Cabalgando al Tigre

Jueves, 6 diciembre, 2007

Realidad daimónica (II): sobre el espiritismo

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 2:10 pm

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Siguiendo con la Realidad daimónica, Harpur nos muestra aquí una visión del espiritismo como chanza y burla de los dáimones, como reacción a la negación sistemática a la que el materialismo radical de finales del XIX les sometió. También habla sobre los curanderos. Me encanta por lo refrescante la visión pícara que da del mundo intermedio, porque implica cierto sentido del humor y desde luego está muy lejos del mecanicismo de leyes inconscientes; además, me recuerda mucho a la respuesta última que el hinduismo da sobre el porqué de la existencia del mundo (yo la conocí a través de A. K. Coomaraswamy): “Lîlâ”. Es sólo un juego. Es nada menos que un juego.

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Si hubo alguna vez un tiempo en que el cultivo de la naturaleza salvaje y el declive de la cultura oral llevaron a la pérdida de la creen­cia daimónica, seguramente fue en el siglo XIX, cuando la actividad daimónica se trasladó sobre todo del campo a las sesiones de espiritismo.

Mientras que el cristianismo había polarizado la reali­dad daimónica en sus dos mitades de espíritu y materia, el auge del materialismo filosófico en el siglo XIX supri­mió todo lo espiritual. La realidad se volvió materia. La iglesia trató de combatir eso, pero tendía a hacerlo invo­cando la autoridad de la Biblia, que sufría un revés espan­toso desde Darwin y su idea de que la humanidad no fue creada por un acto divino, sino que había evolucionado de forma natural. Durante la época victoriana, el cientifi­cismo alcanzó la cúspide de la autoconfianza. Quedó sólidamente asentado que todos los misterios del univer­so serían desvelados en cuestión de pocos años. Por su­puesto, esa confianza resultó errónea, pero aún hoy exis­te una fe similar en la capacidad de la ciencia. El tono reverencial con que todavía se trata a la ciencia se fraguó hace ciento cincuenta años.

Sería erróneo pensar que el cientificismo se salió con la suya. El materialismo científico nunca ha sido capaz de sacudirse de encima el vitalismo, o la idea, a grandes ras­gos, de que hay un alma en la materia. «Las teorías vitalistas de la naturaleza de la vida atribuían su organización intencional a almas no materiales, o factores vitales, bajo un abanico de nombres diversos. Las teorías mecanicistas siempre han negado la existencia de tales “entidades místi­cas”, pero entonces han tenido que reinventarlas con nue­vos disfraces. La realidad daimónica siempre ha socava­do las muchas disciplinas que se han propuesto excluirla.

No obstante, los dáimones de los que quiero hablar aquí no son los que hostigaron al cientificismo desde el interior, sino los que se agruparon como su opuesto, como un hermano tonto. Y es que la era victoriana fue presa, paradójicamente, de un vasto fenómeno daimónico que ensombreció la brillante luz de aquel mundo nuevo de progreso optimista con el viejo y lóbrego mundo de la «superstición», en el que antepasados de voz ronca hablaban desde más allá de la tumba.

Hay algo a un tiempo impresionante y truculento acerca de la edad dorada del espiritismo. Sus médiums eran de un atractivo vigor comparados con sus homólo­gos de los tiempos modernos, los «canalizadores», que transmiten insulsos mensajes de una miríada de entidades que abarca desde las oscuras deidades africanas a lejanos «hermanos del espacio». En una sesión victoriana, sona­ban trompetas, se oían campanas y las mesas se daban la vuelta; se materializaban objetos que volaban a través de las paredes; manos fantasmagóricas quedaban impresas en cera caliente, y pálidos espíritus se moldeaban un cuerpo con el pegajoso ectoplasma que chorreaba del mé­dium. No deja de resultar irónico que estas manifestacio­nes espectaculares ahora no parezcan más que un reflejo del materialismo que pretendían echar por tierra. Había algo burdo en ellas, algo claramente no espiritual. Sin embargo, tal vez eran lo que se necesitaba para sacudir la fe de una era materialista.

Como el mundo teatral, con el que tiene una tradicio­nal afinidad, el espiritismo tiene sus estrellas y sus bufones, sus actores cómicos y trágicos. Pero ni siquiera su mayor estrella, D. D. Home, podía deshacerse de la tur­biedad que, por su propia naturaleza, acompaña a todos los fenómenos daimónicos. Él movía pianos con la mente estando atado a una silla, ante docenas de personas ilus­tres y en habitaciones bien iluminadas. Levitaba, salía flotando por una ventana y volvía a entrar por otra. Realizaba incontables hazañas como éstas cuando se le pedía. Un destacado científico, Sir William Crookes, fue enviado a desacreditarlo y en lugar de eso se convir­tió, escandalizando a sus colegas: lo que Home estaba haciendo, decían, era imposible. «Yo nunca he dicho que fuera posible», respondió el desconsolado Crookes. «He dicho que era verdad.» Pero, por todos los que creían en la realidad de los poderes psíquicos, había muchos más que creían que no era más que un truco, incluso hasta el punto de no dar crédito a sus propios ojos.

Hay una línea muy fina entre la artimaña y lo genui­no. Los propios dáimones son unos pícaros. Los mé­diums sinceros tendían más a ser víctimas de sus espíritus que charlatanes consumados. Si alguna vez ideaban un oportuno mensaje cuando los espíritus no llegaban a co­municarse, normalmente era -almas cándidas como so­lían ser- por un deseo de agradar. Los dáimones de los que dependen los poderes psíquicos se aburren con faci­lidad y dejan de funcionar bajo repetición forzosa, como descubren en sus laboratorios los investigadores de la percepción extrasensorial: sus sujetos muestran asom­brosas habilidades precognitivas o psicocinéticas y entonces, a medida que avanzan las monótonas pruebas de adivinar cartas, los resultados decaen. Los dáimones no aceptan demasiado bien el rigor, la insistencia y las órdenes. Son volubles y caprichosos. Cuando nos pidan que juzguemos si un médium es auténtico o falso, debe­mos responder que la cuestión no es tan sencilla.

Fijémonos en el caso de los «cirujanos psíquicos» de las Filipinas. En lugar de curar a las personas a distancia como los sanadores espiritistas occidentales, o de curar simplemente posando sus manos, estos «cirujanos» pare­cían abrir de cuajo a sus pacientes con los dedos, derra­mando sangre y sacando trozos de intestino y suturando otra vez sin un solo punto. Los desacreditadores no vie­ron en ello más que prestidigitación, diciendo incluso que la sangre y las tripas eran falsas o procedentes de ani­males. Aun así, personas incurables insistían en que ha­bían sido curadas mediante estos procedimientos tan poco prometedores.

No creo que sea posible saber a ciencia cierta qué está ocurriendo. Sanadores psíquicos de todo tipo ignoran, ellos mismos, cómo lo hacen (en cualquier caso, aseguran que es obra de Dios o de un dios o de los espíritus). Pero estamos en nuestro derecho de considerar las posibilida­des que alegan los sanadores psíquicos. Debemos tener en cuenta que el chamanismo nativo tradicional o la cura­ción por brujería, aunque relacionados con el espiritismo occidental, son bastante diferentes. Tal vez lo que reali­zaban los sanadores psíquicos no eran trucos, sino magia. Tal vez la sangre y las tripas se materializaban como parte de la operación, en lugar de llevarlas escondidas en la manga (de hecho, carecían de ellas). Los acontecimientos daimónicos no son nada si no resultan teatrales. Les gusta dejar fragmentos de enigmáticas pruebas que aca­ban por confundir aún más el asunto; les gusta ahondar el misterio más que demostrarlo. ¿Y si la «prueba» estuvie­ra «amañada» por los sanadores? ¿No podría tratarse de la ayuda necesaria para un proceso mágico que requiere aderezos dramáticos para funcionar? Nada tiene una explicación sencilla en este universo crepuscular, y menos aún el espiritismo.

Por ejemplo, ¿con quién hablan los médiums? ¿Qué produce sus efectos paranormales? Ellos, por supuesto, dicen que están hablando con sus «guías» o «autoridades». Éstos son muy parecidos a dáimones personales (o «ángeles de la guarda»), sólo que aseguran haber vivido alguna vez en la tierra, como humanos, lo que no siem­pre ocurre con los dáimones personales. Estos espíritus suelen ser indios pieles rojas o médicos chinos que hablan con voces raras. Tienden a ser almas elevadas que han as­cendido hacia los escalafones más altos de la vida después de la muerte y, por lo tanto, están en situación de poner­nos en contacto con parientes y amigos muertos, a los que mantienen en orden. En ocasiones, ese espíritu que toma posesión del médium ocupa, en efecto, un lugar muy elevado, casi como un dios, sin conexión personal con el médium. Tampoco ayudan a entregar mensajes personales, sino que tienden a filosofar. Abedul de Plata y Águila Blanca son ejemplos de ello: ambos tuvieron numerosos seguidores durante cincuenta años o más. Es más acertado describir sus mensajes como una especie de teosofía que predica la paz y el amor, reconoce a Jesús como un gran maestro, defiende la reencarnación, etc.; todo ello indiscutible pero muy general y nada excepcio­nal (aunque no tan banal como los credos esgrimidos por la mayoría de seguidores de la New Age). Parece ser que la filosofía está mejor en manos de los vivos.

A pesar de todo, hay excepciones, y una de ellas es el libro dictado a W. B. Yeats por su esposa en trance. Los espíritus comunicadores le explicaron que su propósito era proveerlo de símbolos para su poesía. El resultado fue Una visión, un sistema filosófico y cosmológico com­plejo, casi hermético. Pero incluso aquí el dictado se vio perturbado por otros espíritus a los que Yeats llamaba los «frustradores». Éstos imitaban a los comunicadores au­ténticos con tal éxito que Yeats a menudo se pasó meses transcribiendo mensajes, antes de reconocer que eran un galimatías, o bien de ser informado de su falsedad por el retorno de los espíritus «reales».

Un psicólogo podría aducir, como hizo Jung al principio, que un médium habla en realidad con otras partes de sí mismo, con aquellos fragmentos autónomos y escindidos del conjunto de la psique que llevan una vida relativamente independiente. En cierto sentido, éstos sabrían más que nosotros (sin los estorbos del espacio y el tiempo, podrían tener presentimientos sobre el futuro, por ejemplo). En otro sentido, serían inferiores además de superiores (poco definidos, medio en penumbra). En conjunto, como hemos visto, y como Jung llegó a com­prender, este punto de vista no funcionó. Aunque es reconfortante pensar que los espíritus de algún modo nos pertenecen, pues están bien guardados en la psique y, por lo tanto, son «subjetivos», nos hemos visto obligados a reconocer que, al igual que la psique es, finalmente, obje­tiva e impersonal, también lo son sus manifestaciones o personificaciones daimónicas.

De hecho, se ha puesto demasiado énfasis en el espiri­tismo de la otra vida, el reino de los muertos. Hemos visto la tendencia de los dáimones a fundirse en el reino daimónico, y el reino del espiritismo no es una excep­ción. Si los muertos -espíritus, antepasados- se encuen­tran entre los seres feéricos, ¿acaso no podría ser cierto lo inverso? Un hombre que lo creía así fue el astrónomo francés y pionero en la investigación psíquica Camille Flammarion, que reparó en el asombroso parecido entre las llamadas manifestaciones de espíritus y las de seres feéricos:

«La mayor parte de los fenómenos observados -rui­dos, movimiento de mesas, desorden, tumulto, golpes, respuestas a preguntas formuladas…- son realmente infantiles, pueriles, vulgares, a menudo ridículos y más parecidos a la presencia de niños traviesos que a serias acciones de buena fe. Es imposible no darse cuenta… O somos nosotros quienes provocamos estos fenómenos, o son los espíritus. Pero no olvidemos una cosa: esos espí­ritus no son necesariamente las almas de los muertos, ya que puede existir otro tipo de seres espirituales, y el espacio puede estar repleto de ellos sin que nunca llegue­mos a saber nada al respecto… ¿Acaso no encontramos en la literatura antigua a demonios, ángeles, gnomos, duendes, genios, espectros, elementales, etc.? Puede que esas leyendas no carezcan de alguna base factual.»

En la época moderna, los dáimones aparecen tanto como lo han hecho siempre. Lo hacen externamente como una hueste de apariciones; e, internamente, como musas que inspiran y diablos que nos poseen y nos vuelven locos. Y, como siempre, aparecen sobre todo en sueños. La moderna psicología profunda surgió porque no se podía seguir ignorando a los dáimones, que se hacían notar en síntomas neuróticos, en obsesiones y en psico­sis. Freud y sus seguidores documentaron los complejos que clamaban desde nuestro interior con voces alieníge­nas; Jung siguió su llamada hasta las profundidades, más allá de lo personal y más allá de lo humano, hasta el mundo de los principios psicológicos arquetípicos, en el que vio a los dioses regresar con nuevo atuendo. Freud no pudo seguirle. Temía a los dáimones del inconsciente, los demonizó y advirtió a Jung que debía erigir una for­taleza «contra la marea negra de fango» del «ocultis­mo». Pero Jung osó emprender su propio viaje al inconsciente colectivo, donde halló algo absolutamente distinto, algo -como veremos- inimaginable. Otras escuelas de psicología se volvieron cada vez más materia­listas y reduccionistas, tratando a los dáimones como si fueran puramente psicológicos. El alma fue reducida a la mente y ésta al cerebro. Los dáimones no fueron tan demonizados como medicalizados. «Los dioses se han convertido en enfermedades», le gustaba lamentarse a Jung.»

Seguramente, los sueños son menos valorados o con­siderados ahora que en ningún otro momento de nuestra historia. Puesto que sostienen un espejo ante nosotros, reflejando nuestras posturas conscientes, su descuido se refleja a su vez en imágenes de debilidad o vulnerabi­lidad. Pesadillas de niños tullidos, el bebé al que no lo­gramos rescatar de la inundación o el fuego, el animal muerto en la carretera… son imágenes del alma debilita­da en la que moran los dáimones. O, si no, los dáimones la emprenden contra nosotros imponiendo el recono­cimiento en sueños de la amenaza y la destrucción: la bruja que aparece junto a nuestra cama, el amigo que traiciona, el marido que engaña, la esposa que blande un escalpelo…

Así como es una ley psicológica -una ley del alma- que todo lo reprimido regresa bajo una forma diferente, así los dáimones infestan los credos y las disciplinas que se niegan a admitirlos. Empiezan haciendo travesuras, luego se vuelven feos y, finalmente, demoníacos. El auto­ritario y supermasculino cristianismo está desconcertado por visiones subversivas de la Virgen María; monjes superascéticos son atormentados por el archidaimon Eros, que se les insinúa dentro de sus celdas solitarias. Los superracionales son perseguidos por un odio demo­níaco y el miedo a los dáimones; los supermaterialistas son acosados, como los victorianos, por los espíritus. Los dáimones son contrarios a los extremos; ellos son el ca­mino medio. Como lapsus freudianos, son la piel de plá­tano con la que se pegan un porrazo los que pecan de orgullosos.

Sería un error imaginar que los dáimones han abando­nado la naturaleza por completo. En ella aún abundan las apariciones, mientras que los amantes de la naturaleza -aun cuando no la ven (del modo en que la veían visiona­rios como William Blake) poblada de dáimones- siguen teniendo intuiciones de su vida autónoma, de su alma. Pero el cientificismo se ha cobrado su peaje: oficialmen­te, ya no pretendemos ver en el interior de Dama Natura y participar de su corazón, sino examinar, interrogar y operar en ella. Ésta, obediente, refleja nuestra actitud hacia ella, apareciendo esencialmente como impersonal, objetiva, inhumana y sin alma. Pero, en los polos de nuestras investigaciones del mundo -en la física subató­mica y en la astrofísica-, los dáimones regresan como partículas diminutas, picaras y poderosas, y como enanas blancas, gigantes rojas o perversos agujeros negros. El lenguaje de los cuentos de hadas es elocuente. En el lími­te mismo del «universo conocido», hay cosas inconcebi­blemente inmensas que se alejan de nosotros a inconce­bibles velocidades. Se les llama «objetos cuasi-estelares» -quasar-, aunque no logramos ponernos de acuerdo sobre qué estamos observando. También se les podría lla­mar «objetos voladores no identificados». (Págs. 114-122)

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