Cabalgando al Tigre

Lunes, 24 diciembre, 2007

Realidad daimónica (V): El literalismo como idolatría

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 2:08 pm

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En este breve fragmento de la Realidad daimónica, Harpur hace un interesante exploración liminal entre la realidad daimónica y la literal. Muy sugerente.

Aprovecho para desearos una muy feliz Navidad, amigos.

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Puede que también nos preguntemos, y quizá por encima de todo, por qué un acontecimiento daimónico se manifiesta de forma tan concreta. Los círculos de las cosechas están ahí de tal modo que incluso nos cuesta creer que sean en absoluto daimónicos… hasta que ahon­damos en busca de una causa; y entonces, ni animales, ni helicópteros, ni bromas, ni ovnis, ni torbellinos, ni ener­gías telúricas… nada de todo eso está ahí cuando lo nece­sitamos. Y, sin embargo, sentimos que tienen que estar, igual que sentimos que deben estar las naves espaciales cuando encontramos «huellas de aterrizaje» después del avistamiento de un ovni, o que deben estar los Yetis cuando hallamos su rastro en la nieve. Sus rúbricas dai­mónicas insisten en la realidad de sus autores, pero nos damos cuenta de que la realidad es paradójica, metafóri­ca, poética, simbólica, mítica. Es una realidad daimónica, no literal.

Ya he dicho esto antes y sin duda volveré a decirlo, aunque sólo sea porque no sé cómo expresarlo de otra manera. El literalismo presenta el mayor de los impedi­mentos a nuestra comprensión de las apariciones y las visiones. Esto se hace especialmente evidente cuando la aparición en cuestión es algo tan físico como un círculo de las cosechas. Pero otorgar a todo lo físico solamente una realidad literal es una locura a la que nuestra época es muy propensa. De hecho, nada físico es tan sólo literal. La Imaginación lo transfigura todo; el alma es transpa­rente a todo; «Todo cuanto vive es sagrado». Si cultiva­mos la «doble visión», viendo a través de los ojos en lugar de sólo con ellos, cada objeto adquiere una inteli­gencia luminosa.

El literalismo conduce a la idolatría. La idolatría ha significado tradicionalmente la adoración de falsas imá­genes, aunque es más bien la falsa adoración de imágenes (no existen imágenes falsas). Tratar nuestras imáge­nes -ideas, creencias, teorías de causalidad…- como fines en lugar de como medios, como absolutas en lugar de relativas, es petrificarse en la tendencia literal y obstaculizar el libre juego de la Imaginación, esencial para la salud del alma. Nos volvemos dogmáticos y hasta fanáti­cos. Nos volvemos «fundamentalistas»: cristianos que tratan los mitos bíblicos como hechos históricos e ins­trucciones literales; ufólogos que insisten en la existencia literal de alienígenas de otros planetas; materialistas que creen en la realidad literal única de la materia; criptozoólogos que creen que los monstruos lacustres son criatu­ras literales; científicos que creen en la verdad literal de sus paradigmas e hipótesis. Todas estas personas se unen en el vilipendio de lo daimónico.

Para nuestra vergüenza, los dáimones, con el fin de llamar la atención sobre su realidad, se han visto empuja­dos a volverse fijos y físicos, como los círculos de las cosechas. Disfrazándose -parodiándolos- de hechos lite­rales, responden a nuestra moderna petición de efectos cuantificables, al lado de los cuales todo lo demás es juz­gado como ilusorio. En otras palabras, su forma de pre­sentar su propia realidad metafórica y mítica es aparecer no como literales, sino como si fueran literales. (Págs. 247-249)

Miércoles, 19 diciembre, 2007

Realidad daimónica (IV): Imaginación y alma

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 2:57 pm

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Continuando con la Realidad daimónica, unas puntualizaciones que ayudarán a entender el sentido que se da a los términos “imaginación” y “alma”. Acaba la cita con una sugerente hipótesis sobre el porqué de aquellos que tienen experiencias “sobrenaturales”, por llamarlas de algún modo.

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Al hablar de imaginación debemos evitar a toda costa confundirla con lo que comúnmente se entiende por ese nombre: un flujo de imágenes irreales que surcan la mente consciente. En un fragmento conocido por todos los estudiantes de crítica de la literatura inglesa, Samuel Taylor Coleridge desestima tales imágenes como mera «fantasía», que «no es más que una forma de recuerdo emancipado del orden del tiempo y el espacio». La ima­ginación auténtica, en cambio, se divide en dos tipos: la primaria y la secundaria.

«Sostengo que la imaginación primaria es el poder viviente y agente principal de toda percepción humana, y es una repetición en la mente finita del eterno acto de creación en el YO SOY infinito. Considero que la secunda­ria es un eco de la anterior, coexistente con la voluntad consciente, aunque idéntica a la primaria en su naturale­za como agente, y que se distingue sólo en el grado y en su modo de operar. Ésta disuelve, difumina y disipa con el fin de recrear…»

Con el fin de entender tan complicado argumento, merece la pena recurrir a la ayuda de otro poeta, W. H. Auden, que adopta -y adapta- como parte de su propio credo artístico la definición que da Coleridge de la ima­ginación. «El propósito de la Imaginación Primaria, su único propósito -dice Auden-, son los seres y aconteci­mientos sagrados. Lo sagrado es aquello a lo que está obligada a responder, lo profano es aquello a lo que no puede responder y, por lo tanto, no conoce… A un ser sagrado no podemos esperarlo: debemos toparnos con él… No todas las imaginaciones reconocen a los mismos seres y acontecimientos, pero cada una de ellas responde del mismo modo ante aquellos que reconoce. La impre­sión que todo ser sagrado ejerce sobre la imaginación es de una importancia abrumadora, aunque indefinible; una cualidad inmutable, una Identidad, como dijo Keats: yo-soy-el-que-soy, parece afirmar todo ser sagrado… La respuesta de la imaginación ante tal presencia o trascen­dencia es un frenesí sobrecogedor. Éste puede variar enormemente en intensidad, y sus matices abarcan desde el asombro feliz hasta un pánico horrible. Un ser sagra­do puede ser atractivo o repulsivo -un cisne o un pulpo-, hermoso o feo -una bruja desdentada o un niño adora­ble-, bueno o malvado -una Beatriz o una Belle Dame Sans Merci-, un hecho histórico o una ficción -una per­sona a la que se ha conocido por el camino o una imagen surgida en un relato o un sueño-, puede ser noble o algo indigno de mencionarse en un salón, puede ser lo que le plazca, a condición (pero es una condición absoluta) de que provoque sobrecogimiento.» Por supuesto, pavor o deslumbramiento extraordinarios son el distintivo, en grado variable, de todos los encuentros daimónicos a los que me he referido. Son productos de la imaginación pri­maria, a la que llamaré simplemente «Imaginación». Son «sagrados».

Auden reconoce que, por supuesto, algunos seres sagrados lo son sólo para una imaginación individual: un paisaje o un edificio determinados, pongamos, o incluso un preciado juguete de la infancia. Algunos, como los re­yes, sólo son sagrados para los miembros de una cultura determinada. Otros parecen serlo para todas las imagina­ciones de todas las épocas, como la Luna, dice Auden, o «el Fuego, las Serpientes o esos cuatro seres tan impor­tantes y que tan sólo pueden definirse en términos de no ser: la Oscuridad, el Silencio, la Nada, la Muerte». Tales imágenes son las que merecen la calificación de «arquetí­picas». Las luces en el cielo entran en esta categoría, mien­tras que su distinción, digamos, en ovnis como naves estructuradas o bien en brujas depende de la cultura en la que aparezcan. Los seres sagrados también pueden com­binarse con una acción para formar patrones o aconteci­mientos sagrados: mitos como la muerte y el renacimien­to del héroe parecen ser universales.

La imaginación secundaria (a la que llamaré «imagina­ción», con «i» minúscula) resulta aquí menos relevante. Es la facultad que aplicamos sobre los seres sagrados de la Imaginación (Primaria), de la que, como dice Coleridge, se distingue en el grado pero no en el tipo. No es creati­va -la creación es un privilegio de la Imaginación-, sino recreativa. Es activa, no pasiva; sus categorías no son sagrado/profano, sino hermoso/feo. Es decir, que valora estéticamente la experiencia primaria. Sin su actividad, nuestra pasividad frente a la Imaginación «sería la perdi­ción de la mente; tarde o temprano -dice Auden-, sus seres sagrados la poseerían y llegaría a pensar en sí misma como sagrada, a excluir el mundo externo como profano, acabando, así, en la locura». Esto describe con acierto y en pocas palabras la progresiva desintegración psicológi­ca de todos los paranoicos, falsos profetas y líderes sec­tarios […].

El empeño de la imaginación (secundaria) en traer a la realidad a los seres sagrados constituye el arte. Aunque, en un contexto diferente, ese mismo empeño puede ser meramente psicoterapéutico. C. G. Jung empleaba una técnica para ayudar a sus pacientes que él llamaba «ima­ginación activa». Nunca se muestra tan específico como cabría respecto a dicha práctica, que tampoco goza de especial prestigio, puesto que su objetivo era permitir a las imágenes inconscientes -en forma de fantasías, por ejemplo- aflorar a la conciencia, donde pudieran ser observadas de forma pasiva, como un sueño en vigilia. Para ello, el paciente debía encontrarse obviamente en un estado relajado, meditativo, tal vez incluso rayano en la hipnosis. Sin embargo, no podía decirse realmente que las imágenes se hubieran vuelto conscientes hasta que habían sido investigadas, amplificadas, expandidas y finalmente asimiladas, esto es, integradas en la personalidad. Por eso, Jung recomendaba ciertas actividades semiartísticas, como escribir con detalle sobre las imágenes o pintar mandalas. Hay una clara coincidencia entre el arte y esta clase de terapias. Podríamos decir que son del mismo tipo pero de distinto grado; tal vez la imagen puramente terapéutica se funde con la obra de arte en aquel punto donde deja de tener un significado básicamente privado y personal para adquirir otro más público, impersonal y colectivo. La terapia trata de mi condición; el arte, de la condición humana.

En esta acepción de la Imaginación vemos otra formu­lación del inconsciente colectivo de Jung y del Anima Mundi neoplatónica. Los seres sagrados son las imágenes arquetípicas que aparecen espontáneamente. Son nues­tros dioses y dáimones. La ventaja de la Imaginación como modelo de la realidad daimónica es que evita las implicaciones, si bien residuales, de la expresión «incons­ciente colectivo» en el sentido de algo puramente inte­rior, que está dentro de nosotros…, cuando, como hemos visto, también es exterior. De forma similar, el modelo «Alma del Mundo» implica lo contrario: pone énfasis en lo externo por encima de lo interno. La idea de Imaginación acerca estos dos primeros modelos entre sí. Como inconsciente colectivo, es el origen de los seres sagrados autónomos; como Alma del Mundo, sitúa a esos seres sagrados tanto en el mundo como en nuestra psique (en forma de sueños, visiones, etc.). «A los ojos del hombre de imaginación -subrayaba Blake-, la naturaleza es la imaginación en sí misma.»

[En los] supuestos errores de identificación de ovnis y lo desacertado de la «proyección», la Imaginación es la clave para entender cómo pueden los objetos cotidianos transformarse en «seres sagrados». De hecho, puede que sea éste el modus operandi habitual de la Imaginación: una joven a la que se ha visto fugazmente por la calle puede convertirse en la imagen misma de Alma, como Beatriz para Dante; el andar arrastrado de un viejo, en la imagen del Infierno; ante la mirada de Val de Peckham, un vulgar planeta se vuelve inteligente y vigilante, cobrando vida alienígena; un leño en un lago apacible se mueve de pronto y llega a ser monstruoso. El mundo entero tiembla cuando está a punto de revelar su propia alma inmanente. Lo vemos en momentos en que nuestra percepción se eleva a visión mediante la Imaginación: instantes poéticos de júbilo y arrebato, terror y pánico terrible. Lo vemos cuando, como dice Blake, las puertas de la percepción quedan libres y todo aparece como es: infinito.

La Imaginación puede actuar de forma muy corriente. Sus imágenes pueden llegar como repentinas inspiracio­nes, patrones, ideas, destellos de iluminación, hechos inesperados… o bien pueden llegar despacio, con los años, mientras parecemos crecer hacia una verdad deter­minada. Tales imágenes no son menos numinosas que las apariciones que nos salen al paso en sueños o en tramos solitarios de carretera. No es necesario que nuestras vidas estén trastornadas por extrañas entidades. No nece­sitamos estar cegados, como lo estaba San Pablo, por una visión de Jesús en el solitario camino a Damasco. En rea­lidad, podría afirmarse que la conversión de San Pablo fue, en este sentido, una consecuencia de su «ceguera» anterior, de su rechazo fanático a creer en Jesús y la per­secución de Sus seguidores. La Imaginación se vio empu­jada a utilizar una manera tan extrema y violenta de con­vertirle como lo había sido su negación.

Puede que sea éste el caso de todos los que ven apari­ciones: puede que sea su falta de imaginación lo que empuje a la Imaginación a manifestarse ante ellos con espectaculares representaciones externas. Puede que las personas a las que comúnmente se llama «psíquicas» sean las irreflexivas, no especialmente bien integradas, de modo que experimentan sus dáimones no como influen­cias sutiles, convicciones crecientes o intuiciones esclare­cedoras, sino como personificaciones externas -espíritus, por ejemplo- que traen mensajes, hacen peticiones y pre­dicciones y dan órdenes. De modo similar, a las personas que «ven cosas» como animales espectrales y ovnis se las supone «superimaginativas». Tal vez sea cierto lo inver­so: se sabe que quienes «creen» en ovnis, etc., y ansían verlos no lo logran. Ya están imaginativamente adaptados a lo daimónico. Son las personas que no tienen ninguna relación consciente con la realidad daimónica las que suelen «ver cosas». Si a la Imaginación se le niega recono­cimiento y autonomía, se ve forzada, por así decirlo, a organizar una exposición más contundente, a encarnar sus imágenes no sólo externa sino concretamente, pues un acercamiento sutil ya no hará mella en la mentalidad literal del que percibe. Quienes han capturado lo daimó­nico a través de la Imaginación no necesitan ser captura­dos por ello. (Págs. 186-191)

Miércoles, 12 diciembre, 2007

Realidad daimónica (III): Proyección, paranoia, delirio y revelación

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 4:26 pm

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Continuando con la Realidad daimónica, os propongo dos fragmentos; en el primero, Harpur defiende el mundo psíquico como realidad objetiva, externa a uno mismo al menos en la misma medida que el mundo físico lo es. En el segundo hace un análisis jungiano de la paranoia y lo relaciona con la revelación. Algunas apreciaciones me parecen discutibles, pero otras son muy interesantes. Lectura recomendable, en todo caso.

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La idea de proyección supone que las imá­genes inconscientes son lanzadas hacia delante, proyecta­das sobre el mundo, donde son percibidas como algo externo. Esto ha llegado a significar que las imágenes son «meramente subjetivas» pero se ven equivocadamente como objetivas. Pero ya he subrayado que las imágenes inconscientes están fuera del ego y, por lo tanto, son objetivas por definición, incluso cuando las percibimos «dentro» de nosotros (como en los sueños). Sin embargo, la mácula de la subjetividad permanecerá mientras sos­tengamos que las imágenes «interiores» son proyectadas «al exterior». Me gustaría desmantelar la idea de la pro­yección que alimenta este dualismo engañoso.

Lee Worth Bailey, entre otros, ha afirmado que la «proyección» es una metáfora sacada del modelo de las linternas mágicas, que causaron sensación en el siglo XIX. Mientras la gente corriente quedaba estupefacta y aterrada ante los espectáculos que tendían a proyectar imágenes de fantasmas y demonios, expertos y desacredi­tadores se deleitaban exponiendo la «fraudulencia» de esas imágenes. Científicos como David Brewster (falleci­do en 1868) publicaron descripciones de gran repercu­sión sobre cómo funcionaban las linternas mágicas y continuaron afirmando que todas las supuestas visiones y apariciones podían atribuirse a lo mismo. Brewster ase­guraba que los antiguos sacerdotes empleaban artefactos similares para engañar a la gente y hacerle creer que los dioses y los dáimones existían, cuando, de hecho, no eran más que ilusiones proyectadas. Este concepto influiría en Freud, que rebajó las visiones a «nada más que proyec­ciones». Y, naturalmente, así como tendemos a tomar la psique como modelo para nuestras máquinas (ahora son los ordenadores), la linterna mágica no tardó en conver­tirse en el modelo para nuestras cabezas, desde las cuales se proyectaban imágenes subjetivas sobre un mundo de objetos sin alma. La psique quedó limitada al cráneo, y cualquiera de sus imágenes que encontrábamos fuera se convirtió en una vana ilusión que había que devolver al interior. Así, el inconsciente autónomo y formador de imágenes se redujo a una especie de proyector de cine que emitía mecánicamente imágenes visuales fraudulen­tas… y al infierno con las potentes y conmovedoras visiones de los pobres paseantes.

Yo sugiero, en cambio, que la idea de la proyección no se sostiene. Deberíamos replantear nuestra epistemología siguiendo los versos de un Blake, entendiendo que nues­tro modo primario de percepción es imaginativo. Vemos y transformamos el mundo simultáneamente. Como ya sabían los antiguos, la luna no es solamente un planeta estéril, sino una peligrosa diosa responsable de provocar delirios o revelaciones, locura o experiencias místicas; y […] potencialmen­te lo sigue siendo.

Jung se volvió ambiguo respecto a la proyección tal y como la había entendido al principio, en buena parte como resultado de sus estudios alquímicos. A pesar de ello no pudo llegar a descartarla hasta que tuvo un sueño en una fase avanzada de su vida -en octubre de 1958- que le llevó a darle la vuelta a la idea. En ese sueño vio «dos discos con forma de lentes y con un brillo metálico, que pasaron volando a toda velocidad en un arco estrecho por encima de la casa y descendieron hacia el lago. Eran dos ovnis (…). Entonces apareció otro cuerpo que venía directamente hacia mí. Era una lente perfectamente cir­cular, como un objetivo de telescopio. A una distancia de cuatrocientos o quinientos metros se detuvo por un ins­tante y luego se alejó. Inmediatamente después, otro cuerpo surcó el aire a toda velocidad. Una lente con una prolongación metálica que acababa en una caja: una lin­terna mágica. A una distancia de sesenta o setenta metros se detuvo, suspendida en el aire, apuntando justo hacia mí. Desperté con una sensación de aturdimiento. Aún medio en sueños, este pensamiento cruzó por mi cabeza: “Siempre pensamos que los ovnis son nuestras proyec­ciones. Pero resulta que nosotros somos las de ellos. Yo soy proyectado por la linterna mágica como C. G. Jung. Pero ¿quién maneja el aparato?”».

El objetivo de este sueño, dice Jung, es «invertir la rela­ción entre el ego-conciencia y el inconsciente, y represen­tar el inconsciente como generador de la personalidad empírica». En otras palabras, desde el punto de vista del inconsciente -es decir, de la realidad daimónica-, su exis­tencia es la real y nuestro mundo consciente es un sueño, un patrón de imágenes tal como nosotros lo concebimos… «Reflejo en el reflejo reflejado es todo lo que hay.»

Nuestro problema es que nos hemos criado con una visión literal del mundo. Exigimos que los objetos tengan una identidad o significado. Nos han educado para ver sólo con los ojos, en una visión única. Cuando lo sobre­natural irrumpe en nosotros, transformando lo profano en algo sagrado y asombroso, no estamos preparados. En lugar de centrarnos en la visión y reflexionar sobre ella -escribiendo poesía, si es necesario-, reaccionamos con temor o con pánico. En lugar de responder por un igual -es decir, asimilando a través de la imaginación la com­plejidad de la imagen que se nos presenta-, llamamos con voz débil a un científico para que nos tranquilice. Nos dicen que sólo estamos «viendo cosas», y así perdemos la oportunidad de acariciar ese orden de realidad diferente, daimónico, que subyace detrás del puramente literal.

[…] Por una parte, para nosotros es extraordinariamente difícil enten­der el literalismo porque el mundo que habitamos se rige por él: palabras como real, objetivo o verdadero signifi­can invariable y literalmente «real», «objetivo» y «verda­dero». Pero, en otro aspecto, resulta fácil entender otro tipo de realidad, o de verdad: por ejemplo, cuando vemos una obra dramática sobre el escenario o en la pantalla. Si es lo bastante buena (si es arte, podríamos decir), senti­mos que estamos contemplando la revelación de alguna realidad más profunda, normalmente oculta por el baru­llo de nuestra prosaica existencia. Incluso si no es una gran obra, aun así -sorprendentemente- padecemos todas las emociones: suspense, alegría, pena y terror, como si el drama fuera real. Nos embarga como lo hace lo daimónico. Nos embarga porque el drama es real; no literal,   sino   imaginativamente   real.   Salimos   del   cine dando tumbos, frotándonos los ojos como si acabáramos de tener un «gran sueño» o una visión; miramos el mundo ordinario que nos rodea y que ahora aparece cu­riosamente irreal comparado con la obra. Casi podemos creer que realmente «estamos hechos de la misma mate­ria que los sueños».

El problema es que nos cuesta tomar en serio esta rea­lidad imaginativa durante mucho tiempo. La mentalidad literal se reafirma. Hasta nos convence de que tan pode­rosas experiencias imaginativas son solamente imaginarias, tratando la imaginación con el mismo desprecio con que trata la realidad daimónica. Pero para poetas y visio­narios como William Blake, la imaginación es el modo principal, y el más importante, de percibir el mundo. […]

Así pues, a modo de resumen inicial, yo diría que la realidad literal es sólo un tipo de realidad, derivado de una realidad suprema -aquí llamada daimónica- que es metafórica más que literal, imaginativa más que empírica. Por lo tanto, la realidad literal es, en todo caso, menos real que la realidad daimónica. Además, en relación con la historia de nuestra cultura, y también con las culturas tradicionales, la creencia en la literalidad de la realidad es la excepción más que la regla. La realidad literal es el pro­ducto del literalismo, que en realidad es una manera de ver el mundo, una perspectiva sobre el mundo, pero que insiste en que es una propiedad inherente al mundo. Insiste en que es la única realidad y, como tal, niega acti­vamente otros tipos de realidad, sobre todo la daimónica, a la que llama irreal, ficticia e incluso engañosa.

No estoy proponiendo que tratemos de ver el mundo solamente como visionarios. Percibir todos los objetos aéreos como ángeles -ver tan sólo el sol de la hueste celeste y no el sol de la guinea de oro- conduce al mani­comio. Supondría la misma mentalidad literal que ver una luz en el cielo sólo como una bola de gas caliente o un planeta estéril (o una nave espacial extraterrestre). También esto es una clase de locura, aunque establecida y considerada normal. El remedio consiste en cultivar un sentido de la metáfora que, como indica su etimología, sea la habilidad para «trasladar», para traducir una visión del mundo en los términos de otra. La cordura está en la posesión de lo que Blake llamaba la «doble visión», que le permitía, por ejemplo, ver «con mi ojo interior a un viejo canoso / con mi ojo exterior un cardo en mitad de mi camino». (Págs. 150-155)

La paranoia es el desorden mental par excellence. Ningún otro síndrome ha evitado tan absolutamente ser reducido a la psicología, es decir, que no puede explicar­se recurriendo a explicaciones orgánicas. La paranoia, que literalmente significa pensamiento «fuera de la mente» -pensamiento viciado o torcido-, en general se refiere al delirio de que a uno lo están observando, siguiendo, espiando y persiguiendo enemigos ocultos. Pero, en realidad, sus delirios pueden adoptar muchas otras formas, incluido el delirio de los celos (mi esposa manda señales a otros hombres a mis espaldas), delirios de referencia (determinadas cosas me ocurren por culpa de los demás) y delirios de grandeza (yo tengo una «voca­ción» especial, nací superior, soy divino, sobreviviré al desastre mundial que se avecina, etc.). En todos los demás aspectos, los paranoicos son normales; si sus de­lirios fueran ciertos, podrían pasar por ciudadanos corrientes.

La falsedad de una creencia falsa se puede demostrar. Es enmendable. Lo mismo ocurre con una alucinación, que, como desorden perceptivo, puede falsearse en rela­ción con el mundo percibido. Pero un delirio es incorre­gible. No hay razón, persuasión ni pruebas sensoriales que valgan para convencer a los paranoicos de que están delirando. Al contrario, todo lo que ocurre parece res­paldar el delirio. El que lo sufre está atrapado en una sola realidad, que impone su significado a todos los demás acontecimientos. En otras palabras, la paranoia es un desorden del significado y, como tal, remite en términos junguianos al arquetipo del significado, el sí-mismo. El paranoico es alguien que se ha visto superado por el sí-mismo y sus inquietudes sobre Dios, la unidad, el espíri­tu, la transcendencia y la grandeza cósmica. Todo lo que hay en el mundo está cargado de un significado sobrena­tural para bien y para mal. Así pues, el mismo arquetipo cuyas manifestaciones están preñadas de revelaciones puede ser responsable también de los delirios.

Por este motivo, los delirios suelen ser de naturaleza religiosa. Nada es lo que parece. El paranoico siempre ve un orden oculto (y a menudo amenazador) detrás del mundo de los fenómenos. Los humanos devienen espíri­tus o incluso dioses que se ocultan tras máscaras que sólo él es capaz de penetrar. Y, al fin y al cabo, una experiencia similar puede asaltarle al mejor de nosotros: bajo el influjo del amor o del odio, ¿no vislumbramos también algunas veces los rasgos de lo amado o de lo odiado en el rostro o los ademanes de completos desconocidos? Sólo que el paranoico lleva esto al extremo: ve al mismo amigo o enemigo en todo el mundo. Poco a poco ve «a través» de todos hasta que todos se convierten en la misma persona. El mundo se vuelve cada vez más pobre hasta quedar sólo su enemigo.

Es su estrechez de miras, supongo, lo que nos permi­te detectar a un paranoico. Podríamos creerle si culpara a su vecino de cierta persecución en particular, pongamos. Pero cuando culpa al vecino de todo y de cosas extraor­dinarias, empezamos a darnos cuenta de que se trata de un delirio.

Por cierto, la manía de ver un significado oculto detrás de todo a menudo se manifiesta como una manía por las relaciones de causalidad, que finalmente se con­vierte en un fin en sí mismo. «Nada de lo que le ocurre es azar o coincidencia; siempre hay un motivo que puede encontrarse si se busca. Todo lo desconocido puede ser rastreado hasta algo conocido. Cada objeto extraño puede ser desenmascarado y revelar algo que uno ya posee.» (Así pues, podría ser que nuestra moderna preocupación por causas y efectos tuviera cierto toque paranoico. Realmente nos disgusta y desconfiamos de lo espontáneo, de lo no causal, de lo paralelo…; en resu­men, de cualquier cosa que transgreda nuestras «leyes» y parezca libre e inconsciente, como los fenómenos para­normales.)

¿Qué diferencia hay, entonces, entre delirio y revela­ción, entre el paranoico y el líder religioso? Sentimos que debe haber alguna distinción en el contenido de un deli­rio si lo comparamos con una revelación. Pero en realidad la misma mezcla de material extraño, irracional, cosmo­gónico e incluso blasfemo aparece por igual en los textos de cuerdos y locos (sólo hay que fijarse en la Revela­ción de San Juan, el último libro del Nuevo Testamento). Los contenidos típicos alientan la misión y la profecía. El paranoico afirma a menudo tener conocimiento de algún plan secreto de Dios. Él ha sido elegido para difundir la palabra y se le han encomendado especialmente ciertos hechos secretos que se verificarán en el futuro… En par­ticular, nos avisa de que el mundo se va a acabar.

En 1954, el doctor Charles A. Langhead, médico de la universidad de Michigan, empezó a comunicarse con una serie de entidades del espacio exterior, en gran parte a través de médiums en trance. De esta rica mezcla de ufología y espiritismo surgió una entidad fundamental lla­mada Ashtar, miembro de alto rango de la Federación Intergaláctica, cuyas profecías -hay que reconocer que menores y personales- se hicieron todas realidad. Es éste un truco daimónico habitual: a verdaderas revelaciones, como un conocimiento íntimo de las vidas privadas de los receptores o bien predicciones precisas -aunque tri­viales- de acontecimientos futuros, las siguen -cuando el receptor ya está convencido de la verdad de los mensajes-revelaciones falsas o delirios. Ashtar anunció de pronto que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 1954. Unas cuantas personas, incluidos el doctor Langhead y sus amigos, se salvarían gracias a unas naves espaciales. Naturalmente, se reunieron el día señalado a la espera de ser rescatados, después de avisar a la prensa. (Les dijeron, por cierto, que no llevaran metal. Recordemos la aver­sión de los seres feéricos por el metal.) Y se quedaron esperando…

No cabe duda de que la prensa se rió un buen rato a su costa. Pero cuando pensamos que podrían no ser tan diferentes del pequeño grupo de ridiculizados cristianos que se agruparon tras la muerte de Cristo esperando su inmediato regreso y el final del mundo, tal vez no nos riamos tanto. Una gran cantidad de cristianos siguen aguardando a que llegue el Apocalipsis cualquier día de éstos. Expectativas milenarias se suceden a lo largo de la historia, sólo que las causas cambian, adaptando su traje a las inquietudes de cada época. Durante la explosión del milenarismo a mediados del siglo XVII en Inglaterra, un amplio abanico de cultos entusiastas -ranters, shakers, muggletonianos y demás- eran de la opinión de que el pecado del mundo daría lugar al retorno de Cristo y al fin del mundo. Hoy en día (o, al menos, durante los cin­cuenta y los sesenta), es más probable que sea una guerra nuclear la que corra la cortina de la Creación; y los men­sajeros que nos advierten de ello tienden a ser entidades extraterrestres altas y rubias en lugar de, por ejemplo, ángeles del Señor. Actualmente, la causa de moda para la condena es ecológica. Y, desde luego, el mismo tipo de entidad, ya sea «canalizada» o se aparezca directamente, nos advierte contra el abuso de la naturaleza.

La profecía, pues, no es exclusiva de los paranoicos…, a menos que digamos que todos los líderes y miembros de cultos (y, en efecto, de las religiones más importantes) son paranoicos. El delirio no puede distinguirse de la revelación en cuanto a sus contenidos se refiere. ¿Pueden diferenciarse mediante algún otro criterio? Bueno, se ha sugerido que se puede reconocer a los paranoicos porque sus ideas son dañinas y peligrosas o porque trascienden los límites de la aceptabilidad social. Pero ¿qué ideas reli­giosas no son potencialmente dañinas y peligrosas? ¿Y qué define la aceptabilidad social? Puede que las ideas paranoicas no sean aceptables de acuerdo con unas nor­mas estándar, pero en cuanto las comparten algunas per­sonas, como en los cultos que he mencionado, no pueden diagnosticarse clínicamente como paranoicas.

Existen incluso creencias que, aunque no se hayan sis­tematizado en una organización formal, muestran ten­dencias paranoicas. A menudo sostenidas ampliamente, son comparables a las creencias folclóricas. Por ejemplo, muchas personas (en su mayoría norteamericanas) creen que unos alienígenas benignos o «hermanos del espacio» nos vigilan como ángeles y guían nuestro desarrollo. Son como los «guías» del espiritismo, pero, en lugar de seres humanos muertos que están en un mundo más allá de la tumba, son alienígenas vivos que están más allá del siste­ma solar. Igualmente, muchos americanos creen en la ver­sión contraria: una especie maligna de grises y pequeños alienígenas -nos los volveremos a encontrar más adelante- ha aterrizado en nuestro planeta y, después de establecer sus bases secretas, está abduciendo a seres humanos para experimentos genéticos o con fines alimentarios, con el propósito de fortalecer su propia raza. El gobierno lo sabe e intercambia tecnología avanzada con ellos.

Ésta es una variante reciente de la eterna creencia según la cual, de algún modo, «ellos» nos están observan­do, manipulando, amenazando…, ya se trate del Gobier­no, la CIA, los alienígenas o incluso nuestros vecinos. Los «grises» que aparecen en nuestros dormitorios con malévolas intenciones han reemplazado a los «rojos debajo de la cama». Y la paranoia es recíproca: nosotros los tememos y ellos nos temen a nosotros. La mayor parte de las estructuras de poder son algo paranoicas. Temen y sospechan de todo aquello que quede fuera de su mando. Cuanto más ebrios de poder se vuelven, más recelan los líderes de cultos de la lealtad de sus discípu­los. Los seguidores del cientificismo y del cristianismo fundamentalista denuncian por un igual, furibundos, el más leve fenómeno daimónico tachándolo de locura sin sentido y de obra de Satanás, respectivamente. Se sienten amenazados. En la cima de su poder, la Iglesia Católica detectó temibles alienígenas entre los suyos: las brujas, indistinguibles  de los  humanos  excepto por «marcas» ocultas, a las que había que descubrir y destruir.

Esto es lo que ocurre cuando hacemos de los dáimo­nes algo literal: se polarizan en demoníacos o angelicales, responsables de todo lo malo o de todo lo bueno. Las teo­rías conspirativas prosperan porque, en cierto sentido, ha habido una conspiración contra los dáimones. Supri­midos y encubiertos, vuelven para infiltrarse en nuestros pensamientos desde abajo, confiriendo secretas intencio­nes diabólicas a instituciones existentes. La sensación de una conspiración omnipresente es la otra cara de la idea religiosa según la cual existe un orden subyacente, benig­no y protector, debajo o detrás de las apariencias. El «ver a través» propio de los paranoicos es el aspecto negativo de la capacidad de penetración artística o religiosa. Puede que exista una profunda verdad en aquella creencia folclórica que asegura que si nosotros vemos a las hadas pri­mero, serán benévolas, pero si nos ven ellas primero, serán malévolas y estaremos malditos.

Hay religión en la paranoia y paranoia en la religión. La sospecha de que detrás de los fenómenos yacen fuer­zas oscuras es lo opuesto a la intuición de que el mundo se apoya en otra realidad, posiblemente divina. La honda atención con que el artista observa el mundo, y la con­templación de Dios por parte de los místicos, se ven ensombrecidas por la temerosa hipervigilancia del para­noico. ¿Pero quién de nosotros no se ha mostrado nunca un poco hipervigilante, rígido, receloso, amargado y ego­céntrico, tal como los libros de texto describen a los paranoicos? El desenmascaramiento literal de la paranoia señala de una forma distorsionada la necesidad del alma de una comprensión profunda y visionaria.

En resumen, las raíces del delirio y la revelación son inextricables. Puede que no haya una diferenciación clara entre ellos. Toda revelación contiene elementos delirantes, y viceversa. […] Mientras tengamos religión, tendremos revelaciones… y delirios. Y también tendremos comités de teólogos, psiquiatras, etc., según dicte la moda, para decidir dónde acaba el delirio y dónde empieza la revelación. Pero, en verdad, existen en un continuo, y los límites que los separan cam­bian de una persona a otra, de una época a otra y de una cultura a otra. (Págs. 156-163)

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