Cabalgando al Tigre

Miércoles, 31 octubre, 2007

Jung y sus recuerdos, sueños y pensamientos (V): Freud a la luz de Jung

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 10:48 am

freud.jpgOtra entrega de los Recuerdos… de Jung; veremos ahora a Freud a través de sus ojos. Las notas entre corchetes son mías.

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No hallé mucha comprensión para las ideas expresa­das en Die Psychologie der Dementia praecox, y mis colegas se burlaron de mí. Pero por este trabajo me encontré con Freud. Me invitó a visitarle y en febrero de 1907 tuvo lu­gar nuestro primer encuentro en Viena. Nos encontramos a la una del mediodía y hablamos durante trece horas ininterrumpidamente, por así decirlo. Freud era el primer hombre realmente importante que yo conocía. Ningún otro hombre de los que entonces conocía podía equipa­rársele. En su actitud no había nada de trivial. Le encon­tré extraordinariamente inteligente, penetrante e intere­sante en todos los aspectos. Y pese a ello mis primeras impresiones sobre él fueron poco claras y en parte incomprendidas.

Lo que me decía acerca de su teoría sexual me impre­sionó. Sin embargo sus palabras no lograron disipar mis dudas y reflexiones. Se las planteé más de una vez, pero siempre me objetaba mi falta de experiencia. Freud llevaba razón: entonces no poseía yo la experiencia suficiente para fundamentar mis argumentos. Vi que su teoría sexual era extraordinariamente importante para él, tanto en el sentido personal como filosófico. Ello me impresionó, pero no podía explicarme exactamente hasta qué punto esta valoración positiva dependía en él de premisas subje­tivas y hasta qué punto de experiencias concluyentes.

En especial, la posición de Freud respecto al espíritu me pareció muy cuestionable. Siempre que en un hombre o en una obra de arte se manifestaba el lenguaje de la espiritualidad, le parecía sospechoso y dejaba entrever una «sexualidad reprimida». Lo que no podía explicarse direc­tamente como sexualidad, lo caracterizaba como «psicosexualidad». Yo objetaba que su hipótesis, llevada a sus lógi­cas conclusiones, conducía a un juicio demoledor sobre la cultura. La cultura aparecía como una mera farsa, como fruto morboso de la sexualidad reprimida. «Ciertamente -concedía él-, así es. Ello es una maldición del destino contra la cual nada podemos.» Yo no estaba dispuesto en absoluto a darle la razón. Sin embargo, no me sentía ma­duro todavía para entablar una polémica.

Hay todavía algo en este primer encuentro que me re­sultó significativo. Concierne a cosas que, sin embargo, sólo logré comprender y meditar después del fin de nues­tra amistad. Era evidente que la teoría sexual de Freud re­sultaba singularmente sugestiva. Cuando Freud hablaba de ello, su voz se hacía imperiosa, angustiosa casi, y ya no se notaba nada de su actitud crítica y escéptica. Una expre­sión extrañamente agitada, una causa que no lograba yo aclarar, animaba su rostro. Me impresionó profundamen­te que la sexualidad significara para él un numinosum. Mi impresión quedó confirmada por una conversación que tuvo lugar unos tres años después (1910), nuevamen­te en Viena.

Recuerdo todavía muy vivamente cómo me dijo Freud:

«Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, de­bemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable.» Me dijo esto apasionadamente y en un tono como si un padre dijera: «Y prométeme, mi querido hijo, ¡que todos los domingos irás a misa!» Algo extrañado le pregunté: «Un bastión ¿contra qué?» A lo que respondió: «Contra la negra avalancha», aquí vaciló un instante y añadió: «del ocultismo». En primer lugar fueron el «dogma» y el «bas­tión» lo que me asustó; pues un dogma, es decir, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal.

Esto constituyó un rudo golpe para nuestra amistad. Yo sabía que nunca podría aceptar esto. Lo que Freud pa­recía entender por «ocultismo» era, más o menos, todo lo que la filosofía y la religión, incluyendo la parapsicolo­gía, que por entonces estaba de moda, tenían que decir so­bre el alma. Para mí la teoría sexual era igualmente «ocul­ta», es decir, indemostrable, pura hipótesis posible, como muchas otras concepciones especulativas. Una verdad cien­tífica era para mí una hipótesis satisfactoria por el mo­mento, pero no un artículo de fe para todos los tiempos.

Sin poder entonces comprender esto correctamente, había observado en Freud una secuela de factores religio­sos inconscientes. Manifiestamente quería alistarme para una defensa común contra amenazadores signos incons­cientes.

La huella que me dejó esta conversación contribuyó a mi confusión; pues hasta entonces no había atribuido a la sexualidad el alcance de una cuestión indecisa a la que se debe prestar fidelidad porque pudiera perderse. Para Freud la sexualidad significaba, por lo visto, más que para los demás. Era para él una res religiose observanda. Bajo la influencia de tales ideas y cuestiones se incurre, por regla general, en la desconfianza y la reserva. Así, nuestras conversaciones terminaron pronto, tras algunos balbucientes intentos por mi parte.

Yo estaba profundamente impresionado, confuso y desconcertado. Tenía la sensación de haber lanzado una ojeada a un país nuevo y desconocido, de donde me llega­ban volando bandadas de nuevas ideas. Una cosa estaba clara para mí: Freud, que siempre hacía hincapié en su irreligiosidad, se había construido un dogma, mejor di­cho, en lugar del Dios celoso que había perdido, había puesto una imagen forzosa, concretamente a la sexualidad; una imagen que no era menos apremiante, exigente, des­pótica, amenazadora y ambivalente moralmente. Del mis­mo modo que al más fuerte psíquicamente y por lo tanto, terrible, corresponden los atributos de «divino» o «diabó­lico», la «libido sexual» había adoptado en él el papel de un deus absconditus, de un Dios oculto. La ventaja de esta mutación consistía para Freud en que el nuevo principio numinoso le parecía irreprochable científicamente y libre de todo lastre religioso. Pero en el fondo subsiste la numinosidad como propiedad psicológica de los principios an­tagónicos inconmensurables racionalmente: Jehová y se­xualidad. Sólo había variado la denominación y con ello ciertamente también el punto de vista: no era en lo alto donde había que buscar lo perdido, sino abajo. Pero ¿qué le importa, al fin y al cabo, al más fuerte, si se le define de éste o de otro modo? Si no existiera psicología alguna sino sólo objetos concretos, se habría en efecto destruido a uno, para colocar a otro en su lugar. En la realidad, es de­cir, en el campo de la experiencia psicológica, no ha desa­parecido empero nada en absoluto de la urgencia, angus­tia, coacción, etc. Como antes, se plantea la cuestión de cómo aparece o desaparece el miedo, el remordimiento, la culpa, la coacción, la inconsistencia y la impulsividad. Si no proviene del lado diáfano, idealista, entonces quizá lo haga del oscuro, del biológico.

Como llamas momentáneamente oscilantes pasaron por mi cabeza estos pensamientos. Mucho más tarde, cuando medité sobre el carácter de Freud, se me hicieron importantes y revelaron su significado. Un rasgo de su ca­rácter me preocupaba en especial: la amargura de Freud. Ya me llamó la atención en nuestro primer encuentro. Du­rante mucho tiempo no logré comprenderlo hasta que pude relacionarlo con su actitud respecto a la sexualidad. Para Freud la sexualidad significaba ciertamente un numi­noso, pero en su teoría se expresa exclusivamente como función biológica. Sólo la inquietud con que hablaba de ello permitía deducir que en él resonaba más profunda­mente. En última instancia quería enseñar -así por lo menos me lo pareció a mí- que, vista desde dentro, la se­xualidad implicaba también espiritualidad o tenía sentido. Su terminología concreta era, sin embargo, demasiado li­mitada para poder expresar esta idea. Así pues, me daba la impresión de que trabajaba contra su propio objetivo y contra sí mismo; y no existe amargura peor que la de un hombre convertido en el más encarnizado enemigo de sí mismo. Según su propia expresión, se sentía amenazado por la «negra avalancha», él, que había propuesto princi­palmente vaciar las oscuras profundidades.

Freud no se preguntó nunca por qué debía hablar constantemente sobre el sexo, por qué este pensamiento le poseía. Nunca tendría consciencia de que en la «monoto­nía del significado» se expresaba la huida de sí mismo, o de aquella otra parte suya que quizás pudiera definirse como «mística». Sin reconocer esta parte no podía sentir­se acorde consigo mismo. Era ciego frente a la paradoja y la ambigüedad de los significados del inconsciente, y no sabía que todo cuanto emerge del inconsciente posee algo superior e inferior, algo interno y externo. Cuando se ha­bla de lo externo -y esto hizo Freud- se considera sólo la mitad de ello y, consiguientemente, surge en el incons­ciente una fuerza antagónica.

Contra esta parcialidad de Freud no había nada que hacer. Quizás una íntima experiencia personal le hubiera podido abrir los ojos; pero a lo mejor su mente lo hubiera reducido también a «mera sexualidad» o «psicosexualidad». Fue prisionero de un punto de vista y justamente por ello veo en él una figura trágica, pues era un gran hombre.

[…]

Me interesaba oír las opiniones de Freud sobre la pre­cognición y sobre parapsicología en general. Cuando le vi­sité en 1909 en Viena le pregunté qué pensaba acerca de ello. De acuerdo con su prejuicio materialista, rechazó ra­dicalmente la cuestión como algo absurdo, basándose en un positivismo tan superficial, que me fue difícil no res­ponderle con acritud. Transcurrieron todavía algunos años hasta que Freud reconoció la importancia de la pa­rapsicología y la autenticidad de los fenómenos «ocultos».

Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafrag­ma fuera de hierro y se pusiera incandescente -una cavi­dad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediata­mente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creí­mos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: «Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos.»

«¡Bah -dijo él-, esto sí que es un absurdo!»

«Pues no», le respondí, «se equivoca usted, señor pro­fesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido». Y, efectiva­mente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!

No sé aún hoy por qué tenía tal certeza. Pero sabía con toda exactitud que el crujido iba a repetirse. Freud me miró horrorizado. No sé qué pensaba o qué miraba. En todo caso, este hecho despertó su desconfianza hacia mí y yo tuve la sensación de haberle hecho algo. Nunca más volví a hablarle de esto.

El año 1909 fue un año decisivo en nuestras relacio­nes. Fui invitado a la Clark University (Worcester, Mass.) para dar unas conferencias sobre el ensayo de asociación. Independientemente de mí, Freud recibió también una in­vitación y decidimos viajar juntos. Nos encontramos en Bremen, nos acompañaba Ferenczi. En Bremen sucedió el incidente tan discutido del desmayo de Freud. Fue provo­cado -indirectamente- por mi interés por las «momias del pantano». Yo sabía que en ciertas regiones del norte de Alemania se habían hallado los llamados cadáveres de los pantanos. Son en parte cadáveres de hombres prehistóri­cos que se ahogaron en los pantanos o fueron enterrados allí. El agua del pantano contiene ácidos húmicos que ata­can a los huesos, a la vez que curten la piel de tal modo que ésta, al igual que los cabellos, quedan [queda] perfectamente conservados [conservada]. De este modo se realiza un proceso natural de momificación en el que, sin embargo, por la acción del peso del fango los cadáveres han quedado aplanados por completo. Se les encuentra ocasionalmente en las tumberas [?] de Holstein, Dinamarca y Suecia.

Estas momias de los pantanos, sobre las cuales había yo leído algo, me vinieron a la memoria cuando estába­mos en Bremen, pero estaba algo «confundido» y ¡los ha­bía tomado por las momias de las cámaras de plomo de Bremen! Mi interés irritó a Freud. «Pues ¿qué le pasa a usted con estos cadáveres?», me preguntó varias veces. Se disgustó mucho y durante una conversación sobre ello en la mesa sufrió un mareo. Después me dijo que estaba convencido de que esta charla sobre cadáveres significaba que yo le deseaba la muerte. Quedé más asombrado por esta opinión suya. Quedé asustado y [?] ciertamente por el poder de sus fantasías que podían llegar a ocasionarle un desmayo.

De modo parecido, Freud padeció un desmayo en otra ocasión en mi presencia. Fue durante el Congreso psicoanalítico en Munich [Múnich] en 1912. Alguien guió la conversación hacia Amenofis IV. Se recalcó que su actitud hostil respec­to a su padre le llevó a destruir las inscripciones en las es­telas funerarias y que detrás de su gran intuición de una religión monoteísta se ocultaba su complejo de padre. Esto me irritó e intenté explicar que Amenofis fue un hombre genial y profundamente religioso, cuyos hechos no pueden explicarse por antagonismos personales contra su padre. Por el contrario, honró la memoria de su padre y su celo destructor se orientó exclusivamente contra el nombre del dios Amón, que hizo suprimir en todas partes, y naturalmente quitó también de las inscripciones funera­rias de su padre la palabra Amón-hotep. Además, también otros faraones hicieron sustituir en los monumentos y en las estatuas los nombres de sus antepasados, divinos o au­ténticos, por el suyo propio, dado que se sentían, con jus­to título, encarnaciones del mismo Dios. Pero no habían instaurado ni una nueva religión ni un nuevo estilo.

En este instante Freud cayó desmayado de la silla. To­dos le rodearon azorados. Entonces le tomé en brazos y le llevé a la habitación contigua donde le deposité en un sofá. Ya mientras le llevaba en brazos comenzó a volver en sí y la mirada que me dirigió no la olvidaré nunca. En su im­potencia me miró como si yo fuera su padre. Lo que con­tribuyó a provocar este desmayo -la atmósfera estaba muy tensa- fue, igual que en el caso anterior, la fantasía sobre el asesinato del padre.

[…]

Nuestro viaje a los Estados Unidos, que emprendimos en 1909 en Bremen, duró siete semanas. Estuvimos juntos todos los días y analizábamos nuestros sueños. Tuve en­tonces sueños importantes, con los que Freud no supo qué hacer. No le hice por ello censura alguna, pues al mejor analista le puede suceder que no pueda descifrar el acertijo de un sueño. Era un fallo humano y nunca me hubiera in­clinado a interrumpir nuestros análisis y nuestra relación me resultaba sobremanera valiosa. Consideraba a Freud una personalidad de más edad, más madura y de mayor experiencia, y a mí como a un hijo. Sin embargo, sucedió algo que supuso un duro golpe a nuestras relaciones.

Freud tuvo un sueño cuyo contenido no estoy autori­zado a exponer. Lo interpreté lo mejor que supe, pero aña­dí que se podían deducir muchas más cosas si quería co­municarme algunos detalles de su vida privada. A estas palabras, Freud me miró extrañado -su mirada estaba llena de desconfianza- y dijo: «El caso es que no puedo arriesgar mi autoridad.» En este instante la perdió. Esta frase se me grabó en la memoria. En ella estaba escrito el final de nuestra relación. Freud colocaba la autoridad per­sonal por encima de la verdad. (Págs. 181-191)

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5 comentarios »

  1. tumberas ==¿Se refiere a las turberas? (donde en efecto, tanto en Alemania como en otros países centroeuropeos y nórdicos aparecen momias como de cuero)
    ——————————————————-
    Aún estoy perplejo por la visión que da Jung del gurú Freud. Es más sectario de lo que me ha imaginado. ¿Y un tipo así y sus secuaces pretendían (y pretenden) curar nuestras neurosis?
    Freud (obsesiones personales aparte) tuvo la intuición genial de observar la represión sexual de la época, pero al tomarla como omnipresente no salió de su minúscula parcela de la mente humana. Es normal que un hombre sin prejuicios como Jung le provocase desmayos al judío fundador de la moderna religión psicoanalítica.

    Comentario por bukowsky in love — Sábado, 3 noviembre, 2007 @ 1:18 am |Responder

  2. Probablemente quiera decir “turberas”, efectivamente; ya ves qué edición.

    Freud debía ser una personalidad muy límite, como seguramente la gran mayoría de los genios; de echo Jung también estaba haciendo equilibrios al borde del abismo, aunque aparentemente al final de su vida alcanzón un equilibrio (siempre según él). En cualquier caso, dos hombres de una brillantez indiscutible. Otro tema serían los frutos, claro…

    Comentario por Aspirante a domador — Lunes, 5 noviembre, 2007 @ 11:47 am |Responder

  3. Hola Aspirante a domador. Acabo de leer esta entrada… bueno, ¡me ha encantado! Estoy de acuerdo con lo que decís los dos. Estas dos personalidades dan para mucho. Es curioso que a Jung se le ha considerado más oscuro y místico por sus teorías del inconsciente colectivo. Sin embargo, creo que -errado o acertado- tenía más afán por arrojar luz que Freud, quien trataba de tapar grietas con la argamasa de la “sospecha”. Parece que en él, el “super-yo” ganara la batalla al “ello”. Tengo entre mis lecturas esperando Totem y Tabú…
    :-)

    Comentario por Filousia — Martes, 13 noviembre, 2007 @ 10:53 pm |Responder

  4. Bueno, Filousia, esperaba que estos extractos fueran de tu interés, ya que Jung parece estar entre tus referentes más estimulantes. A mí también me gusta más jung que Freud, aunque éste era un portento, eso no se discute.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 16 noviembre, 2007 @ 10:40 am |Responder

  5. hola, me gustto la escritura , pero me ubiese gustado que ubiese hablado mas sobre la vision que tenia jung sobre la psicologia sexual, mas que la de freud

    Comentario por francisca — Lunes, 21 abril, 2008 @ 4:02 am |Responder


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