Cabalgando al Tigre

Lunes, 16 octubre, 2006

Râbi’a, dichos y canciones de una mística sufí

Filed under: Textos recomendados,Tradición Islámica — by Aspirante a domador @ 12:43 pm

rabia.jpgPerteneciente a la colección de Olañeta “Los pequeños libros de la sabiduría”, textos breves en un formato muy aquilatado (11×14 cm.), María Tabuyo edita, traduce y prologa esta selección de una de las grandes santas del Islam, Râbi’a al-‘Adawiyya, que vivió el el siglo VIII (siglo II de la Hégira). A lo largo de estas páginas se pone en evidencia que el papel de la mujer en la espiritualidad musulmana, de gran importancia, nos resulta prácticamente desconocido, y como figuras muy relevantes en su época han caído en un injusto olvido: “Râbi’a es el ejemplo más célebre, pero no la única, y sin duda su renombre ha tenido el efecto colateral de mantener en la sombra la valiosa contribución de muchas otras. Por otra parte, subrayar su excepcionalidad ha servido también para mantener el tópico de la supuesta incapacidad de las mujeres para alcanzar ciertas metas de sabiduría y, muy especialmente, para alimentar las falsas imágenes del discurso occidental sobre el mundo islámico en general.” (Pág. 20)

Abundando en esto último, la idea más extendida sobre la forma de vida de aquella época no se ajusta a la realidad: “Porque lo que sí parece cierto es que, al menos en los primeros siglos de la Hégira, las mujeres vivían en el centro del espacio público, participando plenamente en la vida de la comunidad, [… y] se cuenta que incluso participaron en campañas guerreras, como Umm Haram, de la familia de Muhammad, que murió en el curso de una batalla (649). Además, y ya desde el principio, las mujeres desempeñaron papeles importantes en la historia del Islam: sus nombres aparecen en las cadenas de transmisión de los hadices proféticos, forman parte del linaje espiritual de los calígrafos, son ensalzadas como gnósticas y poetas, sin olvidar a las mujeres gobernantes, y a las que aparecen como amigas, maestras y discípulas de grandes espirituales musulmanes, como Fátima de Nishapur, maestra de Bâyazîd al-Bistâmî y Dhû’n-Nû’n al-Misrî, a la que as-Sulamî dedica encendidos elogios; Sha’wâna (s. II/VIII), «que vivía en al Ubulla […] Predicaba y recitaba el Corán a la gente. A sus sesiones acudían ascetas, espirituales, adoradores, todos los que estaban cerca de Dios, y los maestros de los corazones y de la abnegación»; Al-Wahatiyya Umm al-Fadl (s. IV-V/X), «única en su discurso, su conocimiento y su estado espiritual. Era compañera de la mayor parte de los maestros espirituales de su tiempo […]. El shaykh e imam Abû Sahl Muhammad ibn Sulaymân acudía a sus sesiones de enseñanza y escuchaba sus lecciones, como hacía también un grupo de shaykhs sufíes, como Abû al-Qâsim ar Râzî, Muhammad al Farrâ, ‘Abdallâh al-Mu’allim (el Maestro), y otros de su generación», o Fátima bint al-Muthanna (s. XIII e.c.), a la que Ibn ‘Arabî ensalza como maestra y sitúa entre las grandes mujeres ascetas de Córdoba. La lista sería interminable […]. Importantes no sólo en el sufismo, sino en la espiritualidad y la sociedad musulmana en general, resultaría imposible escribir una historia del Islam sin contar con ellas, aunque poco a poco, con el transcurrir del tiempo, se fuera asistiendo a su apartamiento a la esfera privada, en lo que algunas investigadoras musulmanas designan como «la gran ocultación» [Nelly Amri] y otras «una tradición velada» [Rkia E. Cornell].” (Págs. 48-50)

Otro prejuicio del que nos advierte Tabuyo es el que presenta a Râbi’a como un ser extraordinariamente emocional en su concepción del amor: […] parece conveniente situar ese amor en su verdadera dimensión, es decir, un amor que no se confunde con sensiblería ni es proyección de perturbaciones mentales o trastornos afectivos, sino amor sabio, recio, vigoroso, incondicional.” (Pág. 26)

A continuación os dejo algunos de los dichos que aparecen en este volumen.

Un día la gente vio a Râbi’a corriendo apresurada con una antorcha en una mano y un cubo de agua en la otra; le preguntaron:

-Señora del Otro mundo, ¿a dónde vas? ¿Qué andas buscando?

Y ella contestó:

-Voy al cielo. Quiero prender fuego al Paraíso y apagar el fuego del Infierno. Así, Infierno y Paraíso desaparecerán y sólo quedará Aquel al que se busca. Entonces pensarán en Dios sin esperanza ni temor y, de este modo, Le adorarán verdaderamente. Pues, si no existiera la esperanza del Paraíso ni el temor al Infierno, ¿acaso no adorarían al Veraz? ¿No le obedecerían? ¿No le amarían a Él solo por Él solo?” (Pág. 59)

 

-Tú- le dijo Hasan- conoces el porqué de las cosas, pero a nosotros no nos es dado conocerlo. Háblame de lo que se te ha revelado.

-Hoy- respondió Râbi’a- fui al mercado con dos rollos de cuerda; los vendí por dos monedas, para comprar comida. Cogí una moneda en cada mano; no quise ponerlas juntas no fuera a ser que me desviaran de la vía recta.” (Págs. 77-78)

 

Decía Râbi’a:

¡Oh Dios mío!

Cuantos bienes me hayas destinado en este mundo,

dáselos a tus enemigos,

y cuanto me hayas reservado en el otro mundo,

dáselo a tus amigos.

Porque a mí, Tú me bastas.(Pág. 81)

 

Se le preguntó a Râbi’a en qué momento el servidor de Dios se encuentra en un estado de abandono:

-Cuando la desgracia le alegra tanto como la felicidad- contestó” (Pág. 86)

 

Râbi’a preguntó un día a al-Thawrî:

-Qué es para ti la generosidad?

-Para los hijos de este mundo- respondió él- es dar abundantemente de los propios bienes. Para los hijos del otro mundo, es darse abundantemente ellos mismos.

-No, te equivocas- dijo ella.

-¿Qué es entonces para ti?

-Es servirle por amor, sin esperar por ello ventaja ni recompensa ninguna.” (Págs. 95-96)

 

Se cuenta que Râbi’a envió a Hasan al-Basrî estas tres cosas: cera, una aguja y un cabello. Y mandó al mensajero que le dijera:

«Hasan, arde como esta vela, e ilumina a los hombres. Comienza por estar desnudo como esta aguja, y solamente entonces entrégate a la acción. Cuando hayas hecho estas dos cosas, hazte tan fino [imperceptible] como este cabello si quieres que tu esfuerzo no haya sido en vano.” (Pág. 97)

 

Se cuenta que un día Râbi’a se encontró con el ángel de la muerte:

-¿Quién eres?- preguntó.

-¡Soy el demoledor de las delicias, quien deja tras de sí viudas y huérfanos!- dijo.

Râbi’a le respondió:

-¿Por qué te presentas en tus aspectos más crueles? ¿No podías decir: soy aquel que une al amante y al amado?” (Pág. 133)

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Lunes, 11 septiembre, 2006

Sobre el mundus imaginalis

Filed under: Tradición Islámica — by Aspirante a domador @ 12:37 pm

imagen38.jpg

Para aquellos que os interesa el mundo intermedio, mundo sutil, mundus imaginalis o mundo del alma, por citar algunos de los nombres con los que se denomina a la dimensión que enlaza lo inteligible y lo sensible, os dejo unos párrafos muy interesantes de dos teósofos (tomad el término en su sentido etimológico) chiítas que, espero, servirán para proporcionar una visión general, y quizás sorprendente, de esta región de la Creación.

El primer párrafo, de Muhsin Fayd Kāšānī, explica sintética y claramente el por qué del mundus imaginalis, así como cuáles son sus características definitorias. Los siguientes párrafos, pertenecientes a uno de los teósofos más importantes no sólo del Islam sino de la historia de la espiritualidad, Ibn Arabī, describen con más detalle qué se puede encontrar en ese mundo imaginal, que nada tiene que ver por cierto con el mundo de la fantasía.

Quizás convenga insistir en esto para aquellos que no estéis familiarizados con la terminología utilizada, así que permitidme alguna aclaración; eso sí, os ruego que lo que digo lo pongáis entre comillas, ya que yo no soy un conocedor fiable del Islam duodecimano (ni de nada) y aquí me toca un (muy modesto, eso sí) ejercicio de exégesis. Por favor, si meto algún remo, decídmelo.

Para estos autores la imaginación activa es un órgano de conocimiento del mundo imaginal. Por tanto, no no utilizan el término de “imaginación” como sinónimo de “fantasía” o “ficción” (aunque hay relaciones entre ambas que no osaré tratar de bosquejar), sino justo lo contrario: aquí hablamos del “ojo del alma”, capaz de percibir un grado de realidad (el mundus imaginalis) que es incluso mayor que el del mundo sensible, al estar aquél menos determinado que éste.

Los textos están sacados de Cuerpo espiritual y Tierra celeste, de Henry Corbin. Ed. Siruela, 1996.

 

 

Extraído de la obra de Muhsin Fayd Kāšānī (muerto en 1091/1680) Kalimāt maknūna (Palabras mantenidas en secreto), capítulo XX-XI, Bombay/Teherán (la obra está escrita en árabe y en persa):

Porque el poder de gobernar los cuerpos se ha confiado a los Espíritus y porque a causa de lo heterogéneo de su esencia es imposible establecer una conexión directa entre los cuerpos y los espíritus, Dios creó el mundo de las Formas imaginales a modo de intermedio (barzaj) que actúa como nexo entre el mundo de los cuerpos y el mundo de los Espíritus. A partir de ese momento queda garantizada la conexión y la articulación de cada uno de estos mundos entre sí.[…]. Este mundo de las Formas imaginales es un universo espiritual. Por una parte se equipara con la sustancia material porque puede ser objeto de percepción [N. del Aspirante: No se refiere aquí a la percepción sensible, obviamente], está dotado de dimensión y puede manifestarse en el tiempo y en el espacio. Por otra parte, se puede equiparar con la pura sustancia inteligible porque está constituido por pura luz y es independiente del espacio y del tiempo. No es pues ni un cuerpo material compuesto ni una pura sustancia inteligible totalmente separada de la materia. Hay que decir más bien que es un universo que ofrece una dualidad de dimensiones, a través de cada una de las cuales se simboliza con el universo al que corresponde. […]. [Es un mundo en el que] los espíritus toman cuerpo y los cuerpos se espiritualizan.”

 

Extraído de la obra de Ibn Arabī (muerto en 638/1240) Kitāb al-Futūhāt al- makkiyya (Las iluminaciones de la Meca), vol. I, capítulo VIII, Ed. de El Cairo):

Y en esta Tierra hay jardines, paraísos, animales, minerales, cuyo número sólo Dios puede conocer. Ahora bien, todo lo que se encuentra en esta Tierra, absolutamente todo, está vivo y habla, tiene una vida similar a la de cualquier ser vivo, dotado de pensamiento y de palabra. Dotados de vida y de palabra, esos seres ofrecen un paralelismo con los que se encuentran aquí abajo, con la diferencia de que en esa Tierra celeste las cosas son permanentes, imperecederas, inmutables; su universo no muere. Esto es así porque esa Tierra no acoge a ninguno de nuestros cuerpos físicos hechos de arcilla humana perecedera; tiene como exigencia peculiar el no admitir más que cuerpos cuya cualidad debe ser homogénea con su propio universo o con el mundo de los Espíritus. Los místicos penetran en ella con su Espíritu, y no con su cuerpo material. Abandonan su habitáculo de carne sobre nuestra Tierra terrenal y se inmaterializan.”

Sobre esta Tierra existen formas y figuras de una raza maravillosa, de un carácter extraordinario. Velan en las entradas de las avenidas que dominan este mundo en el que estamos, Cielo y Tierra, paraíso e infierno. Cuando uno de nosotros busca el camino de acceso a esa Tierra, la de los Iniciados, de la categoría que sea, hombres o genios, Ángeles o habitantes del paraíso, la primera condición que tiene que cumplir es la práctica de la gnosis mística y el abandono fuera del cuerpo material. Entonces encuentra estas Formas que se alzan y velan en las entradas de las avenidas, donde Dios las colocó especialmente para este fin. Una de ellas se dirige al recién llegado, lo cubre con un vestido adecuado a su rango espiritual, lo coge de la mano, pasea con él por esta Tierra y la disfrutan según sus deseos. Se dedica a reflexionar sobre las obras maestras divinas, no pasa cerca de ninguna piedra, de ningún árbol, de ningún pueblo, de cualquier cosa, sin hablarle, si lo desea, igual que un hombre charla con un compañero. Hablan idiomas distintos, desde luego, pero esta Tierra posee como don propio el conferir a cualquiera que entre en ella la capacidad de comprender cualquier lengua. Cuando ha alcanzado su objetivo y piensa en volver a su morada, su compañera camina con él para acompañarle hasta el mismo lugar por el que había entrado. Allí se despide de él, le despoja del vestido con el que le había cubierto y se aleja de él. Entonces éste ha recibido ya un caudal de conocimiento y de indicios, y su conocimiento de Dios ha aumentado con algo de lo que todavía no se había dado cuenta el visionario. No creo que la comprensión pueda penetrar jamás con una profundidad y una rapidez comparables a la que se produce en esta Tierra. También entre nosotros, en nuestro propio mundo y en nuestra existencia presente, algunas manifestaciones corroboran nuestra afirmación.”

Así pues, todo lo que la razón, basada en pruebas, considera imposible entre nosotros, hemos comprobado que en esa Tierra no sólo no es imposible, sino algo posible que de hecho se cumple. “Pues Dios tiene poder sobre todas las cosas” (3:25 y passim). Sabemos que nuestras mentes son limitadas, pero que Dios tiene poder sobre la coincidentia oppositorum: poder para hacer existir un cuerpo en dos lugares distintos, poder para hacer que permanezca el accidente independientemente de su sustancia y transferirlo de una sustancia a otra, poder para hacer que subsista el sentido espiritual a través tan sólo del sentido espiritual (sin soporte exotérico). Todo acontecimiento, todo prodigio y signo que nos llega a nosotros y cuya apariencia real la mente racional se niega a admitir, lo vemos perfectamente realizado como apariencia real en esa Tierra. Todo cuerpo que adopta lo espiritual, ángel o genio, toda forma o figura en la que el hombre se contempla a sí mismo en sueños, todo eso son cuerpos sutiles que perteneces a esa otra Tierra. Cada uno de estos cuerpos ocupa el lugar que le corresponde, con prolongaciones sutiles y tenues que se extiendes por todo el universo. A cada una de estas “sutilezas” la corresponde un personaje de confianza. Cuando éste ve con sus propios ojos a una entidad espiritual determinada entre todas las entidades espirituales, es porque tiene una aptitud especial para una u otra forma específica, la que adopta precisamente ese Espíritu, del mismo modo que el ángel Gabriel adoptó con el Profeta la forma del hermoso adolescente Dahya al-Kalbī. La causa radica en que Dios ha situado esta Tierra en el barzaj, el intermundo, y ha fijado un emplazamiento para estos cuerpos sutiles que adoptan los seres espirituales puros, y hacia los que se transfieren nuestras almas durante el sueño y después de la muerte. Por esta razón nosotros mismos somos una parte de su universo.”

Miércoles, 31 mayo, 2006

Cuatro anécdotas sufíes contra la erudición

Filed under: Tradición Islámica — by Aspirante a domador @ 8:40 am

tejido15.jpgLA DISCUSIÓN CON LOS ACADÉMICOS

Se cuenta que una vez le preguntaron a Bahaudin Naqshband:

“¿Por qué no discutes con los eruditos? Tal y tal sabio lo hacen con frecuencia. Ello causa la total confusión de los eruditos y la invariable admiración de sus propios discípulos.”


Él respondió: “Ve a preguntarles a quienes se acuerden de la época en que yo también discutía con los académicos. Solía refutar sus conjeturas y sus pruebas imaginarias con relativa facilidad. Te lo pueden decir los que presenciaron aquellas discusiones. Pero, un día, un hombre más sabio que yo me dijo: “Avergüenzas tan a menudo y de forma tan previsible a los hombres estudiosos, que acabas cayendo en la monotonía. Y eso sucede porque lo haces sin objetivo alguno, ya que los académicos no tienen capacidad de comprensión y siguen disputando mucho tiempo después de que sus opiniones han sido echadas por tierra.” Y añadió: “Tus alumnos están en continuo estado de admiración por tus victorias. Han aprendido a admirarte, y en vez de eso, deberían haber percibido la inutilidad y falta de consistencia de tus adversarios. Por tanto, esa victoria tuya no es completa; así que has fallado, pongamos, en una cuarta parte. Además, tus discípulos gastan mucho tiempo en esa admiración, en vez de fijarse en algo más provechoso. Por lo que has fracasado quizá en otra cuarta parte. Dos cuartos son igual a una mitad. Te queda media oportunidad.” Eso ocurrió hace veinte años. He ahí la razón por la que ni me preocupo de los eruditos, ni molesto a los demás a cuenta de éstos, sea para alcanzar la victoria o para ser derrotado. De vez en cuando, uno puede asestar un golpe a los que se autodenominan eruditos, para demostrar su vaciedad a los estudiantes: es como si se golpeara una olla vacía. Hacer algo más es una pérdida de tiempo, y sería equivalente a darles a los intelectuales, prestándoles una atención gratuita, una importancia que sin duda no podrían alcanzar por su cuenta.”

AJMAL HUSSEIN Y LOS ERUDITOS

El sufí Ajmal Hussein recibía continuamente las críticas de los eruditos, que temían que su reputación eclipsara la de ellos. No escatimaron esfuerzos para sembrar la duda sobre su conocimiento, para acusarle de refugiarse de sus críticas en el misticismo, y hasta para insinuar que era culpable de haber realizado prácticas vergonzosas. Por fin, Ajmal dijo:

“Si contesto a mis críticos, aprovechan la ocasión para lanzarme nuevas acusaciones, que la gente cree porque les divierte dar crédito a ese tipo de cosas. Si no les contesto, alardean y se pavonean de ello, y todos piensan que son auténticos eruditos. Se creen que nosotros los sufíes somos contrarios a la erudición, y no es así. Pero nuestra verdadera existencia es una amenaza para la pretendida erudición de esos enanos ruidosos. La erudición desapareció hace mucho tiempo. A lo que ahora tenemos que enfrentarnos es a una erudición falsa.”

Los eruditos chillaron más fuerte que nunca. Al fin, Ajmal dijo:

“La discusión no es tan efectiva como la demostración. Voy a daros una idea de cómo son estas personas.”

Solicitó a los eruditos unos “cuestionarios” para que pudieran evaluar su conocimiento y sus ideas. Cincuenta profesores y académicos le enviaron los cuestionarios, y Ajmal los contestó todos de forma diferente. Cuando los eruditos se reunieron para hablar de estos cuestionarios, había tantas versiones distintas que todos pensaban haber puesto al descubierto a Ajmal y se negaban a abandonar sus tesis a favor de las de los demás. El resultado fue la célebre “trifulca de los eruditos”. Durante cinco días se atacaron los unos a los otros con saña.

“Esto”, dijo Ajmal, “es una demostración. Lo que más le importa a cada uno es su propia opinión y su propia interpretación. No les preocupa nada la verdad. Lo mismo hacen con las enseñanzas de todos. Cuando están vivos, les atormentan. Cuando se mueren, se hacen especialistas en su obra. Sin embargo, el único motor de su actividad es rivalizar unos con otros y enfrentarse a todo el que no pertenezca a su misma clase. ¿Queréis convertiros en uno de ellos? Decididlo pronto.”

LA SABIDURÍA DE LOS IDIOTAS

Bahaudin el-Shah, gran maestro de los derviches Naqshbandi, encontró un día a un compañero en la gran plaza de Bujara. El recién llegado era un kalendar (derviche errante) de los Malamati, los "Censurables". Bahaudin estaba rodeado por sus discípulos.

-¿De dónde vienes?-, le preguntó al viajero, con la expresión sufí habitual.

– No tengo ni idea -, dijo el otro riendo estúpidamente.

Algunos de los discípulos de Bahaudin murmuraron su desaprobación por ésta falta de respeto.

-¿Adónde vas?, prosiguió Bahaudin.

– ¡No sé! -, gritó el derviche.

-¿Qué es el Bien?-. Para entonces ya se había reunido una gran multitud.

– No lo sé -.

-¿Qué es el Mal?-.

– No tengo ni idea -.

-¿Qué es lo Correcto?-.

– Todo lo que es bueno para mí -.

-¿Qué es lo Equivocado?

Todo lo que es malo para mí-.

Las gentes agotadas sus paciencia, e irritada por este derviche, lo apartaron. Éste se fue caminando decididamente a grandes pasos en una dirección que no llevaba a ninguna parte, muy lejos.

-¡Idiotas!, dijo Bahaudin Naqshband, – éste hombre estaba representando el papel de la humanidad. Mientras vosotros lo despreciabais, él estaba mostrando deliberadamente la falta de atención que todos vosotros mostráis, de forma inconsciente, todos los días de vuestras vidas.

LOS MENDIGOS Y LOS TRABAJADORES

Se cuenta que la gente decía a Ibn’Arabí:

“Tu círculo está compuesto sobre todo por mendigos, labradores y artesanos. ¿No puedes encontrar gente de cultura que te siga, para que se preste una atención más cualificada a tus enseñanzas?”.

Él respondió:

“Cuando haya hombres influyentes y eruditos cantando mis alabanzas, el Día de la Calamidad estará muchísimo más cerca; porque sin duda lo estarán haciendo por su propio bien, ¡y no por el bien de nuestra obra!”.

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