Cabalgando al Tigre

Viernes, 27 junio, 2008

Eros y Psique (y III): un texto enigmático

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En esta última entrada de Eros y Psique os dejo, además del texto extractado en el que Betancor reflexiona sobre el sentido del texto de Apuleyo, os dejo al final dos breves citas que llamaron especialmente mi atención y que os dejo a modo de corolario. Que lo disfrutéis.

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Que la hija de Eros y Psique se llame Voluptas (gozo, voluptuosidad) nos permite igual­mente conjeturar que estamos lejos de ascéticas y literales renuncias a la sensualidad, y más cerca del fruto de una intensa pasión amorosa que ha aprendi­do, tras duras pruebas, a cualificar sus ímpetus y más proclive a aceptar, por ello, las contradicciones entre los amores terrenales y los celestiales que a excluir­las o condenarlas en una flagrante omisión de su reciprocidad.1

Tal vez el alejamiento de las cosas mundanas de aquellos iniciados en los misterios filosóficos no era, después de todo, una «negación del mundo» sino el modo de mostrar su lealtad al instinto de una tierra que busca refugio en el alma humana, asediándola si es preciso, para aproximarse -en un alarde de supre­ma creatividad erótica- a su raíz invisible.

[…]

Cualquier intento de buscar homologías entre nuestro mundo y el de Apuleyo es, no nos engañe­mos, un abuso retórico, pero no es fácil sustraerse a la tentación. Nuestro emperador ya no pellizca uvas de una fuente de plata, como los antojadizos Nerones de Hollywood: se ha vuelto hogareño y deportista, pero sigue sonriéndonos, como un viejo tahúr, desde la tribuna del circo, sabiendo que sabe­mos que, en el fondo, sigue sin saber gran cosa. Nuestro universo se ha expandido mucho más allá de la esfera de las estrellas fijas y el mediático dios supremo de la mercadotecnia le acompaña en su expansión por el ciberespacio, sembrando a su paso sus galácticos e isotrópicos supermercados adminis­trados por las finanzas imperiales. En los anaqueles de nuestras academias, bibliotecas y museos se alma­cena, en una medida que no admite comparación con la de cualquier otro Imperio, un arsenal exhaustiva y pacientemente contrastado de todas las imágenes, constelaciones y dramaturgias del saber que brilla­ron, como astrales teatros de la memoria, en la noche del tiempo; pero seguimos sin saber del todo por qué hemos sacrificado bueyes, poblado la tierra de cria­turas fantásticas o adorado cielos y teoremas, y -menos aún- por qué los filósofos desperdiciaban su talento tratando de destilar esos incómodos miste­rios en los recovecos de la inteligencia. Como la de entonces, nuestra espiritualidad quiere ser ilustrada, ecléctica, ecuménica, incluso esotérica, pero evita las preguntas engorrosas; como la de todo Imperio cen­tralizado en una estadística noción de bienestar, se ha vuelto utilitaria y desenfadada; los dáimones comparecen en instantáneos y solícitos zappings y la iluminación es fácil: todos podemos iniciarnos, todos podemos ser, en un abrir y cerrar de ojos, budistas, sufíes, taoístas o chamanes, o alborotar, con el pin de un santo en la solapa, en la plaza de San Pedro; todo -hasta reírnos de ello- está en la carta de las buenas intenciones: un rápido chute y sentirse «bien» -o menos «mal»- en el anestésico monismo de una nada siempre dispuesta a acogernos cuando ya no somos nadie. De aquellos altivos y crípticos intérpretes de las cosas divinas que hoy nos parecen desfasados, con su lóbrego «dualismo» y su enrevesado carga­mento de silogismos, tipologías, metáforas y dioses, sólo nos separan dos pasos: saber que no sabemos absolutamente nada de lo que individuos tan inteli­gentes como nosotros llamaban entonces saber; y afrontar el indómito deseo de averiguar, con ese no saber nada, algo que verdaderamente podamos que­rer saber, algo tan significativo para nuestra orienta­ción personal en este mundo que parezca venido de otro, del mundo perdido.

Sofista o intérprete de las cosas divinas, hay que reconocerle a Apuleyo una singular puntería: la de dar en el blanco de una privación quintaesencial y hacer gravitar una historia de amor que habla de la inmortalidad del alma sobre la dura pelambre de un cuadrúpedo que ha de pasar por el infierno para hacerse de oro, para ser un Asinus Aureus. Ahora que el paraíso, el mundo perdido, es una postal con una palmera y una pina colada, puede ser un buen momento para ceder, como Lucio, a la curiosidad por la magia y meditar pausadamente un mágico artificio en el que muchos han adivinado, en un abrir y cerrar de ojos repetido durante siglos, un sinuoso y subversivo contrabando: el de una doncella abandonada que espera, ensimismada en la silenciosa complicidad de un mundo expectante, el rescate de un amor imposible.

Bajo la contradicción entre un mensaje «serio» y una puesta en escena «cómica» late la sospecha de una duplicidad aparentemente más irreconciliable, más «esotérica» aún y quizás menos llevadera: la posibi­lidad (afirmativamente constatada en muchos casos) de que toda esta milenaria y alborotada progenie de la imaginación platónica, todas esas fulgurantes evo­caciones del mundo perdido y sus desconcertantes antesalas -los dramas gnósticos, los jerarquizados an­damiajes de Apuleyo y sus coetáneos, el intelectual mándala cósmico de Plotino y el extático universo de Marsilio Ficino, las Wunderkammern del empe­rador Rodolfo II, los claustrofóbicos laberintos y la redentora  imaginación  cristocéntrica  de  William Blake, las herméticas trastiendas frecuentadas por Cari Gustav Jung en su búsqueda de la piedra filoso­fal entre los vaivenes del alma…- sean algo más que las criaturas de una curiosidad desmedida sino que ha­yan nacido -como el Eros del mito platónico- de una aflicción sobrehumana, de una caótica carencia que asedió el corazón de sus artífices, y que pudo haber trastornado a muchos de ellos de no haber aprendi­do a movilizar todos sus recursos para transmutarla en una sabiduría que sólo puede parecer barroca, o superflua, a quien no ha tenido la desgracia -o la suerte, nunca se sabe- de padecer sus desasosiegos. «Permítaseme  apoyarme   en  el   alquimista  -dice López-Pedraza en su De Eros y Psique- a quien le preguntaron qué había logrado con su opus y respon­dió: “una dulce herida, un suave mal”».2 Militat omnis amans («Todo amante es un soldado») escri­bió Ovidio, el primer especialista oficial en el arte de las metamorfosis. Todos ellos -la dulce herida, la militancia amorosa- tópicos (topoi) de la retórica clásica, todos ellos tipos (typoi) de un mundo perdi­do que se entromete -con delicadeza o con brutali­dad- en el frágil confort del nuestro.3 (Págs. 118-123)

 

Puede que Apuleyo encontrase estimulante lo que para nosotros es una condena a la irresolución, a vivir con ese mojigato temor de que la vida espiri­tual de la tribu humana no sea más que una tomadu­ra de pelo. (Pág. 112)

 

Los rigores de la inteligencia son una turbadora disciplina emocional que exige del alma la prueba de pasar por el infierno de tener que afrontar, una y otra vez, el desvalimien­to, la alienación y la humillante y paralizadora inse­guridad de no saber nada. (Pág. 117)

 

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1. Schlam destaca la pacífica coexistencia de interpretaciones sensuales y espirituales en las figuraciones helenísticas y roma­nas de Eros y Psique, cuyo matrimonio aludía indistintamente a la extática comunión y transformación vital  de un misterio

2. López-Pedraza, op. cit., pág. 105.

3. El aspecto travieso y caprichoso del Eros niño a las órde­nes de Venus, su madre, referente obligado de todos los rechon­chos putti de la iconografía barroca, no debe hacernos olvidar su devastadora duplicidad: «Y no esperes un yerno nacido de estir­pe mortal, sino un monstruo cruel, feroz y viperino, que, volan­do con sus alas por los aires, a todos importuna…» advierte a Psique el «oráculo antiquísimo del dios de Mileto», el dios Apolo célebre por su puntería, y que recoge aquí los ecos del Eros nocturno, solitario y primordial de la teogonía órfica.

Viernes, 13 junio, 2008

Eros y Psique (II): El mito desde la perspectiva neoplatónica

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En este hilo os dejo un interesante fragmento del epílogo que Antonio Betancor adjunta a Eros y Psique, con una posible explicación del mito a la luz del neoplatonismo helénico.

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Imbuida de la creatividad y la generosidad de su hacedor -el Artesano del Timeo-, el alma (psyche) es, en el mito platónico, un ser inmortal que pierde, en el momento de su encarnación humana, su coordina­ción con los poderes del universo. Al identificarse con su cuerpo mortal se exilia de su naturaleza ori­ginaria, de sí misma y de su innata comunión con todo lo creado, «pierde sus alas», se dice en el Fedro. En El Banquete Platón nos presenta a un Sócrates que, tras una abrumadora confesión de ignorancia en prácticamente todo, se pronuncia acerca de lo único que dice entender: los misterios del amor y del deseo (ta erotika). Diótima, una sacerdotisa, le ha revelado la importancia de Eros, un poderoso daimon que antecede a la razón dictándole secretamente un curso y un objetivo que ella, por sí misma, no puede alcanzar: recuperar el mundo perdido.

Sócrates se nos muestra como el paradigma del filósofo, como aquél que anhela la sabiduría porque ha experimentado la paralizadora conmoción de no saber nada de lo que verdaderamente importa, el desvalimiento absoluto, la aporta; sólo quien, como Sócrates, es capaz de discernir en los apremios del instinto amoroso un irrefrenable anhelo por la belle­za -la única presencia activa del mundo perdido capaz de despertar, con su resplandor, el recuerdo de Eros- es capaz de transmutar el rigor y la disciplina intelectuales en una actividad purificadora del alma y de la fuerza motriz que la impulsa.1 Esta dinámica erótica que enlaza los motivos de la aflicción, el anhelo y la purificación, y que transforma a todos los implicados -el amor, el alma, la percepción de la belleza- en una ascensión hacia la verdad, corre por las venas de la fábula de Eros y Psique; generaciones de intérpretes se han dedicado desde entonces a des­cifrar  este  cuento  aparentemente  inofensivo  que Apuleyo pudo haber oído en cualquiera de sus via­jes y que, transmutado en una memorable filigrana literaria, parece destinado a proteger, como los seve­ros misterios filosóficos de entonces, un contraban­do secreto.

Un siglo después de Apuleyo, Plotino destacaba la unión de Eros y Psique como un motivo frecuen­te en la pintura y la literatura (Enéadas 6.9.9). Según este filósofo adoptado por Roma y conocido como el primer «neoplatónico», el alma es distinta de Dios, pero no puede sino amar a aquél de quien pro­viene, y su amor, su deseo, ha de transformarse nece­sariamente en adoración. Un Eros que es capaz de restituir al alma a su dignidad originaria y que ya no desea desde el momento en que se une a la creativi­dad de su fuente, no concuerda con el adquisitivo y eternamente insatisfecho daimon de Platón, con el motor de su dialéctica en su anhelo de lo imposible; Plotino, sin embargo, no los separa: aquél es, según una lógica que puede parecemos hoy expeditiva, un corolario de éste. Sólo hay un camino para alcanzar la unión: el de recorrerlo en su totalidad, de princi­pio a fin. No hay atajos.

El Uno de Plotino -el fin último de su camino filosófico, y al que se subordina la belleza de Platón-se pliega a los razonamientos sólo para insinuarse en el persuasivo resplandor de fulgurantes evocaciones, pero elude con la debida majestad cualquier aproxi­mación apresurada que no comparta el grado de implicación personal del filósofo con la exasperante paradoja de emplazar osadamente, como principio explicativo y corazón de su sistema, un principio inexplicable: «la visión inunda los ojos de luz, pero no es una luz que muestre objeto alguno: la luz misma es la visión» (6.7.36). Es el alma del buscador quien se muestra, se identifica, se revela ante lo bus­cado; es su presencia -y no la de lo buscado (que, por definición, no puede mostrarse)- la que testimo­nia el trecho de camino recorrido. Esta lógica de autorregeneración intelectiva (o «deificación», como se acostumbraba decir entonces) nos permite asimi­lar gradualmente la duplicidad meramente locativa que atraviesa la jerarquizada arquitectura del cos­mos y que justifica el ambiguo comportamiento de los dioses;2 nos permite asimismo forzar un símil entre dos monumentos de la psicología separados por dos milenios: si para Sigmund Freud Plotino es un iluso que sublima la fuerza elemental de Eros en un espectro, para Plotino Sigmund Freud es un espectro incapaz de sublimar esa fuerza para zafarse de una ilusión elemental (Cari Jung, a quien visitare­mos más tarde, concluyó que las únicas variables dignas de confianza en estas espectrales ecuaciones eran Eros y Psique, o sea, el amor y la cambiante subjetividad que a duras penas lo acompaña, y con­cibió un método -su psicología analítica- para des­pejarlas). La figura de Plotino es fundamental para comprender el ingreso de los protagonistas de nues­tra fábula, el amor y el alma, en una atmósfera espi­ritual en que el mundo perdido de los dioses empie­za a ceder el paso a la revelación de un plan redentor concebido en el seno de la Unidad divina.3 (Págs. 92-96)

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1. Mediante el mito de un Sócrates investido con los rasgos de Eros, y haciendo uso del lenguaje de los misterios, Platón «supo introducir -nos recuerda Pierre Hadot- la dimensión del Amor, del deseo y de lo irracional, en la vida filosófica» (Pierre Hadot, «La figure de Socrate», Éranos Jahrbuch, 43, 1974); puede añadirse que supo complementar, con un evocativo uso de la imaginación mitopoética, las catárticas exigencias intelec­tuales del Sócrates de los primeros diálogos, sentando la doble pauta de la educación filosófica de su escuela: purificar primero, después despertar.

2. «…dice Platón que la diosa Venus posee dos naturalezas, que cada una de ellas personifica un tipo peculiar de amor y que ambas reinan sobre amantes diferentes» observa Apuleyo en su Apología (XII), op. cit., pág. 82.

3. Plotino pudo haber sustituido a Eros por Ágape (un tér­mino alternativo que resaltaba la presencia activa de la gracia divina en el alma, liberándola de los egocéntricos apetitos del daimon platónico), pero se mantuvo fiel al primero, tal vez -como indica John M. Rist- para distanciarse de aquellos gnós­ticos y cristianos que exigían la comparecencia de un salvador personal que los sacase de unos apuros que ellos mismos se habían buscado. Véase John M. Rist, Eros and Psyche: Studies in Plato, Plotinus and Origen, Toronto, University of Toronto Press, 1964.

Miércoles, 4 junio, 2008

Eros y Psique (I): La boda de Eros y Psique

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:07 pm
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Vamos ahora con algunos extractos de Apuleyo. Eros y Psique, Editorial Atalanta, Girona 2006, 128 págs., traducido por Alejandro Coroleu y con epílogo de Antonio Betancor. El texto es un fragmento de El asno de Oro de Apuleyo, y a continuación os dejo el fragmento final, a mi juicio muy sugerente, en el que se describe el casamiento, después de muchas vicisitudes, entre Eros y Psique, para el cual es menester que Psique se convierta en inmortal bebiendo la ambrosía que los dioses le ofrecen.

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  (22) Entretanto Cupido, consumido por una excesiva pasión y con la cara triste, temiendo la repentina sobriedad de su madre, volvió a sus anti­guas maneras y atravesando con sus rápidas alas el punto más alto del cielo, suplicó al gran Júpiter y le expuso su causa. Entonces Júpiter agarra a Cupido por la mejilla y, acercándoselo a la cara con la mano, le da un beso y le dice:

«A ti, señor hijo mío, te está permitido faltarme al respeto que los dioses me concedieron. Con tus fle­chas has herido a menudo mi corazón, en el que se guardan las leyes de los elementos y los movimien­tos de los astros, y lo has ensuciado con frecuentes aventuras de amor terrenal. En contra de las leyes, de la propia ley Julia1 y de la moral pública, has vul­nerado mi honor y mi fama con vergonzosos adulte­rios, transformando innoblemente mis majestuosos rostros en serpiente, en fuego, en fiera, en ave y en ganado.2 Pero me acuerdo también de tu modera­ción y de que has crecido entre estas manos mías. Así que haré todo lo que me pidas mientras sepas detener a quienes quieren imitarte. Si hay ahora en la tierra una muchacha que sobresalga por su belleza, recuerda que debes devolverme el favor, dándomela como presente».

 (23) Después de hablar así, ordena a Mercurio que convoque enseguida a todos los dioses en asam­blea y que anuncie que si alguien se ausenta de la reunión será castigado con una multa de diez mil sestercios.3 Con el teatro celeste lleno a rebosar ante tal amenaza, Júpiter, sentado en una silla elevada, proclama así:

«¡Dioses inscritos en la lista de las Musas,4 todos conocéis sin duda a este joven que he criado con mis propias manos! He pensado que los impulsos acalo­rados de su primera juventud debían ser refrenados de algún modo. Basta ya de difamarlo en cotidianas conversaciones por culpa de sus adulterios y su comportamiento indecoroso. Toda ocasión de obrar mal debe ser suprimida y su lujuria pueril debe ser frenada con los vínculos del matrimonio. Ha escogi­do a una muchacha y la ha privado de su virginidad. Que la tenga, la posea y, abrazado a Psique, goce de su amor por siempre».

Y, girándose a Venus, le dijo:

«Y tú, hija mía, no te entristezcas ni temas que matrimonio con mortal pueda envilecer tu ilustre linaje. Haré que estas nupcias no sean desiguales, sino legítimas y de acuerdo con el derecho civil».

Ordena a Mercurio que coja a Psique y la con­duzca al cielo. Después de ofrecerle un vaso lleno de ambrosía, le dice:

«Bebe, Psique, y serás inmortal y Cupido no se apartará jamás del vínculo que a ti le une, sino que estas nupcias vuestras serán eternas».

 (24) Sin demora alguna se sirvió un esplendoroso banquete de bodas. El marido yacía en el lecho de honor, abrazando a Psique. De igual modo también Júpiter con su esposa Juno y a continuación, por orden, todos los dioses. El vaso de néctar, vino de los dioses, a Júpiter se lo servía su copero, aquel muchacho del campo;5 a los otros, los servía Líber;6 Vulcano preparaba la cena; las Horas lo embriagaban todo con rosas y todo tipo de flores; las Gracias esparcían perfumes, las Musas hacían sonar sus ins­trumentos. Apolo cantó acompañándose con la cíta­ra. Venus bailó armoniosamente al son de una suave música. Se dispuso un escenario para que las Musas cantaran a coro e hicieran sonar sus flautas. Sátiro y Panisco tocaban la zampona. Allí, según el rito, casó Psique con Cupido, y de ellos nació, cuando llegó el momento del parto, una hija, a la que llamaron Voluptuosidad. (Págs. 67-69)

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1.  La Lex Julia de adulteriis, promulgada hacia el año 18 antes de Cristo por Augusto, prescribía el castigo por adulterio.

2.  Alusión a las múltiples formas adoptadas por Júpiter para seducir a sus amantes.

3.  Moneda de plata que valía dos ases y medio, o la cuarta parte de un denario.

4.  Las Musas confeccionan la lista de dioses, de igual modo como los censores confeccionaban la lista de senadores.

5.  Ganímedes (véase más arriba).

6. Nombre con que se conoce también a Baco, hijo de Júpiter y de Semele, dios del vino y de la embriaguez.

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