Cabalgando al Tigre

Viernes, 28 abril, 2006

Metafísica de la guerra, Julius Evola

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 9:07 am

MetGuerra.jpgEvola.jpgEste breve texto aparece ahora publicado por Olañeta en su exitosa colección “Pequeños Libros de la Sabiduría”, tan bien editado como acostumbra y a un precio muy asequible: 5€. En él, Evola sostiene que, en los mundos tradicionales, la guerra fue una vía de realización espiritual y repasa los elementos que justifican esta aseveración, así como profundiza (menos de lo deseable, por desgracia) en los mecanismos mediante los cuales el héroe despierta dentro del guerrero y transfigura su visión de la vida a la luz de la muerte.

Al leerlo, se repite la misma sensación paradójica que suelo tener ante todos los textos que he enfrentado de este autor: por un lado la atracción por la fuerza con la que expone sus convicciones y los interesantes puntos de vista que a menudo propone, sin concesiones a la galería hasta el punto de que diría que, a veces, esa falta de matices peca de empobrecedora, aunque sin duda tiene la nobleza de la creencia firme; y por otro lado, lo rechinante de algunas de sus aproximaciones, que hay que mirar con cierto recelo y cuidarse de ellas.

En todo caso, una visión tan alejada de lo que ahora es habitual, una mentalidad tan “anti-moderna”, siempre me parece interesante y útil para valorar y contrapesar los prejuicios en los que uno vive inmerso: el igualitarismo ramplón, la democracia llevada a todos los órdenes del ser, el pacifismo estólido e incondicional, etc.. Esta obra, sin embargo, peca de una brevedad injustificable; muchas de las aseveraciones que se hacen y de las argumentaciones que se proponen quedan claramente cojas e incompletas, lo que es una pena. Con todo, su lectura aporta sin duda elementos sobre los que reflexionar y que, a aquellos que no estén familiarizados con el “pensamiento tradicional”, le pueden resultar incendiarios. A continuación me permito transcribir algunos párrafos interesantes.  

“Los que juzgan las cruzadas por encima del hombro […] no sospechan que lo que ellos llaman “fanatismo religioso” es la prueba tangible de la presencia y la eficacia de una sensibilidad y de un tipo de decisión cuya ausencia caracteriza la barbarie auténtica. Porque a fin de cuentas el hombre de las Cruzadas todavía sabía alzarse, combatir y morir por un motivo que, en su esencia, era suprapolítico o suprahumano.”  [La cursiva es del texto original] (pág. 39-40).

“En otras palabras, las situaciones, los riesgos, las pruebas inherentes a las hazañas guerreras provocan la aparición del “enemigo” interior, el cual, en calidad de instinto de conservación, cobardía o crueldad, lástima o furor ciego, se considera que es lo que hay que vencer en el acto mismo de combatir al enemigo exterior. Eso demuestra que el punto decisivo está constituido por la orientación interior, la permanencia inquebrantable de lo que es espíritu de lucha, sin precipitarse ciegamente ni transformarse en un animal violento, sino al contrario, dominando las fuerzas más profundas, controlando para no dejarse arrastrar nunca interiormente, mantenerse siempre dueño de sí mismo […].” (pág. 49-50).

“[El guerrero debe tener] una lucidez supraconsciente o por encima de la pasión del heroísmo […], [y conferir a sus actos ese] carácter de pureza, de absolutidad, que debe tener toda acción y que puede tener cuando se la considera desde el punto de vista de la “guerra santa”: “Considera por igual la felicidad y la aflicción, el ganar y el perder, la victoria y la derrota, y entra en el combate. Cumpliendo así tu deber no incurrirás en pecado” (Bhagavad Gītā, 2.38) Se impone así la idea de “pecado”, que no se refiere más que al estado de voluntad incompleta y de acción, interiormente alejada todavía de la elevación, con respecta a la cual significa tan poco la vida, tanto la suya como la de los demás, y en la que ninguna medida humana tiene vigencia.” (pág. 60).

 Permitidme sólo una consideración a esto último: la palabra “pecado”, según tengo entendido, no existe como tal en sánscrito, ya que es un concepto estrictamente judeo-cristiano-islámico, y la traducción de la Bhagavad Gîtâ quizá no sea la más afortunada por las resonancias semíticas de la palabra. Es probable que el vocablo “pecado” no pueda usarse legítimamente fuera de los límites de las religiones del Libro. En cambio, “error” o “ignorancia” encajarían más con la visión del mundo de la tradición védica, ¿no os parece? Voy a buscar en una buena edición que tengo de la Gītā cómo está traducido este párrafo y os diré algo.

Martes, 25 abril, 2006

Ofertas en Índica Libros

Filed under: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 12:47 pm

Doctrina no dualidad.jpgNo dejéis de echar un vistazo a las ofertas de Índica Libros, que tienen, entre algún texto de autores sospechosos (Blavatsky, Krishnamurti), algunas joyas que además están descatalogadas y que no hay quien encuentre. En especial merece la pena este magnífico trabajo anónimo titulado “Doctrina de la No-Dualidad y Cristianismo” por el muy asequible precio de 4€. Agudas reflexiones y concomitancias de gran importancia entre el Vedanta Advaita y el Cristianismo se dan cita en este texto, de lectura muy recomendable. ¡Gracias por el chivatazo, María!

Miércoles, 19 abril, 2006

El suicidio: disponer de la propia vida

Filed under: Notas "editoriales" — by Aspirante a domador @ 10:08 am

harakiri.jpgsuicidio.jpg El suicidio, que, en todas sus variantes, ha acompañado siempre al hombre por el hecho de serlo, presenta tal multiformidad que me parece un tema especialmente difícil de abordar. En los extremos, las cosas son más o menos fáciles: es evidente el abismo que, por ejemplo, separa la visión con que un samurai contempla el seppuku (o harakiri), suicidio ritual, honorable y “heroico”, de las ideaciones autolíticas de un enfermo mental cuya psique está desestructurada, por mencionar dos desencadenantes del suicidio radicalmente contrapuestos.

Pero las “aplicaciones intermedias” ya son más borrosas. En nuestra cultura, de raíces católicas, el suicidio es considerado ilegítimo, según la tesis de que la vida es un regalo de Dios, o más bien un préstamo, y uno no tiene derecho a decidir cuándo debe terminar. La aproximación, aceptada la tesis, parece consistente, pero los problemas aparecen cuando las ideas pasan a la práctica. ¿Es esto así en cualquier circunstancia? ¿Nada justifica el dar fin a la propia vida? Desde el punto de vista cristiano, parece que no, pero el tema es susceptible de llevarse (y de hecho se hace), por vía de consecuencia, a la conservación de la vida mientras esté en nuestras manos. No ocurre así en otras tradiciones, claro está. Imaginaos un pueblo nómada sujeto a semejante precepto. Es por tanto evidente que, aunque todas las tradiciones coinciden en contemplar la vida como un atributo sagrado y, por tanto, merecedor de una consideración especial, la actitud ante el fin voluntario de la propia sí varía, a veces en medida significativa. Entiendo que, por ejemplo, un tuareg vivenciaría su incapacidad total e irreversible de desplazarse como una “deshumanización”, un estado de indigencia, de indignidad personal que haría su vida indigna de ser vivida, sin sentido ni objeto, pudiendo (¿quizá debiendo?) darle fin sin que ello suponga sanción moral alguna por parte de su tradición. Los individuos de diversos pueblos de tradiciones chamánicas, cuando sienten que su hora ha llegado, se retiran al bosque y se dejan morir. Y desde luego, un samurai excelente, según el bushido, se quitaría la vida ante la muerte, aun por causa natural, de su señor, acto inaceptable para la mentalidad cristiana medieval, por hacer el paralelismo entre sociedades feudales. Con estos ejemplos a vuelapluma pretendo hacer patente que la importancia de la vida en sí misma está muchas veces supeditada a factores que se consideran superiores a ella, como el honor o la dignidad.

Enlazando esto último con la idea de conservar la vida mientras sea posible, se dan con frecuencia situaciones que, desde mi punto de vista, llegan a rozar lo grotesco; la tecnología médica nos capacita para mantener la vida de un individuo incluso más allá de lo que mucha gente imagina, si es que tenemos el incurable optimismo de llamar “vida” a una concatenación de reacciones bioquímicas que mantienen un mínimo de orden y calidad gracias a métodos extrínsecos que remedan aquellos sistemas que fallan. Sería algo así como poner parches de esparto en los rotos de un vestido de seda.  Pues bien, sea, pero… ¿cuántos parches puedes poner para seguir llamándolo legítimamente “vestido de seda”? ¿Puede considerarse una muerte digna la que habitualmente se produce en nuestro entorno, en el que la presencia del entorno afectivo se ve sustituida por la frialdad de una UVI, rodeado de máquinas que introducen sus tentáculos por orificios, ya sean naturales, ya sean artificiales y creados para la ignominiosa ocasión? ¿Subyace detrás de esta tendencia a mantener la vida a toda costa la idea cristiana antes mencionada, quedando reducida a un simple precepto moral en una sociedad ya secularizada como la occidental?

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