Cabalgando al Tigre

Viernes, 16 enero, 2009

El pensamiento del corazón (IV): la notitia

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 12:34 pm
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ojoContinuando con El pensamiento del corazón, prestemos ahora atención a los efectos positivos de desarrollar una visión estética y la influencia que esto tendría, según Hillman, en nuestro mundo.

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El hecho de cultivar la respuesta estética influi­rá en algunos de los aspectos de la civilización que más nos interesan en la actualidad, los cuales se han resistido en gran medida a cualquier interpre­tación psicológica. En primer lugar, una respuesta estética a los detalles haría considerablemente más lento nuestro trabajo. La necesidad de prestar aten­ción a cada suceso nos quitaría nuestra hambre de sucesos, y esa misma ralentización del consumo afectaría a la inflación, al crecimiento desmesura­do, a las defensas maniáticas y al expansionismo de la civilización. Tal vez los sucesos se aceleran más cuanto menos se los aprecia; tal vez los sucesos al­canzan dimensiones e intensidades tanto más ca­tastróficas cuanto menos atención se les presta. Tal vez, a medida que los sentidos se refinan, se pro­duce una reducción proporcional del gigantismo y del titanismo: gigantes y titanes, los eternos y míti­cos enemigos de la cultura.

La atención prestada a las cualidades de las co­sas resucita el antiguo concepto de notitia como ac­tividad primaria del alma. El término notitia hace referencia a la capacidad de formar conceptos ver­daderos de las cosas mediante una atenta observa­ción. De esta plena familiaridad depende el cono­cimiento. En la psicología profunda la notitia ha estado limitada por nuestra visión subjetiva de la realidad psíquica, de manera que la atención se ha refinado sobre todo en relación con los estados sub­jetivos. Esto se observa en el lenguaje que empleamos habitualmente para describir algo. Por ejem­plo, cuando me preguntan «¿Cómo fue el trayecto en autobús?», yo respondo: «Espantoso, horrible, desesperante». Pero estas palabras me describen a mí, describen mis sentimientos, mi experiencia, no el viaje en autobús, que fue una sucesión de ba­ches, volantazos, empujones y largas esperas en un ambiente tórrido y asfixiante. Aunque me haya fi­jado en el autobús y en el viaje, mi lenguaje trasla­da esta atención a una serie de  nociones relativas a mí. El «yo» hace desaparecer el autobús, y mi co­nocimiento del mundo exterior se convierte en un resumen subjetivo de mis sentimientos.

Una respuesta estética requiere estos sentimien­tos pero no puede limitarse a ellos; debe regresar a la imagen. Y el camino de regreso al viaje en auto­bús requiere palabras que destaquen sus cualida­des.

Desde la Ilustración, nuestros adjetivos han pa­sado de calificar el mundo a describir el yo: fasci­nante, interesante, aburrido, apasionante, depri­mente; estas palabras desatienden las cosas que evocan estados subjetivos, e incluso esos estados han perdido la precisión de la imagen, de la metá­fora y del símil. Para restituir el alma al mundo hay que conocer las cosas en ese sentido de notitia: re­lación íntima, conocimiento carnal. (Págs. 1669-169)

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