Cabalgando al Tigre

Viernes, 7 noviembre, 2008

Pierrot

Filed under: Sin clasificar — by Aspirante a domador @ 4:42 pm

Otro relato breve extraído del libro Cuentos breves para leer en el bus, de Verticales de Bolsillo. En este caso es Guy de Maupassant quien nos regala con su Pierrot. Espero que os guste tanto como a mí.

——————————

A Henri Roujou

 

 

La señora Lefèvre era una dama de pueblo. Era una viuda de esas medio campesinas, de cintas y sombre­ros aparatosos, que hablan con dureza y adoptan en público aires grandiosos-, de esas que ocultan, bajo as­pectos cómicos y expresivos, un alma de pretenciosa estúpida y esconden, bajo guantes de seda, sus inmen­sas manos rojas.

Esta mujer tenía por criada a una campesina buena y simplona, llamada Rose.

Las dos vivían en una casita de postigos verdes, junto a un camino en Normandía, en el centro de la re­gión de Caux. Como tenían frente a la casa un peque­ño jardín, cultivaban algunas hortalizas.

Una noche les robaron alrededor de una docena de cebollas. Apenas Rose lo notó, corrió a avisar a la señora, que bajó las escaleras en camisón de lana.

Se produjo una sensación de desconsuelo y terror. ¡Le habían robado a ella, a la señora Lefèvre! Entonces, si había ladrones en la región, probablemente podrían regresar.

Las dos mujeres, espantadas, contemplaban las huellas en el suelo, comentando y suponiendo mil co­sas. «Fíjate, pasaron por acá. Apoyaron los pies en el muro, y saltaron al cantero».

Y  ambas se estremecían pensando en lo que po­dría ocurrir. ¿Cómo dormir tranquilas de aquí en ade­lante?

La noticia del robo se propagó. Los vecinos llega­ron, constataron, discutieron por su lado; y las dos mu­jeres explicaron a cada recién llegado sus ideas y su­posiciones.

Un granjero que vivía cerca les dio un consejo: «Deben conseguir un perro».

Y  era cierto. Debían conseguir un perro, aunque fuera sólo para dar la alarma. ¡Pero no un perro gran­de, ah, no! ¿Qué iban a hacer ellas con un perro así? Nada más que en alimentarlo se quedarían sin un centavo. Mejor un perro chico (o como dicen en Nor-mandía, un can), un perrito faldero que supiera la­drar.

En cuanto se fueron todos, la señora Lefèvre consi­deró durante un buen tiempo la idea del perro. Des­pués de reflexionar hizo mil objeciones, aterrorizada por la idea de un tazón lleno de migas, puesto que ella pertenecía a aquella raza parsimoniosa de damas campesinas que siempre llevan centavos en la cartera y dan la limosna públicamente a los pobres de los ca­minos y en las colectas de los domingos. Rose, que amaba a los bichos, dio sus razones y las defendió con astucia. Finalmente, decidieron adquirir el perro. Un perro chiquito.

Empezaron la búsqueda, pero sólo encontraron perros enormes, tan tragones que daba miedo. El al­macenero de Rolleville tenía uno, pequeño, pero pe­día por él dos francos para cubrir los gastos de la crianza del animal. La señora Lefèvre le dijo que ella estaba dispuesta a criar a un perro, pero no a com­prar uno.

Una mañana el panadero, que estaba al tanto de los sucesos, trajo en su carreta un extraño animalito, amarillo, de patas cortas, con cuerpo de cocodrilo, ca­beza de zorro y cola enrulada, igual a un penacho, tan grande como el resto del cuerpo. Un cliente quería deshacerse de él. A la señora Lefèvre le pareció en­cantador el bicho inmundo, ya que no le costaba nada. Rose lo tomó en sus brazos y preguntó cuál era su nombre. El panadero le respondió: «Pierrot».

Lo instalaron en una vieja caja de jabón, y le pu­sieron agua para que bebiese. La bebió. Le dieron en­tonces un pedazo de pan. Lo comió. La señora Lefèvre, intranquila, tuvo una idea: «Cuando se haya acostum­brado a la casa, lo dejaremos libre. Encontrará qué co­mer en los alrededores».

Lo dejaron en libertad, en efecto, aunque eso no impidió que el animalito se muriera de hambre. Ade­más, no ladraba más que para pedir comida: y en esos casos, ladraba con ganas.

Todo el mundo podía entrar en el jardín. Pierrot festejaba a cada recién llegado y luego permanecía sin hacer ningún ruido.

Sin embargo, la señora Lefèvre terminó acostum­brándose al animal. Llegó incluso a tomarle cariño: de vez en cuando le daba, de su propia mano, pedazos de pan remojados en la salsa de su guiso. Pero ella no había ni pensado en la existencia del impuesto sobre los perros, y cuando vinieron a cobrarle los ocho fran­cos -¡ocho francos, señora!- por ese pedazo inservi­ble de can que no sabía siquiera ladrar, la señora casi se desmaya de la impresión.

Decidieron de inmediato deshacerse de Pierrot. Nadie lo quiso. No hubo una sola persona en diez le­guas a la redonda que lo aceptara. Se resolvió en­tonces, a falta de otra solución, hacerlo «rascar las paredes».

Dejarlo «rascar las paredes» no es otra cosa que ha­cerlo comer piedra caliza. La gente hace «rascar las pa­redes» a un perro cuando quiere deshacerse de él.

En medio de un terreno muy grande había una pequeña choza, o, mejor dicho, un miserable techo de caña, colocado a cierta distancia del suelo. Es la entrada a la cantera de piedra caliza. Un enorme pozo de veinte metros de profundidad desciende verticalmente, para abrirse en una serie de largas galerías de minas.

Sólo se baja por este camino una vez al año, en la época en que se abonan con piedra caliza las tierras. El resto del tiempo sirve como cementerio a los pe­rros condenados. Y suele pasar que, al caminar junto al pozo, se perciben desde el fondo ladridos furiosos y desesperados, aullidos lastimeros de súplica sollo­zante.

Los perros de los cazadores y de los pastores hu­yen con terror al acercarse al fúnebre agujero. Y al in­clinarse ante éste, se siente surgir, desde las profundi­dades, un repugnante olor a podrido.

Las escenas más terribles tienen lugar entre aque­llas sombras.

Cuando un animal, después de diez o doce días en el fondo, agonizante, se nutre de los inmundos restos de sus predecesores, uno más grande y, sin duda, más vigoroso, es arrojado de repente. Los dos quedan allí, solos, famélicos, con ojos centelleantes. Se miden, se siguen uno al otro, vacilando, ansiosos. Pero el hambre pronto los presiona; comienza el ata­que, luchan durante largo rato, encarnizadamente, y el más fuerte termina comiéndose al más débil. Lo devora vivo.

Habiéndose decidido que se haría «rascar las pa­redes» a Pierrot, se inició la búsqueda del verdugo. El peón que cuidaba los caminos pidió cincuenta cen­tavos por el servicio. Esto le pareció a la señora Lefèvre tremendamente exagerado. El muchacho que trabajaba de aprendiz para el vecino no pedía más que veinticinco centavos. Era mucho, también: y, dando a entender a Rose que más les convenía ha­cerlo ellas mismas, puesto que así el animal no sería tratado de manera brutal y no se daría cuenta de lo que le esperaba, se acordó que las dos lo harían, al ponerse el sol.

Le ofrecieron, esa tarde, un buen plato de sopa con un pedazo de manteca. Engulló hasta el último boca­do. Y como movía la cola de felicidad, Rose tuvo a bien colocarlo encima de su delantal.

Las dos cruzaron a grandes pasos el terreno, como un par de delincuentes. Apenas divisaron la cantera y se acercaron a ella, la señora Lefèvre se in­clinó para escuchar si alguna bestia gemía. No, no había ningún sonido. Pierrot estaría solo. Entonces Rose, con lágrimas en los ojos, lo abrazó, y luego lo lanzó al hoyo. Ambas se acercaron y prestaron mu­cha atención.

Lo primero que oyeron fue un ruido sordo; luego, el lamento agudo y desgarrador de un animal herido. Después, una sucesión de chillidos de dolor. Más ade­lante, llamados desesperados, súplicas de un perro que imploraba, con la cabeza levantada hacia la entra­da del pozo.

Ladró. ¡Ay, cómo ladró!

Se sentían llenas de remordimiento, de miedo, de un temor tonto e inexplicable, y salieron corriendo. Y, como Rose iba más rápido, la señora Lefèvre gritaba: «¡Espérame, Rose, espérame!».

Toda la noche tuvieron terribles pesadillas.

La señora Lefèvre soñó que estaba sentada a la mesa

y que iba a tomar la sopa, pero, al levantar la tapa de la sopera, veía a Pierrot dentro del plato. Éste saltaba y le mordía la nariz.

Se despertó, y creyó oír de nuevo sus ladridos. Prestó atención: no, se había equivocado.

Volvió a quedarse dormida, y soñó que vagaba por una ruta interminable. Conforme avanzaba, a mitad del camino veía una enorme cesta de granjero, abandona­da. La cesta le daba miedo.

Al final terminaba abriendo la cesta, y Pierrot, que se encontraba agazapado adentro, le mordía la mano y no la soltaba. La señora, sabiendo que no podía libe­rarse, continuaba su camino con el perro colgado del brazo, con las fauces firmemente cerradas.

Cuando amaneció se levantó muy perturbada, y corrió a la cantera.

El pobre ladraba, seguía ladrando: había ladrado toda la noche. La señora rompió en sollozos y comen­zó a gritarle palabras cariñosas. El animal respondía a todas las palabras tiernas con voz de perro.

En ese momento quiso recuperarlo, y se prometió a sí misma que lo haría feliz hasta su muerte.

Fue corriendo a buscar al sujeto encargado de la extracción de la piedra caliza, y le contó su problema.    < El hombre la escuchó sin decir palabra. Cuando hubo terminado, le dijo: «¿Quiere usted a su perro? Le va a costar cuatro francos».

La señora tuvo un sobresalto. Todo su dolor des­apareció de repente.

-¿Cuatro francos? ¡Como si fuera a morir en el in­tento! ¡Cuatro francos!

Él respondió:

-¿Cree usted que voy a agarrar mis cuerdas, mis herramientas, armarlo todo, y bajar hasta el fondo con mi ayudante, y además me voy a arriesgar a que me

muerda su perro de porquería, por el puro gusto de traérselo? ¿Para qué lo tiró?

La señora se alejó, indignada. «¡Cuatro francos!»

En cuanto regresó a la casa, llamó a Rose y le con­tó lo que le pedía el hombre. Rose, resignada como siempre, repetía: «¡Cuatro francos! Y es bastante plata, señora».

Luego, añadió: «¿Y si vamos y le arrojamos algo de comer, al pobrecito, para que no se muera?».

La señora Lefèvre asintió, feliz. Así que las dos se encaminaron nuevamente, esta vez con un buen peda­zo de pan con manteca.

Empezaron a cortar pedazos y los arrojaron uno tras otro, mientras le lanzaban, alternadamente, pala­bras de aliento. En cuanto se comía un pedazo, Pierrot ladraba pidiendo el siguiente.

Volvieron esa noche, y al día siguiente, y así, todos los días. Pero hacían solamente un viaje.

Hasta que una mañana, en el momento en que iban a arrojar el primer bocado, escucharon en el fon­do del pozo un enorme ladrido. ¡Había dos, no uno! Alguien había tirado un perro grande.

Rose gritó: «¡Pierrot!». Y Pierrot ladró. Empezaron a darle su ración del día, pero con cada pedazo que arrojaban podían oír claramente un alboroto terrible, seguido de los aullidos lastimeros de Pierrot, que había sido mordido por el otro mientras éste, más grande y más fuerte, se comía todo.

Las mujeres aclaraban: «Es para ti, Pierrot». Pierrot, obviamente, se quedaba sin comer.

Las dos mujeres, impotentes, se miraron. Y la se­ñora Lefèvre dijo, con tono áspero: «De ninguna ma­nera voy a alimentar a todos los perros que tiran al pozo. Dejémoslo así».

Y, aterrada con la idea de tener que mantener a todos los perros del mundo, inició el camino de regreso, mientras se comía lo poco que quedaba de la ración de pan.

Rose la siguió secándose las lágrimas con una pun­ta de su delantal azul.

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