Cabalgando al Tigre

Viernes, 24 octubre, 2008

El Discurso del Método (y II): reglas para hallar la verdad

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:50 am
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Por último en lo que a El discurso del método de Descartes se refiere, os dejo la formulación del racionalismo puro, el legado más influyente de este pensador.

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Y como la multitud de leyes sirve a menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay pocas pero muy estrictamente observadas, así tam­bién, en lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, siempre que tomara la firme y constante resolución de no dejar de observarlos ni una sola vez.

Consistía el primero en no admitir jamás como ver­dadera cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención y no comprender, en mis juicios, nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distin­tamente que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda.

El segundo, en dividir cada una de las dificultades que examinare en tantas partes como fuese posible y en cuantas requiriese su mejor solución.

El tercero, en conducir ordenadamente mis pensa­mientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco como por grados, hasta el conocimiento de los más com­puestos; y suponiendo un orden aun entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.

Y el último, en hacer en todo enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviera se­guro de no omitir nada.

Esas largas cadenas de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras acostumbran a emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión para imaginar que todas las cosas que en­tran en la esfera del conocimiento humano se encadenan de la misma manera; de suerte que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera ninguna que no lo fuera y de guardar siempre el orden necesario para deducir las unas de las otras, no puede haber ninguna, por lejos que se ha­lle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcan­zar y descubrir. Y no me costó gran trabajo saber por cuá­les era menester comenzar, pues ya sabía que era por las más sencillas y fáciles de conocer; y considerando que en­tre todos los que antes han buscado la verdad en las cien­cias, sólo los matemáticos han podido hallar algunas demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evi­dentes, no dudé de que debía comenzar por las mismas que ellos han examinado, aun cuando no esperaba de ellas más provecho que el de acostumbrar mi espíritu a alimentarse con verdades y no contentarse con falsas ra­zones. Mas no por eso tuve la intención de aprender todas esas ciencias particulares que comúnmente se llaman matemáticas; pues al advertir que, aunque tienen objetos diferentes, concuerdan todas en no considerar sino las relaciones o proporciones que se encuentran en tales ob­jetos, pensé que más valía limitarse a examinar esas proporciones en general, suponiéndolas sólo en aquellos asuntos que sirviesen para hacerme más fácil su conoci­miento y hasta no sujetándolas a ellos de ninguna mane­ra, para poder después aplicarlas libremente a todos los demás a que pudieran convenir. Al advertir luego que para conocerlas necesitaría alguna vez considerar cada una en particular y otras veces tan sólo retener o com­prender varias juntas, pensé que, para considerarlas me­jor particularmente, debía suponerlas en línea, pues nada hallaba más simple ni que más distintamente pu­diera representarse ante mi imaginación y mis sentidos. Y que para retenerlas o comprenderlas era necesario ex­plicarlas por algunas cifras lo más cortas que fuera posi­ble; de esta manera tomaría lo mejor del análisis geo­métrico y del álgebra y corregiría los defectos del uno por medio de la otra.

Y, en efecto, me atrevo a decir que la exacta observa­ción de los pocos preceptos por mí elegidos me dio tal fa­cilidad para resolver todas las cuestiones de que tratan esas dos ciencias que en dos o tres meses que empleé en examinarlas, comenzando siempre por las cosas más sen­cillas y generales y siendo cada verdad que descubría una regla que me servía a la vez para hallar otras, no solamen­te resolví muchas cuestiones que en otro tiempo había juzgado muy difíciles, sino que me pareció también, al fi­nal, que podía determinar por qué medios y hasta qué punto era posible resolver las que yo ignoraba. Lo cual no puede parecer presunción si se advierte que, por no ha­ber en matemáticas más que una verdad en cada cosa, el que la halla sabe acerca de ella todo lo que se puede saber; y que, por ejemplo, un niño que sabe aritmética y hace una suma conforme a las reglas, puede estar seguro de haber descubierto, respecto a la suma que examinaba, todo cuanto el espíritu humano pueda hallar; porque el método que enseña a seguir el orden verdadero y a enu­merar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la aritmética.                                 

Pero lo que más me satisfacía de este método era que con él estaba seguro de emplear mi razón en todo, si no perfectamente, al menos lo mejor que me fuera posible. Sin contar con que, aplicándolo, sentía que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a concebir más clara y distin­tamente los objetos. Por no haber circunscripto este mé­todo a ninguna materia particular, me prometí aplicarlo a las dificultades de las demás ciencias con tanta utilidad como lo había hecho a las del álgebra. No por eso me atre­vía a examinar todas las que se presentasen, pues esto ha­bría sido contrario al orden que el método prescribe; pero al advertir que todos los principios de las ciencias debían tomarse de la filosofía, donde aún no hallaba nin­guno cierto, pensé que era necesario, ante todo, tratar de establecerlos en ella. Mas como esto es la cosa más im­portante del mundo, y donde es más de temer la precipi­tación y la prevención, comprendí que no debía acometer esta empresa hasta llegar a una edad bastante más madu­ra que la de veintitrés años que entonces contaba, dedi­cando el tiempo a prepararme para ella; tanto desarrai­gando de mi espíritu todas las malas opiniones que había recibido antes de esta época, como reuniendo muchas ex­periencias que fuesen después materia de mis razona­mientos, y ejercitándome constantemente en el método que me había prescripto para afirmarme más y más en él. (Págs. 95-98)

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