Cabalgando al Tigre

Viernes, 14 marzo, 2008

Espiritualidad Creativa (II): tipos de perennialismo

Filed under: Pensadores de interés — by Aspirante a domador @ 3:12 pm

jorgeferrer.jpgVamos a meternos ya en harina con este interesante fragmento de la Espiritualidad Creativa en el que Ferrer establece el marco del pensamiento perennialista en sus diversas modalidades; ¿alguna voz disidente, amigos?

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Pero, ¿cuál es esta Verdad única en torno a la cual supuestamente con­vergen todas las tradiciones? Según los defensores modernos de la versión mística de la filosofía perenne, como Nasr (1989, 1993), Schuon (1984a) y Smith (1976, 1987, 1989), el núcleo doctrinal de la filosofía perenne es la creencia de que el Espíritu, la Conciencia Pura o la Mente Universal es la esencia fundamental de la naturaleza humana y de la totalidad de la realidad. Aunque puedan existir algunas divergencias interpretativas o descriptivas, todas las tradiciones contemplativas consideran la realidad como ontológicamente idéntica a lo que la origina, un Espíritu que es in­manente y trascendente y, en esencia, idéntico a la conciencia humana más profunda. Este Espíritu constituye el referente último de lo que se puede considerar como real, verdadero y valioso. En la visión perennialista, pues, el Espíritu es el fundamento primordial ontológico, epistemológico y axiológico del cosmos.

Otros principios importantes que normalmente se derivan de esta Ver­dad primordial incluyen la cosmología involutiva, la ontología y la axio­logía jerárquicas, y la epistemología jerárquica (véase, por ejemplo, Nasr, 1989,1993; Quinn, 1997; Rothberg, 1986b, H. Smith, 1976,1989; Wilber, 1977, 1990a, 1993a). Veámoslos brevemente uno por uno:

1. La cosmología involutiva es el postulado de que el universo físico es el resultado de un proceso de emanación, restricción o involución del Es­píritu. En otras palabras, el Espíritu es anterior a la materia y ésta ha evo­lucionado a partir del mismo.

2. La ontología y axiología jerárquicas se refieren a la visión de la re­alidad como compuesta por varias capas o niveles de existencia jerárqui­camente organizados (por ejemplo, materia, mente y espíritu), la llamada Gran Cadena del Ser. En esta jerarquía, los niveles superiores están más próximos al Espíritu y son considerados como más reales, causalmente más eficaces y más valiosos que los inferiores.

3. La epistemología jerárquica es la teoría del conocimiento según la cual el conocimiento de los reinos superiores de la ontología jerárquica es más esencial, revela más sobre la realidad y, por consiguiente, tiene auto­ridad sobre el conocimiento de los inferiores. Es decir, el conocimiento del Espíritu (contemplación, gnosis) es más cierto y valioso que el conoci­miento de los planos físico y mental (conocimiento racional y empírico respectivamente).

Tal como veremos, ésta es la versión de la filosofía perenne que Ken Wilber amplió e hizo popular en círculos transpersonales.

Las variedades de perennialismo

Por motivos de claridad he estado hablando del perennialismo místico como un enfoque monolítico. Sin embargo, me gustaría sugerir aquí que se debería contemplar con más exactitud como una familia de modelos interpretativos. En esta sección reviso brevemente los principales mode­los interpretativos perennialistas desarrollados en los campos del misti­cismo comparativo, la filosofía intercultural de la religión y los estudios transpersonales: básico, esotérico, estructuralista, perspectivista y tipoló­gico.

1. Básico

La primera y más simple forma de perennialismo defiende que sólo existe un camino y una meta para el desarrollo espiritual. Según este mo­delo, los caminos y las metas espirituales son las mismas en todas partes y las diferencias descriptivas, o bien reflejan una similitud subyacente, o son el resultado de los diferentes lenguajes, doctrinas religiosas y trasfondos culturales. La cuestión aquí es que, aunque el misticismo sea fenomenoló­gicamente el mismo, variables no experienciales pueden afectar su inter­pretación y descripción (por ejemplo, Huxley, 1945; Smart, 1980).

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2. Esotérico

La segunda forma de perennialismo, a la vez que admite muchos cami­nos, defiende que sólo hay una meta común a todas las tradiciones espiri­tuales. Como en el modelo anterior, esta meta, aunque universal, puede ha­ber sido interpretada de distintos modos y descrita según las doctrinas específicas de las diversas tradiciones místicas. Aunque no sea exclusiva de esta escuela, esta visión se suele asociar a tradicionalistas como Schuon (1984a) o Smith (1976, 1989), que dicen que la unidad espiritual de la hu­manidad sólo se puede hallar en la esencia esotérica o mística de las tradi­ciones religiosas y no en sus formas exotéricas o doctrinales. Las metáfo­ras básicas que representan este modelo son las imágenes de distintos ríos que desembocan en un mismo océano, diferentes caminos que conducen a la cumbre de una montaña o varias cascadas de agua que brotan de una misma fuente.

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3. Estructuralista

Este modelo entiende las múltiples sendas y metas místicas como ma­nifestaciones contextuales (estructuras superficiales) de patrones universa­les subyacentes (estructuras profundas) que en última instancia constituyen un camino y una meta paradigmática para todas las tradiciones espiritua­les. Implícita ya en la distinción de Jung entre los arquetipos nouménicos y fenoménicos, y en los estudios de Eliade sobre el mito, una versión estruc­turalista de dos niveles sobre la religión universal y el misticismo fue pro­puesta explícitamente por primera vez por Anthony y Robbins (Anthony, 1982; Anthony y Robbins, 1975). El enfoque estructuralista del perennia­lismo dio un giro evolutivo en los estudios transpersonales en manos de Wilber. Según Wilber (1984, 1995, 1996b, 1996c), aunque los factores his­tóricos y culturales determinen las manifestaciones superficiales de las for­mas espirituales, la espiritualidad humana es en última instancia universal, pues está constituida por una jerarquía evolutiva de estructuras profundas o niveles de percepción espiritual invariables: psíquico, sutil, causal y no dual. Una metáfora empleada por Wilber para describir este modelo es una escalera cuyos peldaños corresponden a diferentes niveles espirituales. Dada la considerable influencia de las ideas de Wilber en círculos acadé­micos transpersonales, una sección subsiguiente de este capítulo examina este modelo con más profundidad. Otra versión estructuralista de las expe­riencias transpersonales y espirituales es el estructuralismo biogenético propuesto por Laughlin, McManus y d’Aquili (1990).

fig3.jpg

4. Perspectivista

La cuarta forma de perennialismo, aunque admite la existencia de mu­chos caminos y de muchas metas en el misticismo, concibe estas metas como perspectivas, dimensiones o manifestaciones diferentes del mismo Fundamento del Ser o Realidad última. Tal como veremos, por ejemplo, Grof (1998) explica la diversidad de fundamentos espirituales últimos (un Dios personal, un Brahman impersonal, sunyata, el Vacío, el Tao, la Con­ciencia Pura, etc.) como distintas formas de experimentar el mismo principio cósmico supremo (pág. 26 y sigs.). El título del ensayo de Nasr (1993), “One is the Spirit and Many Its Human Reflections” (Uno es el es­píritu y muchas las reflexiones humanas), es típico de esta visión. Esta postura puede adoptar la forma de sugerir la complementariedad de las tra­diciones orientales y occidentales, como hicieron algunos de los primeros orientalistas, por ejemplo, Müller en la religión comparada, Northrop en la filosofía o Edmunds en la teología (Clarke, 1997). También puede adoptar un carácter kantiano, como en el caso de Hick (1992), que sugiere que las reivindicaciones de conocimiento y cosmovisiones espirituales en conflic­to son el resultado de diferentes percepciones fenoménicas modeladas por la historia pero referentes a la misma realidad nouménica. La metáfora bá­sica aquí es la popular historia sufí de varios ciegos tocando diferentes par­tes del mismo elefante, cada uno de ellos insistiendo en que su descripción describe con exactitud la totalidad.

fig4.jpg

5. Tipológico

Íntimamente relacionado con el perspectivismo universal se halla el postulado de un número limitado de caminos y metas que se encuentran en las diferentes tradiciones místicas, por ejemplo un misticismo externo y otro interno en Otto (1932), uno extrovertido y otro introvertido en Stace (1960) o los misticismos de la naturaleza, monista y teísta en Zaehner (1970). Este modelo también es perennialista en cuanto a que estos tipos de misticismo se consideran independientes del tiempo, del lugar, de la cultura y de la religión. El universalismo tipológico a menudo adopta una postura perspectivista y afirma que las diferentes clases de misticismo son diversas expresiones o manifestaciones de una única realidad espiritual úl­tima.

Al reflexionar sobre la anterior clasificación, el lector deberá tener pre­sente que existe un grado sustancial de superposición entre los modelos y que algunos de los autores citados como representantes de un modelo en particular también se podían haber situado en otros. Esto es porque, en al­gunos casos, el pensamiento de un autor contiene elementos que se pueden aplicar a distintos modelos, y, en otros, porque distintas obras de un mis­mo autor pueden hacer hincapié en un modelo perennialista u otro. Tam­bién es importante observar que existen muchas diferencias destacables entre los autores clasificados bajo un mismo epígrafe. (Págs. 111-116)

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13 comentarios »

  1. Querido aspirante: estoy en ascuas, ¿qué sera eso de la “visión participativa” que al parecer es la “propuesta que nos propone” (sic, de la reseña de Jorge Fuentes) el Sr. Ferrer?

    No obstante, creo que hay un error de base: lo que se ha dado en calificar con la etiqueta de “escuela perennialista” no puede considerarse como una componente de la “psicología o teoría transpersonal”. Jamás lo ha sido y jamás lo será, puesto que sus bases respectivas no tiene nada que ver, cuando menos las expuestas por ciertos autores considerados como formando parte de ella. En todo caso, hay que decir que no todo el monte es orégano, y que si hay que tener en cuenta las diferencias, como parece que Ferrer enfatiza, también habría que diferenciar cuidadosamente a Guénon de Schuon, o a Coomaraswamy de Huxley o de Huston Smith… pero en fin.

    Por otro lado, si los esquemas básicos presentados en los gráficos expuestos son un reflejo fiel de los que se supone que defienden determinadas perspectivas, ya sólo verlos se da uno cuenta de lo desacertados e inexactos, por no decir simplistas, que son ciertos puntos de vista. Por ejemplo, ¿alguien me podría explicar qué diferencia hay entre el nivel psíquico y el sutil de la fig. 3? o ¿desde cuándo se pueden poner bajo la etiqueta “Dios” sin despeinarse al Nirvana, Alá, Brahman y Tao?. O bien no se sabe lo que son y por eso se igualan, o bien se igualan porque se considera que designan lo mismo, lo cual es todavía más grave.

    Nos vemos.

    Comentario por Dr. Piedra — Lunes, 17 marzo, 2008 @ 3:06 pm |Responder

  2. Coincidimos totalmente con el comentario del Dr. Piedra.

    Aparte de la extremada simplificación que busca ser “sistemática” (sin demeritar, por otra parte, la escrupulosa investigación del autor del libro en cuestión) es evidente que no se pueden liquidar las doctrinas tradicionales con el expediente de “escuela perennialista”, lo cual equivaldría, por decir lo menos, a que la mentalidad moderna ha “evolucionado” a tal grado de poderle incluso “enmendar la página” a los maestros espirituales y a todas las escuelas sapienciales de la antigüedad ¡!??

    Por otra parte la afirmación de que “Frente al perennialismo el autor señala que la teoría transpersonal no necesita de él como marco metafísico fundacional”… ¡No estaríamos más de acuerdo! summ cuique… a cada cual lo suyo.

    Anexamos un comentario, escrito ya hace tiempo en un texto crítico a la “New age”, que nos parece oportuno en la línea del argumento indicada por Dr. Piedra.
    _____

    Se podría conceder que un mérito teórico de la psicología transpersonal es haber indicado una dirección hacia la integración de la personalidad (y sus diversos niveles de consciencia) en miras a una realización trascendente; pero este objetivo central no es ninguna “novedad” respecto a las vías de realización de las tradiciones milenarias.

    En esencia, el mérito residiría entonces en la no-evasión, en el volver a indicar y afrontar el problema de la realización espiritual personal, buscando superar el puro psicologismo, esto es, recuperar el sentido del sí mismo y vivirlo no más en los términos de un pensar y de un reflexionar, sino como realidad totalizante. Esto implicaría naturalmente superar la idolatría humanística de la cultura.

    Sin embargo, en la práctica, las cosas se presentan de otro modo. Hemos dicho mérito “teórico” – en su sentido restringido – porque los mismos representantes transpersonalistas reconocen la afluencia de muchos supuestos que no han sido “experimentalmente puestos a prueba”. De hecho, los transpersonalistas se autodefinen, no tanto como hombres de la tradición, sino más bien como “hombres de ciencia”.

    En las terapias tampoco se prescinde de los modelos psicológicos de ayer y de sus aportaciones, que vienen a injertárseles junto a la inclusión de técnicas de respiración y concentración desgajadas del corpus de enseñanzas tradicionales orientales. Así por ejemplo, se afirma categóricamente que la psicología profunda de C. Jung “es la que más se ha ocupado de los niveles transpersonales de la experiencia” [(sic) ¿otra confusión deliberada entre “pre” y “trans”?], y a estas terapias se han agregado otras disciplinas, como el yoga, sin ninguna discriminación positiva [queremos decir, que el yoga sigue concibiéndose preponderantemente como una especie de “gimnasia” espiritualizada, por decir lo menos]: “Un terapeuta transpersonal puede ser ecléctico [sic] en el empleo de diversas técnicas en la terapia” [Más allá del ego. Textos de psicología transpersonal. R. Walsh y F. Vaughan, p. 14. Kairós, Barcelona. 1982.]. Esto es problemático, conociendo de antemano las influencias “de los bajos fondos del ser” que determinaron a la psicología pre-transpersonal. Y el problema se agrava ahí cuando se ha confirmado – incluso terapéuticamente – la presencia de elementos heterogéneos y antitéticos (caso específico de la psicología analítica) a la noción y la meta de la unidad; tendientes en cambio a la fragmentación, a la escisión profunda, y a veces irreversible, con respecto al propio núcleo del ser. La caída de nivel verificada en las prácticas terapéuticas del Esalen Institute y, en los Grupos de Encuentro de Abraham Maslow y Carl Rogers es sintomática [(Travels in inner space, John St. John. USA 1994). Consúltese además: El reino de la cantidad … C. XXXIV “Los desmanes del psicoanálisis” p. 232.].

    Fuera de los cuadros estrictamente terapéuticos, esta reincidencia basal de lo “inconsciente”, lastre de la mentalidad moderna, se advierte enseguida en boca de los exponentes de la “New Age”. Pero este es otro asunto que requeriría un estudio aparte.

    Por su parte, los transpersonalistas han negado tener cualquier afinidad con lo anterior, diciendo que se trata de subproductos espurios: “será necesario distinguir entre las auténticas disciplinas de la consciencia y la popularización degenerada con que tan frecuentemente se las confunde [Más allá del ego, (op. cit.) p. 70] aludiendo con ello visiblemente al neo-espiritualismo y a la “New Age”.

    Esta diferencial ha sido particularmente subrayada por Ken Wilber.

    Wilber deja implícita la posibilidad de que un sector (o una cabeza de “la bestia multicéfala” como él la llama) de la corriente “New Age”, aún no contaminado y tendiente hacia lo transpersonal, pueda diferenciarse y llegar a tanto efectivamente; en suma no niega al movimiento en bloque.
    Sin embargo, esta capacidad “evolutiva” en el sentido espiritual señalado por Wilber, resultaría del todo imposible en relación a las fuerzas determinantes del movimiento de la “New Age”. En cuanto a los que han sido llevados a participar “insensiblemente”, la problematicidad se presenta con arreglo a ciertas afinidades electivas y “aperturas” que, previamente, han condicionado su direccionalidad hacia el “campo magnético” del neo-espiritualismo. ¿Podría pensarse aquí todavía en una capacidad de reacción? Y más que de una reacción, de una acción reconstructiva espiritual. Sólo teóricamente podrían contemplarse algunos casos en forma excepcional. Por otro lado, admitiendo un tipo humano capaz de remontarse hacia los vértices de la experiencia trascendente, éste, por su propia naturaleza, estaría fuera del contexto neo-espiritualista y sería interiormente ajeno a las categorías del mundo crepuscular moderno. Aunque se debe conceder que podría formar parte de esos ambientes al principio de su búsqueda. [Lo que aquí hemos mencionado en otro comentario como “puntos de partida” y no de “llegada” puede aplicarse precisamente a quienes, no teniendo otra alternativa inmediata, empezaron su búsqueda en los ambientes neo-espirituales, pero remontaron].

    En fin, por otro lado está por verse si algunos excesos, imprecisiones o desviaciones del pensamiento transpersonalista en su conjunto, no acaban en la especulación, ad nefas, de problemas pseudo-metafisicos (teoría del big-bang, las cuestiones “místico-cuánticas”, la “entropía negativa”, el “paradigma holográfico”, etc.) extraños al proyecto de realización espiritual personal, el cual, siguiendo esta línea, quedaría como una especie de “misión abortada”, que podría comprometer la misma dirección de la psicología transpersonal, puesto que: “Para cualquiera que haya explorado en profundidad los ámbitos de lo transpersonal resulta obvio que la comprensión intelectual exige un fundamento vivencial” (B. S. Rajneesh).

    Los excesos a que nos referimos están ahí, por ejemplo, donde de una psicología transpersonal o “integral” – que abarcaría el conjunto de psicologías especializadas de Occidente [Psicología integral, Ken Wilber. Kairós, Barcelona 1993] se pasó a hablar en seguida de una “psicología perennis” puesta en relación a la filosofía perennis de la que hablan algunos exponentes tradicionales; términos que, además de incompatibles (ninguna tradición ha dado lugar a una “psicología” o “filosofía” en el sentido restringido y racionalista predominante en la mentalidad del mundo moderno), se prestan a malentendidos y a abusivas “coberturas de prestigio”. Debidamente interpretada por F. Schuon, la expresión “filosofía perennis” (y “religio perennis”) no deja de ser difícil de manejar, y a veces es incluso hasta desaconsejable. Por lo que se refiere a una verdadera psicología tradicional – integral – debería proceder de una doctrina de la Unidad (Cfr. Lo Yoga della Potenza, J. Evola cap. 3 p. 39, 40, 41 y ss. Fratelli Bocca, Milan, 1949).

    Un cordial saludo.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Martes, 18 marzo, 2008 @ 7:29 am |Responder

  3. No podría estar más de acuerdo con el Sr. Ochoa.

    Con respecto a lo que cabría entender por una “psicología tradicional”, por llamarla de alguna manera, aunque tenga bien poco que ver, por no decir nada, con lo que hoy en día se etiqueta con el término “psicología”, véase también o, mejor dicho, estúdiese, el trabajo de A.K. Coomaraswamy “Sobre la Psicología o, más bien, Pneumatología India Tradicional” en el vol II (“Metaphysics”) de sus “Selected Papers”. Existen al respecto 2 traducciones españolas de excelente factura: una publicada en 4 partes en la revista “Letra y Espíritu” y otra publicada en el volumen “El Vedanta y la Tradición Occidental” de Ed. Siruela. Ya advierto que el texto no es fácil, pero desde luego es mucho más interesante que cualquier fárrago “transpersonalista” y, por supuesto, mucho más genuino y fructífero si lo que realmente se busca es intentar comprender de qué va el asunto, evidentemente.

    En todo caso, hay una cosa que debería quedar bien clara porque es fundamental: es absolutamente imposible transcender el psiquismo por medios psicológicos. Por otro lado, cualquier tipo de “experiencia” psíquica, más o menos “inducida” por medios psicológicos (y no digamos psicotrópicos), tampoco puede transcender en absoluto el ámbito de lo puramente psíquico que es, dicho sea de paso, mucho más extenso y profundo de lo que habitualmente se supone, tanto por “arriba” como por “abajo”.

    Pues nada, saludos cordiales a todos.

    Comentario por Dr. Piedra — Martes, 18 marzo, 2008 @ 1:08 pm |Responder

  4. Sin estar siempre de acuerdo con el libro de Ferrer, me parece interesante su estudio sobre el planteamiento perennialista y, en concreto, este análisis de sus distintas variantes por dos razones fundamentales. En primer lugar nos permite ver elementos en común entre autores a los que, en principio, estaríamos inclinados a contemplar exclusivamente desde sus características diferenciadoras (los representantes de variantes distintas del perennialismo). En segundo lugar, y en sentido inverso, diferencia con claridad planteamientos que una mirada generalizadora podría tener la tentación de identificar de forma apresurada (los planteamientos de aquellos autores que podrían incluirse en una misma variante). Esto último, sobre todo, puede tener su aplicación a la hora de considerar lo que Ferrer llama «perennialismo tradicionalista»; en efecto, los diversos autores que se encuadran en ese movimiento se podrían vincular básicamente a la variante que él llama «esotérica», pero se pueden diferenciar entre sí, entre otras cosas, por su mayor o menor proximidad o alejamiento a unas u otras variantes; incluso a veces —como el propio Ferrer subraya, hablando en general— un mismo autor puede acercarse más a unas variantes o a otras en distintos lugares y en función de las circunstancias. Teniendo en cuenta la polarización que suscitan algunas actitudes en este terreno, el empezar tratando de diferenciar matices, como hace el autor, me parece saludable.

    Por otra parte, no habría que olvidar que la perspectiva perennialista a la que Ferrer se refiere, abarca a autores tan dispares como Wilber, Grow, Eliade, Blavatsky o Guénon, en la medida en que todos ellos han asumido la idea de un fundamento común para todas las doctrinas tradicionales. Puesto que así lo explica con claridad y no pretende identificar los planteamientos de unos y otros, su actitud, en este punto, es, en mi opinión, perfectamente legítima. Dentro de esa perspectiva perennialista, él diferencia planteamientos distintos, pero de ningún modo pretende que ninguna «escuela perennialista» (de hecho ni siquiera utiliza esta expresión para referirse a los planteamientos schuoniano-guenonianos, a los que se refiere más bien como «perennialismo tradicionalista») sea una componente de la psicología o teoría transpersonal. Lo que Ferrer afirma es, ni más ni menos, que la psicología transpersonal ha adoptado como propio el marco de la «perspectiva perennialista» en ese sentido amplio ya explicado, lo que es, a mi entender, otra cosa distinta.

    Se podrá decir que, dentro del perennialismo tradicionalista también habría que diferenciar entonces entre Schuon, Coomaraswamy, Guénon, etc. Sin duda se les puede diferenciar; pero eso no necesariamente tenía por qué hacerlo Ferrer en este libro. No hay que olvidar que mantener un adecuado equilibrio, en relación con el marco de referencia, entre las diferencias y las semejanzas es el único camino que puede hacer posible la comprensión. Si acentuamos las diferencias hasta convertir un conjunto en un agregado infinito de unidades separadas, todo conocimiento de ese conjunto será imposible. Sin duda Ferrer ha considerado que lo oportuno era llevar la diferenciación hasta un determinado punto y no más (precisamente hasta el punto de separar, por ejemplo, a Schuon y Guénon de Wilber, pero no a Schuon de Guénon), lo que —me parece— puede ser razonable, habida cuenta de que el objeto de su libro no es hacer un estudio del perennialismo tradicionalista, sino de la psicología transpersonal, y que si se refiere al perennialismo (y sólo secundariamente al perennialismo tradicionalista) es únicamente en tanto que la psicología transpersonal lo ha elegido como marco fundacional, elección en la que Ferrer, por cierto, no tiene la menor responsabilidad.

    Saludos

    Comentario por Agustín — Miércoles, 19 marzo, 2008 @ 8:32 pm |Responder

  5. Es justa la observación de Agustín.
    El título original de la obra en palabras (ya subrayado por el Aspirante) es realmente:
    Revisioning Transpersonal Theory (”Revisando la Teoría Transpersonal”). Y es en proporción al encuadre real del título que habría que matizar los comentarios.

    De nuestra parte, también, consideramos que el texto de Ferrer, aún sin coincidir en algunas de sus conclusiones, es ciertamente interesante. La aproximación, en efecto, hacia textos del género, que son el resultado de arduas investigaciones, amerita ser considerada por cada lector y estudioso, por el gran resumen de los enfoques presentados y planteados. Por lo que respecta a las deficiencias lamentables de la traducción del libro (también ya advertidas por el Aspirante), y releyendo nuestro precedente comentario, nos hemos debido preguntar si la expresión que criticamos incidentalmente como “marco metafísico fundacional” no es una traducción inexacta (no imputable al autor claro está) de lo que K. Wilber llama “marco metafísico fundamental”. En cuanto a la expresión “escuela perennialista”, ciertamente, como corrige Agustín, no parece emplearla el autor en sí, y la hicimos tal vez precipitadamente co-extensiva a lo que es así llamado el “perennialismo tradicionalista”.

    Debemos agregar que nuestra crítica no es hacia Ferrer en sí, sino hacia algunos elementos del movimiento transpersonalista, crítica que, por razones de oportunidad, insertamos en esta línea de argumentos precedentes.

    Ahora bien, también consideramos que la actitud del autor, dado su planteamiento de base, es “perfectamente legítima”, lo que no significa sin embargo que dicho planteamiento sea el más afortunado. Por otro lado, citando el comentario precedente: “No hay que olvidar que mantener un adecuado equilibrio, en relación con el marco de referencia, entre las diferencias y las semejanzas es el único camino que puede hacer posible la comprensión. Si acentuamos las diferencias hasta convertir un conjunto en un agregado infinito de unidades separadas, todo conocimiento de ese conjunto será imposible”. Estamos asimismo totalmente de acuerdo, sólo agregaríamos que, dada la naturaleza del objeto de estudio, es necesario introducir una jeraquización de los planteamientos estudiados [a pesar de las reticencias, a este respecto, del prologuista Richard Tarnas acerca de “contener, categorizar y jerarquizar”] sin llegar por ello a adoptar unas posiciones polarizadas, sino en aras de ese justo equilibrio de las partes [que evidentemente no son simétricas] que permita la comprensión, y la adecuación de cada elemento. Se trataría más bien de una discriminación positiva, si es lícito así expresarlo, de cada enfoque y planteamiento, pero no dejada al lector, sino formulada en función de un principio rector, universal. De hecho, en la actitud de Ferrer se vislumbra precisamente la intención de establecer puntos más “inclusivos” que “exclusivos”, sin embargo, y esto es evidentísimo, los principios y “variedades” de los enfoques analizados se sitúan y manifiestan en un Cosmos, y un ordenamiento jerárquico es algo normal y necesario, aún sin llegar a “especializarse” en cada planteamiento y autor. Si insistimos en ello es porque se sabe que una de las “tácticas” de los “enemigos del hombre” y de lo espiritual, en global, consiste en fomentar, precisamente [como apunta Agustín] polarizaciones o dualismos irreductibles, por un lado; pero por el otro, también “crear” confusiones al situar elementos, jerárquicamente dispuestos, en niveles que no se corresponden [y “gestar”, imperceptiblemente, un “caos” a mediano o largo plazo], hasta llegar incluso a su “alrevesamiento”, como es el caso de muchas corrientes del pensamiento y de las “filosofías de vida” contemporáneas.

    No olvidemos, por lo demás, que, sin demeritar los logros de toda índole y perfectamente genuinos de algunos exponentes del transpersonalismo integral [Ken Wilber, Laura Boggio Gilot, F. Vaughan, etcétera, por citar nombres reconocidos] el así llamado “perennialismo tradicionalista” en su conjunto ha realizado un gran esfuerzo téorico y práctico para que, como mínimo, nadie -que se comprometa con una idea, una praxis, una vía- se deslice hacia ninguna impostura, sino que se eleve cada cual, según sus propias posibilidades, [“acercarse más a unas variantes o a otras en distintos lugares y en función de las circunstancias”], a las propias cimas del ser y de la liberación.

    Un cordial saludo.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Viernes, 21 marzo, 2008 @ 7:02 am |Responder

  6. Estoy de acuerdo con Aspirante y con Alejandro Ochoa en que la traducción del libro de Ferrer no es ejemplar. (Por cierto, en el post II, variante 4, se dice: «Uno es el espíritu y muchas las reflexiones humanas». Aunque no dispongo del original, me atrevería a asegurar que debería decir: «Uno es el Espíritu y múltiples sus reflejos en la humanidad», error frecuente, ocasionado por la polisemia de la palabra inglesa «reflection», a la vez «reflejo» y «reflexión»). De todos modos, tampoco habría que cargar las tintas contra el traductor: las cuestiones señaladas no me parecen excesivamente graves, y no es un libro fácil de traducir. En cuanto a estos asuntos de lenguaje, observo en algunos medios perennialistas una cierta tendencia a enfatizar los «errores» terminológicos de los demás, que muchas veces —me parece a mí— no son sino diferencias de criterio con el que así los juzga; y eso cuando no se trata de meras erratas o despistes irrelevantes, subrayados de forma éticamente dudosa —por lo menos— para desautorizar al que tiene una opinión distinta a la propia. Por supuesto que no pretendo, ni por asomo, que quienes habéis criticado la traducción del libro de Ferrer con más dureza que yo estéis incurriendo en ello; es más, tal vez tengáis razón en vuestra mayor severidad; simplemente sugiero tenerlo en cuenta para no incurrir en susceptibilidades terminológicas excesivas, a fin de no poner obstáculos innecesarios en nuestra conversación.

    Aprovecho para hacer unas observaciones a las dos preguntas que el Dr. Piedra planteaba en su comentario.

    En primer lugar la diferenciación entre «sutil» y «psíquico» en la figura 3. Esquematizaciones como la mostrada en la fig. 3 deberían entenderse —yo creo— como una señal indicadora que no hay que confundir con la realidad a la que apuntan, pues probablemente ciertas realidades suprafísicas carezcan de esa substancialidad tan nítidamente diferenciable que observamos en la materia física. En todo caso, ese hipotético «escalonamiento» gradual probablemente puede observarse desde distintos puntos de vista, lo que hace posible la elaboración de distintas representaciones por medio del lenguaje que, en principio, podrían ser igualmente legítimas, o, si se prefiere, igualmente ilegítimas, si se acepta que esa tajante disección operada por el lenguaje falsea, de hecho, la realidad. En consecuencia esos grados quizá tengan siempre algo de arbitrario, como también lo tienen, forzosamente, los nombres utilizados para su designación. Comprendo que desde una cierta perspectiva, «sutil» y «psíquico» signifiquen lo mismo, pero desde otras perspectivas puede ser posible diferenciar distintos niveles de realidad entre lo «material físico» y lo «causal» y, puesto que el lenguaje (al menos las lenguas que actualmente utilizamos en Occidente) tiene mucho de convencional, no veo la razón para que no puedan utilizarse esas designaciones, a condición, claro está, de que sean adecuadamente explicadas cuando el contexto lo requiera. Puede ser engorroso que distintos autores utilicen terminologías diferentes, pero eso es inevitable (y quizá, a pesar de todo, también providencial). Y con ello no quiero decir que el lenguaje pueda utilizarse de cualquier manera. Es, entre otras cosas, una cuestión de medida.

    En cuanto a «poner bajo la etiqueta “Dios” sin despeinarse al Nirvana, Alá, Brahman y Tao?», imagino que hace alusión al esquema 4, que es el único en el que aparecen esas denominaciones. Ahora bien, lo que Ferrer dice en el texto que corresponde a ese diagrama es que Dios, Nirvana, Brahman, Alá, y Tao pueden ser concebidos por algunos (precisamente por aquellos perennialistas que encajarían en esta variante) como «perspectivas, dimensiones o manifestaciones DIFERENTES del mismo fundamento del Ser o Realidad última» [la falta de cursivas me obliga al uso de unas mayúsculas siempre escandalosas], lo que, según yo creo entender, es algo muy distinto y que, en todo caso, permance abierto a matizaciones diversas.

    Saludos.

    Comentario por Agustín — Viernes, 21 marzo, 2008 @ 8:22 pm |Responder

  7. Había escrito un comentario que yo creía colgado aquí (concretamente a continuación del del Dr. Piedra), pero veo que algo debió pasar y no quedó registrado. En todo caso, lo que venía a decir ya lo señala Agustín en el suyo: Ferrer no dice que el perennialismo sea una de las ramas de la psicología transpersonal, sino casi lo contrario: considera que ésta se ha visto en gran medida influida por el primero, hasta el punto de deberle gran parte de sus axiomas. Coincido también con Agustín y con Alejandro en la legitimidad de su punto de vista (me refiero al de Ferrer, obviamente), y además añado (esto ya por mi cuenta y riesgo) que poner en cuestión las propias convicciones, por bien fundadas que las consideremos, ayuda a evitar que el pensamiento se esclerotice, raíz en mi opinión del dogmatismo primero y del fundamentalismo después. Saludos a todos, amigos.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 21 marzo, 2008 @ 8:29 pm |Responder

  8. Ops, Agustín, nuestros comentarios casi han coincidido en el tiempo; para no cansar a los demás con el tema de la traducción, te pasaré las erratas y errores que he encontrado: algunas de ellas sí creo que son de cierta entidad.
    En cuanto al resto de las cosas que comentas, estoy de acuerdo en lo fundamental. Saludos, amigos.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 21 marzo, 2008 @ 10:10 pm |Responder

  9. De nuevo coincidimos con Agustín en este punto:
    “no incurrir en susceptibilidades terminológicas excesivas, a fin de no poner obstáculos innecesarios en nuestra conversación”. Si en lo fundamental se está de acuerdo [o incluso si no es así del todo!], como señala el Aspirante, no hay necesidad de “rigidizar” [“esclerotizar”] el intercambio de ideas con tan excesiva formalización de las palabras [en nuestro caso, debemos decirlo, nos parece a veces difícil de ejercer esta fluidez]. Parafraseando el adagio antigüo acerca de “Navegar es necesario…” podríamos decir aquí: “La fluidez [de la conversasión] es necesaria”, y nos llevaría más lejos, más allá de las cáscara, a los nutrientes.

    Por otro lado agradecemos a Dr.Piedra su valiosa indicación acerca de los textos referentes a la pneumatología de A.K. Coomaraswamy.

    De nuestra parte, y en relación a la misma línea del tema transpersonal, recomendamos la lectura [posiblemente ya conocida por varios aquí] de el “DIARIO” de Ken Wilber [Kairós, 2a. Edición 2001] donde Wilber habla desenfadadamente, (a veces muy al estilo norteamericano) de sus percepciones y vivencias privadas, pero más específicamente de su experiencia cotidiana en la praxis espiritual que ha adoptado desde muy joven. En fin, cito una brevísima alusión acorde al presente argumento:

    Lunes, 10 de marzo [1997]

    “Aldos Huxley escribió ‘La filosofía perenne’, un libro muy conocido en el que aborda el núcleo universal de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero, un tema sobre el cual ‘Forgotten Truth’, de Huston Smith, sigue siendo la mejor introducción. Yo, por mi parte, escribí un ensayo para el ‘Journal of Humanistic Psychology’ que comienza así: ‘Esta visión del mundo, conocida con el nombre de filosofía perenne -porque presenta rasgos esencialmente idénticos a través de todas las culturas y de todos los tiempos- no sólo ha configurado el núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo -desde el cristianismo hasta el judaísmo, el budismo y el taoísmo-, sino también el pensamiento de algunos de los principales filósofos, científicos y psicólogos tanto orientales como occidentales, tanto del Norte como del Sur. Es una visión -cuyos detalles veremos a continuación- tan abrumadoramente difundida que o bien se trata del mayor error intelectual de toda la historia de la humanidad -un error tan colosal que literalmente hace tambalear la mente- o de la reflexión individual más precisa acerca de la realidad que jamás haya tenido lugar’.

    Pero ¿cuáles son los rasgos distintivos de la filosofía perenne? Dicho en dos palabras, la filosofía perenne es ‘el Gran Nido del Ser que culmina en Un Solo Sabor’.

    Pero no estoy diciendo con eso que creamos a pie juntillas, como si fuera oro en paño, todo lo que afirme la filosofía perenne. No hace mucho que he escrito un artículo titulado ‘The Neo-Perennial Philosophy’ señalando la necesidad de actualizarla y modernizarla [sic]. En cualquiera de los casos, sin embargo, la esencia de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo constituye el marco de referencia fundamental de todo esfuerzo serio por comprender el Kosmos.

    Y hay que decir que el núcleo fundamental de las grandes tradiciones de sabiduría se asienta -de modo claro, evidente, inequívoco e incuestionable- en la experiencia de Un Solo Sabor”.

    Hasta aquí la cita.

    [Se recordará, a riesgo de ser obvios, que la expresión “Un Solo Sabor” atañe a la experiencia directa e inmediata, a través de una praxis tradicional, de lo no-dual].

    Un cordial saludo.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Sábado, 22 marzo, 2008 @ 11:26 pm |Responder

  10. Querido Aspirante:

    Respecto a tu comentario 7, la legitimidad de un punto de vista depende de la legitimidad de las bases sobre las cuales se sostiene semejante punto de vista y de las que se supone es un desarrollo en una determinada dirección. Quiero decir que el punto de vista del Sr. Ferrer se podrá considerar legítimo o no en función de si se considera legítima o no, bien fundada o no, a la ciencia moderna a la que parece pertenecer en última instancia, aunque pretenda superarla, la “psicología transpersonal” que el “revisa” en su obra.

    De este modo, comprenderás que, por mi parte, no comparta de entrada esa legitimidad genérica que tú le atribuyes a su perspectiva, sobre todo si lo que se supone que quiere criticar es precisamente un punto de vista cuyas bases sustentadoras superan ampliamente las bases epistemológicas sobre las que se sostiene la ciencia moderna. Quizá debería Ferrer empezar por criticar a estas últimas, si lo que pretende realmente es “revisar” comme il faut lo que dice que quiere revisar. De todos modos no sé si lo hace, dado que no tengo su libro, y sólo puede basarme en los fragmentos que tú has puesto aquí.

    Cosa distinta es que se le discuta al Sr. Ferrer la libertad de hacer una crítica a lo que él considere oportuno. Yo ésa libertad no se la discuto a nadie, ni creo que se pueda deducir de mis palabras semejante postura, ni en mi último mensaje ni en ningún otro anterior a éste. Ahora bien, veremos a ver si sus críticas tienen o no algún fundamento y, si lo tienen, veremos de qué clase es. He ahí lo interesante.

    En todo caso, la esclerotización del pensamiento como causa de dogmatismo y/o fundamentalismo perfectísimamente puede aplicarse a las consecuencias del punto de vista filosófico-científico que preside el “pensamiento políticamente correcto” contemporáneo, para el cual, como es sabido, cualquier cosa es falsa si no es “científica”. Supongo que te referías a eso cuando empleabas esos términos y no a otra cosa. Y si era a otra cosa, sería muy interesante saber a qué te referías exactamente.

    Pues nada, me voy a estudiar el tercer post, a ver qué sacamos en claro.

    Saludos cordiales a todos.

    Comentario por Dr. Piedra — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 2:57 pm |Responder

  11. Querido Dr., la verdad es que el punto de vista de Ferrer no me pareció en ningún momento del libro (al menos que recuerde, lo leí ya hace meses) el de la “ciencia moderna”, y mucho menos en este punto. Ferrer a este respecto constata, en todo caso, que la tendencia más importante de la psicología transpersonal bebe del perennialismo, y punto. Por tanto, no veo por qué no sería legítima su aproximación.
    En todo caso, seguro que yo tengo una gran parte de la culpa en estos malos entendidos, al colgar fragmentos que, inevitablemente, dejan cojas argumentaciones y dan una idea distorsionada del conjunto de la obra, pero no veo cómo podría evitarlo.
    En cuanto a lo que dices de que la esclerotización del pensamiento puede aplicarse al punto de vista filosófico-científico, yo aún diría más: no sólo se puede, sino que se debe. Pero no sólo me refería a ese aspecto en mi comentario, sino a cualquier tipo de esclerotización, venga de donde venga: si uno no puede, por la razón que sea, poner en cuestión sus propias convicciones, entiendo que está avocado a, cuando menos, tender al fundamentalismo. Claro que también podría cuestionar esto mismo (y de hecho lo hago), pues con esta actitud se corre el riesgo de que los asideros intelectuales se diluyan e incluso desaparezcan, lo cual a mí me aterroriza, si os soy sincero.
    De todos modos, creo que ya había dicho básicamente lo mismo a este respecto en el comentario 7, pero puesto que me solicitabas una aclaración, Dr. Piedra, espero haberte complacido. Un abrazo.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 28 marzo, 2008 @ 10:03 pm |Responder

  12. Antes de entrar más a fondo con la tercera entrega del libro de Ferrer, me gustaría hacer una observación sobre un supuesto que, si he comprendido bien, creo percibir de forma más o menos explícita o implícita en algunos comentarios: me refiero a la idea de que, como Ferrer se sitúa —aún criticándola— dentro de la psicología transpersonal y ésta, a su vez, se sitúa dentro de la psicología «moderna», sus palabras quedarían, por ello mismo, desautorizadas a priori en una u otra medida.

    La tentación de este tipo de planteamientos en virtud de los cuales un supuesto teórico inicial de carácter general y abstracto («la modernidad es un error») instaura automáticamente una «plantilla» que detecta (como si se encendiera una luz roja o una verde) la falsedad o la verdad de cualquier formulación incluso acerca de aspectos concretos y particulares de la realidad («Fulanito es un moderno, luego si me dice que son las tres y diez esa afirmación DEBE SER falsa»), esa tentación —digo— es tal vez comprensible por su comodidad, pero, de hecho, puede ser un obstáculo decisivo, a cualquier conocimiento. Se me dirá que «son las tres y diez» no es una afirmación que caiga dentro del campo de la ciencia y que, por tanto, no le es aplicable la norma deductiva en cuestión. Concedido; pero lo que quiero poner de manifiesto es que no me parece posible trazar una línea nítida de demarcación entre aquellas formulaciones a las que podría ser aplicable ese sistema de deducción «automática» y aquellas a las que no es aplicable; entre otras cosas, porque los eslabones de un razonamiento filosófico no están nunca enlazados de la forma férrea e inamovible en que pueden estarlo los de una demostración matemática.

    Es más: aunque personalmente pienso que la ciencia moderna parte de un inadmisible reduccionismo fundamental —la creencia de que una forma particular de conocimiento de ciertos aspectos de la realidad es EL Conocimiento de LA Realidad—, no creo que de ahí se pueda deducir que todo lo que la ciencia moderna dice, en tanto que ciencia, es «falso». La ciencia se equivoca, sin duda, pero los aviones vuelan. Un naturalista podrá ser ateo y darwinista, pero sus observaciones sobre el funcionamiento del aparato digestivo de los escarabajos —pongamos por caso— pueden ser plenamente acertadas. La creencia de que todo lo que dice la ciencia moderna (y sólo eso) es verdadero, tiene, a mi entender, una analogía rigurosa en la creencia de que todo lo que esa ciencia dice es falso. Sería cómodo que fuera así, pero, nos guste o no, el funcionamiento de la realidad parece bastante más complejo, escurridizo y enojosamente enrevesado.

    ¿Se me dirá entonces que estoy afirmando que de unas premisas falsas se pueden deducir conclusiones verdaderas? Más bien quiero decir, simplemente, que, salvo en aquellos casos excepcionales en los que exista una vinculación directa y rígidamente delimitada entre premisas y consecuencias (como en el caso de un planteamiento matemático o en el de un improbable —improbable por la naturaleza misma del lenguaje— «razonamiento deductivo puro»), es muy habitual que premisas y consecuencias no sean absolutamente homogéneas: es decir, que el desarrollo del discurso puede introducir elementos heterogéneos respecto de la naturaleza de las premisas (los jugos gástricos, por ejemplo, que parecen «sorprendentemente» independientes de Dios), del mismo modo que puede prescindir de otros elementos, más o menos fundamentales desde cierto punto de vista pero innecesarios para lo que se pretende en un momento dado (la existencia de Dios, que no parece preocupar a los escarabajos); todo ello puede traducirse, a mi entender, en la aparición de posibilidades reales de conocimiento, incluso cuando se parte de premisas que se consideran, justificadamente o no, «erróneas».

    Se me podrá decir (sigo discutiendo conmigo mismo) que la psicología no es la ciencia natural y que, por la propia naturaleza de su materia de estudio, hay una homogeneidad mucho mayor entre premisas y consecuencias y, por ende, también, una mayor dependencia de éstas respecto de aquellas. Cierto. Pero la heterogeneidad sigue existiendo y la mera complejidad del asunto (que era en definitiva lo que yo trataba de poner de relieve) a mí particularmente me induce —sin pretender decirle a nadie lo que tenga que hacer— a una gran prudencia a la hora de descalificar o deslegitimar a priori posiciones que no conozco en detalle. Simplemente como medida de higiene mental.

    Perdón por el rollo. Saludos.

    Comentario por Agustín — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 6:50 pm |Responder

  13. Al revés, Agustín, estamos aquí para “rollos”, precisamente. Como ya dije en el comentario 11, creo que extractar textos, especialmente de esta naturaleza, conlleva el grave inconveniente de que el marco que el autor define en la obra completa se pierde en gran medida. Confío en vuestra condescendencia al respecto, amigos, y si lo he hecho ha sido porque he considerado que al menos serviría para dar una idea de las tesis que se esgrimen en el texto completo; al fin y al cabo, pensé, éste está a disposición de cualquiera que quiera profundizar en aquellas.
    En cuanto a la llamada que haces a evitar desechar una idea simplemente porque procede de la “modernidad” (en su sentido Tradicional), en este caso de la ciencia moderna, me parece tan pertinente como indiscutible, y la considero especialmente valiosa al provenir de alguien que se ha declarado públicamente y por escrito en contra de la misma. ;)
    Abrazos.

    Comentario por Aspirante a domador — Sábado, 29 marzo, 2008 @ 10:45 pm |Responder


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