Cabalgando al Tigre

Martes, 29 enero, 2008

Realidad daimónica (IX): guía al Otro Mundo

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:09 am

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En su Realidad daimónica, Harpur nos da unas claves para enfrentarnos al mundo daimónico.

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Si es correcto -y lo es- leer motivos psicológicos en términos de mitología, también es posible leer mitos psi­cológicamente. (Una conciencia daimónica como la que posee el chamán no distinguiría entre mitología y psico­logía.) Así pues, a modo de ejemplo de cómo puede abor­darse el Otro Mundo de una forma no hercúlea, por ejemplo, me gustaría detenerme en otro de mis mitos predilectos: el de Perseo. Resultaría demasiado extenso ofrecer una lectura completa de su historia, que, aunque no es muy larga, es muy profunda. Además, realmente no es posible ni deseable traducir un mito a términos que no sean los suyos propios. Sin embargo, algunas partes de la historia de Perseo pueden sernos de provecho a la hora de enfrentarnos a lo que es ajeno.

Su tarea es dar muerte a Medusa, una de las tres Gorgonas, y traer su cabeza. Medusa habita en un tipo particular de Inframundo, la tierra occidental de los hiperbóreos, donde vive entre las imágenes erosionadas de hombres y bestias a los que ha convertido en piedra solamente con mirarlos (es su extrema fealdad -serpien­tes en lugar de cabello, grandes colmillos, lengua promi­nente y ojos furiosos- lo que los ha petrificado). Es evi­dente que, aquí, el abordaje directo y literal de Hércules resultaría inapropiado. Su fuerza sólo actuaría en contra de sí mismo, pues se volvería de piedra antes de poder alzar su garrote.

Es difícil saber lo que representa Medusa en el senti­do psicológico. Con ella, todo parece detenerse. Cabría suponer que, cuando estamos profundamente deprimi­dos, «encallados» de forma crónica o, en casos extremos, catatónicos, estamos viendo a Medusa actuar sobre noso­tros. Ella yace en lo más profundo del inconsciente. Es una especie de límite, frío e inamovible, más allá del cual no podemos pasar; y, como tal, está relacionada muy de cerca con Hades, Tánatos, la muerte.

Hace falta mucha deliberación y preparación para enfrentarse a Medusa. Es algo que requiere la ayuda de más de una perspectiva y más de un dios. Sabiamente, Perseo consulta en primer lugar a Atenea, que se lo lleva a Dicterión, en Samos, donde están expuestas unas imá­genes de las Gorgonas, para que así pueda distinguir a Medusa de sus dos hermanas. Así aprende, como si dijé­ramos, a asimilar lo que ya se conoce sobre el inconscien­te y a diferenciarlo de otros contenidos que se le puedan parecer. Atenea también le enseña a no mirar a Medusa directamente, sino sólo su reflejo, y para ello le entrega un escudo extremadamente pulido. Éste puede verse como el primero de los distintos atributos o virtudes que Perseo, como buen chamán, ha de obtener. Nos damos cuenta de que la reflexión, la absorción retroactiva de experiencia e imágenes pasadas, es clave para abordar el Otro Mundo. De Hermes, Perseo obtiene una hoz dia­mantina. Se trata de un arma letal, pero, a diferencia del garrote de Hércules, es afilada, incisiva y no está tan conectada con la guerra, pongamos, como con la siega.

El escudo y la hoz le permitirán llevar a cabo su tarea; pero, para regresar con vida, necesita otras tres cosas: un par de sandalias aladas, como las de Hermes, para volar velozmente, una alforja donde meter la peligrosa cabeza cercenada y el negro casco de la invisibilidad que perte­nece a Hades. Para conseguirlos, tiene que hacer un viaje preliminar al Inframundo, donde se encuentran las ninfas estigias que están a cargo de estos artículos. Pero, para encontrarlas a ellas, primero tiene que visitar a las tres Greas, las únicas que saben dónde pueden hallarse las ninfas estigias. Las Greas son hermanas de las Gorgonas, y Perseo, al estilo hermético, las engaña para que lo orienten. En otras palabras, una escaramuza preliminar con contenidos del inconsciente parecidos a la Gorgona, aunque menos mortales, le permite ubicarse en la pers­pectiva ultramundana.

Una vez ha localizado a Medusa, Perseo se acerca a ella caminando hacia atrás y sosteniendo su escudo puli­do para atrapar su imagen, de modo que no tenga que mirarla directamente. Así es capaz de decapitarla con la hoz hermética. Observemos que su acercamiento es el opuesto al de Orfeo. Éste, al mirar hacia atrás a su espo­sa Eurídice mientras se la lleva fuera del Inframundo, reflexiona (mira hacia atrás) prematuramente, es decir, adopta una perspectiva del ego que es inapropiada para el reino del alma, que lo separa del alma, llevándosela y haciendo que la pierda (como perdió a Eurídice). Perseo, por su parte, muestra otra manera, más daimónica, de usar la reflexión en el Inframundo. En lugar de adoptar la perspectiva racional del ego «normal» de Orfeo, que capta la imagen ultramundana (inconsciente) de frente, invierte herméticamente el procedimiento… avanzando hacia atrás y reflejando hacia delante. Paradójicamente, la perspectiva del ego es guiada hacia delante por la refle­xión de la imagen del alma, imagen que ve reflejada tras de sí. Para enfocar el procedimiento de otra manera, podríamos decir que la Gorgona es una imagen peligrosa cuando se la aborda literalmente (directamente, de fren­te), pero a la que se neutraliza cuando se la trata como imagen de una imagen. Como una negación doble, el reflejo la vuelve positiva en el sentido de que la reconoce como real pero no como literal. La imagen es peligrosa si se la toma literalmente, pero, si se la toma seriamente como una imagen, la Gorgona se vuelve vulnerable, sus­ceptible de que le den muerte.

De pronto, del cadáver de Medusa nacen el caballo alado Pegaso y el guerrero Crisaor, engendrados ambos por el dios del mar Poseidón. Así pues, su muerte no es mera destrucción a la manera de Hércules, sino una libe­ración de nuevas formas de energía vital generadas por el inconsciente oceánico.

Con todo, Perseo aún debe escapar de la cólera de las dos hermanas de la Gorgona, lo que logra hacer cubrién­dose con su casco de invisibilidad y echando a volar con las sandalias aladas. Estos artículos chamánicos son en realidad poderes que ha obtenido. El casco, que perte­nece a Hades, significa la perspectiva de la muerte: la muerte del ego consciente y la adquisición del ego dai­mónico, que al estar en armonía con el reino daimónico es invisible en él. Las sandalias significan la perspectiva de Hermes, que, excepcionalmente, era capaz de volar de un lado a otro entre las alturas del Olimpo, la superficie de la Tierra y las profundidades del Inframundo, adonde se encargaba de conducir a las almas de los muertos. También es Hermes el que ayuda a Perseo a llevar la alforja mágica que contiene la cabeza de la Gorgona. Esto nos dice que, con el fin de hacer conscientes peligrosos contenidos inconscientes, debemos iniciarnos en un espacio dentro de la conciencia que tenga una afinidad estigia con la muerte y, por lo tanto, sea lo bastante fuer­te para albergar esos contenidos. Una vez conteni­dos -asimilados-, los contenidos ya no son antagonistas; al contrario, podemos utilizar su poder como propio, al igual que Perseo utilizó la cabeza de la Gorgona para petrificar a sus enemigos. Observemos que ésta es dema­siado pesada para poderla transportar sin la ayuda de Hermes.

No tengo espacio suficiente para comentar todo lo que el mito de Perseo da de sí. Pero mencionaré sólo uno o dos aspectos de sus aventuras posteriores, en especial su victoria sobre Andrómeda. Ésta se encontraba desnu­da y encadenada a un acantilado como sacrificio a un monstruo marino que estaba devastando el reino de su padre. Su salvación es la parte órfica de la historia de Perseo. El monstruo marino está vinculado con Medusa -otra versión de Medusa, quizá- a través de Poseidón. Sin embargo, esta vez no es Perseo quien mira el reflejo del monstruo, sino que a éste lo distrae la imagen de Perseo reflejada en el agua, permitiéndole a él bajar volando y decapitarlo. Descubrimos así que el modo en que el inconsciente se enfrenta a nuestras imágenes -en que nos imagina- es tan importante como el modo en que nosotros lo imaginamos.

El de Perseo me recuerda al mito inuit (esquimal) sobre la Madre de las Criaturas Marinas de las que depende todo ser vivo. En época de mala pesca, es tarea del chamán de la tribu visitar a esta diosa y persuadirla de que libere a las tan necesarias criaturas. El problema es que, al estilo de Medusa, es una arpía espantosamente fea que huele a pescado y tiene el pelo hecho una mara­ña. Puesto que habita en lo más hondo del mar, el viaje del chamán es especialmente arriesgado: tiene que sumer­girse en un estado de trance o éxtasis durante un tiempo prolongado, y siempre hay riesgo, como en cualquier incursión en el reino daimónico del inconsciente, de «ahogarse». El método que emplea para propiciar a la Madre de las Criaturas Marinas es inesperado. No hay coerción, por ejemplo, y ni hablar de arrastrarla hacia arriba, hacia la conciencia, puesto que ella es el cimiento de todo ser. En lugar de eso, el chamán simplemente ha de superar su propio temor ante el aspecto de la diosa y pei­narla. He aquí, pues, otra lección sobre cómo abordar el Otro Mundo: con valor, respeto y ternura. (Págs. 401-408)

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11 comentarios »

  1. El mito comentado sobre Perseo y la Medusa ciertamente es bastante interesante.

    Resulta difícil esclarecer el significado de la Medusa en términos, más que “psicológicos”, diríamos simbólicos (esto es, como diría el aspirante, sin disociar ningún elemento: psique-mito-consciencia). Nuestro comentario, en este sentido, está en relación con dos aspectos pensamos fundamentales que pueden extraerse del mito.

    El primero, el más “literal” o visible, por así decirlo, se refiere al efecto causado por la Medusa: tratándose de “las imágenes erosionadas de hombres y bestias ha los que ha convertido en piedra solamente con mirarlos”. La “extrema fealdad” de la Medusa la podríamos muy bien asociar aquí al significado cíclico de un límite (precisamente el límite inframundano marcado por la Medusa) pero transponiéndolo al límite “temporal-espacial” del ciclo actual occidental: la “Edad de Hierro”. A dicha “Edad de Hierro” no escapa el conjunto global de la manifestación (las “bestias” aquí representando a toda la “naturaleza”). Es evidente que el aspecto de “solidificación” ínsito en esta Edad y que coincide con los resultados palpables del “progreso” que ha alcanzado el mundo moderno -y que ya ha sido incluso rebasado, habiendo entrado en la etapa de la “disolución”- se asocia a la misma “petrificación”: lo cual en cierto sentido, representa la clausura hacia lo Alto. Se recordará, aquí, que Guénon habla de una “concha” de extrema dureza que simbólicaente a “cerrado” el acceso del estado humano a los contactos con las influencias celestes, “abriéndose” en cambio, por debajo de dicha “concha”, por la parte “blanda”, que en este caso estaría representarda por la inconsistencia espiritual de quien se entrega a una seríe de “prácticas” indiscriminadas y sin un vínculo ya firme con cualesquier tradición, lo que equivaldría, en el mito, a intentar vencer a la Medusa careciendo de las “armas simbólicas” necesarias, proporcionadas por una organización regular, o bien por una acción ritual. Una de las consecuencias inmediatas de esta “solidificación”, a nivel digámoslo así, interno, es la impotencia de la “acción”. Es decir la acción en sentido eminente, “contemplativa”, y de ello resulta claro que toda aproximación a la Medusa, desde un punto de vista externo, del que actúa desde “afuera” y colocándose al nivel de los “efectos” y no de las “causas”, terminará siendo neutralizado por el proceso de la “solidificación” misma, sin lograr ningún objetivo apreciable en términos herméticos. Es significativa la asociación de la “inmovilidad”, aquí, con un estado “depresivo”, lo cual indica ya que la mirada de la Medusa está relacioanda con el estado de “Tamas”, según la tradición hindú, estado el cual “tiende hacia abajo” y por su característica “pesadez”, llevada al extremo, desemboca también en una incapacidad para “actuar” (no decimos “reaccionar” ya que éste término, en sentido espiritual, implica todavia un estado condicionado por “Tamas” y cierta dosis de “Rajas”, es decir, una “reacción” es todavía un impulso que parte de un “estado periférico”, o un simple automatismo psíquico, respecto a una acción lúcida, operativa y central).

    El segundo aspecto a mencionar, se desprende de la asociación que se hace aquí con el “inconsciente” -nosotros le llamaríamos mejor el “subconsciente”- y con la “muerte”. Dice el Aspirante que la Medusa: “yace en lo más profundo…es una especie de límite frio e inamovible, más allá del cual no podemos pasar; y como tal, está relacionada muy de cerca con Hades, Tánatos, la muerte”.

    En relación a la muerte, tomarémos como referencia a Plutarco por cuanto se refiere a las “dos vías” de ultratumba. Sería demasiado extendernos sobre el argumento aquí. Baste notar, muy sintéticamente, que la idea de la “segunda muerte” (que ocurriría, según los casos, en una fase sucesiva a la muerte del cuerpo físico) no sobreviene en la tierra, sino simbólicamente, en la Luna, bajo el signo de la diosa Proserpina. Entonces el “Alma” se desapega a su vez del principio más alto del ser, y viene reabsorbida en la substancia vital cósmica, que ha de entenderse propiamente como aquella que es la raíz inexahusta de las existencias caducas repululantes en el “círculo de la generación”.

    El augurio tradicional es: “Que tú puedas escapar a la segunda muerte”. Se alude por tanto a una posible salida negativa de las experiencias de ultratumba, en los casos en los cuales, después de un existencia intermedia efímera, o sea después de un sobrevivir más o menos largo en la ultratumba,[“imágenes erosionadas de hombres y bestias”] con el disolverse y venir reabsorbida el “alma”, nada permanecería del ser personal consciente: sería un efectivo extinguirse. Éste -dice Plutarco- es el caso para aquéllos que fueron completamente apegados a la tierra, que identificaron del todo el propio ser con la materialidad , con la vida de las sensaciones, de los instintos y de las pasiones, sin jamás “despertarse”, sin jamás llevar a lo alto la mirada [lo que equivale, notoriamente, a la “petrificación” o “solidificacón” del hombre, y de la humanidad moderna en particular]. La concepción clásica del Hades, lugar donde no sobreviven más que las “sombras”, o la de “la gheena del fuego”, en el Antiguo Testamento [que designaba no un lugar de pena, sino de fundamental destrucción] puede reconducirnos al mismo orden de ideas.

    Pero para otros la “segunda muerte” puede significar la liberación, o la posibilidad de la liberación [como el caso, aquí, simbólico de Perseo]. Precisamente el desapegarse del “alma” (después de morir el cuerpo físico) deviene la condicón de “ir más allá”, para una efectiva transfiguración inmortalizante, y justamente a quienes Plutarco considera partícipes de dicho destino, les designa como los “vencedores”. Una victoria, como se entreve, nada fácil por cierto. De pasada mencionaremos que es significativa la asociación entre la Luna y esta ambivalente “segunda muerte”, por lo que respecta a la forma de proceder de Perseo en el mito: vence a la Medusa por “reflejo”, es decir, “crea” una imagen ficticia de sí mismo (su reflejo) para identificar a su vez la imagen refleja de la Medusa, que evidentemente representaría, entre otras cosas, a la “muerte” misma, en esta especial acepción. [Se recordará que, para tal efecto, en el mito, Perseo ya había cruzado previamente el río de la muerte, es decir, el de la muerte “fisica”, por lo cual su objetivo central era vencer a la “segunda muerte”].

    Por lo demás también es oportuno recordar que, desde la perspectiva de una “prueba”, según la tradición tibetana, para escapar a la “segunda muerte”, para subsistir y reafirmarse en la ultratumba, en las enseñanzas se da relieve, más bien, a la capacidad de disolver una fantasmagoría de apariciones y de visiones que son sólo proyecciones del contenido de los estratos más profundos del “inconsciente”, [por así llamarlo] del propio ser, ligados también a una u otra potencia cósmica. Tal capacidad determinaría una variedad de destinos, tal como se observa en el mito en palabras; la Medusa y las Gorgonas no serían otra cosa que esa visión terrible y condensada de proyecciones “subcosncientes” a disolver por el principio inmaterial activo que ya se “desperto”, o al menos se posee en “germen”, estando todavía en vida.

    (Estos últimos comentarios de Plutarco, que nos sirvieron de base a las presentes consideraciones, los extrajimos, a su vez, de una obra de J. Evola intitulada “Ultimi scritti” Ed. Contocorrente, Napoli 1977. Pág. 71-75.).

    Hay un tercer aspecto, pensamos, asociado a esta imagen terrible o de “extrema fealdad”, de la Medusa, pero el cual comentarémos en otra ocasión.

    Un saludo cordial.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Martes, 5 febrero, 2008 @ 8:02 am |Responder

  2. Fe de erratas del comentario anterior:
    Dice: Debe decir:
    Renglón 10: ha los que (…) a los que
    Renglón 21: simbólicaente (…) simbólicamente
    Renglón 24: estaría representarda (…) estaría representada
    Renglón 37: relacioanda (…) relacionada
    Renglón 68: “solidificacón” (…) “solidificación”
    Renglón 97: subcosncientes (…) subconscientes
    Renglón 101: Ed. Contocorrente Ed. Controcorrente

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Sábado, 9 febrero, 2008 @ 6:48 am |Responder

  3. En el comentario precedente establecíamos una conexión cosmológica –cíclica- entre los “efectos” extremos causados por la Medusa y los “efectos” extremos causados por el mundo moderno, insertándose en los procesos de “solidificación” propios a la “Edad sombría”, o la Edad del Hierro indicada por Hesíodo. Enseguida, la fase “disolutiva”, se relacionó con la concepción de la muerte propiamente dicha y la Medusa, -y las Gorgonas-, como una de las posibles y múltiples (así como “terribles”) representaciones occidentales de la así llamada “segunda muerte”.

    Perseo representa entonces el principio espiritual activo, el cual, en el “orbe de la Luna”, va más allá de la ultratumba, permanece interiormente “firme entre las ruinas” y entre las “imágenes erosionadas de hombres y bestias” [cementerio lunar], para enseguida vencer herméticamente, -por vía de una serie de pruebas y dotado de las necesarias armas-, a la “segunda muerte”, permitiéndole ello remontar todo límite, y avanzar por el solitario sendero de los héroes, de los inmortales, de los liberados. Evidentemente todo esto constituye, lo reiteramos, una aproximación simbólica que el signo de la Medusa nos sugiere con mayor relieve entre otras lecturas.

    El tercer aspecto que queremos mencionar, sin necesidad de entrar en detalles y dejando a cada cual extraer sus propias conclusiones, se refiere a la “visión” que el mundo moderno ha adoptado en este sentido, el cual, como una especie de rey “anti-Midas”, todo lo que percibe lo transmuta no en oro, sino en “piedra”, “hierro”, “cristal” y hasta “plástico”. Pero esta “visión”, que no es connatural al ser humano como tal [pues la substancia transpersonal trascendente es lo normal], puede muy bien atribuírsele directamente a los representantes de esa proteiforme organización que Guénon denominó la “contrainiciación”, pues, en efecto, a ellos más que a nadie les interesa mantener tal estado de cosas, incluyendo su “intención” de hacer co-extensiva la experiencia “negativa” de la muerte a todo ser vivo. Por lo que la Medusa, bajo este particular aspecto, representaría muy bien a la “cabeza” de dicha organización. Las serpientes, o el cabello serpentino, conformarían sus múltiples “frentes” y “tácticas” destructivas; y finalmente su natural relación con el inframundo y el Hades no deja lugar a dudas de su “vocación”.

    La victoria final, de cualquier manera, es de Perseo, hasta el punto heroico de “decapitar” con su hoz toda infatuación de la “extrema fealdad” en los límites del inframundo [en la periferia de los ciclos cósmicos]; y con la ayuda del celeste Hermes, utilizar incluso en su favor la misma fuerza “disolutiva” de la Medusa, transmutando, alquímicamente, “el veneno en solución”.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Sábado, 9 febrero, 2008 @ 6:53 am |Responder

  4. Muy interesante el análisis simbólico de los comentarios anteriores. Me planteo especialmente, tras leer el último párrafo, una cuestión que queda insinuada: ¿sería posible utilizar de algún modo las fuerzas disolutivas que la “contrainización” maneja en su propia contra?
    Y otras cuestiones que se asaltan a menudo son: ¿hasta dónde pueden llegar las cotas de infrahumanización?, ¿es este el único proceso del que no cabe esperar enantiodromía?

    Todo un arte digno de un héroe transmutar “el veneno en solución”; un gran mérito ya en todo caso haber desarrollado algún grado de resistencia a sus efectos. Pero, ¿basta con ésto?

    Saludos.

    Comentario por Pola — Sábado, 9 febrero, 2008 @ 12:27 pm |Responder

  5. A las cuestiones planteadas por el amigo Pola, que alguna vez también nosotros mismos nos planteamos, y naturalmente, sin considerarnos ninguna autoridad en la materia, sino comentadores que nos apoyamos siempre en la exégesis Tradicional, añadiremos lo siguiente, siguiendo la línea del argumento central referido al interesante mito de Perseo, el cual nos ha permitido efectuar los comentarios suscritos.

    Desde el instante en que la “Medusa” ha elegido asumir su titánico destino, lo ha también sellado. Tal vez no sea necesario recordar que el Hades, traducido al menos a un aspecto explicitado por la misma exégesis católica, representa el “infierno”, de “infer” y “enfer”, y significa, entre otras cosas, un “encierro” [un encierro del “ego”, la “soberbia” o el “orgullo”, por un lado], y una especie de “enfermedad”, en el sentido de obsesión o “fijación” por el puro mundo del “psiquismo”, de los “fenómenos” o de los sentidos. La Medusa busca, con toda su potencia y terrible grandeza, “encerrar” en su visión “solidificada” y luego “disolutiva” a todo el horizonte a su alcance. Pretensión por lo demás ilusoria –ilusión concomitante al gigantesco espejismo “fabricado” desde el Renacimiento hasta desembocar en el mundo hiper-tecnológico y posmoderno último, cuya “globalidad” no expresa más que la parodia final del “Anti-regnum”- ya que no se desliga de la raíz última, de la “sed” y del “poder” insaciables, inherentes al mismo devenir, al samsara. Es una convicción recurrente de todas las tradiciones que una intervención de lo Alto, [ya muy próxima en las postrimerías del actual ciclo cósmico], rendirá cuentas a los representantes de la “contra-iniciación” en una “batalla final”. Esa “batalla final” ha de librase antes que nada en “sí mismos”. Sólo entonces, la unidad reconquistada del propio ser, estará en consonancia con el descenso de lo Alto, superándose toda prueba, toda “tentación” y todo apego. Con ello queremos decir que, si se tratara, eventualmente, de “utilizar” las mismas fuerzas disolutivas para revolverlas en contra de sus “propulsores”, sería esa la acción de una elite espiritual, cualificada para tanto.

    Por otro lado, por lo que respecta a los hombres diferenciados como tales, el planteamiento y la respuesta ya están dados en el texto, de no fácil lectura, que hace de rúbrica al título de la presente página a cargo del aspirante; nos referimos a “Cavalcare la tigre” [Ed. Dell’Pesce d’oro; o bien, Ed. Mediterranee; de J. Evola. Al cual podrían remitirse los interesados]. Baste recordar lo siguiente: para una exigua minoría de hombres, cuando el ciclo avanza hacia el final, no se ha de “resistir” o “contrastar” abiertamente las fuerzas en movimiento. –La aceleración de la caída y la tormenta de la disolución es ya fortísima, se sería “arrastrados”- . El permanecer de pie ha de entenderse en otro sentido. “Lo esencial, -afirma Evola- es no dejarse impresionar por la omnipotencia y el triunfo aparente de las fuerzas de la época [En nuestro contexto comentado, se trataría de las fuerzas desatadas por la Medusa]. Tales fuerzas, por estar privadas de conexión con cualquier principio superior, tienen, en el fondo, la cadena medida”. El “mal”, como diría F. Schuon, respecto a la Omnipotencia Divina, es tan sólo un accidente furtivo y fugaz en la periferia de los ciclos cósmicos.

    Por lo que respecta a las “cotas de la infrahumanización” referidas en el comentario, también están contempladas en la obra antes citada. Todo parece indicar que ya se “toco fondo” desde hace tiempo, y lo que ahora ocurre es una especie de “reciclaje”, de “re-pululación” de tendencias liminales y de procesos disolutivos, los cuales se extienden de manera endémica a todo el orbe asumiendo diferentes máscaras, “movimientos” y “modas” que se irán agotando hasta el final de los tiempos [como ya dijimos, son los cabellos “serpentinos” multifacéticos en la cabeza de la Gorgona]. Esperar una “enantiodromía” (término caro a Jung, pero no ha nosotros) de dichos procesos es algo que queda indeterminado; queremos decir, queda supeditado a la intervención de fuerzas de lo Alto, pues humanamente hablando esto ya no lo detiene nadie. En esta dirección, a nivel existencial interno, más bien, una interpretación no peregrina de “transformar el veneno en fármaco”, puede muy bien ser la expuesta por G. Di Giorgio:

    [A los representantes de la Medusa se les deja “ser”…]

    “Cada vez más rápidos, cada vez más inclinados a quemar las metas, a destrozar todos los diques. ¡La cadena no está medida! Coged los lauros de todas vuestras conquistas. Corred con alas cada vez más rápidas, con orgullo cada vez más tieso con vuestras victorias; con vuestras superaciones, con vuestros imperios, con vuestras democracias. La fosa debe ser colmada. Hay necesidad de abono para el Nuevo Árbol que surgirá fulminantemente de Vuestro fin”.

    Fin que coincide con la cabeza de la Medusa expuesta por Perseo en lo alto, en los límites del mundo y del ciclo.

    A la cuestión final: “¿basta con esto?”, habría que completarla así: “¿basta con esto? ¿Para quien?”; o, “¿esto es suficiente… para quien?”. Hay grados de heroísmo; queremos decir: lo que para algunos es una prueba cimera, para otros es apenas un peldaño. Cada cual, según su propia naturaleza y vocación, según su muy particular “ecuación personal”, para emplear la terminología de Evola, resolverá de diversa manera su “conocerse a sí mismo”. En el Islam también se alude a un trasfondo similar: “Todos [los grados, los estados, los hombres] serán probados”. Por lo demás recordaremos que la acción, de nuevo, en sentido eminente, se refiere a lo interno, al camino que nos reconduzca al núcleo esencial de sí mismos, más allá incluso de todo dualismo [“adentro” y “afuera” también quedan superados en un determinado nivel] hasta reintegrarnos en la unidad.

    En su desnuda esencialidad, el mito de Perseo –que aquí representaría uno de los grados más elevados de heroísmo- indica una superación positiva de “las pruebas”. Perseo remonta todo espejismo y todo limite, para evidenciar de nuevo la victoria del Ser sobre el devenir y la ilusión.

    En efecto la cuestión final, sería: “Cuándo regresen los Dioses, ¿qué harán los ídolos?”.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Domingo, 24 febrero, 2008 @ 4:15 am |Responder

  6. Muy interesante tu comentario, Alejandro. Muchas gracias.

    Comentario por Aspirante a domador — Domingo, 24 febrero, 2008 @ 12:22 pm |Responder

  7. Alejandro, te agradezco muchísimo tu comentario, pues hice las preguntas esperando respuestas y aquí las tengo. Sin embargo, a pesar de su esmerado sentido, me inquietan profundamente. Supongo que considerar que este mundo no tiene más solución que la de ser “reemplazado” por un mundo nuevo, acción además en la que el ser humano no será más que un simple espectador ya que dependerá de una respuesta desde lo Alto, es una cuestión de fe y en este punto no es la mía. Si “lo esencial, es no dejarse impresionar por la omnipotencia y el triunfo aparente de las fuerzas de la época. Tales fuerzas, por estar privadas de conexión con cualquier principio superior, tienen, en el fondo, la cadena medida” como dice la cita de Evola, ¿no podría entenderse esto en otro sentido? Ya sé que la respuesta que se me dará es no, pero, ¿no?, ¿y ya está? ¿Es el núcleo de toda tradición siempre tan fatalista? ¿No hay una derrota esencial en esta concepción? ¿No es posible pensar que la intervención desde lo Alto puede realizarse a través del ser humano?

    Gracias de nuevo por las respuestas y un saludo.

    Comentario por Pola — Domingo, 24 febrero, 2008 @ 1:20 pm |Responder

  8. Más allá de pesimismo y del optimismo.

    Un punto crucial a destacar aquí, complementando el comentario anterior y para clarificar el sentido de las cuestiones replanteadas por el amigo Pola, que también, por lo demás, fueron, en parte, cuestiones debatidas en varios círculos de estudios tradicionales, se refiere justamente al sentido que ha de dársele al “fin de ciclo” y a la forma de afrontarlo. De ahí nuestro interés por el mito de Perseo, el cual encierra algo de esta actitud heroica incondicionada, la cual nos remite a su vez a ciertas enseñanzas tradicionales.

    Ahora bien, comenzaremos recordando que en dicho mito, cuando Perseo decide afrontar su lucha contra la Medusa, todo el mundo pensó, -especialmente sus enemigos-, que su empresa era un suicidio; es decir, mutatis mutandis, podría uno preguntarse entonces: ¿Perseo, con su actitud, al asumir con una resignación absoluta un destino a todas luces peligroso y “fatal”, era un “derrotista”?
    La ayuda de lo Alto, aquí representada por las diversas divinidades, es lo que hemos denominado “una consonancia” entre el principio activo del ser, en un determinado plano de manifestación [que naturalmente puede ser el plano individual o el estado humano y que evidentemente para nada implica una pasividad expectante] y su encuentro con el principio activo del mismo Ser, pero que parte, o se origina, desde su propia “sumidad”. En este especial sentido, más que en términos de fe, la “ayuda de lo Alto” puede ser entendida en términos de conocimiento, naturalmente un conocimiento que va más allá del simple estado humano como tal. Ciertamente con ello se responde a la cuestión planteada por Pola, (y nosotros no hemos cuestionado lo contrario): “¿No es posible pensar que la intervención desde lo Alto puede realizarse a través del ser humano?”

    Por otra parte no hay que desdeñar la fe en sí misma. Esta pude tener un valor, si se quiere, provisional o instrumental, pero en esencia equivale, a su nivel, a una certeza cuasi existencial como reflejo de un grado más elevado, de una FIDES, de una confianza trascendental, fundamento de un conocimiento. En un sentido superior, la Fe entonces se considera como un grado de certeza intelectual, que el sabio comprenderá y remontará, pero que el mismo sabio, presentándose como “creyente”, en una relación normal, jerárquica integral, también compartirá a un determinado entorno, a su nivel, y “existenciará”, por así decirlo, de un modo orgánico e impersonal. La fe así entendida, representa, usando una imagen, una montaña poderosa e inescrutable que ha estado ahí antes, durante y después de nosotros, [es lo que, en otro comentario, aludimos como una base, como la substancia transpersonal del ser humano]. Si esto es apenas la fe, ¡¿que será el Conocimiento?!

    Volviendo al punto inicial, la respuesta al planteamiento precedente, insistimos, está ya dada en el corpus de obras realizadas por los exponentes de la Tradición, y se trata de una respuesta no “negativa”, sino “positiva”. Aunque a decir verdad, “negativo” y “positivo” son sólo formas referenciales de hablar; así como, en su plano, el “optimismo” y el “pesimismo” son términos de utilidad relativa, que se refieren básicamente a estados de ánimo. La Tradición, en vía de principio, está más allá de estas categorías, ya que el dualismo implícito en ellas sólo posee un valor, como es bien sabido, provisional y, si se quiere, “dialéctico”, para fines de exposición, o para fines inclusive propedéuticos.

    El “fatalismo”, el “derrotismo”, el “inmovilismo” pasivo, etcétera, son términos más bien propios al así llamado “tradicionalismo”, y coextensivos incluso al mundo moderno, no al mundo Tradicional. El “tradicionalismo” entre otras cosas, se recordará que representa un subrogado diluido de la Tradición y cultiva un mero régimen de “supervivencias”. Decimos esto con respeto para los tradicionalistas, entre los cuales, hay quienes han atravesado, o lo están haciendo, el “tradicionalismo” como tal, es decir, como un mero punto de partida y no un punto de llegada [esperamos que por otra parte, los seguidores de ciertos autores neoespiritualistas o psicológicos, por ejemplo, análogamente, los tomen en los mismos términos: como un autores que sirven de referente, pero que si se quiere ir más allá, necesariamente se ha de desembocar a los principios de toda alta tradición]. Mientras que por su cuenta, el mundo moderno, por más “libre” que se autoproclame, es harto conocido el imponente número de sugestiones colectivas subversivas a las que está sujeto desde su gestación, asi como bastaría ver, como contrapartida, el trasfondo nihilista y hedonista de una gran variedad de sus “filosofías”, encubiertas algunas con un optimismo superficial y con “valores” de fachada –como ese peculiar entusiasmo infantil por las aplicaciones científicas a la tecnología, convertido en “sistema”-. Las formas asfixiantes que ha asumido la civilización última se traicionan allí donde se verifica, puntualmente, ese impulso general a la evasión, con su correlativo régimen de estupefacientes, donde incluso la búsqueda de una predefinida “felicidad” –en términos modernos- no deja de constituir uno de los analgésicos más eficaces.

    Pueden destacarse aquí dos aspectos fundamentales: El primero es que el mundo que está hoy en crisis NO es el mundo de la Tradición. Lo que se desploma, lo que sufre los procesos disolutivos son las bases de la civilización y de la sociedad moderna: social, política y culturalmente.

    “¿Qué relación tiene –dice Evola- o puede tener el tipo humano que aquí entendemos tomar en cuenta [el hombre o la mujer diferenciados] con tal mundo? Esta cuestión es esencial, de ella depende también el sentido que se atribuye a los fenómenos de crisis y disolución y la actitud a asumir frente a estos y a cuanto de tales fenómenos no ha sido todavía definitivamente minado o destruido”.

    La respuesta a esta cuestión es evidente: el tipo humano afín a la Tradición, -desde un hombre de “fe” hasta un hombre de conocimiento- no tiene nada que ver espiritualmente con la civilización moderna, ella le es extraña y ajena. Vive contemporáneamente y puede medirse con tal mundo, pero no pertenece a él.

    Si el mundo moderno ha nacido como algo reciente, a partir e procesos de carácter negativo y subvertido, antitradicionales, es evidente que no hay nada que “hacer” con el mismo. Antes bien, habría que demoler lo que precariamente se sostiene o está en vías de caer. El principio aquí es que, acelerando el final, se perfila también un más próximo, renovado, amanecer. Ello propicia el sentido de una actitud para nada “pasiva” o “expectante”, sino en consonancia con la perfecta lógica de las leyes para el fin de un ciclo, cuya aplicación, incluso en analogía con el orden físico, es patente: en el intervalo de una dada dirección a ciertos acontecimientos, como a un móvil, se llega a un punto en el cual ya no hay marcha atrás para determinados procesos en curso, punto rebasado el cual es ya indiferente lo que se haga para detenerlos, e incluso lo más lógico resulta ser el permitir que se precipiten y se agoten expeditamente.

    “Está bien cortar todo ligamen con aquello que, a más o menos breve plazo, está destinado a perecer… Por lo demás, dada la imposibilidad de actuar positivamente en el sentido de un retorno real y general al sistema normal tradicional; dada la imposibilidad de formar orgánica y unitariamente toda la propia existencia en el clima de la sociedad, de la cultura y de las costumbres modernas, queda el ver en qué términos se pueden aceptar plenamente las situaciones de disolución sin ser tocados interiormente [en que términos se puede “decapitar” herméticamente a las fuerzas desatadas por la Medusa]. A lo más, se podrá considerar lo que en la actual fase -fase, en último análisis, de transición- puede ser elegido, separado del resto, y asumido como forma libre de comportamiento que, exteriormente, no sea “anacrónico”, que sepa también medirse con cuanto en el campo del pensamiento y del modo de vivir contemporáneo hay de más excesivo, pero quedando en lo interno, determinado y dirigido por un espíritu completamente diverso (….) Podría ser hasta oportuno contribuir a que aquello que pertenece al mundo de ayer y que ya vacila, caiga, antes que buscar apuntalarlo y prolongarle artificialmente la existencia. Es una táctica posible, útil para impedir que la crisis final sea la obra de fuerzas opuestas y que de estas se tenga que sufrir la influencia (…)” [Cavalcare la tigre; pág. 4,5]. Sólo recordaremos que Evola alude a un muy particular tipo humano: que pueda y quiera asumir tal dirección y en cuyo presupuesto personal se sobreentiende una fuerza trascendente, una vocación “heroica”, y una predisposición a la soledad “positiva”, interior, dispuesto a seguir en medio de esa soledad, y en medio de las “ruinas” espirituales de la época, las doctrinas internas de la tradición.

    Todo esto, evidentemente, bajo esta nueva luz, no es ni “derrotismo” ni “fatalismo”, sino Realismo. Un realismo difícil de asumir por su desnudez y su fondo trascendente, impersonal.

    Si Perseo hubiese sido “humano”, si se nos permite esta especulación particular para fines de clarificación de una idea, o dicho de otro modo, si desde su “perspectiva humana” Perseo presintió las riesgosas posibilidades a las que se disponía afrontar, con su decisión incondicionada lo que logró, de entrada, fue precisamente que los dioses volvieran la vista a él, y le procurarán no sólo las “ayudas” necesarias, sino también las “pruebas” y “tentaciones” equivalentes, a cada paso. Su gesto heroico equivale, en cierta medida, en una situación liminal, donde todo parece perdido, al evangélico “violentar las puertas del cielo”, o al Tolteca: “al final [de mi lucha] el Águila me abrirá paso a la libertad” [incondicionada]. Ante esa convicción inconmovible, [donde ya no hay un ego, o un “yo hago”] incluso Hades le sirve a Perseo de “peldaño” en su ruta a la “batalla final” con la Medusa. La idea que queremos clarificar con esto, es ya conocida, pero cobra de nuevo su profundo sentido: lo que desde cierto punto de vista puede parecer fatal, desde otro punto de vista puede resultar providencial.

    Finalizaremos nuestro comentario con algunas palabras de Ramana Maharshi, elocuentes a propósito de lo que la tradición señala como fuerzas de lo Alto:

    “El hombre cree ser el que hace. Pero esto es un error. Es el poder supremo el que hace todo, y el ser humano es tan sólo una herramienta. Si acepta esa posición, está libre de problemas”.

    “Piensa en las esculturas [dispuestas] en las bases de los templos, que parecen llevar todo el peso de la torre sobre sus espaldas. En verdad el templo está construido sobre la tierra, y su peso descansa en ella. El ser humano que se apropia de la sensación de hacer es como esas figuras que se apropian de la sensación de estar soportando el peso del templo”.

    “La realidad es una y la misma, pero cambia la percepción del individuo. Todo depende del que ve, el que interpreta. Pero el Si-mismo es uno, como quiera que sea percibido o interpretado. Lo necesario es ver bien, para percibir la realidad con su desnuda claridad (….) como el Sol que es siempre uno e indiviso a pesar de los nubarrones pasajeros”.

    El “Fiat voluntas tua” implica si, una resignación absoluta [y en ocasiones dicha “resignación” no es otra cosa que una decisión espiritual que se apoya en algo que va más allá de la individualidad], pero también no descarta una colaboración consciente entre las fuerzas humanas y las fuerzas suprahumanas, [“sicut in caeli et in terra”] entre la inmanencia y la trascendencia, un no-oponerse al destino, sino colaborar con él, en sintonía con un ritmo más vasto, cósmico, universal; y así evitar el “voluntarismo” de base “titánica”, “prometeica” o “luciférica”, referidas todas ellas a las falsas salidas de la intención heroica originaria.

    Naturalmente, mientras hay ego, en nuestro estado, el esfuerzo es necesario, lo que por lo demás nulifica todo “fatalismo”, pero se trata de transformar dicho esfuerzo en algo “no-aislado”, no “voluntarista”, en suma, no individualista. Lo cual conducirá la acción, [si es necesario “actuar” para algunos; lo decimos porque muchos piensan todavía que “hay que hacer algo” hacia fuera, “poner manos a la obra”, actuar política o socialmente, etcétera, etcétera, etcétera; lo cual, sin estar descartado para los que tienen esa vocación, no es relevante desde otros órdenes de la realidad, que como se ha indicado, confieren a la acción un papel superior al simple “activismo”; y además, visto que el mundo que se disuelve es el moderno, no habría más por que empeñarse en él, pues se derrocharían energías valiosas para una opus mejor orientada] lo cual conducirá a la acción, decíamos, hacia su fuente original, impersonal, espontánea, donde el “no-esfuerzo” y el “no-actuar” infunden un renovado sentido al Ser Si-mismos, y una nueva, libre, imponderable, capacidad de manifestarse.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Lunes, 3 marzo, 2008 @ 6:09 am |Responder

  9. Creo ver que la clave de nuestras aparentes diferencias de opinión se debe a que centramos nuestros discursos en distintos órdenes de la realidad. Por ejemplo, cuando afirmas “si el mundo moderno ha nacido como algo reciente, a partir de procesos de carácter negativo y subvertido, es evidente que no hay nada que “hacer” con el mismo. Antes bien, habría que demoler lo que precariamente se sostiene o está en vías de caer. El principio aquí es que, acelerando el final, se perfila también un más próximo, renovado, amanecer”, en estas palabras sigo viendo derrotismo y fatalismo referidos al orden mundano pues, ¿qué implica sino el no hay nada que hacer o pensar que es incluso preferible acelerar el final? Y me planteo además, ¿no se reflejan unos órdenes de existencia en otros imbricados hasta lo más profundo?, ¿o sólo existen influencias de arriba a abajo y no recíprocas?
    Expones que no se trata de derrotismo sino de realismo, y tal vez sea así en el orden impersonal y trascendente en el que centras tu discurso, pero opino que es muy fácil que, de vuelta al orden mundano, se convierta esta visión de ejercer el desapego del sabio perfecto en una actitud pasiva y derrotista. Lo que me preocupa es que de este hecho pueda resultar muy difícil discernir a nivel de acción exterior entre “la colaboración de las fuerzas humanas y las fuerzas suprehumanas no oponiéndose al destino” y una actitud inmovilista realmente conveniente a las estructuras de poder de nuestro decadente mundo moderno. Aunque todo esto que replanteo sea sólo relevante en referencia al orden mundano y contingente en que vivimos, ¡caray!, ¡es que es el mundo en que vivimos!

    Ya que hablamos de mitos, este tema me hace recordar los relatos medievales de la búsqueda del Grial. En ellos el caballero encuentra al rey pescador y es testigo del mal que aqueja al monarca y a su reino. Sólo es capaz de triunfar en su cometido si tras comprender la tragedia que supone la decadencia y después de que le sea mostrado el Grial, plantea el problema de la restauración. Aquel que ve el Grial y (se) hace la pregunta, es aquel que no quiere ser un simple testigo de la decadencia, sino que está dispuesto a comprender y a trasformar el mundo a la luz de su nueva comprensión.

    Gracias Alejandro por tus más que interesantes comentarios.

    Un saludo.

    Comentario por Pola — Lunes, 3 marzo, 2008 @ 4:49 pm |Responder

  10. Agradecemos igualmente los comentarios e incisivos cuestionamientos de Pola, que nos permiten desarrollar las presentes consideraciones y clarificar los puntos relevantes de las mismas.

    Efectivamente, coincidimos con nuestro amigo en que “centramos nuestros discursos en distintos órdenes de la realidad”, y por ende las perspectivas desplegadas abordan diversos planos. Aunque pensamos que no existe contraposición en los puntos de vista, sino diferentes modalidades de abordar una cuestión fundamental como lo es el “ser y estar aquí”, con una visión y una actitud precisa, como mínimo, no-conformista al presente estado de cosas.

    Es un hecho, asimismo, que la perspectiva predominantemente abordada por nosotros se refiere, como se ha indicado, a un particular tipo humano. Ello no descalifica, de cualquier manera, la posibilidad de incidir en el plano del mundo, que, como asimismo hemos reiterado, puede ser llevada a cabo por la diversidad de hombres y mujeres cualificados para ello, en la medida de sus posibilidades y con un espíritu adecuado. Precisamente las “ecuaciones personales” diversas y la multivocacionalidad efectiva de muchas personalidades y comunidades, en sintonía con una acción justa y combativa, no deja de ser una vía posible. De hecho, también, en la obra antes citada, se hace alusión a la diversidad de “frentes” tradicionales, culturales y políticos que aún quedan, hasta cierto punto, abiertos para quienes buscan emprender una acción reconstructiva espiritual y concreta. El punto de partida, de todos modos, sigue siendo primordialmente una reforma interior para después volverla exterior. El mismo “pensar” ordenadamente, como acertadamente comenta Pola, es ya una acción justa [el “acto de pensar”], que vehiculará consecuentemente una serie de acciones en el mismo orden de ideas. Sin embargo no ha de perderse de vista que el mismo pensamiento es ya un movimiento secundario, por así decirlo:¿cómo surge el discurso? –pregunta Maharshi- “Hay un conocimiento abstracto, del cual surge el ego, que a su vez da origen al pensamiento, y éste a la palabra hablada [o escrita]. De modo que la palabra es bisnieta de la Fuente originaria. Si la palabra puede producir efecto, ¡ juzga por ti mismo cuánto más poderosa debe ser la Plegaria a través del Silencio ¡”. [The power of the silence, como diría Castaneda].

    Cabe destacar que la noción del “sabio pasivo”, es inaplicable a un verdadero sabio, sería mejor aludir a un “pseudo-sabio” o a un simple “librepensador” o “intelectualista” cuando nos referimos a alguien pasivo respecto a la interacción comprometida con el mundo en general. El estado de quietud no es un estado indolente, sino implica una intensa indagación interna, que, una vez estabilizada en el centro del si mismo, irradia una acción benéfica al entorno, humano, natural y cósmico. Y esto sin decir una sola palabra, y pudiéndose dicha influencia reflejarse en actividades precisas, ya sea hechas por el mismo sabio o por sus afines, actividades “no-fatalistas” desde el punto de vista externo, que incluso podrían parecer proezas. De cualquier manera, subrayemos que Conocimiento y acción no se contraponen, se complementan en una gradación de arriba-abajo o de la periferia al centro. La reciprocidad, en efecto, como comenta Pola, existe, y equivale a una re-volución de la periferia al centro (como la onda provocada por una gota de agua retorna al centro de su primigenia emanación) o de abajo arriba (como el hombre o mujer que responden a un “signo” patente del cielo con una actitud simbólica, un gesto, una acción ritual o una simple plegaria de gracias).

    La reciprocidad aquí también está dada por quienes están a la altura de los principios que pretenden encarnar. Los principios siguen siendo siempre los mismos, pero sus aplicaciones son diversas según la época y lugar, así como la calidad humana de quien los vehicula. Ciertamente los órdenes de realidad se compenetran entre sí, sin embargo, es un principio tradicional que toda influencia y explicación parte, jerárquicamente, de Arriba abajo, ya que como indica Guénon, “de lo menos no puede surgir lo más”, en términos cualitativos. Ello mismo equivale, incluso en el plano existencial, al famoso adagio de que nadie puede dar lo que no posee. Y los que poseen un “gérmen”, al menos virtual, él mismo no pudo surgir más que sembrado “desde arriba”, o desde un centro previo. Recuérdese asimismo que la “naturaleza” no es el estado normal del hombre integral, su estado normal es “sobrenatural”.

    En cuanto al sentido general de la historia como un venir a menos, como una involución, hasta desembocar en la coincidencia el mundo moderno con el final de todo un ciclo cósmico –sentido presente en las conclusiones precedentes y que presuponemos es del conocimiento general de quienes conocen en parte las doctrinas tradicionales- no es algo inventado por nosotros, sino la consecuencia lógica de toda una serie de doctrinas, de leyes cíclicas, y de evidencias concordantes proporcionadas por una pluralidad de civilizaciones premodernas. De hecho habría que preguntarse: si toda civilización tiene un amanecer, un esplendor, y un ocaso, ¿Por qué habría de ser la moderna la excepción a la regla? Máxime cuando es en ella donde todos los “signos de los tiempos” coinciden. El interesante mito del Graal aludido, efectivamente posee un indiscutible núcleo heroico y activo, en todo sentido. Sin embargo la saga del Graal, contribuyendo a corroborar el sentido cíclico acerca de la involución de una humanidad [que ha querido ser “libre” del “yugo” tradicional particularmente a partir del humanismo renacentista], cierra sus relatos justamente hablando de una retirada de la historia y posteriormente de un futuro “retorno del Rey Arturo” al final de los tiempos, donde los “caballeros del Graal golpean de nuevo”, restauran de nuevo el “Reino del Preste Juan”, pero notoriamente se alude a un nuevo ciclo, un nuevo cielo, una nueva edad. Las concordancias del mito, de nuevo, con una “batalla final”, son la rúbrica de que existe una solución de continuidad entre un ciclo y otro. Ignorar todo ello sería prácticamente imposible. Ahora bien, incluso prescindiendo por un instante de la escatología tradicional o de la doctrina cíclica, y ateniéndonos a las solas indagaciones de los investigadores modernos, ellos mismos han verificado y fechado los precedentes cataclismos que históricamente han destruido civilizaciones completas, y al mismo tiempo han pronosticado los fines probables en que la presente civilización está “trabajando activamente”.

    Esto nos remite a su vez, a la cuestión de asentar ¿en que consistiría entonces una acción “no-derrotista”, “no-fatalista” o “no-pasiva”, la cual sería la contrapartida del “fatalismo” tradicionalista? Cuestión que pensamos habría de ser contestada más bien por los hombres de acción actuales. de nuestra parte diríamos que podría ser constestada por “eliminación” de acciones superfluas. Asimismo, en términos muy prácticos, revolucionar el campo de los hábitos y de las costumbres es fundamental, precisamente en ese terreno inciden todas las estructuras decadentes de poder: a la Medusa le interesa mantener fija su poderosa sugestión: que nadie modifique sus hábitos ni su conducta mundana, que nadie piense fuera de sus cuadros, que nadie rece, que nadie cuestione, que nadie renuncie al confort ni al american way of life, que nadie se rebele si no es moderadamente… o “ecológicamente”…

    A riesgo de extendernos demasiado en este comentario, abusando del espacio brindado por el aspirante y de la amable atención del amigo Pola, citaremos a tal propósito este fragmento de la valosa entrevista [publicada en el mismo blog] realizada a Agusín López Tobajas, que se enlaza con el argumento expuesto:

    “Pregunta.
    En un texto suyo, expone con su estilo claro y rotundo que “la catástrofe no es que Occidente se hunda, sino que subsista”. Antes que ningún lector fácilmente impresionable saque precipitadas conclusiones, ¿nos podría explicar esta afirmación?

    Respuesta.
    Sin duda la frase es más bien efectista y provocadora. Lo que quería decir ahí es, más o menos, que no se trataría de andar poniendo remiendos parciales para perpetuar el actual sistema de vida, sino de cambiar radicalmente sus mismos fundamentos. La decadencia espiritual de nuestro mundo moderno me parece demasiado obvia como para tener que explicarla; ya se sabe que no hay nada más engorroso de explicar que lo obvio.

    Pregunta.
    Es verdad que más allá del nivel de las supuestas evidencias, subsisten varias dudas: ¿no habrá un orden subyacente detrás de todo esto que lo justifique? ¿Podían las cosas haber sido de otra forma? ¿Tiene, entonces, algún sentido lamentarse? ¿Es que hay alguien o algo responsable, en particular, de esta situación?

    Respuesta.
    Yo no sé responder a esas preguntas, pero no puedo evitar la impresión de que, a partir de la revolución industrial, nuestro mundo es muy escasamente interesante desde un punto de vista espiritual, y tantos esfuerzos por prolongar la vida de una cultura manifiestamente putrefacta le hacen pensar a uno en aquello de la muerte digna. Aunque tampoco hay que ser tan frívolos como para olvidar que, en este momento, y cada vez más, Occidente y el mundo son casi lo mismo, y que si Occidente se hunde, probablemente el mundo entero se hunde.

    Por otra parte, no sé si no estaremos demasiado obsesionados con lo mal que ande todo. Todo es un desastre, de acuerdo, pero en contra de las ideas de esos ciudadanos ejemplares que pretenden salvar el mundo reciclando cosas que nunca debieron haber alcanzado el nivel de la existencia, y que se empeñan en convencernos de que todos somos responsables de todo, uno no puede hacer apenas nada por arreglar el mundo, suponiendo que el mundo pueda y merezca ser arreglado. Pero eso es normal: sólo el orgullo titánico de nuestra cultura nos puede llevar a pensar que uno está aquí para arreglar el mundo. Lo que sí está al alcance de cada cual (y lo que habitualmente no se hace, porque con tanta responsabilidad social no queda tiempo para nada) es ocuparse un poco de la propia alma. La gran amenaza que se cierne sobre nosotros no es que se nos acabe el petróleo (yo lo veo más bien como una esperanzadora posibilidad) sino que se nos está acabando el alma; el mundo está muy probablemente más cerca que nunca de convertirse en un mundo sin alma. Y eso si que es grave, y no lo del petróleo”.

    Finalmente, agregaremos que nuestra posición, de todos modos, no es la de un “dolce fare niente”, o la de un desentendernos del mundo en que vivimos. Las ideas que se han perfilado, sin embargo, para que eventualmente se trasladen al mundo de la “acción”, nos parece que deben partir de una profunda meditación acerca de lo que realmente nos competería hacer a cada cual, no sólo para no desperdiciar energías, sino ante todo, para orientar cada esfuerzo en la “única cosa necesaria”. Lo demás vendrá por añadidura.

    Un saludo cordial

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Miércoles, 5 marzo, 2008 @ 3:23 am |Responder

  11. Totalmente de acuerdo. Espero que no se entendiera por mis comentarios que pienso que la acción sobre este mundo debe estar enfocada a la supervivencia o parcheado de las estructuras podridas desde su raíz. Mi opinión está orientada a lo que aquí comentas y no podría estar más de acuerdo con tu afirmación: “de nuestra parte diríamos que podría ser contestada por “eliminación” de acciones superfluas. Asimismo, en términos muy prácticos, revolucionar el campo de los hábitos y de las costumbres es fundamental, precisamente en ese terreno inciden todas las estructuras decadentes de poder: a la Medusa le interesa mantener fija su poderosa sugestión: que nadie modifique sus hábitos ni su conducta mundana”
    Esto que parece sencillo es hoy en día casi una heroicidad; a esta Medusa yo le llamo la inercia y es un monstruo muy poderoso.
    También cuando el Aspirante publicó la entrevista a Agustin López Tabajas me encantaron su lucidez y sus planteamientos.

    Gracias de nuevo por tu atención, pues ciertamente a esta “bisnieta de la Fuente originaria” que es la palabra hay que hacerla a veces trabajar mucho y poner mucha voluntad para aclarar algo que la intuición ya nos indicaba.

    Un saludo.

    Comentario por Pola — Miércoles, 5 marzo, 2008 @ 12:03 pm |Responder


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