Cabalgando al Tigre

Viernes, 13 junio, 2008

Eros y Psique (II): El mito desde la perspectiva neoplatónica

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:30 am
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En este hilo os dejo un interesante fragmento del epílogo que Antonio Betancor adjunta a Eros y Psique, con una posible explicación del mito a la luz del neoplatonismo helénico.

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Imbuida de la creatividad y la generosidad de su hacedor -el Artesano del Timeo-, el alma (psyche) es, en el mito platónico, un ser inmortal que pierde, en el momento de su encarnación humana, su coordina­ción con los poderes del universo. Al identificarse con su cuerpo mortal se exilia de su naturaleza ori­ginaria, de sí misma y de su innata comunión con todo lo creado, «pierde sus alas», se dice en el Fedro. En El Banquete Platón nos presenta a un Sócrates que, tras una abrumadora confesión de ignorancia en prácticamente todo, se pronuncia acerca de lo único que dice entender: los misterios del amor y del deseo (ta erotika). Diótima, una sacerdotisa, le ha revelado la importancia de Eros, un poderoso daimon que antecede a la razón dictándole secretamente un curso y un objetivo que ella, por sí misma, no puede alcanzar: recuperar el mundo perdido.

Sócrates se nos muestra como el paradigma del filósofo, como aquél que anhela la sabiduría porque ha experimentado la paralizadora conmoción de no saber nada de lo que verdaderamente importa, el desvalimiento absoluto, la aporta; sólo quien, como Sócrates, es capaz de discernir en los apremios del instinto amoroso un irrefrenable anhelo por la belle­za -la única presencia activa del mundo perdido capaz de despertar, con su resplandor, el recuerdo de Eros- es capaz de transmutar el rigor y la disciplina intelectuales en una actividad purificadora del alma y de la fuerza motriz que la impulsa.1 Esta dinámica erótica que enlaza los motivos de la aflicción, el anhelo y la purificación, y que transforma a todos los implicados -el amor, el alma, la percepción de la belleza- en una ascensión hacia la verdad, corre por las venas de la fábula de Eros y Psique; generaciones de intérpretes se han dedicado desde entonces a des­cifrar  este  cuento  aparentemente  inofensivo  que Apuleyo pudo haber oído en cualquiera de sus via­jes y que, transmutado en una memorable filigrana literaria, parece destinado a proteger, como los seve­ros misterios filosóficos de entonces, un contraban­do secreto.

Un siglo después de Apuleyo, Plotino destacaba la unión de Eros y Psique como un motivo frecuen­te en la pintura y la literatura (Enéadas 6.9.9). Según este filósofo adoptado por Roma y conocido como el primer «neoplatónico», el alma es distinta de Dios, pero no puede sino amar a aquél de quien pro­viene, y su amor, su deseo, ha de transformarse nece­sariamente en adoración. Un Eros que es capaz de restituir al alma a su dignidad originaria y que ya no desea desde el momento en que se une a la creativi­dad de su fuente, no concuerda con el adquisitivo y eternamente insatisfecho daimon de Platón, con el motor de su dialéctica en su anhelo de lo imposible; Plotino, sin embargo, no los separa: aquél es, según una lógica que puede parecemos hoy expeditiva, un corolario de éste. Sólo hay un camino para alcanzar la unión: el de recorrerlo en su totalidad, de princi­pio a fin. No hay atajos.

El Uno de Plotino -el fin último de su camino filosófico, y al que se subordina la belleza de Platón-se pliega a los razonamientos sólo para insinuarse en el persuasivo resplandor de fulgurantes evocaciones, pero elude con la debida majestad cualquier aproxi­mación apresurada que no comparta el grado de implicación personal del filósofo con la exasperante paradoja de emplazar osadamente, como principio explicativo y corazón de su sistema, un principio inexplicable: «la visión inunda los ojos de luz, pero no es una luz que muestre objeto alguno: la luz misma es la visión» (6.7.36). Es el alma del buscador quien se muestra, se identifica, se revela ante lo bus­cado; es su presencia -y no la de lo buscado (que, por definición, no puede mostrarse)- la que testimo­nia el trecho de camino recorrido. Esta lógica de autorregeneración intelectiva (o «deificación», como se acostumbraba decir entonces) nos permite asimi­lar gradualmente la duplicidad meramente locativa que atraviesa la jerarquizada arquitectura del cos­mos y que justifica el ambiguo comportamiento de los dioses;2 nos permite asimismo forzar un símil entre dos monumentos de la psicología separados por dos milenios: si para Sigmund Freud Plotino es un iluso que sublima la fuerza elemental de Eros en un espectro, para Plotino Sigmund Freud es un espectro incapaz de sublimar esa fuerza para zafarse de una ilusión elemental (Cari Jung, a quien visitare­mos más tarde, concluyó que las únicas variables dignas de confianza en estas espectrales ecuaciones eran Eros y Psique, o sea, el amor y la cambiante subjetividad que a duras penas lo acompaña, y con­cibió un método -su psicología analítica- para des­pejarlas). La figura de Plotino es fundamental para comprender el ingreso de los protagonistas de nues­tra fábula, el amor y el alma, en una atmósfera espi­ritual en que el mundo perdido de los dioses empie­za a ceder el paso a la revelación de un plan redentor concebido en el seno de la Unidad divina.3 (Págs. 92-96)

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1. Mediante el mito de un Sócrates investido con los rasgos de Eros, y haciendo uso del lenguaje de los misterios, Platón «supo introducir -nos recuerda Pierre Hadot- la dimensión del Amor, del deseo y de lo irracional, en la vida filosófica» (Pierre Hadot, «La figure de Socrate», Éranos Jahrbuch, 43, 1974); puede añadirse que supo complementar, con un evocativo uso de la imaginación mitopoética, las catárticas exigencias intelec­tuales del Sócrates de los primeros diálogos, sentando la doble pauta de la educación filosófica de su escuela: purificar primero, después despertar.

2. «…dice Platón que la diosa Venus posee dos naturalezas, que cada una de ellas personifica un tipo peculiar de amor y que ambas reinan sobre amantes diferentes» observa Apuleyo en su Apología (XII), op. cit., pág. 82.

3. Plotino pudo haber sustituido a Eros por Ágape (un tér­mino alternativo que resaltaba la presencia activa de la gracia divina en el alma, liberándola de los egocéntricos apetitos del daimon platónico), pero se mantuvo fiel al primero, tal vez -como indica John M. Rist- para distanciarse de aquellos gnós­ticos y cristianos que exigían la comparecencia de un salvador personal que los sacase de unos apuros que ellos mismos se habían buscado. Véase John M. Rist, Eros and Psyche: Studies in Plato, Plotinus and Origen, Toronto, University of Toronto Press, 1964.

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5 comentarios »

  1. Te hago llegar mi más sincera enhorabuena y agradecimiento por tu blog, que sigo fielmente. Os adjunto un enlace a un artículo inédito de Patric Harpur, titulado “Guardian Angels, Personal Daimons”. Un saludo,
    jesús

    http://www.magiciansway.com/newsletter/guardian_angels.php

    Comentario por Jesús — Miércoles, 25 junio, 2008 @ 1:51 pm |Responder

  2. Muchas gracias, Jesús, tanto por etu afecto como por el enlace; estoy deseando leerlo…

    Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 25 junio, 2008 @ 4:56 pm |Responder

  3. Hola de nuevo, Aspirante a Domador. Te escribo para hacerte una pequeña consulta. Se trata de “Daimonic Reality; a field guide…” de Patrick Harpur. Verás, necesito la versión original de un párrafo que quiero citar, tanto en castellano como en inglés, en un libro de fotos que publicaré próximamente. Ya me he puesto en contacto con el propio Harpur a través de su web (http://harpur.org/patrick.htm) para pedirle el permiso correspondiente, que me concede encantado, pero me cuenta que lamentablemente no puede enviarme ese párrafo en inglés por mail porque no tiene en versión electrónica el texto del libro. Obviamente, la solución será comprarlo en Amazon, algo que en realidad quiero hacer desde hace tiempo, pero hasta entonces, puesto que la cosa me corre cierta prisa, ¿podrías ayudarme, Domador? ¿No tendrás por casualidad tú el libro, o conocerás a alguien que lo tenga y pudiera tener la enorme amabilidad de transcribir o escanear o fotografiar la página en cuestión? En fin, sé que todo esto que pido quizá sea un poco aparatoso y complicado, pero quería intentarlo.
    Un saludo y muchísimas gracias, Domador (y por favor disculpa por invadir la sección de “comentarios” con esta avalancha de texto y para algo que no es estrictamente un comentario sobre tus posts, pero no tengo tu mail (ahí va el mío: jesusolmo@hotmail.com)

    Esta es la versión española del texto de Harpur que necesito en inglés (me gustaría poder decir en qué página exactamente de la edición de atalanta está, pero la verdad es que no puedo hacerlo; transcribí en su día este fragmento al ordenador y ahora mi ejemplar del libro está literalmente a miles de kilómetros de distancia, pero imagino que a través del glosario que hay al final del libro, buscando algunas palabras clave, como “dáimones”, “Diotima de Platón”, “Jung”, no será difícil dar con ello):

    “Así como el alma humana mediaba entre el cuerpo y el espíritu, el alma del mundo mediaba entre el Uno (que, como Dios, era el origen trascendente de todas las cosas) y el mundo material y sensorial. Los agentes de esta mediación recibían el nombre de dáimones (a veces escrito daemones); éstos, se decía, poblaban el Alma del Mundo y proporcionaban la conexión entre los dioses y los hombres.
    Más tarde, la cristiandad declaró injustamente a los dáimones demonios. Pero originariamente eran sólo los seres que abundaban en los mitos y el folclore, desde las ninfas, los sátiros, los faunos o las dríadas de los griegos hasta los elfos, gnomos, trols, jinn, etc. Por ello propongo, en aras de la comodidad, denominar a todas las figuras de las apariciones, incluidos nuestros alienígenas y seres féericos, con el nombre genérico de daimones.
    Nunca del todo divinos ni del todo humanos, los dáimones emergieron del Alma del Mundo. No eran espirituales, ni físicos, sino las dos cosas. Tampoco eran, tal como Jung descubrió, enteramente internos ni externos, sino ambos. Eran seres paradójicos, buenos y malos, benéficos y temibles, guías y censores, protectores y exasperantes. La Diotima de Platón los describe en El banquete: “Todo lo daimónico es un intermedio entre dios y lo mortal. Interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y los deseos de los dioses a los hombres, permanece entre ambos y llena el vacío (…). Un dios no tiene contacto con los hombres; sólo a través de lo daimónico se dan el trato y la conversación entre hombres y dioses, ya sea en estado de vigilia o durante el sueño. Y el hombre experto en semejante relación es un hombre daimónico…”. Jung lo era a todas luces. En términos suyos, los dáimones son imágenes arquetípicas que, en el proceso de individuación, nos conducen hacia los arquetipos (dioses) mismos. No necesitan transmitir mensajes, pues ellos en sí son el mensaje”.
    Patrick Harpur, “Realidad Daimónica” (Daimonic Reality)

    Comentario por Jesús — Jueves, 26 junio, 2008 @ 3:36 pm |Responder

  4. No sabes cuánto lo lamento, Jesús, pero no puedo ayudarte: sólo tengo el libro en español. He mirado si en Google Books tenían algún extracto, pero no. Lo siento y suerte en tu búsqueda.

    Comentario por Aspirante a domador — Viernes, 27 junio, 2008 @ 1:32 pm |Responder

  5. Muchas gracias, Domador, seguiré buscando… (pero, como dijo Nisargadatta, “el buscador es lo buscado”),
    un saludo,

    Comentario por Jesús — Sábado, 28 junio, 2008 @ 5:02 am |Responder


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