Cabalgando al Tigre

Miércoles, 19 diciembre, 2007

Realidad daimónica (IV): Imaginación y alma

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 2:57 pm

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Continuando con la Realidad daimónica, unas puntualizaciones que ayudarán a entender el sentido que se da a los términos “imaginación” y “alma”. Acaba la cita con una sugerente hipótesis sobre el porqué de aquellos que tienen experiencias “sobrenaturales”, por llamarlas de algún modo.

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Al hablar de imaginación debemos evitar a toda costa confundirla con lo que comúnmente se entiende por ese nombre: un flujo de imágenes irreales que surcan la mente consciente. En un fragmento conocido por todos los estudiantes de crítica de la literatura inglesa, Samuel Taylor Coleridge desestima tales imágenes como mera «fantasía», que «no es más que una forma de recuerdo emancipado del orden del tiempo y el espacio». La ima­ginación auténtica, en cambio, se divide en dos tipos: la primaria y la secundaria.

«Sostengo que la imaginación primaria es el poder viviente y agente principal de toda percepción humana, y es una repetición en la mente finita del eterno acto de creación en el YO SOY infinito. Considero que la secunda­ria es un eco de la anterior, coexistente con la voluntad consciente, aunque idéntica a la primaria en su naturale­za como agente, y que se distingue sólo en el grado y en su modo de operar. Ésta disuelve, difumina y disipa con el fin de recrear…»

Con el fin de entender tan complicado argumento, merece la pena recurrir a la ayuda de otro poeta, W. H. Auden, que adopta -y adapta- como parte de su propio credo artístico la definición que da Coleridge de la ima­ginación. «El propósito de la Imaginación Primaria, su único propósito -dice Auden-, son los seres y aconteci­mientos sagrados. Lo sagrado es aquello a lo que está obligada a responder, lo profano es aquello a lo que no puede responder y, por lo tanto, no conoce… A un ser sagrado no podemos esperarlo: debemos toparnos con él… No todas las imaginaciones reconocen a los mismos seres y acontecimientos, pero cada una de ellas responde del mismo modo ante aquellos que reconoce. La impre­sión que todo ser sagrado ejerce sobre la imaginación es de una importancia abrumadora, aunque indefinible; una cualidad inmutable, una Identidad, como dijo Keats: yo-soy-el-que-soy, parece afirmar todo ser sagrado… La respuesta de la imaginación ante tal presencia o trascen­dencia es un frenesí sobrecogedor. Éste puede variar enormemente en intensidad, y sus matices abarcan desde el asombro feliz hasta un pánico horrible. Un ser sagra­do puede ser atractivo o repulsivo -un cisne o un pulpo-, hermoso o feo -una bruja desdentada o un niño adora­ble-, bueno o malvado -una Beatriz o una Belle Dame Sans Merci-, un hecho histórico o una ficción -una per­sona a la que se ha conocido por el camino o una imagen surgida en un relato o un sueño-, puede ser noble o algo indigno de mencionarse en un salón, puede ser lo que le plazca, a condición (pero es una condición absoluta) de que provoque sobrecogimiento.» Por supuesto, pavor o deslumbramiento extraordinarios son el distintivo, en grado variable, de todos los encuentros daimónicos a los que me he referido. Son productos de la imaginación pri­maria, a la que llamaré simplemente «Imaginación». Son «sagrados».

Auden reconoce que, por supuesto, algunos seres sagrados lo son sólo para una imaginación individual: un paisaje o un edificio determinados, pongamos, o incluso un preciado juguete de la infancia. Algunos, como los re­yes, sólo son sagrados para los miembros de una cultura determinada. Otros parecen serlo para todas las imagina­ciones de todas las épocas, como la Luna, dice Auden, o «el Fuego, las Serpientes o esos cuatro seres tan impor­tantes y que tan sólo pueden definirse en términos de no ser: la Oscuridad, el Silencio, la Nada, la Muerte». Tales imágenes son las que merecen la calificación de «arquetí­picas». Las luces en el cielo entran en esta categoría, mien­tras que su distinción, digamos, en ovnis como naves estructuradas o bien en brujas depende de la cultura en la que aparezcan. Los seres sagrados también pueden com­binarse con una acción para formar patrones o aconteci­mientos sagrados: mitos como la muerte y el renacimien­to del héroe parecen ser universales.

La imaginación secundaria (a la que llamaré «imagina­ción», con «i» minúscula) resulta aquí menos relevante. Es la facultad que aplicamos sobre los seres sagrados de la Imaginación (Primaria), de la que, como dice Coleridge, se distingue en el grado pero no en el tipo. No es creati­va -la creación es un privilegio de la Imaginación-, sino recreativa. Es activa, no pasiva; sus categorías no son sagrado/profano, sino hermoso/feo. Es decir, que valora estéticamente la experiencia primaria. Sin su actividad, nuestra pasividad frente a la Imaginación «sería la perdi­ción de la mente; tarde o temprano -dice Auden-, sus seres sagrados la poseerían y llegaría a pensar en sí misma como sagrada, a excluir el mundo externo como profano, acabando, así, en la locura». Esto describe con acierto y en pocas palabras la progresiva desintegración psicológi­ca de todos los paranoicos, falsos profetas y líderes sec­tarios […].

El empeño de la imaginación (secundaria) en traer a la realidad a los seres sagrados constituye el arte. Aunque, en un contexto diferente, ese mismo empeño puede ser meramente psicoterapéutico. C. G. Jung empleaba una técnica para ayudar a sus pacientes que él llamaba «ima­ginación activa». Nunca se muestra tan específico como cabría respecto a dicha práctica, que tampoco goza de especial prestigio, puesto que su objetivo era permitir a las imágenes inconscientes -en forma de fantasías, por ejemplo- aflorar a la conciencia, donde pudieran ser observadas de forma pasiva, como un sueño en vigilia. Para ello, el paciente debía encontrarse obviamente en un estado relajado, meditativo, tal vez incluso rayano en la hipnosis. Sin embargo, no podía decirse realmente que las imágenes se hubieran vuelto conscientes hasta que habían sido investigadas, amplificadas, expandidas y finalmente asimiladas, esto es, integradas en la personalidad. Por eso, Jung recomendaba ciertas actividades semiartísticas, como escribir con detalle sobre las imágenes o pintar mandalas. Hay una clara coincidencia entre el arte y esta clase de terapias. Podríamos decir que son del mismo tipo pero de distinto grado; tal vez la imagen puramente terapéutica se funde con la obra de arte en aquel punto donde deja de tener un significado básicamente privado y personal para adquirir otro más público, impersonal y colectivo. La terapia trata de mi condición; el arte, de la condición humana.

En esta acepción de la Imaginación vemos otra formu­lación del inconsciente colectivo de Jung y del Anima Mundi neoplatónica. Los seres sagrados son las imágenes arquetípicas que aparecen espontáneamente. Son nues­tros dioses y dáimones. La ventaja de la Imaginación como modelo de la realidad daimónica es que evita las implicaciones, si bien residuales, de la expresión «incons­ciente colectivo» en el sentido de algo puramente inte­rior, que está dentro de nosotros…, cuando, como hemos visto, también es exterior. De forma similar, el modelo «Alma del Mundo» implica lo contrario: pone énfasis en lo externo por encima de lo interno. La idea de Imaginación acerca estos dos primeros modelos entre sí. Como inconsciente colectivo, es el origen de los seres sagrados autónomos; como Alma del Mundo, sitúa a esos seres sagrados tanto en el mundo como en nuestra psique (en forma de sueños, visiones, etc.). «A los ojos del hombre de imaginación -subrayaba Blake-, la naturaleza es la imaginación en sí misma.»

[En los] supuestos errores de identificación de ovnis y lo desacertado de la «proyección», la Imaginación es la clave para entender cómo pueden los objetos cotidianos transformarse en «seres sagrados». De hecho, puede que sea éste el modus operandi habitual de la Imaginación: una joven a la que se ha visto fugazmente por la calle puede convertirse en la imagen misma de Alma, como Beatriz para Dante; el andar arrastrado de un viejo, en la imagen del Infierno; ante la mirada de Val de Peckham, un vulgar planeta se vuelve inteligente y vigilante, cobrando vida alienígena; un leño en un lago apacible se mueve de pronto y llega a ser monstruoso. El mundo entero tiembla cuando está a punto de revelar su propia alma inmanente. Lo vemos en momentos en que nuestra percepción se eleva a visión mediante la Imaginación: instantes poéticos de júbilo y arrebato, terror y pánico terrible. Lo vemos cuando, como dice Blake, las puertas de la percepción quedan libres y todo aparece como es: infinito.

La Imaginación puede actuar de forma muy corriente. Sus imágenes pueden llegar como repentinas inspiracio­nes, patrones, ideas, destellos de iluminación, hechos inesperados… o bien pueden llegar despacio, con los años, mientras parecemos crecer hacia una verdad deter­minada. Tales imágenes no son menos numinosas que las apariciones que nos salen al paso en sueños o en tramos solitarios de carretera. No es necesario que nuestras vidas estén trastornadas por extrañas entidades. No nece­sitamos estar cegados, como lo estaba San Pablo, por una visión de Jesús en el solitario camino a Damasco. En rea­lidad, podría afirmarse que la conversión de San Pablo fue, en este sentido, una consecuencia de su «ceguera» anterior, de su rechazo fanático a creer en Jesús y la per­secución de Sus seguidores. La Imaginación se vio empu­jada a utilizar una manera tan extrema y violenta de con­vertirle como lo había sido su negación.

Puede que sea éste el caso de todos los que ven apari­ciones: puede que sea su falta de imaginación lo que empuje a la Imaginación a manifestarse ante ellos con espectaculares representaciones externas. Puede que las personas a las que comúnmente se llama «psíquicas» sean las irreflexivas, no especialmente bien integradas, de modo que experimentan sus dáimones no como influen­cias sutiles, convicciones crecientes o intuiciones esclare­cedoras, sino como personificaciones externas -espíritus, por ejemplo- que traen mensajes, hacen peticiones y pre­dicciones y dan órdenes. De modo similar, a las personas que «ven cosas» como animales espectrales y ovnis se las supone «superimaginativas». Tal vez sea cierto lo inver­so: se sabe que quienes «creen» en ovnis, etc., y ansían verlos no lo logran. Ya están imaginativamente adaptados a lo daimónico. Son las personas que no tienen ninguna relación consciente con la realidad daimónica las que suelen «ver cosas». Si a la Imaginación se le niega recono­cimiento y autonomía, se ve forzada, por así decirlo, a organizar una exposición más contundente, a encarnar sus imágenes no sólo externa sino concretamente, pues un acercamiento sutil ya no hará mella en la mentalidad literal del que percibe. Quienes han capturado lo daimó­nico a través de la Imaginación no necesitan ser captura­dos por ello. (Págs. 186-191)

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3 comentarios »

  1. Hola. Espero que no te importe que te haga una pregunta “técnica”. He visto que conoces la revista Letra y Espíritu, y quizá hayas leído los últimos números. He estado intentando ponerme en contacto con esta revista a través de su e-mail LyE(arroba)ya.com, pero al parecer esta dirección ya no está operativa. ¿Sabes, por alguna comunicación de la revista, si es posible contactar con ellos en una nueva dirección?

    Gracias y perdona si te lo pregunto en un lugar inadecuado.

    Comentario por Candelero — Miércoles, 19 diciembre, 2007 @ 10:18 pm |Responder

  2. Candelero, desde luego que éste no es un sitio inadecuado; te dejo su nuevo email de contacto:

    LyEmeru@gmail.com

    Un cordial saludo.

    Comentario por Aspirante a domador — Sábado, 22 diciembre, 2007 @ 1:44 pm |Responder

  3. Muchas gracias y un saludo cordial.

    Comentario por Candelero — Lunes, 24 diciembre, 2007 @ 11:50 am |Responder


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