Cabalgando al Tigre

Viernes, 28 noviembre, 2008

Los acontecimientos como atributos del individuo: Corbin

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 11:41 am
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imamocultoA continuación os dejo un extracto de El Imam oculto, Henry Corbin, Editorial Losada, Madrid 2005 (trad. De Agustín López y María Tabuyo, 286 págs.), en el que Corbin plantea una visión muy distinta del mundo a la que estamos acostumbrados: es, según él, la alienación individual la que permite disociar los hechos de los individuos, con las consecuencias descomunales que esto tiene: negación del tiempo cualificado, posibilidad de una lectura historicista del hombre y, en último término, un desencantamiento del mundo. Según Corbin, lo que consideramos “acontecimientos” no son sino atributos de los individuos, y aquéllos no son nada sino a la luz de éstos. Interesante perspectiva, ¿no?

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¿Por qué nuestro hipotético historiador futuro, dis­poniéndose a explicar Eranos por las circunstancias, las “corrientes” y las “influencias” de la época, trai­cionaría su sentido y su esencia, su “razón seminal”? Por la misma razón que hace, por ejemplo, que la pri­mera y última explicación de las diversas familias gnósticas evocadas en el presente libro sean esos mismos gnósticos. Aunque se pudieran suponer todas las cir­cunstancias favorables y se realizaran todas las deduc­ciones posibles, nunca se razonaría más que en abstrac­to si no estuviera el hecho primero y singular de las conciencias gnósticas. No son las “grandes corrientes” las que las suscitan y las hacen encontrarse; son ellas las que hacen que haya tal o cual corriente y hacen posible su encuentro.

Por otra parte, es probable que la palabra “hecho”, tal como se acaba de emplear, no signifique exacta­mente aquí lo que el lenguaje común de nuestros días entiende habitualmente por esta palabra; significaría más bien eso a lo que el lenguaje común lo opone cuan­do distingue las personas y los hechos, los hombres y los acontecimientos. Para nosotros, el hecho primero y último, el acontecimiento inicial y supremo, son preci­samente esas personas, sin las que nunca advendría algo que nosotros llamamos “acontecimiento”. Es, pues, necesario invertir la perspectiva de la óptica vul­gar, que la hermenéutica de lo individual humano sus­tituya a la pseudo-dialéctica de los hechos, aceptada actualmente en todas partes y por todos como una evi­dencia objetiva. Y es que, en efecto, ha sido preciso comenzar por abandonarse a la “coacción de los hechos” para imaginar en ellos una causalidad autónoma que los “explicaba”. Ahora bien, “explicar” no quiere decir todavía, forzosamente, “comprender”. Comprender es más bien “implicar”. No se explica el hecho inicial del que hablamos, pues es individual y singular, y lo individual no puede ser deducido ni expli­cado; individuum est ineffabile.

En cambio, es lo individual lo que nos explica muchas cosas, a saber, todas aquellas que el individuo implica y que no habrían sido sin él, si él no hubiera comenzado a ser. Para que nos las explique, es necesa­rio comprenderlo, y comprender es percibir el sentido de la cosa misma, es decir, cómo su presencia determi­na una cierta constelación de cosas, que hubiera sido completamente distinta si no hubiera existido prime­ro esa presencia. Eso es completamente distinto a deducir la cosa de unas relaciones causales presupues­tas, es decir, a remitirla a algo distinto a ella misma. Y sin duda es ahí donde se percibirá naturalmente el contraste con nuestras vigentes costumbres de pensa­miento, ésas que representan todas las tentativas de filosofía de la historia o de socialización de las con­ciencias: el anonimato, la despersonalización, la abdi­cación de la voluntad humana ante la red dialéctica que ella misma ha comenzado por tejer para acabar cayendo en su propia trampa.

Lo que concretamente existe son voluntades y rela­ciones de voluntad: voluntad que desfallece, voluntad imperiosa o imperialista, voluntad ciega, voluntad serena y consciente de sí misma. Pero esas voluntades no son energías abstractas. O, más bien, no son y no designan nada más que a los propios sujetos volunta­rios, aquellos cuya existencia real postula que se reco­nozca al individuo y a lo individual como la primera y única realidad concreta. Admitiré gustosamente estar aquí en afinidad con un aspecto del pensamiento estoico, pues, ¿no es precisamente uno de los sín­tomas característicos de la historia de la filosofía en Occidente el desvanecimiento de las premisas estoi­cas1 ante la dialéctica surgida del peripatetismo? El pensamiento estoico es hermenéutico; hubiera resistido a todas las construcciones dialécticas que pesan sobre nuestras representaciones más corrientes: en historia, en filosofía, en política. No hubiera cedido a la ficción de las “grandes corrientes”, del “sentido de la histo­ria”, de las “voluntades colectivas”, de las que tampo­co nadie puede decir exactamente cuál es su modo de ser.

Fuera de la primera y última realidad que es lo indi­vidual, no existen más que maneras de ser, por relación al individuo mismo o por relación a lo que le rodea, y esto quiere decir atributos que no tienen ninguna reali­dad substancial en sí mismos si se los separa del indivi­duo o los individuos que son sus agentes. Lo que noso­tros llamamos “acontecimientos” son igualmente atributos de los sujetos agentes; no son ser, sino mane­ras de ser. Como acciones de un sujeto, se expresan en un verbo; ahora bien, un verbo no adquiere sentido y realidad más que por el sujeto agente que lo conjuga. Los acontecimientos, psíquicos o físicos, no adquieren existencia, no “toman cuerpo” más que por la realidad que los realiza y de la que derivan, y esta realidad son los sujetos individuales agentes, que los conjugan “en su tiempo”, dándoles su propio tiempo, que es siempre por esencia el tiempo presente.

Así, pues, separados del sujeto real que los realiza, los hechos o acontecimientos no son sino irrealidad. Ése es el orden que ha habido que invertir para alienar al sujeto real, para dar en cambio toda la realidad a los hechos, para hablar de la ley, de la lección, de la mate­rialidad de los hechos, en pocas palabras, para dejarnos apresar en la red de irrealidades construida por noso­tros mismos y cuyo peso recae sobre nosotros en forma de Historia, como la única “objetividad” científica que podemos concebir, como la fuente de un indeterminis­mo causal cuya idea no habría llegado nunca a una humanidad que hubiera conservado el sentimiento del sujeto real. Separados de éste, los hechos “pasan”. Está el pasado, y el pasado “superado”. De ahí los resenti­mientos contra el yugo del pasado, las ilusiones pro­gresistas y, a la inversa, los complejos reaccionarios.

Sin embargo, pasado y futuro son también atributos expresados por verbos; presuponen el sujeto que con­juga esos verbos, un sujeto para el que y por el que el único tiempo existente es el presente, y cada vez el pre­sente. Las dimensiones del pasado y del futuro son cada vez medidas y están condicionadas por la capacidad del sujeto que las percibe, por su instante. Son a la medida de esa persona, pues de ella depende, de la amplitud de su inteligencia y de su generosidad de corazón, abrazar la totalidad de la vida, totius vitae cursum, totalizar, implicar en ella misma los mundos echando hacia atrás hasta el límite extremo la dimensión de su presente. Esto es comprender, y eso es completamente distinto a construir una dialéctica de causas que han dejado de existir en el pasado. Es “interpretar” los signos, no ya explicar hechos materiales, sino maneras de ser que revelan los seres. La hermenéutica como ciencia de lo individual se opone a la dialéctica histórica como ali­neación de la persona.

Pasado y futuro devienen así signos, porque precisa­mente un signo se percibe en el presente. Es necesario que el pasado sea “puesto en presente” para ser percibido como algo que “hace un signo” (si la herida, por ejemplo, es un signo, es porque indica no que alguien ha sido herido, en un tiempo abstracto, sino que es habiendo sido herido). La auténtica superación del pasado no puede ser más que su “puesta en presente” como signo. […]

En pocas palabras, todo el contraste está ahí. Con signos, con “hierofanías” y teofanías, no se hace Historia. O más bien, el sujeto que es a la vez el órga­no y el lugar de la historia es la individualidad psicoespiritual concreta. La única “causalidad histórica” son las relaciones de voluntad entre los sujetos agentes. Los “hechos” son cada vez una creación nueva: hay dis­continuidad entre ellos. De ahí que percibir sus conexiones no sea formular leyes ni deducir causas, sino comprender un sentido, interpretar signos, una estruc­tura de conjunto. Por otra parte, sería conveniente que estuviera en el centro de este libro el planteamiento de C. G. Jung sobre la sincronicidad, pues está en el cen­tro de una nueva problemática del tiempo. Percibir una causalidad en los “hechos” separándolos de las perso­nas es hacer posible, sin duda, una filosofía de la Historia, es afirmar dogmáticamente ese sentido racio­nal de la Historia sobre el que nuestros contemporáne­os han construido toda una mitología. Pero eso es entonces reducir el tiempo real al tiempo físico abs­tracto, esencialmente cuantitativo, al de la objetividad de los calendarios profanos de los que han desapareci­do los signos que daban una cualificación sacral a cada presente. (Págs. 269-274)

 

1. Véase el excelente libro de Víctor Goldschmidt, Le systèmc stoïcien et l’idée du temps, J. Vrin, París, 1953.

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3 comentarios »

  1. La perspectiva es válida e interesante…tradicional, incluso, en su marco de referencia…Sólo habría que matizar el “hecho” de no caer en un “voluntarismo”.

    Corbin nos remite aquí a nuestra propia responsabilidad del estar aquí y ahora, pero no olvidemos que
    nuestra “responsabilidad” no puede nada contra el sentido global del ciclo cósmico en curso.¿Ahí que sentido tendrían los atributos del individuo (del ser, en esencia) si no es el de confirmar un “señuelo”, un alejamiento, una “prueba”…..Hemos elegido trascendentalmente el estar aquí, entonces, incluso las “crisis” las henos prefigurado, fataviam invenient…. Los destinos encontrarán su camino.

    Saludos cordiales.

    Comentario por Alejandro Ochoa Machain — Domingo, 14 diciembre, 2008 @ 11:24 am |Responder

  2. “Distinguir lo esencial de lo que se le parece y hasta se presenta como idéntico es una tarea particularmente ardua […] Nada tan difícil de explicar como lo evidente. Pero cuando se descubre o se lo encuentra de nuevo, desarrolla una fuerza explosiva.”

    Creo que estas palabras de Ernst Jünger se le pueden atribuir con justicia a Henry Corbin; impresionante poder de penetración a través de la trampas de la dialéctica y más mérito aún saber comunicarlo en una forma tan lúcida a la par que hermosa.

    Gracias por compartir el fragmento.

    Un abrazo.

    Comentario por Pola — Martes, 16 diciembre, 2008 @ 4:49 pm |Responder

  3. Me alegro de verte por aquí, amigo Pola.
    Abrazos.

    Comentario por Aspirante a domador — Miércoles, 17 diciembre, 2008 @ 10:35 am |Responder


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