Cabalgando al Tigre

Viernes, 20 abril, 2007

Bergson y su risa (I): Una aguda aproximación al misterioso fenómeno

Filed under: Textos recomendados — by Aspirante a domador @ 7:28 am

bergson-001.jpgEn este y sucesivos post os dejaré algunos fragmentos escogidos de una magnífica obra: La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico, de Henri Bergson, Ed. Losada, Buenos Aires, 1939 (Trad. de Amalia Haydée Raggio). Sobre el aspecto formal, no puedo sino lamentar que tan bello texto esté plagado de errores tipográficos, máxime teniendo en cuenta que ésta es la 6ª edición, (año 2003), suficientes yo creo para haber pulido un poco más la presentación. En cuanto a la traducción, pues hombre, adolece de algunos giros extraños y un puñado de palabras sospechosas, pero eso no significa que no esté en perfecto castellano bonaerense (aunque hay algún anglicismo inaceptable, como “removiéndolas” por “eliminándolas”, pág. 68), sólo digo que a mí me resulta chocante, aunque no con una frecuencia que llegue a distraer. En lo referente al contenido de este breve ensayo, creo que merece ser leído íntegramente, y os aseguro desde este momento que la selección, siendo sustanciosa (lo sería aunque los fragmentos estuviesen elegidos al azar, dada la calidad y densidad de la obra), deja fuera aspectos y justificaciones esenciales sobre la risa, sus razones y naturaleza. Bergson considera que la fuente de este misterioso fenómeno es la rigidez (esto quedará más ampliamente justificado en la segunda entrega), y que su función es la de habilitar un mecanismo social mediante el que corregir la “distracción” de sus miembros, como más abajo veréis. No quiero extenderme más y deslucir tan brillante texto, así que simplemente comentaré algo que para mí es esencial al final de las citas. Disfrutadlo.

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“He aquí el primer punto sobre el cual he de lla­mar la atención. Fuera de lo que es propiamente hu­mano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser be­llo, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a la vista de un animal, será por haber sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un sombrero, no porque el fieltro o la paja de que se componen motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hom­bres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me explico que un hecho tan importan­te, dentro de su sencillez, no haya fijado más la atención de los filósofos. Muchos han definido al hom­bre como “un animal que ríe”.

Habrían podido definirle también como un ani­mal que hace reír porque si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siem­pre por su semejanza con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por el uso hecho por el hombre.

He de indicar ahora, como síntoma no menos no­table, la insensibilidad que de ordinario acompaña a la risa. Dijérase que lo cómico sólo puede producir­se cuando recae en una superficie espiritual lisa y tranquila. Su medio natural es la indiferencia. No hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad. En una sociedad de inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría, al paso que entre al­mas siempre sensibles, concertadas al unísono, en las que todo acontecimiento produjese una resonancia sentimental, no se conocería ni comprendería la risa. Probad por un momento a interesaros por cuanto se dice y cuanto se hace; obrad mentalmente con los que practican la acción; sentid con los que sienten; dad, en fin, a vuestra simpatía su más amplia expan­sión, y como al conjuro de una varita mágica, veréis que las cosas más frívolas se convierten en graves y que todo se reviste de matices severos. Desimpresio­naos ahora, asistid a la vida como espectador indife­rente, y tendréis muchos dramas trocados en comedia. Basta que cerremos nuestros oídos a los acordes de la música en un salón de baile, para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines. ¿Cuántos he­chos humanos resistirían a esta prueba? ¿Cuántas cosas no veríamos pasar de lo grave a lo cómico si las aislásemos de la música del sentimiento que las acompaña? Lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a la inteligencia pura.

Pero esta inteligencia ha de estar en contacto con otras inteligencias. Y he aquí el tercer hecho sobre el cual deseaba llamar la atención. No saborearía­mos lo cómico si nos sintiésemos aislados. Diríase que la risa necesita de un eco. Escuchadlo bien: no es un sonido articulado, neto, definido; es algo que querría prolongarse y repercutir progresivamente; algo que rompe en un estallido y va retumbando co­mo el trueno en la montaña. Y sin embargo, esta re­percusión no puede llegar a lo infinito. Camina den­tro de un círculo, todo lo amplio que se quiera, pero no por ello menos cerrado. Nuestra risa es siempre la risa de un grupo. Quizá os haya ocurrido en el coche de un tren o en una mesa de fonda oír a los viajeros referirse historias que debían tener para ellos un gran sabor cómico, puesto que reían con toda su alma. Si hubieseis estado en su compañía, seguramente también habríais reído. Pero como no lo estabais, no sentíais la menor gana de reír. Un hombre a quien le preguntaron por qué no lloraba al oír un sermón que a todo el auditorio movía a llanto, respondió: “No soy de esta parroquia”. Lo que este hombre pensaba de las lágrimas podría explicarse más exactamente de la risa. Por muy espon­tánea que se la crea, siempre oculta un prejuicio de asociación y hasta de complicidad con otros rientes efectivos o imaginarios. ¿No se ha dicho muchas ve­ces que en un teatro es más frecuente la risa del es­pectador cuando más llena está la sala? ¿No se ha hecho notar reiteradamente que muchos efectos có­micos son intraducibles a otro idioma cuando se re­fieren a costumbres y a ideas de una sociedad parti­cular? Por no advertir la importancia de este doble hecho, sólo se ha visto en lo cómico una simple cu­riosidad para divertir al espíritu, y en la risa misma un fenómeno extraño completamente aparte, sin re­lación alguna con el resto de la actividad humana. De ahí esas definiciones que tienden a hacer de lo cómico una relación abstracta, clasificada entre las ideas de “contraste intelectual”, “sensibilidad de lo absurdo”, etc., definiciones que, aun cuando real­mente conviniesen a todas las formas de lo cómico, no explicarían en lo más mínimo por qué lo cómico nos hace reír. ¿A qué se debe que esa relación tan particularmente lógica nos contraiga no bien adver­tida, nos dilate y nos sacuda mientras todas las otras no dejan indiferentes? No afrontaremos el problema por este lado. Para comprender la risa hay que reintegrarla a su medio natural, que es la sociedad, hay que determinar ante todo su función útil, que es una función social. Ésta será, digámoslo desde ahora, la idea que ha de presidir a todas nues­tras investigaciones. La risa debe responder a cier­tas exigencias de la vida en común. La risa debe te­ner una significación social.” (Págs. 12-15)

“Hay estados de alma que conmueven apenas se dan a conocer; hay alegrías y tristezas con las cuales se simpatiza; pasiones y vicios que provocan el asom­bro, el horror o la piedad; sentimientos, en fin, que se prolongan de alma en alma por resonancias sen­timentales. Todo esto afecta a lo esencial de la vida, todo esto es serio, y a veces hasta trágico. Allí don­de el prójimo deja de conmovernos, comienza la co­media. Y comienza con lo que se podría llamar “la rigidez contra la vida social”. Es cómico todo perso­naje que sigue automáticamente su camino, sin cui­darse de ponerse en contacto con sus semejantes. Allí está la risa para corregir su distracción y sacar­le de su letargo. Si es lícito comparar las cosas gran­des con las que no lo son, recordemos lo que ocurre para el ingreso en nuestras escuelas. Cuando se ha salido airosamente de las temibles pruebas del exa­men, hay que afrontar otras todavía, aquellas que os preparan los compañeros más antiguos para amol­daros a la nueva sociedad de que vais a ser miembro, y como ellos dicen, para suavizaros el carácter. To­da sociedad pequeña que se forma en el seno de la grande, tiende así, por un vago instinto, a inventar un medio de corregir y suavizar la rigidez de las cos­tumbres en otro ambiente contraídas y que es nece­sario modificar. No de otro modo procede la socie­dad propiamente dicha. Es indispensable que cada uno de sus miembros atienda a cuanto le rodea y procure amoldarse al medio ambiente, no recluyén­dose en su propio carácter como en una torre de marfil. Y por esta razón hace que se cierna sobre ca­da uno, si no la amenaza de una corrección material, la perspectiva al menos de una humillación que no por ser levísima deja de ser temida. Tal debe ser la misión de la risa. La risa, algo humillante siempre para quien la motiva, es verdaderamente una espe­cie de broma social pesada.” (Págs. 102-103)

“La risa es ante todo una corrección. Hecha para humillar, ha de producir una impresión penosa en la persona sobre quien ac­túa. La sociedad se venga por su medio de las liber­tades que con ella se han tomado. No llenaría sus fi­nes la risa si llevase el sello de la simpatía y de la bondad. Pero ¿se podrá decir que al menos su intención es buena, que a menudo castiga porque ama y que al reprimir las manifestaciones exteriores de cier­tos defectos nos invita a que corrijamos en nosotros estas mismas faltas y nos mejoremos interiormente?

Mucho habría que hablar sobre este punto. En general, es indudable que la risa cumple una función útil. Todos nuestros estudios han tendido a demos­trarlo. Pero de ahí no se sigue que la risa acierte siempre, ni tampoco que se inspire en un pensamien­to de benevolencia ni de equidad.

Para dar siempre en lo justo sería menester que proviniese de un acto de reflexión. Ahora bien; la ri­sa es efecto de un mecanismo montado en nosotros por la Naturaleza, o lo que viene a ser lo mismo, por una antiquísima costumbre de la vida social. Y este mecanismo funciona de por sí, no tiene tiempo de pararse a ver dónde da. La risa castiga ciertas faltas, casi del mismo modo que la enfermedad castiga cier­tos excesos, hiriendo a inocentes y respetando a cul­pables, mirando siempre a un resultado general, en la imposibilidad de hacer a cada caso el honor de examinarle separadamente.

Así ocurre con cuanto se realiza por vías natura­les, sin el auxilio de la reflexión consciente.

En este sentido no puede ser la risa absolutamen­te justa, y repito que no debe ser tampoco buena. Su misión es la de intimidar humillando. No la cumpli­ría si la Naturaleza, previendo este efecto, no hubie­se dejado hasta en el mejor de los hombres un peque­ño fondo de maldad, o cuando menos de malicia.

Y será mejor no profundizar en este punto; pues no encontraríamos nada halagüeño para nosotros mismos. Veríamos que este movimiento de expan­sión no es sino el preludio de la risa, que el que ríe entra en sí mismo y afirma más o menos orgullosamente su yo, considerando al prójimo como un fan­toche, cuyos hilos tiene en su mano. Junto a esta presunción hallaríamos también un poco de egoís­mo, y detrás, algo menos espontáneo y más amargo, cierto pesimismo que se va afirmando a medida que el que ríe razona su risa.” (Págs. 144-146)

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Paréceme que el análisis de Bergson es francamente agudo y no puedo por menos que asombrarme y maravillarme ante la claridad de este pensador. Aun así, hay en mi opinión algo que queda al margen de sus apreciaciones: ve en la risa una planta que hunde sus raíces en la afirmación del yo, y que se sustenta por tanto en el orgullo; sin duda es así, pero frente a todo este aspecto negativo enfrenta sólo, como positivo, el beneficio social que supone la corrección a que mueve la humillación de ser objeto de risa. Sin embargo, en este lado de la balanza se deja algo de suma importancia en el tintero: la capacidad que tiene la risa para aligerar el, a veces, abrumante peso de la vida emocional. ¿Cómo soportar la dureza, a veces brutal, de la vida sin el humor? Bergson dice que para reír es necesario “no sentir”; cierto, pero a la fórmula, creo, se le puede dar la vuelta: al reír, “dejas de sentir”, aunque sea por un momento, de modo que la vida se aligera, la carga emocional se vuelve más liviana y esto permite recuperar fuerzas, quitarle gravedad al mundo; en una palabra, ayuda a disminuir la angustia existencial inherente a la condición humana. Y aún falta otro aspecto esencial; ¿hay algo más sano y reparador que reírse de uno mismo? Este linimento suaviza la amargura de ciertos bocados de la vida, y además nos quita “importancia”, es decir, juega en cierto modo como modulador del orgullo; es curioso que Bergson no tenga en cuenta este tipo de humor. Someterse a la humillación de reconocer las propias carencias o defectos, ante uno mismo y/o los demás, es una auto-humillación (en esto Bergson tendría que estar de acuerdo, en coherencia con su texto), que jugaría, en lo ontológico, el mismo papel que el reírse de los demás juega en lo social. Esto no quiere decir que no haya otros modos de llevar a cabo estas “correcciones”, modos quizá más nobles… pero yo no los conozco.

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14 comentarios »

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  5. Pienso que la visión de Bergson es muy fina y ,en gran parte , certera. Pero el fenómeno de la risa es de naturaleza tan compleja y misteriosa que serían precisas más investigaciones. Tampoco la risa responde siempre a las mismas situaciones, diríamos que existen varias clases de fenómenos risibles. Otro misterio es la naturaleza contagiosa de la risa , en particular de la risa , diríamos , dionisiaca.

    Comentario por Castro — Domingo, 6 enero, 2008 @ 9:17 pm |Responder

  6. Quizá, Castro, pero la verdad es que cuando lo he pensado despacio, todas las situaciones risibles que he podido imaginar son al final un poner de manifiesto que el mundo es una especie de teatro en el que cada ser desempeña su papel: las situaciones que provocan risa son obviamente mecánicas, y es en ellas donde ves al actor y no al personaje. Esto rompe con el tono afectivo, con la gravedad de la vida, que de repente se vuelve liviana e intranscendente para el que ríe. De todos modos coincido contigo en que no creo que Bergson agote el tema.

    Comentario por Aspirante a domador — Martes, 8 enero, 2008 @ 6:28 pm |Responder

  7. Es curioso que Bergson no hable de esos otros aspectos de la risa que tú dices. Máxime cuando se trata de un filósofo “espiritualista”. En cualquier caso me parece muy grande este filósofo… y buen comentario.
    Saludos

    Comentario por enrique — Martes, 7 septiembre, 2010 @ 6:59 pm |Responder

  8. Muy bueno.

    Comentario por Joan Cornejo — Miércoles, 8 septiembre, 2010 @ 11:56 pm |Responder

  9. […] de un pantalón rasgado justamente a su altura y con las palmas de las manos calentitas, ha sido La Risa de Bergson y me he visto a mí mismo como la esencia de lo ridículo, especialmente cuando he recogido mis […]

    Pingback por La risa « Juan Urrutia — Martes, 5 octubre, 2010 @ 6:23 pm |Responder

  10. “La risa” de Henri Bergson es un ensayo bien escrito, que contiene algunas observaciones acertadas; pero no da en la tecla. Lee mi Teoría y práctica de lo cómico y de la risa”, Editorial Dunken) allí demuestro mediante el método experimental que es científico en qué consiste lo cómico y por qué y para qué reímos.

    Comentario por Jovialiste — Viernes, 31 diciembre, 2010 @ 1:40 pm |Responder

  11. […] Bergson y su risa (I): Una aguda aproximación al misterioso fenómeno […]

    Pingback por Juan Ponte entre Henri Bergson y Jorge Gillén « PIAZZOLLA MIENTRAS LA CIUDAD DUERME — Lunes, 14 febrero, 2011 @ 2:08 pm |Responder

  12. […] un filósofo francés , Henri Bergson , que tiene un interesante ensayo sobre la risa dice lo siguiente : “(…)para que la risa sea posible, el objeto risible ha de […]

    Pingback por Se me ha activado el córtex prefrontal. | Non Perfect. El blog imperfecto. — Lunes, 16 mayo, 2011 @ 11:02 pm |Responder

  13. […] sobre la risa la ve como forma de conocimiento de la realidad desde otro punto de vista) hasta Bergson (que piensa que lo que nos produce risa es aquello que se nos presenta como una caricatura de […]

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