Cabalgando al Tigre

Viernes, 30 mayo, 2008

Thánatos: Aproximación a la metafísica del hinduismo Advaita

Filed under: Textos recomendados,Tradición Hindú — by Aspirante a domador @ 10:08 am
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Los Tradicionales y en particular los guenonianos están de enhorabuena: acaba de aparecer un interesante texto titulado Thánatos, el Hombre, la Muerte y los destinos de Ultratumba, de Víctor Pascual Kavod, Ediciones Vía Directa, Valencia 2008 (170 págs.),  en el que se agrupa toda la información que en la obra de Guénon está dispersa en diferentes volúmenes sobre lo que la muerte supone ontológicamente para el ser humano y el destino del mismo tras ella. Este trabajado texto, con seguridad fruto de años de estudio y reflexión al respecto, añade además aspectos que Guénon no abordó de forma directa en sus textos, como el espinoso problema de la “resurrección de la carne” del Cristianismo, a la que Pascual se aproxima de forma ingeniosa y plausible.

Por otro lado, el autor parte lógicamente de presupuestos Tradicionales (o Tradicionalistas, términos me parece perfectamente equivalentes), como son el axioma de que hay tradiciones ortodoxas (y que por tanto son “Verdad”) y tradiciones heterodoxas (que implican “error”, “desviación”, “mentira”), y el de que todas las tradiciones ortodoxas hacen referencia a una única Verdad, aunque puedan luego ser más o menos completas en dicha expresión. En coherencia con esto, en el texto se hace un intento de explicar el dogma cristiano a la luz del Vedanta, lo que en ocasiones, según reconoce el propio autor con una honestidad que le honra, no siempre resulta exitoso. Esta parte de la obra la encuentro más bien forzada, quizá porque cada vez estoy menos seguro de esa presunta equivalencia entre Tradiciones. Además, ¿cómo distinguir lo ortodoxo de lo heterodoxo? Y claro, decir que lo ortodoxo es la verdad, siendo el criterio de verdad la propia ortodoxia, es una tautología muy difícil de resolver. De todos modos, esto no pasa de ser una opinión personal, y el libro contiene ideas interesantes y bien hiladas, como la resolución del “doble juicio” del dogma cristiano en uno solo (pág. 133) o las ideas de soma psyquikon y soma pneumatikon en relación a la constitución y transformación del ser humano (pág. 121 y ss).

Os dejo a continuación el capítulo I, Aproximación a la metafísica hindú, excelente resumen de la metafísica del Vedanta Advaita, es decir, no-dual. Por último, añadir que el autor se ha molestado en confeccionar un práctico glosario de términos muy útil al lector y que es una pena que la edición, que no contiene errores ortográficos, sí presenta sorprendentemente bastantes errores de maquetación, mucho más sencillos de detectar, como dobles espacios, interlineados variados o espacios antes de comas o puntos, lo que no deja de ser una molestia muy menor en relación al interés del texto. Mi felicitación y apoyo también a Vía Directa por el esfuerzo editorial que suponen  las publicaciones que nos hace llegar. Y ahora, a por la doctrina Advaita.

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Como acabamos de mencionar, la metafísica hindú recogida en las Upanishads denomina al Principio Supremo con el nombre de Brahma; ahora bien, no sería exacto asimilar directamente este nombre con el Ser supremo al que en occidente solemos identificar con Dios. En efecto, el Dios considerado por la teología escolástica cristiana es un ser personal, o mejor dicho, el Ser Divino, del cual derivan, por un acto creador libre, todos los demás seres5. Su perspectiva es, en definitiva, la de una Ontología o Ciencia del Ser6. Pero desde el punto de vista metafísico puro transmitido en la doctrina hindú, el Ser no es Brahma sino Îshwâra, la Personalidad Divina, principio inmediato de la manifestación universal (por lo tanto situado jerárquicamente por encima de ella, pero por debajo de Brahma mismo). De este modo, es el nombre Îshwâra, el término sánscrito que puede ser traducido de forma menos inexacta por Dios, al menos en su sentido escolástico7. Dicho de otra manera, la metafísica pura implica esencialmente la consideración de un Principio universal absolutamente incondicionado e infinito, Brahma, del cual Îshwâra no es sino un aspecto, una limitación, una primera determinación, la más primordial y la menos restringida de todas las limitaciones concebibles, pero no obstante, es ya un punto de vista relativo del Principio Supremo. Se dice que Îshwâra es Brahma saguna, es decir, Brama cualificado y concebido distintivamente (savishêsha), mientras que Brahma considerado en sí mismo, en tanto no se predica o se afirma ninguna cualidad en él, es Brahma nirguna o no cualificado y, por lo tanto, considerado por encima de toda distinción concebible (nirvishêsha). Con respecto a él y su infinitud, la manifestación universal entera es rigurosamente nula8.

La doctrina metafísica recogida en el Vêdânta, para explicar cuál es el lugar, el desarrollo y la estructura del ser humano con respecto a la realidad total incondicionada, inmutable e infinita implicada en la consideración de Brahma, plantea la necesidad de distinguir y definir dos puntos de vista los cuales, desde luego, no son en absoluto equivalentes: el principial o punto de vista del Principio Supremo, es decir, el que considera la realidad total tal cual es en sí misma, que es el que hemos enunciado someramente antes, y el punto de vista contingente del individuo, desde el que necesariamente parte todo hombre que desea conocer esa realidad, perspectiva que por definición no puede ser sino parcial y limitada por las propias condiciones que rigen y definen el estado humano.

Desde este último enfoque, se le pide al estudiante de las Upanishads que asuma, como inicio de su indagación intelectual, la distinción fundamental entre el 9, por un lado, y lo que él en tanto que hombre ignorante que busca la sabiduría aún cree que es, el yo. Esta distinción entre y yo también puede formularse, como veremos, con el binomio Personalidad-individualidad. De lo que se trata, en definitiva, es de abolir esta polaridad tomada como base, para alcanzar el conocimiento real, el conocimiento de que esa aparente dicotomía es ilusoria, de que la realidad absoluta no es dual, ni siquiera única, sino no-dual, es decir, situada más allá de cualquier condición y, por ende, de la dualidad e incluso de la propia unidad del Ser10.

Ese Sí, se nos dice, es el principio trascendente y permanente de todo ser, por ejemplo un ser humano, y con respecto a él cualquier ser, sea de la clase que sea, sólo es una participación o una modificación transitoria que, además, no afecta para nada a la realidad integral del Sí, del mismo modo que un sueño puede considerarse como una modificación efímera de la mente del soñador.

Esto implica que el es siempre igual a sí mismo, nunca se individualiza o sufre una partición para ser otro que sí mismo, su naturaleza íntima es indivisible y no tiene ningún principio que sea superior a él. Luego este es el principio por el cual existen, cada uno en su propio dominio, todos los seres, lo cuales no son, en definitiva, sino estados posibles de él. Y yendo aún más lejos, debería decirse que, rigurosamente hablando, este no tan sólo es la causa de que los seres se manifiesten, sino la causa de toda aquella otra dimensión de la realidad total que, por su propia naturaleza, no es manifestable, es decir, que nunca formará parte de la manifestación a la cual nosotros pertenecemos en tanto que seres particulares. Esa otra dimensión de la realidad total, no manifestable en sí misma, pero no por ello irreal sino, más bien, mucho más real que lo que de ordinario consideramos como tal, es lo que en la doctrina de los estados múltiples del ser, se  denomina con el término No-ser. Así pues, Ser y No-ser, son, podría decirse, las dos dimensiones o aspectos primordiales de la realidad que nosotros podemos distinguir, cuya causa común es este Sí, sin que ello implique en absoluto, claro está, que ella misma sea dual o que tenga en realidad dimensiones distinguibles.

Tat tvam asi (tú eres eso) es una fórmula que, junto a la de Neti, neti (esto no, esto no) se repite constantemente para centrar la atención del estudiante en la suprema realidad inmutable. Pero siguiendo con la indagación que parte de la ignorancia de éste último, debemos considerar al Sí mismo con relación a un ser cualquiera, por ejemplo un hombre, y es entonces cuando lo podemos denominar como la Personalidad de ese ser. Dicha Personalidad es, en palabras de Guénon, una determinación inmediata, primordial y no particularizada del principio que, en sánscrito, se denomina Âtmâ o Paramâtmâ, y que podemos, a falta de un término mejor, designar como el Espíritu universal 11.

Este supremo Sí (Paramâtmâ) lo penetra todo y, considerado desde esta perspectiva, podría concebirse como el aspecto inmanente de la divinidad, es decir, el reflejo directo e indiviso del Principio Supremo en la realidad manifestada, y en particular en todo hombre, determinando un centro alrededor del cual se constituyen todas las formas y, concretamente, la forma individual humana; mientras que al considerarlo como el supremo Brahma, como antes señalamos, lo estaríamos observando como la realidad trascendente a toda la manifestación universal. Pero debe quedar claro, no obstante, que Âtmâ y Brahma no son en realidad distintos, sino que tan sólo son considerados así por el hombre que pretende realizar el conocimiento. Verdaderamente el Principio Supremo es, simultáneamente, inmanente y trascendente porque en Él no hay ni dentro ni fuera, ni arriba ni abajo, ni antes ni después, y cuando toda distinción es abolida definitivamente y Âtmâ es identificado a Brahma se opera la realización integral por el conocimiento y se alcanza la Liberación (Moksha) o, lo que es lo mismo, acudiendo a un concepto propio del esoterismo islámico perfectamente adecuado, se realiza la Identidad Suprema.

Ahora bien, este proceso de realización no debe ser considerado como la producción de un resultado no preexistente12. En efecto, solamente desde el punto de vista del ser manifestado es un proceso y una realización , puesto que dicha identidad es permanente e inmutable eternamente y desde siempre, luego de lo que se trata es, en definitiva, de que el individuo tome consciencia efectiva de ella, percatándose de que su aspecto manifestado no es absolutamente real sino, en primera instancia, tan solo relativamente real (en tanto que cabría considerarlo como función de una posibilidad divina o universal) para devenir finalmente absolutamente ilusorio, cuando la Liberación es realizada en toda su plenitud y el ser deja de identificarse con un aspecto parcial de la realidad para recobrar su verdadera identidad metafísica o Identidad Suprema.

———————

5 Si bien la teología escolástica se limita a considerar a Dios en tanto que Ser creador, Uno y Trino, ello no implica que otras teologías, también cristianas, no hayan ido más allá de este punto de vista. En particular, la teología negativa de un Dionisio Areopagita o de un Eckhart apuntan claramente más allá del Ser, luego señalan explícitamente hacia una perspectiva verdaderamente metafísica. Cf. El tratado titulado Teología mística en Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita, B.A.C., 1990, y, entre muchos otros, el sermón LII Beati pauperes spiritu, de Tratados y Sermones del Maestro Eckhart, Edhasa, 1983.

6 Del griego ontos = ser.

7 Existe otra analogía muy indicativa a este respecto, de carácter “estructural”, si se nos permite la expresión, entre Îshwâra y la concepción teológica cristiana de Dios como Ser Creador: se trata de que en ambos se reconocen tres aspectos distintos pero indivisos; por un lado, en el Hinduismo se considera a Îshwâra integrado por la Trimûrti, es decir, por Brahmâ (Creador), Vishnú (Conservador) y Shiva (Transformador o Destructor) y por el otro, en el Cristianismo se contempla a Dios con sus tres hipóstasis divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas en un solo Dios. No obstante, sería simplista asimilar uno a uno los términos de ambas estructuras triádicas, puesto que las funciones divinas de cada una de ellas no se corresponden directamente. Aprovecharemos también para señalar que no cabe confundir a Brahma con Brahmâ.

8 Sería lícito establecer aquí una analogía con la concepción cabalística hebrea del Ein Sof, la realidad total considerada en su aspecto más universal, literalmente sin límites, luego sin atributos. Del mismo modo, también podría señalarse la concepción eckhartiana de la Deidad, que no es ni Padre, ni Hijo, ni Espíritu
Santo.

9 En adelante emplearemos indistintamente las expresiones Sí o Sí mismo para referirnos al Principio Supremo desde la perspectiva del proceso de realización iniciática que estamos considerando.

10 Por esta razón carece de sentido calificar la doctrina vedántica como “monista”, tal como suele hacerse todavía en algunos ámbitos.

11 op. cit., cap. II

12 op. cit., cap. III

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4 comentarios »

  1. Querido “Aspirante” y demás familia:

    Parafraseando a D. Adolfo, debo protestar y protesto: ¿cómo se puede decir que tradicional = tradicionalista?. Creo que sobre esto ya se discutió en este blog hace un tiempo, pero parece que no quedó clara la diferencia.

    Toda tradición que merezca tal nombre es “ortodoxa”, puesto que tiene un origen sobrenatural o, como diría Guénon, “no humano”. Y es ese depósito “no humano” lo que la define. Todo lo que no tenga ese origen, por muy respetable que sea (en caso de que sea respetable), no es “tradicional” stricto sensu, puesto que lo que se transmite, sea lo que sea, procede de un origen exclusivamente humano. En ese sentido se puede decir que son “heterodoxas” todas las doctrinas que pretenden remitirse a una tradición sagrada, sea la que sea, sin que exista vinculación real (no sólo ideal) con ella. Es evidente también que, dentro de una forma tradicional “ortodoxa” cualquiera, pueden existir todo tipo de degeneraciones que no se atengan a ese depósito no-humano (es decir, que no sean aplicaciones y/o desarrollos legítimos de él) y, por tanto, también dichas degeneraciones, que pueden ser más o menos graves, serán “heterodoxas”. El tradicionalismo, el pseudo-esoterismo, etc, etc, o bien son degeneraciones o son, directamente, falsificaciones sin, por lo tanto, ninguna base seria.

    El problema añadido es que no es posible definir la ortodoxia “desde fuera”, puesto que su naturaleza no es exclusivamente racional ni dialéctica. Si eso no se comprende bien, entonces se concluye que todo es relativo puesto que todo puede ser interpretado por cualquiera y de ahí que uno se pregunte, por ejemplo, ¿cómo distinguir lo ortodoxo de lo heterodoxo?. De todos modos es una cuestión compleja, no digo que no.

    Por otro lado, como no-humano que es por su origen, el depósito de una tradición sagrada no se circunscribe, y no puede circunscribirse en ningún caso, a un discurso ni a un “dogma”, esto es, a una formulación dialéctica determinada, sino a una transmisión (= tradición) viva y actuante que puede tomar múltiples formas, discursivas y no discursivas. De ahí que sea un grave error de comprensión confundir los “principios metafísicos” (inmutables por propia naturaleza) con los “dogmas” (actualizaciones o formulaciones de aquéllos adaptadas a determinado contexto y que, en todo caso, pueden y deben ser “interpretados” conforme a la tradición) o querer reducir aquéllos a éstos. Eso es confundir la vertical con la horizontal, es decir, aparte de un elemental error geométrico, una pura trampa dialéctica, por otro lado muy “cartesiana”.

    Otro error muy común, que por lo tanto tampoco es cierto, es decir que todas las tradiciones son “equivalentes”. Antes al contrario son todas ellas diferentes entre sí y no podrían no serlo, puesto que sus diferencias específicas tienen una razón de ser “providencial”, por decirlo así. Otra cosa muy distinta es que el trasfondo esencial de todas las tradiciones espirituales sea único (metafísico, no humano, sobrenatural), es decir, que todas hablen de la misma realidad, y no puede ser de otro modo, pues o bien existen millones de realidades diferentes (una para cada uno, con lo cual desembocamos en el solipsismo puro y duro) o bien sólo hay una realidad, aunque pueda tener (y de hecho tenga) una multitud innumerable de aspectos (metafísicos, ontológicos y cosmológicos).

    En cuanto a “Thánatos”, creo que constituye una reflexión seria y particularmente interesante sobre la muerte y sus consecuencias. Añadir tan solo que no creo que se limite a una perspectiva puramente “advaita”, puesto que trata también bastante profusamente de escatología cristiana, desde una perspectiva, a mi juicio y cuando menos, diferente a la habitual. Es de lamentar, no obstante, que no se haya podido desarrollar el asunto desde el punto de vista de otras formas tradicionales (Islam, Budismo, etc.)…¿quizá para una 2ª edición o una 2ª parte?. Ojalá.

    Cordiales saludos a todos.

    Comentario por Dr. Piedra — Miércoles, 18 junio, 2008 @ 2:08 pm |Responder

  2. Aprovechamos la coincidencia, en lo esencial, con el Dr. Piedra en su precedente comentario, para remitir al lector interesado al anuncio que aparece publicado por cortesía del Aspirante en sus NOTAS EDITORIALES -el de febrero 2 del 2008-. El proyecto editorial titulado precisamente La Fuerza de la Tradición versa en sus primeros dos números sobre una Re-Definición del término Tradición desde todos los posibles ángulos, estableciéndose su formulación, para nada exhaustiva pero si definitiva, por parte de los exponentes y escuelas calificados para tanto.

    Por otra parte sería importante, como se menciona, incluir en una posible segunda Edición o segunda parte de la obra de THÁNATOS, también las contribuciones que Juluis Evola realizó en este sentido (alguna ya publicada por el Aspirante). Particularmente el Apéndice del Yoga de la Potencia titulado: El Bardo: Acciones después de la muerte; también: Perspectivas desde el más allá, extraídas de los Últimos escritos; asimismo: Las dos vías de ultratumba, extraídas de Rebelión contra el mundo moderno; etcétera. Complementariamente, en la misma línea, podríase añadir un trabajo en que Evola se apoyó, realizado por Giussepe Tucci (autor de Teoría y práctica del Mandala): Una introducción excelente al Libro Tibetano de los Muertos que descarta las falacias espiritualistas y reencarnacionistas, corroborándo justamente las críticas hacia todo el neoespiritualismo contemporáneo desarrolladas a lo largo y ancho de la obra de Guénon. En fin, una felicitación a los Editores de THÁNATOS.

    Cordiales saludos

    Erat Lux Vera

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Jueves, 19 junio, 2008 @ 5:52 am |Responder

  3. Estimado Dr. Piedra, te contesto: no tengo inconveniente en reservar el término “tradicionalista” a las desviaciones que se pretenden auténticamente tradicionales si eso te gusta más, pero esa es una sutileza que puede no ser captada por quienes no estén “al corriente”, ya que ambas palabras son equivalentes desde el punto de vista del idioma, creo yo. De todos modos, no tengo inconveniente en utilizarlas distintamente, y no digo que no tuviera su interés… suponiendo que fuera fácil o claro distinguir lo “tradicional” de lo “tradicionalista”, y esto enlaza con la segunda consideración: de nuevo tu razonamiento me parece tautológico, y lo es inevitablemente, puesto que no hay manera de saber qué es de origen no humano y qué es de origen antrópico. Y al final, por vueltas que se le dé, la última justificación del origen divino de algo es su ortodoxia: lo dice la tradición. He ahí la tautología, me parece. No es una cuestión de relativizarlo todo, sino de que no hay un criterio que permita asegurar la ortodoxia de algo fuera de ello mismo… salvo quizá la propia experiencia espiritual, cosa que, para ser sincero, no tengo muy claro qué debería considerarse tal, pero eso es otro tema.

    Por otro lado, no sé dónde he escrito que todas las tradiciones son “equivalentes”, pero si lo he hecho, no he estado muy afortunado; lo que quería decir, y he escrito más arriba es que “todas las tradiciones ortodoxas hacen referencia a una única Verdad, aunque puedan luego ser más o menos completas en dicha expresión.”

    Por último, tampoco sé dónde he escrito que el texto se limite a una perspectiva puramente advaita: lo que sí es puramente advaita es el capítulo que he colgado, claro. Lo que sí digo es que el autor interpreta ciertos aspectos del cristianismo a la luz del advaita, cosa por otro lado coherente si se considera que ambas no pueden estar en contradicción; y esto último es lo que yo no tengo tan claro.

    Por último, gracias Alejandro por tus sugerencias, que seguro que Pascual tendrá en cuenta… y me consta que está siguiendo este intercambio.

    Abrazos.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 20 junio, 2008 @ 6:46 pm |Responder

  4. Querido Aspirante:

    No es mi intención ponerme a discutir el significado de las palabras ni con la RAE ni contigo. Ahora bien, ya que presentas el libro en cuestión en la estela de la obra de René Guénon, como así es de hecho, no creo que suponga un esfuerzo demasiado intenso para nadie entender que, precisamente en ese contexto, “tradicional” y “tradicionalista” no significan lo mismo para nada en absoluto, cosa que tú, por otra parte, sabes muy bien. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir, por si no soy lo suficientemente explícito, con otros dos términos: a lo mejor la mayoría de las personas que leen este blog (no lo sé, aunque me agradaría mucho que no fuese así) aceptarían sin mayores problemas una supuesta “equivalencia” entre “misticismo” y “esoterismo”, pero no sería de recibo referirla a un autor y/o a una obra que se pretenda seguidora o continuadora de la exposición guénoniana. ¿Acaso no sería hacer eso una tergiversación, incluso bastante grave?; pues lo mismo para la “equivalencia” que tú realizas. Eso es todo lo que, en definitiva, creo que debería quedar claro.

    Por lo demás, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, añadiré, en relación con otros post anteriores del blog, que no es legítimo incluir la obra de Guénon dentro de una supuesta “escuela tradicionalista”, puesto que tal “escuela” es una pura convención inventada por determinados autores, generalmente del ámbito académico, que en verdad no corresponde a ninguna realidad y que, más bien, genera confusiones que pueden llegar a convertirse en inextricables al consolidarse en forma de usos y abusos lingüísticos que se perpetúan en el tiempo, acaban por instalarse en el discurso referido al ámbito de los estudios tradicionales, y consiguen contribuir al aumento del desorden y la confusión, ya de por sí muy generales.

    Otrosí: dices, estimado “Aspirante”, que

    a) “no hay manera de saber qué es de origen no-humano y qué de origen antrópico”

    b) “la última justificación del origen divino de algo es su ortodoxia: lo dice la tradición”

    y c) “no hay un criterio que permita asegurar la ortodoxia de algo fuera de ello mismo”

    Empezando por el final, cuando dices que “no hay un criterio…” ¿te refieres a que debería existir un criterio extra-tradicional para asegurar y verificar la verdad o falsedad de una tradición sagrada determinada?. ¿Y de qué clase tendría que ser tal criterio para que te fuese satisfactorio? Y si existiera, ¿sobre qué fundamentos supuestamente universales y universalmente válidos se sostendría?.

    Cuando dices en a) que “no hay manera de saber”, ¿a qué “manera de saber” te refieres?

    Finalmente, lo que dices en b) es cierto, toda tradición sagrada dispone de reglas para verificar si determinada afirmación o aplicación está en conformidad con los principios supra-humanos de los cuales deriva. ¿Qué tiene eso de extraño, sorprendente o “tautológico”?. En todo caso, si te parece demasiado “tautológico”, lo será cuando menos tanto como otras mal llamadas “tradiciones” muy en boga últimamente como, por ejemplo, la “tradición científica moderna”… ¿o no?.

    Saludos cordiales a todos.

    P.S.: Comparto el parecer expresado por Alejandro Ochoa en su anterior mensaje en cuanto a la importancia de los estudios de Évola sobre éste y otros temas, aunque haya matices (no poco importantes) que hacer sobre determinadas cuestiones defendidas por este autor. Por lo demás, me consta que en el número que acaba de salir de la revista “Letra y Espíritu” (el 24), aparece un artículo de V. Pascual en el que realiza extensas citas de “La Tradición Hermética” de Évola, al que parece considerar, así pues, como una autoridad “fiable” en la materia.

    Comentario por Dr. Piedra — Jueves, 26 junio, 2008 @ 2:15 pm |Responder


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