada, que evidentemente era un reino prohibido de luz de otro tipo. Yo debía avanzar contra la tormenta que trataba de hacer­me retroceder y entrar en la infinita oscuridad del mundo, donde no se ve nada ni se percibe nada más que la super­ficie de profundos misterios. Como la número 1 debía progresar en la carrera, en las necesidades económicas, en los compromisos, complicaciones, confusiones, errores, humillaciones y fracasos. La tormenta que yo afrontaba era la época que sin cesar desemboca en el pasado que, también constantemente, me pisaba los talones. En un re­molino poderoso que con avidez arrastra consigo a todo cuanto existe y al que sólo se sustrae por algún tiempo quien se esfuerza por avanzar. El pasado es inmensamente real y actual y atrapa a todo aquel que no logra redimirse mediante una respuesta satisfactoria.

Mi concepción del mundo experimentó entonces un giro de 90 grados: supe que mi camino conducía irremisi­blemente a lo externo, a lo limitado, a las tinieblas de la tridimensionalidad. Tuve la impresión que debió tener Adán al abandonar así el paraíso. Éste se le había conver­tido en un espectro y estaba claro que labraría un campo pedregoso con el sudor de su frente. (Págs. 110-111)

 

Tal fue el sueño: Me encontraba en una casa descono­cida para mí que tenía dos plantas. Era «mi casa». Yo me hallaba en la planta superior. Allí había una especie de sala de estar donde se veían bellos muebles antiguos de estilo rococó. De la pared colgaban valiosos cuadros antiguos. Yo me admiraba de que tal casa pudiera ser la mía y pen­sé: ¡no está mal! Pero entonces caí en que todavía no sabía qué aspecto tenía la planta inferior. Descendí las escaleras y entré en la parte baja. Allí todo era mucho más antiguo y vi que esta parte de la casa pertenecía aproximadamente al siglo XV o XVI. El mobiliario era propio de la Edad Me­dia y el pavimento era de ladrillos rojos. Todo estaba algo oscuro. Yo iba de una habitación a otra y pensaba: ¡Ahora debo explorar toda la casa! Llegué a una pesada puerta, que abrí. Tras ella descubrí una escalera de piedra que conducía al sótano. Bajé y me hallé en una bella y above­dada sala muy antigua. Inspeccioné las paredes y descubrí que entre las piedras del muro había capas de ladrillos; la argamasa contenía trozos de ladrillos. Ahora mi interés subió de punto. Observé también el pavimento, que cons­taba de baldosas. En una de ellas descubrí un anillo. Al ti­rar de él se levantó la losa y nuevamente hallé una escale­ra. Era de peldaños de piedra muy estrechos que condu­cían hacia el fondo. Bajé y llegué a una pequeña gruta. En el suelo había mucho polvo, y huesos y vasijas rotas, como restos de una cultura primitiva. Descubrí dos cráneos hu­manos semidestruidos y al parecer muy antiguos. Enton­ces me desperté.

Lo que le interesó particula[r]mente a Freud fueron los dos cráneos. Una y otra vez volvió a hablar de ellos y me insinuó que intentara hallar un deseo en relación con ellos. ¿Qué pensaba yo sobre los cráneos? ¿Y de quién proce­dían? Naturalmente, yo sabía exactamente por dónde iba: que aquí se ocultaban deseos de muerte. Pero ¿qué quiere exactamente?, pensaba yo para mis adentros. ¿A quién debo desearle la muerte? Me opuse tenazmente a tal inter­pretación e incluso llegué a vislumbrar qué significaba realmente este sueño. Pero entonces no confiaba realmen­te en mis opiniones y quería oír la suya. Quería aprender de él. Así pues, me dejé llevar por sus intenciones y dije: «Mi mujer y mi cuñada» -¡pues tenía que nombrar a al­guien a quien valiese la pena desearle la muerte!

Entonces hacía poco que estaba casado y sabía con exactitud que nada en mí indicaba tales deseos. Pero no podía someter a Freud mis propias opiniones sobre la in­terpretación del sueño sin encontrar incomprensión y una tenaz oposición. No me sentía preparado para esto y temía también perder su amistad si persistía en mi punto de vis­ta. Por otra parte, quería saber qué se desprendería de mi respuesta y cómo reaccionaría él, si le llevaba por un ca­mino erróneo, pero sin salirse de su doctrina. Así, pues, le expliqué una mentira.

Era plenamente consciente de que mi proceder no era moralmente irreprochable. Pero no me hubiera sido posi­ble permitirle que se enterase de mi ideología. El abismo entre ésta y la suya era demasiado grande. De hecho, Freud pareció aliviado por mi respuesta. Me di cuenta de que se hallaba indefenso frente a tales sueños y se refugia­ba en su doctrina. Pero a mí me interesaba hallar el verda­dero sentido del sueño.

Me resultaba evidente que la casa representaba un tipo de psiquis, es decir, mi estado de conciencia de entonces con sus complementos hasta entonces ignorados. La consciencia estaba representada por la sala de estar. En el am­biente se notaba que estaba habitada, pese al estilo an­tiguo.

En la planta baja comenzaba ya el inconsciente. Cuanto más descendía yo, tanto más extraño y oscuro se volvía. En la gruta hallé restos de una cultura primitiva, es decir, el mundo de los hombres primitivos en mí, que apenas puede ser ya alcanzado o iluminado por la consciencia. El alma primitiva del hombre linda con la vida del alma ani­mal, como también las cuevas prehistóricas fueron habita­das las más de las veces por animales, antes de que los hombres se las apropiaran.

Me resultó entonces especialmente consciente cuán profundamente sentía yo la diferencia entre la actitud es­piritual de Freud y la mía. Me había educado en la atmós­fera intensamente histórica de Basilea a fines del siglo pa­sado y había adquirido, gracias a la lectura de los filósofos antiguos, una cierta información sobre la historia de la psicología. Cuando meditaba sobre los sueños y el signifi­cado del inconsciente no lo hacía sin establecer una com­paración histórica; en mi época universitaria me había servido siempre del viejo diccionario de filosofía de Krug. Conocía especialmente los autores del siglo XVIII, así como los de principios del siglo XIX. Este mundo constituía la at­mósfera de mi cuarto de estar en el primer piso. Frente a esto tuve la impresión como si la Historia del Espíritu de Freud se enraizase en Büchner, Moleschott, Dubois-Reymond y Darwin**.

A mi estado de conciencia ya reseñado, el sueño aña­día ahora más estratos de consciencia: la planta baja, des­de hacía tiempo deshabitada y de estilo medieval, después el sótano romano y finalmente la gruta prehistórica. Re­presentaban tiempos pasados y estratos de consciencia su­perados.

Muchas cuestiones me habían preocupado vivamente la víspera del sueño: ¿sobre qué premisas se apoya la psi­cología de Freud? ¿A qué categoría del pensamiento hu­mano pertenece? ¿En qué relación se encuentra su casi ex­clusivo personalismo con respecto a las premisas generales históricas? Mi sueño dio la respuesta. En él se retrocedía hasta los fundamentos de la historia de la cultura, de una historia de estados de consciencia sucesivos. Representaba algo así como un diagrama estructural del alma humana, una premisa de naturaleza completamente impersonal. Esta idea dio en el blanco: it clicked, como dicen los ingle­ses; y el sueño se convirtió para mí en una imagen direc­triz que en los próximos años se confirmaría de un modo desconocido por mí. Me dio el primer presentimiento de una psiquis colectiva a priori de la personal que al princi­pio interpreté como huellas de las primitivas funciones. Sólo más tarde, al acrecentar mi experiencia y más pro­fundos mis conocimientos, reconocí en las funciones las formas instintivas, los arquetipos.

No pude nunca darle la razón a Freud de que el sue­ño es una «fachada» tras la cual se oculta su sentido; un sentido que es ya consciente, pero que está implícito en la consciencia, por así decirlo, de modo maligno. Para mí los sueños son naturaleza a la cual no es inherente ninguna tentativa de engaño, sino que expresa algo, lo mejor que puede -como una planta que crece, o un animal que bus­ca su alimento. Así también los ojos no quieren engañar, pero quizás nos engañamos porque los ojos son miopes. O bien oímos mal, porque los oídos son algo sordos, pero no porque ellos quieran engañarnos. Mucho antes de que co­nociera a Freud había considerado lo inconsciente, así como a los sueños, su expresión inmediata, como un pro­ceso natural en el cual no cabe nada arbitrario ni inten­ción engañosa alguna. No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los pro­cesos naturales del inconsciente. Por el contrario, la expe­riencia cotidiana me enseñaba cuan tenazmente se oponía el inconsciente a las tendencias de la consciencia. (Págs. 192-195)

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* Jung distingue dos personalidades dentro de él: la número 1, que sería la personalidad individual, por decirlo en breve, y la número 2, que sería una parte del ser que “vive en los siglos”, el “hombre interior” que conecta al individuo con la trascendencia. En el caso de Jung, esta número 2 acaba de algún modo personalizada y proyectada en su Filemón, de que se habla más adelante. Sería interesante hacer un estudio comparativo entre esta idea, la del ángel cristiano (p.e. en Eugenio d’Ors) y la fravarti persa. [N. del Aspirante]

** A lo largo del libro Jung exhibe un marcado prejuicio evolucionista propio de la época, trazando un paralelismo entre evolución orgánica y evolución psíquica basado en la vieja y hoy abandonada idea incluso por los evolucionistas más recalcitrantes de que ontogenia recapitula filogenia (ver págs. 406-407).

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6 comentarios »

  1. Amigo domador, un placer volverte a leer. Me estoy recuperando todavía de unas tremendas vacaciones, pero todo vuelve a ponerse lentamente en marcha.

    Como muy bien dices, a Bachelard se le ve el plumero evolucionista, pero creo que es un pecadillo que se le puede discupar. Era un excéntrico que dedicó su obra a la imaginación. Yo veo su evolucionismo como un resto de “fantascienza”, como dicen los italianos, a lo Julio Verne, un capricho victoriano. Luego le sobraba talento (para quien no le conozca y le interese recomiendo dos lecturas: “La poética de la ensoñación” y “La poética del espacio”). Bachelard creía en el fondo en una simbólica universal -muy poco correcta y evolucionista- más allá de culturas y épocas. Su obra ha despertado por ese motivo las mismas sospechas que la de Eliade, Jung o Spengler (nada parece más incorrecto en este tiempo que hablar de figuras o formas recurrentes)

    Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices de Jung, por mucho que le admire. Creo recordar que en el capítulo de “Recuerdos, sueños, pensamientos” dedicado a sus viajes a África se nota especialmente. Rescato esta cita de “Las relaciones entre el yo y el inconsciente”, recogido en “Dos escritos sobre psicología analítica”: “El primitivo es aún en mayor o menor medida idéntico a la psique colectiva, por lo que posee las virtudes y los vicios colectivos sin contradicciones internas, y sin que ni unas ni otros puedan serles imputados personalmente”. Alguien que no conozca la obra de Jung podría tomar eerróneamente sa frase como un elogio: la cercanía de otras culturas a la no-dualidad, su vecindad privilegiada con los arquetipos, etc. Pero para Jung esa indiferenciación es una tara gravísima y una señal de infantilismo. Sin un yo fuerte el hombre es poseído por los arquetipos y se producen episodios de inflación psíquica. La antropología de Jung no avanza mucho más allá de la asociación freudiana loco-niño-salvaje, tan nefasta.

    Feliz otoño, y a ver si todos escribimos mucho.

    Comentario por Monsieur Tiffauges — Jueves, 4 octubre, 2007 @ 2:07 pm |Responder

  2. Para aquellos que aterricen por aquí y no comprendan la primera parte de tu comentario, decir que hace referencia a la entrada de tu blog del 2/10/2007, que por cierto no lleva título y por tanto no puedo enlazar directamente, en la que recoges algunos fragmentos de La poética de la ensoñación de Bachelard; muchas gracias por los títulos que recomiendas.

    Con franqueza, yo también hubiese tomado la cita que recoges como un cumplido sin las apreciaciones que apuntas al respecto. ;-)
    Gracias.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 5 octubre, 2007 @ 7:48 am |Responder

  3. Es curioso, yo algunas veces he tenido un sueño que se parece al que describe Jung, de la casa. Lo que cambia es que en lugar de pasear por una casa grande, voy por un edifico de pisos bajando por el ascensor. Pero en el resto de detalles se parece mucho, incluido el subsuelo.

    Comentario por bukowsky in love — Domingo, 7 octubre, 2007 @ 10:10 am |Responder

  4. Hola, es cierto lo que dice Monsieur Tiffauges sobre Jung en el aspecto antropológico. En sus viajes a Africa se mostró como un académico observador de las culturas tribales a las que percibía como un simple reflejo del hombre arcaico. Calificó su encuentro con la cultura africana como un peligro espiritual y desarrolló un miedo psicológico a volverse nativo. También en lo que se refiere a esa “inflación psíquica” pues los modelos arquetípicos se evidencia con más fuerza en los ritos de los pueblos ágrafos y en los estados patológicos de los individuos (fobias, esquizofrenias, neurosis, etc.) . Eres un gran conocedor de Jung… :-)
    No he leído a Bachelard, yo también anoto los títulos.
    Un saludo :-)

    Comentario por Filousia — Domingo, 7 octubre, 2007 @ 3:57 pm |Responder

  5. […] Siempre me gustó este cuadro. Pero hasta ayer en PHILO OUSIA nadie me había descubierto el secreto que velaba… Hoy me encuentro allí con un comentario muy interesante que hace, al respecto de los sueños y sus hermanas terribles: las pesadillas, un lector Para mí la relación entre el pánico (o la pesadilla) y la lujuria supone una paradoja que no he l… […]

    Pingback por - La pesadilla (The Nightmare) - Henry Fuseli - « Bajo el Signo del Centauro, en el misterioso atolón de los delfines rojos — Lunes, 15 octubre, 2007 @ 12:31 pm |Responder

  6. Los sueños son las sirenas del alma. Nosotros la seguimos y jamás regresamos.FLAUBERT

    Comentario por mario césar ingénito — Domingo, 8 mayo, 2011 @ 4:20 am |Responder


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