Cabalgando al Tigre

Viernes, 12 junio, 2009

La pasión de la mente Occidental (VI): La crisis de la ciencia moderna

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 3:41 pm
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popperEn éste y siguiente post, y continuando con La pasión…, he seleccionado fragmentos relacionados con la ciencia moderna. Los descubrimientos de principios del siglo XX dieron al traste con la visión estrictamente mecanicista y determinista del cosmos cartesiano-newtoniano, hasta el punto de cuestionar la convicción, heredada de la Grecia clásica, de que el mundo estaba ordenado de un modo claramente accesible a la inteligencia humana; Occidente volvía a perder su fe, esta vez no en la religión, sino en la ciencia, en la razón humana autónoma.

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Para la mentalidad moderna, la ciencia era la disciplina que presentaba la descripción más realista y fiable del mundo, aun cuando dicha descripción se limitara al conocimiento «técni­co» de los fenómenos naturales y a pesar de sus implicaciones existencialmente disyuntivas. Pero hubo en el siglo XX dos desarrollos que cambiaron radicalmente el estatus cognitivo y cultural de la ciencia: uno, teórico e interno a la propia cien­cia; el otro, pragmático y externo.

En primer lugar, la cosmología clásica cartesiano-newtoniana se fue debilitando paulatinamente hasta terminar por hundirse de manera dramática bajo el impacto acumulativo de diversos y asombrosos desarrollos de la física. Las certezas de la ciencia moderna clásica, que llevaban ya tanto tiempo establecidas, fueron radicalmente minadas: primero, a finales del siglo XIX, por la investigación de Maxwell en campos elec­tromagnéticos, el experimento de Michelson-Morley y el des­cubrimiento de la radiactividad que realizó Becquerel; y luego, a comienzos del siglo XX, por la identificación de los fenómenos cuánticos por parte de Planck y por las teorías de la relatividad -especial y general- de Einstein, que culminaría en 1920 con la formulación de la mecánica cuántica por parte de Bohr, Heisenberg y sus colegas. A finales de la tercera década del siglo XX, casi todos los postulados más importan­tes de la concepción científica anterior se habían controverti­do: los átomos como bloques sólidos, indestructibles y discre­tos de la naturaleza; el espacio y el tiempo como absolutos independientes; la causalidad estrictamente mecanicista de todos los fenómenos, y la posibilidad de observación objetiva de la naturaleza. Transformaciones tan fundamentales en la imagen científica del mundo no podían dejar de resultar des­concertantes, en especial para los propios científicos. En­frentado a las contradicciones observadas en los fenómenos subatómicos, Einstein escribió: «Todos mis intentos por adap­tar los fundamentos teóricos de la física a este conocimiento han fracasado por completo. Es como si la tierra se abriese bajo nuestros pies, sin que haya por ninguna parte un funda­mento firme sobre el que construir algo». En términos análo­gos, Heisenberg advirtió que «los fundamentos de la física han comenzado a moverse [y] su movimiento ha creado la sensa­ción de que la ciencia se quedaría sin base de sustentación».

El desafío a las afirmaciones anteriores de la ciencia fue profundo y múltiple. Se descubría que los sólidos átomos newtonianos estaban en gran parte vacíos. La materia consis­tente ya no constituía la sustancia fundamental de la naturale­za. Materia y energía eran intercambiables. El espacio tridi­mensional y el tiempo unidimensional se habían convertido en aspectos relativos de un continuo espacio-temporal de cua­tro dimensiones. El tiempo fluía a diferentes velocidades para observadores que se movieran a diferentes velocidades. El tiempo se hacía más lento en la cercanía de objetos pesados, y en ciertas circunstancias podía llegar a detenerse por comple­to. Las leyes de la geometría euclidiana ya no revelaban la estructura universal necesaria de la naturaleza. Los planetas no se movían en sus órbitas porque una fuerza de atracción que actuaba a distancia los impulsara hacia el Sol, sino porque el espacio en que se movían era un espacio curvo. Los fe­nómenos subatómicos mostraban una naturaleza fundamen­talmente ambigua, pues se los podía observar ya como partí­culas, ya como ondas. La posición y el momento de una par­tícula no podían medirse con precisión simultáneamente. El principio de incertidumbre socavaba radicalmente el determinismo estricto de Newton y lo sustituía. La observación y la explicación científicas no podían realizarse sin afectar a la na­turaleza del objeto observado. La noción de sustancia se disi­paba en probabilidades y «tendencias a existir». Las conexio­nes no locales entre partículas contradecían la causalidad mecánica. Las relaciones formales y los procesos dinámicos re­emplazaban a los objetos sólidos discretos. En palabras de sir James Jeans, el mundo físico de la física del siglo XX no se pa­recía tanto a una gran máquina como a un gran pensamiento. Una vez más, las consecuencias de esta extraordinaria revolución fueron ambiguas. Nuevamente se veía reforzada la continua sensación moderna de progreso intelectual, que de­jaría atrás la ignorancia y los prejuicios a medida que madura­ran los frutos de nuevos resultados tecnológicos. El pensa­miento moderno, en evolución permanente y de creciente sofisticación, había corregido y mejorado incluso a Newton. Además, para todos aquellos que pensaban que el universo científico del determinismo mecanicista y materialista se con­traponía a los valores humanos, la revolución cuántico-relativista representaba una inesperada y bienvenida apertura de nuevas posibilidades intelectuales. La sólida sustancialidad anterior de la materia daba paso a una realidad tal vez más conducente a una interpretación espiritual. Si las partículas subatómicas eran indeterminadas, la libertad de la voluntad humana parecía recibir un nuevo punto de apoyo. El princi­pio de complementariedad que gobernaba las partículas y las ondas sugería su aplicación más amplia en una complementa­riedad entre modos mutuamente excluyentes de conocimien­to, como religión y ciencia. Con la nueva comprensión de la influencia del sujeto en el objeto observado, la conciencia humana, o por lo menos la observación y la interpretación humanas, parecían cumplir un papel más decisivo en el mun­do. La profunda interconexión de los fenómenos alentó un nuevo pensamiento holístico acerca del mundo, con muchas implicaciones sociales, morales y religiosas. Cada vez eran más los científicos que cuestionaban el arraigado aunque a menudo inconsciente supuesto de la ciencia moderna según el cual el esfuerzo por reducir toda realidad a los componentes mensurables más pequeños terminaría por desvelar lo más fundamental del universo. El programa reduccionista, domi­nante desde Descartes, adolecía para muchos de miopía y pro­bablemente erraba respecto de lo más significativo de la natu­raleza de las cosas.

[…]

No obstante, a estas ambiguas posibilidades se contrapo­nían otros factores, más perturbadores. Para comenzar, no había una concepción coherente del mundo, comparable a los Principia de Newton, que pudiera integrar teóricamente la compleja variedad de los nuevos datos. Los físicos no conse­guían llegar a consenso alguno acerca de cómo debía interpre­tarse la evidencia disponible respecto de la definición de la naturaleza última de la realidad. Por doquier surgían contra­dicciones conceptuales, escisiones y paradojas cuya solución se mostraba empecinadamente huidiza.” De la propia estruc­tura del mundo físico emergía ahora una cierta irracionalidad irreductible, ya reconocida en la psique humana. A la incohe­rencia se agregaba la ininteligibilidad, pues las concepciones derivadas de la nueva física no sólo eran difíciles de entender para el profano, sino que presentaban obstáculos aparente­mente insuperables a la intuición humana en general: un espa­cio curvo, finito pero ilimitado; un continuo espacio-temporal de cuatro dimensiones; propiedades mutuamente excluyentes en el mismo ente subatómico; objetos que no eran en realidad cosas, sino procesos o modelos de relación; fenómenos que no adoptaban una forma decisiva hasta que eran observados; par­tículas que parecían afectarse recíprocamente a distancia pero sin ningún nexo causal; la existencia de fluctuaciones funda­mentales de energía en un vacío total.

Además, a pesar de toda la evidente apertura de la concep­ción científica a una visión menos materialista y mecanicista, nada cambiaba verdaderamente en el dilema moderno esen­cial: el universo seguía siendo una inmensidad impersonal en la que el hombre, con su peculiar capacidad para la concien­cia, seguía siendo una menudencia efímera, inexplicable y pro­ducida al azar. Tampoco había ninguna respuesta convincente a la amenazadora pregunta por el contexto ontológico que había precedido o que subyacía al big bang que dio arranque al universo. Ni creían los principales físicos que las ecuaciones de la teoría cuántica describieran el mundo real. El conoci­miento científico se limitaba a abstracciones, a símbolos mate­máticos, a «sombras». Pero ese conocimiento no era el mundo en sí, que ahora, más que nunca, parecía superar el alcance del conocimiento humano.

Así, en ciertos aspectos las contradicciones y las oscurida­des intelectuales de los nuevos físicos sólo realzaban el senti­do de relatividad y creciente alienación humanas a partir de la revolución copernicana. El hombre moderno se veía cada vez más obligado a cuestionar su fe, heredada de la Grecia clásica, en que el mundo estaba ordenado de un modo claramente accesible a la inteligencia humana. En palabras del físico P. W. Bridgman: «Al fin y al cabo, puede que la estructura de la naturaleza sea tal que nuestros procesos de pensamiento nunca se correspondan lo bastante con ella para permitirnos pensar en ella en absoluto. […] El mundo se debilita y nos rehuye. […] Nos vemos enfrentados a algo verdaderamente inefable. Hemos llegado al límite de la visión de los grandes pioneros de la ciencia, es decir, aquella según la cual vivimos en un mundo que nos es afín y que podemos comprender». La conclusión de la filosofía se iba convirtiendo también en la de la ciencia: no se podía estructurar la realidad de ninguna manera objetivamente discernible para la mente humana. Así pues, a la anterior alienación humana en un cosmos imperso­nal se agregaban ahora la incoherencia, la ininteligibilidad y un relativismo inseguro.

Cuando la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica desmintieron la certeza absoluta del paradigma newtoniano, la ciencia demostró (de un modo que Kant, en cuanto newto­niano convencido, nunca pudo anticipar) la validez del escep­ticismo kantiano relativo a la capacidad de la mente humana para el conocimiento seguro del mundo en sí. Como no duda­ba en absoluto de la verdad de la ciencia newtoniana, Kant había sostenido que las categorías del entendimiento humano coherentes con esa ciencia también eran absolutas, y que esas categorías eran las únicas que suministraban una base para la conquista newtoniana, así como para la competencia episte­mológica en general. Pero con la física del siglo XX, la certeza última de Kant perdía consistencia. Los a priori fundamenta­les de Kant (espacio, tiempo, sustancia, causalidad) ya no eran aplicables a todos los fenómenos. Había que reconocer que, después de Einstein, Bohr y Heisenberg, el conocimiento científico, que desde Newton había parecido universal y abso­luto, era limitado y provisional. Así, también la mecánica cuántica reveló de un modo inesperado la validez radical de la tesis de Kant según la cual la naturaleza que la física describía no era la naturaleza en sí, sino la relación del hombre con la naturaleza, esto es, la naturaleza tal como se presenta a la for­ma humana de investigación.

Se hacía explícito lo que en la crítica de Kant había estado implícito, aunque oscurecido por la aparente certeza de la físi­ca newtoniana, y que se puede enunciar así: puesto que la inducción jamás puede garantizar la verdad de las leyes gene­rales; puesto que el conocimiento científico es un producto de las estructuras interpretativas humanas, ellas mismas relativas, variables y empleadas de modo creador, y puesto que, finalmente, el acto de observación produce en cierto sentido la rea­lidad objetiva que la ciencia trata de explicar, las verdades de la ciencia no son absolutas ni unívocamente objetivas. Tras la filosofía del siglo XVIII y la ciencia del siglo XX, el espíritu moderno se vio liberado de absolutos, pero también desconcertantemente desposeído de cualquier fundamento sólido.

Esta conclusión problemática se vio reforzada por un enfoque renovadoramente crítico de la filosofía y de la histo­ria de la ciencia, bajo la influencia, sobre todo, de la obra de Karl Popper y Thomas Kuhn. Inspirándose en los penetran­tes análisis de Hume y de Kant, Popper observó que la cien­cia no sólo no puede producir conocimiento seguro, sino ni siquiera probable. El hombre observa el universo como un extraño y hace conjeturas imaginativas acerca de su estructu­ra y su funcionamiento. No puede abordar el mundo sin tales osadas conjeturas como fondo, pues todo hecho observado presupone un foco interpretativo. En ciencia, estas conjeturas deben ser puestas a prueba de manera continua y sistemática; sin embargo, cualquiera que sea la cantidad de comprobacio­nes que se realicen con éxito, una teoría nunca puede ser con­siderada más que como una conjetura imperfectamente corro­borada. En cualquier momento, una nueva comprobación puede falsearla. Ninguna verdad científica es inmune a esa posibilidad. Incluso los hechos básicos son relativos, siempre potencialmente sometidos a una reinterpretación radical en un nuevo marco. El hombre nunca puede aspirar a conocer las esencias reales de las cosas. Ante la práctica infinitud de los fenómenos del mundo, la ignorancia humana es, también ella, infinita. La estrategia más sabia es aprender de los errores que inevitablemente se cometen.

Pero mientras Popper conservaba la racionalidad de la ciencia al sostener su compromiso fundamental con la riguro­sa verificación empírica de las teorías y su intrépida neutrali­dad en la búsqueda de la verdad, el análisis que Kuhn realizó de la historia de la ciencia tendía a erradicar incluso esa segu­ridad. Kuhn estaba de acuerdo en que todo conocimiento científico requería estructuras interpretativas que se basaran en paradigmas o modelos conceptuales fundamentales que permitieran a los investigadores aislar datos, elaborar teorías y resolver problemas. Pero citando muchos ejemplos de la his­toria de la ciencia, señaló que rara vez la práctica real de los científicos se ajusta al ideal popperiano de autocrítica sistemá­tica por medio del intento de falsear las teorías existentes. Por el contrario, la ciencia más bien se caracteriza por buscar con­firmaciones del paradigma predominante, por reunir hechos a la luz de esa teoría, por realizar experimentos en ella funda­dos, por extender su ámbito de aplicabilidad, por expresar más detalladamente su estructura, por intentar clarificar pro­blemas residuales. Lejos de someter el paradigma a compro­bación constante, la ciencia normal evita contradecirlo, para lo cual interpreta siempre los datos conflictivos de manera tal que constituyan una confirmación de aquél, o bien directa­mente ignora esos datos molestos. En una medida que los científicos nunca reconocieron conscientemente, la naturaleza de la práctica científica siempre tiende a convalidar el paradig­ma que la rige. El paradigma actúa como una lente a través de la cual se filtran todas las observaciones, y la convención común lo mantiene como bastión de autoridad. A través de los maestros y los textos, la pedagogía científica sostiene el paradigma heredado y ratifica su credibilidad, a la vez que tiende a producir una firmeza en la convicción y una rigidez teórica muy semejantes a las de la educación en la teología sis­temática.

Kuhn sostuvo también que cuando la acumulación gradual de datos conflictivos termina por producir una crisis del para­digma y una nueva síntesis imaginativa acaba por obtener el favor científico, el proceso por el cual se produce dicha revo­lución dista mucho de ser racional. En realidad depende, tanto como de pruebas y argumentos desinteresados, de las costum­bres de la comunidad científica, de factores estéticos, psicoló­gicos y sociológicos, de la presencia de metáforas radicales y analogías populares contemporáneas, de saltos imaginativos y «cambios gestálticos» impredecibles, e incluso del envejeci­miento y muerte de los científicos conservadores. Pues en rea­lidad los paradigmas rivales rara vez son auténticamente com­parables; se basan, de un modo selectivo, en diferentes modos de interpretación y, por tanto, en diferentes conjuntos de datos. Cada paradigma crea su propia Gestalt, tan general que los científicos que trabajan en el marco de diferentes paradig­mas parecen vivir en mundos diferentes. No hay medida común, como la capacidad para resolver problemas, la cohe­rencia teórica o la resistencia a la falsificación, acerca de la cual estén todos los científicos de acuerdo en cuanto patrón de comparación. Lo que para un grupo constituye un problema importante, no lo es para otro grupo. Así, la historia de la ciencia no es la de un progreso racional lineal que avanza hacia un conocimiento cada vez más preciso y completo de una ver­dad objetiva, sino la historia de cambios radicales de visión en los que influyen de manera decisiva multitud de factores no racionales ni empíricos. Mientras que Popper había intentado atemperar el escepticismo de Hume mediante la demostración de la racionalidad inherente a la elección de la conjetura más rigurosamente comprobada, el análisis de Kuhn restauraba aquel escepticismo.

Con estas críticas filosóficas e históricas y con la revolu­ción en física, en los círculos científicos se extendió una acti­tud mucho más cauta respecto de la ciencia. Aún era evidente el poder del conocimiento científico, pero éste, en ciertos aspectos, se consideraba de carácter relativo. El conocimiento que la ciencia ofrecía era relativo al observador, a su contexto físico, a su paradigma científico predominante y a sus propios supuestos teóricos. Era relativo al sistema de creencias predo­minante en la cultura del observador, a su contexto social y sus predisposiciones psicológicas, a su mero acto de observa­ción. Y los primeros principios de la ciencia se podían rebatir en cualquiera de sus aspectos a la vista de nuevas evidencias. Además, a finales del siglo XX, las estructuras paradigmáticas convencionales de otras ciencias, incluida la teoría darwiniana de la evolución, se hallaban sometidas a presiones cada vez más intensas provenientes de datos conflictivos y de alternati­vas teóricas. Por encima de todo, había saltado en pedazos la inconmovible certeza de la cosmovisión cartesiano-newtoniana que durante siglos se había reconocido como compendio y modelo del conocimiento humano y que tan vastamente había influido en la psique cultural. Y el orden cósmico posnewtoniano no era ni intuitivamente accesible ni internamente cohe­rente; en verdad, apenas sí era orden. (Págs. 447-455)

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